Cielo negro, mar negro

Izzet Celasin · Capítulo 23 de 30

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Cielo negro, mar negro

20 de febrero de 1981, en la región del mar Negro

 

—Despierta —le dijo alguien y la sacudió sin piedad. Era el que hacía la guardia. Se agachó sobre ella para asegurarse de que se había despertado y se fue hacia el siguiente. Ella había dormido a intervalos durante toda la noche. Era imposible dormir de un tirón bajo aquellas circunstancias. Esta condenada lluvia, pensó. Diluviaba, con lluvia fría e ininterrumpida. Acurrucada bajo el improvisado techo de ramas de abeto, envuelta en su manta y en la ropa de camuflaje, su piel quedaba cubierta como en una asquerosa y húmeda membrana fina. Lo que más le irritaba, a pesar de todo, eran las gotas sueltas que habían encontrado una abertura en el cuello de la chaqueta y, heladas, se deslizaban por el cuerpo. La gorra de camuflaje se había deslizado hacia atrás durante la noche dejándola expuesta a la lluvia. Arrojó la manta y se levantó poniéndose primero en cuclillas. Tenía el cuello tenso y también varias articulaciones atrofiadas. Me estoy haciendo vieja, pensó. Acababa de cumplir los veinticinco.

Unas ganas tremendas de mear se presentaron enseguida. Alzó su kalashnikov, un arma de toda confianza, un tipo de metralleta conocida por su óptimo funcionamiento bajo cualquier circunstancia. Usó la culata como bastón para apoyarse y avanzó con precaución por el resbaladizo terreno mojado. En el riachuelo aflojó el cinturón del pantalón y se agachó en cuclillas. La orina le escoció al recorrer las vías urinarias. Debía de haber cogido una infección que le había producido unos agudos dolores esos últimos días, y aún le duraban. Se lavó prolijamente. El agua fría y sana le aceleró la circulación de la sangre. Cuando volvió al campamento, estaban todos preparados para la gimnasia matutina. Kemal era extremadamente severo en la exigencia de mantenerse en buena forma física, así que ella no podía más que obedecer y servir de modelo a los demás como subcomandante que era. Comisario político, pensó medio irónicamente. No habían tenido mucho tiempo para la actividad ideológica en esa última época. Desde que descubrieron su paradero, los días se iban en marchas interminables por terreno difícil y con fuertes dotaciones de fuerzas del ejército pisándoles los talones. Aparte de un par de insignificantes tiroteos, todavía no habían sufrido confrontaciones cruentas con el enemigo. Miró a su alrededor y escrutó los rostros de los hombres y las mujeres camaradas reunidos en círculo. La mayoría de ellos estaba en los inicios de los veinte, solo tres tenían más de treinta años; todos lugareños, campesinos curtidos y silenciosos que soportaban los desafíos más duros sin queja alguna. Conocían bien el lugar que exploraban, guiaban al grupo y hallaban las zonas más apropiadas para la acampada con una precisión que no dependía de mapas ni brújulas. Sus familiares y contactos de los pueblos les proporcionaban comida e información.

Había tres mujeres en total. Zuhal no conocía a las otras dos, que eran también lugareñas. Al igual que a los hombres, Zuhal las admiraba por su actitud exenta de afectación, su resistencia y su optimismo. Conocía bien a dos de los hombres del grupo, porque habían venido con ella de Estambul. Confiaba en ellos sin reservas y, por supuesto, en Kemal y en los hombres que traía para crear la unidad guerrillera. Los tres restantes quizá constituían el eslabón más débil del grupo. Eran de Ankara y se habían quejado por todo desde el primer día. Por la comida, el tiempo, el terreno, las armas y las municiones. No se les podía reprochar que se quejaran de lo último, porque la dotación de armas, dicho con optimismo, era mala. Dos metralletas kalashnikov, dos pistolas automáticas de producción francesa, escopetas de caza, tres escopetas de cañón recortado, algunas granadas de mano y escasa munición. Los tres hombres se habían traído sus pistolas y se mostraban en desacuerdo con la asignación de los kalashnikov a ella y a Kemal. Este se limitó a contestarles que su misión consistía en apoderarse de las armas del enemigo. Zuhal estaba en desacuerdo con la actitud que Kemal tenía con ellos. Debería ser más severo, hacer uso de su autoridad como líder militar y someterlos a control antes de que se convirtieran en un peligro para la disciplina del grupo. Pero Kemal no creía en lo que él llamaba «jerarquía burguesa». Esos hombres solo tenían problemas de adaptación y todo iría mejorando poco a poco. Ella hubiera deseado compartir su optimismo.

