Chaman
Después de la comida, los interrogadores intercambiaron…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
–¿Quizá conocías a mi padre?
El hombre estudió su rostro.
–¿Eres el chico sordo? ¿Eres tú, Chamán?
–si.
–Yo soy Perro Pequeño. El hijo de Luna y Viene Cantando.
Chamán sintió una enorme alegría mientras se estrechaban la mano y recordaban cómo habían jugado juntos de niños.
El hombre robusto dijo algo.
–El es Medi-ke, Tortuga Mordedora, jefe de la ciudad de Tama -anunció Perro Pequeño-. Quiere que los tres entréis en su cabaña.
Tortuga Mordedora le indicó a Perro Pequeño que él también debía entrar, y a los otros les dijo que se marcharan. La cabaña era pequeña y por el olor se notaba que acababan de comer carne chamuscada. Las mantas dobladas indicaban el sitio en el que dormían, y en un rincón se veía colgada una hamaca de lona. El suelo de tierra era duro y estaba húmedo, y en él se sentaron mientras la esposa de Tortuga Mordedora, Wapansee -
Lucecita-, les servía café endulzado con azúcar de arce, alterado y transformado por otros ingredientes. Tenía el mismo sabor que el café que preparaba Makwa-ikwa. Cuando Lucecita terminó de servirlo, Tortuga Mordedora le dijo algo, y ella salió de la casa.
–Tenías una hermana llamada Mujer Pájaro-le dijo Chamán a Perro Pequeño-. ¿Vive aquí?
–Murió, hace ya mucho tiempo. Tengo otra hermana, Sauce Verde, la más joven. Vive con su esposo en la reserva de Kansas.
Perro Pequeño añadió que entre la gente que vivía en Tama no había nadie más del reducido grupo de Holden's Crossing.
Tortuga Mordedora le informó por intermedio de Perro Pequeño que él era mesquakie. Y que en Tama había unos doscientos mesquakie y sauk.
Luego lanzó un torrente de palabras y volvió a mirar a Perro Pequeño.
–Dice que las reservas son muy malas, como enormes jaulas. Nos sentíamos tristes recordando los viejos tiempos, las viejas costumbres.
Cazamos caballos salvajes, los domamos, los vendimos por el dinero que pudimos. Ahorramos hasta el último centavo.
Luego unos cien de los nuestros vinieron aquí. Tuvimos que olvidar que Rock Island antes era Sauk-e-nuk, la gran ciudad de los sauk, y que Davenport era Mesquak-e-nuk, la gran población de los mesquakie. El mundo ha cambiado. Compramos ochenta acres de tierra con dinero blanco, y el gobernador blanco de Iowa firmó escrituras como testigo.
Chamán asintió.
–Fantástico -dijo, y Tortuga Mordedora sonrió.
Evidentemente entendía un poco de inglés, pero siguió hablando en su lengua y a medida que hablaba su rostro se volvía sombrío.
–Dice que el gobierno siempre finge que ha comprado nuestras inmensas tierras. El Padre Blanco arrebata nuestras tierras y ofrece a las tribus monedas pequeñas en lugar de dinero de papel grande. Incluso nos quita las monedas y nos da mercancías baratas y dice que a mesquakie y a sauk se les paga una anualidad. Muchos de los nuestros dejan mercancías sin valor que se pudran en tierra. Les aconsejamos que digan claramente que sólo aceptarán dinero, y que vengan aquí a comprar mas tierras.
–¿Tenéis problemas con los vecinos blancos? – preguntó Chamán.
–Ningún problema -respondió Perro Pequeño, y escuchó lo que decía Tortuga Mordedora-. El dice que no somos una amenaza. Cada vez que nuestra gente va a hacer negocios, hombres blancos ponen monedas en la corteza de árboles y dicen a nuestros hombres que se pueden quedar con monedas si les dan con la flecha. Algunos de los nuestros dicen que eso es un insulto, pero Tortuga Mordedora lo permite. – Tortuga Mordedora dijo algo, y Perro Pequeño sonrió-: Dice que nos mantiene entrenados con el arco.
Lucecita regresó con un hombre vestido con camisa blanca de algodón deshilachada, pantalones de lana color pardo, manchados, y pañuelo rojo atado a la altura de la frente. Dijo que era Nepepaqua, Sonámbulo, hechicero sauk. Sonámbulo no era de los que pierden el tiempo.
–Ella dice que eres médico.
–si.
–Bien. ¿Vendrás conmigo?
Chamán asintió. Chamán y Rachel dejaron a Charles Keyser bebiendo café con Tortuga Mordedora. Sólo se detuvieron a coger el maletín. Luego siguieron al hechicero.
Mientras atravesaban el poblado, Chamán buscó imagenes conocidas que coincidieran con sus recuerdos. No vio tipis, pero al otro lado de las cabañas había algunos hedonoso-tes. En su gran mayoría, la gente iba vestida con ropas raídas de blancos. Los mocasines eran como él los recordaba, aunque muchos indios llevaban botas de trabajo, o calzado del ejército.
Sonámbulo los llevó a una cabaña al otro lado del poblado. En su interior, una joven delgada se retorcía de dolor, acostada y con las manos apoyadas en su enorme vientre.
Tenía los ojos vidriosos y parecía haber perdido el juicio. No respondió a las preguntas de Chamán. Su pulso era rápido y fuerte. El sintió temor, pero cuando cogió las manos de la joven entre las suyas notó que tenía más vitalidad de la que había imaginado.
Sonámbulo le indicó que se llamaba Watwaweiska, Ardilla Trepadora.
Era la esposa de su hermano. El momento de su primer parto había llegado el día anterior por la mañana. Ya había elegido un sitio blando y seco en el bosque, y alli) había ido. Sintió los dolores agudos y se puso en cuclillas, como le había enseñado su madre. Después de romper aguas, sus piernas y su vestido quedaron mojados, pero no ocurrió nada más. El dolor no cesaba, y el niño no llegaba. Al caer la noche, otras mujeres habían ido a buscarla, la habían encontrado y trasladado a la cabaña.
