Casi genial

Benedict Wells · Capítulo 16 de 43

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Casi genial

Capítulo 4

 

Durante los siguientes días atravesaron las entrañas pobres y áridas del país. El Medio Oeste se extendía ante ellos, la carretera se perdía en el horizonte, y el cielo tenía un color azul claro salpicado de plumas blancas. Durante casi todo el trayecto solo hablaron Anne-May y Grover. Cuando cruzaron Kansas, estaban charlando del Día de Acción de Gracias y de cómo lo celebraban siempre con sus familias. Francis iba sentado atrás en silencio; los felices festejos familiares eran un tema al que no podía contribuir demasiado. De vez en cuando los oía reír. No le gustaba que se llevaran tan bien. Miró hacia fuera; kilómetro a kilómetro iban acercándose a su padre. Francis imaginó nombres para él o cosas que podría haber heredado de su padre. De su madre había heredado los ojos azul claro, la piel bonita, siempre ligeramente bronceada, y la manera de ladear la cabeza mientras reflexionaba sobre cualquier cosa. Pero ¿qué tendría de él? ¿Se parecerían en algo? Cuando pasaban por ciudades pequeñas, le gustaba mirar por la ventanilla a los hombres de entre cuarenta y cincuenta años que veía por la calle. Cualquiera de ellos podría haber sido su padre, y se preguntaba si ya se habría cruzado alguna vez con él sin saberlo.

Por la noche se sentaron en el patio interior del motel con varios packs de cervezas Budweiser. Grover llevaba una camiseta en la que ponía: «Han Solo disparó primero». Parecía disfrutar del viaje y sentirse cada vez más seguro. El instituto, donde sufría continuas humillaciones, se encontraba a miles de kilómetros, de modo que estaba a sus anchas. Grover sacó las baquetas de la batería, que siempre guardaba en la guantera, y se puso a tamborilear en broma sobre el tablero de una mesa. Llevaba tan bien el ritmo, que los demás se pusieron a acompañarlo dando palmas. Al final, cambió de ritmo e hizo un solo muy concentrado.

Anne-May parecía entusiasmada.

—Eres muy bueno. Deberías tocar en una banda.

—Ya toqué una vez —dijo Grover—. Pero me echaron hace unos años.

—¿Por qué?

—Les parecía demasiado guapo.

Anne-May se echó a reír. De nuevo lo miró con un brillo en los ojos, con lo que a Francis se le ocurrió pensar que quizá Grover no fuera feo del todo, sino que más bien lucía una fealdad fascinante. ¿Y si tampoco eso fuera cierto? ¿Y si después de todo no era tan poco atractivo como él había intentado creer siempre?

Al tercer pack de cerveza, Anne-May les inició en su vida amorosa. Con la lengua ya un poco trabada les habló de un baloncestista de color o de los suaves labios de una mujer a la que había besado en una fiesta. Mientras Francis intentaba imaginárselo, se preguntó si Anne-May era de las que iban a fiestas.

Cuando Grover le preguntó por su primera vez, Anne-May se quedó pensativa un rato largo. Finalmente dijo que no quería responder a esa pregunta. Francis no pudo evitar pensar en su padre. ¿Por qué tendrían que pasar esas cosas tan chungas? Luego se levantó y fue al baño. Se tropezó con el umbral de la puerta y al mirarse en el espejo se vio borroso.

Al regresar le pareció que Grover y Anne-May se habían acercado más el uno al otro. De pie delante de los dos, oyó la voz de Grover.

—Cuando tenía siete años, había un chico en clase que siempre me sacaba de quicio. Me quitaba las gafas y me bajaba los pantalones delante de todas las chicas. Cómo lo odiaba. Los demás también participaban, todos se reían a costa de mí, pero el que más él. Una vez lo vi sentado solo en la clase. Me acerqué por detrás y de repente se me fue la olla. No veía más que chispazos, destellos, y de pronto le agarré la cabeza y se la golpeé contra la mesa. Unas veinte veces. Al principio todavía se defendía, pero al poco rato se quedó inconsciente. Lo habría matado de no ser porque en ese momento entró la profesora.

—¿Y qué pasó luego? —preguntó Anne-May.

