Chaman

Noah Gordon · Capítulo 5 de 8 · parte 2/4

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Chaman

–Quid visí -preguntó Brooke.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

–A Alex no le pasarl nada. ¡Estará perfectamente bien! – gritó, pero se dio cuenta de que no era la afirmación honesta de una persona responsable, de un hombre.

A pesar de la existencia de la habitación con el maniquí de las nalgas de marfil, a pesar de la llegada de la carta de Cincinnati, comprendió que sólo era la promesa inútil de un muchacho desesperado.

QUINTA PARTE

Una disputa de familia

24 de enero de 1867

la Policlínica Cincinnati resultó más grande de lo que Chamán había imaginado.

Las calles estaban rebosantes de tránsito, y el hielo del río Ohio había sido reemplazado por infinidad de embarcaciones. De las altas chimeneas de las fábricas surgía un humo impresionante. había gente por todas partes y Chamán podía imaginar el ruido que hacían.

Un tranvía tirado por caballos lo llevó directamente desde la estación de ferrocarril que se encontraba junto al río hasta la tierra prometida de la calle Ninth. El Hospital del Sudoeste de Ohio estaba compuesto por un par de edificios de ladrillos rojos, cada uno de tres pisos, y uno de madera, de dos pisos, destinado a los enfermos contagiosos. Al otro lado de la calle, en otro edificio de ladrillo coronado por una cúpula de cristal, estaba la Facultad de Medicina Policlínica de Cincinnati.

Dentro del edificio de la facultad, Chamán vio salas de conferencias y aulas de aspecto lamentable. Le preguntó a un alumno por el despacho del decano y el joven le indicó que subiera una escalera de roble hasta el segundo piso. El doctor Berwyin era un hombre cordial, de mediana edad, bigote blanco y cabeza calva que brillaba bajo la suave luz de las ventanas altas y mugrientas.

–Ah, entonces usted es Cole.

Le indicó a Chamán que se sentara. Luego le habló brevemente de la historia de la facultad de medicina, de las responsabilidades de un buen médico, y de la necesidad de hábitos de estudio rigurosos.

Chamán supo instintivamente que la bienvenida era un discurso preparado que el decano recitaba a todos los estudiantes nuevos, aunque hubo un final que fue expresamente para él.

–No debe sentirse intimidado por el carácter provisional de su estancia en la facultad -dijo cuidadosamente el doctor Berwyn-. En cierto sentido, todos los alumnos están aquí a prueba, y deben demostrar su valía.

"En cierto sentido." Chamán tenía la seguridad de que no a todos los estudiantes se les había informado en la carta del carácter provisional de su estancia en la facultad. No obstante dio las gracias cortésmente al decano.

El doctor Berwyn lo acompañó al dormitorio, que resultó ser una casa de madera de tres pisos oculta detrás de la facultad. Una lista pegada a la pared del vestíbulo informaba que Cole, Rob J., debía alojarse en la habitación 2-B, junto con Cooke, Paul P.; Torrington, Ruel, y Henried, William.

La 2-B era una habitación pequeña, completamente ocupada por dos literas, dos cómodas y una mesa con cuatro sillas, en una de las cuales estaba sentado un joven regordete que dejó de escribir en su libreta cuando entró Chamán.

–¡Hola! Yo soy P. P. Cooke, de Xenia. Billy Henried ha salido a buscar sus libros. Tú debes de ser Torrington, de Kentucky, o el sordo.

Chamán se echó a reír repentinamente relajado.

–Soy el sordo -confirmó-. ¿Te importa que te llame Paul?

Esa noche se observaron mutuamente y sacaron sus conclusiones.

Cooke era hijo de un comerciante de piensos, próspero a juzgar por sus ropas y demás pertenencias. Chamán se dio cuenta de que era un joven acostumbrado a hacer el ridículo tal vez por su corpulencia, pero sus ojos pardos, que no pasaban nada por alto, revelaban una aguda inteligencia.

Billy Henried era menudo y tranquilo. Les contó que había crecido en una granja de las afueras de Columbus y que había asistido al seminario durante dos años, hasta que decidió que no estaba hecho para el sacerdocio. Ruel Torrington, que no llegó hasta después de la cena, fue una sorpresa.

Doblaba en edad a sus compañeros de habitación, y ya era un veterano en la práctica de la medicina. había trabajado de aprendiz de un médico desde muy joven, y ahora había decidido asistir a la facultad de medicina para legitimar su título de "doctor".

Los otros tres estudiantes que ocupaban la 2-B estaban fascinados por los antecedentes de Torrington; al principio creían que sería una ventaja estudiar junto a un médico con experiencia, pero Torrington llegó de mal humor y continuó adusto mientras estuvieron juntos. La única cama que quedaba libre cuando él llegó era la de arriba, junto a la pared, y no le gustó. Resultó evidente que despreciaba a Cooke porque era gordo, a Chamán porque era sordo y a Henried porque era católico.

Su animosidad unió a los otros tres en una rápida alianza, y no perdieron demasiado tiempo con él.

Cooke llevaba allí varios días y había reunido información que compartió con los demás. La facultad contaba con un cuerpo docente de elevada reputación, pero dos de sus estrellas brillaban más que las otras.

Una era el profesor de cirugía, el doctor Berwyn, que también era el decano. El otro, el doctor Barnett A. McGowan, era un patólogo que dictaba el temido curso conocido como "A y F": anatomía y fisiología.

–Le apodan Barney -les confió Cooke-. Dicen que ha suspendido a más estudiantes de medicina que todos los demás profesores juntos.

