Chaman

Noah Gordon · Capítulo 6 de 8 · parte 3/3

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Chaman

A mediados de mayo empezó a hacer…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–Bueno, tráela y siéntate a la mesa con nosotros-propuso Alma, y él aceptó, contento de tener compañía.

Sarah le había preparado rodajas de cordero frío, un boniato cocido y tres bollos abiertos y untados con miel.

Alma llevó a la mesa una fuente con codornices fritas y empanadas de melocotón.

–No vas a rechazar las empanadas que hice con mi última confitura -le advirtió ella, y Chamán cogió dos y una ración de codornices-. Tu padre sabía que no debía traer nada cuando venia a mi casa a la hora de la comida

-le dijo Alma algo molesta. Lo miró a los ojos-. ¿Ahora te quedarás en Holden's Crossing y serás nuestro médico?

La pregunta lo desconcertó. Era una pregunta normal, una pregunta que él mismo tendría que haberse hecho, la misma que había estado eludiendo.

–Bueno, Alma…, no lo he pensado muy bien -repuso en tono poco convincente.

Gus Schroeder se inclinó hacia delante y, como si estuviera confiándole un secreto, le susurró:

–¿Por qué no lo piensas?

A media tarde, Chamán estaba en casa de los Snow. Edwin Snow cultivaba trigo en una granja del extremo norte de la población, el lugar de

Holden's Crossing más alejado de la granja de los Cole. Snow era uno de los que había enviado a buscar al doctor Cole cuando se enteró de su regreso, porque se le había infectado un dedo del pie. Chamán lo encontró caminando de un lado a otro, sin cojear.

–Oh, tengo el pie estupendamente -dijo contento-. Tu padre le dijo a Tilda que lo sujetara mientras él lo abría con su cuchillo, usando la mano sana, que la tenía firme como una roca. Me hice baños de sal para quitar toda la porquería como él me dijo. Pero es curioso que hayas venido hoy.

Tilda no se encuentra bien.

Encontraron a la señora Snow dando de comer a las gallinas; parecía que no tuviera fuerzas ni para tirarles el maíz. Era una mujer alta y corpulenta, de cara coloradota, y reconoció que tenía “un poco de fiebre”.

Chamán se dio cuenta enseguida de que tenía bastante fiebre, y sintió el alivio de la mujer cuando él le ordenó que se metiera en la cama, aunque mientras caminaban hacia la casa ella no dejó de protestar y de decir que no era necesario.

La señora Snow le dijo que había pasado todo un día con un fuerte dolor de espalda, y que había perdido el apetito.

Chamán se sintió inquieto pero se esforzó en hablar con naturalidad, y le dijo que descansara un poco, que el señor Snow se ocuparía de las gallinas y de los demás animales. Les dejó un frasco de tónico y dijo que volvería a visitarlos al día siguiente. Snow intentó protestar cuando Chamán se negó a cobrarle, pero éste se mostró firme.

–No voy a cobrarle. La cosa sería distinta si yo fuera su médico.

Simplemente pasaba por aquí -le aseguró, incapaz de aceptar dinero por tratar una enfermedad que tal vez le había contagiado su padre.

La última parada que hizo aquel día fue en el convento de San Francisco de Asís.

La madre Miriam pareció realmente contenta de verlo. Cuando le pidió que se sentara, él eligió la silla de madera de respaldo recto en la que se había sentado las pocas veces que había ido al convento con su padre.

–Bueno -dijo ella-, ¿echando un vistazo a tu antiguo hogar?

–Hoy estoy haciendo algo más que eso. Estoy intentando ver si mi padre pudo contagiar la fiebre tifoidea a alguien de Holden's Crossing.

¿Usted o la madre Mary Benedicta han sentido algún síntoma?

La madre Miriam sacudió la cabeza.

–No. Y no creo que se presente ninguno. Estamos acostumbradas a cuidar personas con toda clase de enfermedades, como lo estaba tu padre.

Probablemente ahora a ti te ocurre lo mismo, ¿no?

–Si, me parece que si.

–Creo que el Señor cuida a las personas como nosotros.

Chamán sonrió.

–Espero que no se equivoque.

–¿Habéis visto muchos casos de fiebre tifoidea en tu hospital?

–Hemos visto algunos. Tenemos a los pacientes que sufren enfermedades contagiosas en un edificio separado, lejos de los demás.

–Me parece muy sensato -opinó-. Háblame de tu hospital.

Y él le habló del Hospital del Sudoeste de Ohio, empezando por el equipo de enfermeros, que era lo que a ella posiblemente le interesaría más, y siguiendo por el equipo médico y quirúrgico, y los patólogos.

Ella le hizo preguntas interesantes que lo estimularon a seguir hablando, y le habló también de su trabajo como cirujano con el doctor Berwyn, y como patólogo con Barney McGowan.

–Entonces has tenido una buena formación, y una buena experiencia.

¿Y ahora? ¿Te quedarás en Cincinnati?

Chamán le comentó lo que le había preguntado Alma Schroeder, y que no se había sentido preparado para responder.

La madre Miriam lo miró con interés.

–¿Y por qué te parece tan difícil responder?

–Cuando vivía aquí, siempre me sentía incompleto, era un chico sordo que crecía entre personas que oían perfectamente. Amaba y admiraba a mi padre y quería ser como él. Ansiaba ser médico, y trabajé y luché aunque todos, incluso él, decían que no lo lograría.

Mi sueño siempre fue convertirme en médico, y ahora estoy más allá del sueño. Ya no soy incompleto, y vuelvo a estar en el lugar que amo. Para mi, este lugar siempre pertenecerá al verdadero médico, a mi padre.

La madre Miriam asintió.

–Pero él ya no está, Chamán.

No respondió. Sintió el palpitar de su corazón, como si estuviera oyendo la noticia por primera vez.

–Quiero que me hagas un favor -le dijo ella. Señaló la silla de cuero-.

Siéntate allí, donde siempre se sentaba él.

De mala gana, con el cuerpo casi rígido, se levantó de la silla de madera y se sentó en la tapizada.

Ella aguardó un instante.

–No es tan incómoda, supongo.

–Es muy cómoda -respondió él.

–Y tú la llenas perfectamente bien. – La madre superiora esbozó una sonrisa y luego le dio un consejo casi idéntico al que le había dado Gus Schroeder-. Debes pensarlo -dijo.

En el camino de regreso se detuvo en casa de Howard y compró una botella de whisky.

–Lamento lo de tu padre -musitó Julian Howard, incómodo.

Chamán asintió, consciente de que Howard y su padre no se habían soportado jamás. Mollie Howard dijo que imaginaba que Mal y Alex habían logrado alistarse en el ejército confederado, porque no habían recibido una sola noticia de Mal desde que ambos se habían marchado.

