Casi genial
Claymont
1
—¡Me escaparé de aquí!
Como tantas otras veces, Francis estaba en la clínica sentado al lado de su madre. La silla le resultaba pequeña y el respaldo se le clavaba en la espalda. Cerró los ojos e imaginó que saltaba desde un acantilado y se zambullía de cabeza en el mar. Eso es libertad, pensó.
Mientras tanto, su madre seguía hablando:
—Me pienso largar de aquí o presentar una denuncia. Toda la culpa es tuya, Francis. ¡Me has destrozado la vida!
Desde que la había llevado a la clínica con la ayuda del servicio de urgencias psiquiátricas, no lo trataba muy bien que digamos. Sacó del bolsillo una moneda de diez céntimos y la lanzó al aire. Cara significaba que todo saldría bien; cruz, que todo acabaría mal. Atrapó la moneda, pero justo cuando iba a mirar qué había salido, entró alguien en la habitación.
Era el doctor Sheffer, el nuevo médico jefe encargado de tratarla. Saludó con la cabeza a Francis y rozó los hombros de la mujer, que tenía cuarenta años y estaba sentada en una silla con la mirada totalmente ausente.
—¿Desde cuándo se encuentra en este estado?
Francis se frotó los ojos.
—Desde hace más o menos una semana —respondió—. Desde entonces está completamente ida, si es que se puede decir así.
Sí, se podía decir así.
El médico tomó unas notas y examinó el historial clínico.
—Aquí dice que tu madre tiene una depresión maníaca.
Francis se encogió de hombros.
—Lleva así varios años. Y cuando, además, deja de tomar la medicación, se viene completamente abajo.
El doctor Sheffer miró a la madre y esta le devolvió sonriente la mirada. No parecía enterarse de que estaban hablando de ella. El cabello oscuro le tapaba parcialmente la cara, tenía ojeras y respiraba con dificultad. No obstante, incluso en ese estado, se la veía guapa.
Francis empezó a hablarle de su enfermedad, de la inexplicable agresividad contra él, del insomnio y de la manía persecutoria. Le dijo que, por ejemplo, a los vecinos los consideraba unos colaboradores secretos del Gobierno que pretendían espiarla. Incluso había tirado su móvil porque creía que le habían colocado un dispositivo de rastreo.
Francis miró a su madre, que lo contemplaba sin moverse y le apretaba la mano. Y por un momento olvidó la locura y se sintió tan unido a ella como cuando era niño, y se le partió el alma de verla allí sentada de nuevo.
—¿Qué años tienes? —le preguntó el médico.
—Casi dieciocho.
—Pareces mayor.
A Francis le decían eso con frecuencia y nunca sabía qué contestar.
El doctor Sheffer siguió repasando el historial. «Katherine Angela Dean», se leía en la primera página. Era la tercera vez que su madre ingresaba en esa clínica y, salvo el doctor nuevo, la conocía todo el mundo. Y a él por desgracia también.
—Aquí dice que tienes un hermanastro.
—Sí, Nicky; ha cumplido trece años. Pero ahora vive en Nueva York con Ryan, mi padrastro. Mamá y yo vivimos solos.
—¿Y tu padre biológico?
Francis miró al suelo. No sabía quién era su padre. Su madre nunca había querido contárselo. Solo una vez le insinuó que tuvo una breve aventura con uno de muy lejos. «Muy lejos» podía significar muchas cosas; su padre podría haber sido australiano o inglés. Pero probablemente tras ese «muy lejos» se ocultara un yuppie de mierda que fue de visita a Los Ángeles y, después de ver un partido de los Lakers, se había cepillado a su madre. Ella era una de las animadoras y tenía muchos pretendientes. Uno de ellos habría hecho canasta con sus genes y, sin saberlo, había engendrado un hijo, y ahora no tendría el menor recuerdo de aquello.
—No conozco a mi padre. Ni siquiera sé cómo se llama.
El doctor Sheffer asintió con la cabeza. Cerró el historial y dijo que la madre de Francis estaba en buenas manos, que lo más importante era que se tranquilizara y durmiera. Lo que significaba que la atiborrarían de neurolépticos y otros me dicamentos y permanecería hospitalizada.
