Cielo negro, mar negro

Izzet Celasin · Capítulo 1 de 30

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Cielo negro, mar negro

Primera Parte

Mayo de 1977

 

El acueducto bizantino se extendía desde el extremo de una zona de viviendas situada junto a la estación de bomberos, cruzaba por encima de la calle principal y continuaba arqueándose hacia abajo para culminar en la parte trasera del teatro de la ciudad. Los coches circulaban por cuatro calles bajo las todavía firmes arcadas. La plaza Saraçhane, rodeada del parque que llevaba el mismo nombre, las ruinas históricas del acueducto, la mezquita Şehzade y el Ayuntamiento conformaban una zona de ajetreo y mucha vida, con tráfico ensordecedor, oficinas públicas, teatros y cines. Lo más llamativo de ese día no era la ausencia de coches en la avenida principal, sino la interminable afluencia de personas procedentes de todas partes hacia la plaza. Aquí y en muchos más lugares de la ciudad, Estambul se preparaba para celebrar el Primero de Mayo.

Yo abandoné la escuela a las diez de la mañana y me reuní con la pandilla, compuesta también por camaradas de otros institutos, todos de dieciocho años y con el cuerpo hecho un amasijo de nervios. Ninguno de nosotros había estado antes en una celebración del Primero de Mayo. Había rumores de que la policía interceptaría las calles y arrestaría a todos los que acudieran a la concentración. La idea de que pudiéramos ser detenidos al pie de las barricadas creaba nerviosismo y expectación en el grupo; así que nos reíamos, gritábamos y corrimos todo el trayecto hasta la plaza de Saraçhane. Era el punto de reunión de este lado de la ciudad, y desde aquí la manifestación se encaminaría hacia Taksim, tal y como harían las otras cinco o seis columnas procedentes de las demás partes de la ciudad. Los sindicatos y otras organizaciones ya habían anunciado que este Primero de Mayo sería el más multitudinario de la historia, mientras los directores de los periódicos burgueses lo habían bautizado como «un intento de revolución», e incitaban a la policía a que impidiera que Estambul fuera tomada por los rojos. Cuando llegamos a la plaza Saraçhane ya había allí un ambiente festivo: música, bailes, un mar de pancartas, banderas rojas y discursos que pocos podían oír debido al constante murmullo que emergía de la masa semejante a un zumbido de abejas. Todo era nuevo para nosotros, revoloteábamos de grupo en grupo y hablamos con perfectos desconocidos. Teníamos la peculiar sensación de compartir algo grande con mucha gente. Yo nunca había visto antes a tantas mujeres reunidas fuera de la zona escolar, juntas en un mismo lugar; discutían en voz alta, repartían octavillas, vendían periódicos, recaudaban dinero para una u otra causa o eran portadoras de brazaletes como responsables de seguridad. Después de esperar un rato, empezamos a andar hacia el parque donde las organizaciones estudiantiles iban a agruparse bajo sus propias banderas. Allí se discutía acaloradamente cuándo arrancaría la manifestación. Ya casi eran las doce del mediodía. En otros puntos de la ciudad, ya se había iniciado la marcha cumpliendo con el horario anunciado en el programa. La mayoría estaba impaciente, corrían rumores a mares. A cada minuto llegaban mensajes caóticos y contradictorios, y nadie sabía con exactitud qué nos retenía. Cada vez que un conocido líder estudiantil se dejaba ver, se intensificaba el murmullo de la masa para enmudecer enseguida en medio de la decepción. Nosotros estábamos tan impacientes como los demás, pero nos divertía hacer comentarios atrevidos sobre la pinta de los líderes que, en el fondo, parecían tan perdidos como nosotros; sobre todo uno que no había pisado las aulas desde principios de los setenta. A pesar de la excelente temperatura primaveral, llevaba un abrigo negro echado sobre los hombros y andaba orgulloso con un guardaespaldas a cada lado.

