Chaman

Noah Gordon · Capítulo 5 de 8 · parte 4/4

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Chaman

–Quid visí -preguntó Brooke.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Rob J. dejó el maletín en el suelo y se sentó. Pensó que había cometido muchos errores, que había hecho más locuras que algunos y menos que otros. Y no pudo dejar de preguntarse si no estaría dando uno de los pasos más estúpidos de su vida.

El cirujano era el comandante G. H. Woffenden. Rob J. se dio cuenta enseguida de que nunca había asistido a la facultad de medicina, pero que había trabajado de aprendiz durante un tiempo “con el viejo doctor Cowan”, y luego se había independizado; que había sido nombrado por el coronel Hilton en Topeka; que la paga de comandante era el dinero más regular que había ganado jamás, y que se daba por contento dedicándose a beber y dejando que el médico auxiliar interino se ocupara de atender a los enfermos.

La atención de los enfermos llevaba casi toda la jornada, y todos los días, porque las filas de pacientes parecían interminables. El regimiento tenía dos batallones. El primero estaba completo y constaba de cinco compañías. El segundo batallón sólo se componía de tres compañías. El regimiento tenía menos de cuatro meses de antigüedad, y se había formado cuando los hombres más capacitados ya estaban en el ejército. El l06 se había quedado con lo que sobraba, y el segundo batallón había cogido los restos de Kansas. Muchos de los hombres que esperaban ver a Rob J. eran demasiado viejos para ser soldados, y otros muchos demasiado jóvenes, incluidos media docena de muchachos que apenas parecían adolescentes.

Todos se encontraban en un estado lamentable. Las afecciones más frecuentes eran de diarrea y disentería, pero Rob J. vio distintos tipos de

fiebres, fuertes constipados que afectaban el pecho y los pulmones, casos de sífilis y gonorrea, delirium tremens y otros síntomas de alcoholismo, hernias y muchos casos de escorbuto.

aaa Había una tienda que hacía las veces de dispensario, donde encontró una especie de serón de medicinas del ejército de Estados Unidos, una caja enorme de mimbre y lona en la que se guardaban artículos medicinales.

Según el inventario, también debía incluir té, azúcar blanco, extracto de café, extracto de carne, leche condensada y alcohol. Cuando Rob J. le preguntó a Woffenden por esos artículos, el médico pareció molesto.

–Los robaron, supongo -le espetó en actitud demasiado defensiva.

Después de las primeras comidas, Rob se dio cuenta de cuál era el motivo de tantos problemas estomacales. Buscó al oficial del economato, un angustiado subteniente llamado Zearing, y se enteró de que el ejército le daba al regimiento dieciocho centavos diarios para alimentar a cada hombre. El resultado era una ración diaria de trescientos cuarenta gramos de grasa de cerdo salada, setenta gramos de judías o guisantes, y quinientos gramos de harina, o en su defecto trescientos cuarenta gramos de galletas.

La carne solía estar negra por fuera y amarilla de putrefacción por dentro, y los soldados llamaban “castillo de gusanos” a las galletas, porque las más grandes y gruesas, a menudo llenas de moho, solían estar habitadas por gusanos y gorgojos.

Cada soldado recibía su ración sin cocinar y se la preparaba él mismo sobre la llama de una pequeña fogata, generalmente hirviendo las judías y friendo la carne y la galleta -a veces incluso la harina- en la grasa de cerdo.

Combinada con la enfermedad, la dieta representaba un desastre para miles de estómagos, y no había letrinas. Los hombres defecaban donde les venía en gana, por lo general detrás de las tiendas, aunque muchos con problemas intestinales sólo llegaban al espacio comprendido entre su tienda y la del vecino. En todo el campo flotaban efluvios que recordaban los del War Hawk, y Rob J. llegó al convencimiento de que todo el ejército olía a mierda.

Se dio cuenta de que no podía hacer nada con respecto a la dieta, al menos inmediatamente, pero estaba decidido a mejorar las condiciones. La tarde siguiente, después de visitar a los enfermos, se acercó a un sargento de la compañía C, primer batallón, que instruía a medía docena de hombres en el uso de la bayoneta.

–Sargento, ¿sabe dónde hay algunas palas?

–¿Palas? Claro que lo sé -respondió el sargento con cautela.

–Bien, pues quiero que traiga una para cada uno de estos hombres y que caven una zanja -le indicó Rob J.

–¿Una zanja, señor?

El sargento contempló la curiosa figura vestida con el traje negro holgado, la camisa arrugada, la corbata de lazo y el sombrero de paisano, de ala ancha.

–Si, una zanja -confirmó Rob J.-. Exactamente aquí. De tres metros de largo, un metro de ancho y dos metros de profundidad.

El médico civil era un hombre corpulento. Parecía muy decidido.

Y el sargento sabía que ostentaba el grado de teniente, aunque vistiera de paisano.

Pocos minutos después el coronel Hilton y el capitán Irvine, de la compañía C del primer batallón, se acercaron a los seis hombres que cavaban laboriosamente bajo la atenta mirada de Rob J. y del sargento.

–¿Qué demonios es esto? – le preguntó el coronel Hilton al sargento, que abrió la boca y miró a Rob J.

–Están cavando un pozo negro, coronel -le informó Rob J.

–¿Un pozo negro?

–Si, señor, una letrina.