Llamaron a la puerta. Steve, un enfermero con sobrepeso que llevaba una camiseta blanca, entró en la habitación. Agarró a la señora Dean por los hombros y la sacó del cuarto. Francis se levantó también y estrechó la mano del doctor Sheffer. Este alzó la vista hacia él y le dio un fuerte apretón de manos, como los de la mayor parte de los hombres bajitos. Francis pescó la maleta con las cosas de su madre y la siguió.
Al recorrer el pasillo, Francis iba ya temeroso de que Steve le contara uno de sus pésimos chistes. Entraron en la habitación 039. Mientras la madre sacaba sus cosas, sorprendentemente tranquila y meticulosa, Francis se sentó en la cama y cerró los ojos. Los últimos días apenas había dormido. Imaginó a sus compañeros de clase comiendo con sus familias o dando vueltas por el centro comercial.
Steve intentó animarlo.
—Eh, tú —le preguntó con una sonrisita—, ¿sabes cuántas rubias hacen falta para enroscar una bombilla?
Francis abrió los ojos y miró al enfermero con el ceño fruncido. Al ver que eso no bastaba, también se encogió de hombros.
—¡Cinco! —dijo Steve—. Una para sujetar la bombilla y cuatro para girar la escalera.
Para no dejarle completamente en ridículo, Francis amagó una sonrisa. Luego se fijó en que su madre sacaba del bolso una foto enmarcada en la que aparecía un chico alto, de hombros anchos y con el pelo negro. Llevaba una sudadera y parecía agotado, pero contento. Francis recordaba perfectamente ese día; acababa de ganar una importante lucha en el ring. Pero de eso hacía bastante tiempo, como de casi todas las fotos en las que parecía contento.
Mientras su madre y el enfermero acababan de deshacer la maleta, se dio una vuelta por la planta. El suelo estaba revestido de linóleo verde oscuro, de modo que al andar chirriaban los zapatos. Aunque las paredes estaban pintadas de blanco, la clínica resultaba oscura, como si la cubriera un velo gris. Las enfermeras lo conocían y le lanzaban miradas de compasión. A veces, a Francis le daba la sensación de que no lo hacían por lo de su madre, sino porque ¡además! tenía lo de su madre. Sabía que la mayor parte de la gente lo consideraba un fracasado sin perspectivas o un estúpido zanquilargo, y le daba un poco de rabia no poder demostrarles lo contrario. Y eso que antes era uno de los mejores alumnos de su curso. En clase siempre se le escapaba alguna frase que los profesores consideraban interesante. Eso unido a que de niño quedó entre los mejores en el examen de aptitud del colegio, había hecho que la gente incluso pensara que podía ser un chico con muchas cualidades. En cualquier caso, su madre solía decirle en aquella época: «Ay, Frankie, mi pequeño genio». Sin embargo, en los últimos años habían cambiado muchas cosas, y ahora podía darse con un canto en los dientes con que los estudios fueran su menor preocupación.
El panorama de la planta era desolador. En una habitación, los enfermeros no paraban de rajar; en la salita de la televisión estaban viendo un documental del canal público. De cuando en cuando, algunos pacientes recorrían el pasillo como zombis; llevaban el pelo sucio e iban en chándal o en pantalón corto. Unos mascullaban; otros solo tenían la mirada triste y sombría. De una de las habitaciones del fondo llegaban gritos atronadores. Francis tenía la sensación de que en esa planta se podría haber rodado perfectamente una película de terror. La mayor parte de la gente parecía bastante mayor; había más mujeres que hombres. Lo que todos tenían en común era la lentitud. Andaban despacio, hablaban despacio, y cuando se asomaban a la ventana, se quedaban allí una eternidad.
Las habitaciones de los pacientes estaban todas cerradas menos una, que tenía la puerta entornada. Por la rendija Francis distinguió a una chica que no llevaba más que unos vaqueros negros y el sujetador, y en ese momento se estaba poniendo una camiseta. Cuando su cabeza desapareció bajo la prenda, Francis pudo contemplar sus pechos. Al poco rato, le vio la cara: piel blanca, pelo negro hasta los hombros, boca finamente delineada. De pronto, sus grandes ojos oscuros miraron hacia la puerta.