Casi genial
Capítulo 2
En ese momento, Francis notó una fuerte sacudida. Se asustó, no sabía lo que había pasado. Alguien le había agarrado la cabeza y la había sumergido varias veces en agua fría. Alguien le había colocado en una catapulta y lo había disparado a mil metros de altura. Alguien le había golpeado con toda su alma en el pecho, pero curiosamente no le dolía. Todo sucedió de repente. Eran las 14:32. A partir de entonces, ya nada sería igual para Francis Dean.
Seguía sin poder apartar la vista de esa chica. Se fijó en que llevaba piercings en la oreja y en la nariz. Además, tenía las muñecas vendadas, lo que probablemente hubiera sido su pasaporte hasta la habitación 035.
Todo eso ocurrió en unas pocas milésimas de segundo, pues ella hacía un rato que lo había descubierto. Al principio parecía enfadada por haberse dejado la puerta abierta, pero luego despotricó contra él:
—¡Esfúmate, mirón!
—No quería… Solo pasaba por aquí y de pronto…
La chica se acercó a él y le hizo un corte de mangas. Luego dio un portazo delante de sus narices.
Francis se quedó un rato frente a la habitación y leyó lo que ponía en el letrero de la puerta: «Anne-May Gardener». De ese nombre no se olvidaría.
2
Claymont era una localidad de provincias de la Costa Este lo suficientemente grande como para que tuviera el equipamiento estándar de una ciudad pequeña; es decir, McDonald’s, pizzería Papa John’s, Starbucks, Wal-Mart, metro y tienda de vaqueros de la marca Lucky. Para albergar festivales o una universidad, Claymont se quedaba pequeña, y quien se proponía hacer algo en la vida se largaba de allí nada más terminar el instituto. Los demás habitantes de Claymont tenían complejo de inferioridad por vivir allí y no en Jersey City, a cuarenta y ocho kilómetros de distancia, del mismo modo que los que vivían en Jersey City tenían complejo por vivir allí y no en Nueva York. Pero los más acomplejados eran los que residían en el parque de caravanas Pine-Tree, en la periferia de la ciudad. Eran locos, perdedores o familias rotas, incluso los niños en su mayoría parecían como trastornados, con el pelo rapado, la dentadura en mal estado y un aspecto de debilidad que solo se consigue cuando a uno la vida le ha grabado la incertidumbre en la cara. Allí vivía Francis con su madre desde hacía dos años y medio. Por culpa de su enfermedad, ella tuvo que dejar su trabajo de secretaria en una empresa inmobiliaria y, poco después, el padrastro se había arruinado especulando en Bolsa. Con el poco dinero que les daba desde entonces, ya no podían pagar el alquiler del piso que ocupaban en el centro de la ciudad. En un primer momento se fueron a un hotel de la cadena Motel 6 y, finalmente, acabaron en una de las setenta casas móviles, casi todas de aspecto cochambroso, de las afueras de Claymont.
Al principio, Francis no se sentía a gusto, pero luego se acostumbró. De vez en cuando se enteraba de que la Policía había detenido a alguien, o contemplaba la paliza que le daban a alguno que quedaba medio muerto. Pero un tipo como él, de más de un metro noventa y bien entrenado, se las apañaba estupendamente ahí fuera. Además, en la colonia también había gente maja y normal. Su vecino Toby Miller, por ejemplo, que trapicheaba con cualquier cosa para que él y su familia llegaran a fin de mes. También Toby soñaba con que un día se largaría de allí y se iría a Brooklyn, donde abriría un local, encontraría a una mujer y empezaría una nueva vida. La cuestión era que allí fuera, en algún momento, todos acababan teniendo la misma sensación. Algunos con doce años, otros con dieciséis, y había quien la tenía desde el día de su nacimiento: la sensación de que nunca saldrían de allí.
Ese día, cuando Francis empujó la tela metálica anti-insectos de la caravana, se sentía más feliz que hacía tiempo. El motivo era su encuentro con Anne-May Gardener. En otras circunstancias, el contacto se habría reducido a lo imprescindible. Ella habría sido una modelo y él, bueno, un potencial empleado en el turno de noche de Wendy’s. Ella se habría acercado a su caja y le habría pedido una ensalada y una cheeseburger.
Anne-May:
—Una ensalada y una cheeseburger, por favor.
Francis:
—Toma. Son 2,90. ¿No prefieres el supermenú con patatas fritas, que está en oferta, a 3,80?
Anne-May:
—No.
