Cielo negro, mar negro
Junio de 1977
La lonja de frutas y verduras situada entre los dos puentes sobre el Cuerno de Oro contiguo a Eminönü era uno de los edificios de la época bizantina legados a la humanidad y todavía en uso. Era enorme, dividida en cantidad de puestos donde los comerciantes de frutas y verduras desempeñaban su actividad comercial. De techo alto, tenía tantas goteras que parecía un colador. Dentro de esas paredes se estaba a salvo del calor en verano, y gracias a que yo trabajaba aquí solo en esta época del año, me ahorraba de comprobar cómo era en invierno.
La totalidad de verduras y frutas de la ciudad entraba aquí desde las provincias a la hora en que todo el mundo dormía. Las frutas y verduras eran compradas por los mayoristas, que obtenían enormes beneficios sin hacer otro trabajo que revenderlas a los dueños de las tiendas. Desde las dos de la mañana hasta las dos de la tarde, la lonja rebullía de vida; aquí se sucedían un sinfín de alegrías, dramas y tragedias. Para los ojos que supieran apreciarlo, la lonja constituía una muestra en miniatura de la gran ciudad y del destino de las personas. Yo era una de ellas, y trabajaba para un tipo afable de nombre Ahmet. Ahmet estaba en una edad comprendida entre los treinta y los cuarenta, de piel clara, alto, delgado, había sido mozo descargador y quiso probar suerte e invertir sus ahorros en la venta al por mayor. Por razones desconocidas, ante todo quería contratar a un contable competente y me descubrió a mí gracias a la información de un compañero de escuela que trabajaba allí. La primera impresión que me causó Ahmet fue la de ser un simpático pillastre que suplía su falta de capacidad para inspirar confianza con un ardiente entusiasmo. De dinero era fácil hablar con él. Prometía el oro y el moro, algo que precisamente no propiciaba un aumento de confianza en él. Yo le puse al corriente de que la información que había recibido sobre mí no se ajustaba exactamente a la realidad, que yo no era un contable competente, sino más bien lo contrario. Primero se rio y después lo trivializó por completo, pero tuvo que reconocer entonces que mis referencias eran válidas, al menos en cuanto a la honradez, aunque no en cuanto a la competencia. Mientras no robara el dinero de la caja, estaría contento conmigo. Era imposible que no me agradara este sujeto. No tenía nada que perder, intentar algo tan imposible como esto podría resultar incluso divertido. Al final acordamos hacer la prueba, una decisión de la que, según él, no me arrepentiría.
Ahmet era un alma simple, procedía de Nide, una ciudad adormecida en el centro de Anatolia, y había ido poco a la escuela. Fumaba, maldecía, bebía, era dado a las peleas, se jugaba el dinero en toda clase de apuestas y, en general, no vivía de forma muy diferente a sus antepasados. Cuando yo le prohibí blasfemar sin motivo, sobre todo contra los clientes y los descargadores, primero se desconcertó para después reírse burlonamente y, al final, de mala gana, aceptó doblegarse. Mi segunda exigencia, un periódico cada día, la aceptó sin objeciones, pero a juzgar por su torcida sonrisa, registró la petición como una rareza más de las propias de la gente con estudios. Pasado un tiempo, me lo encontraba cada mañana enfrascado en la lectura del periódico, es decir, de las páginas de deportes. Ni los clientes ni el dinero afluían con la prolijidad que él había imaginado, pero al cabo del día tenía más dinero entre las manos de lo que jamás había ganado como descargador en un día. De esa cantidad, me daba lo que yo creía que me merecía, no habíamos acordado ningún salario. Yo tenía la responsabilidad total de la caja, él había depositado en mí una extraña confianza. Nos reíamos mucho y nos divertíamos juntos. En un espacio donde prevalecían los rituales ancestrales, no tomarse las cosas solemnemente resultaba liberador. Jugábamos a la guerra de tomates ante los escandalizados veteranos del mercado, corríamos detrás de exigentes clientes y, de rodillas, les implorábamos que nos compraran algo hasta provocar risotadas en los que pasaban por allí.
Después de mucho reflexionar, encontramos también una forma no convencional de deshacernos de las mercancías que no conseguíamos vender a lo largo del día. Nadie las quería al día siguiente y, por lo común, acaban en el fondo del Cuerno de Oro o, mejor dicho, flotando en la superficie de sus aguas, para impedir que los precios bajaran. Ahmet no se podía permitir este lujo; yo, por mi parte, lo consideraba un abominable despilfarro que definitivamente evidenciaba la codicia de la burguesía. Nosotros teníamos otro plan. Ahmet poseía una piltrafa de furgoneta, toda desvencijada. Con ella nos encaminábamos a la zona de fábricas de Hornet y vendíamos los tomates y las uvas a los trabajadores a precio de costo. Me sentía muy ufano de ser el padre de esta idea.
