Chaman
Después de la comida, los interrogadores intercambiaron…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Chamán sabía que Alex adoraba al anciano.
–¿Vas a informar a las autoridades? – preguntó Alex, aparentemente sereno.
Sólo su hermano sabía hasta qué punto estaba perturbado.
–No tiene sentido. Tiene neumonía y la enfermedad avanza rápidamente.
–¿Se está muriendo?
Chamán asintió.
–Me alegro por él -concluyó Alex.
Se sentaron a analizar las posibilidades de notificar a sus deudos.
Ninguno de los dos conocía el paradero de la esposa y los hijos mormones que el jornalero había abandonado antes de ir a trabajar con Rob J. Cole.
Chamán le pidió a Alex que registrara la cabaña del anciano, y Alex salió. Al regresar, sacudió la cabeza.
–Tres botellas de whisky, dos cañas de pescar, un rifle. Herramientas.
Unos arreos que estaba reparando. Ropa sucia. Y esto. – Le extendió a su hermano una hoja de papel-. Una lista de nombres. Creo que deben de ser los miembros del Partido Americano de esta población.
Chamán no la cogió.
–Será mejor que la quemes.
–¿Estás seguro?
Asintió.
–Voy a pasar aquí el resto de mi vida, cuidando a esa gente. Cuando vaya a su casa como médico, no quiero saber cual de ellos pertenece a los Ignorantes-dijo.
Alex comprendió a su hermano y se llevó el papel.
Chamán envió a Billy Edwards al convento con los nombres de varios pacientes a los que había que visitar en su domicilio, pidiéndole a la madre Miriam Ferocia que lo sustituyera en las visitas. Estaba dormido cuando Alden murió, a media mañana. Cuando se despertó, Alex ya había cerrado los ojos al anciano, y lo había lavado y vestido con ropas limpias.
Cuando les comunicaron la noticia a Doug y a Billy, éstos se quedaron junto a la cama durante unos minutos, y luego fueron al granero y se pusieron a preparar el ataúd.
–No quiero tenerlo enterrado aquí, en la granja -anunció Chamán.
Alex guardó silencio unos minutos, pero finalmente asintió.
–Podemos llevarlo a Nauvoo. Creo que aún tiene amigos entre los mormones de allí -sugirió.
El ataúd fue trasladado a Rock Island en el carretón, y colocado en la cubierta de una chalana. Los hermanos Cole se sentaron cerca, sobre un embalaje de rejas de arado. Aquel día, mientras un tren empezaba a transportar el cadáver de Abraham Lincoln en un largo viaje hacia el Oeste, el cuerpo del jornalero flotaba sobre una chalana, Mississippi abajo.
En Nauvoo, el ataúd fue descargado en cuanto el barco tocó tierra, y Alex esperó junto a él mientras Chamán entraba en un depósito de mercancías y le explicaba su misión a un empleado llamado Perley Robinson.
–¿Alden Kimball? No lo conozco. Para enterrarlo aquí tendrá que tener permiso de la señora Bidamon. Aguarde un momento. Iré a preguntárselo.
Regresó un instante después.
La viuda del profeta Joseph Smith le había dicho que conocía a Alden Kimball, que era un mormón, antiguo habitante de Nauvoo, y que podía ser enterrado en el cementerio.
El pequeño camposanto estaba en el interior. El río quedaba fuera del alcance de la vista, pero había árboles, y alguien que sabia manejar la guadaña mantenía la hierba cortada. Dos jóvenes robustos cavaron la tumba, y Perley Robinson, que era un anciano, leyó un interminable
fragmento del Libro del morrón, mientras las sombras del atardecer se alargaban.
Después Chamán arregló cuentas. Los costes del funeral ascendían a siete dólares, incluidos los cuatro dólares y medio del terreno.
–Por otros veinte dólares me ocuparé de que tenga una bonita lápida -
sugirió Robinson.
–De acuerdo -se apresuró a decir Alex.
–¿En que año nació?
Alex sacudió la cabeza -No lo sabemos. Que simplemente graben: Alden Kimball, muerto en 1865.
–Le diré lo que haremos. Debajo de eso puedo decirles que graben:
“Santo”.
Pero Chamán lo miró y sacudió la cabeza.
–Sólo el nombre y la fecha -indicó.
Perley Robinson dijo que enseguida pasaría un barco. Izó la bandera roja para que el barco se detuviera, y pronto ambos estuvieron instalados en las sillas de la cubierta de babor, contemplando el sol que se hundía en dirección a Iowa, en un cielo ensangrentado.
–¿Qué lo llevaría a unirse a los Ignorantes? – preguntó Chamán finalmente.
Alex dijo que a él no le sorprendía.
–Siempre supo odiar. Estaba amargado por un montón de cosas.
A mi me contó muchas veces que su padre había nacido en Norteamérica, que había muerto en Vermont siendo un jornalero y que él también iba a morir siendo jornalero. Solía sentirse molesto cuando veía que los extranjeros eran dueños de granjas.
–¿Quién se lo impidió a él? Papá le habría ayudado a tener su propia casa.
–Era algo que estaba en su interior. Durante todos estos años, nosotros teníamos de él mejor opinión que él mismo -reflexionó Alex-. No me extraña que bebiera. Imagina la carga con la que vivía el pobre cabrón.
aaa Chamán sacudió la cabeza.
–Cuando piense en él, lo recordaré riéndose secretamente de papá. Y
diciéndole a un hombre, que él sabía que era un asesino, dónde podía encontrarme.
–Eso no te impidió seguir cuidándolo, incluso después de enterarte de todo -observó Alex.
–Si, bueno -dijo Chamán amargamente-, la verdad es que por segunda vez en mi vida quise matar a alguien.
–Pero no lo hiciste. En lugar de eso, intentaste salvarlo -puntualizó Alex. Miró a Chamán con expresión grave-. En el campo de Elmira yo me ocupaba de los hombres de mi tienda. Cuando estaban enfermos, intentaba pensar en lo que habría hecho papá, y entonces lo hacía por ellos. Me ayudaba a sentirme feliz.