El telégrafo de la selva pronto nos notificó que había desacuerdo entre las organizaciones prosoviéticas y las maoístas, y que ese era probablemente el impedimento para que la manifestación se pusiera en marcha. Corrimos hacia el acueducto y vimos a representantes de todos los grupos políticos en mitad de la calle, enfrascados en un acalorado debate y rodeados de fervientes seguidores. Se palpaba el nerviosismo en el ambiente, y se prodigaban a mansalva insultos encubiertos con terminología política. Y yo no entendía por qué les enervaban tanto los términos «revisionista», «oportunista» e incluso «aventurero». Debido a mi interés por los temas políticos, esos conceptos no me eran del todo desconocidos, pero a mis oídos no sonaban insultantes. Otros hacían una interpretación radicalmente distinta, se los tomaban casi como insultos políticos. Me irritó la animadversión mutua, y no era yo solo el que la sentía. De aquí y allá llegaban gritos de «¡Acabad con esto!» y «¡Avancemos juntos!». Pero los camorristas y sus seguidores eran mayoría. Los prosoviéticos no querían que se les unieran los maoístas; los maoístas, por su parte, amenazaban con usar todos los medios a su alcance para patentar todas y cada una de las palabras que pertenecían al «proletariado». Los independientes, que no se sentían atraídos ni por China ni por la Unión Soviética, intentaban en vano mediar. Pero ninguna de las partes daba señal de ceder a las exigencias de sus oponentes, habría sido como abandonar el campo de batalla y defraudar a la clase obrera. Pero los trabajadores no estaban seguros de quiénes les representaban mejor. Uno de ellos gritaba sin parar «¡Jugároslo a cara o cruz!». Y nos reímos. Pasaba el tiempo alternándose la diversión, el aburrimiento y la irritación. Y mientras todo esto sucedía, a nadie se le ocurrió comentar que no se veían muchos policías por la plaza.

Cuando finalmente la manifestación se puso en marcha, avanzaba a paso de tortuga. Las organizaciones estudiantiles habían ido a parar en medio de las dos fracciones, éramos los penúltimos de la cola. Detrás de nosotros iban los maoístas con sus banderas, megáfonos y consignas. Todo era una pura guerra de consignas. Mientras delante de nosotros escuchábamos lo malvados que eran los nacionalistas maoístas, en las últimas filas sonaban condenas a los social-fascistas soviéticos. Yo no le prestaba demasiada atención a la batalla verbal, prefería cantar a gritar consignas.

Cuando pasamos bajo los arcos del acueducto, allí donde la calle va en descenso, me quedé boquiabierto: ante mis ojos había un mar de gente. Atrás quedaban la aburrida espera, las ridículas peleas, el hambre, el calor y la sed. Las masas desplegadas ante mí me llenaron de alegría y orgullo. Un gigante había despertado y avanzaba, casi se podía oír cómo retumbaban sus pasos. Ser una molécula de su cuerpo era suficiente para sentirse invencible. Me colmaba de alegría que se confirmaran los temores de la burguesía sobre la toma de Estambul: esta vez no se trataría de rescatarla de manos de impotentes bizantinos, sino de un terrible, podrido y corrupto poder. El sultán Mehmet no se habría opuesto a ello. Su orgulloso ejército, que tal vez acampó exactamente aquí en 1453, había sido una procesión pueblerina en comparación con todo esto. Por un instante, era posible soñar y olvidar que detrás de los muros de la ciudad acechaba un enemigo mucho más fuerte que el anterior y que jamás se rendiría sin presentar batalla, y que al gigante le faltaban los retumbantes cañones del sultán Mehmet. No, este gigante no traía consigo una declaración de guerra, sino un manifiesto: «Miradnos, estamos aquí y ya nada volverá a ser como antes».

Cuando llegamos al puente de Unkapani sobre el Cuerno de Oro, el mar de gente había tomado y taponado las estrechas arterias de la Ciudad Vieja. Todavía quedaba una larga y empinada subida hasta Taksim. El tiempo pasaba, y a mí me desesperaba la idea de que la manifestación se disolviera antes de alcanzar la plaza y de que no pudiera presenciar el momento álgido del día. Me apoyé desalentado en la barandilla y escruté más allá: las barcas amarradas al muelle balanceándose perezosamente en las aguas pardas, un poco más allá el puente Galatea, y todavía más lejos un pedazo del estrecho del Bósforo bajo el sol de la tarde.

Dos de mis camaradas seguían junto a mí; fumaban y hablaban con aspecto tan meditabundo como el mío. Me pregunté qué habría sido de los demás, los habíamos perdido entre la masa de gente. Uno de los dos propuso que sería mejor volver a la escuela, porque la espera resultaba desesperante y, si no aparecíamos a la hora prevista, los profesores de guardia sospecharían. Quizá lo habríamos hecho si no hubiera llegado la noticia de que el retraso era debido a la enorme afluencia de gente a la plaza y a la necesidad de situar organizadamente a los manifestantes. Entonces la marcha empezó de nuevo a avanzar. Yo recuperé el optimismo y, a pesar de todo, decidí quedarme y disfrutar de la vivencia al máximo. A cada paso crecía la alegría reinante, yo me sentía la persona más feliz sobre la faz de la Tierra. El buen humor se contagia rodeado de caras sonrientes.

