Chaman
Sección 23
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
A la mañana siguiente, cuando volvió al campamento, Alex estaba dormido y Jimmie-Joe lo estaba cuidando. El chico dijo que Alex había tomado una buena cantidad de sopa.
Cuando Chamán le ajustó las mantas, Alex se despertó sobresaltado, y él le palmeó el hombro.
–Todo está bien, Bigger. Soy tu hermano.
Alex volvió a cerrar los ojos, y un instante después le preguntó:
–¿Aún vive el viejo Alden?
–Si, claro.
–¡Estupendo!
Alex abrió los ojos y vio el estetoscopio que asomaba por la abertura del maletín.
–¿Qué haces con el maletín de papá?
–… Se lo pedí prestado -dijo Chamán con voz ronca-. Ahora yo también soy médico.
–¡Venga! – exclamó Alex, como si fueran dos niños que jugaban a marcarse un farol.
–Si, de verdad -insistió Chamán, y ambos sonrieron.
Alex volvió a quedarse profundamente dormido; Chamán le tomó el pulso y no le gustó, pero en ese momento no podía hacer nada al respecto.
Alex estaba sucio y todo el cuerpo le olía mal, pero cuando Chamán destapó el muñón y se inclinó para olerlo, le dio un vuelco el corazón. El prolongado aprendizaje realizado junto a su padre y luego con Lester Berwyn y Barney McGowan, le había enseñado que no había nada bueno en lo que cirujanos menos informados llamaban a menudo “loable pus”.
Chamán sabía que la aparición de pus en una incisión o una herida con frecuencia indicaba el comienzo de un envenenamiento de la sangre, de un absceso o una gangrena. Sabía qué había que hacer, y también qué no se podía hacer en el campo de prisioneros.
Tapó a su hermano con dos de las mantas nuevas y se quedó a su lado, cogiéndole las manos y observando su rostro.
Cuando el soldado lo echó del campamento, una hora y media más tarde, Chamán condujo el caballo y el carro alquilados en dirección al sudoeste, a lo largo del camino que bordeaba el río Chemung. Allí había más colinas que en Illinois, y más bosques. Aproximadamente a ocho kilómetros al otro lado del limite de la población encontró una tienda que, según el letrero de la entrada, pertenecía a un tal Barnard.
Entró y compró unas galletas y un trozo de queso para comer, y dos porciones de tarta de manzana y dos tazas de café. Cuando le preguntó al propietario por los alojamientos disponibles en la zona, el hombre lo envió a casa de la señora Pauline Clay, a un kilómetro y medio camino abajo, en los aledaños de la población de Wellsburg.
La casa era pequeña y estaba sin pintar, y se encontraba rodeada de árboles. había cuatro rosales envueltos con sacos de harina y atados con cuerda de embalar, protegidos del frío. En un letrero pequeño colocado en la valla de estacas se leía: “Habitaciones”.
La señora Clay tenía un rostro sincero y amable. Se compadeció en seguida cuando él le habló de su hermano, y le enseñó toda la casa. El letrero tendría que haber estado escrito en singular, porque la casa sólo tenía dos habitaciones.
–Su hermano podría ir a la habitación de huéspedes, y usted podría ocupar la mia. Yo duermo a menudo en el sofá -sugirió.
Quedó claramente sorprendida cuando él le dijo que quería alquilarle toda la casa.
–Oh, me temo…
Pero se interrumpió y abrió desmesuradamente los ojos cuanto él le enseñó lo que estaba dispuesto a pagar. La mujer dijo que una viuda que había luchado durante años no podía rechazar tanta generosidad, y que podía mudarse a casa de su hermana, que vivía en el pueblo, mientras los hermanos Cole ocupaban su casa.
Chamán regresó a la tienda de Barnard y cargó en el carro montones de alimentos y provisiones. Cuando los llevó a la casa, esa misma tarde la señora Clay se estaba mudando.
A la mañana siguiente, el sargento se mostró malhumorado y decididamente frío, pero resultó evidente que el ejército había recibido noticias de Nick Holden, y tal vez de algunos amigos de éste.
El sargento le entregó a Chamán una hoja impresa que contenía una promesa formal de que, a cambio de la libertad, Alex “no volvería a tomar
las armas contra los Estados Unidos de América”.
–Haga que su hermano firme esto, y después puede llevárselo.
Chamán se sintió preocupado.
–Tal vez no se encuentra lo suficientemente bien para firmar
–Bien, la regla es que tiene que dar su palabra, de lo contrario no será liberado. No me importa lo enfermo que esté; si no firma, no sale.
Así que Chamán fue a la tienda 8-C con pluma y tinta, y mantuvo una serena conversación con Buttons antes de entrar.
–¿Alex firmaría este papel, si pudiera?
Westmoreland se rascó la barbilla.
–Bueno, algunos están dispuestos a firmar sólo por salir de aquí, otros lo consideran una deshonra. No sé qué piensa su hermano.
