Chaman
Sección 23
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
–Que tenga un buen día, señor Freudenthal -lo saludó, y salió detrás de Rachel.
Llevaron los paquetes al hotel. Era la hora de cenar. Chamán se habría quedado en el comedor del hotel, pero Rachel dijo que conocía un sitio mejor. Lo llevó al Parkman Café, un pequeño restaurante situado a pocos pasos. Era un local sin ostentación y de precios moderados, pero la comida y el servicio eran buenos. Después de cenar, cuando él le preguntó qué deseaba hacer a continuación, ella respondió que quería caminar a la orilla del lago.
Desde el agua llegaba una ligera brisa, pero el aire volvía a tener la tibieza del verano. En el cielo brillaban las estrellas y la luna en cuarto creciente, pero estaba demasiado oscuro para que Chamán viera los labios de ella, y caminaron en silencio. Con otra mujer eso lo habría hecho sentirse incómodo, pero sabía que Rachel no esperaba que él hablara cuando la visibilidad no era buena.
Caminaron por el terraplén del lago hasta que ella se detuvo debajo de una farola y señaló hacia delante, en dirección a una fuente de luz amarilla.
–Oigo una música increíblemente mala, montones de címbalos!
Cuando llegaron a un sitio iluminado vieron algo extraño, una plataforma redonda -tan grande como el sitio de un establo reservado para ordeñar- sobre la cual había clavados unos animales de madera pintada. Un hombre delgado de rostro arrugado y curtido daba vueltas a una enorme manivela.
–¿Es una caja de música? – preguntó Rachel.
–Non, es un carrousel. Uno elige un animal y cabalga sobre él, tres drole, tres plaisant -le informó el hombre-. Veinte centavos la vuelta.
Rob se sentó sobre un oso pardo. Rachel montó sobre un caballo pintado de un inverosímil color rojo. El francés gruñó mientras hacia girar la manivela y enseguida empezaron a dar vueltas.
En el centro del carrusel, una anilla de latón colgaba de una barra debajo de un letrero que anunciaba que cualquiera que lograra coger la anilla sin levantarse de su corcel sería premiado con una vuelta gratuita. Sin duda estaba fuera del alcance de la mayoría de los jinetes pero Chamán sólo tenía que estirar su largo cuerpo. Cuando el francés vio que Chamán intentaba coger la argolla, empezó a dar vueltas a la manivela con más fuerza y el carrusel cobró velocidad; pero Chamán se apoderó de la anilla en la vuelta siguiente.
Ganó varios viajes gratuitos para Rachel, pero pronto el propietario se detuvo para descansar el brazo, y Chamán bajó de su oso pardo y se ocupó de hacer girar la manivela. La hizo girar cada vez más rápido, y el caballo rojo pasó del medio galope al galope tendido. Rachel, la cabeza hacia atrás, reía como una niña cuando pasaba junto a Chamán.
No había nada infantil en su atractivo. Chamán no era el único que estaba fascinado; el francés lanzaba miradas de admiración mientras se preparaba para cerrar.
–Son los últimos clientes de l864 -le dijo a Chamán-. Final de la temporada. Pronto llegará el hielo.
Rachel dio once vueltas. Era evidente que habían entretenido al propietario más de la cuenta; Chamán le pagó y le dio una propina, y el hombre le regaló a Rachel una jarra de cristal blanco en la que había pintado un ramo de rosas.
Regresaron al hotel con el pelo revuelto por el viento, sonrientes.
–Lo he pasado muy bien -dijo ella al llegar a la habitación 306.
–Yo también. – Antes de que él tuviera tiempo de hacer o decir algo más, ella le había besado suavemente en la mejilla, y la puerta de la habitación se había abierto y vuelto a cerrar.
Una vez en su habitación, Chamán estuvo tendido en la cama durante una hora, completamente vestido. Finalmente se levantó y bajó los dos pisos. Ella tardó unos minutos en responder. El casi había perdido la esperanza, pero al fin se abrió la puerta: allí estaba Rachel, en salto de cama.
Se quedaron quietos, mirándose.
–¿Entras, o salgo yo? – dijo ella finalmente.
Chamán notó que estaba nerviosa.
Entró en la habitación y cerró la puerta.
–Rachel… -empezó a decir, pero ella le puso una mano en los labios.
–Cuando era niña solía bajar por el Camino Largo y detenerme en un sitio perfecto en el que el bosque se aparta del río, exactamente en el límite de nuestras propiedades, del lado que pertenece a mi padre. Pensaba que ibas a crecer muy pronto y que construirías una casa allí, y me salvarías de tener que casarme con un viejo sin dientes.
Imaginaba a nuestros hijos, un niño como tú, y tres hijas con las que serías cariñoso y paciente, y les permitirías ir a la escuela y vivir en su hogar hasta que estuvieran preparadas para marcharse.
–Te he amado toda la vida.
–Lo sé -dijo ella; mientras Chamán la besaba, ella le desabotonó la camisa.
Dejaron la luz encendida para contemplarse mutuamente y para que ella pudiera hablarle.
Después de hacer el amor, ella se quedó dormida con la misma facilidad con que un gato duerme una siesta, y él permaneció a su lado, contemplándola. Finalmente se despertó, y al verlo abrió los ojos desmesuradamente.