–Sé lo que es un pozo negro. Pero es mejor que dediquen el tiempo a practicar con la bayoneta. Muy pronto estos hombres entrarán en combate.

Les estamos enseñando a matar rebeldes. Este regimiento va a disparar a los confederados, a pasarlos por la bayoneta, a apuñalarlos, y si es necesario nos cagaremos y mearemos en ellos hasta matarlos. Pero no cavaremos letrinas.

Uno de los hombres que usaba la pala lanzó una risotada. El sargento estaba observando a Rob J., sonriendo burlonamente.

–¿Ha quedado claro, médico auxiliar interino?

Rob J. no sonrió.

–Sí, coronel.

Así fue el cuarto día que pasó con el 106. Aún quedaban ochenta y seis días más, que transcurrieron muy lentamente y fueron contados con todo cuidado.

una carta del hijo

Cincinatti, Ohio 12 de enero de 1863

Querido papá:

–¡Reclamo el escalpelo de Rob J.!

El coronel Peter Brandon, primer ayudante del médico jefe William A.

Hammond, pronunció el discurso en la ceremonía de entrega de diplomas.

Algunos dijeron que fue un discurso excelente, pero a mí me decepcionó. El doctor Brandon nos dijo que los médicos se han ocupado de las necesidades médicas de sus ejércitos a lo largo de toda la historia. Puso montones de ejemplos: los hebreos de la Biblia, los griegos, los romanos, etc. Luego nos habló de las espléndidas oportunidades que el ejército de Estados Unidos ofrece en tiempos de guerra a un médico, los salarios y la satisfacción que uno siente cuando sirve a su país. Nosotros esperábamos que evocara las antiguas glorias de nuestra nueva profesión -Platón y Galeno, Hipócrates y Andrea Vesalio- y él nos dio un discurso de reclutamiento. Por otra parte, era innecesario.

más de diecisiete de los treinta y seis médicos de mi clase ya han hecho los trámites necesarios para ingresar en el departamento médico del ejército.

Aunque me habría encantado ver a mamá, me sentí aliviado por su decisión de no emprender el viaje a Cincinnati. Los trenes, los hoteles, etc., están tan atestados y sucios en estos tiempos, que una mujer que viaje sola podría sentirse incómoda, como mínimo. Eché de menos sobre todo tu presencia, lo que me da otra razón para odiar la guerra. El padre de Paul Cooke, que vende piensos y granos en Xenia, estuvo en la ceremonia de entrega de diplomas y después nos llevó de comilona, y brindamos con vino y hubo grandes felicitaciones. Paul es uno de los que van a ingresar directamente en el ejército. Resulta engañoso por que es un joven muy divertido, pero fue el más brillante de nuestra clase y le otorgaron el magna cui laude. Yo lo ayudaba en el laboratorio, y él me ayudó a ganar mi magna Cuí laude, porque cada vez que terminaba de leer un trabajo me hacía preguntas mucho más complicadas que las que nos planteaba cualquiera de los profesores.

Después de la cena, él y su padre fueron a la Pike's Opera House a escuchar un concierto de Adelina Patti, y yo regresé a la Policlínica.

Sabía muy bien lo que quería hacer. Hay un túnel revestido de ladrillos que corre por debajo de la calle Ninth, entre la facultad y el edificio principal del hospital. Está reservado exclusivamente para los médicos.

Con el fin de que se encuentre despejado durante las emergencias, estáprohibido el acceso a los estudiantes de medicina, que deben pasar por la calle. Bajé al sótano de la facultad todavía con mentalidad de estudiante,

y entré en el túnel iluminado por las lámparas. Y en cierto modo, cuando lo atravesaba hasta llegar al hospital, me sentí médico por primera vez.

Papá, he aceptado un nombramiento de dos años como funcionario interno del hospital del sudoeste de Ohio. La paga es de sólo trescientos dólares al año, pero el doctor Berwyn dice que eso me llevará a tener buenos ingresos como cirujano. “Nunca subestimes la importancia de tus ingresos -me dijo-. Debes recordar que la persona que se queja amargamente de las ganancias de los médicos, por lo general no es médico.”

Aunque es una situación embarazosa, tengo la maravillosa suerte de que el doctor Berwyn y el doctor McGowan se pelean por ver quién me tendrá bajo su ala. El otro día, Barney McGowan me trazó este plan para el futuro: trabajaré con él durante unos años como ayudante, y luego él se encargará de que me designen profesor auxiliar de anatomía. De este modo, dice, cuando él se retire yo estaré en condiciones de ocupar el cargo de profesor de patología.

Entre los dos me aturdieron, porque mi sueño siempre ha sido ser simplemente médico. Al final decidieron un programa que a mí me resulta ventajoso; tal como hice durante mi trabajo de verano, pasaré las mañanas en la sala de operaciones con Berwyn y dedicaré las tardes a la patología, con McGowan, con la única diferencia de que en lugar de hacer el trabajo sucio como estudiante, lo haré como médico. A pesar de la amabilidad de ambos, no sé si al final decidiré establecerme en Cincinnati. Echo de menos la vida en un sitio pequeño en el que conozco a la gente.

Cincinnati es más sudista en sus sentimientos que Holden's Crossing.

Billy Henried nos confió a unos pocos amigos íntimos que después de graduarse se unirá al ejército confederado como cirujano. Hace un par de noches fui a una cena de despedida con él y con Cooke. Fue una cena tensa y triste, porque cada uno sabía a dónde iba a ir el otro.