—Llamaron a mis padres para que vinieran a recogerme al colegio. Estuve dos meses internado en un centro de menores y luego tuve que tomar una medicación durante tres años. No sé… —Se quitó las gafas para limpiárselas—. Las cosas no iban bien. Ni entonces ni ahora.

Cuando iba a ponerse otra vez las gafas, Anne-May le sujetó la mano.

—No siempre tienen por qué ir mal.

Grover la miró sorprendido. Al momento siguiente, ella le dio un beso en la boca. No muy largo, pero lo suficiente. Francis tardó un instante en comprender. Las imágenes se le agolpaban en la cabeza: Grover y Anne-May riéndose en los asientos delanteros del coche; Anne-May mirando pasmada la cola de Grover en la piscina; él tamborileando con las baquetas de la batería. Ver que Anne-May besaba a otro lo ponía enfermo.

—¿A qué viene esa gilipollez?

Ellos se volvieron. Grover, asustado; Anne-May, en cambio, tan tranquila. Entonces Francis comprendió que ella sabía todo el rato que él estaba detrás. Después de mirarla unos segundos a los ojos, se marchó. Mientras vagaba solo por la noche, vio con claridad que Anne-May tenía un instinto destructivo y quería herirlo o provocarlo. Realmente Grover no podía ser un rival; ella lo había besado solo por compasión. Pero por más que intentaba convencerse, no podía quitarse de la cabeza que Grover no vivía en una caravana, sino en una bonita casa o que pronto iría a estudiar a Yale y a él no se lo había contado. Sin quererlo, se fue poniendo cada vez más furioso.

 

La noche siguiente la situación empeoró aún más. Habían pasado el día callados en el coche. Después de dejar atrás las Montañas Rocosas, en cuanto empezó a anochecer, se alojaron en un hotel de Arizona. En el patio interior solo vieron aparcado un Pontiac azul con una pegatina en la parte trasera en la que ponía: «Apoyad a nuestras tropas» y otra de un águila marina de cabeza blanca. Sobre un aparador de la habitación había imágenes iluminadas de Jesucristo, pero también copas de torneos deportivos y figuritas de personajes, como Battle Cat, Optimus Prime, Boba Fett, Silver Surfer, He-Man, G. I. Joe y Hulk Hogan. Francis fue a abrir la puerta del armario, pero por más que forcejeaba y tiraba de ella, no conseguía abrirla. Cuando ya estaba a punto de desvencijarla, Anne-May lo sustituyó. Sencillamente corrió la puerta hacia un lado y se lo quedó mirando un rato largo.

—¡Mira que eres bruto! —dijo sonriendo, y Grover también sonrió.

Ninguno de los dos pareció darse cuenta de lo mucho que le afectó eso. Sin decir una palabra, Francis sacó sus cosas de la maleta y se tumbó encima de la cama, y cuando alguien le preguntaba algo, solo contestaba con monosílabos.

Los otros se dispusieron a buscar un bar.

—¿Te vienes?

—No —dijo Francis, aduciendo que le dolía la cabeza, cosa que era mentira.

No intentaron convencerlo. Por la ventana vio cómo los dos recorrían la única calle y desaparecían en la oscuridad.

A solas en la habitación del hotel, Francis dio una patada a la pared. Aún le quedaban más de cuatro mil dólares y allí estaba, en medio de la nada. Para distraerse de la pena y de la congoja, releyó un artículo acerca de Warren P. Monroe, el fundador del banco de semen de los genios.

Monroe se hizo multimillonario como contratista y especulador en Bolsa;

pronto llegó a adquirir un imperio de clínicas, fábricas y canales de televisión.

Sin embargo, su ocupación principal sigue siendo la investigación genética.

Ya se ha hecho famosa la frase que Monroe le dijo en una ocasión a un

periodista: «En GENial está ya incluida la palabra gen». Como a tantos

visionarios antes que a él, a Monroe le irrita la idea de haber sido traído a este

mundo y no poder ser él mismo el creador. Finalmente, en 1962 se produjo un

encuentro muy productivo. En el simposio de la Fundación Ciba de Londres

conoció al que más tarde sería su socio, el doctor austríaco Friedrich von

Waldenfels, especializado en eugenesia. A partir de entonces fue solo cuestión

de tiempo que decidieran criar a una nueva élite genética. A principios de los

años ochenta pusieron en marcha su proyecto. Juntos iniciaron un

experimento que les depararía el reconocimiento internacional.