–Incluso después de casarme con Joe, incluso después de convertirme en madre, soñaba contigo.
–En cierto modo yo lo sabía. Por eso era tan doloroso.
–¡Tengo miedo, Chamán!
–¿De qué, Rachel?
–Durante años mantuve enterrada cualquier esperanza con respecto a nosotros. ¿Sabes qué hace una familia que practica la religión cuando uno de sus miembros se casa con alguien que no es de la misma fe? Cubren los espejos con tela y se ponen de luto. Y rezan por los muertos.
–No tengas miedo. Hablaremos con ellos hasta que al fin lo comprendan.
–¿Y si nunca lo comprenden?
El sintió una punzada de temor, pero era necesario enfrentarse a la pregunta.
–Si no lo comprenden, entonces tú tendrás que tomar una decisión -
opinó Chamán.
Se miraron.
–Nunca más nos resignaremos, ni tú ni yo -afirmó Rachel-. ¿De acuerdo?
–De acuerdo.
Comprendieron que acababan de establecer un compromiso, algo más serio que cualquier promesa, y se abrazaron como si cada uno fuera la tabla de salvación de1 otro.
Al día siguiente, mientras viajaban en el tren rumbo al oeste, Rachel dijo:
–Necesitaré tiempo.
Cuando él le preguntó cuánto tiempo, ella dijo que quería contárselo a su padre personalmente, no en una carta enviada clandestinamente.
–No será mucho tiempo. Todo el mundo piensa que la guerra está a punto de terminar.
–Te he esperado durante tanto tiempo que puedo esperar un poco más -
repuso él-. Pero no te veré en secreto. Quiero ir a buscarte a tu casa, y que salgas conmigo. Y quiero pasar mucho tiempo con Hattie y Joshua, para que podamos conocernos bien.
Rachel sonrió.
–Si -dijo, y le cogió la mano.
Lillian iría a Rock Island a buscar a su hija. Chamán bajó del tren en Moline y fue al establo a recoger su caballo. Cabalgó cincuenta kilómetros río arriba y cogió el transbordador que lo llevó al otro lado del Mississippi, a Clinton, Iowa. Pasó la noche en el hotel Randall, en una buena habitación iluminada con luz de gas y provista de agua corriente, caliente y fría. El hotel contaba con un maravilloso retrete de ladrillos en el quinto piso, al que se podía acceder desde todas las plantas. Pero al día siguiente, cuando fue a visitar el Hospital Inman, tuvo una gran decepción. Era un hospital pequeño, como el que pensaban instalar en Holden's Crossing, pero estaba mugriento y mal dirigido; era un ejemplo de lo que no se debía hacer.
Chamán escapó de allí en cuanto pudo, y le pagó al capitán de una chalana para que los llevara a él y a Boss río abajo, hasta Rock Island.
Mientras cabalgaba en dirección a Holden's Crossing empezó a caer una lluvia fría, pero se sintió reconfortado pensando en Rachel y en el futuro.
Cuando por fin llegó a casa y desensilló el caballo, entró en la cocina y encontró a su madre sentada en el borde de la silla, muy erguida. Sin duda había estado esperando ansiosamente su regreso porque las palabras salieron como un torrente de su boca en cuanto él abrió la puerta.
–Tu hermano está vivo. Es prisionero de guerra -dijo Sarah.
Un telegrama
El día anterior, Lillian Geiger había recibido una carta de su esposo.
Jason le decía que había visto el nombre del cabo Alexander Bledsoe en una lista de confederados prisioneros de guerra. Alex había sido apresado por las fuerzas de la Unión el 11 de noviembre de l862, en Perryville, Kentucky.
–Por eso desde Washington no contestaban las cartas que enviamos preguntando si tenían un prisionero llamado Alexander Cole -razonó Sarah-. El utilizó el apellido de mi primer marido.
Chamán estaba exultante.
–¡Al menos es posible que aún esté vivo! Escribiré ahora mismo para intentar averiguar dónde lo tienen.
–Eso llevaría meses. Si aún está vivo, hace casi tres años que es prisionero. Jason dice en su carta que los campos de prisioneros, tanto de un bando como de otro, están en condiciones lamentables. Dice que deberíamos localizar a Alex de inmediato.
–Entonces iré yo mismo a Washington.
Su madre sacudió la cabeza.
–Lei en el periódico que Nick Holden vendrá a Rock Island y a Holden's Crossing para participar en mítines a favor de la reelección de Lincoln.
Debes ir a verlo y pedirle ayuda para encontrar a tu hermano.
Chamán estaba desconcertado.
–¿Por qué habríamos de recurrir a Nick Holden en lugar de hablar con nuestro diputado, o con nuestro senador? Papá despreciaba a Holden por haber contribuido a la destrucción de los sauk.
–Nick Holden probablemente es el padre de Alex -dijo ella con naturalidad.
Durante un instante, Chamán quedó mudo de asombro.
–… Siempre pensé… Es decir, Alex cree que su padre natural es alguien llamado Will Mosby -dijo por fin.
Su madre lo miró. Estaba muy pálida, pero no había lágrimas en sus ojos.
