Cielo negro, mar negro
Septiembre de 1980
El 11 de septiembre fui a una boda. Algo que hacía raras veces. Eran muy pocos los que se casaban en mis círculos de relación; en parte porque éramos todavía demasiado jóvenes, en parte porque esos actos sociales eran como raras criaturas; un cruce entre lo occidental, los suntuosos vestidos blancos de novia, la orquesta y el vals de la pareja, y lo oriental, con danza folclórica, besos de manos y de mejillas y el vestido de la novia adornado con dinero en billetes. Era la primera vez que me invitaban específicamente; con mi nombre, y no el de mi madre, escrito en la invitación, que me fue entregada con solemnidad por el mismísimo chófer de Soldado. Se trataba de su propia boda. Al principio no entendí por qué diablos me había invitado. Vale, yo le gustaba, pero no éramos que digamos amigos de la infancia. Cuando entré al salón de baile del Hotel Hilton, con mi único traje y mi única corbata, me di cuenta de que había invitado a medio Estambul. Entre los asistentes había un par de famosos de segunda fila y algunas auténticas celebridades, pero lo que más llamaba la atención era un coronel del ejército con uniforme de gala completo y un jefe de policía de mítica reputación. Estaban sentados a una larga mesa frente el escenario, junto a otros hombres con aspecto de vip, y rodeados de numerosos guardaespaldas. Debían de ser «la familia». Me sentí como un pez fuera del agua y me lancé a la desesperada en busca de una cara conocida, a pesar de que las posibilidades fueran nulas. Pero quien busca, encuentra. Entre la jungla de gente bailando, en mitad de la sala, choqué con Leyla, que también me buscaba.
—Oh, dios mío, por fin —dijo—. Empezaba a creer que no aparecerías nunca. Sentémonos en nuestra mesa antes de que la ocupe alguien.
Estaba preciosa con su propio pelo y un vestido de fiesta caro y elegante con una abertura que dejaba al descubierto gran parte de su larga pierna. La tomé en mis brazos y la hice girar al son de las notas de la orquesta a la vez que comentaba la abertura. Se rio y dijo que yo no era el único que babeaba, varios viejos gordos con abultadas carteras le habían pedido un baile, pero se había reservado para mí, puesto que sabía por Soldado que yo estaba invitado. Las demás chicas que venían con ella ya hacía rato que habían hallado sus minas de oro de la noche. Pero Leyla esa noche no tenía planes de trabajar, solo beber, bailar y pasárselo bien. Al terminar la pieza de baile, me llevó hasta una pequeña mesa para dos, estratégicamente situada con vistas a toda la sala. Leyla quería que se lo contara todo sobre mi amigo y su mujer. Quizá yo debería plantearme escribir guiones de cine, porque la historia que apañé no le faltaba ningún ingrediente. El piso al que ella había visto entrar a Tuba pertenecía a un primo de mi amigo. La inevitable confrontación entre los dos hombres acabó a puñetazos. En el hospital, la esposa estaba arrepentida, lloraba y descubrió que en realidad amaba a su marido. Pero mi amigo, que tenía el brazo roto, se negaba a perdonarla.
Ella se iba del hospital con el corazón roto. Cuando él la vio marcharse llorando, corrió hacia ella y la tomó, sino en los brazos, sí en su único brazo sano. Así que todo acabó bien para la pareja, pero del primo nada más se supo.
En cierto modo, era simpático ver a Leyla pasar de la sorpresa a las lágrimas para acabar esbozando una amplia sonrisa con el relato de una historia banal, un juego infantil en comparación con sus vivencias diarias. Así que no sentí mala conciencia por haberle contado mentiras que, al fin y al cabo, la entretuvieron. Más tarde me explicó todo lo que sabía sobre algunos invitados. Historias que hubieran impresionado incluso a curtidos columnistas de la prensa del corazón.
Se hizo la hora de la entrada de los novios. Soldado estaba digno de ver, vestido con un impecable frac; y la novia era, por supuesto, bella como una modelo. «No como, es modelo», comentó Leyla con envidia, y después, durante el vals de los novios, derramó lágrimas de emoción. A continuación la pareja hizo una ronda entre los invitados, les llovieron felicitaciones, abrazos y besos y recibieron regalos en oro, plata y otros materiales preciosos.
Escoger un regalo había sido un dolor de cabeza para mí. Cuando finalmente me decidí por El padrino de Mario Puzo, pensé que era un regalo acertado, tanto para mi bolsillo como para el sentido del humor de Soldado. No me equivoqué. Soldado se rio de todo corazón. Me dio un fuerte abrazo y dijo que la película era como un estudio de su propia vida y Al Pacino su ídolo, mientras Leyla adornaba el brazo ya recargado de la novia con un brazalete más. A Soldado parecía que le apetecía más sentarse con nosotros que continuar la ronda, así que charló y bromeó hasta que la novia dio señales de impaciencia.