El cuello de botella se había desatascado y avanzábamos dando pequeñas carreras para subir la cuesta de Şişhane. Producía un efecto innegablemente cómico, todos nos reíamos y bromeábamos, a los rezagados les animaban con gritos para estimularles a continuar. No solo los manifestantes exultaban alegría. Las mujeres, los niños y los hombres que poblaban las aceras también; gritaban, aplaudían y algunos incluso nos tiraban flores.

Cuando dejamos atrás Tepebaşi, disminuyó la velocidad de la marcha. Ahora la manifestación avanzaba, por decirlo así, ajena a su voluntad. Se tenía la sensación de que una fuerza, la de la masa, presionaba a otra que oponía resistencia. Este choque entre dos fuerzas acabó al llegar a Galatasaray; el río de gente del que formábamos parte se partió en dos e inundó las calles paralelas, que desembocaban también en la plaza. Yo todavía me mantenía unido a las organizaciones estudiantiles, pero ya no podía ver a ninguno de mis camaradas. Y entonces, solo a un par de metros de la plaza, en la estrecha calle, se nos planteó que debíamos rendirnos, abandonar. No servía de nada empujar; además nos llegó la noticia de que los de seguridad habían cerrado las entradas a la plaza debido a que la multitud que se avecinaba era demasiado grande. Parecía tan cerca y estaba tan lejos. El sueño de entrar en la plaza marchando, de ser recibido con gritos de júbilo por las masas, y quizá de trepar al monumento a la Libertad y poder verlo todo por encima de la gente que había tomado la ciudad quedó hecho añicos. Me senté en la acera a pesar del reducido espacio. La gente se apretujaba a mi alrededor y constantemente alguien tropezaba con mi cuerpo. Pero yo estaba terriblemente cansado y ni me inmutaba.

Pronto se sentaron también los que estaban cerca de mí y así desalojaban espacio para respirar. Escuchaba la conversación de mis camaradas de asfalto. Eran mayores que yo y con aspecto de estudiantes universitarios. Si los rumores eran ciertos, debíamos creer que cerraron las calles de acceso a la plaza porque los sindicatos prosoviéticos intentaban cerrar el paso a los sindicatos promaoístas y dejarlos fuera. Los estudiantes estaban enojados con ambas partes. Uno de ellos dijo que se alegraba de que esto no fuera la toma del Palacio de Invierno. De haber sido así, tan pronto como la revolución se hubiera desatado, todos esos idiotas habrían saltado los unos al cuello de los otros, y nosotros nos habríamos quedado atrapados en mitad de la lucha interna. Por otra parte, no se entendía cómo se podía celebrar este día sin que las organizaciones estudiantiles estuvieran representadas, y eso creaba malestar. A mí me preocupaba más conocer la profundidad y gravedad reales del desacuerdo. Hasta el mediodía me había mantenido optimista creyendo en la unidad de la clase trabajadora. Quizá fuera yo bastante ingenuo, sentado en mi torre de marfil, rodeado y protegido por los muros escolares. La democracia para la totalidad del pueblo no podía obtenerse sin contradicciones. Debía existir espacio para diferentes ideas. Pero ignoraba cómo hacerlo.

Un grito de júbilo me sacó de mi ensimismamiento. Sin pensarlo, miré el reloj. Pasaban de las seis. Llegó una chica corriendo y entre jadeos explicó que las organizaciones estudiantiles acababan de obtener permiso para entrar en la plaza, pero debíamos apresurarnos porque tan pronto como hubiéramos entrado cerrarían los accesos de nuevo. Nos levantamos y nos sacudimos el polvo mientras ella seguía divulgando la noticia a todo correr. Ahora tenía miedo de que, en el último instante, pudiera ocurrir algo que nos impidiera entrar; pero cuando me incliné hacia delante para mirar, sentí alivio, las filas empezaban a moverse. Me estiré todo lo que pude con la esperanza de averiguar qué ocurría delante de mí, pero las largas hileras de banderas me ocultaban el panorama. Los que me rodeaban no sabían más que yo. Pero al fin marchábamos y eso era lo que importaba. Pronto pude oír un fuerte murmullo, señal inequívoca de una gran masa de gente reunida. Ensordecedoras olas de consignas llegaban a mis oídos a intervalos; se originaban en un determinado lugar y al momento se propagaban y aumentaban de volumen. Fue entonces cuando nuestra fila llegó al final de la calle y entró en la plaza.