Chamán asintió.
–¿Crees que podría llegar a ser médico?
La pregunta sorprendió a Chamán. Hizo una larga pausa antes de contestar.
–Creo que si, Alex.
–No soy tan buen estudiante como tú.
–Eres más brillante de lo que jamás estuviste dispuesto a admitir.
Cuando íbamos a la escuela no te molestabas estudiando. Pero si ahora trabajaras mucho creo que podrías conseguirlo. Podrías hacer tu aprendizaie COnmigo.
–Me gustaría trabajar contigo el tiempo que me lleve prepararme en química y en anatomía, y lo que tú consideres necesario. Pero preferiría ir a una facultad de medicina, como hicisteis tú y papá. Me gustaría ir al Este.
Tal vez a estudiar con el doctor Holmes, el amigo de papá.
–Lo tenias todo planeado. Llevas mucho tiempo pensando en esto,
¿verdad?
–Si. Y nunca había estado tan asustado -comentó Alex, y ambos sonrieron por primera vez en muchos días
Regalos de la familia
En el camino de regreso de Nauvoo se detuvieron en Davenport y encontraron a su madre sentada en medio de cajas y embalajes sin abrir, en la pequeña rectoría de ladrillos que se encontraba cerca de la iglesia baptista. Lucian ya había salido a hacer sus visitas pastorales. Chamán vio que Sarah tenía los ojos enrojecidos.
–¿Ocurre algo, mamá?
–No. Lucian es un hombre muy bueno y nos adoramos. Y es aquí donde quiero estar, pero… es un cambio muy grande. Todo es nuevo y me asusta, y yo soy una tonta.
Pero se sentía feliz de ver a sus hijos.
Volvió a llorar cuando le contaron lo de Alden. Parecía que no podría parar.
–Lloro por Alden y también porque me siento culpable -dijo cuando intentaron consolarla-. Nunca me cayó bien Makwa-ikwa, y no fui amable con ella. Pero…
–Creo que sé cómo animarte -intervino Alex.
Empezó a abrir las cajas, y Chamán lo ayudó.
Al cabo de unos minutos, Sarah se unió a ellos en la tarea.
–¡Ni siquiera sabéis dónde guardaré las cosas!
Mientras abrían cajas, Alex le habló de su decisión de estudiar medicina, y Sarah respondió con admiración y placer.
–Eso habría hecho muy feliz a Rob J.
Les enseñó la pequeña casa. El escaso mobiliario estaba un poco estropeado.
–Le pediré a Lucian que lleve algunos muebles al granero y traeremos algunas cosas mías de Holden's Crossing.
Preparó café y lo sirvió con tarta de manzana que le había llevado una de “sus” señoras de la iglesia. Mientras la comían, Chamán garabateó algunos números en el dorso de una factura vieja.
–¿Qué estás haciendo? – le preguntó Sarah.
–Tengo una idea. – Los miró, sin saber cómo empezar, y simplemente planteó la pregunta-: ¿Qué os parecería donar veinte acres de nuestras tierras al nuevo hospital?
Alex estaba a punto de dar un bocado de tarta, y detuvo el tenedor a mitad de camino y dijo algo. Chamán le bajó el tenedor con la mano, para poder ver los labios de su hermano.
–¿Una dieciseisava parte de toda la granja? – preguntó Alex incrédulo.
–Según mis cálculos, si donáramos esa tierra el hospital podría tener treinta camas en lugar de veinticinco.
–Pero Chamán…, ¿veinte acres?
–Hemos reducido el rebaño. Y quedaría un montón de tierra para la granja, incluso si alguna vez quisiéramos volver a tener más animales.
Su madre frunció el ceño.
–Tendrías que tener cuidado de no instalar el hospital demasiado cerca de la casa.
Chamán lanzó un suspiro.
–La casa está en los veinte acres que le daríamos al hospital. Podría tener su propio muelle en el rio, y un derecho de paso por el camino.
Ellos se limitaron a mirarlo.
–Tú ahora vas a vivir aquí -le dijo a su madre-. Yo voy a construir una casa nueva para Rachel y los niños. Y tú estarás fuera durante años -le dijo a Alex-, estudiando y preparándote. Yo convertiría nuestra casa en una clínica, un sitio al que los pacientes que no estén tan enfermos como para ser hospitalizados puedan acudir a consultar a un médico. Allí tendríamos salas suplementarias para hacer reconocimientos, y otras salas de espera.
Tal vez el despacho del hospital, y una farmacia. Podríamos llamarla Robert Judson Cole Memorial Clinic.
–Oh, eso me gusta -dijo su madre, y cuando Chamán la miró a los ojos supo que la había convencido.
Alex asintió.
–¿Estás seguro?
–Si -le aseguró Alex.
Era tarde cuando abandonaron la rectoría y cogieron el transbordador que los llevó a la otra orilla del Mississippi. Había caído la noche cuando recogieron el caballo y el carretón del establo de Rock Island, pero conocían a la perfección el camino, y regresaron a casa en medio de la oscuridad. Cuando llegaron a Holden's Crossing, ya no era hora de hacer ninguna visita al convento de San Francisco de Asís.
Chamán sabía que aquella noche no dormiría, y que iría al convento a primera hora de la mañana. Estaba impaciente por comunicarle la noticía a la madre Miriam Ferocia.
Cinco días más tarde, cuatro topógrafos visitaron la parcela de veinte acres, cargados con teodolitos y cintas métricas de acero. En la zona que se extendía entre los ríos no había ningún arquitecto, pero el contratista de obras con mejor reputación era un hombre llamado Oscar Ericsson, de Rock Island. Chamán y la madre Miriam Ferocia se reunieron con Ericsson y hablaron largo y tendido. El contratista había construido un ayuntamiento y varias iglesias, pero sobre todo había hecho casas y tiendas. Esta era la primera oportunidad que tenía de construir un hospital, y escuchó con atención lo que ellos le decían. Cuando Chamán y la madre Miriam Ferocía estudiaron los croquis que él les mostró, supieron que habían encontrado a su constructor.