Las vacaciones de verano para mí y para muchos otros no eran vacaciones en el sentido estricto de la palabra. Si se trabajaba durante ellas, se ganaba un buen dinero, se ayudaba a la renqueante economía familiar, quedaba algo para los fines de semana y, en el mejor de los casos, podías disponer de un par de semanas libres antes de empezar el siguiente curso. Así que era muy bueno contar con diez semanas de vacaciones.
Una mañana de junio me despertó el doloroso pitido del despertador, pero yo solo deseaba seguir durmiendo. Ahmet, sus malditos tomates y sus uvas podían irse a tomar viento. Mi madre ya se había levantado para realizar sus oraciones matinales. El tono creciente de la recitación de los versos sagrados significaba que estaba a punto de perder la paciencia. Así que tuve que apagar el despertador y salir de la cama y de casa lo antes posible.
Delante del mercado, justo donde era normal presenciar un espectáculo total protagonizado por clientes, furgonetas, descargadores con bultos que se encumbraban hasta el cielo y el griterío de los vendedores callejeros, había desaparecido toda actividad. En su lugar, la policía había tomado la zona. La presencia policial en el mercado no sorprendía a nadie, dado que existía una comisaría allí cerca. Pero mientras que lo normal era que la policía del mercado operara recaudando dinero a lo cafre, ahora custodiaban los portales por otra razón, con nerviosos dedos puestos en los gatillos de sus armas automáticas. Uno de ellos me interceptó el paso y gruñó unas preguntas sobre si había algo pendiente, a nivel personal, entre nosotros. Yo estuve atento y suave; sin embargo, no pareció contento con mis respuestas. Y cuando al final decidió dejarme pasar, la expresión de su rostro denotaba una nada amistosa desconfianza.
Ahmet estaba totalmente fuera de sí. Su piel, normalmente de un amarillento sucio, había adquirido un matiz rosado; sus manos gesticulaban sin control; con la boca ávida como la de un pez, movía los labios sin cesar en un intento de recuperan la voz. Nunca lo había visto tan nervioso. Parecía tener sus buenas razones. Había presenciado unos asesinatos. Él acababa de llegar, ya había hecho sus compras cuando aparecieron unos hombres armados y sin más empezaron a dispararse unos a otros. Con toda la suerte del mundo, no se vio en medio de las balas y fue lo bastante ágil como para tirarse detrás de unas cajas vacías y quedarse allí hasta que cesó el tiroteo. Cuando se atrevió a salir a gatas del escondite, había tres muertos y cuatro heridos en el suelo. Ni siquiera comprobó con detenimiento el estado de los que allí yacían, en ese momento le preocupaba más que nada escapar del lugar de los hechos. No le hacía ninguna gracia que lo citaran a testificar. Gracias a Ahmet y a sus correligionarios nunca se hallaban testigos de semejantes dramas.
Hacía ya tiempo que existía una lucha encubierta por el control sobre las mercancías, un negocio lucrativo con grandes comisiones a cambio de protección y garantía de trabajo. El tiroteo fue producto del desacuerdo entre los grupos que rivalizaban por ejercer el dominio en este mercado. Como el lema era the winner takes it all, pocas veces se resolvía el desacuerdo en la mesa de negociaciones. Unos llamaban a estos protectores «mafia», otros, «bandas». A mis oídos, «mafia» sonaba correcto.
A Ahmet le afectaron estos acontecimientos y en los días que siguieron al suceso desapareció su entusiasmo. Abandonaba la lonja constantemente, permanecía ausente durante horas y me dejaba toda la responsabilidad. A mí me resultaba frustrante e irritante. Pero mis quejas caían en saco roto y el volumen de ventas naturalmente disminuyó.
Cuando un día decidí que ya era suficiente, volvió con un paquete, me llamó adentro con mucho misterio, abrió el paquete y sacó la pistola. Me quedé tan boquiabierto que no supe qué decir. Él volvía ya casi a ser el mismo de antes, recuperó la actitud «no infravaloréis a Ahmet».
—Ahora podremos protegernos —dijo.
—¿Protegemos de qué? —le pregunté.
La respuesta fue imprecisa:
—Ah, de todos los peligros que nos acechan en un lodazal como este.