A ambos lados había docenas de hombres adultos que inspeccionaban nuestra formación con mirada grave. Todos llevaban chalecos con el logo del Sindicato Revolucionario de los Trabajadores. Si eran maoístas lo que buscaban, iban desencaminados porque entre nosotros no había ninguno. Varios estudiantes les saludaron sin que ellos les devolvieran el saludo. No todo el mundo se divierte hoy, pensé, algunos continúan con amargura en el tajo. Los sobrepasamos rápidamente y dimos los primeros pasos dentro de la plaza bajo los fuertes aplausos de bienvenida dedicados a las organizaciones estudiantiles. Exactamente del modo en que me lo había imaginado. Como una alfombra, los manifestantes cubrían las aceras, la hierba del parque, los tejados de las cabinas y de las marquesinas de los autobuses; los había colgados de los árboles y de todo lo que uno pudiera colgarse. Del monumento a la Libertad ya podía olvidarme, sus contornos se habían borrado. Situado en el centro de la plaza, ahora estaba decorado por la multitud. En un lateral, la fachada de la Casa de Cultura, adornada con el lema «¡Viva el Primero de Mayo!» en una gigantesca pancarta, que además exhibía una imagen de un trabajador rompiendo sus cadenas, era bien visible desde todas partes. Una vez en la plaza, nos desplazamos hacia la derecha, al lugar que nos habían destinado, según mis cálculos, al lado de la Casa de Cultura o del parque. Las filas se desplazaban con extrema lentitud. Pasamos por delante de la Casa de las Aguas y del edificio de oficinas donde yo había trabajado en el verano de 1973 como chico de los recados para un fotógrafo, y nos acercamos al Hotel Intercontinental. El hotel era un edificio alto cuya arquitectura mancillaba el entorno, pero ni siquiera esta horrenda fachada podía dar al traste con mi buen humor. Me sentía feliz como nunca. El sonido de las primeras detonaciones me pareció reproducido por un taladro hidráulico accionado muy cerca; pero algo a la velocidad de la luz avisó a mi cerebro del engaño que sufría mi percepción. Lo mismo debieron experimentar de forma simultánea otros tantos miles allí reunidos. Primero se hizo el silencio total, y cuando la detonación de los disparos se incrementó, hubo gritos de desesperación y se produjeron movimientos caóticos en todas direcciones, la gente parecía un gran rebaño dominado por un pánico salvaje. «¡Son disparos!», gritó alguien. Y varias armas automáticas dispararon al unísono. A mí me lanzó hacia delante un fuerte empujón. Fue cuando sentí miedo de verdad. Creí que me habían dado. Pero no fue una bala sino la multitud que intentaba abrirse camino. Una ola de gente me alzó del suelo y me arrastró hacia delante. Era imposible mantenerme en pie; víctima involuntaria de esa presión que venía de atrás, yo también empujaba a los que estaban delante, y no atinaba a pensar cómo impedirlo. De pronto, apareció ante mí un hombre joven y corpulento que con los brazos en jarras gritaba: «¡Que no cunda el pánico, no corráis!», pero inmediatamente despareció arrastrado por la ola humana. A través de una pequeña abertura, entreví que estábamos en la cuesta de Kazancilar, que baja hasta Kabataşkaia. Su tramo superior estaba cubierto de cuerpos caídos, amontonados unos encima de otros. Tropecé con un cuerpo sin vida tendido en el asfalto, me caí de bruces y di de rodillas en el suelo; un fuerte dolor me atravesó el cuerpo. Y el dolor y las amenazas de la muchedumbre que avanzaba alertaron mi instinto de supervivencia. Sabía que debía hacer algo enseguida, lo que fuera, para evitar que me aplastaran al instante. Me arrastré hacia delante lo más rápido que pude. Y cuando me levanté, los demás se habían tumbado para protegerse de las balas. Formaban una enorme alfombra sobre toda la plaza de forma que eran un objetivo fácil para cualquiera que disparase desde un punto alto. Con mis últimas fuerzas logré ponerme a salvo junto al monumento a la Libertad y, justo al oír los siguientes disparos, me eché al suelo.

—Sé un hombre y levántate —me dijo una voz serena pero un poco desalentada. Me enderecé con dificultad y tropecé con sus ojos. Eran negros y expresaban enfado.

¿Puedes usar una de estas? —me preguntó agitando una pistola y un revólver.

Yo dije que no con la cabeza.

—Hostia —suspiró ella—, ¡entonces sujeta esta e intenta no perderla! — Agitó un chaleco antibalas, me lo lanzó y echó una mirada a su alrededor. Llegó un hombre corriendo hasta donde estábamos. Era alto, joven y bien parecido.

—Menos mal que te he encontrado —le dijo a ella. Ella no contestó, solo le entregó el revólver. Él comprobó el cargador rápidamente.