–Supongo que si estuvieran en algún sitio a este lado de las lineas, uno u otro habría enviado alguna carta a su casa -dijo Mollie, y Chamán respondió que pensaba que tenía razón.

Después de cenar llevó la botella a la cabaña de Alden, como una oferta de paz. Incluso se sirvió un poco en uno de los vasos, porque sabía que a Alden no le gustaba beber solo cuando estaba con alguien.

Esperó a que Alden hubiera bebido unos cuantos tragos antes de encauzar la conversación hacia el tema de la granja.

–¿A qué se debe que este año tú y Doug Penfield tengáis tantos problemas para que el trabajo esté al día?

Alden respondió al instante.

–¡Hace mucho tiempo que se está retrasando! Apenas hemos vendido alguna oveja, salvo uno o dos añales a algún vecino para la comida de Pascua. Por eso todos los años el rebaño crece, y cada vez son más los animales que hay que limpiar y esquilar, y más los pastos cercados que hay que proporcionarles. Intenté que tu padre estudiara la situación antes de irse al ejército, pero nunca lo logré.

–Bueno, hablemos de este asunto ahora mismo. ¿Cuánto consigues por un kilo de vellón? – preguntó Chamán mientras sacaba del bolsillo una libreta y un lápiz.

Estuvieron casi una hora hablando de precios y calidades de lanas, de las posibilidades del mercado cuando concluyera la guerra, del terreno

necesario por cabeza, de los días de trabajo, y del costo diario.

Cuando concluyeron, Chamán tenía la libreta llena de garabatos.

Alden se había apaciguado.

–Ahora bien, si pudieras decirme que Alex regresará pronto, eso cambiaría el panorama, porque ese chico es una fiera trabajando. Pero la verdad es que podría estar muerto en cualquier sitio. Y sabes que tengo razón, Chamán.

–Si, es verdad. Pero a menos que me entere de lo contrario, pienso que sigue vivo.

–Bueno, claro. Pero será mejor que no cuentes con él cuando planifiques el trabajo, eso es todo.

Chamán lanzó un suspiro y se levantó para marcharse.

–Te diré una cosa, Alden. Mañana por la tarde tengo que volver a salir, pero dedicaré toda la mañana a los naranjos de Osage -anunció.

A la mañana siguiente salió al campo temprano, vestido con ropa de trabajo. Era un día excelente para trabajar al aire libre, un día seco y ventoso con el cielo lleno de nubes inofensivas. Hacia mucho tiempo que no realizaba ninguna actividad física, y antes de terminar de cavar el primer agujero sintió los músculos agarrotados.

Sólo había colocado tres plantas cuando su madre llegó a la pradera montando a Boss, seguida por un sueco llamado Par Swanson, que se dedicaba a cultivar remolachas, y al que Chamán apenas conocía.

–¡Es mi hija! – gritó el hombre antes de llegar a donde estaba Chamán-.

Creo que se ha roto el cuello.

Chamán cogió el caballo de su madre y siguió al hombre. Tuvieron que cabalgar casi un cuarto de hora para llegar a casa de los Swanson.

Por la breve descripción del hombre imaginó lo que iba a encontrar, pero se dio cuenta enseguida que la pequeña estaba viva aunque con muchos dolores.

Selma Swanson era una niñita muy rubia, que aún no tenía tres años.

Le gustaba subir con su padre en el distribuidor de estiércol. Esa mañana los caballos de su padre habían sorprendido a un enorme halcón que había bajado hasta el campo para comerse un ratón. El halcón levantó el vuelo súbitamente, espantando a los caballos. Cuando éstos saltaron hacia delante, Selma perdió el equilibrio y cayó. Mientras luchaba por dominar a los animales, Par vio que su hija se había golpeado con un ángulo del distribuidor en el momento de caer.

–Me miraba a mí, y se golpeó el cuello -dijo el padre.

La niñita se sujetaba el brazo izquierdo con la mano derecha, contra el pecho.

tenía el hombro izquierdo adelantado.

–No- lo corrigió Chamán después de examinar a la pequeña-. Es la clavícula.

–¿Está rota? – preguntó la madre.

–Bueno, un poco doblada, y tal vez algo astillada, pero no hay por qué preocuparse. Sería grave si le hubiera ocurrido a usted, o a su marido. Pero a la edad de la niña los huesos se curvan como ramas verdes y se curan con gran rapidez.

La clavícula había quedado lesionada no muy lejos de su unión con el omóplato y el esternón. Con unos trapos que le proporcionó la señora Swanson hizo un pequeño cabestrillo para el brazo izquierdo de Selma, y después de colocarlo en él, ató todo al cuerpo con otro trapo para impedir que la clavícula se moviera.

La niña ya se había calmado cuando él terminó de beber el café que la señora Swanson había calentado en el hornillo.

Chamán se encontraba a poca distancia de varios de los pacientes que tenía que visitar ese día, y no tenía sentido regresar a su casa y volver a salir, de modo que empezó las visitas en ese momento.

Una mujer llamada Royce, la esposa de uno de los nuevos colonos, le dio pastel de carne para comer. Empezaba a caer la tarde cuando regresó a la granja.

Al pasar por el campo en el que había empezado a trabajar esa mañana, vio que Alden había puesto a Doug Penfield a trabajar en la barrera, y que una larga y admonitoria linea de brotes de naranjo de Osage se extendía por la pradera.

El padre reservado

–No lo permita Dios -susurró Lillian.

Ninguno de los Geiger había mostrado síntomas de fiebre tifoidea, dijo.

Chamán observó que el rostro de Lillian reflejaba el esfuerzo de llevar la granja, la casa y la familia sin la ayuda de su esposo. Aunque el negocio de boticario se había resentido, ella aún trabajaba en algunos aspectos del negocio farmacéutico de Jason, importaba medicamentos para Tobias Barr y Julius Barton.

–El problema es que Jay solía conseguir mucho material en la empresa farmacéutica que su familia tenía en Charleston. Y ahora, por culpa de la guerra, Carolina del Sur está apartada de nosotros, por su puesto -le comentó a Chamán mientras le servia el té.

–¿Has recibido alguna noticia de Jason?

–Ultimamente no.

Lillian pareció incómoda cuando Chamán le hizo preguntas sobre Jason, pero él comprendió que se mostrara reacia a hablar demasiado de su esposo por temor a revelar algo que pudiera perjudicarlo, o a revelar información militar, o a poner en peligro a su familia. Para una mujer resultaba difícil vivir en un estado de la Unión mientras su esposo trabajaba en Virginia con los confederados.