La caja que había contenido las coles estaba en el suelo, cerca de la tienda; Chamán la puso boca abajo, colocó encima la hoja de papel y el tintero. Mojó la pluma y escribió al pie de la página: Alexander Bledsoe.
Buttons asintió satisfecho.
–Bien hecho, doctor Cole. Ahora lléveselo de este maldito infierno.
Chamán pidió a cada uno de los compañeros de tienda de Alex que apuntaran el nombre y la dirección de un pariente próximo, y prometió escribir diciendo que estaban vivos.
–¿Le parece que podrá conseguir que lleguen las cartas? – le preguntó Buttons Westmoreland.
–Supongo que si, en cuanto esté en mi casa.
Chamán actuó con rapidez. Le dejó la hoja con la promesa firmada al sargento y regresó a toda prisa a la pensión para recoger su maleta. Le pagó al empleado para que rellenara el carro con paja suelta y volvió a conducir hasta el campamento. Un sargento negro y un soldado vigilaron a los prisioneros que subieron a Alex al carro y lo taparon con las mantas.
Los hombres de la tienda 8-C estrecharon la mano a Chamán y se despidieron.
–¡Hasta la vista, doctor!
–¡Adiós, Bledsoe, amigo!
–¡Enséñales lo que es bueno!
–¡Primero, ponte bien!
Alex seguía con los ojos cerrados y no respondió.
El sargento hizo una señal con la mano para que se marcharan, y el soldado subió al carro y cogió las riendas, guiando al caballo hasta la puerta
principal del campamento. Chamán contempló el rostro negro y serio del hombre y recordó algo que había leído en el diario de su padre.
–El día del jubileo -dijo.
El soldado pareció sorprendido, pero enseguida sonrió, dejando al descubierto su dentadura absolutamente blanca.
–Creo que tiene razón, señor -comentó, y le entregó las riendas.
Los muelles del carro dejaban mucho que desear; tendido sobre la paja, Alex no dejaba de bambolearse. Gritó de dolor y luego gimió cuando Chamán atravesó la entrada y giró en el camino.
El caballo avanzó junto a la torre de observación, y pasó por el extremo del muro que rodeaba la prisión. Desde la pasarela, un soldado armado con un fusil los miró atentamente mientras se alejaban.
Chamán mantuvo las riendas cortas. No podía avanzar a mayor velocidad sin torturar a Alex, pero también avanzaba lentamente porque no quería llamar la atención. Aunque pareciera absurdo, tenía la impresión de que en cualquier momento se extendería el largo brazo del ejército de Estados Unidos y volvería a atrapar a su hermano, y no empezó a respirar tranquilamente hasta que los muros de la prisión quedaron muy atrás y superaron los límites de la población, abandonando Elmira.
La casa de Wellsburg
La casa de la señora Clay era agradable, tan pequeña que enseguida estaba todo visto, y a Chamán muy pronto le resultó familiar, como si hubiera vivido allí muchos años.
Encendió un buen fuego en la cocina económica, y el fogón pronto quedó al rojo vivo; calentó agua en la olla más grande de la señora Clay y llenó la bañera, que colocó cerca del fuego.
Cuando acomodó a Alex dentro del agua como si fuera un bebé, éste abrió desmesuradamente los ojos, encantado.
–¿Cuándo fue la última vez que te diste un baño de verdad?
Alex se encogió de hombros. Chamán imaginó que hacia tanto tiempo que no podía recordarlo. No se atrevió a dejar a su hermano mucho rato en la bañera por temor a que pudiera resfriarse si el agua se enfriaba, así que lo lavó con un trapo enjabonado y se lo pasó por el cuerpo. Al frotarle las costillas tuvo la impresión de que estaba restregando una tabla de lavar.
Tuvo especial cuidado con la pierna herida.
Cuando sacó a su hermano de la bañera, lo sentó sobre una manta delante de la cocina económica, lo secó con una toalla, y luego le puso una
camisa de dormir de franela. Unos años antes, llevarlo en brazos por la escalera habría sido una ardua tarea, pero Alex había adelgazado tanto que no le resultó difícil.
Cuando dejó a su hermano en la cama de la habitación de huéspedes, Chamán puso manos a la obra. Sabía muy bien lo que tenía que hacer.
No tenía sentido esperar, y cualquier demora podía representar un auténtico peligro.
Quitó todo lo que había en la cocina, salvo la mesa y una silla, y amontonó las restantes sillas y la bañera seca en la sala. Luego fregó las paredes, el suelo, el techo, la mesa y la silla con agua caliente y jabón fuerte. Lavó el instrumental y lo colocó en la silla, cerca de la mesa.
Finalmente se recortó las uñas y se restregó las manos.
Cuando volvió a bajar a Alex y lo colocó sobre la mesa, vio que su hermano tenía un aspecto muy vulnerable, y quedó impresionado. Estaba seguro de lo que hacia, salvo en un aspecto. había llevado consigo cloroformo, pero no sabía con certeza qué cantidad utilizar, porque el traumatismo y la desnutrición habían dejado a Alex muy débil.