–Yo tenía diecisiete años cuando murió mi primer esposo. Estaba totalmente sola en una cabaña, en medio de la pradera, en lo que ahora es la granja de los Schroeder. Intenté continuar yo sola el trabajo de la granja, pero no tenía las fuerzas necesarias. La tierra acabó conmigo muy pronto.
No tenía dinero. En aquel entonces no había trabajo y aquí vivía muy poca gente. Primero me encontró Will Mosby. Era un delincuente y pasaba fuera largos períodos, pero cuando regresaba siempre traía montones de dinero.
Luego Nick empezó a rondarme.
Los dos eran apuestos y encantadores. Al principio yo pensaba que ninguno de los dos conocía la existencia del otro, pero cuando quedé embarazada resultó que ambos se conocían, y cada uno afirmaba que el padre era el otro.
A Chamán le resultó difícil articular las palabras.
–¿No te ayudaron en nada?
Ella esbozó una amarga sonrisa.
–Absolutamente en nada. Creo que Will Mosby me amaba y que finalmente se habría casado conmigo, pero llevaba una vida peligrosa y temeraria, y eligió ese momento para que lo mataran. Nick no volvió a aparecer, pero yo siempre he pensado que era el padre de Alex.
Alma y Gus habían venido a hacerse cargo de la tierra, y supongo que él sabia que los Schroeder iban a proporcionarme comida.
Cuando di a luz, Alma estaba conmigo, pero la pobrecilla se queda paralizada cuando surge una emergencia, y yo tuve que decirle lo que debía hacer. Después de nacer Alex, la vida fue terrible. Primero me enfermé de los nervios, luego del estómago, lo que me pro dujo los cálculos en la vejiga. – Sacudió la cabeza-. Tu padre me salvó la vida. Hasta que él apareció, yo no creía que en el mundo existiera un hombre bueno y amable.
Lo importante es que yo había pecado. Cuando te quedaste sordo supe que ése era mi castigo, que te había ocurrido por mi culpa, y casi no podía acercarme a ti. Te quería mucho, y me remordía la conciencia. – Se estiró y le tocó la mejilla-. Lamento que hayas tenido una madre tan débil y pecadora.
Chamán le cogió la mano.
–No, no eres débil ni pecadora. Eres una mujer fuerte que tuvo que tener mucho coraje para sobrevivir. Y has tenido mucho coraje al contarme todo esto. Mi sordera no es culpa tuya, mamá. Dios no quiere castigarte. Nunca me he sentido tan orgulloso de ti, y nunca te quise tanto.
–Gracias, Chamán -dijo ella.
Cuando lo besó, notó que su madre tenía la mejilla húmeda.
Cinco días antes de que Nick Holden fuera a hablar a Rock Island Chamán entregó una nota para él al presidente del comité republicano del distrito. En la nota le decía que Robert Jefferson Cole agradecería infinitamente que se le brindara la oportunidad de hablar con el delegado Holden sobre un asunto urgente y de gran importancia.
El día del primer mitin Chamán se presentó en la enorme casa de madera que Nick tenía en Holden's Crossing y un secretario asintió cuando él dio su nombre.
–El delegado le está esperando -dijo el hombre, y acompañó a Chamán hasta el despacho.
Holden había cambiado desde la última vez que lo había visto. Se había vuelto corpulento, su cabellera gris empezaba a ralear y en los bordes de la nariz le habían aparecido montones de venas pequeñas, pero aún era un
hombre apuesto, y lucia un aire de seguridad como si se tratara de un traje hecho a la medida.
Santo cielo, si tú eres el pequeño, el hijo menor, ¿no? ¿Y ahora eres médico? De verdad que me alegro de verte. Te diré lo que haremos: yo necesito una buena comida casera, tú te vienes conmigo al comedor de Anna Wiley y me permites que te invite a comer.
Hacia tan poco tiempo que Chamán había terminado de leer el diario de su padre que aún veía a Nick a través de los ojos y la pluma de Rob J., y lo que menos deseaba era aceptar una invitación de Nick. Pero sabía por qué estaba allí, de modo que se dejó llevar al comedor de la calle Main en el coche de Nick. Por supuesto, primero tuvieron que detenerse en el almacén, y Chamán esperó mientras Nick estrechaba la mano a todos los hombres que estaban en el porche, como un buen político, y se aseguraba de que todos conocían a “mi buen amigo, nuestro médico”.
En el comedor, Anna Wiley se deshizo en atenciones, y Chamán logró comer su carne asada, que era buena, y su tarta de manzana, que era mediocre. Finalmente logró hablarle de Alex.
Holden escuchó sin hacer interrupciones, y luego asintió.
–Hace tres años que es prisionero, ¿no?
–Si, señor. En el caso de que aún esté vivo.
Nick cogió un puro del bolsillo superior y se lo ofreció a Chamán.
Cuando éste lo rechazó, arrancó la punta con los dientes y lo encendió lanzando pequeñas bocanadas de humo en dirección a su invitado.
–¿Y por qué has venido a verme a mi?
–Mi madre pensó que usted estaría interesado -aclaró Chamán.
Holden le echó un vistazo y luego sonrió.