Lillian se sintió más relajada cuando hablaron de la carrera médica de Chamán. Ella estaba al tanto de sus progresos en el hospital y de las ofertas que le habían hecho allí. Evidentemente, Sarah había comentado con ella las noticias que él transmitía en sus cartas.

–Cincinnati es un sitio muy cosmopolita -apuntó Lillian-. Sería fantástico que hicieras tu carrera allí, que enseñaras en la facultad de medicina, que ejercieras tu profesión. Jay y yo estamos muy orgullosos de ti. – Cortó rebanadas delgadas y perfectas de tarta de café y se las sirvió en el plato-. ¿Tienes idea de cuándo regresarás?

–No estoy seíuro.

–Chamán. – Puso una mano sobre la de él y se inclinó hacia delante-.

Regresaste cuando murió tu padre, y te has ocupado de todo maravillosamente bien. Ahora debes empezar a pensar en ti, y en tu carrera.

¿Sabes lo que tu padre habría querido que hicieras?

–¿Qué, tía Lillian?

–Tu padre habría querido que regresaras a Cincinnati y reanudaras tu carrera. ¡Debes volver allí lo más pronto posible! – dijo ella en tono solemne.

Sabía que Lillian tenía razón. Si iba a marcharse, sería mejor que lo hiciera sin demora. Todos los días tenía que visitar una casa diferente, porque la gente lo llamaba, como reacción al hecho de que en Holden's Crossing volvía a haber médico. Cada vez que trataba un paciente era como si quedara atado por un finísimo hilo. Esos hilos podían romperse, ciertamente; cuando él se fuera, el doctor Barr podía ocuparse del tratamiento de cualquiera que siguiera necesitando cuidados médicos. Pero

aumentaba su sensación de que había cosas allí que no deseaba dejar inconclusas.

Su padre guardaba una lista de nombres y direcciones, y Chamán la leyó cuidadosamente. Le comunicó la muerte de su padre a Oliver Wendell Holmes, de Boston, y a su tío Herbert, al que nunca había visto, y que nunca más tendría que preocuparse de que su hermano mayor regresara a Escocia a reclamar sus tierras.

Chamán dedicaba todos sus momentos libres a la lectura de los diarios, cautivado por las visiones momentáneas de su padre, que le resultaban interesantes y desconocidas. Rob J. Cole había escrito sobre la sordera de su hijo con angustia y ternura, y mientras leía, Chamán sentía todo su gran amor. El dolor de su padre al escribir sobre la muerte de Makwa-ikwa, y la muerte posterior de Viene Cantando y de Luna, reavivó sentimientos que habían quedado enterrados profundamente.

Volvió a leer el informe de su padre sobre la autopsia de Makwa-ikwa, por si había pasado algo por alto en las anteriores lecturas, y trató de determinar si su padre había omitido algo en su examen, y si él habría hecho algo diferente en caso de que hubiera realizado la autopsia.

Cuando cogió el volumen correspondiente al año 1853, quedó atónito.

En el cajón del escritorio de su padre encontró la llave del cobertizo cerrado que había detrás del granero. La cogió y la llevó al granero, y una vez allí abrió la enorme cerradura y entró. Era simplemente el cobertizo, un sitio en el que había estado cientos de ve ces. En las estanterías de la pared había provisiones de medicamentos, tónicos y otros específicos, y ramilletes de hierbas secas colgados de las vigas, legado de Makwa. Aún seguía allí la vieja estufa de leña, no muy lejos de la mesa de las autopsias, donde tantas veces había ayudado a su padre. De unos clavos de las paredes colgaban cacerolas y cubos, y de otro que había en un tronco todavía colgaba el viejo jersey marrón de Rob J.

El cobertizo no había sido barrido ni limpiado desde hacía varios años.

Había telarañas por todas partes, pero Chamán no hizo caso. Se acercó al lugar de la pared que le pareció el correcto, pero cuando tiró de la tabla, ésta se mantuvo firme. En la parte de delante del establo había una palanca, pero no fue necesario ir a buscarla porque cuando tocó la tabla contigua se soltó fácilmente, junto con otras.

Fue como mirar dentro de una cueva. El interior estaba muy oscuro, y sólo entraba una luz natural grisácea por una ventana pequeña y llena de

polvo. Primero abrió la puerta grande del cobertizo, pero la luz seguía siendo pobre, así que cogió la lámpara, que aún contenía un poco de aceite, y la encendió.

Cuando la acercó a la abertura, arrojó sombras vacilantes al interior de la habitación secreta.

Chamán se agachó y entró. Su padre la había dejado limpia. Aún había un bol, una taza y una manta pulcramente doblada que Chamán recordó haber visto en su casa durante mucho tiempo. El sitio resultaba pequeño para Chamán, que era tan corpulento como había sido su padre.

Sin duda algunos de los esclavos fugitivos también habían sido corpulentos.

Apagó la lámpara y se quedó a oscuras en ese espacio secreto. Intentó imaginar que la entrada estaba cerrada con los tablones, y que el mundo exterior era un sabueso ladrador que lo perseguía. Que sólo podía elegir entre ser un animal de carga o un animal cazado.

Cuando salió instantes después, cogió el viejo jersey marrón y se lo puso, a pesar de que ya hacia bastante calor. Conservaba el olor de su padre.

Pensó que todo ese tiempo, durante todos esos años en los que él y Alex habían vivido en la casa y se habían peleado y hecho travesuras, y se habían confiado sus necesidades y deseos, su padre había guardado este inmenso secreto, había vivido esta experiencia solo. Ahora Chamán sintió la abrumadora necesidad de hablar con Rob J., de compartir la experiencia, de hacerle preguntas, de expresarle su amor y admiración. En su habitación del hospital había llorado al recibir el telegrama que anunciaba la muerte de su padre. Pero se había mostrado imperturbable en el tren, y fuerte durante y después del funeral, pensando en su madre.

Ahora apoyó la espalda contra la pared del cobertizo, junto a la habitación secreta, y se deslizó hacia abajo hasta quedar sentado en el suelo como un niño, y como un niño que llama a su padre se entregó a la pena con la convicción de que su silencio iba a ser más solitario que nunca.

Una criatura con crup

Dios no lo permitió. No hubo más casos de fiebre tifoidea en Holden's Crossing. habían pasado dos semanas, y no había aparecido sarpullido en el cuerpo de Tilda Snow. La fiebre le había bajado enseguida, sin que se presentara hemorragia ni ninguna señal de pérdida de sangre, y una tarde en que Chamán fue a la granja de los Snow encontró a la mujer lavando los cerdos.

–Fue una gripe muy fuerte, pero se ha curado -le dijo a su esposo.