Ericsson comenzó levantando un mapa del emplazamiento y sugirió rutas, caminos de entrada y senderos. Habría un sendero entre la clínica y el embarcadero para los barcos de vapor, y pasaría exactamente junto a la cabaña de Alden.
–Será mejor que tú y Billy la desmontéis y hagáis leña con los troncos -
le indicó Chamán a Doug Penfield, y empezaron de inmediato.
Cuando llegó el primer equipo de trabajo de Ericsson para limpiar el terreno donde se instalaría el hospital, fue como si la cabaña jamás hubiese existido.
Esa tarde, cuando Chamán iba a hacer sus visitas en el carretón tirado por Boss, vio que un coche de alquiler de los establos de Rock Island avanzaba en dirección opuesta. Junto al conductor viajaba otro hombre, y Chamán los saludó con la mano mientras pasaban. Le llevó sólo unos segundos identificar en su mente al pasajero, e hizo girar a Boss trazando una U cerrada, y se apresuró a adelantarlos.
Cuando los alcanzó, le indicó con la mano al cochero que se detuviera, y bajó enseguida del carretón.
Jay-lo llamó.
Jason Geiger bajó del coche. Había adelgazado; no era extraño que Chamán no lo hubiera reconocido a primera vista.
–¿Chamán? – dijo-. ¡Dios mío, eres tú!
Jason no llevaba maleta, sólo una bolsa de tela con cuerdas, que Chamán pasó a su carretón.
Jay se echó hacía atrás en el asiento y pareció aspirar el paisaje.
–He echado esto de menos. – Miró el maletín de médico y asintió-.
Lillian me escribió contándome que eres médico. No sabes lo orgulloso que me sentí al saberlo. Tu padre debe de haber sentido…-No pudo continuar. Luego añadió-: Yo estaba más unido a tu padre que a mis propios hermanos.
–El siempre se sintió afortunado de que fueras su amigo.
Geiger asintió.
–¿Te esperan en casa?
–No. Sólo me enteré hace muy pocos días de que regresaba. Las tropas de la Unión entraron en mi hospital con su propio equipo de médicos, y simplemente dijeron que podíamos irnos a casa. Me puse ropa de paisano y cogí un tren. Cuando llegué a Washington, alguien comentó que el cuerpo de Lincoln estaba en la rotonda del Capitolio, y allí fui.
Había una multitud impresionante. Estuve en la cola todo el día.
–¿Viste su cadáver?
–Durante unos segundos. Tenía una gran dignidad. Si uno quería detenerse y decirle algo, le hacían avanzar. Se me ocurrió pensar que si algunas de las personas que estaban allí hubieran visto el uniforme gris que llevaba en la bolsa, me habrían hecho pedazos. – Suspiró-. Lincoln habría sido un apaciguador. Supongo que los que están ahora en el poder van a valerse de su asesinato para acabar con el Sur.
Se interrumpió, porque Chamán había hecho girar el caballo y el carretón en el sendero que conducía a casa de los Geiger, y siguió hasta la puerta lateral que solía usar la familia.
–¿Quieres entrar? – le preguntó Jay.
Chamán sacudió la cabeza y sonrió. Esperó mientras Jay cogía la bolsa y subía rígidamente los escalones de la entrada. Era su casa y entró sin llamar, y Chamán hizo chascar la lengua mientras tiraba de las riendas y se alejaba.
Al día siguiente, Chamán terminó de atender a los pacientes en el dispensario y recorrió a pie el Camino Largo hasta la casa de los Geiger.
Cuando llamó a la puerta, Jason salió a abrirle. Chamán observó su expresión y se dio cuenta de que Rachel había hablado con él.
–Entra.
–Gracias, Jay.
Los niños reconocieron la voz de Chamán y llegaron corriendo desde la cocina; Joshua se cogió de una de sus piernas y Hattie de la otra. Lillian llegó corriendo tras ellos y los apartó, al mismo tiempo que saludaba a Chamán con un movimiento de cabeza. Se llevó a los niños a la cocina mientras éstos protestaban.
Jay condujo a Chamán hasta la sala y señaló una de las sillas de crin.
Chamán se sentó, en actitud obediente.
–Mis nietos me tienen miedo.
–Aún no te conocen. Lillian y Rachel les han hablado de ti constantemente. El abuelo esto, y Zaydeh aquello. En cuanto logren identificarte con ese abuelo fantástico, cambiarán de actitud. – Se le ocurrió que tal vez en esas circunstancias a Jay Geiger no le gustara ser tratado con aire protector con relación a sus propios nietos, e intentó cambiar de tema-.
¿Dónde está Rachel?
–Salió a caminar. Está… perturbada.
Chamán asintió.
–Te habló de mi.
Jason asintió.
–La he amado toda mi vida. Gracias a Dios, ya no soy un niño…
Jay, sé de qué tienes miedo.
–No, Chamán. Con el debido respeto, nunca lo sabrás. Esos dos niños llevan en sus venas la sangre de dos sumos sacerdotes. Deben ser educados como judíos.
–Y así será. Hemos hablado mucho de este tema. Rachel no renunciará a sus creencias. Joshua y Hattie pueden aprender contigo, que eres quien educó a su madre. A mi me gustaría aprender hebreo con ellos. En la escuela lo estudié un poco.
–¿Te convertirás?
–No… En realidad, estoy pensando en convertirme en cuáquero.
–Geiger guardó silencio-. Si tu familia estuviera encerrada en una ciudad con tu gente, podrias pretender el tipo de pareja que quieres para tus hijos. Pero tú los has hecho vivir en el mundo.
–Si, asumo la responsabilidad. Ahora debo hacerlos regresar.
Chamán sacudió la cabeza.
–Pero no volverán. No pueden. – Jay no cambió de expresión-.