Pero cuando insistí para que me diera una respuesta clara, la flauta sonó de otro modo. En los últimos tiempos había existido tensión entre los descargadores turcos y los kurdos, que protagonizaban conflictos y peleas diarias. Qué sabía yo, que solo entraba y salía, me dijo. Eran bobadas. Con nosotros trabajaban también descargadores kurdos, solo que ellos no tenían conciencia clara de su identidad. Eso podía jurarlo, porque cada vez que hablaba con ellos en las pausas, para mí era tentador concienciar a los trabajadores kurdos, y me llevaba una sorpresa cuando se ponían a defender la nación y la bandera turcas con entusiasmo casi fascista. Estaban demasiado asimilados para poder acordarse de sus raíces. Pero ¿y Ahmet? Él, que nunca antes había diferenciado a turcos y kurdos, ¿habría sido en sus viejos tiempos un abominable racista? No, a los que él se refería no eran de la misma pasta que esos kurdos tan agradecidos y sumisos, sino otros procedentes de un pueblo kurdo de las montañas, situado lejos, al sureste. Eran tercos, primitivos e irrespetuosos. De ninguna manera, él no se había vuelto racista, pero ¿qué había de malo en sentir un poco de orgullo nacional? Habría motivos para que la gente votara al Partido Nacionalista en Nide. «Porque Nide era un lugar abandonado de la mano de Dios donde no se esperaba nada mejor de una horda de analfabetos que seguía añorando la época nómada en la que se podía robar con impunidad, violar y beber leche de yegua», le dije.
Odiaba ser arrogante con la gente ingenua e ignorante como Ahmet y medir a todo el mundo con el mismo rasero, pero estaba hasta las narices de la cháchara sobre el orgullo nacional. Aunque en mi tiempo de escolar hubiera leído algunos versos míos casi nacionalistas, sobre la bandera y la patria, ante padres y alumnos. Durante un tiempo estuve fascinado por la historia del Imperio Otomano, y los dos primeros años de internado un alumno mayor que yo, apodado Hitler-Faruk, me instruyó sobre las olvidadas cualidades del fascismo y sobre el injusto tratamiento que el mundo les había dispensado. Hitler-Faruk era, por supuesto, una figura trágica de la que solíamos reímos. Sin embargo, les teníamos cierta simpatía a los alemanes, considerados hermanos de armas de la Primera Guerra Mundial. No tengo ni idea de si los alemanes albergaban los mismos sentimientos hacia nosotros. Pero todo eso eran enfermedades de infancia, luego nos curamos de ellas y Hitler-Faruk ya hacía mucho que se había convertido en un radical de izquierdas.
De pequeño, las armas no me producían ni temor ni admiración, no era ni idealista ni inocente. La historia estaba llena de conflictos armados. En primer lugar, había que desarmar la historia. Yo escribía poemas, leía textos elevados y creía que las palabras podían cambiar el mundo. Por desgracia, había olvidado mi pertenencia a una raza que podía ser desmesuradamente brutal y a la vez escribir los más hermosos versos de amor.
Le pedí a Ahmet que se deshiciera del arma. «Recupérala si un día puedes usarla contra los enemigos del pueblo, pero no puedo permitir que la uses en un conflicto entre trabajadores», le dije. Sonaba a consigna y a engreimiento, no era nada típico de mí. Por lo general, yo mismo acostumbraba a burlarme de ese tipo de jerga. A Ahmet yo le gustaba, lo sabía, y a pesar de la diferencia de edad entre nosotros, pocas veces rechazaba mis juicios. Yo le podía decir cosas que, si hubieran salido de otra boca, lo habrían enfurecido. Pero a mí me respetaba, tanto como persona como por mis conocimientos. Su sabiduría popular hacía que apreciara en otros aquello de lo cual él carecía. Pero ahora estaba decepcionado e indignado y tal vez mis palabras fueron una ofensa a su hombría. No lo sé, pero dejó claro que no me entrometiera en el tema de la pistola. Se quedó en el cajón durante dos días. Al tercer día, había desaparecido. Este gesto seguramente le había exigido una intensa reflexión que concluyó con un compromiso que satisfacía a los dos. Después de que la situación en la lonja se normalizara, recuperamos los hábitos diarios, y un vivo Ahmet continuó desempeñando su acostumbrado papel de jefe.
—Pásanos un cigarrillo, guapo —gritó Emel.
Me asomé a la barandilla del balcón. Ella estaba en el piso de abajo, con la mano protegiéndose los ojos del sol de la tarde, sonriente con sus blanquísimos dientes.
—No antes de que me des un beso.
—Para ya, tonto, o se lo digo a la abuela.
Era una falsa amenaza: aunque la abuela paterna fuera una gitana de mala reputación, ya no era nómada. Pero continuaba teniendo una lengua igual de mortífera y unos puños igual de contundentes. Aunque, de todo el vecindario, yo era su chico preferido y Emel lo sabía.