La noticia de que el presidente Lincoln ha firmado una proclama garantizando la libertad a los esclavos ha provocado grandes iras. Sé que no sientes simpatía por el presidente debido a su participación en la destrucción de los sauk, pero yo lo admiro por liberar a los esclavos, al margen de cuáles sean sus razones políticas. Los partidarios del Norte que hay por aquí parecen capaces de hacer cualquier sacrificio cuando saben que es para salvar la Unión, pero no quieren que el objetivo de la guerra sea la abolición de la esClavitud. La mayoría de ellos parecen no estar

preparados para pagar con su sangre si el propósito de la lucha es liberar a los negros. Las pérdidas han sido aterradoras en batallas Como la de Second Bull Run y Antietam. Ahora corre el rumor de una matanza en Frederieksburg, donde fueron eliminados casi trece mil soldados federales mientras intentaban ocupar las posiciones del Sur. Esto ha provocado la desesperación de mucha gente con la que he hablado.

Me preocupo constantemente por ti y por Alex. Tal vez te moleste saber que he empezado a rezar, aunque no sé a quién ni a qué, y sólo pido que regreséis a casa.

Por favor, haz todo lo que puedas por cuidar tu salud tanto como la de los demás, y recuerda que hay quien cifra su vida en tu fortaleza y tu bienestar.

Tu hijo que te quiere, Chamán (¡Doctor! Robert Jefferson Cole) El trompa

Vivir en una tienda y volver a dormir en el suelo no resultó tan duro como Rob J. había imaginado. Lo más difícil era responder a las preguntas que lo atormentaban: por qué demonios estaba allí, y cuáles serían las consecuencias de esta terrible guerra civil. Las cosas seguían saliendo mal para la causa del Norte. “No hay forma de que ganemos”, le comentó el comandante G. H. Woffenden en uno de sus momentos menos alcoholizados.

La mayor parte de los soldados con los que vivía Rob J. bebían en exceso cuando estaban fuera de servicio, sobre todo el día siguiente a la paga. Bebían para olvidar, para recordar, para celebrar, para compadecerse unos de otros. Los jóvenes sucios y a menudo borrachos eran como gallos de riña atados, aparentemente inconscientes de la muerte que se cernía sobre ellos, esforzándose por alcanzar a su enemigo natural, otros norteamericanos que sin duda estaban igualmente sucios y se emborrachaban con la misma frecuencia.

¿Por qué estaban tan ansiosos por matar soldados confederados?

Muy pocos lo sabían realmente. Rob J. veía que la guerra había tomado para ellos una consistencia y un significado que iban más allá de las razones y las causas. Ansiaban luchar porque la guerra existía, y porque había sido declarado oficialmente admirable y patriótico matar. Eso era suficiente.

Quería gritarles, encerrar a los generales y a los políticos en una habitación oscura como si fueran niños errantes y estúpidos, co gerlos por el cogote, sacudirlos y preguntarles: ¿Qué os ocurre? ¿Qué os ocurre?

En cambio visitaba a los enfermos todos los días, y repartía ipecacuana y quinina, y tenía cuidado de mirar dónde pisaba, como quien ha construido su hogar en una enorme perrera.

En su último día con el l06 de Kansas, Rob J. buscó al habilitado y recogió sus ochenta dólares; luego fue a su tienda, se colgó el Mee-shoíe del hombro y cogió su maleta. El comandante G. H. Woffenden, acurrucado en su poncho, no abrió los ojos ni se molestó en decirle adiós.

Cinco días antes, los hombres del l76 de Pensilvania habían embarcado desordenadamente en los barcos de vapor y, según se rumoreaba, eran trasladados al sur para combatir en el Mississippi. Ahora había desembarcado el l31 de Indiana, que levantaba sus tiendas donde había acampado el regimiento de Pensilvania. Cuando Rob J. buscó al comandante, encontró a un coronel con cara de niño, de veintitantos años, llamado Alonzo Symonds. El coronel Symonds dijo que estaba buscando un médico. El que tenía hasta ese momento había concluido el alistamiento de tres meses y había regresado a Indiana, y nunca habían tenido médico auxiliar. Preguntó cuidadosamente al doctor Cole y pareció impresionado por lo que oyó, pero cuando Rob J. empezó a decir que antes de firmar debían tenerse en cuenta ciertas condiciones, el coronel Symonds pareció inseguro.

Rob J. había llevado un registro detallado de sus visitas a los enfermos del l06.

–El treinta y seis por ciento de los hombres estaban en cama o venían a consultarme. Había días en que el porcentaje era más alto. ¿Qué me dice de su lista de enfermos?

–Hemos tenido muchos -reconoció Symonds.

–Coronel, si usted me ayuda puedo darle más hombres sanos.

Hacía sólo cuatro meses que Symonds era coronel. Su famil1a era propietaria de una fábrica en Fort Wayne donde se hacían tubos de cristal de lámparas, y él sabía lo ruinosos que pueden resultar los trabajadores enfermos. El l31 de Indiana se había formado sólo cuatro meses antes con tropas no aguerridas, y al cabo de unos días habían sido enviados a una misión de piquete en Tennessee. El coronel se consideraba afortunado de que sólo hubieran tenido dos escaramuzas lo suficientemente serias para poder decir que habían estado en contacto con el enemigo. Había tenido dos muertos y un herido, pero un día habían caído tantos hombres a causa de la

fiebre que si lo hubieran sabido los confederados podrían haber bailado el vals encima del regimiento sin ningún problema.