—¿Dónde están? —preguntó él con un leve jadeo.

—No lo sé con seguridad. En el tejado de la Casa de las Aguas, creo — respondió ella.

El fuego de las armas automáticas había cesado. Solo se oía el crac crac de las armas de mano de menor calibre.

—Mira allí —gritó el hombre señalando la Casa de las Aguas.

Miré en esa dirección. En el tejado había unas sombras, en todo caso me pareció que algo se movía, y al instante el hombre abrió fuego. Lo mismo hizo la mujer. Yo estaba al lado de ella y pude ver cómo se sujetaba la mano derecha con la izquierda y disparaba. Saltaron casquillos vacíos. Uno de ellos me dio en la mejilla. Ardía. El dolor me puso furioso. ¡Qué acto tan inútil e idiota! De cualquier manera, la distancia era demasiada, hasta ahí sí llegaban mis conocimientos sobre el alcance de las armas de mano.

—Dame el bolso —me dijo cuando hubo acabado.

—No, puedo llevarlo yo —le dije cortante.

Realmente, ella no tenía tiempo para discusiones.

—De acuerdo, dame un cargador y algunas balas.

No me hizo falta buscar mucho, en el bolso no llevaba más que dos cargadores de recambio y una serie de balas sueltas.

—¿Quién es este chico? —preguntó el joven mientras cargaba su revólver.

Ella se encogió de hombros porque no lo sabía, pero se volvió hacia mí asombrada, como si de repente recordara algo:

—Pégate a mí hasta nueva orden —me dijo.

No me gustó su tono, pero no quise decírselo. Estaba solo y aterrado.

Nuevos gritos acapararon mi atención. Un coche patrulla blindado y con gruesos neumáticos había llegado a la plaza por Dolmabahçe, junto a la Casa de Cultura. Circulaba sin miramientos entre la masa de gente sembrando todavía más pánico. La mayoría consiguió reaccionar a tiempo y ponerse a salvo. Pero hubo una mujer que tropezó y se quedó tirada en el asfalto. Las enormes ruedas le pasaron por encima, de forma que el vehículo se levantó de un lado para posarse de nuevo en el suelo. Y continuó su marcha, no se paró, ahora hacia donde estábamos nosotros. La joven de la pistola y yo nos tiramos rápidamente hacia la izquierda, mientras el joven daba un brinco hacia la derecha en dirección a la entrada del hotel. El vehículo nos rebasó a bastante velocidad. Cuando volví la cabeza, vi al hombre corriendo detrás del coche de policía. La multitud se cerró tras él y desapareció. Tras un instante de apatía, el miedo me invadió de nuevo. Solo quería devolverle el bolso e irme, solo que no sabía cómo ni adónde. En otras circunstancias habría corrido a socorrer a la mujer atropellada, pero en esos momentos no podía pensar en nadie más que en mí mismo. La joven a mi lado parecía estar ligeramente confusa.

—¿Dónde están tus zapatos? —me preguntó.

Miré al suelo y vi que estaba descalzo.

—Espera aquí, no te muevas —dijo, y desapareció.

Yo volvía a sentirme tranquilo, dominado de nuevo por la apatía. Y perdí la noción del tiempo. No tenía idea de cuánto esperé, sin percibir nada de lo que ocurría a mi alrededor, pero, en mi interior, sabía que ella volvería.

Cuando regresó corriendo, casi no la reconocí; hasta que vi la pistola en una mano y, en la otra, un par de zapatos. Eran dos zapatillas de deporte desparejadas. Conseguí reprimir el comentario en el último momento. Dadas las circunstancias, la joven había hecho lo que había podido. Al probármelas comprobé que eran demasiado grandes, así que me apreté bien los cordones. Cuando me levanté, descubrí en su rostro algo similar a una sonrisa. Me agarró de la mano y dijo:

—Alejémonos de aquí.

Dimos unos pasos hacia la Casa de Cultura, pero la policía militar había bloqueado el paso hacia Dolmabahçe. De momento estaban tranquilos, seguramente a la espera de órdenes. Recuperé la voz y le dije que en la siguiente bocacalle, por la que habíamos llegado a la plaza, no había visto a ningún policía. Se dio la vuelta sin comentarios. Había que arriesgarse, pero no sabíamos si ese lugar ahora también estaría repleto de policías y soldados. Por primera vez desde que me topé con esa chica me daba realmente cuenta de lo que me rodeaba. Todavía había mucha gente bajo el amparo del monumento a la Libertad, refugiada en las marquesinas de los autobuses y en el parque. Pancartas, banderas, zapatos y ropa sin dueño cubrían el suelo. Una leve capa de humo y esporádicas detonaciones de disparos producían el efecto de un campo de batalla. La gente que nos cruzábamos parecía haber salido ilesa, pero se podía leer el terror y el desconcierto en sus rostros. Yo tenía la esperanza de que todo el mundo hubiera salido con vida, incluso los que dejamos tendidos en la cuesta de Kazancilar y la mujer atropellada.