Sonámbulo no había podido ayudarla.
Chamán rompió el vestido empapado en sudor y estudió el cuerpo de la india. Era muy joven. Sus pechos, aunque llenos de leche, eran pequeños, y su pelvis estrecha. Sus partes pudendas estaban dilatadas, pero no se veía la pequeña cabeza. Presionó suavemente la superficie del vientre con los dedos. Luego cogió el estetoscopio y le pasó los auriculares a Rachel.
Apoyó el otro extremo en distintos puntos del vientre de Ardilla Trepadora, y las conclusiones a las que había llegado con la ayuda de las manos y los ojos quedaron confirmadas por los sonidos que Rachel le describió.
–El niño se presenta mal.
Chamán salió y pidió agua limpia, y Sonámbulo lo llevó a un arroyo, al otro lado del bosque. El hechicero miró con curiosidad a Chamán, que se enjabonaba con jabón tosco y se restregaba las manos y los brazos.
–Es parte de la medicina-explicó, y Sonámbulo aceptó el jabón y lo imitó.
Cuando regresaron a la cabaña, Chamán cogió su frasco de grasa limpia y se lubricó las manos. Introdujo un dedo en el canal y luego otro, como si intentara tocar un puño. Avanzó poco a poco en dirección ascendente. Al principio no sintió nada, pero enseguida la joven tuvo un espasmo y el puño apretado se abrió ligeramente. Un minúsculo pie le tocó los dedos y alrededor del mismo notó el cordón enrollado. El cordón umbilical era duro, pero estaba estirado, y Chamán no se atrevió a liberar el pie hasta que el espasmo hubiera pasado. Luego, trabajando cuidadosamente con dos dedos, desenredó el cordón y tiró del pie ha cía abajo.
El otro pie estaba más alto, apuntalado contra la pared del canal.
Con el siguiente espasmo logró alcanzarlo y tirar de él hacía abajo, hasta que dos minúsculos pies rojos se desprendieron de la joven madre.
Los pies pronto fueron piernas, y enseguida vieron que era un varón.
Apareció el vientre del pequeño, arrastrando el cordón. Pero el avance se interrumpió cuando los hombros y la cabeza del bebé quedaron atascados en el canal, como un corcho en el cuello de una botella.
Chamán no pudo arrastrar más al pequeño, pero tampoco pudo llegar a un punto lo suficientemente alto para evitar que el cuerpo de la madre apretara la nariz del bebé. Se arrodilló, con la mano aún en el canal, y pensó en una solución, pero sintió que el bebé se asfixiaria.
Sonámbulo también tenía su maletín en un rincón de la cabaña, y de él sacó una enredadera de algo más de un metro. La enredadera terminaba en lo que parecía indudablemente la cabeza chata y espantosa de un crótalo de ojos negros, redondos y brillantes, y colmillos fibrosos.
Sonámbulo manipuló la “serpiente” para que pareciera que reptaba por el cuerpo de Ardilla Trepadora hasta que la cabeza quedó cerca de la cara, zigzagueando. El hechicero entonó algunas palabras en su lengua, pero Chamán no intentó leer el movimiento de sus labios. Estaba observando a Ardilla Trepadora.
Vio que la joven clavaba los ojos en la serpiente y los abría desmesuradamente. El hechicero hizo que la serpiente girara y reptara por su cuerpo hasta quedar encima del punto en que se encontraba el niño.
Chamán sintió un estremecimiento en el canal.
Vio que Rachel abría la boca para protestar, pero con la mirada le advirtió que no lo hiciera.
Los colmillos tocaron el vientre de Ardilla Trepadora. De repente Chamán sintió que se producía una dilatación. La joven dio un tremendo
empujón y el niño bajó con tanta facilidad que no resultó difícil tirar de él; tenía los labios y las mejillas azules, pero enseguida empezaron a tornarse rojos. Con un dedo tembloroso, Chamán le quitó la mucosidad de la boca.
El diminuto rostro se retorció de indignación, y la boca se abrió. Chamán notó que el abdomen del pequeño se contraía para introducir el aire, y supo que los demás estaban oyendo un chillido agudo. Tal vez en re bemol, porque el vientre le vibraba de la misma forma que el piano de Lillian cuando Rachel tocaba la quinta tecla negra del extremo.
El y el hechicero regresaron al arroyo para lavarse. Sonámbulo parecía dichoso. Chamán estaba muy pensativo. Antes de abandonar la cabaña, había vuelto a mirar la enredadera para asegurarse de que sólo era una enredadera.
–¿La chica creyó que la serpiente devoraría a su bebé, y lo soltó para salvarlo?
–Mi canción decía que la serpiente era manitú malo. Manitú bueno la ayudó.
Se dio cuenta de que la lección decía que la ciencia puede ayudar a la medicina hasta ese punto. Luego recibe una tremenda ayuda si existe una fe o una creencia en alguna otra cosa. Era una ventaja que el hechicero tenía sobre el médico, porque Sonámbulo era sacerdote y al mismo tiempo médico.
–¿Eres Chamán?
–No. – Sonámbulo lo miró fijamente-. ¿Conoces las Tiendas de la Sabiduría?
–Makwa nos hablaba de las siete tiendas.
–Si, siete. Para algunas cosas, estoy en la cuarta tienda. Para otras muchas cosas, estoy en la primera tienda.
–¿Algún día te convertirás en Chamán?
–¿Quién va a enseñarme? Wabokieshiek está muerto. Makwa-ikwa está muerta. Las tribus están dispersas, ya no existe el Mide u Jiwin.
Cuando yo era joven y sabía que quería ser un guardián de los espíritus, oí hablar de un viejo sauk, casi un Chamán, que vivía en Missouri. Lo encontré y pasé dos años a su lado. Pero murió de viruela febril. Ahora busco a los ancianos, para aprender de ellos, pero quedan muy pocos y casi ninguno sabe nada. A nuestros niños les enseñan inglés en las reservas, y las Siete Tiendas de la Sabiduría desaparecen.