—¿No es un poco difícil besar a una chica desde el balcón de arriba?
Yo saqué la pierna por encima de la barandilla haciendo como si fuera a deslizarme hacia abajo. Emel se rio. Cogí la cesta que usábamos para comprar a los vendedores ambulantes y le mandé un cigarrillo. Nos asomamos cada uno a nuestro balcón y fumamos en silenciosa compañía. Emel y yo éramos amigos desde la infancia, desde que abandonamos la Ciudad Vieja en 1970 y nos mudamos aquí, a la nueva periferia construida para los trabajadores por el Banco Estatal de la Vivienda. Antes Estambul era para mí la ciudad emplazada en el interior de los muros. Por vanidad infantil, me avergonzaba explicar a mis amigos que nos habíamos trasladado a la parte situada fuera de los muros. Pero se me pasó pronto. Enseguida me gustó este lugar donde oteaba el horizonte y divisaba de modo fugaz el mar de Mármara y los caballos que corrían por la granja del otro lado de London-asfalto. La razón por la que la calle Europa 5 recibía el nombre popular de London-asfalto era un misterio para mí.
—Allí llega la tuya —anunció Emel desde abajo.
«La mía» era mi novia, yo nunca la llamaba «mía», pero para otros ella era, según la tradición, «la mía». Cada vez que la veía llegar con paso fatigado, me conmovía de ternura hacia esa figura frágil. Era pequeña, indefensa e inocente, y en tardes como esta en las que, tras una larga jomada, bajaba del autobús en la parada de la gasolinera y echaba a andar hacia los jardines de la zona de viviendas, parecía que llevara el mundo entero sobre sus frágiles hombros. Ella sonreía ante mi necesidad de protegerla, no quería darme permiso para recogerla a la salida del trabajo y opinaba que el mundo no era tan terrible como yo pretendía hacerle creer. Podía protegerse a sí misma. Trabajaba en Bakirköy, a orillas del mar de Mármara, a unos diez kilómetros de distancia, como dependienta en una tienda de ropa. A veces iba yo hasta Bakirköy, me sentaba en un café al lado del mar y, cuando se acercaba la hora de cerrar la tienda, la esperaba en la parada del autobús. Ella se alegraba y se enfadaba a la vez. Se ponía contenta porque estaba allí y se enfadaba porque no respetaba su deseo. Entonces me castigaba guardando silencio, pero reposaba su cabeza sobre uno de mis hombros hasta que llegábamos a casa.
Había conocido a Ayfer el año anterior, un caluroso y polvoriento día de julio cuando yo paseaba por el vecindario acompañado solo por el hastío. Ella caminaba hacia mí acompañada de dos chicas más. Hablaban alto con voz sonora y se reían con despreocupación. Ya a distancia sobresalía su belleza, al instante sentí deseos de pararme y decirle algo. Todavía no sabía qué, lo que fuera. No pareció sorprenderla que yo dejara pasar a las otras dos y le bloqueara el paso a ella. En lugar de ello me miró valiente a los ojos. Era preciosa, la muchacha más bonita que jamás había visto, con una media melena de pelo castaño rizado, ojos verdes, mejillas altas y labios carnosos. Un vestido veraniego floreado de tela barata recubría las inmaduras curvas de muchacha joven.
—¿Quién eres? —le pregunté con escaso aliento. Estaba yo en esa fase de la vida en la que uno se queda cruelmente embrujado con la belleza al natural.
—¿No vienes? —gritaron sus amigas. Ella resopló y les hizo señas para que continuaran.
—¿No me conoces? —dijo—. Yo sí que te conozco a ti. Quiero decir que a veces te he visto en el balcón. Pero estás mucho tiempo ausente. La gente dice que vas a una escuela privada.
Hablaba en voz baja, a la vez tímida y decidida. Era una chica del vecindario que, de repente, había madurado, de la noche a la mañana, como suele ocurrir a las chicas a esas edades. No podía apartar los ojos de su cara.
—¿Por qué me miras de forma tan rara? —preguntó.
—Porque me gustas.
—Te estás burlando —contestó.
—¿Quieres ser mi novia? —le propuse. Suspiró un poco y se puso muy seria.
—No lo sé —dijo, y se fue corriendo. Yo me quedé plantado mirando cómo caminaba al lado de sus amigas. Ella se volvió y agitó la mano para despedirse.
