Cielo negro, mar negro
Marzo de 1980
Podía ver y oír de nuevo. Todos los que vi y con los que hablé podían confirmarlo. Mi madre, mi hermano, Semra, los médicos, las enfermeras. Tras dos semanas en un estado que llamaron una especie de coma, y una semana después de que abriera los ojos de nuevo. Fue una complicada herida de bala, me explicaron los médicos, me mostraron radiografías y me describieron su recorrido. Era complicado. Y las dos operaciones. Estaban claramente orgullosos de su obra maestra. Fui afortunado de caer enseguida en manos competentes, pero también de ser un pertinaz superviviente. No se temían ninguna lesión permanente de importancia, quizá una pizca de reducción en la capacidad pulmonar, la cual no debía preocuparme ya que yo no era un sprinter, ja, ja, y reducción provisional de movilidad en las dos piernas, lo que no significaba más que un par de semanas de cama en casa de mamá. ¿Quién se negaría a algo así ahora? Sabían lo que se decían y yo no tenía por qué dudar de su diagnóstico. Vino a visitarme un agente de policía y me preguntó si podía identificar a los autores de los disparos. No podía. Era amable y quería hacer bien su trabajo. Si lo deseaba, podía ojear un catálogo de fotografías, me dijo. «Solo sombras», le dije yo. Pensativo, sacudió la cabeza, con la certeza de que habían sido más que sombras. Al final me deseó que me mejorara y se fue. Nadie hablaba demasiado. Mi madre se contentaba con tener mis manos entre las suyas, acariciarme el pelo y besarme. Semra hacía punto de media, me velaba e intentaba adivinar mi más mínimo deseo. Yo no sabía que las mujeres modernas hacían punto de media. Debía de ser una forma de matar el tiempo, algo en lo que concentrarse para alejar los pensamientos indeseados. Mi madre y Semra habían organizado una forma de velarme parecida a los turnos laborales. Una se iba cuando llegaba la otra. Mi madre trabajó en una fábrica textil esos últimos años. Estaba muy orgullosa de poder mantener a la familia con un trabajo digno. Y cogió un permiso las dos semanas que yací inconsciente. Después empezó a trabajar de nuevo y venía al hospital al terminar su jornada laboral. Parecía que se habían puesto de acuerdo en una cosa, hablar lo menos posible. Funcionaba bien, exactamente como yo deseaba. Entonces vino Gülnur de visita. Sorprendentemente serena y contenida. Se sentó a mi lado y me contó el entierro. Fue demasiado triste y pomposo, dijo. Alejado del espíritu de Levo. Seguro que él habría preferido canciones, danza y algunos chistes. Ella no quiso contrariar al imán y a los asistentes cantando alguna de sus canciones preferidas, tan falta de ánimo como andaba entonces y en una ciudad extraña y lejana. Por eso se mantuvo casi siempre en segundo plano. Me besó despidiéndose, pero ya en la puerta se dio media vuelta y volvió. «Yo lo amaba, ¿sabes?», dijo. Estaba al borde de perder la contención y el control. Semra lo vio, la cogió por los hombros y la acompañó hacia afuera. Lloré cuando salieron, pero podía haber cantado. Le prometí a Levo que lo haría en los próximos días, cuando recuperara de nuevo la voz para el canto. Y antes de que volviera Semra me sequé las lágrimas.
Gülnur se convirtió en mi catalizador. Ahora quería hablar y saber lo que había ocurrido. «Zuhal estuvo junto a mí —dije—. Me tuvo en sus brazos, me habló y me devolvió la luz después de que desapareciera».
Semra levantó bruscamente la cabeza de su media y me miró como si hubiera caído en estado de coma otra vez.
—¿Crees que he enloquecido?
—No lo creo. Pero no ocurrió así.
Me apoyé en los codos, quería acercarme a ella, mirarle a las pupilas y directamente a su cerebro.
—¿Qué miras? —dijo.
—Nadie más tiene en las pupilas esas manchas amarillas que aletean como mariposas.
—Fui yo —dijo y enrojeció. Quizá debido a las mariposas de sus ojos miel oscura o, quizá, por haberme tenido entre sus brazos.
Volví a apoyar la cabeza en el cojín.
—No es necesario que te sientas decepcionado —dijo mohína.
Ya no la escuché más.