—Yo también tengo un regalo para ti —dijo y me metió un paquete en el bolsillo. Me abrazó de nuevo y me susurró: —Buen viaje, hermano. Pero cuida de ti mismo. Tus contactos no son menos peligrosos que los míos. La próxima vez confía en mí y tráetela contigo. Me gustan las damas con cojones, je, je.
Era un tipo extraño, Soldado, acababa de sorprenderme con la evidencia de que no solo leía las páginas de deportes.
—Parece feliz —le dije a Leyla.
—Al menos lo era hace un momento, cuando intentó follar conmigo en los lavabos —suspiró.
—¡Hijo de puta! —exploté yo—. ¿Y qué hiciste?
—Tengo la regla, le dije. Por suerte no le gusta a ese cerdo más sangre que la que producen sus golpes.
—¿Tienes la regla? —le pregunté yo intrigado.
—¿Quieres comprobarlo? Los lavabos aquí son deliciosos —propuso.
—Reservémoslo para mi boda —le contesté.
El resto transcurrió como es debido en una boda. Los invitados se divertían más que los novios. Mientras Soldado y su novia modelo permanecían sentados con decoro junto a la familia, Leyla y yo desgastábamos la pista de baile, flotábamos abrazados, girando de un lado a otro. Y Leyla, después de bastantes tragos, sedujo a la concurrencia con una danza del vientre que no desmerecía en nada su número de strep-tease. Acaparó todo el show, con tantos billetes en el escote como la novia. Pero al final los borrachos que hurgaban en sus carteras y aún más en sus pechos la irritaron. El ambiente se puso iracundo y se creó la atmósfera apropiada para una pelea, el casi obligatorio final de todas las bodas. Algunos eran partidarios de tumbarla allí mismo mientras otros estaban dispuestos a defender su virtud.
Pero la situación se calmó cuando la saqué de allí y me la llevé a nuestra mesa. Esos hombres que un momento antes podían haber matado para obtener su favor abrieron paso al hombre al que ella seguía sin rechistar. Uno de los ancestrales códigos del mundo masculino: «No ofenderás a una mujer que va acompañada de un hombre», nos sirvió de ayuda. Habíamos comido, bebido, bailado y casi provocado una pequeña querella local, así que era hora de despedirnos. El taxi que tomamos me llevó a casa primero a mí. Leyla no quiso ni hablar de que pagara yo. Ya tendría ocasión de cobrármelo con intereses tan pronto como mis ingresos fueran adecuados.
Hacía mucho que no me divertía tan desenfrenadamente. Una vez sentado en el borde de la cama, me sentí agradablemente embriagado, lo suficiente para que la habitación girara un poco pero no para impedirme deshacerme de la ropa que llevaba puesta. El paquete de Soldado seguía en mi bolsillo. Lo abrí. Los pasaportes eran una pieza de artesanía, tal y como me había prometido. Eran usados, para total seguridad, con varios sellos de entrada y salida y un visado para un par de países europeos. Los puse debajo del cojín. Y a mí, debajo de la sábana para navegar en el sueño sin pensar en el cepillo y la pasta de dientes.
Al día siguiente me desperté con dolor de cabeza. Eran las 10:35. Reinaba el silencio, tanto en casa como fuera. Los ruidos habituales, pasos en la escalera, puertas que se abrían y cerraban, tráfico trepidante en la calle principal y bocinazos, habían desaparecido. Me sentía mareado y sediento. Algo andaba mal, tanto en mí como en el resto del mundo. Salté de la cama y llegué a la ventana. Estaba nublado, oscuros nubarrones corrían por encima del Bósforo. Eran lo único que se movía. El Estrecho ahora era una ruta marítima como otra cualquiera sin el acostumbrado tráfico de grandes y pequeños barcos. La autovía, solo un trecho de asfalto con ausencia de coches. Era como si la vida hubiera quedado eliminada por arte de magia. Fascinado contemplé la escena vacía. Lo que veía ante mí tenía algo de extremo sosiego y al mismo tiempo era desagradable, como si mientras yo dormía la mona un arma altamente mortífera hubiera exterminado toda clase de vida, y yo fuera el único superviviente. Esperé. No sucedió nada. Luego escuché sirenas a lo lejos. Nunca creí que las sirenas pudieran anunciar vida y regocijo. El sonido se volvió más y más agudo. Después pasó un coche de policía a toda velocidad rodando por el asfalto vacío y luego otro más. Lo que me sacó de mis fantasías no fue la visión del primer vehículo de la fila, un jeep bastante corriente con chófer y un oficial en el asiento de al lado, sino el segundo, el tercero, el cuarto; en total, veinte pesados camiones militares abarrotados de soldados y equipos de guerra. Me puse a cubierto como si de repente estuviera en medio de un fuego de artillería. Había empezado, era la gran ofensiva. Mientras yo me entregaba a un desenfrenado baile habían ultimado los últimos preparativos e inspeccionado las tropas. Alguien había apretado el botón mientras yo dormía sin ningún tipo de sospecha.