–¿Qué…? – se quejó Alex en tono soñoliento, confundido por el ajetreo.
–Respira profundamente, Bigger.
Dejó caer el cloroformo y sujetó el cono sobre el rostro de Alex todo el tiempo que pudo. “Por favor, Dios”, pensó.
–¡Alex! ¿Me oyes?
Pellizcó el brazo de su hermano y le dio unas palmadas en la mejilla, pero vio que dormía profundamente.
No tuvo que pensar ni planificar nada. había pensado en cada detalle, lo había planificado todo cuidadosamente. Se obligó a apartar toda emoción de su mente y emprendió la tarea.
Quería salvar el mayor fragmento de pierna que le fuera posible, y al mismo tiempo cortar lo suficiente para asegurarse de que la parte amputada incluiría todo el hueso y el tejido infectados.
Realizó la primera incisión circular en un punto situado quince centímetros por debajo de la inserción del tendón de la corva, y preparó un buen colgajo para el muñón, interrumpiendo el corte sólo para atar las venas safena mayor y menor, las venas de la tibia y la del peroné. Aserró la tibia con los mismos movimientos de quien sierra un leño. Prosiguió hasta aserrar el peroné, y la porción infectada de la pierna quedó suelta; había hecho un trabajo esmerado y pulcro.
Hizo un vendaje ceñido con vendas limpias para conseguir un muñón con buena forma. Cuando concluyó la tarea, besó a su hermano aún inconsciente y volvió a llevarlo a la cama.
Estuvo un buen rato sentado junto a la cama, observando a su hermano, pero no notó ningún síntoma, ni náuseas, ni vómitos, ni gritos de dolor.
Alex dormía como un trabajador que se ha ganado un buen descanso.
Finalmente se llevó afuera de la casa el trozo de pierna amputado, envuelto en una toalla, y una pala que encontró en el sótano. Fue hasta el bosque que había detrás de la casa e intentó enterrar el trozo de tejido y hueso infectados, pero el suelo estaba completamente congelado y la pala resbalaba sobre la superficie. Ante la dificultad, reunió unos trozos de madera e hizo una pira, en un intento de ofrecer al trozo de pierna un funeral vikingo. Colocó el tronco carnoso sobre la madera, apiló más troncos encima, y roció todo con el contenido de la lámpara.
Cuando encendió la cerilla, la pila empezó a llamear. Chamán se quedó cerca, con la espalda apoyada contra un árbol y los ojos secos aunque embargado por una tremenda emoción, convencido de que en el mejor de los mundos un hombre no habría tenido que cortar la pierna a su hermano mayor.
El sargento de la oficina de la compañía del campo de prisioneros conocía bien la jerarquía de los suboficiales de su región, y sabía que este sargento mayor gordo, de pecho en forma de tonel, no estaba estacionado en Elmira. En lineas generales, a un soldado que llegara de otro sitio le habría pedido que identificara la unidad a la que pertenecía, pero el porte de este hombre, y sobre todo su mirada, revelaban claramente que pretendía conseguir información, no proporcionarla.
El sargento sabía que los sargentos mayores no eran dioses, pero era perfectamente consciente de que dirigían el ejército. Los pocos hombres que llegaban a ser suboficiales de más alto rango del ejército podían conseguir que alguien lograra una buena misión, o un puesto de castigo en un fuerte aislado. Podían meter a un hombre en problemas militares o sacarlo de ellos, podían forjar una carrera, o destruirla. En el mundo real del sargento, un sargento mayor intimidaba más que cualquier oficial, y se apresuró a mostrarse servicial.
–Si, señor, sargento mayor -dijo inmediatamente después de examinar sus archivos-. No ha coincidido con él por poco más de un día. Ese sujeto
está terriblemente enfermo. Sólo le queda un pie, ¿sabe? Su hermano es médico, se llama Cole. Se lo llevó en un carro ayer por la mañana.
–¿En qué dirección se marcharon?
El sargento lo miró y sacudió la cabeza.
El gordo lanzó un gruñido y escupió en el suelo limpio. Abandonó la oficina de la compañía, montó en su hermosa yegua cobriza y salió por la entrada principal del campamento. Una ventaja de un día no era nada cuando se cargaba con un inválido. Allí sólo había un camino, y únicamente podrían haber cogido una de las dos direcciones. Decidió girar hacia el noroeste. De vez en cuando, al pasar junto a una tienda o una granja, o cuando se cruzaba con otro viajero, se detenía a preguntar. Mientras avanzaba en esa dirección, atravesó la población de Horseheads, y luego la de Big Flats. Ninguna de las personas con las que habló había visto a los hombres que él buscaba.
El sargento mayor era un perseguidor experto. Sabía que cuando un rastro era tan invisible como éste, lo más probable es que fuera una pista equivocada. Así que dio media vuelta y empezó a cabalgar en dirección opuesta. Pasó otra vez junto al campo de prisioneros y atravesó la ciudad de Elmira. Tres kilómetros más abajo, un graniero recordó que había visto el carro. Y tres kilómetros más allá del límite de Wellsburg, llegó a un almacén.