–¿Qué debo hacer?

–Sus tropas están levantando las tiendas sobre las pilas de excrementos que ha dejado el 176 de Pensilvania. El agua de aquí es mala y beben la del río, que está contaminada por sus propios desperdicios. Al otro lado del campamento, a menos de un kilómetro y medio, hay un emplazamiento que no ha sido utilizado y que tiene manantiales puros que darían agua buena durante todo el invierno, si usted está dispuesto a colocar tuberías.

–¡Santo Dios! Un kilómetro y medio es demasiado para reunirnos a hablar con otros regimientos, o para que sus oficiales vengan a verme si quieren hablar conmigo.

Se observaron atentamente y el coronel Symonds tomó una decisión.

Fue a hablar con el sargento mayor.

–Ordene que se desmonten las tiendas, Douglass. El regimiento se va a trasladar.

Luego regresó y siguió haciendo tratos con el complicado médico.

Rob J. volvió a rechazar la posibilidad de recibir un nombramiento.

Solicitó ser aceptado como médico auxiliar interino, con un contrato de tres meses.

–De esa forma, si no consigue lo que quiere puede marcharse -observó con astucia el coronel. El médico no lo negó, y el coronel Sy monds preguntó-: ¿Qué más quiere?

–Letrinas -dijo Rob J.

El suelo era firme pero aún no se había helado. En una sola mañana se cavaron las zanjas y se colocaron los troncos en los bordes de las mismas.

Cuando se dio a todas las compañías la orden de que defecar u orinar en cualquier sitio que no fueran las zanjas destinadas al efecto comportaría un rápido y severo castigo, los hombres se mostraron resentidos. Necesitaban odiar y ridiculizar a alguien, y Rob J. se dio cuenta de que cubría esa necesidad. Cuando pasaba entre los soldados, éstos se daban codazos y lo miraban de arriba abajo y sonreían cruelmente al ver la ridícula figura vestida con el traje de paisano cada vez mas raído.

El coronel Symonds no les dio la posibilidad de perder mucho tiempo quejándose. Dedicó cuatro días a una serie de trabajos para construir varias barracas de troncos y tepe. Eran húmedas y estaban mal ventiladas, pero

resultaban bastante más abrigadas que las tiendas, y con un pequeño fuego permitían que los hombres durmieran durante toda la noche en invierno.

Symonds era un buen comandante y se había rodeado de oficiales decentes. El oficial del economato del regimiento era un capitán lla mado Mason, y a Rob J. no le resultó difícil explicarle las causas alimentarias del escorbuto, porque podía señalarle ejemplos de los efectos de la enfermedad en las tropas. Los dos consiguieron un carro y fueron a el Cairo a comprar varios kilos de coles y zanahorias, que pasaron a formar parte del rancho. El escorbuto predominaba aún más entre algunas otras unidades del campamento, pero cuando Rob J. intentó hablar con los médicos de los demás regimientos, tuvo poco éxito. Parecían más conscientes de su papel como oficiales armados que como médicos. Todos iban uniformados, dos de ellos llevaban espada como si fueran oficiales de carrera, y el médico del regimiento de Ohio lucía unas charreteras con flecos como las que Rob J.

había visto una vez en un retrato de un presumido general francés.

En contraste, él insistía en seguir siendo un civil. Cuando un sargento encargado de la intendencia le entregó una chaqueta de lana azul en agradecimiento por haberle aliviado los retortijones de estómago, él la aceptó de buen grado pero la llevó a la ciudad y la hizo teñir de negro y cambiar los botones por unos normales de hueso. Le gustaba pensar que aún era un médico rural que se había mudado transitoriamente a otra ciudad.

En muchos sentidos el campamento era como una pequeña ciudad, aunque habitada exclusivamente por hombres. El regimiento contaba con su oficina de correos propia, al frente de la cual estaba un cabo llamado Amasa Decker que hacía las veces de jefe de correos y de cartero.

Los miércoles por la noche la banda ofrecía conciertos en el campo de instrucción, y a veces, cuando tocaban canciones populares como Escucha el canto del sinsonte, o en donde sueña un amor, o La hija que dejé, los hombres cantaban. Los cantineros llevaban variedad de mercancías al campo. Con trece dólares al mes, el soldado medio no podía permitirse comprar demasiado queso a cincuenta centavos la libra, ni leche condensada a setenta y cinco centavos la lata, pero compraban el licor de los cantineros. Rob J. se permitía varias veces por semana comer galletas de melaza, seis por veinticinco centavos. Un fotógrafo había puesto un negocio en una tienda de campaña, y un día Rob J. le pagó un dólar para que le hiciera una foto en ferrotipo, rígido y serio, que le envió a Sarah enseguida como prueba de que aún estaba vivo y la amaba.

Después de llevar en una ocasión a tropas no aguerridas a un territorio en disputa, el coronel Symonds decidió que nunca más entrarían en combate sin estar preparados. A lo largo del invierno entrenó a fondo a sus soldados. Realizaban marchas de más de cuarenta kilómetros que producían nuevos pacientes para Rob J., porque algunos hombres sufrian tirones musculares por cargar con todo el equipo o con los pesa dos mosquetes.