La monumental radio de Yorgo, que quizá le acompañara en las largas noches durante la Guerra Mundial con noticias del frente, estaba ahora silenciosa sobre la cómoda. Yo la había usado en la potente onda corta para sintonizar voces y lenguas desconocidas, de lugares ignotos de todo el mundo cuando el aburrimiento estuvo a punto de ahogarme. Siempre tardaba en ponerse en marcha. Había que esperar a que se calentara algo en el interior tras hacer girar el mando redondo y grande, gastado por la mano de Yorgo. Todavía me quedaba un poco de esperanza. Las notas de una vieja canción de Estambul pronto llenarían el aire, yo la tararearía, prepararía té y encendería un cigarrillo mirando el Bósforo. La vida seguiría su curso normal.
Como otras tantas veces, me sorprendió el sonido repentino que me golpeó los tímpanos con fuerza. Marchas militares se expandieron por la habitación. Las escuché sin reaccionar, sin disminuir el volumen, apoyado en la cómoda, con la cabeza hundida entre los hombros. Esperé, esperé a que la marcha terminara, a que fuera sustituida por una voz.
«Mensaje número 1 del estado de excepción, desde el I Cuartel General de Estambul. Queridos ciudadanos: Hoy, 13 de septiembre de 1980, las Fuerzas Armadas del país toman a su cargo las actividades gubernamentales cumpliendo de esta manera su obligación de proteger la Constitución. El Parlamento queda disuelto, todos los partidos políticos y toda la actividad política se declara prohibida. Instamos a todos los ciudadanos a que se atengan al toque de queda y se queden en sus casas. El objetivo de esta acción militar es destruir las organizaciones ilegales, extremistas, separatistas que…».
Apagué la radio. Pensé en Salvador Allende. Sin vida en una silla, cubierto con la bandera. Pararon a la gente por las calles, la golpearon y patearon. Jóvenes de ambos sexos fueron detenidos en sus propias casas y trasladados a un estadio de fútbol. Se llevaron a Víctor Jara. No cogió su guitarra, no le dejaron. Lo matarían de todos modos, con o sin guitarra.
Ahora ellos rondaban por las calles, armados hasta los dientes, iban de casa en casa con las listas y llevándose a todos los que habían ido a una manifestación, lanzado piedras, escrito consignas en las paredes y cantado canciones de lucha. Después los juntarían como a un rebaño de corderos en el estadio de Dolmabahçe, entre la facultad técnica y el monumento de Barbarossa, al lado del Bósforo. O quizá una voz militar leería un casi poema que sonaría por los altavoces: «¿Qué señalan esos bramidos de cañones? No lo dudéis, es la flota de Barbarossa que llega de su última expedición».
Me imaginé las gradas y pensé en los partidos de fútbol, en el Galatasaray, mi equipo favorito. Íbamos a los partidos invitados por nuestro profesor de inglés. Él era también el entrenador de nuestro equipo, un inglés auténtico, un tipo peculiar que traía la guitarra a clase para enseñarnos inglés a través de la música. En los partidos, cada vez que alguien la chutaba bien, gritaba: «Buen pase, buen pase»; si no, se quedaba callado. No era especialmente de buen ver, pero se llevó a la chica más guapa de su escuela, una miss del este de Londres, una rubia de ojos azules, con falda corta y piernas largas. Se casaron. Dos británicos solitarios. Extraña pareja, pensamos nosotros, pero no había mucho donde escoger en una escuela-internado lejos de casa. Se casaron y se trasladaron a otro país rodeado de desierto. Un día supimos que a ella la habían encontrado muerta en mitad del desierto. Tenía una enfermedad desconocida, grave, dijo alguien. Fue asesinada por su marido por celos, dijeron otros. Compasión y vergüenza, dijimos todos, realmente apenados. Yo era joven, no quería morir. No en ese estadio deportivo.
Me estremecí cuando golpearon la puerta, con decisión, casi de forma militar. Apenas me dio tiempo a sentir miedo. Habían llegado demasiado rápido. Me apresuré con los pantalones, mientras continuaban golpeando la puerta. Algo, algo con lo que defenderme. ¿Qué había dicho Kemal? «Alguien tiene que demostrarles que no se les dejará paso libre». Cogí un cuchillo de la cocina. Respiré hondo, estaba preparado. Tan decidido como la manera de golpear, abrí la puerta.
—Feliz cumpleaños —dijo sonriente la profesora. No conseguí articular palabra y pensé que había convertido en un hábito eso de venir cuando menos pensaba en ella porque esperaba a otros.