El propietario sonrió al ver al gordo militar acurrucado junto a la estufa.
–Hace frío, ¿eh?
Cuando el sargento mayor le pidió café, le sirvió una taza.
–Oh, claro -contestó cuando le hizo la pregunta-. Se alojan en casa de la señora Clay; yo le explicaré cómo encontrarla. Un sujeto agradable ese doctor Cole. Ha venido aquí a comprar bastante comida. Son amigos suyos,
¿verdad?
El sargento mayor sonrió.
–Me alegraré mucho de encontrarlos -comentó.
La noche posterior a la operación, Chamán se sentó en una silla junto a la cama de su hermano y tuvo la lámpara encendida durante toda la noche.
Alex dormía, pero el suyo era un sueño agobiado por el dolor, y Cuando comenzaba a despuntar el día, Chamán se quedó dormido unos minutos. Al abrir los ojos, vio que Alex lo miraba.
–Hola, Bigger.
Alex se pasó la lengua por los labios secos y Chamán fue a buscar agua; le sujetó la cabeza mientras bebía, dejándole dar sólo unos pocos sorbos.
–Me pregunto…-dijo Alex por fin.
–¿Qué?
–Cómo podré… darte una patada en el culo… sin caerme sentado.
Para Chamán fue reconfortante volver a ver la sonrisa de su hermano.
–Me cortaste un poco más la pierna, ¿eh?
Alex lo miró con expresión acusadora, y el agotado Chamán se sintió dolido.
–Si, pero te salvé algo más, creo.
–¿Qué?
–La vida.
Alex pareció reflexionar, y luego asintió. Un instante después volvió a quedarse dormido.
El primer día después de la operación, Chamán cambió el vendaje dos veces. En cada ocasión olió el muñón y lo examinó, aterrorizado ante la posibilidad de oler o ver una infección, porque había visto morir a muchos por ese motivo pocos días después de una amputación. Pero no había olor, y el tejido rosado del muñón parecía sano.
Alex casi no tenía fiebre, pero le quedaban muy pocas energías, y Chamán no confiaba demasiado en la capacidad de recuperación de su hermano. Empezó a pasar más tiempo en la cocina de la señora Clay.
A media mañana le dio a Alex unas gachas, y al mediodía un huevo cocido a fuego lento.
Poco después del mediodía empezaron a caer unos copos enormes La nieve cubrió rápidamente el suelo. Chamán hizo un rápido repaso a las provisiones con que contaba y decidió coger el carro y volver a la tienda a buscar más comida, por si quedaban bloqueados por la nieve.
Durante un intervalo en el que Alex estuvo despierto, le explicó lo que iba a hacer, y Alex asintió indicando que comprendia.
Era agradable avanzar por ese mundo nevado. La verdadera razón por la que volvía a la tienda era comprar algún ave para hacer sopa pero Barnard no tenía ninguna para venderle; en cambio le ofreció un trozo decente de carne de vaca con la que podría hacer una sopa nutritiva, y Chamán aceptó el ofrecimiento.
–¿Su amigo encontró la casa sin problemas? – preguntó el tendero mientras quitaba la grasa a la carne.
–¿Amigo?
–El militar. Le expliqué cómo llegar a casa de la señora Clay -Oh,
¿cuándo fue eso?
–Ayer, un par de horas antes de cerrar. Un hombre corpulento gordo. De barba negra. Y montones de galones -añadió tocándose el brazo-. ¿No llegó? – Miró a Chamán entrecerrando los ojos-. Supongo que hice bien al decirle dónde podía encontrarlo, ¿no?
–Por supuesto, señor Barnard. Fuera quien fuese, probablemente decidió que en realidad no tenía tiempo para visitas y siguió de largo “¿Qué querrá ahora el ejército?”, se preguntó Chamán mientras salía de la tienda.
A medio camino de la casa tuvo la impresión de que lo observaban.
Resistió el impulso de volverse y mirar, pero unos minutos después detuvo al caballo y bajó para acomodar la brida, simulando que ajustaba algo. Al mismo tiempo echó un vistazo hacia atrás.
Era difícil ver algo entre la nieve que caía, pero el viento arrastró los copos y Chamán pudo ver a un jinete que lo seguía a cierta distancia.
Cuando llegó a casa vio que Alex se encontraba bien. Desenganchó el carro y llevó el caballo al establo. Volvió a entrar y puso a hervir a fuego lento la carne, con patatas, zanahorias, cebollas y nabos.
Estaba preocupado. No sabía si contarle a Alex lo ocurrido, y finalmente se sentó junto a la cama y le explicó la situación.
–Así que tal vez recibamos una visita del ejército -concluyó.
Pero Alex sacudió la cabeza.
–Si se tratara del ejército, habrían llamado a la puerta de inmediato…
Alguien como tú, que llega para sacar a un familiar de la prisión, seguramente lleva dinero. Lo más probable es que busque eso… No habrás traído un arma, ¿verdad?