Quizá era la primera señal. Desde entonces pasaba muchos ratos en el balcón. Justo al otro lado de la calle se alzaba su bloque, de cinco pisos y de la misma altura que el mío. Todos los bloques de esta zona eran idénticos, construidos para los trabajadores. Ella y su familia vivían en el quinto piso y el balcón de su cocina daba a nuestra fachada. A veces salía ella también al balcón y miraba en mi dirección. Hablaba con gente de otros balcones, pero no conmigo. Después se metía adentro para ayudar a su madre. Yo me quedaba en el balcón, sentado, esperando a que saliera de nuevo. Aprovechaba todas las ocasiones para salir allí a leer, comer y jugar a las cartas con mi hermano menor. Hacía todo lo posible para verla aunque fuera fugazmente. Por eso casi se podía prever la agudeza de mi madre cuando hizo alusión a mis estancias en el balcón.
—Ayfer es muy joven. Solo tiene quince años. Lo sé porque va a la misma clase que tu hermano —aclaró.
Mi madre no acostumbraba a proporcionarme información complementaria sobre las chicas del vecindario. Yo sabía que era el preludio de un consejo materno.
—No debes hacer nada que pueda humillarla —añadió.
—¿Cómo se puede humillar a una chica sentándose en el balcón? —la apremié. Mi madre suspiró y me acarició el pelo.
—Nunca se sabe con los chicos —dijo.
Por las noches, después de la cena, cuando la peor hora de calor había pasado, la gente salía de las casas. Los adultos con sus teteras y sus mantas charlaban sentados en la hierba, los niños se divertían con sus juegos habituales, mientras los jóvenes se vigilaban unos a otros. Yo me juntaba con mis amigos y nos sentábamos en el derruido muro delante del bloque y comíamos pipas. En el otro lado de la calle se reunían las chicas y también comían pipas. Mientras que los chicos, serios, hablábamos poco, las chicas hacían mucho barullo, se reían y bromeaban. Solo cuando los adultos y los niños recogían y se retiraban, los dos grupos de jóvenes cruzaban la línea fronteriza para mezclarse. Era momento de saltar a la cuerda, jugar a la pelota y cantar. Todo lo que no podíamos hacer mientras había niños delante. Me gustaban estos ratos, muy diferentes a las tardes escolares en las que no podíamos permitirnos ser infantiles. Este privilegio estaba reservado a los alumnos de los primeros cursos.
Ayfer apareció en escena al poco de nuestro primer encuentro. Antes no salía, quizá porque no había sido aceptada todavía en la pandilla de adolescentes. Era irritante constatar que me evitaba. Tonteaba y hablaba con otros chicos, pero a mí no me dedicaba la menor atención, ni siquiera una sola mirada furtiva. Al principio tenía miedo de ser pesado, de las inevitables habladurías que se desatan cuando los muchachos y muchachas muestran interés mutuo. Pero un día durante el juego, corrí tras ella, la agarré y la tumbé en la hierba. Ella respiraba agitada como un gamo apresado, apresada por mí, pero en sus ojos no había rastro de preocupación. Al contrario, me sonrió con dulzura. Quizá era esa la señal que ella esperaba porque en lo sucesivo les dejaba claro a los otros que ella era mía y solo me prestaría atención a mí. No aguardaba a que concluyera el ritual y que los adultos, para más seguridad, estuvieran ya sentados delante de sus televisores, se acercaba a mí y en silencio comíamos pipas. Y tan pronto como los adultos desaparecían, cogía mi mano y me sonreía con amor.
Paulatinamente nos separamos de los demás y empezamos a vivir en nuestro propio mundo, pasábamos la mayor parte del tiempo lejos de la zona de viviendas, tumbados en la hierba entre margaritas. Al principio con precaución, uno al lado del otro, solo hablábamos. Yo más que ella, le contaba cosas sobre la escuela y mis sueños. Ella era reservada, insegura y se sentía un poco triste porque no tenía facilidad de palabra, pero no importaba. A mí me gustaba el brillo en sus ojos verdes y su sonrisa me colmaba de placer. Entonces, una tarde, cuando la oscuridad cubrió cielo y tierra y ensombreció los colores y las formas, la tomé en mis brazos y la besé. Fue tan mágico como había soñado. Ella sabía a algo nuevo. Su boca era suave, cálida, dulce y salada a un tiempo. Su respiración flotaba sobre mi piel, sentí su corazón latir. Se apretó contra mí y me tuvo bien agarrado. Nos quedamos allí tumbados en un largo abrazo hasta que su hermana pequeña vino a buscarla.
—Mamá te matará —anunció.
—Esfúmate —le dijo Ayfer.
—Yo no voy a ningún lado sin ti, y ese de ahí que se ande con cuidado — respondió la chiquilla.