Si esta vez Snow hubiera querido pagarle, él habría aceptado el dinero, pero en lugar de pagarle el granjero le entregó un par de gansos que había matado, vaciado, desplumado y manido especialmente para Chamán.

–Tengo una hernia desde hace tiempo y me molesta -le informó Snow.

–Bien, déjeme echar un vistazo.

–No querría empezar ahora, que viene la siega del heno.

–¿Cuándo habrá terminado? ¿Dentro de un mes y medio?

–más o menos.

–Venga a verme entonces, al dispensario.

–¿Qué? ¿Aún estarás aquí?

–Si -le respondió con una amplia sonrisa, y así fue como decidió que se quedaría para siempre: serenamente y sin angustias, sin saber si quiera que había tomado la decisión.

Le dio a su madre los gansos y le sugirió que invitara a Lillian y a sus hijos a comer. Pero Sarah dijo que no era el momento adecuado para que Lillian fuera a comer, y que pensaba que sería mejor que se comieran las aves ellos solos, simplemente ellos dos y los dos jornaleros.

Esa noche Chamán escribió dos cartas: una a Barney McGowan y otra a Lester Berwyn, expresándoles su agradecimiento por todo lo que habían hecho por él en la facultad de medicina y en el hospital, y explicandoles que renunciaba a su cargo en el hospital para poder hacerse cargo de los pacientes de su padre en Holden's Crossing. Le escribió a Tobías Barr a Rock Island, dándole las gracias por haber dedicado los miércoles a Holden's Crossing. Añadió que a partir de ese momento estaría constantemente en Holden's Crossing, y le pidió al doctor Barr que apoyara su solicitud de ingreso en la Asociación de Médicos del Distrito de Rock Island.

Le comunicó su decisión a su madre en cuanto terminó de escribir las cartas, y vio la alegría y el alivio de ella al saber que no iba a estar sola. Se acercó a él rápidamente y lo besó en la mejilla.

–Se lo diré a las mujeres de la iglesia -le aseguró, y Chamán sonrió, porque sabía que no había necesidad de hacer ningún otro tipo de anuncio.

Se sentaron, hablaron e hicieron planes. El usaría el dispensario y el cobertizo del granero, como había hecho su padre, dedicando las mañanas al dispensario y las tardes a las visitas domiciliarias. Mantendría los

honorarios que su padre había establecido, pues aunque no eran elevados siempre les habían permitido vivir cómodamente.

había pensado en los problemas de la granja, y Sarah escuchó mientras él le comentaba sus ideas, y luego asintió mostrando su total acuerdo.

A la mañana siguiente, Chamán se sentó en la cabaña de Alden y bebió un café espantoso mientras le explicaba lo que habían decidido hacer para reducir el rebaño.

Alden escuchó con atención, sin apartar los ojos de Chamán mientras chupaba y volvía a encender la pipa.

–Supongo que sabes lo que estás diciendo, ¿no? ¿Sabes que el precio de la lana va a mantenerse por las nubes mientras dure la guerra, y que un rebaño reducido os dará menos beneficios que los que obtenéis ahora?

Chamán asintió.

–Mi madre y yo pensamos que la otra alternativa es tener un negocio más grande que exige más trabajadores y más administración, y ninguno de los dos quiere eso. Mi profesión es la medicina, no la cría de corderos. Pero tampoco nos gustaría que la granja de los Cole se quedara sin corderos. Así que querríamos examinar bien el rebaño y separar los mejores productores de lana y conservar esos ejemplares y criar los. Escogeremos el rebaño todos los años para producir lana cada vez mejor, y así mantendremos buenos precios. Sólo tendremos el número de corderos que tú y Doug Penfield estéis en condiciones de cuidar.

Alden estaba radiante.

–Bueno, eso me parece una decisión maravillosa -afirmó, y volvió a llenar la jarra de Chamán con el espantoso café.

A veces para Chamán era muy duro leer el diario de su padre, demasiado doloroso internarse en su cerebro y en sus emociones. En algunas ocasiones lo dejaba de lado durante toda una semana, pero siempre volvía a cogerlo, necesitaba leer las siguientes páginas porque sabía que serían su último contacto con su padre. Cuando terminara de leer el diario, no tendría más información sobre Rob J. Cole, sólo recuerdos.

Fue un mes de junio lluvioso y un verano raro; todo llegó de forma prematura, las cosechas y las frutas, las plantas de los bosques. Estalló la población de conejos y liebres; los animales estaban en todas partes, mordisqueaban la hierba que crecía junto a la casa y se comían las lechugas y las flores del jardín de Sarah Cole. Las lluvias hicieron difícil segar el heno, y campos enteros de forraje se pudrían en la tierra, sin poder secarse,

lo que produjo una abundante población de insectos que picaban a Chamán cuando salía a hacer sus visitas. A pesar de eso, le parecía maravilloso ser el médico de Holden's Crossing. Había disfrutado ejerciendo la medicina en el hospital de Cincinnati; cuando necesitaba ayuda o palabras tranquilizadoras de un médico mayor, todo el personal lo apoyaba y se ponía a su disposición. Aquí estaba solo y no tenía idea de lo que encontraría al día siguiente. Esa era la esencia de la práctica de la medicina, y a él le apasionaba.

Tobías Barr le comunicó que la Asociación de Médicos del Distrito se había disuelto porque la mayor parte de sus miembros habían ido a la guerra. Sugirió que mientras tanto se reunieran una noche al mes con Julius Barton para cenar y hablar de temas profesionales, y celebraron la primera reunión con verdadero placer; el principal tema de conversación fue el sarampión, que había estallado en Rock Island pero no en Holden's Crossing. Coincidieron en que era necesario recalcar a los pacientes jóvenes y viejos que no debían rascar ni romper las pústulas, por muy irritantes que resultaran, y que el tratamiento debía incluir ungüentos suavizantes, bebidas refrescantes y polvos de Seidlitz. Los otros dos médicos se mostraron interesados cuando Chamán les comentó que en el hospital de Cincinnati el tratamiento incluía gárgaras de alumbre en los casos en que había complicaciones respiratorias.

A la hora de los postres, la conversación derivó hacia la política. El doctor Barr era uno de los muchos republicanos que pensaba que el enfoque de Lincoln con respecto al Sur era demasiado blando. El apoyaba el Proyecto de Ley de Reconstrucción Wade-Davis, que reclamaba severas medidas de castigo contra el Sur cuando concluyera la guerra, y que la Cámara de Representantes había aprobado a pesar de las objeciones de Lincoln. Animados por Horace Greeley, los republicanos disidentes se habían reunido en Cleveland y habían acordado nombrar su propio candidato presidencial, el general John Charles Fremont.

–¿Cree usted que el general tiene posibilidades de derrotar a Lincoln?-

preguntó Chamán.

