Casi genial
San Francisco
1
En el Valle de la Muerte hacía cincuenta grados, y el Chevy no disponía de aire acondicionado. Francis tenía la boca reseca. El horizonte reverberaba por el calor. Vio que Anne-May se apartaba de la cara unos cuantos mechones húmedos, y se fijó en que Grover, mientras conducía, siempre llevaba, incluso en ese momento, una sonrisa en los labios. Aunque solo estaba permitido ir, como mucho, a ciento quince kilómetros por hora, el cuentakilómetros marcaba ciento setenta. Embriagado por la noche anterior, Grover exprimía el Chevy todo cuanto podía.
—Ya te dije que no apostaras todo —dijo Anne-May, dándole a Francis unos cuantos billetes.
Desde su fracaso en el casino, estaba sin blanca. Con el dinero de Ryan podría haber arreglado provisionalmente su situación, y ahora odiaba la idea de tener que volver a pedir prestado. Recordando su sueño, pensó que algo había hecho mal la noche anterior. Pero ¿qué?
—¿Sabéis lo que me extraña? —preguntó—. Que ayer no hubiera un hombre vestido con un mono azul. En mi sueño salía siempre un hombre con un mono azul, pero ayer no había ninguno.
—¡Deja ya de dar la vara con tu sueño! —dijo Anne-May—. ¿Acaso lo decías en serio? Tu sueño estaba equivocado, y por eso lo has perdido todo, idiota —añadió furiosa, dándole un pellizco en el brazo.
Francis se pasó la mano por la zona dolorida. Luego releyó el artículo acerca de Alistair Haley, el niño del banco de semen con un coeficiente intelectual de 189. El titular decía: «El chico que surgió del frío». Además ponía que, para entonces, Alistair se había retirado a vivir a San Francisco. La fama que tuvo de niño, sus apariciones en el programa de entrevistas de Oprah Winfrey, las expectativas de la opinión pública: todo eso había dejado huella en él. A continuación decía que varios de los hijos nacidos del banco de semen de los genios habían emprendido la búsqueda de Alistair. Como era el único de nombre conocido, lo habían buscado para intercambiar opiniones con él.
«Todos acuden a mí», dice Alistair, y no sabemos si se alegra o si le
molesta.
También Francis tenía unas ganas locas de conocerlo. Le dio a leer el artículo a Anne-May.
—Quizá el tal Alistair sea medio hermano mío —le dijo en broma.
Pero luego se quedó callado al darse cuenta de que a lo mejor tenía razón.
Durante el resto del viaje Anne-May escribió en su cuaderno, hasta que en una parada llamó por teléfono a sus padres. Grover y Francis, un poco apartados de la cabina telefónica, oyeron que al principio hablaba normal, pero cada vez iba subiendo más el tono. Empezó a moverse de acá para allá y de repente gritó:
—No, no os voy a decir dónde estoy. No. ¡Volveré cuando quiera!
Al colgar, parecía hecha polvo. Les contó que nunca se había enfadado así con sus padres y que tendría que regresar pronto a casa. Francis intentó consolarla, y como no lo consiguió, Grover se puso a imitar con su bocaza a un orangután, hasta que a ella le dio la risa.
—¿Son muy estrictos tus padres, Anne-May? —preguntó Grover, mientras continuaban el viaje.
Ella miró por la ventanilla.
—Desde que tengo memoria, siempre lo han controlado todo. Todavía recuerdo la primera vez que llevé a casa a una amiga, Stella Mosley. Sus padres eran un poco esotéricos, y Stella llevaba vestidos raros que parecían túnicas. A mí me daba igual; yo estaba contenta de que alguien pasara la noche conmigo por primera vez. Sin embargo, mis padres se rieron de Stella, de su ropa y de su familia. Todo sonaba muy cortés y educado, pero en realidad lo decían con mala leche. Y después me preguntaron si en mi clase no había otras niñas que pudiera llevar a casa. Por aquel entonces yo tenía ocho años y mi hermano todavía vivía. Cuando murió, perdieron los nervios por completo. Ahora tienen una idea exacta de cómo ha de ser mi vida, y cualquier cosa que no les encaje en ese esquema queda despiadadamente descartada.
Francis escuchó atentamente y se preguntó qué actitud adoptarían los Gardener con él. Luego cayó en la cuenta de que Grover no se había sorprendido al oír hablar a Anne-May de su hermano muerto, de lo que dedujo que ya se lo habría contado a él también.
Al anochecer refrescó. Ante ellos se extendían los campos de cereales de California; la luz del sol poniente proporcionaba unos tonos rojizos a las gavillas de heno. Dentro del coche, el ánimo de todos mejoró; sacaron las manos por las ventanillas, comieron sándwiches, escucharon la radio y cantaron «Brown Eyed Girl», de Van Morrison. Cuando oscureció, se registraron en un Best Western y pagaron con la tarjeta de crédito de Grover. Los Chedwick se la habían dado solo para la gasolina, pero no tenían por qué enterarse. Metieron su ropa en una lavadora automática y se sentaron en un jacuzzi al aire libre. El aire estaba fresco; el agua, calentita, y por la hierba pasó como un rayo una ardilla gris de las Carolinas. Bebieron alcohol en vasos de plástico y brindaron. Francis se recostó; llevaban exactamente siete días de camino, era increíble la cantidad de kilómetros que habían recorrido. Claymont quedaba en la otra punta del país, a una distancia de años luz.