Otros se ocasionaban hernias por llevar pesadas cajas de cartuchos colgadas del cinturón. Los batallones se entrenaban constantemente en el uso de las bayonetas, y Symonds los obligaba a practicar la complicada carga de los mosquetes una y otra vez: “Arrancad con los dientes la punta del cartucho envuelto en papel como si estuvierais furiosos. Colocad la pólvora en el cañón, meted el proyectil y luego el papel para formar un taco, y apretadlo todo haciendo presión. Coged una cápsula de la cartuchera y colocadla en la chimenea de la recámara.

Apuntad esa maravilla y… ¡fuego!”.

Lo hacían una y otra vez, lo repetían incesantemente. Symonds le contó a Rob J. que quería que estuvieran en condiciones de cargar el arma y disparar cuando fueran despertados por algún ruido, cuando estuvieran paralizados por el pánico, mientras las manos les temblaran de entusiasmo o de miedo.

De la misma forma, para que aprendieran a obedecer las órdenes sin vacilar ni protestar a los oficiales, el coronel los hacía marchar incesantemente en orden cerrado. Muchas mañanas, cuando el terreno estaba cubierto de nieve, Symonds pedía prestado al departamento de carreteras de Cairo las enormes apisonadoras de madera, y un tiro de caballos del ejército las arrastraba por el terreno hasta dejarlo aplastado y duro para que las compañías entrenaran un poco más mientras la banda del regimiento tocaba marchas y pasos ligeros.

Un luminoso día de invierno, mientras recorría el lugar de instrucción, lleno de batallones de hombres que se entrenaban, Rob J. echó un vistazo a la banda y vio que uno de los trompas tenía una mancha de color oporto en la cara. El hombre llevaba el pesado instrumento de metal apoyado en el hombro izquierdo, y el largo tubo despedía destellos dorados bajo el sol invernal, y mientras soplaba la boquilla -estaban tocando Salud, Columbia-las mejillas se le inflaban completamente y se le aflojaban, una y otra vez.

Y cuando las mejillas del hombre se llenaban de aire, la marca de color

púrpura que tenía debajo del ojo derecho seoscurecia, como si fuera una señal.

Durante nueve largos años Rob J. se había puesto tenso al ver a un hombre con una mancha en la cara, pero ahora simplemente se dispuso a atender a los enfermos y siguió caminando automáticamente, al ritmo de la insistente música, hasta la tienda que hacía las veces de dispensario.

A la mañana siguiente, cuando vio que la banda marchaba en dirección al terreno de instrucción para la revista del primer batallón, buscó al trompa de la cara manchada, pero el hombre no estaba.

Rob J. se encaminó a la fila de chozas en las que vivían los miembros de la banda y enseguida se topó con el hombre, que quitaba unas prendas congeladas del tendedero.

–Está más tiesa que la polla de un muerto -le comentó el hombre en tono enojado-. No sé qué sentido tiene que nos hagan pasar revista en pleno invierno.

Rob J. fingió darle la razón, pues las revistas habían sido sugerencia suya para obligar a los hombres a lavar al menos algunas prendas.

–Tiene el día libre, ¿eh?

El hombre le dedicó una mirada hosca.

–Yo no marcho. Soy cojo.

Mientras se alejaba cargado de ropa congelada, Rob J. lo observó. El trompa habría destruido la simetría de la formación militar. Su pierna derecha parecía ligeramente más corta que la izquierda, y caminaba con una visible cojera.

Rob J. entró en su choza y se sentó sobre su poncho en la fría penumbra, con la manta sobre los hombros.

Nueve años. Recordaba aquel día con toda claridad. Evocó cada una de las visitas domiciliarias que había hecho mientras Makwa-ikwa era violada y asesinada.

Pensó en los tres hombres que habían llegado a Holden's Crossing exactamente antes del asesinato y que luego habían desaparecido. En nueve años no había logrado averiguar nada sobre ellos, salvo que bebían “como esponjas”.

Un falso predicador, el reverendo Ellwood Patterson, al que había tratado de una sífilis.

Un hombre gordo y fuerte llamado Hank Cough.

Un joven delgado al que llamaban Len y Lenny, que tenía una mancha de color oporto en la cara, debajo del ojo derecho. Y era cojo.

Ya no era delgado, si es que era él. Pero ahora tampoco era joven.

Rob J. pensó que probablemente no era éste el hombre que buscaba.

Seguramente en Estados Unidos había más de un hombre con una mancha en la cara, y cojo.

Se dio cuenta de que no quería que fuera éste el hombre. Se enfrentó al hecho de que en realidad ya no quería encontrarlos. ¿Qué podía hacer si el trompa era Lenny? ¿Cortarle el pescuezo?

La impotencia se apoderó de él.

La muerte de Makwa era algo que había logrado guardar en un compartimiento separado de su mente. Ahora ese compartimiento había quedado abierto, como una caja de Pandora, y sintió que un frío casi olvidado empezaba a crecer en su interior, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura de la choza.

Salió y caminó hasta la tienda que hacía las veces de despacho del regimiento. El sargento mayor se llamaba Stephen Douglass, que se escribía con una ese más que el nombre del senador. Se había acostumbrado a ver al médico haciendo sus archivos personales. Le había comentado a Rob J. que jamás había visto un cirujano del ejército tan aficionado a llevar registros médicos completos.

–¿más papeleo, doctor?

–Un poco.

–Cójalo usted mismo. El enfermero ha ido a buscar un poco de café caliente. Siempre viene bien beber un poco. Simplemente procure no chorrear mis malditos archivos.