—Te mereces una paliza —dijo Ayfer, se levantó y se sacudió la tierra y las briznas de hierba. Después echó a correr tras la hermana menor. Las oí gritar y reírse y enseguida se apagaron sus voces. Yo me quedé tumbado en la hierba con un manto de millones de estrellas sobre mí.
Mi último verano exento de preocupaciones falleció de muerte natural. Septiembre era en general un mes triste para los escolares. Pero nunca antes lo fue para mí. Cuando esas largas vacaciones habían agotado el inicial sentimiento de libertad, añoraba la escuela, y cuando la escuela abría sus puertas, siempre era uno de los primeros en entrar. Me gustaba sentir el silencio y el vacío en el patio, en los dormitorios y en las clases, antes de que inevitablemente los quinientos alumnos acabaran con él. Pero ese septiembre de 1976 también fue para mí una amarga experiencia. Mientras otros en pocos días se deshacían de la pena de la despedida, la mía duró más. Era a Ayfer a quien añoraba ahora. De ser mi espacio de libertad, el internado pasó a ser mi prisión. Yo que antes había recurrido a toda clase de excusas para quedarme allí los fines de semana, ahora casi no podía ni esperar a que finalizaran las últimas clases del viernes. Ayfer también me esperaba impaciente, así que el reencuentro era igual de gozoso que penosa era la despedida. Mi gran consuelo era poderla abrazar. No con afecto cansino, sino con nuevo entusiasmo, lleno de añoranza y amor. En cada encuentro tenía mucho que explicarle, todo lo que había pasado en la escuela, interesante y anodino. Ella escuchaba sin decir nada. En su vida no sucedían muchas cosas y era obvio que estaba descontenta con su existencia. Sospechaba que ella pensaba que éramos muy diferentes. Hablar de libros la asustaba porque no estaba acostumbrada a leer.
—Está bien —dije—. Podemos hablar de otras cosas, de nosotros, de nuestro futuro.
—¿Tenemos algún futuro nosotros? —preguntó—. Pronto vas a entrar en la universidad, estás a punto de convertirte en alguien importante y olvidarme.
Era un poco cómico porque este era un tema recurrente en las películas turcas de los sesenta. El amor imposible entre una chica pobre y un chico rico o al revés.
—La vida es diferente a las películas, además, yo no soy así.
—¿Así, cómo? —preguntó.
—Todavía no soy rico —respondí.
Nos reímos. Más o menos este fue el diálogo que sostuvimos aquella vez. Yo no jugaba con ella como quizá pudiera temerse, ni tampoco titubeaba cada vez que le decía «te amo». Lo que me preocupaba era que solo yo pronunciara esas dos palabras. Ella solo sonreía, un poco triste, un poco suspicaz.
El tiempo se acortaba, el tiempo en compañía uno del otro. El verano nos robó lo más valioso. Ayfer ya no podía entrar y salir a su antojo, la hierba no estaba verde, las margaritas y las estrellas habían desaparecido, las noches eran temiblemente oscuras, húmedas y frías. Yo temblaba fuera, en el balcón, desafiando al frío helado. Su madre sabía lo nuestro y lo aceptaba en silencio por su hija. El padre ya era otro capítulo, no sabíamos qué era lo que él sabía. Como controlador de billetes en una compañía de autobuses pública, trabajaba hasta tarde, llegaba a casa cansado y se mantenía al margen. Lo que más temía Ayfer era que el hermano mayor pudiera chivarse al padre. Ya no podíamos contar con ningún tipo de aceptación, silenciosa o no. Pero igual que yo desafiaba al frío helado, desafiaba Ayfer a su miedo y, cada vez que yo estaba en casa, encontraba ella alguna que otra excusa para salir y bajar corriendo los cinco pisos. Yo podía ver su familiar figura en el rellano iluminado de la escalera. Si hubiera podido, habría volado y, ante la imposibilidad, bajaba los escalones de tres en tres o de cuatro en cuatro. Y nos encontrábamos al amparo de su portal, el único lugar en el que podíamos estar. Temblando de miedo cada vez que oíamos pisadas en la escalera.
—Vayamos al sótano —dijo Ayfer un día. El sótano estaba oscuro y olía a humedad, a leña y a carbón. Debajo de la escalera había un estrecho trastero, el espacio circundante era pavoroso. Pero allí no nos encontraría nadie. Así que el sótano se convirtió en nuestro confidente, nos gustaba tanto como la verde hierba. Aquí sentimos por primera vez que los besos ya no apagaban nuestra sed. El deseo de explorar nuestros cuerpos y las ansias de nuestras manos eran incontenibles. Desde que el regazo de mi madre dejó de cobijarme, no había rozado un pecho desnudo de mujer. Mis manos miedosas descansaban en su suave vientre. Ella tenía que guiarme. Yo, alentado, la imitaba y guiaba su mano. Nos transformamos, nos volvimos soñadores.
