Chaman

Noah Gordon · Capítulo 6 de 8 · parte 2/3

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Chaman

A mediados de mayo empezó a hacer…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

servia para algo. Rob J. se preguntó qué haría Ordway cuando la guerra terminara y no pudiera salir a buscar heridos exponiéndose a los disparos.

No hizo dibujos de su equipo. Aún no había salido.

La primera vez fue el 7 de noviembre. El 119 de Indiana fue enviado al otro lado del Tappahannock, cerca de un sitio llamado Kelly's Ford. El regimiento cruzó el río a media mañana pero pronto quedó bloqueado por el intenso fuego enemigo, y al cabo de diez minutos se informó al cuerpo de camilleros que alguien había resultado herido.

Rob J. y sus tres camilleros avanzaron hasta un campo de heno que había a la orilla del río, donde media docena de hombres acurrucados detrás de una pared de piedra cubierta de enredadera disparaban al bosque.

Mientras corrían hasta la pared, Rob J. esperó sentir el mordisco de un proyectil en su carne. El aire estaba demasiado cargado para respirar por la nariz. Fue como si hubiera avanzado gracias a una fuerza bruta, y sus miembros parecían moverse lentamente.

El soldado había sido alcanzado en el hombro. La bala estaba metida en la carne y era necesario explorar para encontrarla, pero no en medio de los disparos. Rob J. cogió un vendaje de su Mee-shoíne y cubrió la herida, asegurándose de que la hemorragia quedaba controlada. Luego colocaron al soldado en la camilla y regresaron a buen paso. Rob J. era consciente del amplio blanco que ofrecía su espalda en la parte de atrás de la camilla. Pudo oir cada uno de los disparos y el sonido de las balas que pasaban rasgando las hierbas altas, chocando sólidamente contra la tierra, cerca de ellos.

Al otro lado de la camilla, Amasa Decker gimió.

–¿Te han dado?

Rob J. jadeó.

–No.

Corrieron arrastrando los pies, con su carga a cuestas, deslizándose durante una eternidad hasta llegar a un sitio cubierto en el que el comandante Coppersmith había instalado su puesto médico.

Cuando entregaron el paciente al médico jefe, los cuatro camilleros se tendieron sobre la hierba como si fueran truchas recién pescadas.

–Esas balas mini suenan como abejas -comentó Lucius Wagner.

–Creí que nos mataban a todos -dijo Amasa Decker-. ¿Usted no doctor?

–Estaba asustado pero recordé que tenía cierta protección.

Rob J. les mostró el Mee-shoíne y les contó que, según la promesa de los sauk, las tiras, los trapos Iíxe, lo protegerían de las balas. Decker y John

son lo escucharon con expresión seria, Wagner con una leve sonrisa.

Esa tarde el fuego cesó casi por completo. Los flancos quedaron en un punto muerto hasta el anochecer, cuando dos brigadas de la Unión atravesaron el río y pasaron junto a la posición del 13l en la única carga a la bayoneta que Rob J. vería en la guerra. Los soldados de infantería del 131

calaron sus bayonetas y se unieron al ataque, cuyo carácter sorpresivo y feroz permitiría a la Unión matar y capturar varios miles de confederados.

Las pérdidas de la Unión fueron escasas, pero Rob J. y sus camilleros salieron media docena de veces a buscar heridos. Los tres soldados habían quedado convencidos de que gracias al doctor Cole y a su bolsa medicinal eran un equipo afortunado, y cuando regresaron sanos y salvos después de la última salida, Rob J. quedó tan convencido como ellos del poder de su Mee-shome.

Aquella noche, en la tienda, después de atender a los heridos, Gardner Coppersmith lo observó con ojos brillantes.

–Una carga a la bayoneta gloriosa, ¿no le parece, Cole?

Rob J. pensó seriamente en la pregunta.

–más bien una carnicería -dijo en tono cansado.

El médico del regimiento lo miró con disgusto.

–Si piensa de esa forma, ¿por qué demonios está aquí?

–Porque aquí es donde están los pacientes -repuso Rob J.

Sin embargo, a finales de año decidió que dejaría el 13l de Indiana.

Era allí donde estaban los pacientes, pero él se había unido al ejército para proporcionar buenos cuidados médicos a los soldados, y el comandante Coppersmith no le permitiría hacerlo. Pensó que él apenas hacía otra cosa que trasladar camillas, lo cual era desperdiciar un médico con experiencia, y para un ateo no tenía sentido vivir como si quisiera convertirse en mártir o en santo. Decidió regresar a casa cuando expirara su contrato, es decir, la primera semana de 1864.

La Nochebuena fue muy extraña, lamentable y conmovedora al mismo tiempo. Hubo ceremonias de adoración delante de las tiendas.

A un lado del Tappahannock, los músicos del 131 de Indiana interpretaron Adeste Fideles. Cuando concluyeron, la banda de los confederados que se encontraba en la orilla opuesta tocó God Rest Ye Mery, Gentlemen; la música flotaba misteriosamente sobre las oscuras aguas, y entonces se oyeron los acordes de Noche de paz. El director Fitts alzó su batuta y la banda de la Unión y los músicos confederados tocaron al

unísono mientras los soldados de ambas orillas cantaban. Cada ejército podía ver las fogatas del otro.

Resultó una noche de paz, sin disparos. Para cenar no tuvieron aves, pero el ejército les había proporcionado una sopa muy aceptable que contenía algo que podría haber sido carne de vaca, y cada soldado del regimiento recibió un poco de whisky para celebrar la festividad. Tal vez eso fue un error porque despertó la sed de los hombres, que querían seguir bebiendo. Después del concierto Rob J. encontró a Wilcox y a Ordway, que lo saludaban desde la orilla del río, donde acababan de vaciar una botella del matarratas del cantinero. Wilcox sujetaba a Ordway, pero él también se tambaleaba.

–Vete a dormir, Abner -le dijo Rob J.-. Yo llevaré a éste a su tienda.

Wilcox asintió y se fue, pero Rob J. no hizo lo que había dicho. Sino que ayudó a Ordway a alejarse de las tiendas y lo sentó contra unas piedras.

–Lanny -le dijo-. Lan, muchacho. Tú y yo tenemos que hablar.

Ordway lo miró con los ojos entrecerrados, completamente borracho.

–…Feliz Navidad, doctor.

–Feliz Navidad, Lanny. Hablemos de la Orden Suprema de la Bandera Estrellada -propuso Rob J.

Así que decidió que el whisky era la clave que le iba a revelar todo lo que Lanning Ordway sabía.