–Tu padre y yo… Ya sabes, cuando éramos jóvenes, fuimos grandes amigos. Corrimos grandes aventuras Juntos.
–Lo sé -respondió Chamán friamente.
Algo en el tono de Chamán debió de advertir a Nick que era mejor dejar ese tema de lado. Volvió a asentir.
–Bueno, dale a tu madre mis mejores recuerdos. Y dile que me ocuparé personalmente de este asunto.
Chamán le dio las gracias. De todas formas, cuando llegó a casa les escribió al diputado y al senador de su Estado pidiéndoles ayuda para encontrar a Alex.
Pocos días después de regresar de Chicago, Chamán y Rachel comunicaron a sus respectivas madres que habían decidido verse con regularidad.
Cuando se enteró, Sarah tensó los labios, pero asintió sin mostrar el más mínimo asombro.
–Serás muy bueno con sus hijos, por supuesto, lo mismo que tu padre con Alex. Si tenéis más hijos, ¿vais a bautizarlos?
–No lo sé, mamá. No hemos llegado tan lejos.
–En vuestro caso, yo hablaría del tema -fue todo lo que se le ocurrió decir.
Rachel no fue tan afortunada. Ella y su madre discutían con frecuencia.
Lillian era amable con Chamán cuando él iba a su casa, pero no le mostraba el menor cariño. El llevaba a pasear a Rachel y a los dos niños en la calesa siempre que le resultaba posible, pero la naturaleza conspiraba contra él, porque el tiempo se volvió inclemente. Así como el verano había llegado temprano y casi no había habido primavera, ese mismo año el invierno había caído prematuramente sobre la llanura. Octubre fue un mes glacial.
Chamán encontró en el establo los patines de su padre; les compró a los chicos patines de doble cuchilla en la tienda de Haskins y los llevó a patinar al pantano helado, pero hacía demasiado frío para que se lo pasaran bien. El día de las elecciones, cuando Lincoln fue reelegido por amplio margen, estaba nevando; y el dieciocho de aquel mes, Holden's Crossing fue azotado por una ventisca y el suelo quedó cubierto por un manto blanco que duró hasta la primavera.
–¿Te has dado cuenta de cómo tiembla Alden? – le preguntó Sarah a Chaman una mañana.
En realidad hacia tiempo que él observaba a Alden.
–Tiene mal de Parkinson, mamá.
–¿Qué es eso?
–No sé qué es lo que provoca los temblores, pero la enfermedad afecta el control de los músculos.
–¿Va a morir?
–A veces es una enfermedad mortal, pero no ocurre a menudo. Lo mas probable es que vaya empeorando poco a poco. Quizá quede tullido. Sarah asintió.
–Bueno, el pobre ya está demasiado viejo y enfermo para ocuparse de la granja. Tendremos que ir pensando en poner a Doug Penfield al frente y
contratar a alguien para que lo ayude. ¿Podemos permitirnoslo? Le estaban pagando veintidós dólares mensuales a Alden y diez a Doug Penfield.
Chamán hizo algunos cálculos rápidos y finalmente asintió. – Entonces,
¿qué será de Alden?
–Bueno, se quedará en su cabaña y nosotros lo cuidaremos, por su puesto. Pero va a ser difícil convencerlo de que deje de ocuparse de las tareas pesadas.
–Lo mejor sería pedirle que hiciera montones de cosas que no su pongan un esfuerzo -sugirió ella con gran perspicacia, y Chamán es tuvo de acuerdo.
–Creo que tengo una de esas cosas para que empiece ahora mismo -
anunció.
Esa noche llevó el “escalpelo de Rob J.” a la cabaña de Alden -Hay que afilarlo, ¿eh? – dijo Alden mientras lo cogía.
Chamán sonrió.
–No, Alden, yo lo mantengo afilado. Es un bisturí que ha pertenecido a mi familia durante siglos. Mi padre me contó que en casa de su madre lo tenían guardado en una vitrina cerrada con cristales, colgada de la pared.
Pensé que tú podrías hacerme una igual.
–No veo por qué no. – Alden movió el escalpelo entre sus manos Una buena pieza de acero.
–Así es. Y tiene un filo fantástico.
–Yo podría hacerte un cuchillo como éste, si alguna vez quieres tener otro.
Chamán sintió curiosidad.
–¿Querrías intentarlo? ¿Podrías hacer uno con una hoja más larga que la de éste, y más estrecha?
–No habría ningún problema -le aseguró Alden, y Chamán fingió que no veía el temblor de la mano del anciano mientras le devolvía el escalpelo.
Resultaba muy difícil estar tan cerca de Rachel y sin embargo tan lejos de ella. No había ningún sitio donde pudieran hacer el amor. Caminaban por la nieve hasta el bosque, donde se acurrucaban uno en los brazos del otro, como osos, e intercambiaban besos helados y caricias acolchadas. Chamán empezó a estar de mal humor y notó que Rachel tenía ojeras.
Después de dejarla en su casa, Chamán daba enérgicos paseos. Un día recorrió el Camino Corto que llevaba al río y vio que el trozo de madera que marcaba la tumba de Makwa-ikwa, y que sobresalía por encima de la
nieve, estaba roto. El tiempo casi había borrado los signos rúnicos que su padre le había hecho grabar a Alden.