Así se sucedían nuestros días, se acercaba la primavera. Por la noche yacía en la litera de los dormitorios falto de sueño, pensando en ella y en el día en que iba a hacerla totalmente mía. Una noche supe de repente que quería casarme con ella.
Ella no dio muestras de sorprenderse, no dijo ni una sola palabra acerca de lo jóvenes que éramos.
—Entonces debes mandar a tu madre para que pida mi mano —se limitó a decir.
Y nos prometimos en secreto; como regalo de compromiso le regalé una cadena y un medallón en forma de corazón con dos compartimentos. Ella lo llenó con nuestras fotografías y lo llevaba alrededor de su cuello con orgullo y valentía.
—Eres demasiado joven, hijo mío —dijo mi madre sin titubear—. Tienes toda una vida por delante, te cruzarás con cincuenta atractivas muchachas más y, créeme, te enamorarás de todas ellas.
Yo lo negué, imploré y amenacé. Raptaría a Ayfer si los adultos se ponían en ese plan tan irrazonable.
—Muy bien —me dijo al final—. ¿Has pensado llevarte a tu esposa a los dormitorios de la escuela? —Con esa frase mamá acababa de ganar una batalla en la que solo hubo heridos.
Volví a la escuela y no regresé a casa en mucho tiempo. Mi vergüenza era demasiado grande para poder enfrentarme con Ayfer cara a cara. Había aceptado la derrota con demasiada facilidad y la había traicionado. Y ahora, manteniéndome alejado, no hacía la situación más fácil. Pero no podía pretender que nada había sucedido para seguir jugando con su cuerpo. Lo peor era la probabilidad de que ese pacífico ser se lo pudiera tomar todo con inmensa calma y me dijera: «Puedo esperarte». Con otras palabras: si tú no eres lo suficiente hombre para luchar por mí, puedo esperar a que crezcas. Esos eran mis pensamientos en furioso estado salvaje. Pero era atrozmente injusto. Ayfer no era de las que quisieran, a sabiendas y con plena conciencia, ofender a nadie, sino que posiblemente, llena de sentido común, se daría cuenta de lo imposible de la situación diciendo «puedo esperarte». Esta madeja de ideas no tranquilizó mi confusa mente. Cuanto más vueltas le daba, más difícil se me hacía volver. Había dejado de ser su caballero. Sonreí con amargura ante la idea.
No sabía qué me estaba ocurriendo, perdí el dominio de mí mismo, dejé de hacer las tareas escolares y, en su lugar, leía periódicos y libros en las clases. Mis notas, que solían ser irreprochables, cayeron en picado. Me entregué por entero a las actividades físicas y al fútbol con inacostumbrada brutalidad, hasta el límite de mis fuerzas. Esto me procuró muchas enemistades y el sospechoso apodo de Alcornoque, probablemente porque era inútil hablar con sentido común a un árbol. Flirteaba con todas las chicas que estaban libres, comportándome de forma frívola y desvergonzada. Lo tragicómico era que eso les gustaba a la mayoría de las chicas y se reían burlonamente con casi todo. Una de ellas se parecía a Ayfer por su belleza virgen y su agradable sosiego. Un día me la encontré sola en la sala de lectura y me pregunté cómo reaccionaría si la besaba. Pero al verla leyendo tan inocente y confiada, sentí solo ternura. Alzó la vista y sonrió con cautela al instante de descubrirme. Le pregunté si me podía prestar una hoja de papel y un lápiz. «Toma», me dijo, y me puse a dibujarla. Me tenía por un hábil dibujante y con frecuencia retrataba a amigos. Una editorial de cómic se interesó por mis trabajos cuando mi madre los envió a su redactor sin yo saberlo.
Me quiso contratar como aprendiz, pero yo no tenía planes de ser dibujante, una profesión que no gozaba de alto estatus por aquel entonces. La muchacha reparó en mi actividad gráfica.
—No recuerdo que me hayas pedido permiso —dijo.
—No digas nada de lo que puedas arrepentirte. Ten un poco de paciencia —le dije. La dibujaba concienzudamente tomándome mi tiempo.
Bueno, ahora me voy —advirtió, pero con delicadeza le pedí que se quedara.
Y se quedó admirada del resultado.
—Creí que te estabas pitorreando —dijo.
—Nunca hay que burlarse de una chica tan guapa como tú —le dije.
¿Entonces por qué me estaba burlando de una chica que estaba en casa entristecida? Ese mismo fin de semana me fui a casa.