Rachel y yo vamos a casarnos. Y si la herís mortalmente poniendo trapos en los espejos y entonando la oración por los muertos, le pediré que coja a los chicos y nos iremos muy lejos de aquí.
Durante un instante temió los legendarios arranques de ira de Jay, pero éste se limitó a asentir.
–Esta mañana me dijo que se marcharía.
Fuiste amigo mi padre -Ayer tú me dijiste que tu corazón estaba más unido que a tus hermanos. Yo sé que adoras a su familia. Sé que me quieres.
¿No podemos querernos tal como somos?
Jason estaba pálido.
–Me parece que debemos intentarlo -dijo torpemente.
Se levantó y extendió la mano.
Chamán hizo caso omiso de la mano y lo envolvió en un fuerte abrazo.
Un instante después sintió la mano de Jason que subía y bajaba por su espalda, dándole unas palmaditas.
Durante la tercera semana de abril, el invierno regresó a Illinois. Bajó la temperatura y empezó a nevar. Chamán se preocupó por los minúsculos
brotes de los melocotoneros. Se interrumpieron los trabajos de construcción, pero Ericsson visitó la casa de los Cole y decidieron dónde debían construirse estanterías y vitrinas para el instrumental.
Afortunadamente, él y Chamán coincidieron en que para convertir la casa en clinica habría que modificar muy poco la estructura.
Cuando cesaron las nevadas, Doug Penfield aprovechó el frío para matar algunos animales, como le había prometido a Sarah. Chamán pasó por la puerta del matadero que se encontraba detrás del establo y vio tres cerdos atados y colgados en lo alto por las patas traseras. Se dio cuenta de que tres cerdos era demasiado: Rachel nunca utilizaría jamón ni paletilla ahumada, y sonrió al comprobar las interesantes complejidades que empezaba a tener su vida. Los cerdos ya habían sido de sangrados, destripados, sumergidos en tinas de agua hirviendo, y raspados. Tenían un color blanco rosáceo, y mientras los observaba sintió curiosidad por las tres aberturas pequeñas e idénticas de las venas del pescuezo por las que habían sido desangrados.
Marcas triangulares, como los agujeros dejados en la nieve por los palos de los esquíes.
No tuvo que tomar la medida para saber que estas marcas tenían el tamaño exacto.
Estaba paralizado, observándolas, cuando apareció Doug con la sierra de cortar carne.
–Estos agujeros. ¿Qué has usado para hacerlos?
–El cuchillo de matarife de Alden -dijo Doug con una sonrisa-. Es muy curioso. Desde la primera vez que trabajé en una matanza en esta granja le estuve pidiendo a Alden que me hiciera uno. Se lo pedí miles de veces.
Siempre me decía que algún día me lo haría. Decía que sabía que era mejor clavarles este tipo de cuchillo en lugar de cortarles el cuello. Decía que había tenido uno, y que lo había perdido. Pero nunca me hizo uno igual.
Después derribamos su cabaña y allí estaba, en una vigueta del suelo de madera. Debió de dejarlo allí mientras reparaba una de las tablas del suelo y se olvidó de él, y seguramente colocó la tabla encima.
Ni siquiera hubo que afilarlo demasiado.
Un momento después Chamán lo tenía en la mano. Era el instrumento que había desconcertado a Barney McGowan cuando él intentó describirselo en el laboratorio de patología del hospital de Cincinnati, sólo a partir de una descripción de las heridas de Makwa. Tenía unos cuarenta y
cinco centímetros de largo. El mango era redondo y suave, fácil de sujetar.
Tal como su padre había supuesto al realizar la autopsia, los quince últimos centímetros de la hoja triangular se estrechaban, de modo que cuanto más se introducía la hoja en el tejido, más grande resultaba la herida. Los tres bordes resplandecían peligrosamente, poniendo de manifiesto que el acero estaba muy bien afilado. A Alden siempre le había gustado usar buen acero.
Vio el brazo que subía y bajaba. Subía y bajaba.
Once veces.
Seguramente ella no gritó ni lloró. Chamán pensó que se habría quedado muy dentro de sí misma, en el lugar en que no había dolor. Deseó profundamente que fuera verdad.
Dejó que Doug siguiera trabajando. Bajó por el Camino Corto, sujetando el instrumento cuidadosamente delante de su cuerpo, como si pudiera transformarse en una serpiente y retroceder para morderlo.
Caminó entre los árboles, pasó junto a la tumba de Makwa y el hedonoso-te en ruinas. Al llegar a la orilla del río, echó el brazo hacía atrós y lo lanzó.
El instrumento fue dando giros en el aire primaveral, brillante a la luz del sol, como una espada. Pero no era Excalibur. Ninguna mano enviada por Dios surgió de las profundidades para cogerlo y blandirlo.
En lugar de eso, acuchilló el profundo torrente sin rizar siquiera el agua.
Chamán sabía que el río no lo devolvería, y el peso que había soportado durante tantos años -tantos que ya no era consciente de que lo llevaba- se elevó desde sus hombros y se alejó volando como un pájaro.
La construcción
A finales de abril ya no quedaba nieve, ni siquiera en los rincones secretos en los que el bosque proyectaba sombras profundas. Las puntas de los melocotoneros habían quedado quemadas por la escarcha, pero una nueva vida luchaba debajo del tejido ennegrecido y empujaba los brotes verdes hasta hacerlos florecer. El 13 de mayo, cuando en la granja de los Cole se celebró la ceremonia del inicio formal de la construcción, el tiempo era cálido. Poco después del mediodía, el reverendisimo James Duggan, obispo de la diócesis de Chicago, bajó del tren en Rock Island, acompañado por tres monseñores.
Fueron recibidos por la madre Miriam Ferocia, y dos carruajes de alquiler condujeron al grupo hasta la granja, donde la gente esperaba reunida. Entre el público se encontraba la mayor parte de los médicos de la
zona, las monjas enfermeras del convento y su sacerdote confesor, los padres de la ciudad, una serie de políticos entre los que se contaban Nick Holden y el miembro del Congreso John Kurland, y unos cuantos ciudadanos. La madre Miriam habló con voz firme cuando les dio la bienvenida, pero su acento sonó más marcado de lo habitual, cosa que le ocurría siempre que se ponía nerviosa. Presentó a los prelados y le pidió al obispo Duggan que pronunciara la invocación.
