Cielo negro, mar negro

Izzet Celasin · Capítulo 29 de 30

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Cielo negro, mar negro

15 de marzo de 1981, en la región del mar Negro

 

Zuhal haría la última guardia. Antes de que la despertaran soñó con su padre. Vestido con uniforme, le fotografiaban en un estudio. Ella misma, sentada en un taburete, les instruía a él y al fotógrafo. Era cómico, así que se rio. «Te ríes dormida», le susurró el vigilante que la despertó.

Cogió la mochila y el fusil y caminó con frío hacia abajo, hacia el puesto de guardia, situado a cierta distancia del campamento, y desde donde tenía buena visibilidad sobre los senderos. Continuaba oscuro cuando se sentó en la tierra húmeda. Suspiró añorando la primavera, el verano, el calor, el escuchar cómo despertaban los sonidos de la naturaleza. Alzó la cabeza para ver las estrellas, pero sobre ella había un cielo negro, sin atisbo de luz. El sueño del padre le recordó algo que él le había dicho sobre ella y Saturno. Sacó el diario de la mochila. Era difícil escribir en la oscuridad, pero garabateó algunas frases lo mejor que pudo, tal y como las tenía en la mente.

Estaba contenta de haber hecho las paces con Kemal el día anterior. Y aunque la conversación hubiera sido tan tensa emocionalmente como se había temido, había purificado el aire entre los dos.

Después valoraron juntos la situación. Kemal no tenía miedo de reconocer sus fallos. Retirarse montaña arriba fue una decisión errónea. Un avión de reconocimiento sobrevoló por encima de sus cabezas varias veces a lo largo del día. Y tenían buenas razones para creer que los habían descubierto. Pero Kemal no temía un ataque, el ejército no ejecutaría ninguna acción armada mientras existiera el peligro de que los dos rehenes fueran víctimas del tiroteo. Cuando los dos hombres enviados para tantear el terreno volvieron sin haberse topado con actividad enemiga alguna, decidieron volver a cobijarse al abrigo del bosque. Entonces uno de los ingleses se hizo un esguince en el pie y tuvieron que acampar para descansar y fabricar una camilla provisional. Continuarían la marcha temprano al día siguiente.

Arropados por la oscuridad que precede al amanecer harían el último tramo de camino descubierto hasta el bosque. Era hora de despertar a los demás. Estaba a punto de echarse la mochila a los hombros cuando escuchó un sonido, primero indeterminado y a lo lejos, después más y más fuerte, era el desagradable ruido de las hélices de un helicóptero. Surgía de la oscuridad, ante ella, colgado en el aire como un gran y asqueroso insecto. La máquina volaba sin luz, por eso no podía medir la distancia. En ese instante se prendió un haz de luz en el cielo. El intenso foco la cegó, enfocó abriéndose por encima de su cabeza y barrió en redondo la ladera, como si un desesperado técnico de luces buscara al actor principal que había desparecido del escenario. Zuhal disparó una ráfaga contra la luz, los estallidos quedaron ahogados por el ruido de las hélices y la luz se desplomó sobre el campamento. Al ver las llamas y oír el irascible zumbido, gritó. Pudo seguir con la vista el rastro blanco de humo saliendo de la parte trasera del misil dirigido a toda velocidad contra el campamento. Las intensas llamas iluminaron la pared rocosa de la montaña y la onda expansiva tras la explosión sacudió la tierra bajo sus pies. Al escuchar por segunda vez el zumbido, se tiró detrás de una piedra. La nueva explosión lanzó una lluvia de tierra y pequeñas piedras sobre su cuerpo. Tumbada esperó mientras el foco de luz del proyector inspeccionaba el terreno por última vez, las hélices giraban a más velocidad y el helicóptero hacía maniobras para dar la vuelta. El sonido se debilitaba y se debilitaba, y después se hizo el silencio total.

Corrió hacia las llamas. Tenía que llegar enseguida y hacerse cargo de los heridos. Echarle una mano a Tarik, el estudiante de Medicina, su camarada de Estambul y responsable sanitario del grupo. Previamente él les había instruido a todos en primeros auxilios. Repasó velozmente cuáles eran los equipamientos sanitarios disponibles en el campamento. Vendas, calmantes, jeringuillas, tijeras y bisturí. Además, ella misma llevaba vendas, calmantes y agua oxigenada en la mochila. Debía mantener la calma, pensar sistemáticamente, organizar, mantener las vías respiratorias abiertas, masajes al corazón, cortar hemorragias, curar las quemaduras. Debía tranquilizarse y respirar despacio.