A la mañana siguiente Chamán fue a una caja de ahorros y depositó la mayor parte del dinero que llevaba. El y su padre habían previsto cuidadosamente sus necesidades financieras. La matrícula costaba sesenta dólares al año, cincuenta si el pago era anticipado. habían añadido dinero para el alojamiento y las comidas, los libros, el transporte y otros gastos.

Rob J. se había mostrado contento de pagar todo lo necesario, pero Chamán había insistido tenazmente en que dado que su educación médica era una idea suya, era él quien debía pagarla. Finalmente se pusieron de acuerdo en que firmaría una nota a su padre, prometiendo devolverle hasta el último dólar después de su graduación.

Después de salir del banco, su siguiente gestión consistió en encontrar al tesorero de la facultad y pagar su matrícula. No se sintió animado cuando el funcionario le explicó que si era despedido por razones académicas o de salud, sólo se le devolvería una parte del dinero de la matricula.

La primera clase a la que asistió como estudiante de medicina fue una conferencia de una hora sobre las enfermedades de las mujeres. En el instituto, Chamán había aprendido que era imprescindible llegar a las clases tan pronto como pudiera para sentarse en los primeros asientos y leer el movimiento de los labios con la máxima precisión. Llegó tan temprano que consiguió un lugar en la primera fila, lo cual fue una suerte porque el profesor Harold Meigs hablaba a toda velocidad. Chamán había aprendido a tomar notas mientras miraba los labios del conferenciante en lugar de mirar el papel. Escribió con cuidado, consciente de que Rob J. querría leer sus notas para ponerse al corriente de cómo se llevaba a cabo la formación de los médicos.

La siguiente clase, de química, le reveló que tenía suficiente experiencia de laboratorio para el nivel de la facultad. Esto lo animó, y estimuló su apetito por la comida y también por el trabajo. Fue al comedor del hospital a tomar un almuerzo rápido de galletas y sopa de carne, que dejaba mucho que desear. Luego fue a toda prisa a la Librería Cruikshank, que abastecía a la facultad, y allí alquiló un microscopio y compró los libros que necesitaba: Terapéutica general y materia médica, de Dunglison; Fisiología humana, de McGowan; Placas anatómicas, de Quain; Cirugía operativa, de Berwyn; química de Fowne, y dos libros de Meigs:

La mujer, sus enfermedades y remedios y Enfermedades infantiles.

Mientras el anciano empleado le hacía la cuenta, Chamán apartó la vista y vio al doctor Berwyn que conversaba con un hombre bajo, de expresión airada; cuya pulcra barba estaba salpicada de mechones grises, lo mismo que su cabellera; era tan peludo, como Berwyn calvo. Estaban evidentemente enzarzados en una discusión, aunque sin duda hablaban en voz baja, porque nadie de los que pasaban por allí les prestó atención. El doctor Berwyn estaba casi de espaldas a Chamán, pero el otro hombre se encontraba totalmente de frente, y Chamán leyó el movimiento de sus labios más por reflejo que por indiscreción.

–… sé que este país va a entrar en guerra. Soy muy consciente, señor, de que la clase de los que empiezan tiene cuarenta y dos alumnos, en lugar de los sesenta de siempre, y sé muy bien que algunos de ellos se irán a luchar en cuanto los estudios de medicina les resulten duros. En una época como ésta debemos tener especial cuidado para que no descienda nuestro nivel.

Harold Meigs dice que ha aceptado usted algunos estudiantes que habría rechazado el año pasado. Me han informado que entre ellos hay incluso un sordomudo…

Afortunadamente, en ese momento el empleado le tocó el brazo a Chamán y le presentó la cuenta.

–¿Quién es el caballero que habla con el doctor Berwyn?

El mudo tenía voz.

–Es el doctor McGowan, señor -respondió el empleado.

Chamán asintió, recogió sus libros y desapareció.

Varias horas más tarde, el profesor Barnett Alan McGowan estaba sentado ante su mesa del laboratorio de la facultad, copiando unas notas en los registros definitivos. Todos los registros estaban relacionados con la muerte, ya que el doctor McGowan rara vez hacía algo que tuviera que ver con un paciente vivo. Como algunas personas consideraban la muerte como un paisaje poco deseable, él se había acostumbrado a que le asignaran lugares de trabajo que estaban fuera de la vista. En el hospital, donde el doctor McGowan era jefe de patología, la sala de disección estaba en el sótano del edificio principal. Aunque acorde con el túnel de paredes de ladrillo que se extendía debajo de la calle -entre el hospital y la facultad-, era un sitio tenebroso, notable por las tuberías que atravesaban su techo bajo.

El laboratorio de anatomía de la facultad de medicina estaba en la parte de atrás del edificio, en el segundo piso. Se llegaba a él desde el pasillo y

desde una escalera independiente. En la estrecha habitación había una ventana alta, sin cortina, que dejaba entrar la luz plomiza del invierno.

En un extremo del suelo astillado, frente a la mesa del profesor, había un pequeño anfiteatro con los asientos dispuestos en gradas, demasiado juntos para que resultaran cómodos, pero no para concentrarse. En el otro extremo había tres filas de mesas de disección para los alumnos.

En el centro de la habitación se veía un recipiente con salmuera, que contenía distintas partes del cuerpo humano, y una mesa en la que había varios instrumentos de disección puestos en fila. Encima de un tablón colocado sobre unos caballetes, fuera de la vista y completamente tapado por una sábana blanca y limpia, se encontraba el cuerpo de una mujer joven.