Sintió que la furia de Makwa se levantaría de la tierra, atravesando la nieve. ¿Cuánto correspondía a su imaginación y cuánto a su conciencia?
“He hecho lo que podía. ¿Qué más puedo hacer? Es más importante mi vida que tu descanso”, le dijo en tono brusco, y se alefó picoteando la nieve hacia su casa.
Esa tarde fue a casa de Betty Cummings, que padecía un fuerte reumatismo en ambos hombros. Ató el caballo, y cuando se dirigía a la puerta de atrás vio al otro lado del establo una huella doble y una serie de marcas extrañas. Avanzó cuidadosamente sobre la nieve y se arrodilló para mirarlas.
Las marcas que había sobre la nieve eran de forma triangular. Se hundían en la superficie unos quince centímetros y su tamaño variaba ligeramente, de acuerdo con la profundidad que alcanzaban.
Estas heridas triangulares en la nieve no tenían sangre, y eran mucho más de once. Se quedó arrodillado, observándolas.
–¿Doctor Cole?
La señora Cummings había salido y estaba inclinada, observándolo con expresión preocupada.
Dijo que los agujeros los habían hecho los bastones de los esquíes de su hijo. Se había fabricado los esquíes y los bastones con madera de nogal, tallando los extremos en punta.
Eran demasiado grandes.
–¿Todo está bien, doctor Cole?
La mujer se estremeció y se cerró más el chal, y Chamán se sintió repentinamente avergonzado de tener a una anciana reumática expuesta al frío.
–Todo está perfectamente bien, señora Cummings -le aseguró.
Se levantó y fue tras ella hasta la acogedora cocina.
Alden había hecho un maravilloso trabajo con la vitrina para el escalpelo de Rob J. La había fabricado con roble cortado a escuadra y había conseguido que Sarah le diera un retazo de terciopelo azul claro para montar encima el escalpelo.
–Pero no logré encontrar un trozo de cristal usado. Tuve que comprar uno nuevo en la tienda de Haskins. Espero que sea adecuado.
–Es más que adecuado. – Chamán estaba satisfecho-. Lo colgaré en el vestíbulo principal de la casa -anunció.
Quedó más satisfecho aún al ver el escalpelo que Alden había hecho según sus instrucciones.
–Lo forjé con un hierro viejo de marcar el ganado. Ha sobrado acero suficiente para dos o tres cuchillos más como ése, si te interesan.
Chamán se sentó, y con un lápiz dibujó un bisturí para tomar muestras y una horquilla para amputar.
–¿Crees que podrías hacer esto?
–Claro que podría.
Chamán lo miró con expresión pensativa.
–Alden, pronto vamos a tener aquí un hospital. Eso significa que vamos a necesitar instrumentos, camas, sillas…, cosas así. ¿Qué te parecería si consiguieras a alguien que te ayudara a fabricar todo eso?
–Bueno, sería fantástico, pero… No creo que pueda disponer del tiempo necesario para ocuparme de todo.
–Sí, me doy cuenta. Pero supongamos que contratamos a alguien para que trabaje en la granja con Doug Penfield, y que ellos se reúnan contigo un par de veces por semana para que tú les digas lo que deben hacer.
aaaa
Alden pensó un momento y luego asintió.
–Estaría muy bien.
Chamán vaciló.
–Alden…, ¿aún tienes buena memoria?
–Tan buena como cualquiera, supongo.
–Hasta donde puedas recordar, dime dónde estaba cada uno el día que Makwa-ikwa fue asesinada.
Alden lanzó un profundo suspiró y puso los ojos en blanco.
–Todavía sigues con eso, por lo que veo. – Pero cuando Chamán insistió, él colaboró-. Bien, empecemos contigo. Tú estabas dormido en el bosque, según me dijeron. Tu padre estaba visitando a sus pacientes.
Yo estaba en casa de Hans Grueber, ayudándolo a matar los animales, que era la forma en que tu padre le pagaba por utilizar sus bueyes para tirar del distribuidor de estiércol… Veamos, ¿quién queda?
–Alex. Mi madre. Luna y Viene Cantando.
–Bueno, Alex estaba en algún sitio, pescando, jugando, no sé. Tu madre y Luna…, recuerdo que estaban haciendo la limpieza de la despensa,
preparándola para colgar la carne cuando hiciéramos la matanza. El indio grande estaba con el ganado, y luego fue a trabajar al bosque. – Le dedicó una amplia sonrisa-. ¿Qué te parece mi memoria?
–Fue Jason el que encontró a Makwa. ¿Qué hizo Jason aquel día?
Alden se mostró indignado.
–Bueno, ¿cómo demonios voy a saberlo? Si quieres saber algo sobre Geiger, habla con su esposa.
Chamán asintió.
–Creo que es eso lo que voy a hacer -dijo.
Pero cuando regresó a casa, todas sus ideas lo abandonaron, porque su madre le comunicó que Carroll Wilkenson le había traído un telegrama.
Venía de la oficina de telégrafos de Rock Island. Cuando Chamán rompió el sobre, los dedos le temblaban tanto como a Alden.