El doctor Barr sacudió la cabeza con expresión pesimista.

–Si aún hay guerra, no. No hay nada mejor que una guerra para que un presidente resulte reelegido -sentenció.

En julio cesaron por fin las lluvias, pero el sol parecía de bronce. La pradera empezó a despedir vapor, quedó abrasada y adquirió un color pardo.

Finalmente el sarampión llegó a Holden's Crossing, y Chamán tuvo que levantarse varias veces de la cama para atender a las víctimas de la epidemia, aunque ésta no fue tan virulenta como la de Rock Island. Su madre le contó que el sarampión había atacado Holden's Crossing el año anterior, y que había matado a unas cuantas personas, entre ellas algunos niños. Chamán pensó que tal vez un ataque virulento de la enfermedad servía para producir una inmunidad

parcial en los años siguientes. Se le ocurrió escribirle al doctor Harold Meigs, su antiguo profesor de medicina en Cincinnati, y preguntarle si la teoría podía tener algún valor.

Una serena y bochornosa noche que concluyó con una tormenta, Chamán se fue a dormir sintiendo de vez en cuando las vibraciones de algún trueno de proporciones gigantescas, y abriendo los ojos cada vez que la habitación quedaba transformada por la iluminación del relámpago.

Finalmente el cansancio pudo más que las perturbaciones naturales, y se durmió tan profundamente que cuando su madre le tocó el hombro tardó algunos segundos en darse cuenta de lo que ocurría.

Sarah sostenía la lámpara junto a su cara para que él pudiera leer el movimiento de sus labios.

–Tienes que levantarte.

–¿Alguien con sarampión? – preguntó; ya estaba terminando de vestirse.

–No. Lionel Geiger ha venido a buscarte.

Cuando su madre terminó la frase, ya se había puesto los zapatos y había salido.

–¿Qué ocurre, Lionel?

–El hijo de mi hermana. Se está asfixiando. Intenta respirar, pero hace un ruido horrible, como una bomba que no logra hacer subir el agua.

Le habría llevado demasiado tiempo correr por el Camino Largo que atravesaba el bosque, demasiado tiempo enganchar la calesa o en sillar uno de sus caballos.

–Cogeré tu caballo -le dijo a Lionel, e hizo galopar al animal por el sendero de su casa, después lo condujo a lo largo de ochocientos metros y finalmente por el sendero de los Geiger, mientras cogía con fuerza el maletín para no perderlo.

Lillian Geiger lo esperaba en la puerta de entrada.

–Por aquí.

Rachel. Sentada en la cama de su antigua habitación, con una criatura en el regazo. El pequeño estaba azul. Aunque débil, seguía intentando respirar.

–Haz algo. Se va a morir.

aaa De hecho, Chamán creía que el niño estaba al borde de la muerte.

Le abrió la boca y le metió dos dedos en la garganta. La parte posterior de la boca del pequeño y la abertura de la laringe estaban cubiertas por una desagradable membrana mucosa, una membrana mortal, gruesa y gris.

Chamán la arrancó con los dedos.

El niño empezó a respirar inmediatamente, al tiempo que se estremecía.

Su madre lo abrazó y se echó a llorar.

–Oh, Dios. Joshua, ¿estás bien?

A esas horas de la noche su olor corporal era intenso y estaba despeinada.

Pero por increíble que pareciera era Rachel. Una Rachel mayor, más mujer. Que sólo tenía ojos para su hijo.

El pequeño ya tenía mejor aspecto, estaba menos azul, y a medida que el oxígeno llegaba a sus pulmones recuperaba el color normal.

Chamán colocó la mano en el pecho del niño y la dejó unos instantes para sentir la fuerza de los latidos del corazón; luego le tomó el pulso y durante unos instantes sujetó la pequeña mano entre las suyas. Joshua había empezado a toser.

Lillian entró en la habitación, y Chamán se dirigió a ella.

–¿Cómo suena la tos?

–Cavernosa, como… como un ladrido.

–¿Jadeante?

–Si, cuando termina de toser es casi como un silbido.

Chamán asintió.

–Tiene un crup catarral. Debéis hervir agua y darle baños calientes durante el resto de la noche para relajar los músculos respiratorios del pecho. Y tiene que respirar vapor. – Cogió de su bolsa una de las medicinas de Makwa, una mezcla de raíces contra el veneno de las serpientes, y caléndula-. Prepara una infusión con esto y dáselo a beber endulzado, lo más caliente posible. Le mantendrá la laringe abierta y le ayudará a aliviar la tos.

–Gracias, Chamán -le dijo Lillian apretándole la mano.

Rachel parecía no haberlo visto. Sus ojos inyectados de sangre parecían los de una loca. Tenía la bata manchada con los mocos del niño.

Mientras él salía de la casa, su madre y Lionel se acercaban caminando por el Camino Largo, Lionel con una lámpara que atraía un verdadero enjambre de mosquitos y mariposas. Lionel movía los labios, y Chamán pudo descifrar lo que estaba preguntando.

–Pienso que se pondrá bien -dijo-. Apaga la lámpara y asegúrate de que los bichos desaparecen antes de que entres en la casa.

Subió solo por el Camino Largo, un camino que había recorrido tantas veces que podía hacerlo a oscuras. De vez en cuando resplandecían los últimos relámpagos, y los árboles oscuros de los lados del camino saltaban ante sus ojos con la claridad.

Cuando llegó a su dormitorio, se desvistió como un sonámbulo. Pero cuando se metió en la cama, no pudo dormir. Entumecido y perplejo, miró fijamente el techo oscuro, las paredes negras, y mirara donde mirase siempre veía el mismo rostro.

Aflicción sincera

A la mañana siguiente, cuando fue a casa de los Geiger, ella le abrió la puerta; llevaba una bata azul que parecía nueva. Su pelo estaba bien peinado. El olió su suave fragancia mientras ella le cogía las manos.

–Hola, Rachel.

–Gracias, Chamán.

Sus ojos no habían cambiado, eran tan hermosos y profundos como siempre, pero él notó que aún estaban abrumados por la fatiga.

–¿Cómo está mi paciente?

–Parece que está mejor. La tos no es tan alarmante como ayer.

Rachel lo condujo escalera arriba. Lillian estaba sentada junto a la cama de su nieto, con un lápiz y algunas hojas de papel de estraza, dibujando figuras y contándole cuentos para entretenerlo. El paciente, al que Chamán sólo había visto la noche anterior como un ser humano enfermo, era un niñito de ojos oscuros, pelo castaño y pecas que se destacaban en su rostro pálido. Debía de tener unos dos años. Al pie de su cama había una niña varios años mayor, notablemente parecida a su pequeño hermano.