Los datos que el profesor apuntaba en el registro correspondían al cuerpo de la mujer.

Veinte minutos antes de que comenzara la clase entró un estudiante en el laboratorio. El profesor McGowan no levantó la vista ni saludó al joven alto; mojó la plumilla en la tinta y siguió escribiendo mientras el alumno iba directamente al asiento del medio de la primera fila y dejaba en él su libreta.

No se sentó, sino que se paseó por el laboratorio, observandolo todolo todo.

Se detuvo delante del recipiente con salmuera y, para asombro del doctor McGowan, cogió el palo de madera que tenía el gancho de hierro en la punta y empezó a pescar las distintas partes del cuerpo de la solución salina, como un niño que juega en un estanque. En los diecinueve años que el doctor McGowan llevaba dando clases de anatomía a los alumnos principiantes, jamás había visto a ninguno de ellos comportarse de esa forma. Los alumnos llegaban por primera vez a la clase de anatomía con solemne dignidad. Por lo general caminaban lentamente, a menudo con miedo.

–¡Oiga! ¡Ya está bien! Deje el gancho en la mesa -ordenó McGowan.

El joven no dio señales de haber oído, ni siquiera cuando el profesor batió las palmas bruscamente, y McGowan supo instantáneamente de quién se trataba. Empezó a levantarse, pero volvió a sentarse enseguida, deseoso de ver lo que ocurría a continuación.

El joven movió el gancho selectivamente entre las partes del cuerpo del recipiente. La mayoría de ellas eran viejas, y muchas habían sido cortadas por otros estudiantes en la clase. Su estado general de mutilación y descomposición era el elemento clave en la conmoción que producía una

primera clase de anatomía. McGowan vio que el joven sacaba a la superficie una mano con la muñeca, y una pierna destrozada.

Luego levantó un antebrazo y una mano que estaba evidentemente en mejores condiciones que la mayoría de las piezas anatómicas. McGowan observó cómo utilizaba el gancho para llevar el espécimen elegido hasta la parte superior del rincón derecho del recipiente, y luego lo cubría con otros de aspecto lamentable… ¡ocultándolo!

Enseguida colocó el palo con el gancho donde lo había encontrado, y se acercó a la mesa, donde se dedicó a inspeccionar las hojas de los escalpelos.

Cuando encontró uno que le gustó, lo colocó ligeramente más arriba que los demás, y luego regresó al anfiteatro para ocupar su asiento.

El doctor McGowan decidió no prestarle más atención, y durante los diez minutos siguientes siguió trabajando en sus registros. Finalmente empezaron a llegar los alumnos al laboratorio. Se sentaron enseguida.

Muchos ya estaban pálidos, porque en la sala había olores que daban alas a sus fantasías y temores.

A la hora exacta en que debía comenzar la clase, el doctor McGowan dejó su pluma y se colocó delante del escritorio.

–Caballeros -dijo.

Cuando todos guardaron silencio, hizo la presentación.

–En este curso estudiamos a los muertos para conocer mejor y ayudar a los vivos. Los primeros registros de estos estudios fueron hechos por los antiguos egipcios, que disecaron los cadáveres de los desdichados a los que mataban en los sacrificios. Los antiguos griegos son los verdaderos padres de la investigación fisiológica. Existía una gran facultad de medicina en Alejandría, donde Herophilus de Calcedonia estudió los órganos y las vísceras humanas. El dio nombres al calamus scriptorius y al duodeno.

El doctor McGowan era consciente de que los ojos del joven de la primera fila no se apartaban de sus labios. Estaba realmente pendiente de cada una de sus palabras.

Siguió la pista de la desaparición del estudio anatómico en el vacio supersticioso de la Edad de las Tinieblas, y su reaparición después del 1300

de nuestra era.

La última parte de su conferencia trataba sobre el hecho de que después de que el espíritu había dejado de existir, los investigadores debían tratar el cuerpo sin temor pero con deferencia.

–En mis tiempos de estudiante en Escocia, mi profesor comparaba el cuerpo después de la muerte con una casa cuyo propietario se ha mudado.

Decía que el cuerpo debe ser tratado con cuidado y dignidad, por respeto al alma que vivía en él -reflexionó el doctor McGowan, y se sintió molesto al ver que el joven de la primera fila sonreía.

Les indicó que cada uno debía coger un espécimen del recipiente y un cuchillo, disecar la pieza anatómica escogida y hacer un dibujo de lo que veían; antes de salir del aula debían entregarlo. En la primera clase siempre se producía un momento de vacilación, cierta reticencia a comenzar.

Mientras los demás remoloneaban, el joven que había llegado primero se levantó enseguida y se acercó al recipiente, del que cogió el espécimen que había escondido, y luego el escalpelo afilado. Mientras los demás empezaban a arremolinarse junto al recipiente, él ya se había instalado en la mesa de disección que estaba mejor iluminada.

El doctor McGowan era plenamente consciente del nerviosismo de la primera clase de anatomía. El estaba acostumbrado al hedor dulzón que emanaba del recipiente de salmuera, pero sabía el efecto que causaba en los no iniciados. había sometido a algunos de ellos a una tarea ingrata, porque muchos especímenes se encontraban en un estado tan lamentable que era imposible disecarlos bien y dibujarlos con precisión, y tuvo en cuenta ese detalle. El ejercicio era una disciplina, la primera herida de sangre de unas tropas inmaduras. Era un desafío a su capacidad de enfrentarse a lo desagradable y a la adversidad, y un duro aunque necesario mensaje de que el ejercicio de la medicina suponía algo más que cobrar honorarios y disfrutar de un lugar respetable en la sociedad.