El 3 de enero, cuando el coronel Symonds fue a verlo con otro contrato, él estaba observando cómo Ordway llenaba cuidadosamente su mochila con vendas limpias y píldoras de morfina. Rob J. vaciló sólo durante un segundo, y no apartó la vista de Ordway. Luego garabateó su firma y quedó alistado por tres meses más.

Rob J. pensaba que había sido muy sutil y circunspecto en la forma en que interrogó al ebrio Ordway aquella Nochebuena. El interrogatorio había confirmado su imagen del hombre, y de la OSBE.

Sentado con la espalda apoyada en el poste de la tienda, con el diario apoyado en las rodillas levantadas, escribió lo siguiente: Lanning Ordway empezó a asistir a las reuniones del Partido Americano en Vincennes, Indiana, “cinco años antes de tener edad suficiente para votar”.

(Me preguntó dónde me había unido yo, y le dije “En Boston”.) A las reuniones lo llevaba su padre, “porque quería que yo fuera un buen norteamericano… Su padre era Nathanael Ordway, empleado de un

fabricante de escobas. Las reuniones se celebraban en un segundo piso, encima de una taberna. Entraban por la taberna, salían por la puerta de atrás y subían la escalera.

Su padre golpeaba la puerta según la señal convenida. Recuerda que su padre siempre se sentía orgulloso cuando “el Guardián de la Entrada” los observaba por la mirilla y los dejaba pasar “porque éramos buenas personas”.

Al cabo de un año aproximadamente, cuando su padre estaba borracho o enfermo, Lanning iba a las reuniones solo. Cuando Nathanael Ordway murió (“a causa de la bebida y la pleuresia”), Lanning se fue a Chicago, a trabajar en una taberna que había fuera de la estación de ferrocarril, en la calle Galena, donde un primo de su padre despachaba whisky. Ordenaba el establecimiento cuando se marchaban los borrachos, esparcía serrín limpio todas las mañanas, lavaba los enormes espejos, pulía la barandilla de latón, hacia un poco de todo.

Para él fue normal buscar a los Ignorantes en Chicago. Era como ponerse en contacto con la familia porque tenía más cosas en común con los simpatizantes del Partido Americano que con el primo de su padre. El partido trabajaba para elegir funcionarios públicos que contrataran a trabajadores norteamericanos nativos, dándoles preferencia sobre los inmigrantes. A pesar de su cojera (después de hablar con él y de observarlo, deduzco que nació con la cavidad de la cadera demasiado poco profunda), los miembros del partido se acostumbraron a llamarlo a él cuando necesitaban a alguien joven para hacer recados importantes, y lo bastante mayor para mantener la boca cerrada.

Fue motivo de orgullo para él que sólo al cabo de un par de años, cuando tenía diecisiete, lo introdujeran en la secreta Orden Suprema de la Bandera Estrellada. Dio a entender que también era un motivo de esperanza, porque pensaba que un joven norteamericano pobre y tullido necesitaba estar relacionado con una organización poderosa si quería llegar a algo, “con todos esos extranjeros católicos romanos dispuestos a hacer el trabajo de cualquier norteamericano por una cantidad miserable de dinero”.

La Orden “hacia cosas que el partido no podía hacer”. Cuando le pregunté a Ordway qué hacia él para la Orden, me respondió:

“Esto y aquello. Viajaba de un lado a otro, aquí y allá”.

Le pregunté si alguna vez había conocido a un hombre llamado Hank Cough, y él parpadeó. “Claro que lo conozco. ¿Usted también conoce a ese

hombre? Imagínese. Sí. ¡Hank!”

Le pregunte dónde estaba Cough, y me miró con expresión extraña.

“Está en el ejército.”

Pero cuando le pregunté qué clase de trabajo habían hecho juntos, se colocó el dedo índice debajo del ojo y lo hizo bajar por su nariz. Se puso de pie tambaleándose, y concluyó la entrevista.

A la mañana siguiente, Ordway no dio muestras de recordar el interrogatorio. Rob J. tuvo el buen cuidado de dejar pasar algunos días. De hecho pasaron varias semanas hasta que se presentó otra oportunidad, porque las provisiones de whisky del cantinero habían sido agotadas por la tropa durante las fiestas, y los comerciantes del Norte que viajaban con las fuerzas de la Unión eran reacios a reponer las existencias de whisky en Virginia por temor a que el producto estuviera envenenado.

Pero un cirujano auxiliar interino siempre tenía una reserva de whisky del ejército para uso medicinal. Rob J. le dio la botella a Wilcox porque sabia que la compartiría con Ordway. Esa noche esperó vigilante, y cuando por fin regresaron, Wilcox alegre y Ordway taciturno, le dio las buenas noches a Wilcox y se ocupó de Ordway tal como había hecho en la ocasión anterior. Fueron al mismo montón de piedras, lejos de las tiendas.

–Bueno, Lanny -dijo Rob J.-. Conversemos un poco más.

–¿Sobre qué, doctor?

–¿Cuándo conociste a Ellwood R. Patterson?

Los ojos del joven se convirtieron en agujas de hielo.

–¿Quién es usted? – preguntó Ordway, y su voz sonó completamente sobria.

Rob J. estaba preparado para la cruda verdad. Esperó un buen rato.

–¿Quién crees que soy?

–Por las preguntas que hace, pienso que es un maldito espía católico.

–Y tengo más. Tengo algunas preguntas acerca de la mujer india que asesinaste.

–¿Qué india? – preguntó Ordway auténticamente horrorizado.

–¿A cuántas indias has asesinado? ¿Sabes de dónde soy, Lanny?

–Usted dijo de Boston -respondió Ordway en tono malhumorado.

–Eso era antes. He vivido en Illinois durante años. En una pequeña población llamada Holden's Crossing.

Ordway lo miró y no dijo nada.

–La india que fue asesinada era mi amiga, trabajaba para mi. Se llamaba Makwa-ikwa, por si no lo sabías. Fue violada y asesinada en mi bosque, en mi granja.

–¿La india? Dios mio. Apártese de mi vista, loco desgraciado, no sé de qué me está hablando. Se lo advierto. Si es inteligente, si sabe lo que le conviene para proteger su bienestar, espía hijo de puta, olvide todo lo que cree saber sobre Ellwood R. Patterson -le espetó Ordway.

Pasó junto a Rob J. tambaleándose y se perdió en la oscuridad con tanta rapidez como si le estuvieran disparando.

Al día siguiente Rob J. no le quitó los ojos de encima, sin que se notara que lo estaba vigilando. Le vio preparar a su equipo de camilleros e inspeccionar sus mochilas, y le oyó advertirles que debían ser muy cuidadosos con el uso de las pastillas de morfina hasta que el ejército les proporcionara más, porque el regimiento ya había agotado sus provisiones.

tenía que reconocer que Lanning Ordway se había convertido en un buen y eficaz sargento del cuerpo de ambulancias.