Chamán se dio cuenta de que Sonámbulo estaba diciendo que él no tenía facultades de medicina a las que enviar cartas solicitando el ingreso.
Los sauk y los mesquakie eran los últimos vestigios, y les habían robado su religión, su medicina y su pasado.
Tuvo la breve y espantosa visión de una horda de seres de piel verde que caía sobre la raza blanca que poblaba la tierra, dejando sólo unos pocos supervivientes perseguidos a los que sólo les quedaban rumores de una civilización anterior, y los débiles ecos de Hipócrates, Galeno, Avicena, Jehov, Apolo y Jesús.
Fue como si el pueblo entero se hubiera enterado casi al instante del nacimiento del niño. No eran personas expresivas, pero Chamán vio sus miradas de aprobación mientras caminaba entre ellos. Charles Keyser se le acercó y le confió que el caso de esa joven era similar al parto que había matado a su esposa el año anterior.
–El médico no llegó a tiempo. La única mujer que había allí era mi madre, y ella no sabía más de lo que sabía yo.
–No debe culparse. A veces simplemente no se puede salvar a alguien.
¿El bebé también murió?
Keyser asintió.
–¿Tiene más hijos?
–Dos niñas y un varón.
Chamán supuso que una de las razones por las que Keyser había viajado a Tama era para buscar esposa. Al parecer, las indias de Tama lo conocían y lo apreciaban. En diversas ocasiones, varias personas que pasaron a su lado lo saludaron llamándolo Charlie Granjero.
–¿Por qué le llaman así? ¿Acaso ellos no son también granjeros?
Keyser sonrió.
–No como yo. Mi padre me dejó cuarenta acres de la tierra de Iowa más negra que jamás pueda imaginar. Yo cultivo dieciocho acres y planto sobre todo trigo otoñal.
Cuando vine aquí por primera vez intenté mostrarle a esta gente cómo se debe sembrar. Me llevó algún tiempo comprender que ellos no quieren granjeros blancos. Los hombres que les vendieron esta tierra debieron de pensar que los estaban engañando, porque es una tierra pobre. Pero ellos amontonan maleza, hojarasca y basura en los huertos y dejan que todo eso se pudra, a veces durante años. Luego plantan las semillas, utilizando palos en lugar de arados. Los huertos les proporcionan montones de comida.
Además en estas tierras hay mucha caza menor, y en el río Iowa abunda la pesca.
–Realmente hacen la vida de los viejos tiempos que vinieron a buscar -
comentó Chamán.
Keyser asintió.
–Sonámbulo dice que le ha pedido que atienda a algunos otros enfermos. Me encantaría ayudarle, doctor Cole.
Chamán ya contaba con la ayuda de Rachel y de Sonámbulo. Pero pensó que aunque Keyser parecía un habitante más de Tama, no se sentía absolutamente cómodo y tal vez necesitaba la compañía de otras personas ajenas a la tribu. Le dijo al granjero que le agradecía su ayuda.
Los cuatro formaban una pequeña y extraña caravana mientras iban de una cabaña a otra, pero pronto fue evidente que se complementaban.
El hechicero hacía que la gente los aceptara, y entonaba sus oraciones.
Rachel llevaba una bolsa de golosinas y era especialmente hábil para ganarse la confianza de los niños; y las manos enormes de Charlie Keyser tenían la fuerza y la amabilidad que le permitían mantener a alguien sin moverse cuando era necesario.
Chamán arrancó una serie de dientes picados y se sintió complacido al ver a los pacientes que, aunque escupían sangre, sonreían porque la fuente de su sufrimiento había desaparecido de pronto.
Abrió furúnculos, quitó un dedo gordo de un pie infectado y Rachel estuvo ocupada escuchando con el estetoscopio el pecho de los que tenían tos. A algunos les administraba jarabe, pero otros tenían tuberculosis y se vio obligado a decirle a Sonámbulo que no se podía hacer nada por ellos.
También vio medía docena de hombres y varias mujeres que estaban aletargados por el alcohol, y Sonámbulo le informó que había otros que estarían borrachos si pudieran conseguir whisky.
Chamán era consciente de que habían muerto más indios a causa de las enfermedades de los blancos que de las balas. Sobre todo la viruela había devastado las tribus del bosque y la planicie, y él había llevado consigo una pequeña caja de madera que contenía algunas vacunas.
Sonámbulo se mostró muy interesado cuando Chamán le dijo que tenía una medicina para prevenir la viruela. Pero le resultó muy difícil explicar en qué consistía. Les rasparía el brazo e insertaría diminutas partículas del virus en la herida. Se desarrollaría una ampolla roja que produciría picor, y que alcanzaría el tamaño de un guisante pequeño.
Se convertiría en una llaga gris con forma de ombligo, rodeada por una amplía zona roja, dura y caliente. Después de la inoculación, la mayor parte de la gente pasaría aproximadamente tres días enferma con el virus de la vacuna, una enfermedad mucho más suave y benigna que la viruela, pero que proporcionaría inmunidad contra la mortal enfermedad. Aquellos que se sometieran a la inoculación probablemente tendrían dolores de cabeza y fiebre. Después de la breve enfermedad, la llaga se volvería más grande y más oscura a medida que se secaba.
Luego se desprendería la costra, aproximadamente el vigesimoprimer día, dejando una cicatriz rosada y llena de hoyitos.
Chamán le dijo a Sonámbulo que le explicara esto a la gente, y que ellos decidieran si querían recibir el tratamiento. El hechicero volvió pocos minutos después. Todos querían que los protegieran de la viruela, dijo, de modo que emprendieron la tarea de inocular a toda la comunidad.
A Sonámbulo le correspondió la tarea de hacer que la gente formara una fila delante del médico blanco, y de asegurarse que sabían lo que les haría.
Rachel se sentó en el tocón de un árbol y con dos escalpelos raspaba partículas muy pequeñas de la vacuna que había en la caja de madera. Cada vez que aparecía un nuevo paciente, Charlie Keyser le cogía el brazo izquierdo y lo levantaba, dejando al descubierto la parte interna del brazo, la zona que probablemente sufriría menos golpes y roces accidentales.