Al cabo de unos minutos varios alumnos habían abandonado la sala; uno de ellos era un hombre joven que había salido a toda prisa. Para satisfacción del doctor McGowan, todos acabaron por regresar. Durante casi una hora se paseó entre las mesas de disección, comprobando el avance de los trabajos. En la clase había varios hombres maduros que habían practicado la medicina después de un aprendizaje, y que no sentían las náuseas de algunos estudiantes. El doctor McGowan sabía por experiencia que algunos serían médicos excelentes; pero vio a uno de ellos, un tal Ruel Torrington, que cortaba torpemente un hombro, y suspiró pensando en las desastrosas cirugías que el hombre habría dejado a su paso.

Se detuvo unos segundos más en la última mesa, donde un joven gordo, de rostro sudoroso, se esforzaba trabajando en una cabeza que era casi todo

cráneo.

Frente al joven gordo trabajaba el chico sordo. tenía experiencia y había utilizado el escalpelo muy bien para abrir el brazo en capas. El hecho de que supiera hacer esto revelaba un conocimiento previo de la anatomía, lo cual sorprendió agradablemente a McGowan, que notó que las articulaciones, los músculos, los nervios y los vasos sanguíneos estaban perfectamente clasificados y representados en el dibujo. Mientras él miraba, el joven escribía su nombre en letras de imprenta en la hoja del dibujo y se la entregaba: Cole, Robert J.

–Oiga, Cole, en el futuro debe escribir las letras de imprenta un poco más grandes.

aaa

–Si, señor -dijo Cole con voz clara-. ¿Haremos algo más?

–No. Puede volver a guardar su espécimen en el recipiente y limpiar lo que ha usado. Luego puede marcharse.

Estas palabras animaron a media docena de estudiantes a entregar su dibujo al doctor McGowan, pero él los rechazó y les sugirió que revisaran el dibujo o les indicó diversas formas de mejorar la disección.

Mientras hablaba con los alumnos vio que Cole volvía a guardar el espécimen en el recipiente. Lo observó lavar y secar el escalpelo antes de colocarlo otra vez en la mesa. Lo vio llevar agua hasta la mesa de disección y frotar el trozo que él había utilizado, y luego coger jabón y agua limpia y lavarse las manos y los brazos con todo cuidado antes de bajarse las mangas.

Antes de salir, Cole se detuvo junto al joven rechoncho y examinó su dibujo. El doctor McGowan vio que se inclinaba sobre él y le susurraba algo. El joven pareció más relajado y asintió mientras Cole le palmeaba el hombro. Luego el gordo siguió trabajando, y el sordo salió del aula.

Los sonidos del corazón

Era como si la facultad de medicina fuera una lejana tierra extranjera en la que Chamán de vez en cuando oía terribles rumores de guerra inminente en Estados Unidos. Se enteró de la celebración de la Convención de Paz en Washington, D.C., a la que asistieron ciento treinta y un delegados de veintiún Estados. Pero la mañana en que la Convención de Paz se inauguró en la capital, en Montgomery, Alabama, se reunió el Congreso Provisional de los Estados Confederados de América. Pocos días más tarde, la

Confederación votó a favor de separarse de Estados Unidos, y todo el mundo supo con absoluta certeza que no habría paz.

Pero Chamán sólo podía dedicar una atención superficial a los problemas de la nación. Estaba luchando por su propia supervivencia.

Afortunadamente era un buen alumno. Por la noche se concentraba en sus libros hasta que se le cerraban los ojos, y muchas mañanas lograba estudiar unas cuantas horas antes de ir a desayunar. Las clases se dictaban de lunes a sábado, de diez a una y de dos a cinco. A menudo se pronunciaba una conferencia antes o durante las seis materias clínicas que daban nombre a la facultad: martes por la tarde, enfermedades del tórax; martes por la noche, enfermedades venéreas; jueves por la tarde, enfermedades infantiles; jueves por la noche, malestares de la mujer; sábados por la mañana, clínica quirúrgica, y sábados por la tarde, clínica médica. Los domingos por la tarde, los alumnos observaban a los médicos que trabajaban en las salas del hospital.

El sexto sábado en que Chamán se encontraba en la Policlínica, el doctor Meigs dio una conferencia sobre el estetoscopio. Meigs había estudiado en Francia con los médicos que habían sido instruidos por el inventor del instrumento. Les informó a sus alumnos que un día de 1816, un médico llamado René Laennec, poco dispuesto a poner la oreja sobre el pecho de una tímida paciente, había enrollado una hoja de papel y atado el tubo resultante con un hilo. Al colocar un extremo del tubo en el pecho de la paciente y escuchar por el otro extremo, Laennec quedó sorprendido al observar que el método ampliaba los sonidos del pecho en lugar de ser una forma menos eficaz de escuchar. Meigs añadió que hasta hacía poco tiempo los estetoscopios habían sido simples tubos de madera que los médicos utilizaban en una sola oreja. El tenía una versión más moderna del instrumento, en la que el tubo era de seda tejida y desembocaba en unos auriculares de marfil que encajaban en ambas orejas. Durante la clínica médica, después de la clase, el doctor Meigs utilizó un estetoscopio de ébano con una segunda salida a la que se habia conectado un tubo, de manera que el profesor y el alumno podían escuchar el sonido del pecho del paciente al mismo tiempo. A cada alumno se le dio la posibilidad de escuchar, pero cuando le llegó el turno a Chamán, le dijo al profesor que no tenía sentido.