Todo había ido bien en Estambul. Todavía no alcanzaba a comprender por qué el golpe militar había sorprendido a la organización armada, siempre había creído que formaban una organización sólida como una fortaleza y que estaban muy bien preparados para cualquier cosa. La realidad demostraba que se había equivocado. A finales de diciembre la convocaron a una reunión ampliada del comité central. Ella nunca se había inmutado por las reuniones, dirigía su grupo como una unidad práctica y móvil. Su misión consistía en hacer propaganda armada, estaban equipados para ello, tanto con ideología como con armas y unos pocos pero eficientes hombres que nunca cuestionaron su liderazgo. Cosechar frutos, simpatía y reclutar era misión de otros. Estaba orgullosa de su grupo que había realizado varias acciones sin sufrir pérdidas, humillando al enemigo y ocupando más sitio que nadie en la prensa. Su superior, el eslabón entre su unidad y el comité central en la ciudad, se cubría de elogios y hablaba de miles de activistas en todo el país preparados para luchar contra el golpe. A ella no le cabía duda alguna. Basándose en esta creencia se le ocurrió un plan bien articulado. Se trataba de oponer resistencia al Gobierno militar, y eso debía hacerse pronto. Su propuesta era ejecutar un ataque sorpresa a una guarnición militar de la ciudad, preferiblemente a una división acorazada. Apoderarse de los tanques y demás vehículos blindados y después ocupar las fábricas y los edificios estatales dedicados a la comunicación. Si conseguían separar la parte europea de la ciudad del resto del país, eso les daría buenas posibilidades de organizarse, agruparse y prepararse para una larga guerra civil contra el enemigo. Si Estambul resistía —la ciudad era el corazón del país—, el resto de las ciudades con el tiempo caerían como fichas de dominó. Había hecho cuentas. Con unos cien hombres bien armados se podría ejecutar una operación de este calibre. Ella contribuiría aportando seis de los suyos. Por supuesto que necesitarían chóferes competentes y mecánicos con experiencia en el ejército. Se podía contar con cierta parte de tránsfugas entre los soldados rasos, esto formaría parte de los objetivos. El resto dependería del aparato político de la organización. Para conseguir el apoyo de la clase obrera tendrían que trabajar muy duro. Pero sin su apoyo no se podía garantizar la victoria inmediata.

La asamblea, formada por ocho hombres, había estado escuchándola en silencio absoluto. Al único que conocía era a su superior. Y este tenía aspecto de sentirse embarazosamente conmovido, mientras otros exhibían una triste sonrisa en la comisura de los labios. El moderador, un cuarentón calvo con un abundante bigote que agudizaba la gravedad de su rostro, tomó la palabra:

—No dudo de tu buena intención, camarada, pero ¿vives en la Luna o es que te has salido de tus casillas? ¿Puedes explicarnos cómo vamos a reunir cien hombres y además bien armados? Hemos perdido cuarenta hombres en las últimas semanas. Fueron arrestados sin que sepamos cómo. Lo único que sabemos es que ahora están en manos del enemigo, les están torturando y debemos prepararnos aún para más detenciones. Tu grupo es uno de los pocos que todavía se mantiene activo. Por eso tu misión es procurar preservar intactos a tus miembros. Lo que menos nos hace falta ahora es un fracaso en una especie de ataque Moneada, Fidel ya lo intentó. Lo que necesitamos son medidas de precaución que puedan limitar los daños y ayudarnos a sobrevivir en este periodo. No quiero oír más disparates cuando ni siquiera podemos garantizar la seguridad de esta reunión.