—Veo que estás haciendo la comida —dijo señalando el cuchillo—. ¿Qué te parece si juntamos fuerzas?
Levantó la bolsa de la compra de manera ostentosa. Y ya estaba en la cocina, risueña y tarareando una melodía arcaica. Trabajaba deprisa sin hablar y sin comentar nada más sobre el cuchillo. Yo hice la cama, dejé los pasaportes debajo del cojín y arreglé lo más desordenado mientras ella ponía la mesa y servía el té.
Reemprendió la conversación durante la comida. Había salido para desobedecer el toque de queda, alguien debía oponer resistencia. Había patrullas por todas partes. Soldados jóvenes, inseguros y nerviosos que la llamaron «madre» le pidieron que se fuera a casa. Pero ella solo iba a la tienda del barrio. El dueño se sentía insultado. ¿Cómo compraría el pan del día la gente? A él no le importaba quién gobernara el país en tanto que no recurriera a esa tontería del toque de queda. Mientras ellos hablaban, llegó otra patrulla con un teniente joven al mando. Era amable pero estricto. Había que cerrar la tienda, nadie podía entrar a comprar. Decidió hacer caso omiso de la vieja dama. Además, nadie pasaría hambre por un día de toque de queda. Dependiendo, claro, de las circunstancias, pero el ejército haría todo lo posible para evitar perjuicios innecesarios a «nuestros queridos ciudadanos». E imitó el enfado del teniente divirtiéndose, coqueta, como si fuera un juego.
—¿Ha visto si se llevaban a alguien? —le pregunté para comprobar la gravedad de la situación.
—No, a mí no me querían, y por la calle no corre nadie, ni los gatos.
—Estoy seguro de que está ocurriendo. Juntan a la gente en el estadio.
—La nuestra no es una república bananera.
—También se decía eso de Chile.
—Aquí tenemos un ejército más civilizado. —Exhibía su típica sonrisa torcida, esta vez sin ser burlona sino triste. Entonces se agachó y me cogió la mano.
—No te preocupes, todavía no. Hay que esperar y ver lo que pasa. Adivino que llaman quedamente a las puertas.
—En todo caso, por la radio braman.
—Siempre lo hacen. La última vez se llamó «Operación Mazo». Pero el uso del mazo ocurre en la oscuridad nocturna. Recuerda que este es mi tercer golpe de Estado.
Más tarde jugamos al ajedrez en el jardín y hablamos. Ese era otro mundo en el que las marchas militares y los avisos del estado de excepción no penetraban. Los jardines juegan un papel determinante en la vida de una persona, pensé. La profesora explicó historias jugosas que ocurrieron en golpes de Estado anteriores. Sobre cómo algunos inocentes escritores y académicos fueron acusados de sabotear un barco que había permanecido en dique seco una eternidad y de provocar un incendio en la Casa de Cultura durante la representación de la obra La quema de brujas. Y la Casa de Cultura le recordó un chiste. Nunca le había oído contar chistes, anécdotas sí, pero chistes no. Era sobre un nuevo rico que creía que todo se podía comprar con dinero. Iba a casarse y buscaba un lugar adecuado para la celebración de su boda. Un día pasó por delante de la Casa de Cultura y le gustó. Se dirigió a la recepción y preguntó cuánto costaba alquilar el local para una boda. No, desafortunadamente, el local solo se usaba para celebrar actos culturales. Quedó decepcionado. Otro día al pasar por delante del edificio, vio el letrero: Las bodas de Fígaro. Entonces se ofendió, irrumpió dentro y gritó: «No me alquilasteis el local a mí, pero a ese tal Fígaro sí, ¿eh?». El día en que reconozcamos a nuestro Fígaro, ese día no habrá más golpes de Estado.
Si tan solo hubiéramos podido quedarnos en ese jardín, sin que nadie nos molestara, habríamos gozado de paz eterna. O quizá no. Las historias divertidas habrían tocado a su fin, nos habríamos cansado de jugar al ajedrez. Las personas somos animales sociales, por eso nos pareció mejor salir, sentarnos en la escalera de delante de casa y entablar conversación con los soldados que patrullaban.