Por la tarde vio a Ordway en su tienda, afanándose sobre un papel, con la pluma en la mano. Pasó así varias horas.

Después del toque de retreta, Ordway llevó el sobre a la tienda que hacía las veces de correo.

Rob J. se detuvo y entró en la oficina de correos.

–Esta mañana encontré a un cantinero que tenía un queso fantástico -le comentó a Amasa Decker-. Te he dejado un trozo en tu tienda.

–Gracias, doctor, es muy amable -respondió Decker, encantado.

–Tengo que cuidar a mis camilleros, ¿no? Será mejor que vayas y te lo comas antes de que otro lo encuentre. Me lo pasaré bien haciendo de cartero mientras tú no estás.

No tuvo que hacer nada más. Inmediatamente después de que Decker se marchara, Rob J. se acercó a la caja de la correspondencia que debía ser enviada. Sólo le llevó unos minutos encontrar el sobre y deslizarlo dentro de su nee-shome.

No lo abrió hasta que se encontró a solas, en la intimidad de su tienda.

La carta iba dirigida al reverendo David Goodnow, calle Bridgeton 237, Chicago, Illinois.

Estimado señor Goodnow, Lanning Ordway. Estoy en el 131 Indiana, si se acuerda. Aquí ai un ombre que hase preguntas.

Un doctor un tal Robit Col. Quiere saver sobre Henry. Abla raro, lo estube oserbando. Quiere saver de L. wood Padson. Me dijo que biolamos y matamos a esa chica injun esa ves en Illinois. En sierto modo me hocupo de el. Pero uso la cabesa y se lo cuento para que aberiue como se entero de nosotros. Soi sarjento.

Cuando acave la guerra bolvere a trabajar para la orden. Lanning Ordway.

Al otro lado del Tappahannock

Rob J. era perfectamente consciente de que en medio de una guerra, con las armas a disposición de cualquiera, y siendo el asesinato a gran escala un fenómeno normal, surgirían muchas formas y oportunidades para un asesino experto que estaba decidido a “hocuparse” de él.

Durante cuatro días intentó saber qué tenía a sus espaldas, y durante cinco noches durmió poco o no durmió.

Se quedaba despierto pensando cómo lo intentaría Ordway. Decidió que si estuviera en el lugar de Ordway, y con su temperamento, esperaría hasta que ambos estuvieran participando en una ruidosa escaramuza en la que se produjeran muchos disparos. Por otra parte, no tenía idea de si Ordway era de los que llevaban cuchillo. Si Rob J. aparecía acuchillado, o con el pescuezo cortado, después de una larga y oscura noche en la que cualquier retén asustado habría pensado que cada sombra correspondía a un confederado infiltrado, su muerte no resultaría sorprendente y no se realizaría ninguna investigación.

Esta situación cambió el 19 de enero, cuando la compañía B de la segunda brigada fue enviada al otro lado del Tappahannock, en lo que se suponía que debía ser una rápida exploración y una veloz retirada, pero la cosa no fue así. La compañía de infantería encontró posiciones de los confederados donde no había imaginado, y quedó inmovilizada por el fuego enemigo en un lugar sin protección.

Volvía a repetirse la situación en la que todo el regimiento se había encontrado unas semanas antes, pero en lugar de setecientos hombres con la bayoneta calada cargando al otro lado del río para arreglar la situación, aquí no hubo apoyo del ejército del Potomac. Los ciento siete hombres se quedaron donde estaban y soportaron el fuego durante todo el día, devolviéndolo lo mejor que podían. Cuando cayó la noche, volvieron a cruzar el río a toda velocidad, llevando consigo cuatro heridos. La primera

persona que trasladaron a la tienda que hacía las veces de hospital fue Lanning Ordway.

Los hombres del equipo de Ordway dijeron que había sido herido exactamente antes del anochecer. había metido la mano en el bolsillo de su chaqueta para coger la galleta dura y el trozo de cerdo frito que había guardado esa mañana envueltos en papel, cuando dos balas mini lo al canzaron en rápida sucesión. Una de las balas le había arrancado un fragmento de la pared abdominal, y ahora le sobresalía un trozo de abdomen grisáceo. Rob J. empezó a empujarlo hacia dentro, pensando que cerraría la herida, pero enseguida vio varias cosas más y reconoció que no podía hacer nada para salvar a Ordway.

La segunda herida era perforante y había causado demasiado daño interno al intestino o al estómago, o tal vez a ambos. Sabía que si abría el vientre encontraría la sangre encharcada en la cavidad abdominal.

El rostro seco de Ordway estaba blanco como la leche.

–¿Quieres algo, Lanny? – le preguntó Rob J. suavemente.

Ordway movió los labios. Clavó sus ojos en los de RobJ., y cierta expresión de serenidad que éste había visto con anterioridad en los moribundos le indicó que estaba consciente.

–Agua.

Era lo peor que se le podía dar a un hombre que había recibido un disparo en el vientre, pero Rob J. sabía que no tenía importancia. Cogió dos pastillas de morfina de su Mee-shoine y se las dio a Ordway con un buen trago de agua. Casi al instante Ordway vomitó sangre.

–¿Quieres un sacerdote? – le preguntó Rob J. mientras intentaba poner todo en orden. Pero Ordway no respondió, simplemente siguió mirándolo-.

Tal vez quieras contarme exactamente qué ocurrió con Makwa-ikwa aquel día en mi bosque. O contarme alguna otra cosa, lo que se te ocurra.

–Usted… al infierno -logró decir Ordway.

Rob J. no creía que fuera a parar allí. Tampoco creía que Ordway ni nadie fuera a semejante sitio, pero no era el momento adecuado para abrir un debate.

–Creo que hablar podría ayudarte en este momento. Si hay algo que quieras librar de tu mente.

Ordway cerró los ojos, y Rob J. supo que debía dejarlo en paz.

Odiaba ver cómo la muerte le arrebataba a alguien, pero le molestó especialmente perder a este hombre que había estado dispuesto a matarlo,

porque en el cerebro de Ordway había información que él habíalbuscado ansiosamente durante años, y cuando el cerebro del hombre se apagara como una lámpara, la información habría desaparecido.

También sabía que a pesar de todo había algo en su interior que se había mostrado sensible a este extraño y complejo joven, que había sido sorprendido mientras cumplía su misión. ¿Cómo habría sido conocer a un Ordway que hubiera sido parido por su madre sin defectos físicos, un Ordway que hubiera recibido un mínimo de educación en lugar de ser analfabeto, que hubiera recibido algunos cuidados en lugar de pasar hambre, y un patrimonio diferente de su padre borracho?