—¿Es esto seguro ahora? —preguntó alguien.

La joven siguió caminando deprisa y sin responder, encorvada y conmigo a remolque. Yo la imitaba, a pesar de que no entendía por qué íbamos más protegidos agachados. Pero nadie nos disparó, aunque un poco antes se había oído fuego de ametralladora. Cuando llegamos a la esquina, vimos a cinco o seis vigilantes de seguridad con el chaleco del Sindicato Revolucionario de los Trabajadores. Custodiaban la calle pistola en mano y nos indicaron que nos echáramos al suelo. No nos detuvimos hasta alcanzarlos.

—¿Quiénes fueron los que dispararon? ¿La policía? —preguntó la joven con firmeza.

Uno de ellos la repasó de pies a cabeza.

—No, los malditos maoístas —dijo, y escupió en el asfalto—. Nos dispararon y les devolvimos los disparos.

O al revés, pensé yo, había muchos casquillos vacíos en el suelo.

—¿Qué llevaban ellos? ¿Metralletas? ¿Pistolas? —preguntó ella de nuevo.

El hombre la miró extrañado.

—Pistolas, claro, igual que la que llevas tú. Sin embargo, ya no están aquí, los hemos echado.

Estaba realmente orgulloso de su insignificante tiroteo, ese idiota, seguramente no tenía ni idea de lo que había ocurrido más allá del rincón donde estuvo emplazado sin moverse todo el tiempo. Su charla empezaba a irritarme y estaba a punto de responderle algo cuando la joven me apretó la mano y dijo: «Vamos». Formábamos una extraña pareja corriendo por las calles ahora casi desiertas, ella con una pistola y yo con un bolso de mujer. No tenía tiempo de mirar hacia arriba, pero sentía que detrás de las ventanas había gente observándonos con temor. Justo antes de llegar a la avenida principal, disminuimos la marcha. Yo no protesté cuando cogió el bolso y metió en él la pistola. Esperamos a que pasara un coche de la policía, cruzamos y entramos en el parque Tepebaşi de bajada hacia Kasimpaşa.

—Tomemos el autobús en Kasimpaşa —dijo.

Durante un rato caminamos en silencio y, por primera vez, pude examinarla con ojos despiertos. Tenía aspecto de adulta, diferente al resto de chicas inmaduras que conocía. El rostro enmarcado por un largo y vigoroso pelo negro, no iba pintada y era agradable mirarla. Podía atisbar la puntilla blanca de su sujetador a través de una desgastada blusa abrochada. Tenía las piernas, largas y fuertes, enfundadas en unos tejanos descoloridos y llevaba zapatos de ante.

—¿Qué miras? —me dijo cuando se dio cuenta de que la observaba; decidió que debía ser a causa de la blusa y se la abrochó hasta el cuello—. Por cierto, no tienes buen aspecto —añadió.

Yo llevaba el pelo corto, en eso no podía haber nada de malo. En mi cara, por el contrario, podían hallarse señales de cualquier cosa. Mi polo estaba sucio, tenía un gran agujero en la rodilla derecha de mis vaqueros y los zapatos no eran míos.

—Tú tampoco —repliqué yo.

Ella sonrió, se pasó los dedos por su desgreñado pelo, encontró una goma y se lo recogió con habilidad en una tirante cola de caballo.

—¿Qué tal ahora?

Parecía más adulta y seria todavía. Quise saber su edad:

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte. ¿Y tú?

No había por qué avergonzarse de tener dieciocho.

—Veinte —contesté.

Levantó una ceja sorprendida.

—Pareces mucho más joven.

Me sentí ridículo y bobo. Maldita sea, me había descubierto. Cambié de tema.

—¿Eres maoísta?

Pareció ofenderse.

—¿Tengo cara de interesarme por los campesinos?

—¿Crees que fueron los maoístas, pues? —Sentía auténtica curiosidad.

—No —respondió decidida—. Ni siquiera estaban en la plaza. Los otros los tenían vigilados todo el tiempo, y pistolas, sí, pero es poco probable que tuvieran metralletas. ¿Qué crees tú? ¿Que fueron ellos?