Luego les presentó a Chamán, que los llevó en un recorrido por la propiedad. El obispo, un hombre corpulento de rostro coloradote enmarcado por una abundante cabellera canosa, quedó claramente satisfecho con lo que vio. Cuando llegaron al solar en el que se construiría el hospital, John Kurland pronunció unas breves palabras, describiendo lo que el hospital significaría para sus electores. La madre Miriam le entregó una pala al obispo, que excavó un trozo de tierra como si hubiera hecho ese trabajo toda su vida. Luego cogió la pala la priora, y a continuación Chamán, seguido por los políticos, y por fin varias personas más que estarían encantadas de contar a sus hijos que habían comenzado personalmente la construcción del Hospital de San Francisco.
Después de la ceremonia inaugural se celebró una recepción en el convento. Hubo otras visitas: al huerto, a los campos en los que pastaban los corderos y las cabras, al granero, y finalmente al edificio del convento.
Miriam Ferocia había actuado con cautela, porque deseaba honrar a su obispo con una digna hospitalidad, pero era consciente de que no debía darle la impresión de que era una despilfarradora. Se las había arreglado admirablemente bien, utilizando los productos del convento para preparar pequeñas pastas de queso que se sirvieron calientes en bandejas para acompañar el té o el café. Todo parecía funcionar perfectamente bien, aunque a Chamán le pareció que Miriam Ferocia estaba cada vez más inquieta. Vio que observaba pensativamente a Nick Holden, que estaba sentado en la silla tapizada, junto a la mesa de la priora.
Cuando Holden se puso de pie y se apartó, ella pareció ponerse a la expectativa, y no le quitaba los ojos de encima al obispo Duggan.
Chamán ya había conversado con el obispo en la granja. Ahora se acercó a él y, cuando surgió la oportunidad, le dijo:
–Excelencia, ¿ve una silla enorme tapizada, con brazos de madera tallada, que hay a mis espaldas?
El obispo pareció desconcertado.
–Si, si que la veo.
–Excelencia, cuando las monjas vinieron aquí trajeron esa silla en un carro por toda la pradera. La llaman la silla del obispo. Su sueño ha sido siempre que el obispo viniera de visita y tuviera una silla tan magnífica como ésa en la que descansar.
El obispo Duggan asintió con expresión seria, pero le brillaban los ojos.
–Doctor Cole, creo que usted va a llegar lejos-dijo.
Era un hombre circunspecto. Primero se acercó al miembro del Congreso y habló del futuro de los capellanes del ejército, ahora que la guerra había terminado. Y a los pocos minutos se acercó a Miriam Ferocia.
–Venga, madre -le dijo-. Hablemos un poco.
Colocó una silla de respaldo recto cerca de la silla tapizada, en la que se sentó él dando un suspiro de placer.
Pronto estuvieron enzarzados en una conversación sobre los asuntos del convento. La madre Miriam Ferocia estaba erguida en la silla de respaldo recto, fascinada al ver el espléndido aspecto del obispo en la silla, con un aspecto casi regio, con las manos cómodamente apoyadas en los extremos de los brazos tallados. La hermana Mary Peter Celestine que estaba sirviendo pastas, vio el rostro radiante de la priora. Le echó una mirada a la hermana Mary Benedicta, que estaba sirviendo café, y ambas sonrieron.
La mañana posterior a la recepción en el convento, el sheriff y un ayudante llegaron en un carretón a la granja de los Cole, con el cuerpo de una mujer regordeta, de mediana edad, de pelo castaño, largo y sucio. El sheriff no sabía quién era. La habían descubierto muerta en la parte de atrás de un furgón de mercancías que transportaba un pedido de azúcar y harina empaquetada para la tienda de Haskins.
–Nos imaginamos que se deslizó en la parte trasera del furgón en Rock Island, pero allí nadie sabe de dónde salió, ni tiene idea de quién es -dijo el sheriff.
La llevaron hasta el cobertizo y la colocaron sobre la mesa; luego se marcharon.
–Lección de anatomía -le dijo Chamán a Alex.
La desvistieron. La mujer no estaba muy limpia, y Alex observó a Chamán quitar liendres y trozos de paja del pelo con un peine. Chamán utilizó el escalpelo que le había hecho Alden, e hizo la incisión que abría el pecho. Introdujo el escoplo y le retiró el esternón, al tiempo que le
explicaba a Alex qué era cada cosa que hacía y por qué. Cuando levantó la vista se dio cuenta de que su hermano estaba pálido.
–No importa lo estropeado que se encuentre un cuerpo: es un milagro ante el cual hay que maravillarse y al que tratar bien. Cuando una persona muere, el alma o el espíritu, lo que los griegos llaman anemos, abandona el cuerpo. Los hombres siempre han discutido acerca de si el alma también muere o queda en otra parte. – Sonrió al recordar a su padre y a Barney pronunciando el mismo mensaje, complacido de ser él quien ahora transmiía el legado-. Cuando papá estudiaba medicina, tenía un profesor que decía que el espíritu abandona el cuerpo del mismo modo que alguien abandona la casa donde ha vivido. Papá decía que debemos tratar el cuerpo con gran dignidad, por respeto a la persona que solía vivir en esa casa.
Alex asintió. Chamán vio que su hermano se había inclinado sobre la mesa con auténtico interés, y que sus mejillas habían recuperado el color mientras lo observaba trabajar.
Jay se había ofrecido voluntariamente a enseñar química y farmacología a Alex. Esa tarde se sentaron en el porche de casa de los Cole y repasaron los elementos mientras Chamán leía un periódico y dormitaba de vez en cuando. La llegada de Nick Holden los obligó a dejar los libros de lado, y Chamán abandonó la esperanza de hacer la siesta. Observó que Alex saludaba a Nick con cortesía pero sin afecto.