Sabía muy bien lo inútil que era esta especulación, y cuando echó un vistazo a la figura inmóvil se dio cuenta de que Ordway estaba más allá de cualquier consideración.

Durante un rato sostuvo el cono de éter mientras Gardner Copper smith quitaba, no sin destreza, una bala mini de la parte carnosa de la nalga izquierda de un muchacho. Luego volvió al lado de Ordway, le ató la mandíbula, colocó unas monedas sobre sus párpados, y finalmente lo tendió en el suelo, junto a los otros cuatro soldados que la compañia B había devuelto al campamento.

El círculo completo

E1 12 de febrero de 1864, Rob J. escribió en su diario: Dos ríos, allá en casa, el grandioso Mississippi y el modesto Rock, han marcado mi vida; ahora, en Virginia, he llegado a conocer muy bien otro par desparejo de ríos en los que he presenciado repetidas matanzas: el Tappahannock y el Rapidan. Tanto el ejército del Potomac como el del norte de Virginia han enviado pequeños grupos de infantería y caballería al otro lado del Rapidan para atacarse mutuamente, durante los últimos días del invierno y el principio de la primavera. Con la misma naturalidad con que cruzaba el Rock en los viejos tiempos para visitar a un vecino enfermo o traer un niño al mundo, ahora acompaño a las tropas a cruzar el Rapidan de diversas formas, montado sobre Pretty Boy, chapoteando en los vados poco profundos, o navegando por corrientes caudalosas en barcos o balsas.

Este invierno no ha habido grandes batallas con miles de muertos, pero me he acostumbrado a ver docenas de cuerpos, o uno. Hay algo infinitamente más trágico en un solo hombre muerto que en un campo lleno de cadáveres.

He aprendido en cierto modo a no fijarme en los sanos ni en los muertos y a concentrarme en los heridos, a salir a buscar estúpidos y malditos jóvenes

que las más de las veces caen por los disparos de otros estúpidos y malditos jóvenes…

Los soldados de ambos ejércitos se habían acostumbrado a pinchar en sus ropas trozos de papel con su nombre y su dirección, con la esperanza de que sus seres queridos fueran notificados en caso de que ellos se convirtieran en bajas. Ni Rob J. ni los tres camilleros de su equipo se molestaban en ponerse el papel de identificación. Ahora salían sin ningún temor, porque Amasa Decker, Alan Johnson y Lucius Wagner estaban convencidos de que la medicina de Makwa-ikwa los protegía realmente, y Rob J. se había permitido contagiarse de esa convicción. Era como si en cierto modo el Mee-shome generara una fuerza que desviaba todas las balas, convirtiendo el cuerpo de todos ellos en algo intocable.

A veces pareca que siempre había habido guerra, y que continuaría eternamente. Sin embargo, Rob J. veía algunos cambios. Un día, en un ejemplar hecho jirones del Baltimore American, leyó que todos los varones blancos del Sur en edades comprendidas entre los diecisiete y los cincuenta años habían sido reclutados para prestar servicios en el ejército confederado. Esto significaba que a partir de ese momento cada baja del ejército confederado sería irreemplazable, y su ejército cada vez más reducido. Rob J. veía con sus propios ojos que los soldados confederados muertos y prisioneros, llevaban el uniforme raído y un calzado lamentable.

Se preguntaba con desesperación si Alex estaba vivo, y alimentado, vestido y calzado. El coronel Symonds anunció que muy pronto el 131 de Indiana recibiría una partida de carabinas Sharps equipadas con recámara, que permitirían el tiro rápido. Y al parecer a eso conducía la guerra: a un Norte que fabricaba mejores armas, municiones y barcos, y a un Sur que luchaba cada vez con menos hombres y que sufría la escasez de todo lo que podía producirse en una fábrica. El problema consistía en que los confederados no parecían darse cuenta de que se movían con una terrible desventaja industrial, y combatían con una fiereza que hacia pensar que la guerra no terminaría pronto.

Un día de finales de febrero, los cuatro camilleros tuvieron que acudir a un sitio en el que un capitán llamado Taney, comandante de la compañía A de la primera brigada, estaba tendido fumando estoicamente un puro después de que una bala le destrozara la espinilla. Rob J. vio que no tenía sentido colocarle una tablilla porque la bala había arrancado varios centímetros de tibia y peroné, y la pierna tendría que ser amputada entre el

tobillo y la rodilla. Cuando fue a coger una venda del Mee-shome se dio cuenta de que no lo había llevado consigo.

Sintió que se le revolvía el estómago y supo exactamente dónde lo había dejado: encima de la hierba, en la entrada de la tienda donde estaba instalado el hospital.

Los otros también lo recordaron.

Rob J. cogió el cinturón de cuero que llevaba puesto Alan Johnson y lo utilizó para hacer un torniquete; luego cargaron al capitán en la camilla y se lo llevaron casi en estado de embriaguez.

–¡Santo cielo! – decía Lucius Wagner.

Siempre decía lo mismo y en tono acusador cuando estaba muy asustado. Ahora lo susurró una y otra vez hasta que resultó molesto, pero nadie se quejó ni le dijo que se callara porque estaban demasiado ocupados imaginando el doloroso impacto de las balas en sus cuerpos tan cruel y repentinamente desprovistos de magia.

El traslado fue más lento y desesperante que el primero de todos los que habían hecho. Hubo varios disparos, pero a los camilleros no les ocurrió nada. Finalmente llegaron a la tienda que albergaba el hospital, y después de entregarle el paciente a Coppersmith, Amasa Decker cogió el Mee-shome del suelo y lo arrojó a las manos de Rob J.

–Póngaselo. Rápido -le dijo, y Rob J. obedeció.

Los tres camilleros se consultaron con expresión sombría, aliviados, y se pusieron de acuerdo en compartir la responsabilidad de comprobar que el médico auxiliar interino Cole se colgaba la bolsa de las medicinas todas las mañanas nada más levantarse.

Rob J. se alegró de llevar el Mee-shoíne dos mañanas más tarde, cuando el 131 de Indiana -a ochocientos metros del punto en el que el Rapidan se une al río más grande- giró en una curva del camino y literalmente se topó con los rostros desconcertados de una brigada de soldados de uniforme gris.

Los hombres de ambos grupos empezaron a disparar inmediata mente, algunos a muy corta distancia. El aire se llenó de maldiciones, gritos, estampidos de mosquete y aullidos de los que caían heridos; luego las filas delanteras se fundieron entre sí, y los oficiales atacaron con la espada o dispararon las armas pequeñas mientras los soldados blandían los rifles como si fueran palos, o usaban los puños, las uñas o los dientes porque no tenían tiempo para volver a cargar las armas.