Chamán utilizó un escalpelo puntiagudo para hacer algunos cortes superficiales en el brazo, y luego colocaba una pequeña cantidad de virus en cada corte.
No era complicado, pero debía hacerse con mucho cuidado, y la fila avanzaba con lentitud. Cuando por fin el sol empezó a ponerse, Chamán interrumpió la tarea. Aún había que vacunar a la cuarta parte de la población de Tama, pero él les dijo que el consultorio del médico estaba cerrado, y que volvieran por la mañana.
Sonámbulo tenía el instinto de un predicador baptista próspero, y esa noche convocó a todo el pueblo a una reunión para agasajar a los visitantes.
En un claro se preparó y encendió una fogata, y la gente se sentó en el suelo, a su alrededor.
Chamán se sentó a la derecha de Sonámbulo. Perro Pequeño se situó entre Chamán y Rachel, para poder traducirles lo que se decía. Chamán vio que Charlie estaba sentado junto a una mujer delgada y sonriente, y Perro Pequeño le dijo que era una viuda que tenía dos niños pequeños.
Sonámbulo le pidió al doctor Cole que les hablara de Makwa-ikwa, la mujer que había sido la Chamán de la tribu.
Chamán imaginaba que sin duda todos los reunidos sabían más que él acerca de la matanza que había tenido lugar en Bad Ax. Lo que había sucedido donde el río Bad Ax se une al Mississippi les habría sido relatado miles de veces junto al fuego. Pero él les dijo que entre los que habían sido asesinados por los Cuchillos Largos se encontraba un hombre llamado Búfalo Verde -cuyo nombre Sonámbulo tradujo como Ashti bugwa-gupichee- y una mujer llamada Unión de Ríos, o Matapya. Les contó que Dos Cielos, la hija de diez años que ambos tenían, había llevado a su pequeño hermano más allá del fuego de los rifles y cañones del ejército de Estados Unidos, nadando por el Masesibowi mientras sostenía la suave piel del cuello del niño entre sus dientes para evitar que se ahogara.
Chamán les contó cómo la niña llamada Dos Cielos había encontrado a su hermana Mujer Alta, y cómo las tres criaturas se habían escondido entre la maleza como liebres hasta que los soldados los habían descubierto. Y
cómo un soldado había cogido al pequeño sangrante y nunca más habían vuelto a verlo.
Y les contó que las dos niñas sauk fueron trasladadas a una escuela cristiana de Wisconsin, y que el misionero había dejado embarazada a Mujer Alta, a la que habían visto por última vez en 1832, cuando se la llevaron para convertirla en criada de una granja de blancos, más allá de Fort Crawford. Y que la niña llamada Dos Cielos había escapado de la escuela y había logrado llegar a Prophetstown, donde un Chamán llamado Nube Blanca, Wabokieshiek, la había acogido en su tienda y la había guiado por las Siete Tiendas de la Sabiduría, y le había dado un nombre nuevo: Makwa-ikwa, la Mujer Oso.
Y que Makwa-ikwa había sido la Chamán de su pueblo hasta que fue violada y brutalmente asesinada por tres hombres blancos en Illinois, en 1851.
Todos escuchaban con expresión grave, pero nadie lloró. Ya estaban acostumbrados a los relatos de horror sobre aquellos a los que amaban.
Se pasaron de mano en mano un tambor de agua hasta que llegó a donde se encontraba Sonámbulo. No era el tambor de agua de Makwa ikwa, que había desaparecido cuando los sauk se marcharon de Illinois, pero Chamán vio que era similar. Junto con el tambor habían pasado un palo, y
Sonámbulo se arrodilló delante del tambor y empezó a tocarlo en ráfagas de cuatro golpes rítmicos, y a cantar:
Ne-nye-ma-uía-wa, ne-nye-ma-wa-wa, ne-nye-ína-wa-uía, ke-ta-ko-ko, na-na.
Lo golpeo cuatro veces, lo golpeo cuatro veces, lo golpeo cuatro veces, golpeo nuestro tambor cuatro veces.
Chamán miró a su alrededor y vio que la gente cantaba con el hechicero, y que muchos de ellos sostenían calabazas entre las manos y las agitaban al ritmo de la música, como había hecho él con la caja de puros lleno de canicas durante las clases de música de la escuela.
Ke-te-ína-ga-yo-se ye-ya-ya-ni, Ke-te-ína-ga-yo-se ye-ya-ya-ni, Me-to-se-ne-ni-o Iye-ya-ya-ni, Ke-te-ía-ga-yo-se ye-ya-ya-ni.
Bendícenos cuando vienes, bendícenos cuando vienes, el pueblo, cuando vienes, bendícemos cuando vienes.
Chamán se inclinó y colocó la mano en el tambor de agua, justo debajo del parche. Cuando Sonámbulo lo golpeó, fue como sujetar un trueno entre sus manos. Miró los labios de Sonámbulo, y vio con placer que era una de las canciones de Makwa que él conocía, y cantó con ellos.
… Wi-a-ya-ni, ni-na ne-gi-se ke-lvi-to-se-tne-ne ni-na.
… Vayas donde vayas, camino a tu lado, hijo mío.
Alguien se acercó con un leño y lo arrojó al fuego, produciendo una columna de chispas amarillas que se elevaron formando un remolino en el cielo oscuro. El fulgor del fuego mezclado con el calor de la noche lo hizo sentirse mareado y débil, preparado para ver visiones. Miró a su esposa, preocupado por ella, y se dio cuenta de que la madre de Rachel se habría puesto furiosa al verla: llevaba la cabeza descubierta, el pelo desordenado y enredado, el rostro brillante de sudor y los ojos resplandecientes de alegría.
A él nunca le había parecido más mujer, más humana y más deseable. Ella vio que la miraba y sonrió mientras se inclinaba por delante de Perro Pequeño para hablarle. Alguien que tuviera el oído sano se habría perdido sus palabras a causa del ruido del tambor y los cánticos, pero Chamán no tuvo problemas para leer el movimiento de sus labios.