Nick había ido a despedirse. Seguía siendo delegado de Asuntos Indios, y regresaba a Washington.
–¿Entonces el presidente Johnson le ha pedido que se quede? – le preguntó Chamán.
–Sólo durante un tiempo. No cabe duda de que pondrá a su gente en el gobierno -dijo Nick haciendo una mueca. Les comunicó que todo Washington estaba inquieto porque circulaba el rumor de una relación entre el ex vicepresidente y el asesino del presidente Lincoln-. Dicen que se descubrió en poder de Johnson una nota que llevaba la firma de John Wilkes Booth. Y que la tarde del asesinato, Booth llamó al hotel en que se alojaba Johnson y preguntó por él en la recepción, y que le dijeron que Johnson no estaba alli.
Chamán se preguntó si en Washington se asesinaban las reputaciones igual que asesinaban a los presidentes.
–¿Se le ha preguntado a Johnson por esos rumores?
–El prefiere pasarlos por alto. Simplemente actúa como un presidente y habla de pagar el déficit causado por la guerra.
–El mayor déficit causado por la guerra no se puede pagar -opinó Jay-.
Un millón de hombres han resultado muertos o heridos. Y morirán más porque hay focos de confederados que aún no se han rendido.
Todos reflexionaron sobre esas palabras.
–¿Qué le habría ocurrido a este país si no hubiese habido guerra? –
preguntó Alex de repente-. ¿Qué habría pasado si Lincoln hubiera dejado que el Sur se separara en paz?
–La Confederación habría tenido muy corta vida -intervino Jay-.
Los sudistas ponen su fe en su propio Estado y desconfían de un gobierno central. Enseguida habrían surgido disputas. Se habrían dividido en grupos regionales más pequeños, y en su momento éstos se ha brían separado en Estados independientes. Creo que todos los Estados, uno a uno, humillados y avergonzados habrían vuelto por su cuenta a la Unión.
–La Unión está cambiando -afirmó Chamán-. El Partido Americano tuvo muy poco éxito en las últimas elecciones. Los soldados norteamericanos han visto a sus camaradas irlandeses, alemanes y escandinavos morir en la batalla, y ya no están dispuestos a escuchar a los políticos fanáticos. El Chicago Daily Tribune dice que los Ignorantes están acabados.
–Fantástico -dijo Alex.
–Simplemente eran otro partido -añadió Nick suavemente.
–Un partido político que daba vida a otros grupos más siniestros -
intervino Jay-. Pero no hay nada que temer. Tres millones y medio de exesclavos se están diseminando, buscando trabajo. Surgirán nuevas sociedades que dirigirán el terror contra ellos, probablemente formadas por los miembros de aquél.
Nick Holden se levantó para marcharse.
–A propósito, Geiger, ¿su querida esposa ha recibido alguna noticia de su célebre primo?
–Delegado, ¿usted cree que si supiera el paradero de Judah Benjamín se lo revelaría a usted? – dijo Jay serenamente.
Holden esbozó una de sus características sonrisas.
Era verdad que le había salvado la vida a Alex, y Chamán le estaba agradecido. Pero la gratitud jamás haría que Nick le gustara. En lo más profundo de su corazón, deseó fervientemente que su hermano hubiese sido
engendrado por el joven proscrito que se había llamado Will Mosby. No se le ocurrió siquiera invitar a Holden a la boda.
Chamán y Rachel se casaron el 22 de mayo de 1865 en la sala de la casa de los Geiger, y sólo asistieron las familias de ambos. Sarah había sugerido a su hijo que, ya que su padrastro era pastor, sería un gesto por la unidad familiar el que solicitaran a Lucian que oficiara la ceremonia.
Jay le dijo a su hija que la única forma en que una mujer judía podía casarse era con un rabino. Ni Rachel ni Chamán discutieron, pero fueron casados por el juez Stephen Hume. Hume no podía pasar las páginas o las notas con una sola mano, a menos que tuviera un atril, y Chamán tuvo que pedir prestado el que había en la iglesia, tarea que resultó más fácil porque aún no había sido nombrado el nuevo pastor. Se quedaron de pie delante del juez, con los niños. Joshua apretaba el dedo indice de Chamán con su minúscula mano sudorosa. Rachel, con un traje de boda de brocado azul con un amplio cuello de encaje de color crema, sostenía a Hattie de la mano. Hume era un hombre agradable que les deseó cosas buenas. Cuando los declaró marido y mujer y les dijo “Id en paz”, Chamán interpretó sus palabras al pie de la letra. El mundo avanzó más lentamente y él sintió que su alma se elevaba como lo había hecho sólo una vez con anterioridad, cuando por primera vez como médico había recorrido el túnel que se extendía entre la facultad de medicina policlínica de Cincinnati y el hospital del sudoeste de Ohio.
Chamán había pensado que Rachel querría ir a Chicago o a alguna otra ciudad durante el viaje de boda, pero ella le había oído comentar que los sauk y los mesquakie habían regresado a Iowa, y él se sintió encantado cuando le preguntó si podían ir a visitar a los indios.
Necesitaban un animal para llevar las provisiones y la ropa de cama.
Paul Williams tenía en su establo un caballo castrado de pelo gris, muy manso, y Chamán se lo alquiló por once días. Tama, la ciudad india, se encontraba a unos ciento sesenta kilómetros de distancia, y calculó que tardarían cuatro días para ir y otros tantos para volver, y que estarían un par de días de visita.
Pocas horas después de casarse emprendieron el viaje, Rachel montada en Trude y Chamán en Boss, y guiando el caballo de carga que según había dicho Williams se llamaba Ulises, “sin ofender al general Grant”.
Chamán se habría detenido a pasar el resto del día en Rock Island, pero estaban vestidos para viajar por el campo, no para ir a un hotel, y Rachel
quería pasar la noche en la pradera. De modo que cruzaron el río con los caballos en el transbordador, y cabalgaron quince kilómetros más allá de Davenport.