A un lado del camino había un bosquecillo de robles y al otro un campo abonado que parecía suave como el terciopelo, arado y listo para la siembra.

Algunos hombres de ambos ejércitos se refugiaron de trás de los árboles que había al lado del camino, pero el grueso se dispersó, estropeando la perfección del campo abonado. Se disparaban mutuamente desde una linea de ataque desordenada y desigual.

Cuando se producía una escaramuza, Rob J. se quedaba generalmente en la retaguardia, esperando que lo fueran a buscar en caso de necesidad, pero en la confusión de la refriega se encontró luchando con su aterrorizado caballo en el centro mismo de la violencia. El animal se encabritó y luego pareció quebrarse. Rob J. logró desmontar de un salto mientras el caballo se desplomaba sobre el suelo y quedaba allí tendido, sacudiéndose. En el cuello del color del barro de Pretty Boy había un agujero sin sangre del tamaño de una moneda de cinco centavos, pero de sus ollares ya manaban dos pequeños torrentes rojos; el animal se esforzaba por respirar, y en su agonía pateaba el aire espasmódicamente.

La bolsa de las medicinas contenía una jeringa hipodérmica con una aguja de cobre y un poco de morfina, pero los opiáceos aún escaseaban y no se podían administrar a un caballo. Un teniente del ejército confederado yacía muerto a diez metros de distancia. Rob J. se acercó a él y le cogió un pesado revólver negro que llevaba en la pistolera. Regresó junto a Pretty Boy, colocó la boca del arma debajo de la oreja del animal y apretó el gatillo.

No había dado más de una docena de pasos cuando sintió un dolor espantoso en la parte superior del brazo izquierdo, como si le hubiera picado un abeja de medio metro de largo. Dio tres pasos más, y la tierra ocre y cubierta de estiércol pareció levantarse para recibirlo. Pensaba con claridad. Sabía que se había desmayado y que enseguida recuperaría las fuerzas, y se quedó tendido, mirando con ojos de pintor el tosco sol ocre en un cielo teñido de azul, mientras los sonidos se apagaban a su alrededor, como si alguien hubiera arrojado una manta sobre el resto del mundo. No supo cuánto tiempo permaneció así. Tuvo conciencia de que le sangraba la herida del brazo y buscó a tientas unas vendas en la bolsa y las apretó sobre la herida para detener la hemorragia. Al mirar hacia abajo vio sangre en el Mee-shome. La ironía le resultó irresistible y se echó a reír al pensar en el ateo que había intentado convertir en un dios una vieja bolsa de cañones de pluma y un par de tiras de cuero curtido.

Finalmente fue a recogerlo el equipo de Wilcox. El sargento -tan feo como Pretty Boy, con su ojo desviado hacia fuera cargado de cariño y preocupación- le dijo a Rob J. el tipo de cosas tontas y sin sentido que él había dicho miles de veces a los pacientes para consolarlos. Los sudistas habían visto que el enemigo era mucho más numeroso y se habían retirado.

había un montón de hombres y caballos muertos, de carros destrozados y cosas desparramadas, y Wilcox le comentó a Rob J. en tono de pesar que el granjero iba a pasarlo muy mal para volver a arar ese bonito campo.

Sabía que había tenido la suerte de que la herida no fuera más grave, pero era algo más que un rasguño. La bala no había tocado el hueso pero había arrancado carne y músculo.

Coppersmith había cosido la herida parcialmente y la había vendado con cuidado, y dio la impresión de que la tarea le producía una gran satisfacción.

Rob J. fue trasladado con otros treinta y seis heridos a un hospital de Fredericksburg, donde permaneció diez días. El lugar había sido un depósito y no estaba tan limpio como debía, pero el médico militar responsable, un comandante llamado Sparrow que había ejercido la medicina en Hartford, Connecticut, antes de la guerra, era un buen profesional. Rob J. recordó los experimentos que el doctor Milton Akerson había hecho en Illinois con el ácido clorhídrico, y el doctor Sparrow estuvo de acuerdo en permitirle que de vez en cuando se lavara la herida con una solución suave de ácido clorhídrico. Le escocía, pero la herida empezó a cicatrizar perfectamente y sin infección, y acordaron que tal vez daría buen resultado probar el sistema con otros pacientes. Rob J. podía flexionar los dedos y mover la mano izquierda, aunque le dolía. Coincidió con el doctor Sparrow en que aún era demasiado pronto para saber cuánta fuerza y movimiento recuperaría el brazo herido.

El coronel Symonds fue a visitarlo cuando pasó una semana en la ciudad.

–Váyase a casa, doctor Cole. Cuando se recupere, si quiere volver con nosotros, será bienvenido -le dijo, aunque ambos sabían que no regresaría.

Symonds le dio las gracias torpemente-. Si sobrevivo, y algún día usted pasa por Fort Wayne, Indiana, vaya a visitarme a la Fábrica de Tubos de Lámparas Symonds y tomaremos una comida maravillosa, y beberemos todo lo que haga falta, y hablaremos largo y tendido de los malos viejos tiempos -propuso.

Se despidieron con un fuerte apretón de manos, y el joven coronel se marchó.

Le llevó tres días y medio llegar a casa, con cinco redes de ferrocarril diferentes, empezando por el Ferrocarril de Baltimore y Ohio. Todos los trenes llevaban retraso, y estaban mugrientos y atestados de viajeros con problemas. Llevaba el brazo en cabestrillo pero no era más que otro civil de mediana edad, y en varias ocasiones tuvo que viajar de pie a lo largo de ochenta kilómetros o más en un tren que no dejaba de balancearse. En Canton, Ohio, esperó medio día para cambiar de tren, y luego compartió un asiento con un tambor llamado Harrison que trabajaba para una gran empresa de cantineros que vendía polvos de tinta al ejército. El hombre le confió que había oído los disparos de cerca muchas veces. Tenía montones de historias inverosímiles sobre la guerra, condimentadas con los nombres de importantes figuras militares y políticas, y las historias hacían que los kilómetros pasaran más deprisa.

En los vagones, atestados y calurosos, la gente se había quedado sin agua. Al igual que los demás, Rob J. bebió lo que le quedaba en la cantimplora y después pasó sed. Finalmente el tren se detuvo en un apeadero cercano a un campamento del ejército, en las afueras de Marion, Ohio, para cargar combustible y coger agua de una pequeña corriente, y los pasajeros bajaron para llenar sus recipientes.

Rob J. estaba entre ellos, pero cuando se arrodilló con su cantimplora, algo que había en la orilla opuesta le llamó la atención, y enseguida supo de qué se trataba.