Rob J. le prometió que tendría cuidado.

La banda estaba archivada bajo Compañía del Cuartel General. El sargento Douglass guardaba los archivos de cada compañía en una caja gris separada. Rob J. encontró la caja correspondiente a Compañía del Cuartel General, y dentro un grupo de historiales médicos atados con una cuerda, como un fajo diferenciado, con la inscripción “Banda del regimiento 131 de Indiana”.

Pasó los historiales uno por uno. En la banda no había nadie que se llamara Leonard, pero cuando Rob J. encontró la ficha, supo al instante y sin vacilaciones que correspondía a ese hombre, de la misma forma que a veces sabía si alguien viviría o moriría.

Ordway, Lanning A., soldado raso. Lugar de residencia, Vincennes, Indiana. Reclutamiento de un año, 28 de julio de 1862.

Reclutamiento, Fort Wayne. Nacimiento, Vincennes, Indiana, 11 de noviembre de 1836. Estatura, 1,72 m. Tez blanca. Ojos grises. Pelo castaño.

Reclutado para servicio limitado como músico (corneta mi bemol) y trabajos generales, debido a incapacidad física.

Movimiento de tropas

Algunas semanas después de que expirara el contrato de Rob, el coronel Symonds fue a hablar con él de la renovación. Para entonces las fiebres de la primavera ya habían empezado a asolar los otros regimientos, pero no el 13l de Indiana. Los hombres del 111 se constipaban a causa de lo empapado que estaba el suelo, y tenían los intestinos flojos debido a la alimentación, pero las colas de enfermos de Rob J. eran las más cortas que había visto desde que había empezado a trabajar en el ejército. El coronel Symonds sabía que había tres regimientos afectados por la fiebre y por los escalofríos típicos de la malaria, y que los hombres del suyo estaban relativamente sanos. Algunos de los hombres mayores, que jamás tendrían que haber estado allí, habían sido envíados a casa. La mayor parte de los que quedaban tenían piojos, los pies y el cuello mugriento, y comezón en la espalda, y bebían demasiado whisky. Pero estaban delgados y fuertes debido a las largas marchas, bien preparados gracias al entrenamiento constante, y entusiasmados y con los ojos brillantes porque en cierto modo el médico auxiliar interino, Cole, los había preparado durante el invierno para que entraran en servicio, tal como había prometido. De los seiscientos hombres que formaban el regimiento, siete habían muerto durante el invierno, lo que representaba un indice de mortandad del doce por mil. En los otros tres regimientos había muerto el cincuenta y ocho por mil, y ahora que había llegado la época de las fiebres ese promedio seguramente iba a aumentar.

De modo que el coronel fue a hablar con el médico. Se mostró razonable, y Rob J. firmó el contrato por otros tres meses sin vacilar. Sabía cuándo se encontraba en una situación ventajosa.

Lo que tenían que hacer ahora, le dijo a Symonds, era conseguir una ambulancia para utilizarla cuando el regimiento entrara en combate.

La comisión sanitaria civil había presionado a la secretaría de guerra hasta que finalmente había logrado que las ambulancias y los camilleros formaran parte del ejército del Potomac, pero el movimiento de reforma se

había detenido en esa fase, sin proporcionar cuidados similares a los heridos de las unidades del sector del oeste.

–Tendremos que espabilarnos -comentó Rob J.

El y Symonds se sentaron cómodamente delante de la tienda que hacía las veces de dispensario; el humo de los puros que fumaban flotaba en el tibio aire primaveral mientras Rob J. le hablaba al coronel de su travesía hasta Cincinnati en el War Hawk.

–Hablé con hombres que estuvieron tendidos en el campo de batalla durante dos días después de caer heridos. Fue una suerte que lloviera, porque no tenían agua. Un hombre me contó que por la noche los cerdos se habían acercado hasta allí y habían empezado a comer los cuerpos. Algunos de ellos todavía no estaban muertos.

Symonds asintió. Conocía muy bien los terribles detalles.

–¿Qué necesita?

–Cuatro hombres de cada compañía.

–Usted quiere un pelotón completo para trasladar las camillas -le dijo Symonds, sorprendido-. A este regimiento le faltan efectivos. Para ganar batallas necesito combatientes, no camilleros. – Observó la punta de su puro-. Hay demasiados viejos e incapacitados que no deberían haber sido reclutados. Coja algunos de ésos.

–No. Necesitamos hombres lo suficientemente fuertes para salvar a otros de los disparos y ponerlos a resguardo. No es una tarea que puedan realizar hombres viejos y enfermos. – Rob J. contempló el rostro preocupado de aquel joven al que había llegado a admirar y compadecer.

Symonds apreciaba a sus soldados y quería protegerlos, pero tenía la nada envidiable misión de derrochar las vidas humanas como si fueran balas, o raciones de comida, o trozos de madera para el fuego-. Su pongamos que utilizo los hombres de la banda del regimiento -sugirió Rob J.-. Pueden tocar la mayor parte del tiempo, y después de una batalla pueden trasladar las camillas.

El coronel Symonds asintió, aliviado.