–No podría oir nada.

El doctor Meigs frunció los labios.

–Al menos debe intentarlo.

Explicó detenidamente a Chamán cómo debia colocarse el instrumento en la oreja. Pero Chamán sacudió la cabeza.

–Lo siento -dijo el profesor Meigs.

Los alumnos serían sometidos a una prueba de práCtica clíniea. Cada uno debía examinar a un paciente utilizando el estetoscopio, y redactar un informe. Era evidente que Chamán iba a fracasar.

Un frío dia por la mañana se enfundó en su abrigo y sus guantes, se ató una bufanda al cuello y salió de la facultad. En una esquina, un chico vocaba los periódicos que hablaban sobre la investidura de Lincoln.

Chamán bajó hasta el río y caminó por los muelles, absorto en sus pensamientos.

Al regresar entró en el hospital y recorrió las salas, observando a los enfermeros y enfermeras. La mayoría eran hombres, muchos de ellos borrachos que se habían sentido atraídos por el trabajo en un hospital, porque el nivel era deficiente. Se fijó en los que parecían sobrios e inteligentes, y finalmente decidió que un hombre llamado Jim Halleek sería el adecuado. Esperó hasta que el enfermero trasladó un montón de leña y la dejó en el suelo, cerca de la salamandra; entonces se acercó a él.

–Tengo que hacerle una proposición, señor Halleck.

La tarde de la prueba se presentaron en la clínica el doctor McGowan y el doctor Berwyn, lo que acentuó el estado de nerviosismo de Chamán.

El doctor Meigs examinaría a los alumnos por orden alfabético. Chamán era el tercero, después de Allard y Bronson. A Israel Allard le tocó un caso fácil: una mujer joven con la espalda encorvada, cuyos sonidos cardíacos eran fuertes, regulares y nada complicados. Clark Bronson tuvo que examinar a un hombre asmático, que ya no era joven; describió vacilantemente el ruido de los estertores en el pecho. Meigs tuvo que hacerle varias preguntas para obtener la información que quería, pero evidentemente quedó satisfecho.

–¿Señor Cole?

Sin duda esperaba que Chamán se negara a participar. Pero el joven dio un paso adelante y aceptó el estetoscopio monoaural de madera.

Cuando miró hacia donde Jim Halleck estaba sentado, el enfermero se levantó y se acercó a él. El paciente era un joven de dieciséis años, fornido, que se había cortado la mano en una carpintería. Halleck sostuvo un extremo del estetoscopio sobre el pecho del chico y colocó la oreja en el

otro extremo. Chamán cogió la muñeca del paciente y sintió el pulso contra sus dedos.

–El pulso del paciente es normal y regular. A un ritmo de setenta y ocho pulsaciones por minuto -dijo por fin. Miró inquisitivamente al enfermero, que sacudió la cabeza ligeramente-. No hay estertores -añadió.

–¿Qué significa todo este teatro? – protestó el doctor Meigs-. ¿Qué está haciendo aqui Jim Halleek?

–El señor Halleek me presta sus oídos, señor -explicó Chamán, y tuvo la desdicha de captar las amplias sonrisas de algunos alumnos.

El doctor Meigs no sonrió.

–Ya veo. Sus oídos. ¿Y piensa usted casarse con el señor Halleck y llevarlo con usted allí donde tenga que practicar la medicina? ¿Durante el resto de su vida?

–No, señor.

–¿Entonces le pedirá a otras personas que le presten sus oídos?

–Tal vez si, a veces.

–¿Y si es usted un médico que encuentra a alguien que necesita su ayuda, y usted está solo, solo con el paciente?

–Puedo tomarle el pulso para saber el ritmo cardiaco. – Chamán apoyó dos dedos en la arteria carótida del paciente-. Y sentir si es normal, o acelerado, o débil. – Abrió los dedos y colocó la palma de la mano sobre el pecho del joven-. Puedo sentir el ritmo de la respiración. Y ver la piel, y tocarla para saber si está afiebrada o fría, húmeda o seca. Puedo ver los ojos. Si el paciente está despierto, puedo hablar con él, y, consciente o no, puedo observar la consistencia de su esputo y ver el color de su orina y olerla, incluso probarla si es necesario.

Miró la cara del profesor y pronunció la objeción antes de que el doctor Meigs pudiera hacerlo.

–Pero nunca podré escuchar los estertores de su pecho.

–No, no podrá.

–Para mí, los estertores no serán una advertencia de que existen problemas. Cuando vea las primeras etapas de una respiración dificultosa sabré que si pudiera oírlos, los estertores sin duda serían como crujidos.

Si mi paciente respira con excesiva dificultad, sabré que los estertores son burbujeantes. Si hay asma, o infección de los bronquios, sabré que son sibilantes. Pero no podré confirmar ese conocimiento. – Hizo una pausa y miró directamente al doctor Meigs-. No puedo hacer nada con respecto a mi

sordera. La naturaleza me ha robado una valiosa herramienta para el diagnóstico, pero tengo otras. En un caso de emergencia, podría ocuparme del paciente utilizando mis ojos, mi nariz, mi juventud, mis dedos y mi cerebro.

No era la respuesta respetuosa que el doctor Meigs habría valorado en un alumno de primer año, y mostró una expresión de enfado. El doctor McGowan se acercó a él y se inclinó para hablarle al oído.

El doctor Meigs volvió a mirar enseguida a Chamán.