Era imposible hablar con ellos. Miraban con escepticismo a todos los que paulatinamente habían osado salir a las aceras y a los balcones. Aparte de un par de intentos, sin mucha convicción, de hacer entrar a la gente en sus casas, se mantenían silenciosos. Eran dignos de estudio. Chicos de los distritos rurales con ojos como platos, tímidos, marchaban en formaciones compactas como si buscaran refugio y protección contra los peligros de la gran ciudad. En un par de ocasiones, los vi cogidos de la mano. No sabían ni podían imaginar que en esta temida gran ciudad existía un código determinado y podían ser considerados homosexuales. Eran los que llevaban sus rifles con todas las de la ley y a la vez como si cargaran con un peso excesivo. También los había más conscientes, originarios de pequeñas y grandes ciudades de todo el país. Formaban un grupo mucho más heterogéneo. Algunos no escondían el deseo de que acabara la patrulla; echaban de menos la comida y la cama. Con mirada abúlica, bostezos, los cascos caídos hacia atrás y el rifle negligentemente colgado en el hombro. Los había que iban con el dedo en el gatillo, la mirada escrutadora, casi llena de odio, preparados para disparar y ganar medallas. Y después había unos pocos que sonreían, guiñaban el ojo a las muchachas, tarareaban canciones revolucionarias, como una señal cómplice para los entendidos que quería dejar claro que ellos no comulgaban con los golpistas.
Nos metimos en casa para escuchar las noticias de última hora. Esa vez nos quedamos en el piso de la profesora, ella tenía televisión. Nos sentamos ante la pantalla con una taza de té. Desde el apogeo de Dallas no había ansiado un programa con tanto desdén como entusiasmo. Tras la obligatoria introducción del himno nacional, izamiento de la bandera y difusión de varios avisos, cinco generales tomaron asiento detrás de una mesa. Las imágenes en blanco y negro —no se tira nada antes de que se rompa del todo era el lema de la profesora— teñían la realidad de antigua, como si lo que ocurría en la pantalla no perteneciera a nuestro tiempo, sino a un desconocido pasado. El jefe del Estado Mayor se ocupó de hacer el discurso mientras los demás militares, de los cuatro cuerpos diferentes del ejército, estaban de adorno, o como una especie animal amaestrada. Intentaban comunicarse con los teleespectadores con la mirada y las gesticulaciones de la cara. Y repetidas veces me dio la impresión de que trataban de hipnotizarnos. O de que intentaban romper el deprimente tedio con un pequeño juego de «aguantar la mirada lo más posible sin parpadear». El orador no nos decepcionó en absoluto. Es más, nos entretuvo con sus mañas de comando de campaña. «Un tocón tiene más carisma», fue el comentario de la profesora. Se le veía más perdido que a un escolar en la fiesta de fin de curso, lo que a nosotros, los teleespectadores, nos inspiraba compasión.
Los parlamentarios desalojados y recluidos en casa antes de que pudiera abrir la Asamblea Nacional el periodo de otoño, cargaron con toda la culpa de la situación del país. Directamente seguidos de los terroristas. Los demás no tenían nada que temer. Este era un argumento medianamente comprensible. Pero el resto no llenaba una semilla de higo. Todavía nos quedaba por escuchar lo que sería su inolvidable réplica: «¿Qué se espera de nosotros? ¿Que los alimentemos eternamente en la cárcel en lugar de colgarlos?». Cuando apagamos la tele y le vimos desaparecer de la pantalla, deseé que desapareciera de nuestra vida de la misma manera, apretando un botón.
Mi hermano llegó al día siguiente, pronto por la mañana. Con amabilidad le agradeció a la profesora que me invitara a pasar la noche en su casa. La primera confusión, producida a causa de sentir soledad ante el gran enemigo, había dado paso a la rabia contra los huecos uniformes que les autorizaban a arrebatarnos la libertad ya entonces de alas recortadas. Solo por su poder, porque poseían enormes cantidades de armas y mandaban dotaciones de miles de hombres a diferencia de las demás fuerzas. Era lo único que los convertía a ellos en libertadores y a los otros en terroristas. Y esos incapacitados individuos, cuyo cerebro encogido se había desarrollado en un ejército entrenado para una posible guerra civil, decidirían sobre nuestro destino. Me acosté. A pesar de todo, dormí sorprendentemente bien.
Mi hermano había venido a buscarme. Mi madre estaba preocupada por mi seguridad. No intenté contradecirle, él solo vino de mensajero y como tal gozaba de inmunidad. Tras una corta despedida con la profesora, ella estuvo de acuerdo en que el regazo de una madre es el mejor lugar para el consuelo, partimos en el coche alquilado que conducía mi hermano. La vida en las calles transcurría con aparente normalidad. Pero era solo la superficie. El toque de queda había sido levantado entre las seis de la madrugada y la medianoche. Recordé lo que había dicho la profesora: «Ocurre en la oscuridad de la noche». Imágenes de hombres y mujeres, edificios, tiendas, bancos y comandos de soldados con boinas azules pasaban por delante de la ventanilla del automóvil. ¿Qué pensaba la gente que caminaba por las calles? ¿Estaban angustiados o se sentían aliviados? ¿Eran contrarios a lo que ocurría o lo apoyaban? Quizá solo eran indiferentes, como el tendero del barrio, con su lema: «El que no me toque a mí, larga vida». Aquel adormecimiento, la abulia que había embotado a este pueblo durante cientos de años, innegablemente llevaba a las respuestas. Zuhal lo habría rechazado, seguro, lo habría considerado una idea tan oportunista como derrotista. Pero al otro lado de los cristales no podía yo ver filas de las milicias populares dispuestas a combatir al enemigo. Lo único que desfilaba con paso invisible e inaudible era el miedo a todo lo que representaba la autoridad. No hacía mucho, miembros de un grupo de teatro disfrazados con uniformes militares diseñados por ellos mismos paraban a los transeúntes en Beyoglu, les cacheaban y humillaban dándoles órdenes raras. Nadie protestó ni les preguntó quiénes eran. Llevaban uniforme, no importa de qué tipo, era suficiente. Los uniformes existían para infundir miedo, incluso los uniformes huecos. Si era verdad que la gente que caminaba al otro lado del cristal tenía miedo de todo y de todos, y sentían alivio de que alguien con uniforme hubiera tomado el mando, me producía pesimismo y me ofendía.