–Si. – Fue hasta donde tenía la maleta y cogió el Colt. Ante la insistencia de Alex, lo limpió, lo cargó y se aseguró de que en la recámara había un cartucho nuevo. Lo dejó en la mesilla de noche, y quedó aun más preocupado que antes-. ¿Por qué este hombre se limita a esperar y a vigilarnos?
–Está estudiando nuestros movimientos para asegurarse de que estamos solos. Para ver qué luz está encendida por la noche y saber en qué habitación estamos. Para ese tipo de cosas.
–Creo que exageramos -dijo Chamán lentamente-. Creo que tal vez el hombre que preguntó por nosotros es algún mllitar del servicio de
información del ejército, que quiere asegurarse de que no planeamos ayudar a los demás prisioneros a escapar del campo. Seguramente no volveremos a saber nada de él.
Alex se encogió de hombros y asintió. Pero a Chamán le resultó difícil creer en sus propias palabras. El último problema que deseaba en ese momento era ser asaltado en esa casa, junto a su hermano, debil y recién operado.
Esa tarde le dio a Alex leche caliente endulzada con miel. Quería hacerle tomar alimentos sustanciosos para que recuperara peso, pero sabía que eso le llevaría tiempo. Por la tarde temprano Alex volvío a quedarse dormido y cuando se despertó, varias horas más tarde, tenía ganas de hablar.
Poco a poco Chamán fue enternádose de lo que le había sucedido a su hermano después de abandonar el hogar -Mal Howard y yo trabajamos para pagarnos el viaje en una chalana, hasta Nueva Orleans. Tuvimos una discusión por una chica, y él siguió solo hacia Tennessee para alistarse. –
Alex se interrumpió y miró a su hermano-. ¿Sabes qué ha sido de él?
–Su familia no ha recibido noticias suyas.
Alex asintió; la respuesta no le sorprendía.
–En ese momento estuve a punto de volver a casa. Ojalá lo hubiera hecho. Pero había reclutadores de los confederados por todas partes, y me alisté. Pensé que podía cabalgar y disparar, así que me uní a la caballería.
–¿Estuviste en muchas batallas?
Alex asintió con expresión sombría.
–Durante dos años. ¡Me puse furioso conmigo mismo cuando me capturaron en Kentucky! Nos metieron en un sitio vallado del que incluso un bebé podría haber escapado. Esperé la oportunidad y me largué. Estuve en libertad durante tres días, robando comida de los huertos, sobreviviendo de esa forma. Y un día me detuve en una granja y pedí algo de comer. Una mujer me dio un desayuno, y yo le di las gracias como un caballero, sin hacer ningún movimiento incorrecto. ¡Probablemente ése fue mi error!
Media hora más tarde oí que me perseguían con una jauría. Me metí en un campo de maíz gigantesco. Los tallos eran verdes y altos y estaban plantados muy cerca unos de otros, de modo que no podía pasar entre las hileras. Tenía que cortarlos a medida que avanzaba, y después pareció que por allí había pasado un oso. Estuve en ese campo de maíz la mayor parte de la mañana, huyendo de los perros. Empecé a pensar que jamás podría
salir. Por fin salí en el otro extremo, y allí estaban esos dos soldados yanquis, apuntándome con sus armas y sonriendo burlonamente.
Esa vez los federales me enviaron a Point Lookout. ¡Fue el peor campo de prisioneros! Comida mala, cuando te la daban; agua sucia, y podían agujerearte a balazos si te veían a cuatro pasos de la valla. No puedes imaginarte lo que me alegré cuando me sacaron de allí. Pero algo tenía que suceder, y tuvimos ese accidente con el tren. – Sacudió la cabeza-. Sólo recuerdo un fuerte ruido chirriante, y el dolor en el pie. Estuve inconsciente durante un rato, y cuando me desperté ya me habían cortado el pie y me encontraba en otro tren en dirección a Elmira.
–¿Cómo cavaste un túnel después de que te amputaran el pie?
Alex sonrió.
–Fue fácil. Me enteré de que había un grupo que estaba cavando.
En aquellas fechas me encontraba bastante bien, así que me turné con ellos en la tarea. Cavamos unos sesenta metros, hasta llegar debajo del muro. Mi muñón no estaba curado, y en el túnel me lo ensucié. Tal vez por eso tuve problemas. No pude irme con ellos, por supuesto, pero diez hombres lograron escapar y no me enteré de que los hubieran cogido. Me dormía contento, pensando en esos diez
hombres.
Chamán lanzó un suspiro.
–Bigger -dijo-, papá ha muerto.
Alex guardó silencio durante un rato, y luego asintió.
–Me lo imaginé cuando vi que tenias su maletín. Si hubiera estado vivo y sano, habría venido él mismo a buscarme, no te habría enviado a ti.
Chamán sonrió.
–Si, es verdad.
Le contó a su hermano lo que le había ocurrido a Rob J. antes de morir.