–Se me sugiere que aceptemos lo que dice y que haga un diagnóstico sin utilizar el estetoscopio. Yo estoy dispuesto, si usted está de acuerdo.

Chamán asintió, aunque sintió una punzada en el estómago.

El profesor los condujo a la sala más cercana, donde se detuvo delante de un paciente que, según indicaba la cartulina que colgaba a los pies de la cama, se llamaba Arthur Herrenshaw.

–Puede examinar a este paciente, señor Cole.

Chamán miró los ojos de Arthur Herrenshaw y enseguida se dio cuenta de que el hombre estaba grave.

Retiró la sábana y la manta y levantó la bata. El cuerpo del paciente parecía excesivamente gordo, pero cuando Chamán lo tocó fue como tocar un pastel inflado. Desde el cuello, donde las venas estaban dilatadas y palpitantes, hasta sus tobillos deformados, los tejidos hinchados estaban cargados de fluido. Su respiración era jadeante.

–¿Cómo se encuentra hoy, señor Herrenshaw?

Tuvo que repetir la pregunta, en voz más alta, y por fin el paciente respondió sacudiendo ligeramente la cabeza.

–¿Cuántos años tiene, señor?

–Yo… cincuen… ta y dos…

–Hablaba entre jadeos, como quien ha estado corriendo un largo trecho.

–¿Siente dolor, señor Herrenshaw? ¿Siente dolor?

–Oh… -respondió el hombre tocándose el esternón.

Chamán notó que hacia un esfuerzo por incorporarse.

–¿Quiere sentarse?

Le ayudó a hacerlo y a apoyar la espalda sobre las almohadas. El señor Herrenshaw sudaba abundantemente, pero al mismo tiempo temblaba. El único calor que había en la sala era el que proporcionaba el tubo negro y grueso que salía de una estufa de leña y que dividía el cielo raso en dos.

Chamán levantó la manta hasta tapar los hombros del señor Herrenshaw.

Cogió el reloj. Al comprobar el pulso del paciente, fue como si de repente el segundero se moviera más despacio. El pulso era débil e increíblemente rápido, como las pisadas desesperadas de un animalito que huye de un depredador. A Chamán le resultó difícil contar a tal velocidad. El animal aminoró la marcha, se detuvo, dio un par de saltos. Y siguió corriendo.

Chamán sabia que ése era el momento en que el doctor Meigs habría usado el estetoscopio. Pudo imaginar los interesantes y trágicos sonidos que habría oído, los ruidos de un hombre que se está ahogando en sus propios fluidos.

Cogió las manos del señor Herrenshaw entre las suyas y quedó petrificado y entristecido al recibir el mensaje. Sin darse cuenta de que lo hacia, tocó el hombro caído del paciente y se marchó.

Regresaron al aula para que Chamán diera su informe.

–No sé qué es lo que hace que los fluidos se acumulen en sus tejidos.

No tengo la experiencia necesaria para entender ese fenómeno. Pero el pulso del paciente es débil. E irregular. Le falla el corazón, y cuando se le acelera el ritmo cardiaco llega a tener ciento treinta y dos pulsaciones por minuto. – Miró a Meigs-. En los últimos años ayudé a mi padre a hacer la autopsia de dos hombres y una mujer a los que les había fallado el corazón.

En cada caso, una pequeña parte de la pared del corazón estaba muerta. El tejido parecía quemado, como si hubiera sido tocado por una brasa.

–¿Qué haría por él?

–Lo abrigaría. Le daría somníferos. Morirá en unas pocas horas, así que deberíamos aliviar su dolor.

Al instante se dio cuenta de que había hablado demasiado, pero no podía retirar las palabras.

Meigs dio un salto.

–¿Cómo sabe que morirá?

–Lo sentí -dijo Chamán en voz baja.

–¿Qué? Hable en voz alta, señor Cole, para que la clase pueda oírlo.

–Lo sentí, señor.

–No tiene experiencia suficiente para saber algo sobre los fluidos pero es capaz de sentir una muerte inminente -dijo el profesor en tono cortante.

Miró hacia los alumnos-. La lección que podemos sacar de aquí es clara, caballeros. Mientras un paciente esté vivo, jamás…, jamás diremos que morirá. Nosotros luchamos por renovar la vida del paciente hasta que haya muerto. ¿Lo comprende, señor Cole?

–Si, señor -respondió Chamán, desesperado.

–Entonces, puede sentarse.

Llevó a Jim Halleck a cenar a una taberna que había junto al río, un sitio con el suelo cubierto de serrín; comieron carne de vaca cocida con col, y cada uno bebió tres jarras de cerveza negra. No fue una comida de celebración. Ninguno de los dos se sentía bien con respecto a lo ocurrido.

Además de estar de acuerdo en que Meigs era una verdadera desgracia, tenían poco que decirse. Cuando terminaron de comer, Chamán le dio las gracias a Halleck y le pagó por su colaboración. Halleck pudo regresar a su casa, junto a su esposa y sus cuatro hijos, varios dólares menos pobre que cuando se había marchado.

Chamán se quedó en la taberna y bebió más cerveza. No se preocupó por el efecto que el alcohol podía tener sobre el Don. Imaginó que no estaría mucho más tiempo en una situación en la que el Don pudiera ser importante para su vida.

Regresó a su dormitorio caminando lentamente, sin pensar en nada más que en la necesidad de colocar un pie delante del otro para avanzar, y en cuanto llegó se metió en la cama completamente vestido.