–¡Es tan bueno como ver un búfalo! – exclamó.
A la mañana siguiente, Chamán se levantó temprano sin despertar a su esposa y se bañó en el río Iowa mientras las golondrinas bajaban en picado para alimentarse, y los minúsculos peces de cuerpo dorado corrían entre sus pies.
Hacía poco que había salido el sol. En el poblado, los niños ya se llamaban y se silbaban, y mientras pasaba junto a las casas vio algunos hombres y mujeres descalzos que aprovechaban la fresca para cultivar el huerto. En el extremo del poblado se encontró con Sonámbulo y ambos se detuvieron a conversar como dos terratenientes que se encuentran durante un paseo matinal.
Sonámbulo le hizo preguntas sobre el entierro y la tumba de Makwa.
A Chamán no le resultó cómodo responder.
–Cuando ella murió, yo sólo era un niño. No es mucho lo que recuerdo -
puntualizó.
Pero gracias a la lectura del diario de su padre, pudo comunicarle que la tumba de Makwa había sido cavada por la mañana, y que ella había sido enterrada por la tarde, con su mejor manta. Sus pies habían sido colocados en dirección oeste. Y con ella se había enterrado el rabo de una hembra de búfalo.
Sonámbulo asintió con gesto aprobador.
–¿Qué hay a diez pasos al noroeste de su tumba?
Chamán quedó perplejo.
–No sé, no lo recuerdo.
El hechicero lo miró atentamente. Le explicó que el anciano de Missouri, el que casi había sido un Chamán, lo había instruido sobre la muerte de los chamanes. Le había enseñado que fuera cual fuese el sitio en el que es enterrado un Chamán, cuatro watawinonas, los diablillos de la perversidad, se instalan a diez pasos al noroeste de la tumba.
Los watawinonas se turnan para estar despiertos: mientras tres diablillos duermen, el cuarto se queda despierto. No pueden hacer daño al chamán, le explicó Sonámbulo, pero mientras se les permite seguir allí, el Chamán no puede usar sus poderes para ayudar a los seres vivos que le piden ayuda.
Chamán reprimió un suspiro. Tal vez, si él hubiera crecido creyendo esas cosas, se habría sentido más tolerante. Pero durante la noche se había quedado despierto preguntándose qué estaría ocurriendo con sus pacientes.
Y ahora quería concluir su trabajo allí y regresar a casa, con el tiempo suficiente para poder hacer noche en el entrante del río en el que habían acampado en el camino de ida.
–Para ahuyentar a los watawinonas -declaró Sonámbulo -tienes que encontrar el sitio en el que duermen y quemarlo.
–Si. Lo haré -dijo Chamán descaradamente, y Sonámbulo pareció aliviado.
Perro Pequeño se acercó y le preguntó si podía ocupar el sitio de Charlie Granjero cuando se reanudara la vacunación. Dijo que Keyser se había marchado de Tama la noche anterior, poco después de que se hubiera extinguido el fuego.
A Chamán le decepcionó que Keyser no se hubiera despedido, pero asintió y le dijo a Perro Pequeño que le encantaría contar con su ayuda.
Empezaron temprano a poner las vacunas que faltaban. Trabajaron un poco más rápidamente que el día anterior, porque Chamán había adquirido mucha práctica. Cuando estaban a punto de terminar, un par de caballos bayos entraron en el claro del poblado arrastrando un carro. Keyser llevaba las riendas, y en la parte de atrás del carro viajaban tres niños que observaban a los sauk y los mesquakie con gran interés.
–Si pudiera vacunarlos también a ellos se lo agradecería mucho -dijo Charlie, y Chamán le respondió que sería un placer.
Cuando toda la gente del pueblo y los tres niños estuvieron vacunados, Charlie ayudó a Chamán y a Rachel a recoger sus cosas.
–Algún día me gustaría llevar a mis hijos a ver la tumba de la chamán -
dijo, y Chamán le respondió que los recibiría con sumo gusto.
Llevó muy poco tiempo cargar a Ulises. Recibieron un regalo del esposo de Ardilla Trepadora, Shemago -Lanza-, que apareció con tres enormes garrafas de las de whisky llenas de jarabe de arce, que les encantó.
Las garrafas iban atadas con el mismo tipo de enredadera con la que Sonámbulo había hecho la serpiente. Cuando Chamán las ató al resto de las cosas que llevaba Ulises, parecía que Rachel y él iban camino de una grandiosa celebración.
Se despidió de Sonámbulo con un apretón de manos y le dijo que regresaría la primavera siguiente. Luego se despidieron de Charlie, de Tortuga Mordedora y de Perro Pequeño.
–Ahora eres Cawso wabeskioui -dijo Perro Pequeño.
Cawso wabeskiou, el Chamán blanco. Chamán se sintió complacido, porque sabía que Perro Pequeño no sólo estaba usando su apodo.
Muchos los saludaron con la mano, y lo mismo hicieron Rachel y Chamán mientras bajaban por el camino, bordeando el río hasta salir de Tama.
El madrugador
Durante los cuatro días posteriores al regreso a casa, Chaman pagó el precio que se exige a los médicos que se han tomado vacaciones. El dispensario estaba cada mañana atestado de gente, y todas las tardes y noches Chamán visitaba a los pacientes que no podían salir, y regresaba a casa de los Geiger a última hora de la noche, agotado.
Pero el quinto día, un sábado, la marea de pacientes disminuyó hasta recuperar la normalidad, y el domingo por la mañana se despertó en el dormitorio de Rachel y se dio cuenta de que podía disfrutar de un descanso.
Se levantó como de costumbre antes que los demás, recogió su ropa y la llevó a la sala, donde se vistió sin hacer ruido antes de salir por la puerta principal.