—¿Ha habido respuesta en las fábricas? —pregunté.
—Escasa, por lo que sé. Piquetes de huelga en un par de fábricas. Hay rumores de que tanto ellos como la mayoría de líderes sindicales están tras las rejas, custodiados por la división blindada número 66. Por la mañana pasé con el coche por delante de la alambrada, había mucha actividad de soldados y vehículos. Allí se estaba cociendo algo, eso como mínimo.
Esta no era una república bananera. ¿A quién le hacían falta estadios de fútbol cuando se dispone de guarniciones militares en las que se había invertido tanto?
—Se llevaron a Dakan —dijo mi hermano—, y a otros chicos del vecindario. Nadie sabe dónde están. Ahora pueden tenerlos encerrados tres meses. Ya sabes lo que esto significa, ¿no?
La gravedad caracterizaba su semblante, algo que no era propio en él. Siempre había sido el payaso de la familia. Recuerdo que una vez se desplomó haciéndose el muerto tras uno de mis golpes. Representó el papel de forma tan convincente que lloré junto a su cadáver. Le encantaba burlarse de mí e irritarme, con sentido del humor y chispa en los ojos, algo que yo no poseía en el mismo grado que él. Dakan era más amigo suyo que mío. Los dos me habían llevado escaleras arriba en andas cuando llegué del hospital. Los dos sabíamos que tres meses de encierro provisional significaban tortura y malos tratos en un lugar en el que quizá ya hubieran colgado el famoso cartel: «Aquí no hay dios que valga».
El hombre del abrigo negro tenía aspecto de ser mucho mayor de lo que ella podía recordar. A pesar de la distancia, estaba plausiblemente segura de que era la misma persona. A pesar de que no podía atisbar detalles, a excepción del poblado bigote que apuntaba al suelo y parecía arrastrar con él todo el cuerpo, no necesitaba nada más para poder leer su dolor y tristeza. Su largo abrigo negro característico que una vez ondeó al viento al frente de las manifestaciones, ahora colgaba como un manojo de ropa en desuso sobre su escuálido cuerpo. En otras circunstancias, ella lo hubiera atribuido sin dudarlo a enfermedad o envejecimiento. Pero ahora su lenguaje corporal, como de animal atrapado, desesperado, con una perpleja conciencia de pérdida de libertad, humillación y desnuda angustia, no dejaba lugar a dudas sobre su suerte. Había visto demasiadas imágenes por la televisión de oponentes al golpe que habían sido aplastados para equivocarse. Era un animal atrapado, todo su cuerpo gritaba: «El que se me acerque caerá en la trampa».
Un autobús se detuvo delante de ella y le bloqueó el panorama mientras descendían pasajeros con cansancio matutino, y otros que habían estado esperando junto a ella se dirigieron hacia las puertas en tropel. Cuando el autobús se fue, ella permanecía allí plantada, la única persona de la parada. Al otro lado de la calle, el hombre se cimbreaba dentro de su abrigo flanqueado por dos hombres en buena forma física, jóvenes y que rastreaban el entorno con mirada sagaz.
Zuhal sabía que había estado a un paso de ser arrestada. Su mente recelosa y su constante estado de alerta la habían salvado. Desde el momento en que recibió el mensaje de Kemal a través de un intermediario, la había torturado la sensación de que todo el plan estaba, si no condenado a la catástrofe, sí a ser una carga para ella. Las instrucciones de Kemal eran claras: Tuba y el sindicalista se incorporaban a su grupo. Los dos eran personas eficientes sin posibilidades ya de llevar a cabo una actividad política legal. Zuhal no necesitaba más presentación. Los conocía bien a los dos, a Tuba como amiga de la época de estudiante, y del sindicalista sabía que era un tipo sólido arraigado en la clase obrera, cosa que no abundaba en sus filas. Los dos habían participado activamente en la lucha política durante un difícil periodo, pero nunca antes en la lucha armada y, precisamente por eso, como regla general se les podía etiquetar de «peligro para la seguridad». No era ningún secreto que la policía escogía a esas personas para descubrir a militantes de grupos armados, ya que escaseaban otras posibilidades de llegar hasta ellos. Pero a Zuhal le costaba creer que Kemal no hubiera valorado el riesgo. Por una u otra razón debió de haberse sentido obligado a tomar la decisión, y como ella no tenía posibilidades de discutirlo con él, no podía hacer otra cosa que aceptarla.