Al acercarse se dio cuenta de que efectivamente alguien había arrojado en la corriente vendas usadas, gasas ensangrentadas y otros desechos de hospital; cuando después de un corto paseo descubrió otros vertederos, volvió a tapar su cantimplora y aconsejó a los demás pasajeros que hicieran lo mismo.

El revisor dijo que conseguirían agua buena en Lima, un poco más abajo, y Rob J. regresó a su asiento; cuando el tren reanudó la marcha, se quedó dormido a pesar del balanceo del vagón.

Al despertar se enteró de que el tren acababa de salir de Lima.

–Quería coger agua -dijo irritado.

–No se preocupe -le dijo Harrison-. Tengo el termo lleno.

Se lo pasó, y Rob J. bebió una buena cantidad.

–¿había mucha gente recogiendo agua en Lima? – preguntó mientras le devolvía el termo.

–Oh, ésta no la cogí en Lima. Llené el termo en Marion, cuando nos detuvimos a cargar combustible -respondió el vendedor.

El hombre se puso pálido cuando Rob J. le contó lo que había visto en la corriente de agua de Marion.

–¿Entonces enfermaremos?

–No se sabe. – Después de Gettysburg, Rob J. había visto a toda una compañía beber durante cuatro días de una fuente en la que después descubrieron a dos confederados muertos, pero no habían sufrido con secuencias importantes. Se encogió de hombros-. No me sorprendería que dentro de unos días los dos tuviéramos diarreas.

–¿No podemos tomar algo?

–Un poco de whisky ayudaría, si pudiéramos conseguirlo.

–De eso me ocupo yo -le aseguró Harrison, y se marchó a toda prisa en busca del revisor.

Cuando regresó, sin duda con el billetero mucho más vacio, llevaba una botella grande con dos tercios de whisky. La bebida era suficientemente fuerte para que surtiera efecto, comentó Rob J. después de probarla. Cuando se despidieron en South Bend, Indiana, un poco mareados, cada uno estaba convencido de que el otro era un individuo fantástico, y se saludaron con un caluroso apretón de manos. Rob llegó a Gary antes de darse cuenta de que no conocía el nombre de pila de Harrison.

Llegó a Rock Island a primera hora de la mañana, con la fresca, mientras soplaba el viento desde el río. Se alegró de bajar del tren y caminó por la ciudad con la maleta en la mano sana. tenía la intención de alquilar un caballo y un cabriolé, pero enseguida se encontró con George Cliburne, quien le dio la mano, le palmeó la espalda e insistió en llevarlo a Holden's Crossing personalmente, en su calesa.

Cuando Rob J. atravesó la entrada de la granja, Sarah estaba sentándose para tomar el huevo del desayuno y la galleta del día anterior, y lo miró sin decir una palabra y se echó a llorar. Se abrazaron.

–¿Estás malherido?

El le aseguró que no.

–Estás muy delgado.

Le dijo que le prepararía el desayuno, pero él le aseguró que lo tomaría más tarde. Empezó a besarla, y estaba tan ansioso como un niño. Quería

hacerle el amor en la mesa, o en el suelo, pero ella le dijo que ya era hora de que volviera a su cama, y él la siguió escalera arriba. Al llegar a la habitación, ella lo hizo esperar hasta que estuvieron desnudos.

–Necesito darme un buen baño -dijo él, nervioso; pero ella respondió en un susurro que el baño también podía esperar.

Todos esos años, la enorme fatiga y el dolor de la herida desaparecieron con sus ropas. Se besaron y se exploraron mutuamente con más ansia que la que habían sentido en aquel granero, después de casarse durante el Gran Despertar, porque ahora sabían qué era lo que les había faltado. La mano sana de Rob encontró el cuerpo de ella y sus dedos hablaron por él.

Finalmente, Sarah no pudo mantenerse en pie, se apoyó en el brazo de Rob, y él se encogió de dolor.

Sarah miró la herida y lo ayudó a volver a poner el brazo en el cabestrillo y lo hizo tenderse en la cama boca arriba mientras ella se ocupaba de todo, y cuando hicieron el amor, Rob J. gritó varias veces, una de ellas porque el brazo le dolía.

Se sentía auténticamente contento no sólo de estar junto a su esposa sino de poder ir al establo a darles manzanas secas a los caballos y ver que ellos lo recordaban; y de encontrarse con Alden, que arreglaba unas vallas, y ver la enorme alegría reflejada en el rostro del anciano; y de recorrer el Camino Corto que cruzaba el bosque hasta el río y detenerse a arrancar las hierbas de la tumba de Makwa; y de sentarse con la espalda apoyada en un árbol, cerca de donde había estado el hedonoso-te, y contemplar las aguas que se deslizaban serenamente, sin que nadie llegara desde la otra orilla gritando como los animales ni le disparara.

A última hora de la tarde recorrió con Sarah el sendero que había entre su casa y la de los Geiger. Lillian también se echó a llorar al verlo, y lo besó en la boca. Le dijo que lo último que sabía de Jason era que estaba sano y salvo, y que trabajaba como administrador de un enorme hospital que se encontraba a orillas del río James.

–Estuve muy cerca de allí -comentó Rob J.-. Sólo a un par de horas de viaje.

Lillian asintió.

–Dios quiera que él también regrese pronto a casa -dijo en tono seco, y no pudo evitar mirar el brazo de Rob J.

Sarah no quiso quedarse a cenar. Se negaba a compartir a Rob J.

Sólo pudo estar a solas con él un par de días, porque al tercero por la mañana se había extendido la noticia de que había regresado, y la gente empezó a llegar a su casa, algunos sólo para darle la bienvenida, pero muchos más para hacer girar casualmente la conversación en torno a un furúnculo en la pierna, o una fuerte tos, o un dolor de estómago que no se calmaba. El tercer día, Sarah capituló. Alden ensilló a Boss, y Rob J. visitó media docena de sus antiguos pacientes.

Tobías Barr había abierto un dispensario en Holden's Crossing, donde atendía casi todos los miércoles; pero la gente sólo iba a verlo en los casos de mayor urgencia, y Rob J. se encontró con el mismo tipo de problemas que había descubierto al llegar por primera vez a Holden's Crossing hernias descuidadas, dentaduras cariadas, toses crónicas.

Cuando pasó por casa de los Schroeder les dijo que se sentía aliviado de ver que Gustav no había perdido más dedos trabajando en la granja, lo cual era verdad aunque lo dijera en tono de broma. Alma le dio café mezclado con achicoria y mandelbrot, y lo puso al corriente de las novedades del lugar, algunas de las cuales lo entristecieron. Hans Grueber había caído muerto en su campo de trigo el agosto anterior.

–El corazón, supongo -comentó Gus.

Y Suzy Gilbert, que siempre insistía en que Rob J. se quedara a tomar sus pesadas tortas de patata, había muerto durante el parto, hacia un mes.