Se había sentido como una idiota, ridiculizada por un hombre al que no conocía. La habitación llena de humo la mareaba. Si le hubieran pedido que hiciera la comida, se habría marchado sin ni siquiera decir adiós. Pero no lo hicieron. Se encontró a su superior en la cocina abriendo latas y mezclando su contenido en una repugnante masa dentro de una cazuela grande.

—Lo siento —dijo todavía incómodo—. Solo intentaba darte ánimos.

Ahora detestaba a ese hombre en el que antes había confiado, pero debía hacerle una pregunta y él era el único que le debía algo.

—¿Dónde está Kemal? —le preguntó.

Le sonrió, para sorpresa suya, mientras removía la masa de la cazuela.

—Kemal ya ha discutido su plan. Tú estás aquí, en realidad, para reemplazarlo a él.

Entonces le explicó que Kemal se había ido a la región del mar Negro para organizar allí una guerrilla, con o sin la aprobación de la organización. Zuhal pensó en él con ternura, pensó en todos los lazos invisibles que les unían. Quería trasladarse al mar Negro. Pero la asamblea rechazó su deseo y decidió que sería enviada a Europa para convertirse en la portavoz de la organización en el extranjero.

El tiempo pasaba. O bien olvidaron la decisión debido a todo el caos reinante, o simplemente no consiguieron prepararle un viaje seguro. Si eso hubiera ocurrido antes, habría quedado consternada y habría culpado a sus superiores de ineptitud. Pero ya no le sorprendía nada. Si quisiera, ella misma podría organizar la huida del país. Pero nunca había sido esa su intención, no quería irse al extranjero. En vez de eso, ejecutó con su grupo, en ese periodo, dos logradas acciones. Y se ganó el enojo de la organización. Había actuado sin su aprobación; además, atraer la atención de la prensa había dejado de ser provechoso en esos tiempos de censura. Y la amenazaron con la expulsión. A ella no le gustó y se puso a planificar el ataque a la guarnición militar que había pensado, aunque a menor escala. Sin ella saberlo, Kemal salió en su ayuda. Necesitaban refuerzos. El comité central de la ciudad estaba más que dispuesto a enviar a Zuhal y a un par de miembros más para que llevaran armamento de refuerzo a una guerrilla en la que no tenían la menor fe.

Robaron un camión y empezaron el viaje hacia el mar Negro. Zuhal iba escondida detrás de cajas en la plataforma de carga con el fusil dispuesto a su alcance. Leía un libro a la luz amarillo grasienta de una linterna. Pero con el ajetreo de los primeros días, los soldados de los puestos de control ni tenían el coraje de pararles; y las veces que los pararon, Zuhal salía de la situación desviando el tema, les ofrecía cigarrillos y les explicaba que simplemente transportaban cajas vacías para llenarlas de avellanas y hojas de té de la región del mar Negro. Después de pasar varios controles, más las consiguientes pausas para mear y muchos kilómetros por carreteras locales tras haber abandonado la nacional, el vehículo se paró en un alto sobre el mar en el que el camino de gravilla desaparecía de repente y empezaba un espeso bosque. Aunque era a mediados de enero, hacía frío y había humedad, Zuhal y los dos hombres abandonaron el calor del vehículo, bajaron y estiraron las piernas aspirando el aire sano de las montañas. Más tarde apareció Kemal con un campesino y una mula. El campesino les dio la espalda incómodo cuando ellos se abrazaron y besaron. Cargaron el equipamiento en la mula mientras el campesino se llevaba el camión al poblado más cercano. Zuhal empezó la marcha cuesta abajo, hacia un profundo valle. Tenía la sensación de haber llegado a casa, esa era la zona donde ella y Kemal habían vivido como dos estudiantes enamorados. Sentía que habían pasado cien años.

La marcha de los primeros días, que a Zuhal le dejó las piernas tensas y cansadas, finalizó en un caserío, según Kemal situado en las inmediaciones de un poblado. El resto del grupo les estaba esperando en el caserío.