–Fantástico. Averigue si el director de la banda le cede algunos hombres Warren Fitts, el director de la banda, había sido zapatero durante dieciséis años, hasta que fue reclutado en Fort Wayne. Había recibido una educación musical rigurosa, y de joven había intentado a lo largo de varios años abrir una escuela de música en South Bend. Cuando se fue de esa ciudad dejando varias deudas, se dedicó con amargo alivio al oficio de

zapatero, que había aprendido de su padre; éste había sido un buen maestro, y él era un buen zapatero. Llevaba una vida modesta pero desahogada, y además daba lecciones de música y enseñaba a tocar el piano y algunos instrumentos de viento. La guerra había renovado sueños que él creía acabados y descartados. A los cuarenta años se le presentaba la oportunidad de alistarse en una banda militar y moldearla como quisiera. Para encontrar músicos suficientes para la banda había tenido que indagar el talento musical de toda la zona de Fort Wayne, y escuchó azorado al cirujano, que le sugería utilizar a algunos de sus hombres como camilleros.

–¡Jamás!

–Sólo tendrán que estar conmigo una parte del tiempo -le aseguró Rob J.-. El resto del tiempo estarán con usted.

Fitts intentó ocultar su desdén.

–Todos los músicos deben entregarse totalmente a la banda. Cuando no están tocando, deben ensayar y estudiar.

Graeias a su propia experiencía con la viola de gamba, Rob J. sabía que el director tenía razón.

–¿No tiene instrumentos para los que le sobren intérpretes? – preguntó pacientemente.

La pregunta tocó una cuerda sensible de Fitts. Su situación como director de la banda era lo más parecido al sueño que jamás había alcanzado, y tenía el buen cuidado de que su propio aspecto, y el de la banda, fueran merecedores de su función de artistas. Fitts tenía una abundante cabellera canosa. Llevaba la c.ara bien afeitada y unos bigotes bien recortados; se arreglaba las puntas con cera y se los atusaba. Su uniforme siempre estaba impecable y los músicos sabían que debían tener bruñidos los cobres, los uniformes limpios y las botas bien lustradas.

Debían marchar con elegancia, porque cuando el director se pavoneaba blandiendo la batuta quería ser seguido por una banda que estuviera a su altura. Pero había algunos que echaban a perder esta imagen…

–Wilcox, Abner -respondió-. Toca el bugle.

Wileox tenía un ojo visiblemente desviado hacía fuera. A Fitts le gustaban los músicos que tuvieran belleza física, además de talento. No soportaba ver ningún tipo de defecto que estropeara la clara perfección de su orquesta, y le había asignado a Wilcox las misiones que sobraban como intérprete de bugle.

–Lawrence, Oscar. Tambor-añadió.

Este era un torpe joven de dieciséis años cuya falta de coordinac.ión no sólo lo convertía en un mal tambor sino que a menudo le hacía perder el ritmo cuando desfilaba la banda, y su cabeza a veces se balanceaba a un ritmo distinto de las cabezas de los demás.

–Ordway, Lanning -declaró Fitts, y el cirujano hizo una extraña inclinación de cabeza-. Corneta mi bemol.

Era un músico mediocre y conductor de uno de los carros de la banda; a veces trabajaba como peón. Adecuado para tocar la trompa cuando ofrecían música a las tropas los miércoles por la noche, o cuando ensayaban sentados en sillas, en el campo de instrucción; pero la cojera le impedía marchar sin destruir el efecto militar.

–Perry, Addison. Flautín y pífano.

Mal músico y descuidado con su persona y su arreglo. Fitts estaba encantado de librarse de semejante inútil.

–Robinson, Lewis. Corneta soprano.

En su fuero interno, Fitts admitía que Robinson era un buen músico, pero también una fuente de irritación, un sabelotodo con pretensiones.

En varias ocasiones Robinson le había mostrado a Fitts piezas que, según él, eran composiciones originales, y le había preguntado si la banda podría tocarlas. Afirmaba que tenía experiencia como director de una filarmónica de la comunidad en Columbus, Ohio. Fitts no quería a nadie que mirara por encima de su hombro o que metiera las narices en todo.

–¿Y…?-le preguntó el cirujano.

–Y nadie más -dijo el director de la banda con satisfacción.

Rob J. había observado a Ordway de lejos durante todo el invierno.

Estaba nervioso porque aunque a Ordway todavía le quedaba mucho tiempo de servicio, no era difícil para un soldado desertar y desaparecer. Pero lo que mantenía a la mayoría dentro del ejército también contaba para Ordway, que fue uno de los cineo soldados rasos que se presentó ante Rob J.; no era un hombre de aspecto desagradable -si se tiene en cuenta que era un presunto asesino-, salvo los ojos ansiosos y húmedos.

Ninguno de los cinco soldados se alegró al conocer su nueva ocupación.

Lewis Robinson reaccionó con pánico.

–¡Yo debo tocar música! Soy músico, no médico.

Rob J. lo corrigió.

–Camillero. De momento es usted camillero -le dijo, y los demás supieron que les hablaba a todos.

Puso al mal tiempo buena cara y le pidió al director de la banda que renunciara a contar con esos hombres, y ganó este favor con sospechosa facilidad. Para prepararlos empezó por lo más elemental: les enseñó a enrollar y preparar vendajes, simuló diversos tipos de heridas y les enseñó a aplicar el vendaje adecuado. También les explicó cómo mover y transportar a los heridos, y proporcionó a cada uno una pequeña mochila que contenía vendajes, un recipiente con agua fresca, y opio y morfina en polvo y en pastillas.