–Estos son mis hijos -declaró Rachel-. Joshua y Hattie Regensberg.

Y éste es el doctor Cole.

–Encantado -los saludó Chamán.

–Cantado.

El niño lo miró con expresión cautelosa.

–Encantada -respondió Hattie Regensberg-. Mamá dice que no nos oyes, y que debemos mirarte cuando te hablemos, y pronunciar las palabras con claridad.

–Sí, así es.

–¿Y por qué no nos oyes?

–Soy sordo porque cuando era pequeño estuve enfermo -dijo Chamán con toda naturalidad.

–¿Y Joshua se va a quedar sordo?

–No, estoy seguro de que Joshua no se va a quedar sordo.

Instantes después estuvo en condiciones de asegurarles que Joshua se encontraba mucho mejor. Los baños y el vapor le habían bajado la fiebre; su pulso era fuerte y firme, y cuando él le colocó el estetoscopio y le indicó a Rachel que escuchara, ella no oyó estertores. Chamán le puso los auriculares a Joshua y lo dejó escuchar sus propios latidos, y luego le tocó el turno a Hattie, que colocó el estetoscopio en la barriga de su hermano y anunció que lo único que oia eran "burbujas".

–Eso es porque tiene hambre -explicó Chamán, y le dijo a Rachel que durante uno o dos días el niño siguiera una dieta ligera pero nutritiva.

Les dijo a Joshua y a Hattie que su madre conocía muchos sitios fantásticos a lo largo del río para ir a pescar, y los invitó a visitar la granja de los Cole para jugar con los corderos. Luego se despidió de ellos y de la abuela. Rachel lo acompañó hasta la puerta.

–Tienes unos hijos maravillosos.

–¿Verdad que si?

–Lamento lo de tu esposo, Rachel.

–Gracias, Chamán.

–Y te deseo mucha suerte en tu próximo matrimonio.

Rachel pareció sorprendida.

–¿Qué próximo matrimonio? – preguntó, en el momento en que su madre bajaba la escalera.

Lillian pasó por el vestíbulo en silencio, pero el rubor de sus mejillas fue como un anuncio.

–Te han informado mal. No tengo planes de matrimonio -respondió Rachel en tono áspero y suficientemente alto para que su madre la oyera.

Cuando se despidió de Chamán, estaba pálida.

Esa tarde, mientras regresaba a su casa montando a Boss, divisó una solitaria figura femenina que caminaba lentamente, y al acercarse reconoció la bata azul. Rachel llevaba zapatos resistentes y un viejo sombrero para protegerse la cara del sol. El la llamó, y ella se volvió y lo saludó serenamente.

–¿Puedo caminar contigo?

–Por favor.

Chamán bajó de un salto y caminó delante del caballo.

–No sé qué pretende mi madre contándote que voy a casarme. El primo de Joe ha mostrado cierto interés, pero no vamos a casarnos.

Creo que mi madre me está empujando a los brazos de él porque desea ansiosamente que los niños vuelvan a tener un padre adecuado.

–Parece que hay una conspiración materna. La mía no me contó que habías regresado, y estoy seguro de que lo hizo adrede.

–Es ofensivo que hayan actuado de ese modo -dijo Rachel, y él vio que tenía los ojos llenos de lágrimas-. Piensan que somos tontos. Soy consciente de que tengo un hijo y una hija que necesitan un padre judío. Y sin duda lo último que te interesa a ti es una mujer judía con dos criaturas, que además lleva luto.

El le sonrió.

–Son dos niños hermosos. Y tienen una madre hermosa. Pero es verdad, yo ya no soy un quinceañero encaprichado.

–Pensé en ti muy a menudo después de casarme. Y lamenté que te sintieras herido.

–Lo superé muy pronto.

–Eramos dos criaturas que nos sentimos muy unidos en una época difícil. Yo le temía al matrimonio, y tú eras un amigo fantástico -le sonrió-.

Y cuando eras un niño dijiste que matarías al maestro para protegerme.

Ahora somos adultos y le has salvado la vida a mi hijo.

–Le puso una mano en el brazo-. Espero que siempre seamos amigos leales. Mientras vivamos, Chamán.

El se aclaró la garganta.

–Oh, sé que lo seremos -dijo con torpeza.

Durante un rato caminaron en silencio, y luego Chamán le preguntó si quería montar a caballo.

–No, prefiero seguir caminando.

–Bien, entonces montaré yo, porque tengo mucho que hacer antes de la hora de la cena. Buenas tardes, Rachel.

–Buenas tardes, Chamán -respondió ella.

Chamán volvió a montar y se alejó, y ella siguió caminando sendero abajo, detrás de él, con paso resuelto.

Pensó que era una mujer fuerte y práctica que tenía el valor de afrontar las cosas como eran, y decidió aprender de ella. Necesitaba la compañía de una mujer. Fue a visitar a Roberta Williams, que padecía "problemas femeninos" y había empezado a beber en exceso. Mientras apartaba la vista del maniquí de las nalgas de marfil, le preguntó a Roberta por su hija y se enteró de que Lucille se había casado con un empleado de correos hacía tres años, y que vivía en Davenport.

–Tiene una criatura cada año. Nunca viene a verme a menos que necesite dinero -le confió Roberta.

Chamán le dejó un frasco de tónico.

Precisamente en el momento de mayor insatisfacción, al llegar a la calle Main fue saludado por Tobías Barr, que iba sentado en su calesa con dos mujeres. Una de ellas era su menuda y rubia esposa, Frances, y la otra la sobrina de Frances, que había llegado de St. Louis para visitarlos. Evelyn Flagg tenía dieciocho años, era más alta que Frances Barr, pero tan rubia como ella, y poseía el perfil femenino más perfecto que Chamán había visto jamás.

–Le estamos mostrando la ciudad a Evie, pensamos que le gustaría ver Holden's Crossing -anunció el doctor Barr-. ¿Has leído Romeo y Julieta, Chamán?

–Si, desde luego.

–Bien, has dicho que cuando conoces una obra te encanta verla representada. Esta semana en Rock Island hay una compañía de teatro, y estamos reuniendo un grupo para ir a verla. ¿Querrás venir con nosotros?

–Me encantaría -afirmó Chamán y le sonrió a Evelyn, que correspondió con una sonrisa deslumbrante.

–Entonces primero tomaremos una cena ligera en casa, a las cinco en punto -especificó Frances Barr.

Se compró una camisa blanca y una corbata de lazo negra, y releyó la obra. Los Barr también invitaron a Julius Barton y a su esposa Rose.