—No —dije yo con igual rotundidad. Acababa de convencerme. Hablar con ella hacía que todo pareciera obvio. Aparentaba estar muy serena y acogió mis nerviosas agudezas con una sonrisa alentadora. Yo, en cambio, casi no conseguía conservar la máscara, las manos me temblaban un poco. Arrastraba el miedo conmigo como un indeseado acompañante.

Tenía mala conciencia, me dijo, porque nadie había conseguido proteger a los asistentes al acto. A pesar de que el ataque era previsible, casi anunciado por la prensa, acabó irremediablemente en un caos sin parangón. El grupo al que ella pertenecía estaba desorganizado y no habían tenido posibilidad de intervenir. Respondió así a las preguntas que no me atreví a formular acerca de la razón por la que llevaba un arma. Su aspecto era el de una muchacha corriente; si me la hubiera cruzado por la calle casualmente, nunca habría sospechado que pudiera llevar pistola y cargadores de reserva dentro del bolso de tela. Habíamos salido del parque, justo al lado de una parada de autobús. La gente caminaba por las calles aparentemente sin saber qué había ocurrido a escasos kilómetros de allí. Nos pusimos debajo de la marquesina y esperamos al autobús en silencio. Por una vez en la vida llegó puntual. Me sorprendió porque creía que toda la ciudad había quedado paralizada.

Una vez montados, ella se quedó de pie a pesar de haber asientos libres, y con el bolso bien agarrado. Allí de pie, en esa postura, se cernía sobre su figura un toque de vulnerabilidad. Quizá estaba igual de cansada y asustada que yo. Me pregunté qué haría si un control policial detuviera el autobús. ¿Se dejaría detener o, arriesgando su vida y la de los inocentes pasajeros, opondría resistencia? Alguien andaba de cacería hoy. Alguien que deseaba matar sin titubeos, sin ni siquiera un pretexto. Quizá su mente sosegada barajaba la misma posibilidad. Y cuando el autobús se detuvo, un poco antes del acueducto, se bajó sin avisar. No me dio ni tiempo a decirle nada.

A través del cristal trasero la vi parada en la calzada comprobando el tráfico para después, a paso ligero, cruzar la calle. El autobús se puso en marcha y la perdí de vista, desapareció entre las tiendas del otro lado de la calle. No me había dirigido ni una última mirada. Fingiendo no conocerme quizá quisiera protegerme. Lo podía entender, aunque eso me hiciera sentir como un adolescente al que tenían que llevar de la mano. Más doloroso era que no me había acordado de preguntarle cómo se llamaba y dónde vivía. Quizá fuera mejor así. Me evitaba, en todo caso, una posible humillación más, el recibir una dosis de indiferencia.

En la escuela reinaba la excitación. Tristeza y enfado eran los sentimientos más palpables. La mayoría de mis compañeros habían vuelto a la escuela sin haber podido entrar en la plaza. Un par de ellos había acabado en el parque y consiguieron ponerse a salvo sin sufrir daños. Pero cuando vieron que yo no aparecía, se temieron lo peor, porque, según la televisión y la radio, había muchos muertos y heridos. Exactamente cuántos aún no se sabía. Tuve que explicarles una versión retocada de mi historia: había estado en la cuesta de Kazancilar cuando empezó el tiroteo, había corrido cuesta abajo escapando del caos y había ido a parar al final de Kabataşkaia. Había estado sentado allí un buen rato para recuperarme y poner en orden mis pensamientos, y después había tomado el autobús hasta la escuela. Cuando más tarde pensé en ello, esa versión me pareció la real y todo lo demás pura fantasía. Mis compañeros estuvieron de acuerdo en que era un hombre con suerte dado que muchos de los que estuvieron en ese lado de la cuesta de Kazancilar estaban muertos o heridos. Pronto perdieron el interés por mi historia y la conversación se desplazó hacia sus propias vivencias.

Conseguí escabullirme y subí a los dormitorios, porque la cena hacía ya rato que se había servido y digerido. De todas maneras, había perdido el apetito y no deseaba otra cosa que meterme en la cama. El cuerpo ya no aguantaba más, caí sin titubeos en un oscuro y profundo sueño.

Nada volvería a ser igual. La época de la inocencia había llegado a su fin para mí y los de mi generación. Quizá la culpa era de esos muros que nos protegían tan bien de todo lo que pasaba fuera. Tenía once años cuando crucé por primera vez el portón verde que durante cien años había encerrado a incontables optimistas. Cuando lo traspasabas, pertenecías a la sociedad creada detrás de esos altos muros. No servía de nada llorar llamando a la madre o al padre, todo el cuidado y conocimientos que necesitabas debías hallarlos allí dentro.