El serón del ejército contenía varias tablillas, pero a Rob J. no le gustaban, de modo que pidió madera con la que los camilleros pudieron hacer sus propias tablillas bajo su exigente dirección. Abner Wileox resultó ser un carpintero competente y además innovador. Hizo una serie de camillas excelentes y de poco peso, estirando la lona entre dos palos.

El oficial del economato ofreció un cabriolé de dos ruedas para utilizarlo como ambulancia, pero Rob J. había pasado años recorriendo caminos en mal estado para visitar a sus enfermos y sabía que para evacuar heridos en un terreno desigual necesitaba la seguridad de las cuatro ruedas.

Encontró un carro en buenas condiciones, y Wilcox hizo los costados y un techo para cerrarlo. Lo pintaron de negro, y Ordway copió hábilmente el caduceo médico impreso en el serón y pintó uno a cada lado de la ambulancia, con pintura plateada. Rob J. consiguió que el oficial de remonta le cediera un par de caballos de tiro feos pero fuertes, elementos de desecho como el resto del cuerpo de rescate.

Los cinco hombres empezaban a sentir un involuntario orgullo de grupo, pero Robinson estaba preocupado por los riesgos crecientes de su nueva misión.

–Habrá peligro, por supuesto -dijo Rob J.-. La infantería que está en el frente también corre peligro, y hay peligro en la carga de la caballería, de lo contrario no se necesitarían camilleros.

Rob J. siempre había sabido que la guerra corrompe, pero ahora se dio cuenta de que lo había corrompido a él tanto como a cualquiera. El había dispuesto de la vida de estos cinco jóvenes de manera que ahora se esperaba que fueran una y otra vez a recoger a los heridos, como si estuvieran inmunizados contra los disparos de los mosquetes y de la artillería; y estaba intentando distraerlos diciéndoles que eran miembros de la generación de la muerte. Sus palabras y su actitud engañosas pon rechazar su propia responsabilidad, mientras trataba desesperadamente de creer con ellos que

ahora no estaban peor que cuando sus vidas se veían complicadas sólo por el estúpido temperamento de Fitts, y por la expresión que lograban dar a la interpretación de los valses, las polcas y las marchas ligeras.

Los distribuyó en equipos: Perry con Lawrence; Wileox con Robinson.

–¿Y yo? – preguntó Ordway.

–Usted no se separará de mí -le informó Rob J.

El cabo Amasa Deeker, el cartero, había llegado a conocer a Rob J.

porque siempre tenía correspondencia de Sarah, que le escribía cartas largas y apasionadas. El hecho de que su esposa fuera tan ardiente siempre había constituído uno de sus principales atractivos para Rob J.

y él a veces se sentaba en su barraca y se dedicaba a leer todas las cartas, tan transportado por el deseo que creía sentir el perfume de ella.

Aunque en Cairo había mujeres en abundancia, desde las que cobraban hasta las patriotas, él no había intentado siquiera acercarse a ellas. Sufría la maldición de la fidelidad.

Pasaba la mayor parte del tiempo libre escribiendo cartas tiernas y estimulantes como contrapartida a la angustiosa pasión de Sarah. A veces le escribía a Chamán, y siempre tomaba notas en su diario. En ocasiones se tendía sobre su poncho y pensaba cómo podría sonsacarle a Ordway lo que había ocurrido el día del asesinato de Makwa-ikwa. Sabía que de alguna manera tenía que ganarse la confianza de Ordway.

Pensó en el informe que la Feroz Miriam le había entregado sobre los Ignorantes y su Orden Suprema de la Bandera Estrellada. Quien hubiera escrito ese informe -él siempre imaginaba que había sido un sacerdote que actuaba de espía-, se había hecho pasar por un protestante anticatólieo.

¿Podría dar resultado esa misma treta? Tenía el informe guardado en Holden's Crossing, con el resto de sus papeles. Pero lo había leído tantas veces y tan atentamente que descubrió que recordaba los signos y las señales, las palabras en clave y las contraseñas, toda una panoplia de comunicación secreta que podría haber sido inventada por un niño dotado de una imaginación demasiado activa.

Rob J. hacía ejercicios de entrenamiento con los camilleros, en los que uno de ellos desempeñaba el papel de herido, y descubrió que mientras dos hombres podían colocar a un hombre en la camilla y levantarlo para ponerlo en la ambulancia, esos mismos hombres se cansaban enseguida y podían caer desplomados si tenían que trasladar la camilla a una distancia considerable.

–Necesitamos un camillero en cada esquina de la camilla -dijo Perry, y Rob J. sabía que tenía razón.

Pero eso significaba tener una sola camilla disponible, lo cual era del todo insuficiente si el regimiento llegaba a tener algún problema.

Le planteó el problema al coronel.

–¿Qué quiere hacer al respecto? – le preguntó Symonds.

–Disponer de toda la banda. Convertir en cabos a mis cinco camilleros preparados. Cada uno de ellos puede capitanear una camilla en situaciones en las que haya muchos heridos, y podemos asignar otros tres músicos a cada cabo. Si los soldados tuvieran que elegir entre tener músicos que toquen maravillosamente bien durante una batalla y músicos que les salven la vida si resultan heridos, sé qué elegirían.

–Ellos no lo harán -puntualizó Symonds en tono seco-. Aquí soy yo el que escoge.

Y lo hizo correctamente. Los cinco camilleros se cosieron una cinta a la manga, y cuando Fitts se cruzaba con Rob J. ni siquiera lo saludaba.