Evelyn llevaba un vestido azul que combinaba muy bien con su pelo rubio. Durante un momento Chamán hizo un esfuerzo por recordar dónde

había visto últimamente aquel color azul, y por fin se dio cuenta de que era el mismo de la bata de Rachel Geiger.

La idea que Frances Barr tenía de una cena ligera incluía seis platos.

A Chamán le resultó difícil mantener una conversación con Evelyn.

Cuando él le hacía una pregunta, ella solía contestar con una sonrisa nerviosa y asintiendo o negando con la cabeza. Habló por propia iniciativa en dos ocasiones, una para decirle a su tía que la comida era excelente, y otra mientras comían el postre, para confiarle a Chamán que adoraba los melocotones y las peras, y que tenía la suerte de que maduraban en diferentes épocas, y así no se veía obligada a elegir entre ambos.

El teatro estaba lleno a rebosar y la noche era calurosa como sólo podía serlo una noche de finales del verano. Llegaron momentos antes de que se alzara el telón, porque los seis platos les habían llevado tiempo.

Tobías Barr había comprado las entradas pensando en las necesidades de Chamán. Se sentaron en la zona central de la tercera fila, y apenas habían terminado de acomodarse cuando los actores comenzaron la representación. Chamán miró la obra con unos prismáticos que le permitieron leer el movimiento de los labios perfectamente, y disfrutó.

Durante el primer intervalo acompañó al doctor Barr y al doctor Barton fuera de la sala, y mientras hacían cola para usar el retrete que había detrás del teatro coincidieron en que la representación era interesante.

El doctor Barton pensaba que tal vez la actriz que interpretaba a Julieta estaba embarazada. El doctor Barr opinó que Romeo llevaba un braguero debajo de las mallas.

Chamán se había concentrado en los labios de los actores, pero durante el segundo acto observó a Julieta y vio que la suposición del doctor Barton no tenía fundamento. De todos modos, no cabía duda de que Romeo llevaba braguero.

Al final del segundo acto se abrieron las puertas dejando paso a una agradable brisa, y se encendieron las luces. El y Evelyn se quedaron en los asientos e intentaron conversar. Ella dijo que en St. Louis iba al teatro con frecuencia.

–Me parece de lo más inspirador asistir a las obras, ¿a ti no?

–Si, pero voy al teatro en contadas ocasiones -comentó él, distraído.

Curiosamente, Chamán se sentía observado. Con sus prismáticos observó a la gente de los palcos de la izquierda del escenario, y luego los de la derecha. En el segundo palco, a la derecha, vio a Lillian Geiger y a

Rachel. Lillian llevaba puesto un vestido de hilo de color castaño con enormes mangas acampanadas de encaje. Rachel estaba sentada debajo de una mpara, lo que la obligaba a espantar con la mano las mariposas que revoloteaban alrededor de la luz, pero le daba a Chamán la posibilidad de examinarla más detenidamente. Llevaba el pelo pulcramente peinado hacia atrás en un brillante moño. Lucía un vestido negro que parecía de seda; Chamán se preguntó cuándo dejaría de llevar luto en público. El vestido no tenía cuello, para aliviar el calor, y era de mangas cortas y ahuecadas.

Estudió sus brazos redondos y sus pechos generosos, volviendo siempre a su rostro. Mientras él la estaba mirando, Rachel dejó de hablar con su madre y miró hacia abajo, donde él estaba sentado. Durante un intenso momento observó cómo la miraba a través de los prismáticos, y finalmente apartó la vista, mientras los acomodadores apagaban las lámparas.

El tercer acto pareció interminable. En el momento en que Romeo le decía a Mercucio: "¡Valor, hombre! La herida no será de importancia", se dio cuenta de que Evelyn Flagg intentaba decirle algo. Sintió su ligero y cálido aliento en la oreja mientras ella susurraba, al tiempo que Mercucio respondía: "No; no es tan profunda como un pozo, ni tan ancha como un portal de iglesia; pero basta; producirá su efecto".

Apartó los prismáticos de sus ojos y se volvió hacia la muchachita que estaba sentada a su lado en la oscuridad, desconcertado al pensar que niños tan pequeños como Joshua y Hattie Regensberg podían recordar el principio de la lectura de los labios, y ella no.

–No te oigo.

No estaba acostumbrado a susurrar. Sin duda su voz sonó muy alta, porque el hombre que estaba delante mismo de él, en la segunda fila, se volvió y lo mlró fijamente.

–Discúlpeme -musitó Chamán.

Deseó con toda el alma que esta vez su voz hubiera sonado más suave, y volvió a acercar los prismáticos a sus ojos.

La pesca

Chamán sentía curiosidad por saber qué era lo que permitía a hombres como su padre y George Cliburne dar la espalda a la violencia, mientras otros no podían hacerlo. Sólo unos pocos días después de la sesión de teatro se encontró viajando otra vez a Rock Island, en esta ocasión para hablar con Cliburne sobre pacifismo. Apenas podía creer en la revelación del diario de su padre de que Cliburne era el hombre frío y valeroso que le había llevado

esclavos fugitivos y luego los había recogido para conducirlos a otro escondite. El regordete y calvo comerciante de forrajes no tenía aspecto de héroe, ni parecía el tipo de persona que arriesgaría todo por alguien que actuaba en contra de la ley.

Chamán sentía una gran admiración por ese secreto ser inflexible que habitaba el blando cuerpo de tendero de Cliburne.

Cliburne asintió cuando Chamán le planteó su solicitud en la tienda de forrajes.

–Bien, puedes plantearme preguntas sobre el pacifismo y conversaremos, pero supongo que te resultará útil empezar a leer algo sobre el tema -dijo, y le comunicó a su empleado que volvería enseguida. Chamán lo siguió hasta su casa, y poco después Cliburne había seleccionado varios libros y un opúsculo de su biblioteca-. Tal vez, en algún momento, quieras asistir a una Reunión de los Amigos.

En su fuero interno Chamán dudaba de que alguna vez quisiera hacerlo, pero le dio las gracias a Cliburne y regresó a casa con los libros.

Resultaron más bien decepcionantes, porque en su mayor parte hablaban del cuaquerismo. La Sociedad de los Amigos había sido fundada en Inglaterra en el siglo XVII por un hombre llamado George Fox, que creía que "la Luz Interior del Señor" moraba en el corazón de las gentes sencillas.

Según los libros de Cliburne, los cuáqueros se ayudaban mutuamente llevando una vida sencilla de amor y amistad. No eran partidarios de credos y dogmas, consideraban la vida como algo sacramental y no observaban una liturgia especial. No tenían clérigos sino que pensaban que los seglares podían recibir al Espíritu Santo, y era fundamental para su religión que rechazaran la guerra y trabajaran en favor de la paz.