Dos días más tarde se podían ver varias imágenes en los periódicos, varias imágenes sangrientas. Siete fascistas habían sido asesinados en dos atentados diferentes. «La mujer terrorista asesta un nuevo golpe», decía el titular. Había una mujer entre ellos que había abatido a los siete con ráfagas de metralleta. No me producía alegría, no era ningún ungüento para mi herida, no era sangre por sangre que apagara mi sed de venganza. No quería creer que Zuhal había matado para vengarme, pero debía reconocer que quizá fuera eso lo sucedido. Tenía que encontrarla. Arrancarla de esa locura y llevármela a un lugar donde pudiéramos empezar una nueva vida. Debía pensar en planes para huir.
Cuando deseé ser dado de alta en el hospital, ningún médico protestó. Incluso me ofrecieron trasladarme a casa en ambulancia. Yo debí de ser popular porque llevar a pacientes con movilidad provisional reducida no solía incluirse en el servicio médico de un hospital. Les di las gracias con amabilidad, prefería un taxi. Un taxi cualquiera era más seguro que las pocas ambulancias que seguían en servicio. Un gran comité de bienvenida del vecindario me recibió y Dakan y mi hermano me subieron a cuestas por las escaleras de los cinco pisos, como a un destronado rey sentado en su silla dorada. Me aproveché de la ocasión para importunarles con sarcasmos. Al final me amenazaron con tirarme escaleras abajo y dejarme inválido para siempre.
Añoraba mi casa. Mi madre había hecho la cama al lado de la estufa de leña del salón. Lo había dispuesto todo con mimo como una cama de noche de bodas. Con las sábanas y cojines de su propia noche de bodas que hacía una eternidad que no se usaban. Después de días y días con la insípida comida de hospital cocinada de forma sana, se me antojaban toda clase de delicias fritas. Pude escuchar a mi madre dándole instrucciones a Semra en medio de otros tranquilizadores sonidos caseros. Había un buen tono entre ellas. Sobre Semra, mi madre una vez en el hospital había dicho «qué amiga tan hermosa tienes». Era más de lo que se podía esperar de ella. Si había una segunda intención en sus palabras y albergaba la esperanza de contribuir a que yo olvidara a Zuhal, lo ocultaba magistralmente. Semra, por su parte, se relacionaba con mi madre como la chica dotada de inteligencia social que era. No tardaron en descubrir intereses comunes como, por ejemplo, el amor a la literatura. Intercambiaban libros y los comentaban con genuina alegría. Mi hermano trataba a Semra con respeto y la cuidaba como a esa hermana que siempre había añorado. Los turnos laborales para mi cuidado continuaron. Semra llegaba antes de que mi madre se fuera al trabajo, se quedaba a mi lado todo el día, comía con mi familia y se iba a su casa para dormir. Aprovechó la ocasión para contarme su vida, cosas sobre su familia y su hogar.
Semra vivía en uno de los nuevos barrios periféricos no muy lejos de mi casa, a un cuarto de hora en autobús, en un primer piso. Su madre se había largado con un hombre cuando ella tenía tres años, no la recordaba, ni siquiera tenía una fotografía de ella. El padre se hizo a la mar más tarde, enviaba dinero y alguna que otra postal desde los puertos en los que desembarcaba, pero raramente paraba en casa. Fue la abuela paterna, una mujer mayor, dura y enérgica, la que la había criado. Lo explicó todo sin dramatismos, como si fuera una historia corriente. Yo la conocía lo suficientemente bien para no sentir pena por ella. Era una muchacha que le había dado la vuelta a la desgracia con ayuda de su innata inteligencia.
Lo que más me alegró tras la vuelta a casa fue la visita de Ayfer. Apareció en el salón de casa una tarde, después de que Semra se hubiera marchado, con el obligado tazón de pepinillos en vinagreta en la mano y un saludo de su madre. Se sentó con sonrisa triste al lado de mi cama. No habían cambiado mucho las cosas en este frente. Hablaba poco, escuchaba más que nada, y se mostraba más tímida que la primera vez que nos vimos.
—Te has convertido en una joven estupenda —le dije, porque era cierto, con excepción de una fea cicatriz en la mejilla izquierda a causa de un grano infectado y una operación. Se tocó la cicatriz.
—No pienses en ella, desaparecerá. Y el hombre que no te quiera por una pequeña cicatriz, será un idiota —le dije yo con convicción.
—Esa amiga tuya nueva es tan hermosa… De vez en cuando la veo al llegar y cuando se va.