El telegrama era conciso y formal.
Cabo Alexander Bledsoe, 38 de fusileros montados de Louisiana, actualmente encarcelado como prisionero de guerra, Campo de Prisioneros de Elmira, Elmira, Estado de Nueva York. Por favor, ponerse en contacto conmigo si puedo ayudar en alguna otra cosa. Buena suerte. Nicholas Holden, Deleg. Asuntos Indios, Estados Unidos.
El campo de Elmira En el despacho del presidente del banco, Charlie Andreson miró la cantidad del formulario para retirar dinero y frunció los labios.
Aunque se trataba de su propio dinero, Chamán no vaciló en informarle a Andreson del motivo por el que lo solicitaba, ya que sabía que podía revelarle al banquero cualquier asunto confidencial.
–No tengo idea de qué necesitará Alex. En cualquier caso, necesitare dinero para ayudarlo.
Andreson asintió y salió del despacho. Un instante después volvió con un montón de billetes dentro de una pequeña bolsa. También llevaba un cinturón para guardar el dinero.
–Un pequeño regalo del banco para un apreciado cliente. Junto con nuestros sinceros deseos de éxito, y un consejo, si me permites: guarda el dinero en el cinturón y llévalo sobre la piel, debajo de la ropa. ¿Tienes plstola?
–No.
–Deberías comprar una. Vas a recorrer una larga distancia, y hay hombres peligrosos que te matarían sin vacilar para robarte el dinero.
Chamán le dió las gracias al banquero y guardó el dinero y el cinturón en una pequeña bolsa tapizada que había llevado consigo. Estaba recorriendo la calle Main cuando recordó que tenía un arma, el Colt que su padre le había quitado a un confederado muerto para matar el caballo, y que había traído de la guerra. En circunstancias normales, a Chamán no se le hubiera ocurrido viajar armado, pero no podía permitirse el lujo de que le pasara algo mientras iba a ayudar a Alex, así que hizo girar el caballo y fue hasta la tienda de Haskins, donde compró una caja de munición para el calibre 44. Las balas y el revólver eran pesados, y le ocupaban bastante espacio en la única maleta que llevaba, junto con el maletín de médico, cuando a la mañana siguiente partió de Holden's Crossing.
Fue en vapor río abajo, hasta Cairo; luego se dirigió hacia el este en tren. En tres ocasiones se produjeron largas demoras porque los distintos trenes en que viajaba eran detenidos para permitir el paso a otros que trasladaban tropas. Fueron cuatro días y cuatro noches de viaje difícil.
Cuando dejó atrás Illinois desapareció la nieve pero no el invierno, y el frío penetrante que reinaba en los vagones del tren se apoderó de Chamán.
Cuando por fin llegó a Elmira estaba agotado por el viaje, pero no hizo ningún intento de bañarse ni de cambiarse de ropa antes de intentar encontrar a Alex, porque tenía un irresistible deseo de asegurarse de que su hermano estaba vivo.
Fuera de la estación, pasó junto a un cabriolé, pero decidió coger una calesa para poder sentarse junto al conductor y ver lo que decía. El cochero comentó con orgullo que la población de la ciudad había alcanzado los quince mil habitantes. Atravesaron una encantadora ciudad de casas pequeñas, hasta un barrio en las afueras de Elmira, y luego bajaron por la calle Water, junto al río Chemung, según dijo el hombre.
Muy pronto apareció una valla de madera que marcaba los limites de la prision.
El cochero estaba orgulloso de la belleza de la ciudad, y era un experto en comunicar datos. Le informó a Chamán que la valla estaba construida con “tablas nativas” de tres metros y medio de altura, que bordeaban una superficie de veintiocho acres en la que vivían más de diez mil confederados capturados.
–A veces ha habido hasta doce mil rebeldes ahí dentro -añadió.
Señaló que un metro por encima de la parte superior de la valla, y del lado de afuera, había una estrecha pasarela por la que patrullaban los
centinelas armados.
Siguieron calle West Water abajo, donde los intermediarios habían convertido el campo de prisioneros en un zoo humano. Una torre de madera de tres pisos de altura, con una escalera que conducía a una plataforma vallada, permitía a cualquiera que tuviera quince centavos echar un vistazo a los hombres que trabajaban en la molienda del interior.
–Aquí antes había dos torres. Y un montón de puestos de refrescos.
Vendían tartas, galletas, cacahuetes, limonada y cerveza a los que miraban a los prisioneros. Pero el ejército las cerró.
–Una pena.
–Si. ¿Quieres parar, subir y echar un vistazo?
Chamán sacudió la cabeza.
–Déjeme en la entrada principal del campo, por favor -le indico…
En la entrada había un centinela militar de color. Al parecer, la mayor parte de los centinelas eran negros. Chamán siguió a un soldado raso hasta la oficina de la compañía del cuartel general, donde se identificó ante un sargento y solicitó permiso para ver al prisionero llamado Alexander Bledsoe.
El sargento habló con un teniente que estaba sentado detrás de un escritorio en un despacho minúsculo, y al salir murmuró que desde Washington les había llegado un telegrama en el que se mencionaba al doctor Cole, lo que hizo que Chamán aún tuviera mejor imagen de Nicholas Holden.