Siguieron un estrecho camino de tierra entre amplias extensiones aradas de tierra negra, pero en los campos cultivados aún quedaban fragmentos de pradera. Llegaron a un sitio cubierto de hierba intacta, con un arroyo, y Rachel se acercó y agitó la mano para atraer la atención de Chamán.
–¿Podemos parar aquí?
–Primero busquemos la casa.
Tuvieron que recorrer otro kilómetro y medio. A medida que se acercaban a la casa, la hierba fue transformándose en campos arados que sin duda serían sembrados de maíz. En el patio del establo, un perro de pelo claro embistió a los caballos y les ladró. El granjero estaba colocando un perno nuevo a la reja del arado, y frunció el ceño con suspicacia cuando Chamán le pidió permiso para acampar junto al arroyo. Pero cuando aquél ofreció pagarle, rechazó la oferta con un movimiento de la mano.
–¿Va a encender una fogata?
–Pensaba hacerlo. Todo está verde.
–Oh, si, no se extendería. El agua del arroyo es potable. Cerca en contrará unos árboles cortados con los que puede hacer leña.
Le dieron las gracias y retrocedieron para buscar un lugar adecuado.
Quitaron las monturas a los caballos y descargaron a Ulises. Chamán hizo cuatro viajes para recoger leña, mientras Rachel instalaba el campamento. Extendió la vieja piel de búfalo que su padre le había comprado hacía muchos años a Perro de Piedra. En los trozos en que faltaba el pelo se veía el cuero de color pardo, pero era lo más adecuado para poner entre ellos y la tierra. Sobre la piel de búfalo extendió dos mantas tejidas con lana de los Cole, porque aún faltaba un mes para la llegada del verano.
Chamán amontonó leña entre algunas rocas y encendió el fuego.
Puso agua del arroyo y café en un cazo y lo calentó. Sentados en las monturas, comieron las sobras frías del banquete de boda: tajadas de cordero añal, patatas asadas, zanahorias escarchadas. De postre tomaron tarta de bodas con whisky glaseado, y luego se sentaron junto al fuego y bebieron café. A medida que caía la noche iban apareciendo las estrellas, y la luna se levantó sobre la llanura.
Un instante después ella dejó la taza y buscó jabón, un trapo y una toalla, y se perdió en la oscuridad.
No sería la primera vez que hacían el amor, y Chamán se preguntó por qué se sentía tan torpe. Se desvistió y fue a otro tramo del arroyo y se lavó a toda prisa; cuando ella regresó, él ya la estaba esperando metido entre las mantas y la piel de búfalo; aún tenían el frío del agua en la piel, pero las mantas estaban calientes. Sabía que ella había escogido este sitio para el fuego con la intención de que la luz no llegara a la cama, pero no le importó. Ahora sólo tenían sus manos, sus labios y su cuerpo. Hicieron el amor por primera vez como marido y mujer, y luego se quedaron tendidos de espaldas, cogidos de la mano.
–Te amo, Rachel Cole -dijo él.
Ambos podían ver todo el cielo como si fuera un cuenco volcado sobre la planicie de la tierra. Las estrellas eran enormes y blancas.
Volvieron a hacer el amor. Esta vez, cuando terminaron, Rachel se levantó y corrió hacía la fogata. Cogió una rama que tenía un extremo encendido y la agitó como si fuera un molinete, hasta que se hizo una llama.
Luego regresó y se arrodilló tan cerca que él pudo ver la piel de gallina en el valle formado por sus pechos, y la llama que convertía sus ojos en gemas, y su boca.
–Yo también te amo, Chamán -dijo.
Al día siguiente, a medida que se internaban en Iowa, las granjas se encontraban más separadas. A lo largo de casi un kilómetro, el camino se extendía junto a una pocilga, y el olor era tan denso que casi podían tocarlo; pero pronto volvió a aparecer la hierba y el aire perfumado.
De pronto Rachel se puso tensa en su montura y levantó la mano.
–¿Qué ocurre?
–Un aullido. ¿Puede ser un lobo?
Chamán pensaba que tenía que tratarse de un perro.
–Los granjeros de aquí deben de haber acorralado a los lobos, como han hecho en Illinois. Los lobos han desaparecido, como los bisontes y los indios.
–Tal vez antes de llegar veamos un milagro -arriesgó ella-. Quizás un búfalo, o un gato montés, o el último lobo de Iowa.
Pasaron junto a pequeñas poblaciones. Al mediodía entraron en un almacén y comieron galletas con queso seco y melocotones enlatados.
–Ayer nos enteramos de que los militares arrestaron a Jefferson Davis.
Lo tienen en Fort Monroe, en Virginia, encadenado -les informó el tendero.
Escupió en el suelo cubierto de serrín-. Espero que cuelguen a ese hijo de puta. Con perdón de la señora.
Rachel asintió. Resultaba difícil ser elegante mientras escurría el resto del zumo de melocotón de la lata.
–¿También capturaron a su secretario de estado, Judah P. Benjamin?
–¿El judío? No, que yo sepa, aún no lo han encontrado.
–Bien -dijo Rachel abiertamente.
Cogieron las latas vacías para usarlas en el camino, y volvieron a montar. El tendero se quedó en el porche, observándolos mientras se alejaban por el camino de tierra.
Esa tarde vadearon el río Cedar con cuidado de no mojarse, pero finalmente quedaron empapados por una inesperada lluvia de primavera.
Casi había oscurecido cuando llegaron a una granja y se cobijaron en un granero. Chamán sintió un extraño placer al recordar la descripción de la noche de bodas de sus padres que había leído en el diario de Rob J. Se lanzó bajo la lluvia para pedir permiso al granjero para quedarse. El hombre, que aunque se llamaba Williams no tenía parentesco alguno con el dueño del establo de Holden's Crossing, accedió inmediatamente. Cuando Chamán regresó, la señora Williams lo siguió de cerca con medio cazo de deliciosa sopa de zanahorias, pata tas y cebada, y un pan fresco. Los dejó solos tan pronto que imaginaron que ella se había dado cuenta de que eran recién casados.