Por la mañana se dio cuenta de que había otra buena razón para evitar las bebidas fuertes, porque le dolía la cabeza y los huesos de la cara, un justo castigo. Dedicó un buen rato a lavarse y cambiarse la ropa. Cuando se dirigía lentamente a tomar un desayuno tardío, un alumno de primer año llamado Rogers entró corriendo en el comedor del hospital.

–Dice el doctor McGowan que debes ir inmediatamente a su laboratorio.

Cuando llegó a la sala de disección del sótano, vio que el doctor McGowan estaba con el doctor Berwyn. Sobre la mesa yacía el cuerpo de Arthur Herrenshaw.

–Le estábamos esperando -dijo el doctor McGowan en tono irritado, como si Chamán llegara tarde a una cita acordada previamente.

–Sí, señor -fue lo único que se le ocurrió responder.

–¿Le importaría abrirlo? – preguntó el doctor McGowan.

Chamán jamás había abierto un cadáver. Pero había visto en varias ocasiones cómo lo hacía su padre, y cuando asintió, el doctor McGowan le entregó el escalpelo. Era consciente de que los dos médicos observaban atentamente mientras abría el pecho. El doctor McGowan cortó personalmente las costillas. Después de quitar el esternón, el patólogo se

inclinó sobre el corazón; lo cogió y lo levantó ligeramente para que el doctor Berwyn y Chamán pudieran ver la marca redonda, parecida a una quemadura, en la pared del músculo cardiaco del señor Herrenshaw.

–Algo que debería saber -le dijo el doctor Berwyn a Chamán-, es que a veces el fallo se produce en el interior del corazón, y por lo tanto no se puede ver en la pared del músculo.

Chamán asintió, para indicar que comprendía.

McGowan se volvió hacia Berwyn y le dijo algo, y el doctor Berwyn se echó a reír. El doctor McGowan miró a Chamán. Su rostro parecía un trozo de cuero arrugado, y fue la primera vez que Chamán lo veía iluminado por una sonrisa.

–Le he dicho “Tráigame más alumnos sordos” -aclaró el doctor McGowan.

Los días de Cincinnati

Todos los días de aquella gris primavera de tormenta nacional, las multitudes ansiosas se apiñaban a las puertas de las oficinas del Cincinnati Comercial para leer los boletines de noticias de la guerra, escritos con tiza en una pizarra. El presidente Lincoln había ordenado el bloqueo de todos los puertos confederados por parte del departamento federal de la marina, y les había pedido a los hombres de todos los Estados del Norte que respondieran a la llamada a filas. En todas partes se hablaba de la guerra, y todo el mundo hacia especulaciones. El general Winfield Scott, general en jefe del ejército de la Unión, era un sureño que apoyaba a Estados Unidos, pero era un hombre viejo y cansado; un paciente del hospital le transmitió a Chamán el rumor de que Lincoln se había dirigido al coronel Robert E. Lee y le había pedido que tomara el mando del ejército de la Unión. Pero unos días más tarde los periódicos informaron que Lee había renunciado a la misión federal y había decidido luchar junto a los Estados del Sur.

Antes de que concluyera ese semestre en la Facultad de Medicina Policlínica, más de una docena de estudiantes, la mayoría de ellos con problemas académicos, habían abandonado el centro para unirse a uno u otro ejército. Entre ellos se encontraba Ruel Torrington, que dejó dos cajones de la cómoda vacíos pero impregnados de olor a ropa sucia.

Otros alumnos hablaban de terminar el semestre y luego alistarse. En mayo, el doctor Berwyn convocó una reunión de alumnos y les explicó que el cuerpo docente había considerado la posibilidad de cerrar la facultad

durante el estado de emergencia militar, pero después de reflexionar detenidamente habían decidido continuar impartiendo clases.

Apremiaron a los alumnos a que permanecieran en la facultad.

–Muy pronto los médicos serán más necesarios que nunca. En el ejército y para atender a la población civil.

Pero el doctor Berwyn tenía malas noticias. Dado que los profesores cobraban su sueldo gracias a las matriculas, y que las matriculaciones se habían reducido, los importes de aquellas debían aumentar considerablemente. Para Chamán esto significaba que tendría que contar con una cantidad que no había previsto. Pero así como no permitiría que la sordera se interpusiera en su camino, tampoco estaba dispuesto a que algo tan nimio como el dinero le impidiera llegar a ser médico.

Chamán y Paul Cooke se hicieron amigos. En los temas de la facultad y médicos, Chamán era el consejero y el guía; en las demás cuestiones, Cooke era el que llevaba la iniciativa. Paul lo llevó a los restaurantes y al teatro. Fueron llenos de admiración al Pike's Opera House, a ver a Edwin Thomas Booth en el papel de Ricardo III. El teatro tenía tres filas de palcos, tres mil asientos y espacio para mil personas más de pie.

Ni siquiera las butacas de la octava fila que Cooke había conseguido en la taquilla le habrían permitido a Chamán una comprensión total de la representación, pero había leído toda la obra de Shakespeare mientras estaba en el Knox College, y antes de la representación releyó ésta en particular. El hecho de estar familiarizado con el argumento y con el texto supuso una gran ventaja, y disfrutó enormemente de la experiencia.

Otro sábado por la noche, Cooke lo llevó a un prostíbulo, donde Chamán siguió a una mujer taciturna hasta su habitación y recibió un servicio rápido. La mujer no abandonó en ningún momento su sonrisa fija y no dijo casi nada. Chamán nunca sintió el impulso de volver, pero a veces, como era un joven normal y sano, el deseo sexual representaba un problema. Un día en que se le encomendó la misión de conducir la ambulancia del hospital, fue a la Compañía de Velas P. L. Trent, en la que trabajaban mujeres y niños, y atendió a un niño de trece años de varias quemaduras en la pierna causadas por una salpicadura de cera hirviendo.