En total eran quince, entre mujeres y hombres, ahora sentados en círculo. Zuhal había olvidado la humedad y el dolor en las vías urinarias y escuchaba con fervor a Kemal, que orientaba al grupo sobre los acontecimientos de los últimos días y el plan de acción. Había dos grupos más operando por la misma zona, dirigidos y compuestos por gente del lugar. Se pondrían en contacto si se presentaba la necesidad de ejecutar acciones comunes y dependiendo de las circunstancias. Podían llegar a movilizar alrededor de sesenta personas, como máximo, más o menos armadas. Kemal, inclinado sobre el mapa, orientaba al grupo con autoridad. Era un líder que no ejercía con mano de hierro, el grupo de voluntarios participaba en todas las decisiones. Les pidió que se hicieran cargo de la gravedad de la situación. No estaban allí para jugar a la guerrilla, la época romántica había terminado. Él no podía prometerles más que sangrientas fatigas, su única recompensa sería un certero golpe que debilitaría al Gobierno militar. Por ello, la seguridad del grupo era la prioridad número uno. Existía un delito: la traición. Y una pena: la muerte. Los que tuvieran objeciones podían abandonar en ese momento. Todo el mundo se merecía una última oportunidad para ser honrado consigo mismo. Bien. Era un alivio ver que todos se quedaban.

Zuhal le escuchaba con la misma admiración que había profesado por él antaño en el mundo estudiantil. Muchos le tenían por arrogante y vanidoso, una especie de prima donna, pero Zuhal siempre supo que Kemal era leal y honrado. Y ahora se alegraba de no haberse equivocado. Estaba contenta de que los dos tuvieran la oportunidad de trabajar juntos. Kemal no le demostraba especial interés y la trataba como a una más del grupo. Ella no se ofendió, sabía que la vieja amistad ya no contaba, debían partir todos de la misma base para construir una comunidad nueva. Después de la reunión, ella volvió junto a las mujeres. Y por primera vez sacó el diario de su mochila, lo hojeó todo desde la primera página, blanco, límpido, y durante un buen rato se preguntó cuáles deberían ser las palabras introductorias.

 

(El mismo día, Estambul)

Sentado a la mesa miraba los libros que Nehir había olvidado llevarse. Dos tomos de Mehmet el Flaco, la historia del solitario y displicente asesino que se convirtió en una leyenda popular por su capacidad de supervivencia y de escapar de las más increíbles situaciones. Yo no leía los periódicos, no escuchaba la radio, no veía la televisión. La profesora estaba continuamente preocupada por mi nutrición intelectual, me informaba con regularidad y con el mismo entusiasmo que hubiera puesto en impartir conferencias. Había habido tiroteos en la región del mar Negro. El ejército había trasladado a la zona grandes dotaciones militares, helicópteros y aviones de reconocimiento. Mehmet el Flaco, que nunca se enfrentó a más de un soldado, no hubiera sobrevivido a esta situación. ¿Esos hombres y mujeres que ahora desafiaban el invierno, allá arriba en las montañas, y a un enemigo superior, tenían más posibilidades de supervivencia que él? ¿Cuál era su fuerza motriz? ¿Desesperación o valentía? Aquí detuve mis pensamientos. El tercer libro se titula La fábrica. Y también lo había leído. Un libro turbulento sobre el amor, la traición y los ideales.

Yo había sido infiel. Yo le había sido infiel a Zuhal sin el menor escrúpulo de conciencia. Pensé mucho en ello, durante varios días, sentado a la mesa con un paquete de cigarrillos ante mí. En realidad, no era del todo cierto que no hubiera tenido escrúpulos. Había varias cosas que me atormentaban. Ponderé escribir a Semra y explicárselo. Pero ¿cómo explicarle lo de Nehir? Podía escribirle diciéndole simplemente que debía hacer un esfuerzo para entenderme y llorar después por lo patético que me sentía.