Mientras lo escuchaba, Alex empezó a sollozar y cogió la mano de su hermano. Cuando Chamán concluyó su relato, ambos guardaron silencio y siguieron cogidos de la mano. Por fin Alex se quedó dormido, y Chamán permaneció sentado a su lado sin soltarlo.
Nevó hasta bien entrada la tarde. Cuando finalmente oscureció, Chamán se asomó a las ventanas de ambos lados de la casa. La luz de la luna se reflejaba sobre la nieve intacta, sin huellas. A esas alturas ya había elaborado una explicación. Pensó que ese militar gordo había ido a buscarlo porque alguien necesitaba un médico. Tal vez el paciente había muerto o se
había recuperado, o tal vez el hombre había encontrado a otro médico y ya no lo necesitaba.
Era una explicación plausible, y se tranquilizó.
A la hora de cenar le dio a Alex un plato de caldo sustancioso, con una galleta. Su hermano durmió a ratos. Chamán había pensado que esa noche dormiría en la cama de la otra habitación, pero acabó dormitando en la silla, junto a la cama de Alex.
A las tres menos cuarto de la madrugada -según pudo comprobar Chamán en el reloj que tenía en la mesilla de noche, junto al arma Alex lo despertó: tenía la mirada extraviada, y había empezado a levantarse de la cama.
–Alguien está rompiendo una ventana en la planta baja.
Alex movió los labios formando las palabras, pero sin emitir sonido alguno.
Chamán se enderezó y cogió el arma, sujetándola con la mano izquierda; le resultó un instrumento desconocido.
Esperó, con la vista fija en el rostro de Alex.
¿Sería la imaginación de Alex? ¿Lo habría soñado, tal vez? La puerta del dormitorio estaba cerrada. ¿Quizás había oído el hielo que se rompía?
Pero Chamán se quedó quieto. Todo su cuerpo se convirtió en su mano apoyada en la caja del piano, y pudo sentir los pasos cautelosos.
–Está dentro -musitó.
Empezó a sentir el olor, como si se tratara de las notas en una escala ascendente.
–Está subiendo la escalera. Voy a apagar la lámpara.
Alex asintió.
Ellos conocían la disposición del dormitorio, y el intruso no, lo cual representaba una ventaja en la oscuridad. Pero Chamán estaba desesperado, porque sin luz no podría leer el movimiento de los labios de Alex.
Cogió la mano de su hermano y la puso sobre su pierna.
–Cuando oigas que entra en la habitación, aprieta -le dijo, y Alex asintió.
La única bota de Alex estaba en el suelo. Chamán se pasó el arma a la mano derecha, se agachó, recogió la bota y finalmente apagó la lámpara.
Pareció una eternidad. No podían hacer otra cosa que esperar en la oscuridad, petrificados.
Finalmente, las grietas de la puerta del dormitorio pasaron del amarillo al negro. El intruso había cogido la lámpara del pasillo y la había apagado para que su silueta no apareciera en el hueco de la entrada.
Encerrado en su conocido mundo de silencio absoluto, Chamán percibió el momento en que el hombre abría la puerta al notar el aire helado que entraba por la ventana abierta de la planta baja.
Y Alex le apretó la pierna.
Arrojó la bota al otro lado de la habitación, a la pared opuesta.
Vio los dos resplandores amarillos, uno tras otro, e intentó apuntar el pesado Colt a la derecha de los estallidos. Cuando apretó el gatillo, el revólver se sacudió salvajemente en su mano, y lo cogió con las dos mientras apretaba el gatillo una y otra vez, sintiendo las explosiones, parpadeando con cada una de ellas, percibiendo el aliento del diablo.
Cuando se terminaron las balas, Chamán se sintió más desnudo y vulnerable que nunca, y se quedó quieto, esperando la respuesta.
–¿Te encuentras bien, Bigger? – preguntó por fin como un tonto, sabiendo que no podría oir a su hermano.
Buscó a tientas las cerillas y logró encender la lámpara con mano temblorosa.
–¿Te encuentras bien? – volvió a preguntarle a Alex, pero éste señalaba al hombre que estaba en el suelo.
Chamán era muy mal tirador. Si el hombre hubiera podido les habría disparado a ambos, pero no podía. Chamán se acercó a él como si fuera un oso cazado cuya muerte aún no es segura. Su mala puntería era evidente, porque había agujeros en la pared, y el suelo estaba astillado. Los disparos del intruso no habían tocado siquiera la bota, pero habían destrozado el cajón superior del tocador de arce de la señora Clay. El hombre había quedado tendido de costado, como si estuviera durmiendo; era un militar gordo, de barba negra, y su rostro sin vida conservaba un gesto de sorpresa.
Uno de los disparos había alcanzado su pierna izquierda, exactamente en el punto en que Chamán había cortado la pierna a Alex. Otro le había dado en el pecho, directamente en el corazón. Cuando Chamán le palpó la artería carótida, notó que tenía la piel tibia, pero ya no había pulso.