Y él mismo era parte de ese proyecto. Cuanto más lo pensaba, más delirante le parecía todo. Apartó el artículo y se sentó fuera en un banco, delante del aparcamiento. Al poco rato, se le acercó la dueña del hotel. Se llamaba Janis y ya le había sonreído antes, cuando se estaban inscribiendo. Era guapa y, para ser una mujer, relativamente alta; mediría uno ochenta y llevaba el pelo rubio cortado a lo chico. Vestía un pantalón blanco y una blusa de color violeta.

—No parecemos muy contentos, ¿eh? ¿Va todo bien? —le preguntó con mucho acento sureño, y se sentó a su lado.

Le ofreció un cigarrillo y le pasó su encendedor.

Francis dio una calada y le contó que estaba buscando a su padre y, tras dudarlo un momento, también todo lo demás. Al contárselo se dio cuenta de que su padre era un auténtico exalumno de Harvard, mientras que a Ryan no lo habían aceptado en esa universidad.

Cuando Francis mencionó el banco de semen de los genios, Janis meneó la cabeza.

—Eso es una locura, como en la película Gattaca —dijo—. Como les dé por empezar a clonar. —Se quedó mirándolo y se echó a reír—. Menos mal que no está aquí mi abuela. Es muy religiosa, una cuáquera. Lo más probable es que te considerara un pobre hombre abandonado por Dios.

Aunque esa frase le hizo daño, Francis disimuló.

Compraron algo para beber en la gasolinera de al lado. Brindaron en un sofá del vestíbulo. Janis le contó que en realidad era de Houston y que regentaba el hotel con su marido, quien tenía un segundo trabajo en Denver y aparecía poco por allí.

—Aquí me muero de aburrimiento —dijo, mirándose las uñas pintadas de rojo.

Por alguna razón, a Francis cada vez le iba cayendo mejor. Janis no tendría ni diez años más que él, como mucho veintiocho, y había acabado allí, encallada en la nada. Su fu turo parecía árido, solitario, consolidado. Entendía perfectamente cómo se sentía.

Siguieron bebiendo y contándose historias; ella, de su infancia en Houston y él, de la suya en Jersey City. Francis confesó que de pequeño creía que su madre era inmensamente rica porque cada vez que necesitaba dinero lo sacaba del cajero automático. Se echaron a reír hasta que Janis se apoyó en él. Finalmente Francis, en su borrachera, creyó que la deseaba.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó ella.

Sin responder, Francis se inclinó sobre ella para besarla, pero al instante se arrepintió. Cuando sus labios rozaron la boca de la mujer, que le devolvió el beso, se sintió como falso. Y se levantó.

—Lo siento —dijo, saliendo del vestíbulo—. Lo siento de veras.

No se atrevió a volver la vista.

 

Siguió bebiendo en su habitación. Al ver las copas de los torneos encima del aparador, se acordó de su entrenador de lucha, Brown. Oliver Brown era un hombre de cierta edad que solía entrenarlo a él solo a la salida del colegio y lo llevaba a los torneos. Hasta que, hacía dos años, en una competición interregional, Francis llegó sin demasiado esfuerzo a la final. A su madre entonces las cosas no le iban bien, quizá por su culpa.

—Ya verás, ahora recogeremos el fruto de nuestro trabajo —le dijo el entrenador Brown.

Troy Saunders, su rival en el último combate, era uno de esos campeones convencidos contra los que siempre perdía. Francis dio lo mejor de sí mismo, pero Saunders iba ganando un punto tras otro.

—¡Es más débil que tú, Dean! —vociferó Brown—. ¡Pero si sigues así, te acabará machacando!

De nuevo su rival lo mandó a la lona. Se había defendido, pero una mirada a los ojos serenos y resueltos de Troy Saunders había bastado para vencer su resistencia. Esos ojos le habían dicho: «Déjalo; no tiene sentido», y él se lo había creído. Aún oyó algunos gritos de su entrenador, pero luego se dio por vencido.