A la mañana siguiente el aire estaba despejado y más cálido que el día anterior. A primera hora de la tarde llegaron al río Iowa. Billy Edwards le había indicado a Chamán que si seguían en dirección al noroeste encontrarían a los indios. El río estaba desierto, y un rato después llegaron a un pequeño entrante de agua clara, poco profundo y con fondo de arena. Se detuvieron y ataron los caballos, y Chamán se desvistió rápidamente y chapoteó en el agua.
–¡Venga! – la animó.
Ella no se atrevió. Pero el sol quemaba y parecía que el río jamás hubiera sido pisado por otros seres humanos. Pocos minutos después, Rachel se metió entre los arbustos y se quitó toda la ropa menos la bata suelta de algodón que llevaba debajo del vestido. Protestó porque el agua estaba fría y jugaron juntos como niños. La bata mojada se le pegó al cuerpo, y él enseguida se estiró para abrazarla; pero a ella le dio vergüenza.
–¡Seguro que viene alguien! – exclamó, y salió del agua corriendo.
Se puso el vestido y colgó la bata en una rama para que se secara.
Chamán tenía anzuelos y sedal entre sus cosas, y después de vestirse cogió unos cuantos gusanos de debajo de un tronco y cortó una rama para hacer una caña. Caminó río arriba hasta un remanso, y unos minutos después ya había capturado un par de percas moteadas de más de doscientos gramos cada una.
A mediodía habían comido huevos duros de la abundante provisión preparada por Rachel, pero esa noche comerían las percas, que limpiaron enseguida.
–Será mejor que las cocinemos ahora, para que no se estropeen, y que las envolvamos en un paño para guardarlas -sugirió él, y preparó una fogata.
Mientras se cocinaban las percas, Chamán volvió a acercarse a ella.
Esta vez Rachel perdió todo recato. No le importó que aunque él se hubiera restregado las manos con agua del río y arena, no le hubiera desaparecido el olor a pescado de las manos; no le importó que estuvieran a plena luz del día. El le levantó las faldas e hicieron el amor vestidos, sobre la hierba caliente y soleada de la orilla del río, mientras el impetuoso torrente sonaba en los oídos de Rachel.
Unos minutos más tarde, mientras ella daba vuelta el pescado para que no se quemara, apareció una chalana en el recodo del río. En ella viajaban tres hombres barbudos y descalzos, vestido únicamente con pantalones raídos. Uno de ellos levantó la mano levemente para saludar, y Chamán respondió.
En cuanto la chalana hubo desaparecido, Rachel corrió hasta la rama de la que colgaba su bata como una enorme bandera blanca que anunciara lo que habían hecho. Cuando él se acercó, ella se volvió y preguntó:
–¿Qué nos ocurre? ¿Qué me ocurre a mi? ¿Quién soy?
–Eres Rachel -respondió él, estrechándola entre sus brazos.
Lo dijo con tal satisfacción que cuando la besó ella estaba sonriendo.
Tama
A primera hora de la mañana del quinto día adelantaron a otro jinete.
Cuando se acercaron a él para pedirle que les indicara el camino Chamán vio que el hombre iba vestido con sencillez pero montaba un buen caballo y una montura cara. Tenía el pelo largo y negro, y la piel del color de la arcilla cocida.
–¿Puede indicarnos el camino a Tama? – le preguntó Chamán.
–Mejor que eso. Yo voy allí; si quieren, pueden cabalgar conmigo.
–Es muy amable.
El indio se inclinó hacía delante y añadió algo, pero Chamán sacudió la cabeza.
–Me resulta dificil hablar mientras cabalgamos. Tengo que verle los labios, soy sordo.
–Oh.
–Pero mi esposa oye perfectamente -aclaró Chamán.
Sonrió, y el hombre le devolvió la sonrisa, se volvió hacía Rachel y la saludó. Intercambiaron unas pocas palabras, pero el resto del trayecto los tres cabalgaron en silencio disfrutando de la tibia mañana Cuando llegaron a una pequeña charca se detuvieron para que los caballos pudieran beber un poco y comer hierba mientras ellos estiraban las piernas; entonces se presentaron correctamente. El hombre les estrechó la mano y dijo que se llamaba Charles P. Keyser
–¿Vive en Tama?
–No, tengo una granja a unos quince kilómetros de aquí. Soy pota watomi, pero toda mi familia murió a causa de las fiebres, y me críaron unos blancos. Ni siquiera hablo la lengua india, salvo algunas palabras de kickapoo. Me casé con una mujer que era medio kicka poo, medio francesa.
Dijo que iba a Tama cada pocos años y que pasaba allí un par de días -
En realidad no sé por qué lo hago. – Se encogió de hombros y sonrió-. La llamada de la sangre, supongo.
Chamán asintió.
–¿Le parece que los animales ya han comido bastante?
–Oh, claro, a ver si las monturas van a estallar debajo de nosotros -
bromeó Keyser volvieron a montar y reanudaron el viaje.
A medía mañana, Keyser los condujo por la población de Tama. Mucho antes de llegar al grupo de cabañas que formaban un enorme círculo, se vieron seguidos por un grupo de niños de ojos pardos, y perros que ladraban.
Keyser indicó que se detuvieran, y desmontaron.
–Le comunicaré al jefe que estamos aqui -dijo, y entró en una cabaña cercana.
Cuando volvió a aparecer, acompañado de un piel roja corpulento de mediana edad, ya se había reunido una pequeña multitud. El hombre robusto dijo algo que Chamán no pudo descifrar mirándole los labios. No
había hablado en inglés, pero el hombre aceptó la mano de Chamán cuando él se la tendió.
–Soy el doctor Robert J. Cole, de Holden's Crossing, Illinois. Esta es mi esposa, Rachel Cole.
–¿Doctor Cole? – Un joven se separó de la multitud y miró atentamente a Chamán-. No, demasiado joven.