A Zuhal no le debía nada. No recordaba siquiera su rostro, ni su cuerpo ni cómo era hacer el amor con ella. Pero lo recordaba todo de Nehir. Cuando estaba tumbada de espaldas en la cama, cuando ella preguntó: «¿Hace daño?». Y yo en lugar de responderle me deslicé con cuidado dentro de ella. Cómo jadeaba y echaba la cabeza hacia atrás, su cuerpo tensado en un arco, sus pequeños pechos como picos de colinas; el vientre, una ladera abrupta, y ese sentimiento de conquista. Había sido infiel con Nehir; con esa joven y tersa carne, con esos pequeños y tersos pechos, con el más bello y cálido orificio del mundo y no podía pensar en nada más.

 

(El mismo día, en la región del mar Negro)

La lluvia había cesado. Zuhal sintió al fin el calor reptando por su cuerpo. Se puso a ayudar a las dos mujeres que preparaban la comida. A las mujeres pronto se les adjudicó esa tarea. Y ellas lo aceptaron como lo más natural del mundo, parte del rol femenino. Los demás estuvieron contentos con el reparto. Zuhal decidió que lo discutiría con Kemal para reorganizar esa tarea de manera que quedara incluida en los turnos y les tocara a todos, al igual que las guardias. Tenían rigurosamente prohibido hacer fuego por miedo a ser descubiertos, así que había que reprimir el deseo de una taza de buen té. Charlaba con las mujeres y cortaba rodajas de pan, este no sabía a nada pero se conservaba durante tiempo. La comida era simple y constaba de dos rodajas de pan, un poco de queso de cabra y una manzana seca. Pronto deberían procurarse nuevas provisiones. Las dos chicas, movidas por la curiosidad, le preguntaron si estaba casada o tenía novio. Era la primera vez que Zuhal hablaba con ellas de otra cosa que no fuera el trabajo diario. Y estaba insegura de cómo debía responderles, así que un no era lo más seguro. Ellas opinaban que era una pena porque era tan guapa, dijeron. Sonrió, divertida por la involuntaria mentira del comentario. Un mes en el bosque había ajado su aspecto. Tenía el pelo rígido y enmarañado por falta de lavado; la cara, llena de pequeños arañazos de ramas y matorrales; la piel de las manos, resquebrajada, y sus pies, aquejados continuamente de ampollas, resultado de marchas interminables. Un par de años aquí y me convierto en una bruja, pensó, y al instante se alarmó con la idea. Aquí no había espacio para la vanidad. Lo raro era que cuando estaba en la ciudad y se soltaba el cabello como cualquier mujer pequeño burguesa, con el objetivo de pasar desapercibida, claro, continuaba siendo solo una camarada más para los hombres de su círculo, admirada y respetada, pero asexuada. Aquí no añoraba las atenciones. Hacía una semana, mientras lavaba su torso desnudo en el riachuelo que atravesaba el bosque, apareció de repente uno del grupo de Ankara, el más gamberro, uno llamado Lucky Luke. No le hubiera parecido más asquerosa la visión de una serpiente deslizándose entre los matorrales. Se quedó allí parado con una cara que expresaba no saber cuál sería su siguiente movimiento. Zuhal cogió el rifle, lo cargó, apoyó la culata en el hombro y lo apuntó, después se dio media vuelta y se fue sin inmutarse por la clase de reacción que le reservaba. Se preguntó si debería prevenir a las otras chicas, pero pensó que eran dos chicas seguras y fuertes que sabían cuidar de sí mismas.

Se respiraba una nerviosa espera en el grupo. Sabían que ese día se toparían con el enemigo. En cambio, Zuhal estaba más aliviada que nerviosa; harta de ser presa de caza, deseaba de una vez por todas actuar como cazador. El plan era sencillo. Tomarían posiciones para tenderle al enemigo una emboscada. No muy lejos del campamento, esperarían a la tropa avanzada que les estaba rastreando. Nadie dispararía antes que Kemal. Su disparo sería la señal para abrir fuego intenso, después se retirarían y marcharían sin pausas hasta que llegara la noche.

