Casi genial

Benedict Wells · Capítulo 40 de 43

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Casi genial

Capítulo 4

Look, if you have one shot, and one opportunity To seize everything you ever wanted in one moment Would you capture it or just let it slip?

Mira, si tienes la ocasión, y una oportunidad

para conseguir todo lo que siempre quisiste en un momento ¿la aprovecharías o la dejarías pasar?

Francis se levantó y fue al baño. En las últimas semanas se había dejado barba; sacó la maquinilla de plástico del hotel y se la afeitó. Qué raro se le hizo descubrir de nuevo un rostro tan familiar. Se pasó los dedos por la cara desnuda y se miró en el espejo. El hoyuelo de la barbilla de su padre, los ojos de color azul claro de su madre, el pelo negro que se acababa de rapar para causar buena impresión al día siguiente, si tenía que ir a la oficina de alistamiento de Somerville. Tensó los músculos: tanta fuerza para nada.

Luego clavó la mirada en la imagen del espejo y olvidó todo cuanto lo rodeaba. Ya solo veía la esencia, lo básico. Soy Francis Dean, pensó. Soy padre; tengo un hijo. Ese pensamiento aún le resultaba tan nuevo e incomprensible como la primera vez que había emergido en su cabeza.

Francis apagó la luz y agarró el sobre con el dinero. Al llegar a la puerta se detuvo. Durante unos segundos se sintió incapaz de girar el picaporte, salir e ir a jugar. Luego abandonó la habitación y bajó en ascensor.

 

4

 

Francis escuchaba el ruido de las salas como hipnotizado, cuando se sumergió en ese mundo de tragaperras con pantallas luminosas, melodías metálicas y murmullo de voces. Una joven tropezó con él al pasar y se disculpó. Francis descubrió al fondo de la sala los tanteadores con los números de la ruleta parpadeando. Se abrió paso entre los turistas y jugadores y llegó hasta la mesa de aquella vez, que se hallaba un poco apartada. Allí se apostaban de nuevo miles de dólares a combinaciones aparentemente arbitrarias, y cuando los jugadores perdían, se limitaban a sonreír con gesto levemente contrariado y apostaban otros diez mil.

Francis se acercó a la mesa. Según su carné de identidad falso, para entonces ya tenía casi veinticuatro años, pero el crupier no se lo pidió. Francis esperó a que hubiera sitio y luego se sentó. Con sus trajes hechos a medida, los otros clientes le lanzaban miradas tan despectivas como la vez anterior, pues en esta ocasión también iba en vaqueros y camiseta; solo eran nuevas las zapatillas. Había cambiado todo su dinero por una única ficha azul que valía cinco mil dólares, y ahora la depositó en la casilla negra. Los demás lo miraron con interés; algunos aposta ron también al negro. Francis no quería esperar más. Si realmente su sueño carecía de sentido, perdería todo el dinero, pero por lo menos lo perdería enseguida y al fin podría olvidarse de esa idea, que llevaba atormentándolo desde hacía dos años y medio.

La idea era la siguiente: ¿y si, después de todo, el sueño se hacía realidad?

Francis notó un cosquilleo. O se quedaba inmediatamente sin blanca, después de haber trabajado como un loco, o dentro de unos segundos tendría el doble. Qué locura. Ahora que jugaba con su dinero y no con el de Ryan, era verdaderamente consciente de su valor.

La bola rodó… cada vez más despacio. Francis respiró entrecortadamente; sin atreverse a mirar, esperó unos segundos que se le hicieron eternos hasta que notó que alguien le daba un golpecito en el hombro. Abrió los ojos y vio que la bola estaba en la casilla del veintiocho. Negro. Qué alivio. Ya tenía diez mil.

Francis recogió todo el dinero y volvió a apostar al negro. Oyó un cuchicheo. Alguien meneó la cabeza con gesto de incredulidad. El crupier lanzó la bola; durante los siguientes segundos, los jugadores se quedaron mirando cómo daba vueltas en la rueda. Después de que algunos apostaran en el último momento, el crupier dijo:

—Rien ne va plus!

La bola fue a parar al treinta y tres. Noir. Negro. Francis ya tenía veinte mil. Se quedó con cinco y apostó quince, otra vez al negro.

¡Y salió negro! ¡Increíble!

De pura felicidad se le puso la carne de gallina. Ahora tenía ya treinta y cinco mil. Tanto como la última vez, cuando lo perdió todo en cuestión de segundos. Francis recordó la cantidad de veces que había pensado durante el último año en los treinta y cinco mil y en la de cosas que se podrían haber hecho con ese dinero. Se daba cuenta de la potra que había tenido ganando ahora tres veces seguidas. Un hombre prudente se habría retirado. Francis reunió treinta mil y apostó otra vez al negro.

El señor que estaba a su lado, que vestía una chaqueta de tweed, lo miró con curiosidad. Luego apostó él también al negro: sesenta mil.

—Espero que no te equivoques —dijo—. Ya ha salido tres veces seguidas el negro.

—Sé que volverá a salir.

Los dos inclinaron la cabeza en señal de aprobación, y a los pocos segundos, la bola fue a parar al once. Negro.

Algunos lanzaron gritos de júbilo, pero Francis vio también que, desde el otro extremo de la mesa, dos señores le lanzaban miradas hostiles. Los dos habían apostado al rojo y seguro que, en el fondo, le echaban la culpa a él y a su racha de buena suerte. Francis recogió sus ganancias, sesenta mil, y las colocó junto a la ficha de reserva de cinco mil.