Llevó al niño a la sala del hospital, acompañado por una joven de piel de melocotón y pelo negro que renunció a su paga por horas para ir al hospital con el paciente, que era primo suyo. Chamán volvió a verla ese jueves por la noche durante la visita semanal a la sala de caridad. Había otros

familiares que esperaban para ver al niño quemado, de modo que la visita fue breve y tuvo la oportunidad de hablar con ella. Se llamaba Hazel Melville. Aunque no podía permitírselo, le pidió que cenara con él el domingo siguiente. Ella intentó parecer sorprendida, pero en cambio sonrió satisfecha y asintió.

La joven vivía a poca distancia del hospital, en el tercer piso de una casa de vecinos muy parecida a la que albergaba los dormitorios de la facultad.

Su madre había muerto. Chamán tuvo conciencia de su pronunciación gutural cuando el coloradote padre de la chica, alguacil del tribunal de justicia municipal de Cincinnati, lo miró con suspicacia, incapaz de decir con certeza qué era lo que le resultaba diferente en el amigo de Hazel.

Si el día hubiera sido más cálido podría haberla llevado al río, a pasear en barca. Soplaba una brisa pero llevaban abrigo y era agradable caminar.

Mientras oscurecía, miraron los escaparates de las tiendas.

Chamán pensó que la joven era muy bonita, salvo sus labios, delgados, severos y con diminutas lineas de insatisfacción en las comisuras. Ella se sintió impresionada al saber que era sordo. Mientras él le explicaba cómo leía el movimiento de los labios, la joven mostró una sonrisa insegura.

Pero resultó agradable hablar con una mujer que no estaba enferma ni herida. Hazel le contó que llevaba un año fabricando velas; odiaba ese trabajo, pero las mujeres no tenían mucho dónde elegir. Le contó con cierto resentimiento que tenía dos primos más grandes que ella que habían ido a trabajar por un buen sueldo a Wells Company.

–Wells Company ha recibido un encargo de la milicia del estado de Indiana para fundir diez mil barriles de balas para mosquetes. ¡Ojalá contrataran a mujeres!

Cenaron en un pequeño restaurante que Cooke le había recomendado porque no era caro y estaba bien iluminado, de modo que él podría ver lo que la chica decía. Ella parecía pasárselo bien, aunque devolvió los panecillos a la cocina porque no estaban calientes, y le habló al camarero en tono áspero. Cuando regresaron al apartamento de Ha zel, su padre no estaba. La joven dejó que Chamán la besara y respondió tan favorablemente que para él fue algo natural tocarla por encima de la ropa y finalmente hacerle el amor en el incómodo sofá. Por miedo a que su padre regresara, ella dejó la luz encendida y no quiso quitarse la ropa; simplemente se levantó la falda por encima de la cintura. Su olor íntimo quedaba eclipsado por el de las bayas de arrayán de la parafina en la que sumergía las velas

seis días a la semana. Chamán la tomó con fuerza y rápidamente, sin que hubiera nada parecido al placer, consciente de la posible interrupción furiosa del alguacil, y sin compartir más contacto humano con ella que el que había experimentado con la mujer del burdel.

En las siete semanas siguientes ni siquiera pensó en ella.

Pero una tarde, impulsado por la añoranza, fue caminando hasta la fábrica de velas y entró a buscarla. El aire del interior era caliente y pesado debido al olor concentrado a bayas de arrayán. Hazel Melville pareció molesta al verlo.

–No están permitidas las visitas. ¿Quieres que me despidan?

Pero antes de que él saliera, le dijo a toda prisa que no podría volver a verlo, porque durante las semanas que él no había aparecido, ella se había prometido a otro hombre, alguien a quien había conocido hacia mucho tiempo. Era un profesional, un contable de la empresa, le dijo sin hacer el más mínimo intento de ocultar su satisfacción.

La verdad era que Chamán tenía menos distracciones físicas de las que habría deseado. Lo volcó todo -anhelos y deseos, esperanzas y expectativas de placer, energías e imaginación- en el estudio de la medicina.

Cooke decía con sincera envidia que Robert J. Cole estaba destinado a ser estudiante de medicina, y Chamán creía que era verdad; toda su vida había estado esperando lo que había encontrado en Cincinnati.

A mediados del semestre empezó a ir al laboratorio de disección siempre que tenía una hora libre -en ocasiones solo, aunque la mayor parte de las veces con Cooke o con Billy Henreid-, para ayudarlos a mejorar la técnica con el instrumental, o para terminar de explicarles un problema planteado por un libro de texto o en una clase. Al iniciar el curso de A y F, el doctor McGowan le había pedido que ayudara a los alumnos que tuvieran alguna dificultad. Chamán sabía que sus calificaciones en los otros cursos eran excelentes, e incluso el doctor Meigs había llegado a saludarlo cordialmente inclinando la cabeza cuando se cruzaba con él en el pasillo. La gente se había acostumbrado a que él fuera diferente. A veces se concentraba tanto en una clase o en el trabajo del laboratorio que volvía a su antigua costumbre de canturrear sin darse cuenta. En una ocasión el doctor Berwyn había interrumpido la clase para decirle: “Deje de canturrear, señor Cole”. Al principio los otros alumnos se reían disimuladamente, pero pronto aprendieron a tocarle el brazo y a lanzarle

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