Eso habría sido todo; más no podría haber hablado con ella. Ahora en cambio la tenía en la clínica, a solo unas pocas habitaciones de la de su madre, y era evidente que estaba loca. Eso para él significaba que no la dejarían marchar tan deprisa y que, por lo tanto, tendría tiempo de entablar conversación con ella. Al día siguiente, nada más salir del instituto, iría a ver a su madre y se dejaría caer por la habitación de Anne-May para disculparse por haber sido un mirón, y luego le contaría que su madre también está ingresada allí y que por eso se sentía tan confuso, y entonces a lo mejor despertaba su compasión y Anne-May aceptaba charlar con él. Eso suponiendo que no le diera demasiada pena, pero qué más daba, lo principal era que le siguiera el juego.
Francis entró en su habitación, un cuarto pequeño con varios pósteres de Mos Def, Elisha Cuthbert y Eminem. Se tiró en el colchón y encendió el ordenador. Sonó el teléfono. Dejó que sonara unas cuantas veces sin contestar. Las llamadas a casa no solían augurar nada bueno. Podía ser la clínica o el instituto o uno de los exnovios de su madre. Antes solía colgarse de tipos ricos; siempre le hablaba de ellos con entusiasmo y soñaba con una vida mejor, hasta que por lo general la abandonaban. Ahora sus novios eran casi todos perdedores. Uno que se llamaba Derek Blake llegó a presentarse un día borracho en casa con la intención de hacerle algo a su madre. Casualmente, Francis también estaba allí y pudo protegerla. Derek Blake se abalanzó sobre él hecho una furia, pero Francis, luchador entrenado, lo tiró rápidamente al suelo y luego le dio unas cuantas patadas en las costillas, lo agarró por la camisa y lo echó de la caravana.
El teléfono llevaba sonando más de un minuto. Crispado, descolgó.
—¡Qué hay, Frankie, soy Nicky!
Su hermano. Ahora se alegraba de haber respondido.
—¿Qué pasa?
—La clínica ha llamado a papá. Dice que mamá está otra vez enferma.
Nicky sollozó un poco. Francis intentó consolarlo. Tenía muy poco contacto con su hermano pequeño; la última vez que se vieron, hacía ya unas semanas, fue el día en que Nicky cumplió trece años.
Francis echaba la culpa de todo a Ryan Wilco, su padrastro. Cuando él tenía tres años, su madre había conocido en un café a un joven abogado de Newark. Poco después se casaron y su madre enseguida se quedó embarazada de nuevo, esta vez de Nicky. Durante una temporada, todo parecía ir como la seda. La infancia de Francis transcurrió entre excursiones los fines de semana, cenas en familia y una habitación enorme para los niños; él dormía en la litera de arriba y Nicky en la de abajo. Entonces vivían en Jersey City. Pero hacía cuatro años y medio que su madre y Ryan se habían divorciado. Antes había habido una querella y demandas de manutención. Entre ellos se abrió una brecha enorme: Nicky se fue a vivir con su padre a Nueva York, mientras que Francis y su madre acabaron en Claymont. Según el prospecto, «en una ciudad emergente, aunque no suficientemente valorada, en el corazón de Nueva Jersey», o dicho de otra manera, en el culo del mundo. Su madre se mudó con la intención de construir allí algo «nuevo». «Entre los dos lo conseguiremos», solía decir. Al cabo de seis meses, la ingresaron por primera vez en la clínica.
—Dice papá que, si quieres, puedes venirte con nosotros —dijo Nicky.
Francis encendió un cigarrillo y dio una intensa calada. Luego negó con la cabeza. Aunque echaba de menos a Ryan y nada le hubiera apetecido más que vivir en su casa, no podía hacerlo. Durante años, Ryan había sido para él como un padre, pero desde el divorcio sencillamente le había dado la espalda.
—Estoy bien. Me quedo aquí.
—Qué pena. Podríamos jugar al baloncesto. Ya sé hacer la entrada a canasta en bandeja. La semana pasada gané a Jamie. Diez a tres —dijo Nicky muy deprisa, por lo emocionado que estaba.
—¿Jamie Roscoe? ¿Tu vecino? Pero si siempre te machacaba.
—¡Eso era antes!
A Francis le hizo gracia imaginar a su hermano con el auricular en la mano y una sonrisa radiante. Al fin y al cabo, Nicky era tan bajito que en el fondo todos estaban preocupados. Su hermano hacía como que le daba igual, pero Francis sabía que le molestaba.
—¡Vale, eso está hecho! —dijo—. Un día de estos me paso por vuestra casa y echamos un partido. Seguro que a mí también me machacas. Cada día eres mejor.
Nicky cloqueó al teléfono.
Después de colgar, Francis se puso a recoger: las cosas que le había tirado su madre a la cara, la estrecha cocina, el retrete mugriento. A continuación, arregló también el grifo del agua. Qué gusto daba arreglar algo que estaba estropeado. Miró al gato, que se había colado en la cocina y le rozaba las piernas ronroneando. El gato maulló y Francis le contestó con otro maullido. Durante un rato siguieron hablando de ese modo; a Francis le habría encantado saber de qué. Luego le acarició la cabeza y echó una ración de comida para gatos en su escudilla. Mientras el gato comía, Francis sacó del bolsillo sus cupones de rasca y gana y rascó las partes ocultas. El momento más emocionante del día. Durante unos segundos podía tener la esperanza de ganar un millón y marcharse de allí. Pero eran boletos sin premio.