—¿Qué harás si tu padre es inmensamente rico? —le preguntó Anne-May.
Francis dio un trago.
—Sería guay.
—¿Y si es un gilipollas que no te quiere ver?
—Le quemo la casa.
—¿Sabes en qué me he fijado? —preguntó ella—. Cada vez que hablas de tu padre o de ese banco de semen, te brillan los ojos y no paras de sonreír.
—Bah, qué chorrada.
—En serio; ahora mismo te está volviendo a pasar. Tengo la impresión de que te gusta formar parte de ese disparatado proyecto. En el fondo te alegras de pertenecer a ese banco de esperma tan elitista.
—Qué gilipollez. ¿Quién en su sano juicio se alegraría de una cosa así?
Francis se sumergió en el agua y le dio un mordisco a Anne-May en la pantorrilla. Desde abajo la oyó dar un chillido.
Más tarde, los tres se tumbaron en la cama de la habitación del motel; mientras se comían las chocolatinas M&M’s que había en el minibar, hablaron de experiencias bochornosas y vieron películas. Por un momento, todas las peleas parecían olvidadas, y Francis se dio cuenta de lo maravilloso que era estar con ellos dos recorriendo mundo.
Al día siguiente, cuando se plantó delante del letrero de la puerta de Alistair Haley, en San Francisco, se puso nervioso. Grover y Anne-May habían ido a echar un vistazo a la ciudad en lugar de acompañarlo. Francis apretó el timbre. A lo mejor se encontraba directamente con el hombre que sabía cómo se llamaba su padre. Después de esperar medio minuto, la escalera seguía a oscuras.
Llamó de nuevo.
Según la guía telefónica, en la ciudad vivían dos Alistair Haley, pero en el artículo ponía que el «niño prodigio» vivía en el distrito Sunset, y allí solo había uno. Francis se preguntaba intrigado quién le abriría. Tal vez un tío trajeado que le cerraría inmediatamente la puerta en las narices. Pero a lo mejor Alistair no estaba en casa.
Entonces oyó pasos.
El hombre que le abrió tendría unos veinticinco años, tenía el pelo corto teñido de rubio, llevaba gafas y una barba bastante impresionante. Era pálido como las paredes blancas de su casa, y en su apartamento olía tanto a hachís, que Francis tuvo la sensación de que solo con respirar se pillaría un globo de mucho cuidado.
—¿Qué quieres? —preguntó Alistair Haley.
Francis le enseñó el artículo sobre los genios que habían surgido del frío.
—¿Y bien? Ya no doy entrevistas.
—No he venido por eso. ¡Soy como tú!
—Vale, eso ya es otra cosa. Pasa.
En el apartamento no parecía que hubiera nada más que montañas de libros, dos portátiles, un tablero de ajedrez y unos cuantos instrumentos musicales extraños. De la pared colgaba solo un cartel en el que aparecía el número 137 escrito en rojo. La vivienda parecía modesta y estaba sin amueblar; seguramente Alistair acababa de mudarse.
—Eso es un sitar —dijo, señalando el instrumento que Francis sostenía entre las manos—. Procede de la India. Hay que practicar muchas horas al día para dominarlo a la perfección.
—¿Hace cuánto que vives aquí?
—Cuatro años. —Alistair sacó costo de un cajón para liarse un peta—. ¿Quieres tú también?
—No —dijo Francis, y se sentó—. O bueno, sí.
Le habló de la carta de despedida de su madre y de cómo esta había averiguado la identidad de su padre.
—Entonces ¿fue tu madre? —Lo interrumpió enseguida Alistair—. Todavía recuerdo lo furioso que se puso Monroe cuando se descubrió a uno de los donantes.
—Sí, fue mi madre —dijo Francis.
Y siguió contándole el viaje a Los Ángeles, cómo había dado con él en un artículo y que tenía que encontrar a su padre como fuera, solo que no sabía cómo se llamaba.
Por último, le preguntó a Alistair sin rodeos si sabía qué nombre se ocultaba tras el apodo de Donante James. Francis no quería que Alistair notara lo mucho que significaba para él su respuesta; no obstante, le tembló la voz. Cerró los puños y paseó la mirada por la habitación; en el rincón vio dos grandes paquetes.
—Por desgracia, nunca he tenido acceso a los documentos de los donantes —dijo Alistair—. Tampoco conozco los códigos para descifrar sus apodos.
Francis se tumbó en el suelo y resopló decepcionado.
—Sin embargo, sé cómo se llama tu padre.
Francis se incorporó inmediatamente.
—¿Cómo? ¡Dímelo!
Con los ojos cerrados, Alistair parecía cavilar profundamente, como si su cerebro estuviera bobinando y rebobinando.
—Cuando robaron los documentos del despacho de Monroe, yo era un niño. Todavía recuerdo perfectamente el jaleo que se armó a costa de eso. Y un día, desde la puerta, oí una conversación entre Monroe y un asistente. Hablaban de un tal doctor Doble y de si deberían llamarlo por teléfono. Monroe dijo que no era necesario, que «ella» guardaría silencio. En el transcurso de la conversación me di cuenta de que Doble tenía que ser el nombre del donante cuyos documentos habían sido robados. — Alistair le pasó el porro y le dio fuego—. Monroe me pilló escuchando y, nada más verme, supo exactamente en qué estaba pensando. Finalmente, solo dijo: «Doble no es tu padre». Nada más. Esa frase se me quedó grabada hasta hoy.