Ese día había tomado las precauciones que creyó necesarias; se disfrazó de apocada trabajadora, con pañuelo en la cabeza, gafas, un poco maquillada y un bolso gastado, pero decidió dejar su Browning en casa. Si caía en una trampa, las posibilidades de escapar de la situación a balazos eran, de todos modos, muy pocas. Llegó antes de la hora a la cita para poder comprobar y valorar la marcha de los acontecimientos.
Se sentía tranquila, nada de súbita angustia o pánico. Seguro que el hombre habría hablado bajo tortura y guiado a sus torturadores hasta el lugar de la cita. No se lo reprochaba, al contrario, de forma extraña deseaba haber podido consolarle. Su tranquilidad quizá emanaba de la fe en su alto umbral de dolor y en unas convicciones tan firmes que la hacían superior, de modo que nadie nunca la destruiría. De todas maneras, tenía miedo de ser arrestada. Una vida encarcelada era inconcebible para ella. Podría ser más duro que soportar sufrimientos físicos no permanentes.
Su dilema ahora era si abandonar a Tuba en manos de un terrible destino o quedarse e intentar prevenirla. Estaba enfrascada en intentar desenmascarar a otros enemigos entre la multitud. Inútil. Aparte de los dos prototipos que vigilaban al hombre del abrigo largo, los demás iban muy bien camuflados. Dominaban a la perfección el arte de fundirse con la masa. Entonces llegó Tuba, que bajaba por el otro lado de la calle. Alta y delgada, su delicado ser destacaba entre la anónima multitud. Todavía tenía tiempo de cruzar la calle e impedirle que llegara a la parada de autobús simulando un encuentro fortuito de dos amigas, darse la vuelta y llevársela a un lugar seguro. Casi sonrió, convencida de que la idea saldría bien, y dio un paso al frente. Pero dos manos fuertes la detuvieron de forma abrupta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó una voz autoritaria, acostumbrada a interrogar.
Zuhal sabía que ahora tenía que representar su papel. Para empezar, evitar el contacto de miradas con los dos hombres que podrían leer inseguridad en sus ojos o reconocer rasgos familiares en su cara tan conocida tras las múltiples órdenes de arresto. Tímida, bajó la mirada a las manos que la sujetaban.
—Espero el autobús. ¿He hecho algo malo?
—Quizá —dijo uno de los hombres—. El autobús acaba de marcharse. ¿Por qué no lo has cogido?
Meditó una respuesta razonable mientras observaba los pasos de Tuba hacia el hombre del abrigo largo. La forma en que se echó el pelo hacia atrás y el hecho de que apresurara el paso demostraban que ya lo había visto y que respondía a la descripción que le habían dado. Pero Tuba no poseía la experimentada mirada de Zuhal y no leyó las señales de peligro.
—Ese autobús iba lleno hasta los topes —dijo Zuhal—. Y yo no tengo prisa. Pensé que mejor esperaba al siguiente y así podría sentarme.
Era hora de arriesgarse a echar una rápida ojeada. Ladeó la cabeza arbitrariamente hacia la derecha. La piel de la cara del hombre era como terreno intransitable, grabada de cicatrices, a causa de lo que llamaban «granos orientales» en la región de la que probablemente él procedía. Sin embargo, los ojos eran lo más determinante, duros, con una mirada perforadora a la caza de enemigos sociales, pero a la vez serviles y agradecidos por la oportunidad que se le daba. Ella le sonrió recatadamente.
Cuando ladeó la cabeza, Tuba se había inclinado hacia el hombre con el que debía encontrarse como charlando con confianza. Después se quedó paralizada en esa posición y desapareció seguida de varios hombres que se despegaron de la gente y se precipitaron hacia ella. Un minibús Ford azul cielo surgió de la nada y se detuvo delante de la parada de autobuses y los tapó. Zuhal y los dos hombres que la escoltaban miraron un instante la escena que se desarrollaba ante ellos, y cuando se interrumpió, el hombre se inclinó hacia ella en un intento de establecer contacto visual.
—¿Sabes qué está pasando ahí delante? —Tenía mal aliento y un inconfundible acento, una nueva señal de su origen.
—¿Yo? No.