En el pueblo había personas nuevas, familias de Nueva Inglaterra y del Estado de Nueva York. Y tres familias católicas, recién llegadas de Irlanda.

–Ni siquiera saben hablar su idioma -sentenció Gus, y Rob no pudo ocultar una sonrisa.

Por la tarde guió al caballo por el sendero de entrada del convento de San Francisco de Asís, pasando junto a lo que ahora era un respetable rebaño de cabras.

Miriam la Feroz lo saludó radiante de alegría. El se sentó en la silla del obispo y le contó lo que le había ocurrido.

Ella pareció profundamente interesada al oírle hablar de Lanning Ordway y de la carta que éste había escrito al reverendo David Goodnow, de Chicago.

Le pidió permiso para copiar el nombre y la dirección de Goodnow.

–Hay personas que se alegrarán de recibir esta información -le aseguró la madre superiora.

Después le habló de su mundo. El convento prosperaba. había cuatro monjas nuevas y dos novicias. Ahora los laicos iban al convento para el culto dominical. Si seguían asistiendo, pronto existiría una iglesia católica.

Rob J. supuso que ella esperaba una visita, porque sólo hacía unos minutos que había llegado cuando la hermana Mary Peter Celestine les sirvió una fuente con galletas recién horneadas y un excelente queso de cabra.

Y café de verdad, el primero que probaba después de más de un año, con cremosa leche de cabra para aclararlo.

–¿La cría engordada, reverenda madre?

–Es fantástico tenerlo otra vez en casa -dijo ella.

Se sentía cada día más fuerte. No se excedía, dormía hasta tarde, comía bien y con placer, se paseaba por la granja. Por la tarde visitaba a unos pocos pacientes.

No obstante, tenía que volver a acostumbrarse a la buena vida. Al séptimo día de estar en casa, le dolían las piernas, los brazos y la espalda.

Se rió y le dijo a Sarah que no estaba acostumbrado a dormir en una cama.

A primeras horas de la mañana, cuando estaba acostado en la cama, sintió el retortijón de estómago e intentó pasarlo por alto porque no quería levantarse. Finalmente tuvo que hacerlo, y estaba en mitad de la escalera cuando empezó a dar bandazos y a correr, y Sarah se despertó.

No logró llegar al retrete; se detuvo a un lado del sendero y se agachó entre la maleza como un soldado borracho, gruñendo y gimiendo mientras sus intestinos se vaciaban como en un estallido.

Ella lo había seguido hasta fuera, y él lamentó que lo viera en ese trance.

–¿Qué te ocurre? – le preguntó Sarah.

–El agua… en el tren-dijo Rob J. jadeando.

Por la noche tuvo tres episodios más. Por la mañana se administró aceite de ricino para eliminar la enfermedad de su organismo, y esa noche, al ver que el malestar no lo abandonaba, tomó sulfato de magnesio. Al día siguiente empezó a arder de fiebre y comenzaron los terribles dolores de cabeza, y supo lo que tenía antes de que Sarah lo desnudara esa noche para bañarlo y vieran las manchas rojas de su abdomen.

Ella se mostró decidida cuando él se lo dijo.

–Bueno, hemos cuidado gente con fiebre tifoidea en otras ocasiones y los hemos salvado. Dime qué dieta debes hacer.

Le producía náuseas pensar en la comida, pero se lo dijo.

–Caldo de carne cocida con verduras, si es que consigues alguna.

Zumos de fruta. Aunque en esta época del año…

Aún quedaban algunas manzanas en un cajón del sótano, y Sarah dijo que Alden las trituraría. Sarah se mantuvo ocupada todo el tiempo para no preocuparse, pero al cabo de veinticuatro horas se dio cuenta de que necesitaba ayuda porque entre el orinal, los cambios constantes de ropa, los baños para combatir la fiebre y el hervir la ropa sucia apenas había podido dormir un rato. Envió a Alden al convento católico para pedir ayuda a las monjas enfermeras. Se presentaron dos -Sarah ya había oído decir que siempre trabajaban en parejas-, una monja joven con cara de niña, llamada hermana Mary Benedicta, y una mujer mayor, alta y de nariz larga, que dijo ser la madre Miriam Ferocia. Rob J. abrió los ojos y sonrió al verlas, y Sarah se fue al dormitorio de los chicos y durmió durante seis horas.

La habitación del enfermo estaba ordenada y olía bien. Las monjas eran enfermeras eficaces. A los tres días de estar en casa de Rob J. le bajó la fiebre. Al principio las tres mujeres se alegraron, pero la mayor le enseñó a Sarah que las deposiciones empezaban a ser sanguinolentas, y ella envió a Alden a Rock Island a buscar al doctor Barr.

Cuando llegó el doctor Barr, las deposiciones estaban compuestas casi totalmente de sangre, y Rob J. se veía muy pálido. habían pasado ocho días desde el primer retortijón.

–Ha avanzado muy rápidamente -le comentó el doctor Barr, como si estuvieran en una reunión de la Asociación de Médicos.

–A veces ocurre -coincidió Rob J.

–¿Quinina, tal vez, o calomelanos? – sugirió el doctor Barr-. Algunos creen que es como la malaria.

Rob J. opinó que la quinina y el calomelanos eran inútiles.

–La fiebre tifoidea no es como la malaria -dijo haciendo un esfuerzo Tobías Barr no tenía tanta experiencia como Rob J. en anatomía, pero ambos sabían que una hemorragia grave significaba que los intestinos estaban llenos de perforaciones causadas por la fiebre tifoidea, y que las úlceras se harían más pronunciadas en lugar de mejorar. No eran necesarias demasiadas hemorragias.

–Podría dejarle un poco de polvos de Dover -arriesgó el doctor Barr.

Los polvos de Dover eran una mezcla de ipecacuana y opio. Rob J.

sacudió la cabeza y el doctor Barr comprendió que quisiera mantenerse

consciente todo el tiempo que le fuera posible, en su habitación, en su propia casa.

Para el doctor Barr era más fácil que el paciente no supiera nada, así podía dejarle la esperanza dentro de un frasco, con instrucciones acerca de cuándo tomarla. Palmeó el hombro de Rob J. y dejó la mano allí durante breves instantes.

–Volveré mañana -dijo serenamente.

había pasado por esto infinidad de veces; pero su mirada estaba transida de pesar.

–¿No podemos ayudarla en nada más? – le preguntó Miriam Ferocia a Sarah.

Sarah dijo que ella era baptista, pero las tres se arrodillaron en el pasillo, junto al dormitorio, y rezaron juntas. Esa noche Sarah le dio las gracias a las monjas y les dijo que podían marcharse.