Bajó por el Camino Largo, deteniéndose en el bosque en el que los obreros de Oscar Ericsson habían despejado el terreno para construir la nueva casa y el granero. No era el sitio que Rachel había soñado siendo niña; lamentablemente, los sueños de las niñas no tienen en cuenta los desagües, y Ericsson había estudiado el solar y había dicho que no era apropiado. Se había decidido por un sitio más adecuado, a cien metros de distancia, que, como había dicho Rachel, estaba bastante cerca de sus sueños. Chamán había pedido permiso para comprar el terreno, y Jay había insistido en que era un regalo de bodas. Pero él y Jay se trataban en esos días con cálida y exquisita consideración, y la cuestión se resolvería amablemente.
Cuando llegó al terreno del hospital, vio que el agujero del sótano estaba casi totalmente cavado. Alrededor de éste, los montones de tierra formaban un paisaje de hormigueros gigantescos. El agujero parecía más pequeño de lo que él había imaginado que sería el edificio del hospital, pero Ericsson le había dicho que el agujero siempre parecía más pequeño. Los cimientos se harían con piedra gris extraída al otro lado de Nauvoo, transportada por el Mississippi en chalanas y trasladada desde Rock Island en una carreta de bueyes, una perspectiva peligrosa que atemorizó a Chamán, pero que el contratista hizo frente con ecuanimidad.
Caminó hasta la casa de los Cole, de la que Alex pronto se marcharía.
Luego cogió el Camino Corto, intentando imaginar que era utilizado por los pacientes que llegaban a la clínica en barco. Había que realizar algunos cambios. Contempló el sudadero, que de pronto estaba en el sitio equivocado. Decidió hacer un detallado dibujo del lugar que ocupaba cada roca plana, y luego recogerlas y reconstruir el sudadero detrás del nuevo
granero, para que Joshua y Hattie vivieran la experiencia de quedarse dentro de ese lugar terriblemente caluroso hasta que les resultara imposible no meterse corriendo en las reparadoras aguas del río.
Cuando se volvió hacía la tumba de Makwa, vio que la madera había quedado tan agrietada y desteñida por las inclemencias del tiempo que casi no se percibían los signos rúnicos. Las inscripciones estaban en uno de los diarios, y decidió colocar una marca más duradera y algún tipo de barrera que rodeara la tumba para que no se estropeara. La maleza se había adueñado del lugar. Mientras quitaba los hierbajos que se habían abierto camino entre las matas de azucenas, se sorprendió diciéndole a Makwa que algunos de los suyos estaban a salvo en Tama.
La fría ira que había sentido allí, viniera o no de lo más profundo de su ser, había desaparecido. Lo único que sentía ahora era quietud. Pero…
Había algo.
Durante un rato luchó con el impulso. Entonces localizó el noroeste y empezó a caminar desde la tumba, contando los pasos.
Cuando había dado diez, se encontró en medio de las ruinas del hedonoso-te. La casa comunal se había deteriorado con el correr de los años, y ahora era un montón bajo y desigual de troncos estrechos y tiras de corteza de árbol enmohecidas, entre las que asomaban hojas de índigo silvestre.
Pensó que no tenía sentido arreglar la tumba, trasladar el sudadero y dejar este antiestético montón. Bajó por el sendero hasta el granero, donde había un recipiente grande con aceite de lámpara. Estaba casi lleno; lo llevó hasta el lugar y lo vació. El material del montón estaba húmedo de rocio pero su varilla de azufre funcionó al primer intento, y el aceite se encendió.
Un instante después todo el hedonoso-te se consumía entre saltarinas llamas azules y amarillas, y una columna de oscuro humo gris se elevó en linea recta y luego quedó curvada por la brisa y se deslizó sobre el río.
Brotó súbitamente una acre bocanada de humo negro como un ardiente estallido, y el primer demonio, el que estaba despierto, emergió y desapareció. Chamán imaginó un solitario y furioso grito demoniaco, un sollozo siseante. Una a una las otras tres criaturas del mal, tan violentamente arrancadas de su sueño, ascendieron como hambrientas aves de rapiña y abandonaron la deliciosa carne; los Watawinonas se alejaron montados en las alas de rabía tiznada.
Le pareció que de la tumba surgía algo parecido a un suspiro.
Se quedó cerca y sintió los lenguetazos del calor como la fogata de una ceremonia sauk, e imaginó cómo había sido ese lugar cuando el joven Rob J. Cole lo vio por primera vez: una pradera intacta que se extendía hacía los bosques y el río. Y pensó en otros que habían vivido allí, Makwa, Luna y Viene Cantando. Y Alden. Mientras el fuego ardía cada vez más débilmente, cantó para sus adentros: Tti-la-ye ke-íita mo-ne i-no-ki-i-i, ke-te-ma-ga-yo-se. Espiritus, os convoco, enviadme vuestra bendición.
Pronto todo quedó convertido en una delgada capa de residuos de la que surgían algunas volutas de humo. Sabía que la hierba volvería a crecer, y que no quedarían huellas del hedonoso-te.
Cuando pudo dejar solo el fuego, volvió a llevar el recipiente del aceite al granero y regresó a la casa. En el Camino Largo encontró una ceñuda y pequeña figura que lo esperaba. Intentaba apartarse de un niñito que se había caído y se había raspado la rodilla. El pequeño cojeaba detrás de ella en actitud obstinada. Estaba llorando, y le caían mocos de la nariz.
Chamán limpió la nariz de Joshua con el pañuelo y le besó la rodilla junto a la herida. Le prometió que se la curaría en cuanto llegaran a casa.
Sentó a Hattie con las piernas sobre sus hombros, cogió en brazos a Joshua y echó a andar. Estos eran los únicos diablillos de todo el mundo que le interesaban, dos diablillos encantadores que le habían robado el corazón.
Hattie le tironeaba de las orejas para que caminara más rápidamente, y él trotaba como Trude. Cuando el tirón de orejas fue tan fuerte que sintió dolor, sujetó a Joshua contra las piernas de ella para que no se cayera y empezó a avanzar a medio galope, como Boss.
Un instante después empezó a galopar, a galopar al ritmo de una nueva música magnífica y sutil que sólo él era capaz de oir.