A Alex no le quedaban fuerzas, y se derrumbó. Chamán se sentó en la cama y cogió a su hermano entre sus brazos, meciéndolo como si fuera un niño tembloroso.
Alex tenía la seguridad de que si se descubría esa muerte, él tendría que volver a la prisión. Quería que Chamán se llevara aquel hombre al bosque y lo quemara, como había quemado su pierna.
Chamán lo consoló y le dio unas palmaditas en la espalda, al tiempo que pensaba serenamente.
–Soy yo quien lo ha matado, no tú. Si alguien tiene problemas, no serás tú. Pero alguien notará la ausencia de este hombre. El tendero sabe que iba a venir aquí, y tal vez lo saben otros. La habitación está estropeada y hace falta un carpintero, que hablaría del asunto. Si oculto o destruyo su cadáver, es posible que me cuelguen. No tocaremos el cadáver.
Alex se serenó. Chamán se quedó a su lado y hablaron hasta que la luz gris de la mañana entró en la habitación y pudieron apagar la lámpara.
Llevó a su hermano a la sala de abajo, lo acostó en el sofá y lo abrigó con unas mantas. Llenó la estufa de leña, volvió a cargar el Colt y lo puso en una silla, cerca de Alex.
–Volveré con alguien del ejército. Por Dios, no le dispares a nadie sin asegurarte de que no somos nosotros. – Miró a su hermano a los ojos-. Van a interrogarnos una y otra vez, juntos y separados. Es importante que digas absolutamente toda la verdad de lo ocurrido. De esa forma no podrán desvirtuar lo que digamos. ¿Comprendido?
Alex asintió, y Chamán le dio unas palmaditas en la mejilla y salió de la casa.
La nieve le llegaba a las rodillas, y no cogió el carro. En el establo había un ronzal; se lo colocó al caballo y montó a pelo. más allá de la tienda de Barnard, le resultó más difícil avanzar sobre el suelo cubierto de nieve, pero después de cruzar el limite de Elmira vio que la nieve había sido aplastada por rodillos, y le resultó más fácil seguir.
Se sentía entumecido, pero no por el frío. había perdido pacientes que consideraba que tendría que haber salvado, y eso siempre lo inquietaba.
Pero jamás había matado a un ser humano. Llegó temprano a la oficina de telégrafos y tuvo que esperar hasta las siete a que abrieran.
Entonces le envió un telegrama a Nick Holden.
He matado militar en defensa propia. Por favor, envíe a autoridades civiles y militares de Elmira su respaldo inmediato con respecto a mi reputación y a la de Alex Bledsoe Cole. Agradecido, Robert J. Cole.
Fue directamente a la oficina del sheriff del distrito de Steuben y de nunció un homicidio.
En pocas horas, la casa de la señora Clay quedó atestada. El sheriff, un hombre achaparrado, de pelo gris, llamado Jesse Moore, padecía de dispepsia matinal y fruncía el ceño de vez en cuando y eructaba a menudo.
Iba acompañado por dos ayudantes, y su comunicación al ejército había dado como resultado la presencia inmediata de cinco milita res: un teniente, dos sargentos y un par de soldados. Al cabo de media hora llegó el comandante Oliver P. Poole, un oficial de piel atezada que llevaba gafas y un fino bigote negro. Todos se pusieron a sus órdenes: evidentemente era el que estaba a cargo del caso.
Al principio los militares y los civiles pasaron un rato observando el cadáver, entrando y saliendo de la casa, pisando torpemente la escalera con sus pesadas botas, y conversando en voz baja. Dejaron escapar todo el calor que había en la casa y las huellas de nieve y hielo, y destrozaron el suelo de madera encerada de la señora Clay.
El sheriff y sus hombres estaban alerta, los militares permanecían muy serios, y el comandante se mostró fríamente cortés.
Arriba, en la habitación, el comandante Poole examinó los orificios que habían quedado en la pared y en el suelo, en el cajón del tocador y en el cadáver del militar.
–¿No puede identificarlo, doctor Cole?
–Nunca lo había visto.
–¿Supone que le quiso robar?
–No tengo la menor idea. Lo único que sé es que yo tiré esa bota contra la pared en la habitación a oscuras, y que él disparó al oir el ruido, y yo le disparé a él.
–¿Ha mirado dentro de sus bolsillos?
–No, señor.
El comandante se dispuso a hacerlo, y colocó el contenido de los bolsillos del militar sobre una manta, al pie de la cama. No había gran cosa: una lata de rapé Clock-Time, un pañuelo arrugado y lleno de mocos, diecisiete dólares y treinta y ocho centavos, y un permiso del ejército que Poole leyó y luego le pasó a Chamán.
–¿Este nombre significa algo para usted?
El permiso estaba extendido a nombre del sargento mayor Henry Bowman Korff, cuartel general, Unidad de Intendencia del este del Ejército de Estados Unidos, Elizabeth, Nueva Jersey.
Chamán lo leyó y sacudió la cabeza.