–Las visitas no pueden superar los noventa minutos.
Le indicaron que el soldado lo llevaría hasta su hermano, que se encontraba en la tienda 8-C, y siguió al negro al interior del campo, por senderos helados. Mirara donde mirase sólo veía prisioneros, indiferentes, miserables, mal vestidos. Comprendió enseguida que estaban hambrientos.
Vio a dos hombres junto a un barril colocado boca abajo, sobre el que despellejaban una rata.
Pasaron junto a una serie de barracas de madera. Al otro lado de las barracas había hileras de tiendas, y más allá de éstas un estanque largo y estrecho que evidentemente se utilizaba como alcantarilla, porque cuanto más se acercaban, más fuerte era el hedor.
El soldado negro se detuvo finalmente delante de una de las tiendas.
–Esta es la 8-C, señor -le indicó, y Chamán le dio las gracias.
En el interior encontró a cuatro hombres ateridos de frío. No los conocía, y lo primero que pensó fue que uno de ellos era alguien que tenía el mismo nombre que Alex, y que él había hecho todo ese viaje por un error de identificación.
–Estoy buscando al cabo Alexander Bledsoe.
Uno de los prisioneros, un chico cuyos oscuros bigotes eran demasiado grandes para su huesudo rostro, señaló lo que parecía un montón de harapos. Chamán se acercó cautelosamente, como si un animal feroz acechara debajo de los trapos sucios: dos sacos de algún producto alimentario, un trozo de alfombra y algo que en otros tiempos podría haber sido una chaqueta.
–Le tapamos la cara para que no tenga frío -dijo el del bigote oscuro, y apartó uno de los sacos.
Era su hermano, pero no era exactamente su hermano. Chamán podría haberse cruzado con él en la calle y no lo habría reconocido, por que Alex estaba absolutamente cambiado; había adelgazado mucho, y su rostro parecía envejecido por experiencias en las que Chamán no quiso pensar. Le cogió la mano. Por fin Alex abrió los ojos y lo miró fijamente, sin reconocerlo.
–Bigger -dijo Chamán, pero no pudo continuar.
Alex parpadeó, desconcertado. Entonces la comprensión se deslizó en su mente como una marea que invade poco a poco la azotada orilla, y se echó a llorar.
–¿Mamá y papá?
Fueron las primeras palabras que pronunció Alex, y Chamán mintió instantáneamente.
–Los dos están bien.
Los hermanos permanecieron en silencio, cogidos de la mano. Tenían tanto que decir, tanto que preguntar y que contar, que al principio se quedaron sin habla. Pronto las palabras acudieron a la mente de Chamán, pero Alex no estaba en condiciones de decir nada. A pesar de su excitación inicial, empezó a deslizarse otra vez en el sueño, lo que indicó a Chamán lo enfermo que estaba.
Se presentó a los otros cuatro hombres, y escuchó sus nombres: Berry Womack, de Spartanburg, Carolina del Sur, bajo y fornido, de pelo rubio, largo y sucio. Fox J. Byrd, de Charlottesville, Virginia, de rostro adormilado y carnes flojas, como si alguna vez hubiera sido gordo. James Joseph
Waldron, de Van Buren, Arkansas, achaparrado, moreno y el más joven de todos; según calculó Chamán, no tendría más de diecisiete años. Y Barton 0. Westmoreland, de Richmond, Virginia, el chico del bigote grande que le estrechó la mano a Chamán y le dijo que lo llamara Buttons.
Mientras Alex dormía, Chamán lo examinó.
había perdido el pie izquierdo.
–¿Le dispararon?
–No, señor -respondió Buttons-. Yo estaba con él. Algunos de nosotros fuimos trasladados hasta aquí en tren, desde el campo de prisioneros de Point Lookout, en Maryland, el 16 de julio pasado. Bueno, hubo un accidente ferroviario terrible en Pensilvania… En Sholola, Pensilvania.
Murieron cuarenta y ocho prisioneros de guerra, y diecisiete guardias federales. Los enterraron en un campo, cerca de las vías, como después de una batalla.
–Entre nosotros hubo ochenta y cinco heridos. El pie de Alex estaba tan destrozado que se lo cortaron. Yo tuve mucha suerte, sólo me torcí el hombro.
–Su hermano estuvo muy bien durante un tiempo -añadió Berry Womack-. Jimmie-Joe le hizo unas muletas, y así caminaba con bastante agilidad. Era el que se ocupaba de los enfermos de esta tienda nos cuidaba a todos. Dijo que había aprendido un poco observando a su padre.
–Nosotros le llamamos doctor -comentó Jimmie-Joe Waldron Cuando Chamán levantó la pierna de Alex vio que ésta era la causa de los problemas de su hermano. La amputación estaba muy mal hecha. La pierna aún no estaba gangrenosa, pero la mitad del muñón no se había curado, y debajo del tejido ya cicatrizado había pus.
–¿Usted es médico de verdad? – preguntó Waldron al ver el estetoscopio.
Chamán le aseguró que si. Colocó el extremo en el pecho de Alex pidió a uno de ellos que le informara de lo que oía, y se alegró al deducir que su hermano tenía los pulmones limpios. Pero tenía fiebre y su pulso era débil.