Más tarde, tras el homenaje a los vencedores, se hallaba sentado él solo en el banco de madera de los vestuarios con la medalla del segundo puesto colgada del cuello. Su entrenador se sentó a su lado y permanecieron un rato callados.

—Por lo menos he llegado a la final —dijo Francis jugando con la medalla—. Está bastante bien —añadió, como si tuviera que animar a su entrenador.

Brown se limitó a negar con la cabeza.

—No, no lo está —dijo—. Haber estado a punto de ganar es lo que más duele. Para eso, mejor que te hubieran eliminado en la primera ronda. Pero llegar tan lejos y luego perderlo todo poco antes de llegar a la meta, eso es lo peor, créeme.

Luego dejaron de hablar, y al poco tiempo Francis simuló la lesión en la rodilla y abandonó la lucha.

 

Oyó pasos. Fuera había alguien. Por un momento, Francis pensó que los otros dos ya volvían, pero eran los huéspedes de la habitación de al lado. Sus amigos, en cambio, aún seguían por ahí. Anne-May y Grover, Grover y Anne-May. Dio un trago y se imaginó que estarían riéndose de él y que solo lo veían como un tipo zanquilargo que podía darse con un canto en los dientes si era capaz de sostener un libro del derecho. Pensó en Ryan y en sus anteriores amigos de Jersey City, que lo habían abandonado. Todos eran iguales.

Francis miró la lata vacía que tenía en la mano y apuntó a la papelera del baño. Notó lo borracho que estaba, pero para su sorpresa acertó de lleno. La lata salió volando por la habitación hasta llegar al baño, donde, con un asombroso ¡flop!, fue a parar a la papelera de plástico.

—Bieeeen —dijo en voz baja, mientras abría la siguiente cerveza.

A la media hora llegaron Anne-May y Grover. Le traían chuches de la gasolinera.

—Bueno, ¿qué has hecho? —le preguntó Anne-May.

Francis fue dando tumbos hacia ella.

—Eres un pendón y una embustera —balbució; le costaba trabajo mantenerse derecho—. Tanto palique como me dabas en la clínica diciendo que te gustaba. Solo has estado jugando conmigo, y en cuanto sales de la clínica te pones a besar a este idiota. ¿Sabes lo chungo que es eso?

—Estás pedo —dijo Anne-May—. Deja de hablarme de esa manera. Además, yo nunca te he prometido nada.

—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó Grover como si la cosa no fuera con él.

En ese momento, Francis lo agarró por la camiseta y lo empotró con tal fuerza contra el estante de las copas y las figuritas, que todas se cayeron al suelo.

—¡Traidor! —gruñó—. ¿Creías que no me iba a enterar de que te vas a largar después del instituto? ¡He visto lo de Yale!

Grover se incorporó.

—Quería decírtelo, Francis. Creí que estaba claro que pensaba estudiar una carrera.

Sin hacerle ni caso, Francis miró a Anne-May.

—Llevo casi cinco años con este perdedor colgado del cuello. Y ahora el tío se larga y me deja plantado. Pero ¿sabes una cosa? No me importa. Estaba hasta los cojones de aguantar esas cenas tan repugnantemente armoniosas en su casa.

Anne-May quiso interrumpirle, pero ya no había quien parara a Francis. Ni él mismo entendía lo que decía, pero tenía claro que esas palabras, vinieran de donde vinieran, contenían unas cuantas verdades.

—Me parece increíble que hayas besado a ese cobarde —dijo—. Grover no se atreve nunca jamás a hacer nada. Al principio, ni siquiera quería acompañarme en este viaje, sino que prefería encerrarse en el sótano de su casa. Grover no cambiará nunca. Aunque acabe teniendo dinero y casándose, siempre seguirá siendo una rata mezquina y deplorable, un mísero y…

De pronto recibió un bofetón. Sorprendido, Francis se llevó la mano a la mejilla y miró a Grover, que esperaba una reacción. Temblaba ligeramente y parecía tener miedo de que le dieran una paliza por la bofetada. Pero Francis estaba tan asustado que no hizo nada.

Anne-May quiso zanjar de nuevo la disputa, pero Francis la apartó.