–Jamás había visto ni oído ese nombre -dijo con toda sinceridad.
Pero unos minutos más tarde, mientras empezaba a bajar la escalera se dio cuenta de que ese nombre producía ecos inquietantes en su mente. A mitad de la escalera supo por que.
Nunca más tendría que volver a hacer especulaciones, como había hecho su padre hasta morir, sobre el paradero del tercer hombre que había desaparecido de Holden's Crossing la mañana en que Makwa ikwa fue violada y asesinada. Ya no tendría que buscar a un hombre gordo llamado
“Hank Cough”. Hank Cough lo había encontrado a él.
Al poco rato llegó el forense, que declaró al difunto legalmente muerto.
Saludó a Chamán con frialdad. Todos los hombres que se encontraban en la casa mostraban un antagonismo abierto o reservado, y Chamán comprendió por qué. Alex era enemigo de ellos; había luchado contra ellos, probablemente había matado soldados del Norte, y hasta hacia muy poco había sido su prisionero de guerra. Y ahora el hermano de Alex había matado a un soldado de la Unión que vestía uniforme.
Chamán se sintió aliviado cuando cargaron el pesado cadáver en una camilla y lo bajaron trabajosamente por la escalera y lo sacaron de la casa.
Fue entonces cuando comenzó el interrogatorio más serio. El comandante se instaló en el dormitorio en el que había tenido lugar el tiroteo. Cerca de él, en otra silla de la cocina, se sentó uno de los sargentos y tomó notas del interrogatorio. Chamán se sentó en el borde de la cama.
El comandante le preguntó por sus afiliaciones, y Chamán le dijo que las dos únicas organizaciones a las que se había unido alguna vez eran la Asociación para la Abolición de la Esclavitud, mientras estudiaba en el Knox College, y la Asociación de Médicos del Distrito de Rock Island.
–¿Simpatiza usted con los confederados doctor Cole?
–No.
–¿No siente alguna simpatía por los sudistas?
–No estoy a favor de la esclavitud. Deseo que la guerra termine sin que haya más sufrimiento, pero no soy partidario de la causa del Sur.
–¿Por qué vino a esta casa el sargento mayor Korff?
–No tengo ni idea.
Casi al instante había decidido no mencionar el antiguo asesinato de una india en Illinois ni el hecho de que tres hombres y una organización política secreta habían estado implicados en su violación y muerte. Todo era demasiado remoto, demasiado secreto. Consideró que revelarlo habría sido
lo mismo que provocar la incredulidad de ese desagradable oficial del ejército, y un sinfín de problemas.
–¿Nos está pidiendo que aceptemos que un sargento mayor del ejercito de Estados Unidos fue asesinado cuando intentaba cometer un robo a mano armada?
–No, no estoy pidiendo que acepten nada. Comandante Poole, ¿usted cree que yo le envié una invitación a este hombre para que rompiera una ventana de la casa que alquilo, para que entrara en ella ilegalmente a las dos de la madrugada, para que subiera y entrara en la habitación de mi hermano enfermo y disparara?
–Entonces, ¿por qué lo hizo?
–No lo sé -respondió Chamán, y el comandante frunció el ceño.
Mientras Poole interrogaba a Chamán, el teniente interrogaba a Alex en la sala. Al mismo tiempo, los dos soldados y los ayudantes del sheriff llevaban a cabo un registro del establo y de la casa, inspeccionaban el equipaje de Chamán y vaciaban los cajones de la cómoda y el armario.
De vez en cuando se producía una pausa en el interrogatorio y los dos oficiales deliberaban.
–¿Por qué no me dijo que su madre es sureña? – le preguntó el comandante Poole a Chamán después de una de esas pausas.
–Mi madre nació en Virginia pero ha vivido en Illinois más de la mitad de su vida. No se lo dije porque usted no me lo preguntó.
–Hemos encontrado esto en su maletín. ¿Qué es, doctor Cole?
–Poole extendió sobre la cama cuatro trozos de papel-. Cada papel tiene el nombre y la dirección de una persona. De una persona del Sur.
–Son las direcciones de parientes de los hombres que estaban en la misma tienda que mi hermano, en el campo de prisioneros de Elmira.
Esos hombres cuidaron a mi hermano y lo mantuvieron con vida.
Cuando la guerra termine, les escribiré para saber si han sobrevivido Y
si es así, les daré las gracias.
El interrogatorio se prolongó durante horas. Poole repetía a menudo las preguntas que ya había formulado, y Chamán repetía las respuestas anteriores.
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A mediodía los hombres se fueron a comer algo a la tienda de Barnard, y dejaron a los dos soldados y a uno de los sargentos en la casa.
Chamán fue a la cocina, preparó unas gachas y se las dio a Alex, que parecía alarmantemente agotado.
Alex dijo que no podía comer.
–¡Debes comer! ¡Es tu manera de seguir luchando! – le dijo Chamán en tono grave, y Alex empezó a meterse en la boca cucharadas de la pastosa mezcla.