Rob J. descansó tranquilamente hasta la medianoche, cuando tuvo una pequeña hemorragia. Le había prohibido a Sarah que dejara entrar al pastor, pero ahora ella volvió a preguntarle si quería hablar con el reverendo Blackmer.

–No, puedo hacerlo tan bien como Ordway -dijo con voz clara.

–¿Quién es Ordway? – preguntó Sarah, pero él parecía demasiado cansado para responder.

Ella se sentó junto a la cama. Rob J. enseguida estiró la mano y ella se la cogió, y ambos cayeron en un sueño ligero. Exactamente antes de las dos de la madrugada, ella se despertó y enseguida notó que la mano de él estaba fría.

Se quedó sentada a su lado durante un rato, y luego se obligó a levantarse. Encendió las lámparas y lavó a Rob J. por última vez, enjuagando la última hemorragia que le había arrebatado la vida. Lo afeitó e hizo todo lo que él le había enseñado a hacer por los demás durante todos esos años, y lo vistió con el mejor traje. Ahora le quedaba demasiado grande, pero sabía que no importaba.

Como buena esposa de un médico, recogió la ropa interior que estaba demasiado manchada de sangre para hervirla, y la envolvió en una sábana para quemarla. Luego calentó agua y se preparó un baño en el que se frotó con jabón tosco, mientras lloraba.

Al despuntar el día, estaba vestida con ropa limpia y sentada junto a la puerta de la cocina. En cuanto oyó que Alden abría la puerta del establo,

salió a buscarlo y le dijo que su esposo había muerto, y le dio un mensaje para llevar a la oficina de telégrafos, pidiéndole a su hijo que regresara a casa.

SEXTA PARTE

Médico rural

2 de mayo de 1864

Consejeros

Curiosamente, al despertar, Chamán quedó abrumado por dos emociones contradictorias: la viva y amarga realidad de que su padre ya no estaba, y la conocida seguridad del hogar, como si cada parte de su cuerpo y de su mente hubiera quedado fundida con la imagen que tenía de ese lugar y se hubiera deslizado en su vacío, llenándolo con absoluta naturalidad.

Conocía aquellas sensaciones: el estremecimiento de la casa antes de que soplara el viento de la llanura, el tacto de la almohada y las sábanas ásperas contra su piel, los aromas del desayuno que se deslizaban escalera arriba y lo obligaban a bajar, incluso aquel resplandor del sol amarillo y caliente sobre el rocío de la hierba del patio.

Cuando salió del retrete, sintió la tentación de recorrer el sendero hasta el río, pero aún tendrían que pasar varias semanas para que el agua estuviera bastante caliente para nadar.

Mientras regresaba a la casa, Alden salió del granero y le hizo señas de que se detuviera.

–¿Cuánto tiempo te quedarás, Chamán?

–No estoy seguro, Alden.

–Bueno, el caso es que… hay un montón de barreras para plantar alrededor de los pastos. Doug Penfield ya ha abierto las franjas de tierra, pero con todo lo que ha ocurrido nos hemos retrasado en el cuidado de los corderos añales, y en unas cuantas cosas más. Tú podrías ayudarme a plantar los naranjas de Osage. Te llevaría más o menos cuatro días.

Chamán sacudió la cabeza.

–No, Alden, no puedo.

Al ver la expresión de enfado del anciano sintió la culposa necesidad de darle una explicación, pero se resistió. Alden aún lo veía como el hijo menor del jefe al que había que decirle lo que debía hacer, el sordo que no era tan buen granjero como Alex. La negativa constituía un cambio en la situación de ambos, e intentó suavizar la cosa.

–Tal vez pueda trabajar en la granja dentro de un par de días.

Pero si no es así, tú y Doug tendréis que arreglaros solos -añadió, y Alden se marchó con el ceño fruncido.

Chamán y su madre intercambiaron sonrisas cautelosas mientras él se acomodaba en su silla. Habían aprendido a hablar de cosas sin importancia, para no correr riesgos. El elogió la salchicha y los huevos de la granja, dijo que estaban muy bien cocinados y que no había tomado un desayuno como aquél desde que se había marchado de casa.

Ella comentó que el día anterior había visto tres garzas azules mientras iba a la ciudad.

–Creo que este año hay más que nunca. Tal vez hayan salido espantadas de otros sitios debido a la guerra -agregó.

Chamán había estado levantado hasta tarde leyendo el diario de su padre. Le hubiera gustado preguntarle unas cuantas cosas a su madre, y pensó que era una pena no poder hacerlo.

Después del desayuno pasó un buen rato leyendo los historiales de los pacientes de su padre. Nadie llevaba archivos médicos más detallados que Robert Judson Cole. Agotado o no, siempre había completado los historiales antes de irse a dormir, y gracias a eso Chamán pudo hacer una detallada lista de todas las personas a las que había atendido en los días posteriores a su regreso. Le preguntó a su madre si podía disponer de Boss y del cabriolé durante ese día.

–Quiero visitar a los pacientes de papá. La fiebre tifoidea es una enfermedad que se propaga fácilmente.

Ella asintió.

–Me parece una buena idea que te lleves el caballo y el coche.

¿Y tu comida? – le preguntó.

–Me llevaré en el bolsillo un par de esos bollos tuyos.

–El solía hacer lo mismo -dijo ella débilmente.

–Lo sé.

–Yo te prepararé una buena comida.

–Como quieras, mamá.

Se acercó a ella y la besó en la frente. Sarah se quedó quieta pero cogió la mano de su hijo y la apretó con fuerza. Cuando la soltó, Chamán volvió a quedar impresionado por su belleza.

La primera casa en la que se detuvo fue la de un granjero llamado William Bemis que se había lesionado la espalda ayudando a parir un

ternero. Bemis cojeaba y tenía el cuello torcido, aunque dijo que su espalda había mejorado.

–Pero se me está terminando ese linimento apestoso que tu padre me dejaba.

–¿Ha tenido fiebre, señor Bemis?

–En absoluto. Sólo me duele la espalda, ¿por qué iba a tener fiebre?

–Miró a Chamán con el ceño fruncido-. ¿Vas a cobrarme la visita? Yo no he llamado a ningún médico.

–No, señor, no le cobraré nada. Me alegro de que se encuentre mejor -le aseguró Chamán, y le dejó un poco más de linimento para que se quedara satisfecho.

Intentó hacer algunas paradas que imaginaba que habría hecho su padre para saludar a los viejos amigos. Llegó a casa de los Schroeder poco después del mediodía.

–A tiempo para la comida -le dijo Alma entusiasmada, y frunció los labios con desdén cuando él le dijo que se había llevado la comida de su casa.

Seguir: parte 3 de 3