Mi madre estaba familiarizada con mi temperamento. «Llevas sangre tártara», dijo. Las protestas por mis ausencias eran más que habituales, pero aquella vez reconoció que era diferente y me demostró su alegría cocinando mis platos favoritos. Después de comer llamaron al timbre. Ayfer estaba en la entrada con un tazón de pepinillos confitados. Estaba tan sorprendida como yo, y los dos tartamudeamos un poco.
—No sabía que estuvieras en casa —dijo, y me entregó el tazón. Yo me sentí incómodo sosteniéndolo y se lo pasé a mi madre que acababa de llegar del comedor.
—Saludos de mi madre —dijo Ayfer a mamá.
—Nos hemos hecho buenas amigas Ayfer y yo. Viene a visitarme de vez en cuando —me explicó mi madre.
Para estar tranquilos y evitar comentarios guasones de mi hermano nos fuimos a la cocina. Yo descorché la botella de tinto barato que había comprado, solo una pizca mejor que el vinagre que empapaba los pepinillos. Ayfer no había bebido nunca vino y por eso quería ser precavida en su debut tomando solo unas gotas. Mamá inició la conversación con buen humor:
—No eres más que una mala noticia para esta muchacha —declaró con voz de falsa reprimenda—. Pero dado que hoy tenemos celebración, me permito pecar un poco. Sírveme un vaso.
Cuando ella se retiró, le expliqué a Ayfer lo que había sucedido.
—Lo entiendo —dijo. Pude ver que estaba triste, pero no quería hablar demasiado de ello.
—Tu madre ha sido muy amable conmigo.
Fue todo lo que dijo sobre el asunto. Yo fui a buscar mi diario, impaciente por mostrárselo. No había escrito con regularidad, solo esporádicamente. Ideas, sueños, casi todo sobre Ayfer. En la primera página, una fotografía de ella, varias mías y de otros; entonces quiso quedarse con el diario.
—No —tuve que decirle—. Aquí voy a escribir todo lo que no soy capaz o no consigo explicarte.
Estiró su cuerpo por encima de la mesa y me besó largamente. Esto ocurrió exactamente una semana antes del Primero de mayo de 1977. No faltaba mucho para que los labios de la muerte rozaran la apartada plaza.
Después solo existíamos Ayfer y yo en el mundo. Le llevaba libros, libros sobre los oprimidos del mundo entero, con el deseo de compartir con ella la gran verdad y unir nuestras fuerzas contra la mentira. Era este un juego en el que ella no quería participar, ocupada en otras cosas, en algo que intentaba transmitirme, pero que no lo conseguía. Durante esos días se entristecía a menudo.
—De los dos, tú serás el concienciado y yo la trabajadora que te has propuesto liberar —me dijo.
Yo tenía celos, había visto a Ayfer con otro chico, no era del vecindario, así que debía de haberla seguido desde Bakirköy, donde ella trabajaba. La esperé en la gasolinera. Bajó del autobús con el chico. Y yo me fui derecho hacia ellos. Ella ya me conocía y también mi temperamento.
—No es lo que crees —dijo enseguida.
Yo deseaba llamarla puta y no fue el decoro lo que me detuvo. Fue el chico.
—Ella no quería, pero yo insistí en acompañarla —dijo él—. Me contó que tenía novio, pero yo no le creí.
Yo estaba furioso, lo había estado desde el día que hui de la plaza. Y ya no quería seguir huyendo:
—¿Te quieres pelear por ella? —le pregunté.
—No, no quiero pelear por nada —dijo. Se dio media vuelta y se fue tras rechazarle la mano que me ofrecía.
Entonces Ayfer y yo nos peleamos. Por primera vez se enfrentó a mí y me contradijo.
—No puedes ir por ahí amenazando a la gente, eso nada tiene que ver con el amor —me reprochó.
—Cállate —le pedí.
—No, no quiero callarme, hoy no, y en adelante no te comportes como un camorrista —me advirtió.
Perdí el temple y le di un cachete. Ella reaccionó con sorpresa más que nada y me clavó sus grandes ojos. Fui yo el que lloré y ella la que me consoló.
—Sé que me quieres, solo que debes buscar otras maneras de demostrarme tu amor —dijo.
El jardín que atravesábamos olía a tierra recién removida. Pasó otra pareja y nos adelantó. Asintieron sonriendo porque todos conocían al Romeo y a la Julieta del vecindario.
Ayfer no me castigó, pero andaba triste desde antes y ahora lo estaba todavía más. Sentí que algo me resbalaba de las manos, algo que ya no conseguiría retener. Era la época en la que yo quería cambiar el mundo. Debería haber empezado por mí mismo.