Por la tarde, Grover asomó la cabeza por la puerta de su cuarto. Según él, había tocado el timbre y la puerta de la caravana estaba abierta. Grover Chedwick era su antiguo vecino y se había convertido en su mejor amigo; además, era el tío más friki de los ordenadores que Francis había conocido. Tenía el pelo oscuro casi rapado, era alto, pálido y flaco, llevaba gafas de concha y miraba siempre al suelo, de modo que hasta los de trece años le tomaban el pelo. Por razones incomprensibles, Grover calzaba siempre, incluso en verano, unas botas negras y siempre llevaba unos vaqueros cortos demasiado estrechos y camisetas con letreros o eslóganes como por ejemplo: «FBI: Female Body Inspector» (Inspector del Cuerpo Femenino). Esta vez llevaba una camiseta de Bob Esponja de color rojo chillón.
—¿Qué tal estás, Francis?
Grover tenía una voz tan sumamente flojucha que parecía un poco retrasado. Sin embargo, lo cierto es que era un genio de la informática, sacaba unas notas buenísimas y tenía un coeficiente intelectual muy alto. Dos empresas de software ya le habían preguntado si quería trabajar para ellas cuando terminara el instituto.
Acarició al gato.
—¿Quieres hablar de tu madre, Francis? —preguntó como de paso.
Grover tenía la manía de llamarlo a uno siempre por su nombre. Lo hacía sin darse cuenta. También era el único que lo llamaba Francis; todos los demás lo llamaban Frank o Frankie.
—Prefiero no hablar de eso. Vamos a empezar.
Grover asintió y abrió el portátil que llevaba consigo. Pasaron toda la tarde jugando al Unreal Tournament en Internet. Francis sabía que era un plan cutre, pero ¿cuál hubiera sido la alternativa? ¿Que un amigo millonario los invitara a una fiesta en su yate lleno de mujeres hermosas? Una fiesta como las de las películas: uno pide algo de beber y de repente está junto a la monada de chica con la que ha estado ligando toda la noche y habla un poco con ella hasta que le dice: «¿Sabes? En cierto modo, eres diferente», la mira a los ojos, deja la copa encima de una mesa y la besa.
Chorradas, pensó Francis. Ni de coña los invitarían a una fiesta así, de modo que se conformarían con Unreal Tournament. Antes nunca había tenido problemas con las mujeres, la verdad. Seguramente no fuera el tipo más listo de Claymont ni tampoco podía permitirse comprar ropa cara. Pero a cambio, antes de lesionarse la rodilla, pertenecía al equipo de luchadores del instituto, y además no era tímido. Al contrario, sin apenas esfuerzo había tenido muchas novias. Pero su racha de mala suerte empezó justo cuando ya uno se podía acostar con las chicas. Los fines de semana, cuando se celebraban la mayor parte de las fiestas, casi siempre tenía que trabajar. Además, se decía que a las mujeres lo que les molaba era una actitud positiva. Sin embargo, ahora, cuando estaba delante de una chica, recordaba las paredes pintadas de blanco de la habitación del hospital, la hierba rala que crecía delante de la caravana o esa sensación de derrota asegurada que solía tener durante los exámenes. Pensaba en ese tipo de cosas una y otra vez. Así que de actitud positiva, nada.
—Hoy he conocido a una chica en la clínica —dijo, y enseguida se puso a hablar de Anne-May.
Mientras tanto, su yo virtual había lanzado al más allá a tres rivales.
Grover se volvió a mirarlo.
—Pero… ¿es que también está enferma, Francis?
—Probablemente haya intentado suicidarse. Pero a mí eso me da igual. Si la hubieras visto. Era…
Durante los siguientes minutos, Francis se puso a hablar de Anne-May como si hubiera estado a punto de acostarse con ella.
Grover tragó saliva. A diferencia de Francis, él no tenía experiencia con las mujeres. Cuando alguien soltaba en su presencia palabras como «tetas», «chocho» o «húmedo», se ruborizaba inmediatamente. Lo único que le faltaba era el humo saliendo por las orejas como a los personajes de cómic. A Francis eso le divertía. Por un lado, seguro que Grover se masturbaba cinco veces al día y, por otro, probablemente le diera miedo practicar sexo de verdad. No creía ni de coña que hubiera llegado tan lejos; más bien se lo imaginaba aterrorizado de pensar que alguna vez pudiera estar delante de una mujer desnuda.