AGRADECIMIENTOS Y NOTAS
Los sauk y los mesquakie aún viven en Tama, Iowa, en tierras de su propiedad. Su adquisición original de ochenta acres aumentó considerablemente. En la actualidad unos 575 nativos norteamericanos viven en tres mil quinientos acres, que se extienden a lo largo del río Iowa.
En el verano de I987 visité el asentamiento de Tama con mi esposa, Lorraine. Don Wanatee, entonces director ejecutivo del Consejo Tribal, y Leonard Oso Joven, un destacado artista nativo norteamericano, respondieron pacientemente a mis preguntas. En sucesivas conversaciones también lo hicieron Muriel Racehill, actual directora ejecutiva, y Charlie Oso Viejo.
He intentado presentar los acontecimientos de la Guerra de Halcón Negro tan ajustados a la historía como me ha sido posible. El jefe guerrero conocido como Halcón Negro (la traducción literal de su nombre sauk, Makataime-shekiakiak, es Gavilán Negro) constituye una figura histórica.
El Chamán Wabokieshiek, Nube Blanca, también existió. En este libro se convierte en un personaje de ficción después de conocer a la chica que va a convertirse en Makwa-ikwa, la Mujer Oso.
Con respecto a la mayor parte del vocabulario sauk y mesquakie utilizado en esta novela, he confiado especialmente en una serie de publicaciones anteriores del Smithsonian Institution's Bureau of American Ethnology.
Los primeros tiempos de la organización benéfica conocida como Boston Dispensary fueron más o menos como los he descrito. Me he permitido una licencia en el tema de los salarios de los médicos que visitaban a los pacientes en su domicilio. Aunque la escala de salarios es auténtica, la remuneración no comenzó hasta 1842, varios años después de que Rob J. es presentado como asalariado para atender a los pobres. Hasta el año 1842, ser médico en el Boston Dispensary era el único modo como ser un interno no retribuido. De todas formas, las condiciones de vida de los pobres eran tan difíciles que los médicos jóvenes se rebelaron. Primero exigieron un salario, y luego se negaron a seguir visitando a los pacientes de los barrios bajos. El Boston Dispensary se instaló entonces en un edificio y se convirtió en una clínica, y los pacientes iban a ver a los médicos. En el momento en que informé sobre el Boston Dispensary -a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, como redactor jefe de temas científicos del antiguo Boston Herald-, aquél se había convertido en un famoso hospital-clínica y formaba parte de una sociedad administrativa con la Pratt Diagnostic Clinic, el Floating Hospital for Infants and Children y la Tufts Medical School, así como el Tufts-New England Medical Center. En 1965 los hospitales integrantes quedaron unidos y absorbidos en la actual y prestigiosa institución conocida como New England Medical Center Hospitals. David W. Nathan, ex archivero del centro médico, y Kevin Richardson, del departamento de relaciones exteriores del centro médico, me proporcionaron información y material histórico.
Mientras escribía Chamán, descubrí un inesperado filón de datos y de ideas exactamente en mi lugar de residencia, y estoy agradecido a mis amigos, vecinos y a la gente de mi ciudad.
Conversé con Edward Gulick de pacifismo y me habló de Elmira, en el estado de Nueva York. Elizabeth Gulick compartió conmigo sus ideas sobre la Sociedad de los Amigos y me ofreció algunos de sus escritos sobre el culto cuáquero. Don Buckloh, conservador de recursos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, respondió a mis preguntas sobre las primeras granjas del Medio Oeste. Su esposa, Denise Jane Buckloh, la ex hermana Miriam de la Eucaristía, OCD, me proporcionó detalles sobre el catolicismo y la vida cotidiana de una monja en un convento.
Donald Fitzgerald me prestó libros de consulta y me regaló una copia del diario de la guerra civil de su bisabuelo, John Fitzgerald, que a los dieciséis años había caminado desde Rowe, Massachusetts, hasta Greenfield, a cuarenta kilómetros de distancia bajando por el Sendero Mohawk, para alistarse en el ejército de la Unión. John Fitzgerald luchó con el 27 de Voluntarios de Massachusetts hasta que fue capturado por los confederados, y sobrevivió en varios campos de prisioneros, incluido Andersonville.
Theodore Bobetsky, un granjero de toda la vida cuyas tierras lindan con las nuestras, me suministró información sobre la matanza de animales. El abogado Stewart Eisenberg habló conmigo del sistema de libertad bajo fianza utilizado por los tribunales del siglo XIX, y Nina Heiser me prestó algunos libros de su colección sobre los nativos norteamericanos.
Walter A. Whitney Jr. me entregó la copia de una carta escrita el 22 de abril de l862 por Addison Graves a su padre, Ebenezer Graves Jr., de Ashfield, Massachusetts. La carta es un informe de la experiencia de Addison Graves como enfermero voluntario en el buque hospital War Eagle, que trasladaba a los heridos de la Unión desde Pittsburgh, Tennessee, hasta Cincinnati. Fue la base para el capítulo en el que Rob J. Cole presta servicios como cirujano voluntario en el buque hospital War Hawk.
Beverly Presley, bibliotecaria de mapas y geografía de la Clark University, calculó la distancia recorrida durante la travesía de los buques hospital históricos y de ficción.
El cuerpo docente del departamento de lenguas clásicas del College of the Holy Cross me ayudó con varias traducciones del latín.
Richard M. Jakowski, doctor en medicina veterinaria, profesor adjunto del departamento de patología del Tufts-New England Veterinary Medical Center, en North Grafton, Massachusetts, respondió a mis preguntas sobre la anatomía de los perros.
Expreso mi agradecimiento a la University of Massachusetts, en Amherst, por seguir concediéndome prerrogativas de profesor en todas sus bibliotecas, y a Edla Holm, de la Interlibrary Loans Of fice, de dicha universidad. Doy las gracias a la American Antiquarian Society, en Worcester, Massachusetts, por permitirme acceder a sus colecciones.