–En este campo hay toda clase de pestes, señor -afirmó Buttons-.
Viruela, toda clase de fiebres, malaria. ¿Qué cree que tiene?
–Se le empieza a gangrenar la pierna -dijo Chamán en tono grave.
Era evidente que Alex también sufría de desnutrición y que había pasado mucho tiempo expuesto al frío, como todos los que estaban en esa tienda. Le dijeron a Chamán que algunas tiendas contaban con estufas de
estaño, que algunas tenían unas pocas mantas, pero que la mayoría no tenían ni una cosa ni la otra.
–¿Qué coméis?
–Por la mañana recibimos un trozo de pan y un trozo pequeño de una carne repugnante. Por la noche, un trozo de pan y una taza de lo que ellos llaman sopa, el agua en la que han hervido la carne repugnante -aclaró Buttons Westmoreland.
–¿Nada de verduras?
Todos sacudieron la cabeza, aunque Chamán ya conocía la res puesta porque al entrar en el campo había visto síntomas de escorbuto.
–Cuando llegamos aquí, éramos unos diez mil -prosiguió Buttons-.
Siguen llegando más prisioneros, pero de los diez mil primeros sólo quedamos cinco mil. Hay un pabellón lleno de moribundos y al otro lado del campamento un cementerio enorme. Todos los días mueren alrededor de veinticinco hombres.
Chamán se sentó en el suelo frío y cogió las manos de Alex mientras observaba su rostro. Alex seguía durmiendo profundamente.
En ese momento el guardia asomó la cabeza por la abertura de la tienda y le dijo que era la hora de marcharse.
En la oficina de la compañía, el sargento escuchó en actitud impasible mientras Chamán se identificaba como médico y describía los síntomas de su hermano.
–Me gustaría que me autorizaran a llevarlo a casa. Sé que si se queda aquí morirá.
El sargento buscó en un archivo y sacó una ficha que leyó atenta mente.
–Su hermano no tiene derecho a la libertad bajo palabra. Ha trabajado como ingeniero. Así llamamos a los prisioneros que intentan escapar cavando un túnel.
–¡Un túnel! – exclamó Chamán sorprendido-. ¿Cómo iba a cavarlo?
Sólo tiene un pie.
–Y dos manos. Y antes de llegar aquí, había escapado de otro campo y fue capturado nuevamente.
Chamán intentó razonar.
–¿Usted no habría hecho lo mismo? ¿No es lo que habría hecho cualquier hombre honrado?
Pero el sargento sacudió la cabeza.
–Tenemos nuestras reglas.
–¿Puedo traerle un par o tres de cosas?
–Ningún instrumento cortante ni de metal.
–¿Hay alguna pensión cerca de aquí?
–Hay una casa, a medio kilómetro al oeste de la entrada principal.
Alquilan habitaciones -le informó el sargento.
Chamán le dio las gracias y recogió sus cosas.
En cuanto se instaló en la habitación y se libró de la presencia del dueño, cogió ciento cincuenta dólares de su cinturón y los guardó en el bolsillo de la chaqueta. había un empleado que por unos dólares se prestó encantado a trasladar al nuevo huésped a la ciudad. En la oficina de telégrafos Chamán envió un telegrama a Washington, a nombre de Nick Holden: “Alex gravemente enfermo. Imprescindible asegurar su liberación, o morirá. Ayuda, por favor”.
Encontró unas cuadras, donde alquiló un caballo y un carro.
–¿Para un día o una semana? – preguntó el dueño de las cuadras.
Chamán lo alquiló para una semana y le pagó por adelantado.
El almacén era más grande que el de Haskins. Chamán llenó el carro que había alquilado con cosas para los hombres de la tienda de Alex: leña, mantas, un pollo adobado, una lonja de tocino, seis hogazas de pan, dos sacos de patatas, un saco de cebollas, un cajón de coles.
El sargento abrió desmesuradamente los ojos al ver el “par o tres de cosas” que Chamán había comprado para su hermano -Ya ha utilizado los noventa minutos de hoy. Descargue ese botín y váyase.
Al llegar a la tienda vio que Alex aún dormía. Para los demás fue como una Navidad de los viejos tiempos. Llamaron a sus vecinos.
Hombres de una docena de tiendas entraron y cogieron leña y verduras.
La intención de Chamán era que las cosas cambiaran un poco la situación de los hombres de la tienda 8-C, pero ellos habían preferido compartir casi todo lo que él les había llevado.
–¿Tenéis un cazo? – le preguntó a Buttons.
–¡Si, señor!
Buttons le dio una lata enorme y abollada.
–Prepara una sopa con pollo, cebollas, coles, patatas y pan. Cuento con que le daréis la mayor cantidad posible de sopa caliente.
–Si, señor, lo haremos-afirmó Buttons.
Chamán vaciló. Ya había desaparecido una cantidad increíble de comida.
–Mañana traeré más. Debéis guardar la mayor parte de ésta para los que estáis en esta tienda.
Westmoreland asintió gravemente. Ambos sabían que se acababa de establecer y aceptar una condición tácita: que sobre todo Alex estuviera alimentado.