Humo intenso y olor a carne quemada le salió al encuentro. Cayó de rodillas y vomitó. Cuando las arcadas de las náuseas cesaron, se levantó, se ató un pañuelo alrededor de la boca y se abrió paso entre el humo para entrar al campamento. Reinaba el silencio, exceptuando los débiles ruidos de matorrales y cuerpos ardiendo. Reconoció a los dos ingleses por los restos del uniforme. Esparcidos por todas partes había montículos de piedras, de ropa y de cuerpos troceados.

Ninguna señal de vida, ni respiración, ni grito de desesperación alguno. Iba y venía solo con una idea en la mente. Despacio revolvía los montículos buscando a Kemal. Todos estaban allí, a pedazos, descuajados, había restos de todos, pero no de Kemal. No se atrevía a sentir esperanza, pero Kemal tenía que estar en algún lugar. No podía ser que hubiera explotado en cien mil pedazos y se hubiera esfumado. Tenía que encontrarlo. Subió por la ladera, encendió la linterna y buscó detrás de cada piedra.

Yacía en una pendiente, a unos diez o quince metros del campamento. Si el foco de la linterna no hubiera rozado apenas sus botas, no le habría descubierto. Kemal estaba tumbado de espaldas sin herida o lesión visible alguna. Debió de haber sido la onda expansiva y las piedras que esta lanzó las que lo mataron. Se sentó a su lado, le cogió la mano, le acarició el pelo y la barba, y le miró a los ojos que, abiertos de par en par, enfocaban a algún lugar del cielo.

—¡Allí! ¡Allí hay una luz! —gritó una voz.

El instinto de supervivencia se impuso sobre el deseo de quedarse sentada con él y abrazar su destino al lado de su camarada. Apagó la linterna, besó a Kemal en la frente como último adiós y echó a correr. A la vez el estallido de varios fusiles llenó el aire. Podía ver las llamas de los cañones a su lado izquierdo, el rastro naranja que dejaban los proyectiles y escuchar el zumbido de las balas. Giró a la derecha manteniendo el dedo alejado del gatillo. Para no descubrir su posición tenía que resistirse a la tentación de responder a los disparos. El foco del proyector barría el terreno en todas direcciones, como si se hubiera vuelto loco y hubiera perdido el control. No dejó que le asaltara el pánico, sino que para dosificar sus fuerzas corría a ritmo tranquilo. Los estallidos de los disparos sonaban más y más débiles. La oscuridad se convirtió entonces en su aliada.

En el bosque se detuvo para recuperar el aliento, no tenía tiempo de descansar debidamente, sabía que los tenía detrás. Aquí no corría, caminaba deprisa y resuelta. Se sentía segura de conocer mejor el bosque que sus perseguidores. Un par de horas después del amanecer escuchó ladridos a lo lejos. Cuando los ladridos se debilitaron comprendió que los perros seguían una pista falsa. Pero no quiso correr riesgo alguno y vadeó durante un rato un riachuelo, con el agua hasta las rodillas. Al mediodía se paró para comer un poco de pan y beber agua. Después hacía pausas cortas a intervalos regulares. Caminaba y caminaba como una máquina, con el cerebro vacío, concentrada en el terreno, en los ruidos y en el ritmo de la marcha.

Con la caída de la noche, llegó a la zona donde había encontrado a Kemal junto al camión que la había traído desde Estambul. Desde el final del bosque podía ver luz en la casa del valle donde se había reunido con sus camaradas la primera vez que llegó a la zona. Se sentó al pie de un árbol para descansar y pensar. Tenía las ideas claras. Buscaría refugio en casa de esos amigos y con su ayuda volvería a la ciudad. No buscaría consuelo en la revancha, pero tampoco olvidaría. Sin embargo, ahora solo deseaba una cosa: volver a donde estaban sus raíces.

Se puso en pie, se recogió el pelo en una cola tirante, miró hacia el bosque por última vez y se encaminó hacia la casa del valle.