Recibí ayuda y materiales de Richard J. Wolfe, conservador de libros raros y manuscritos, y de Joseph Garland, bibliotecario de la Countway Medical Library de la Harvard Medical School, y conté con préstamos a largo plazo de la Lamar Soutter Library de la University of Massachusetts Medical School, en Worcester. También doy las gracias al personal de la Boston Public Library y del Boston Athenaeum por su colaboración.
Bernard Wax, de la American Jewish Historical Society de la Brandeis University, me proporcionó información y trabajos de investigación sobre la Compañía C del 82 de Illinois, “la compañía judía”.
En el verano de 1989 mi esposa y yo visitamos varios campos de batalla de la Guerra de Secesión. En Charlottesville, el profesor Ervin L. Jordan Jr., archivero de la Alderman Library de la University of Virginia, me brindó la hospitalidad de esa biblioteca y me proporcionó información sobre los hospitales del ejército confederado. Las condiciones médicas, batallas y acontecimientos de la guerra civil que se narran en Chamán están basados en la historia. Los regimientos en los que sirvió Rob J. Cole son ficticios.
Mi fuente con respecto al yiddish fue Dorothy Seay, mi suegra.
Durante gran parte del tiempo que dediqué a escribir este libro, Ann N.
Lilly formó parte del personal de la Forbes Library de Northampton y del Western Massachusetts Regional Library System de Hadley, Massachusetts.
Me localizó algunos documentos y retiró los libros de ambas instituciones para llevarlos a su casa de Ashfield. También doy las gracias a Barbara Zalenski, de la Belding Memorial Library de Ashfield, y al personal de la Field Memorial Library de Conway, Massachusetts, por su colaboración en la investigación.
La Planned Parenthood Federation of America me envió material sobre la fabricación y el uso de condones durante el siglo pasado. En el Center for Disease Control, de Atlanta, Georgia, Robert Cannon, doctor en medicina, me suministró información sobre el tratamiento de la sífilis durante el periodo que abarca mi relato, y la American Parkinson Disease Association, Inc., me facilitó información sobre esa enfermedad.
William McDonald, estudiante de una escuela para graduados, del departamento de metalurgia del Massachusetts Institute of Technology, me informó sobre los metales utilizados para fabricar instrumental durante la época de la Guerra de Secesión.
El análisis de Jason Geiger sobre lo que habría ocurrido si Lincoln hubiera permitido que la Confederación se separara de la Unión sin que hubiera guerra, como se expresa en el capitulo setenta y dos, está basado en la opinión expresada por el fallecido psicógrafo Gamaliel Bradford en su biografía de Robert E. Lee (Lee the American, Houghton Mifflin Company, Boston, l9I2).
Doy las gracias a Dennis B. Gjerdingen, presidente de la Clarke School for the Deaf, en Northampton, Massachusetts, por permitirme el acceso al personal y a la biblioteca de dicha escuela. Ana D. Grist, exbibliotecaría de la Clarke School, me permitió tener libros en préstamo durante largos períodos. Estoy especialmente agradecido a Marjorie E. Magner, que pasó cuarenta y tres años enseñando a niños sordos, no sólo por las ideas que me proporcionó sino también por haber leído el manuscrito para comprobar su precisión con respecto a la sordera.
Varios médicos de Massachusetts me han prestado su generosa ayuda en este libro. Albert B. Giknis, doctor en medicina, médico forense del distrito de Franklin, en Massachusetts, me habló detalladamente de la violación y el asesinato, y me permitió consultar textos sobre patología. Joel F. Moorhead, doctor en medicina, director médico de la división de pacientes no internados del Spaulding Hospital, y profesor clínico en medicina de rehabilitación de la Tufts Medical School, respondió a mis preguntas sobre lesiones y enfermedad. Wolfgang G. Gilliar, D.O., director del programa para la medicina de rehabilitación de Greenery Rehabilitation Center y profesor en medicina de rehabilitación de la Tufts Medical School, me habló de la medicina física.
El médico internista de mi familia, Barry E. Poret, doctor en medicina, me facilitó información y puso a mi alcance sus libros de medicina.
Stuart R. Jaffee, doctor en medicina, urólogo principal del St. Vincent Hospital de Worcester, Massachusetts, y profesor adjunto de urología de la University of Massachusetts Medical School, respondió a mis preguntas sobre litotomía y leyó el manuscrito para comprobar las precisiones sobre el tema.
Expreso mi agradecimiento a mi agente, Eugene H. Winick, de McIntosh Otis, Inc., por su amistad y entusiasmo, y al doctor Karl Blessing, Geschaftsfuhrer de la Droemer Knaur Publishing Company de Munich.
Chamán es el segundo libro de una proyectada trilogía sobre la dinastía médica de los Cole. La fe inicial del doctor Blessing en el primer libro de la trilogia, El médico, ayudó a que se convirtiera en un best-seller en Alemania y en otros paises, y me alentó enormemente mientras escribía Chamán.
En muchos sentidos, Chamán fue un proyecto familiar. Mi hija Lise Gordon se ocupó de la edición de Chamán antes de que la novela llegara a las manos de la editorial. Es una persona meticulosa, dura incluso con su padre, y maravillosamente estimulante y colaboradora. Mi esposa, Lorraine, me ayudó a preparar el manuscrito y, como de costumbre, me entregó su amor y su apoyo total. Mi hija Jamie Beth Gordon, fotógrafa, alivió mi temor a la cámara durante una sesión especial y muy divertida, mientras me tomaba fotos para la sobrecubierta del libro y para los catálogos de la editorial. Mientras duró la escritura del libro, me apoyó con sus notas y postales. Y las frecuentes conferencias telefónicas de mi hijo Michael Seay Gordon llegaban invariablemente cuando yo necesitaba el aliento que él siempre me da.
Estas cuatro personas son la parte más importante de mi vida, y han aumentado, multiplicando al menos por diez, mi alegría por concluir esta novela.
Ashfield, Massachusetts
20 de noviembre de l991.
ISBN 84-226-4515-7
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23/04/2008
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Terminaste Chaman
Noah Gordon