En su voz había auténtica admiración y nada más.
—Es solo una amiga, Ayfer. Tú serás siempre la primera —dije.
Entrenaba duro; flexión, extensión, con la eficiente ayuda de mi hermano. Las heridas todavía me producían dolor. Había tenido un agujero en el pecho del tamaño de una avellana que ahora había cicatrizado. Las cicatrices de las operaciones, esas más grandes, las llevaba vendadas para evitar infecciones. Cuando por las noches permanecía despierto, escrutaba las secuelas en mi mente. Especulaba acerca de si la muerte había conseguido asustarme. Agudos dolores y una vida con discapacidad permanente era una idea mucho más terrorífica que un eterno descanso en un lugar indeterminado. Había oído que con la edad uno se apega más a la vida y se intenta alejar de la muerte con más fuerza. Se contaban historias sobre personas impías que descubren a dios en su lecho de muerte y sobre infieles que negocian con él a las puertas de la muerte. Eran historias que no tenían que ver con jóvenes, en todo caso no con los que yo conocía, y definitivamente no con Zuhal. No podía imaginar que ella temiera conscientemente la muerte. La había visto en plena plaza Taksim y cuando insultó a un policía en su propia cancha. ¿Era esa mujer inmune a la mayoría de cosas que producían angustia? Todo esto no lo hacía necesariamente con insensibilidad, quizá fuera solo una buena actriz con voluntad de hierro. Dominaba mis pensamientos y me inspiraba, incluso cuando pensaba en la angustia y la muerte. Pero había algo que el hecho de pensar en ella no podía remediar. La rabia, la rabia hacia mí mismo, por haber dejado morir a Levo. No podía apartar de mí la última imagen de él en mi retina, tampoco lo deseaba. Lo que me preocupaba era que este recuerdo se marchitara y desapareciera con el tiempo. Pensaba mucho en la deslealtad y llegué a un punto en el que temí convertirme en un poseso. Estaba tan indefenso Levo, debí haberlo previsto. Debía haber sabido que iría al encuentro de la muerte. No servía de nada incitar esa titubeante lógica y la sinrazón de mis pensamientos. El sosiego no se hallaba en la razón. Cada vez estaba más irritable y me volví de trato difícil. El tiempo pasó. Después de dos semanas en casa podía levantarme y caminar del salón a la cocina con piernas temblorosas.
De la estufa de leña se esparcía a toda la habitación un agradable calor que mantenía alejados los últimos espasmos del invierno. Marzo era un mes impredecible. En unos días, la primavera con su fragancia única llamaría a la puerta como un añorado huésped. Y con la primavera empezaría yo la búsqueda de mi flor. Semra estaba sentada en el borde de la cama haciendo calceta. Sus hábiles manos se batían con las agujas.
—La encontraré. Lo sé —dije.
Quizá era innecesario, pero quería su aprobación. Una mirada, un asentimiento con la cabeza. Ella no levantó los ojos, tejía y tejía. Su silencio, el hecho de que hiciera caso omiso a mis palabras, me irritó, pero no la presioné. El calor de la estufa y sus monótonos movimientos de mano me sumieron en una especie de somnolencia. Por la noche había tenido dolores y había dormido poco y mal. Me adormilé y desperté con sobresaltos un par de veces. Semra me miró y sonrió. Descendí otra vez a la oscuridad y soñé. En el sueño, Zuhal estaba sentada en el hospital y en silencio me tenía las manos cogidas. Sentí un inexplicable e intenso enfado al abrir los ojos.
—Mientes —grité.
—¿Sobre qué? —preguntó Semra extrañada.
—Sobre Zuhal. Cuando dices que ella nunca vino al hospital.
—Pero es solo la verdad, amigo mío.
Yo no quería escuchar más mentiras suyas.
—Vete —dije—. Te lo pido por favor.
—Venga ya, sé razonable —dijo.
—Vete —dije.
—Volveré mañana pronto. Y mañana habremos olvidado todo esto —dijo ella optimista.
—Vete al infierno y no vuelvas nunca más —grité yo.
Escuché a mi madre depositar las bolsas de la compra en la cocina. Entró en el salón:
—Toca, hace frío fuera —dijo y me apretó la cara entre sus manos.
—¿Dónde está Semra? —preguntó mientras se desataba el pañuelo de la cabeza.
—Se ha ido a casa. Para siempre —respondí.