Ya había empezado a negar cosas. Negarlo todo, su propio nombre, su dirección, sus contactos, almacén de armas, todo. Por un instante se imaginó la cámara de tortura, cómo se arrancaba la venda de los ojos y le escupía a ese kurdo de cara masacrada, para demostrarle que aún despreciaba más a los asesinos asimilados. La voz del otro hombre la sacó de su contienda interior.
—¡Vayámonos!
—¿Y ella? —La mano del kurdo se aferró a su brazo apretándolo más.
—¿Ella? Olvídate —dijo el otro—. Ya tenemos bastante que hacer hoy.
Le soltó el brazo titubeante, contrariado, y corrió tras el colega. A medio camino, le lanzó una última mirada por encima del hombro, decepcionado, como si le hubieran robado algo que deseaba.
Zuhal se quedó parada hasta que el minibús Ford se hubo marchado de la misma manera que llegó. Después tomó un taxi para volver a casa.
Algunos rayos de sol traspasaban la capa de nubes a través de un agujero en esta, chocaban contra los cristales de la ventana a terrible velocidad para salir rebotados. La intensa refracción la cegó, se retiró un poco para ver si las cortinas estaban echadas o corridas. Tenía por costumbre correrlas a los lados, pero ahora no recordaba qué había hecho antes de irse, si las había dejado echadas tal y como estaban en ese momento. Por primera vez temió la proximidad del enemigo. ¿Habrían cogido a Kemal?
Su superior, el enlace entre su grupo y el de Kemal, era el único que conocía su dirección. ¿Habría Kemal hablado, delatado, y a su vez este…? Debía hacer un esfuerzo y concentrarse. Pensar en qué haría ahora. La soledad que antes disfrutaba se volvió de repente su peor enemigo. Se sintió terriblemente sola, sin ningún punto de agarre.
—¿Te pasa algo, hija mía?
Era una mujer vieja, con auténtica preocupación en la mirada. Zuhal debía de tener aspecto de enferma, así era como se sentía. Durante un instante pensó contestar que sí, inclinarse hacia el viejo cuerpo, pasear con ella y hablarle de cosas cotidianas, de lo que fuera con tal de que pudiera desconectar de un mundo colapsado.
—No, tía —respondió—. Pero gracias de todas formas por su atención.
—Vete a casa. Acuéstate y descansa un poco.
¿A casa? Junto con el mensaje de la cita, la hora y el lugar, con Tuba y el sindicalista, también le habían pasado una dirección de parte de Kemal. Aunque no tenía ni idea de cómo había dado él con Kemal, era una clara señal de que no se daba por vencido y la seguía buscando. En un momento de debilidad le había dado falsas esperanzas y un ánimo temerario a un hombre que ya nunca tendría un papel importante en su vida. Sin embargo, el mensaje le alegró de una manera extraña. Disponía de un lugar al que acudir si la presión era demasiado fuerte. Pero ahora debía hacer un esfuerzo, olvidar las condenadas cortinas y hacerse responsable de su vida y la de otros.
El coche estaba en la calle de detrás de la casa, donde lo había aparcado la víspera. Lo abrió, se sentó al volante y encendió el motor. Mientras estaba allí escuchando el tranquilizador ruido del motor, pensó en la primera lección de conducir que le había dado un camarada, casi a tientas, hasta que fue capaz de conducir sola, y cómo le había enseñado a robar un coche en un mercado ante las narices del dueño. Los coches eran quizá fáciles de robar, pero no eran infalibles, fallaban como las armas que se encasquillaban y las personas que, de vez en cuando, podían traicionarte. Por eso quería comprobar si el motor funcionaba, por si tuviera que huir; y esperaba que el motor arrancara igual de bien la próxima vez. Dejó puesta la llave de contacto y las puertas sin cerrar, y especuló sobre si la ironía del destino haría que alguien le fuera a robar el coche ya robado.
Zuhal pulsó optimista el interruptor, pero el encendido automático falló como de costumbre, y la escalera permaneció a oscuras. Respiró hondo varias veces, intentó atenuar la adrenalina que le turbaba el ritmo respiratorio y los latidos del corazón y cuando recuperó un aceptable equilibrio, aguzó el oído en busca de ruidos dentro de la casa. Todo estaba sorprendentemente silencioso. Conocía los ruidos de la casa de su infancia pero no de esta. Por eso decidió no considerar el silencio como una señal de peligro. Atacó las escaleras a toda velocidad, para no darse tiempo a más digresiones, y llegó al segundo piso. Cuando se detuvo ante su propia puerta, con la respiración más rápida pero inaudible, se permitió un último pensamiento: Si la esperaban allá dentro, nunca conseguiría llegar a ese coche. Al fin sin pensar, se agachó, apoyó la oreja en la puerta, y cuando se convenció de que nada por el momento rompería el silencio, colocó la llave en la cerradura y la hizo girar.