Los Amigos eran perseguidos en Inglaterra, y su nombre originalmente era un insulto. Al ser llevado ante un juez, Fox le dijo "tiemblo ante la palabra del Señor", y el juez le llamó "cuáquero". William Penn fundó su colonia en Pensilvania como un refugio para los Amigos ingleses perseguidos, y durante tres cuartos de siglo Pensilvania no tuvo ejército y sólo contó con unos pocos policías.

Chamán se preguntó cómo se las habrían arreglado para ocuparse de los borrachos. Cuando dejó a un lado los libros de Cliburne, tampoco había aprendido mucho sobre el pacifismo ni había sido iluminado por la Luz Interior.

Septiembre se anunció caluroso, pero fue despejado y fresco, y en sus visitas domiciliarias Chamán prefería seguir los senderos que bordeaban el río siempre que le resultaba posible, disfrutando del brillo del sol sobre las aguas en movimiento, y de la esbelta belleza de las aves zancudas, ahora menos numerosas porque muchas ya habían emigrado hacia el sur.

Una tarde cabalgaba lentamente de regreso a casa cuando vio tres figuras conocidas, sentadas bajo un árbol a la orilla del río. Rachel estaba quitando el anzuelo a una presa mientras su hijo sostenía la caña de pescar, y cuando ella dejó caer el aleteante pescado en el agua, Chamán vio la expresión de Hattie y notó que estaba enfadada por algo. Se desvió del camino, en dirección a ellos.

–Hola a todos.

–¡Hola!-exclamó Hattie.

–No nos deja quedarnos con ningún pescado -le informó Joshua.

–Me juego cualquier cosa a que eran bagres -dijo Chamán, y sonrió.

A Rachel nunca le habían permitido llevar bagres a su casa porque no eran kosher, carecían de escamas. El sabía que para un niño lo mejor de la pesca era ver que su familia se comía lo que él había capturado-. Voy todos los días a casa de Jack Damon, porque se encuentra mal. Bueno, ¿conoces ese sitio en que el río traza una curva brusca, cerca de su casa?

Rachel le sonrió.

–¿Ese recodo en el que hay montones de rocas?

–Exacto. El otro día vi algunos chicos que cogían unas hermosas percas más allá de las rocas.

–Te agradezco la información. Mañana los llevaré allí.

Notó que la sonrisa de la pequeña era muy parecida a la de Rachel.

–Bueno, me alegro de veros.

–¡Me alegro de verte!-repuso Hattie.

El los saludó con la mano e hizo girar el caballo.

–Chamán. – Rachel se acercó a él y lo miró-. Si mañana hacia el mediodia vas a casa de Jack Damon, ven a compartir la comida con nosotros.

–Bueno, lo intentaré -respondió.

Al día siguiente, después de aliviar la laboriosa respiración de Jack Damon, cabalgó hasta el recodo del río y enseguida vio la calesa marrón de Lillian y la yegua torda atada a la sombra, sobre la abundante hierba.

Rachel y los niños habían estado pescando cerca de las rocas, y Joshua cogió a Chamán de la mano y lo condujo hasta donde seis percas negras, del tamaño ideal para comerlas, nadaban en un bajío sombreado, con un sedal ensartado en las agallas y atado a la rama de un árbol.

En cuanto lo vio, Rachel cogió un trozo de jabón y empezó a restregarse las manos.

–La comida va a tener sabor a pescado -dijo en tono alegre.

–No me molestaría -dijo, y era verdad.

tenían huevos sazonados, pepinos encurtidos, limonada y galletas de melaza. Después de la comida Hattie anunció solemnemente que era la hora de dormir, y ella y su hermano se acostaron en una manta que había cerca de allí y durmieron la siesta.

Cuando terminaron de comer, Rachel limpió y guardó todo en la bolsa.

–Si te apetece, puedes coger una de las cañas y pescar un poco.

–No -respondió Chamán, que prefería mirar lo que decía Rachel en lugar de ocuparse del sedal.

Ella miró en dirección al río. Corriente arriba, una enorme bandada de golondrinas que probablemente llegaban del norte planeó como si fueran un solo pájaro, rozando el agua antes de alejarse otra vez a toda velocidad.

–¿No es fantástico, Chamán? ¿No es maravilloso estar en casa?

–Sí, si lo es, Rachel.

Durante un rato hablaron de la vida en las ciudades. El le habló de Cincinnati y respondió a sus preguntas sobre la facultad de medicina y el hospital.

–¿Y tú? ¿Te gustaba Chicago?

–Me encantaba tener cerca los teatros y los conciertos. Todos los jueves tocaba el violín en un cuarteto. Joe no era aficionado a la música, pero me complacía. Era un hombre muy amable -comentó-. Fue muy cuidadoso conmigo cuando perdí al bebé, el mismo año que nos casamos.

Chamán asintió.

–Bueno, pero después llegó Hattie, y la guerra. La guerra me ocupaba todo el tiempo que mi familia me dejaba libre. En Chicago éramos menos de mil judíos. Ochenta y cuatro hombres jóvenes se alistaron en una compañía judía, y recaudamos fondos y los equipamos todos. Formaron la compañía C del 82 de infantería de Illinois. Han servido con distinciones en Gettysburg y en otros frentes, y yo fui parte de eso.

–¡Pero tú eres prima de Judah P. Benjamín, y tu padre es un ferviente sudista!

–Lo sé. Pero Joe no lo era, y yo tampoco. El día que llegó la carta de mi madre en la que me decía que mi padre se había unido a los confederados, yo tenía la cocina llena de Damas Hebreas de la Asociación de Ayuda al Soldado que preparaban vendas para los soldados de la Unión. – Se encogió de hombros-. Y luego llegó Sam. Y después murió Joe. Y ésa es mi historia.

–Hasta ahora -puntualizó Chamán, y ella lo miró. El había olvidado la vulnerable curva de su suave mejilla debajo de los pómulos altos, la suave carnosidad de su labio inferior, y las luces y sombras que contenían sus profundos ojos pardos. No quiso hacerle la pregunta, pero algo la arrancó de sus labios-. ¿Entonces eras feliz en tu matrimonio?

Ella contempló el río. Durante un instante él creyó que había pasado por alto su respuesta, pero en ese momento ella volvió a mirarlo.

–Me gustaría decir que estaba satisfecha. La verdad es que estaba resignada.

–Yo nunca me sentí satisfecho ni resignado -dijo él mirándola con expresión perpleja.

–Tú no te rindes, sigues luchando, y por eso eres Chamán. Tienes que prometerme que jamás te permitirás mostrarte resignado.

Hattie se levantó y dejó a su hermano durmiendo solo en la manta.

Se acercó a su madre y se acurrucó en su regazo.