Cien años de integridad, autoridad y tradiciones. Cuando se tienen once años, todo eso es aterrador: los colosales edificios, las salas de lectura, los comedores, los dormitorios y, por descontado, las personas de allí dentro. Pero, paulatinamente, tanto los edificios como las personas adquieren sus proporciones reales. Uno se adapta. A los que no lo consiguen les es imposible sobrevivir. Solo se tiene una oportunidad. Poco a poco se deja de estar solo o ser pobre y se pasa a formar parte de la gran comunidad cuyo lema se exhibe con muchísimo orgullo en el gran estandarte de la fachada del gimnasio: «Igualdad de oportunidades para todos». Sin embargo, se toma conciencia de ser uno de los pocos que ha conseguido pasar por el ojo de la aguja.

Treinta y cuatro muertos y cientos de heridos. Las primeras páginas de los periódicos estaban adornadas con grandes titulares en negrita e imágenes de la plaza. Sangriento Primero de Mayo. En uno de los periódicos había una imagen de la enorme pancarta colgada en la fachada de la Casa de Cultura. Estaba suelta por uno de los lados y colgaba torcida. En otro periódico: «Cuerpos sin vida en lo alto de Kazancilarbakken». En un tercero: «Una joven con una pistola». Pero no era ella. En los periódicos burgueses, leyendo entre líneas, se podía entrever alegría encubierta tras una máscara de amargura porque «el intento de revolución» había sido aplastado. Los periódicos de la izquierda radical no tenían duda alguna de que se trataba de una provocación planeada cuidadosamente y ejecutada por la Contraguerrilla, la conocida organización paramilitar responsable de los asesinatos políticos y torturas desde principios de los años setenta. Pocos de los asesinados presentaban heridas de bala. La mayoría habían sido aplastados y murieron pisoteados en medio del pánico. En uno de los periódicos radicales había una imagen borrosa de las figuras armadas en el tejado de la Casa de las Aguas. Pero a la policía no le interesaba esta clase de información, estaba ocupada interrogando a los manifestantes detenidos en la plaza. Poco más se hizo durante los días siguientes y lentamente la masacre del Primero de Mayo pasó a engrosar el libro del olvido como una historia más.

La tragedia me impactó. Más porque cuando abandonamos la plaza no tenía ni idea del alcance de la misma. Sentí que había fallado, pero sin poder concretar a quién o a qué. Esta sensación me condujo a un estado mental colérico. Los asesinos debían ser castigados, preferiblemente de la misma forma, agredidos por la espalda y con la muerte al acecho. No era solo yo. Venganza era una palabra que se oía repetidamente en las tórridas discusiones, pero como casi siempre, la temperatura del debate fue descendiendo día tras día. Éramos estudiantes, en realidad personas pacíficas a las que les gustaba fabricar juegos de palabras, y las palabras no eran, ni mucho menos, mortíferas como las balas. Yo arrastré mucha intranquilidad durante varios días y, entre otras muchas cosas, me asaltaba la pregunta de cómo valoraría ella la situación. Con las ocupaciones habituales y los exámenes del semestre acechando amenazadores, recuperé gradualmente la calma. Me alegraba la perspectiva de las vacaciones de verano y la vida fuera del internado, rodeada de todo lo excitante e imprevisible que se avecinaba. Así es la juventud. Al contrario de la vejez, se es más feliz mirando hacia delante que hacia atrás.

Solo le conté toda la verdad a Semra. Porque ella podía entenderme y porque era mi mejor amiga dentro de la escuela. Nuestra amistad se caracterizaba paradójicamente por la competitividad. No era fácil competir en popularidad con una chica que tenía la inteligencia y la belleza a su favor. Pero nunca nos heríamos a propósito, y quizá lo que era más importante: no sentíamos envidia el uno del otro. Podíamos hablar y pelearnos por todo y, a la vez, compartir conocimientos. Mi tono banal del comienzo fue tomándose más y más sombrío a medida que avanzaba la historia. Vivía por segunda vez aquel día, de nuevo preso del terror y la amargura. No pretendía impresionarla, ni tampoco quería darme importancia. La joven, con la pistola apoyada en la mano, disparó contra los asesinos invisibles, me salvó y después desapareció como una auténtica heroína. Pero adorné un poco la historia y le permití que encendiera un cigarrillo con manos serenas y la honré poniendo en su boca una frase de despedida en el momento de abandonar el autobús: «Hasta la vista, camarada».

—Todos esos muertos, esos inocentes —suspiró Semra cuando hube terminado—. Esa joven de la que me has hablado, yo nunca podré ser como ella —dijo. Y me pellizcó en la mejilla cariñosamente—. Ni tú tampoco — añadió.