El grupo llegó al lugar previsto después de dos horas de firme marcha. El camino de tierra paralelo a la línea final del bosque era la única arteria de comunicación del lugar. Mientras al oeste del camino el bosque ascendía empinado, espeso e impenetrable, hacia el este, a unos doscientos metros, había un despeñadero. Kemal desplegó a sus fuerzas en arco por el lindero del bosque. Zuhal se situó en el extremo del arco más cercano al camino. Kemal estaba a una altura de cien metros detrás de ella, equipado con los binoculares. Los demás estaban escondidos detrás de árboles y rocas. La idea era caer sobre el primer vehículo, que acostumbraba a ir un poco por delante de la columna principal, cuando se pusiera a tiro de sus posiciones. Esto suponía que cuando Zuhal oyera la señal tendría que disparar al vehículo desde atrás. El que estaba más cerca de Zuhal era uno de los campesinos al que Kemal le había prestado su kalashnikov. A cambio, él usaría la escopeta del otro con el objetivo de poder disparar al chófer un tiro mortal.

Zuhal estaba detrás de una roca que la cubría entera. De vez en cuando miraba hacia arriba y comprobaba el camino que serpenteaba por la colina. Desde allí divisaba varios kilómetros de carretera. Las instrucciones que tenía eran de retirase de inmediato si la columna marchaba en densa formación. Hubiera deseado tener un walkie-talkie. Empezaba a llover, lluvia fina y afilada como punzadas de aguja. Se puso la capucha, se acurrucó y se calentó las manos con el vaho de la respiración. Lo único que caldeaba su alma era el olor del bosque de abetos. Podía imaginarse que estaba en la ciudad, en un café con vistas al Bósforo y una taza de té al alcance de la mano…

Después de esperar varias horas bajo la lluvia, cambió el tiempo. Primero sopló un viento fresco, después se volvió helado, silbaba en los oídos y la ducha de lluvia le azotaba la cara cada vez que soplaba una ráfaga de aire. La luz se escondía detrás de una densa capa de nubes. Todo quedó ensombrecido, las nubes, el bosque, el camino hacia el valle. De repente, un destello lo volvió todo blanco. Un relámpago de múltiples brazos danzó en los picos de la montaña. La lluvia paró como ahuyentada por la cólera del cielo. Pero el viento no cedía. Se quedó acurrucada un rato largo, la lista de deseos se reducía ahora a una hoguera con cálidas llamas.

El cuerpo le dio una sacudida como si el corazón se le parara durante una milésima de segundo antes de reiniciar los latidos. Llena de pánico, comprendió que había echado una cabezada. Ahora estaba rodeada de más luz. Una espesa franja de bruma lechosa colgaba sobre los picos de la montaña, ondeaba como una enorme sábana blanca. Como si intentara zafarse, pensó Zuhal. Se despegó en silencio de los picos y rodó pesadamente ladera abajo como una avalancha. Ella se protegió instintivamente la cabeza con las manos, como segundos antes de una colisión y pronto se vio envuelta en un blanco mundo irreal. Era difícil respirar, las partículas invisibles de hielo le golpeaban los orificios nasales. Sacó el pañuelo y se cubrió con él boca y nariz.

Zuhal creyó oír ruido de arañazos, la voz dolorosa de la propia niebla que con sus últimas fuerzas se agarraba al precipicio. La visibilidad era nula y la despabiló. Debía abandonar su puesto y retirarse bosque arriba por decisión propia o hacer algo para recibir instrucciones nuevas. No servía de nada gritar, su voz se la hubiera llevado el viento. Rebuscando en su mochila encontró un rollo de cuerda fina, lo ató a la roca y con precaución, paso a paso, avanzó en dirección al compañero más cercano. Era como si la niebla actuara en contra de su desplazamiento, como si quisiera acapararla para sí misma. Cuando escuchó a Hamit gritar: «Detente o disparo», estaba a menos de un metro del cañón de su fusil. La blanquecina niebla humeaba del fusil, de la ropa, del pelo y de su bigote. Él asintió para dar a entender que había captado el mensaje de ir hasta Kemal en busca de nuevas instrucciones. «Un cordel, buena idea», dijo, sonriendo astutamente, y desapareció en la niebla. Zuhal encontró el camino de vuelta al pedrusco y a su mochila, enrolló el cordel y se sentó. Dirigió la mirada a la niebla, tenía la sensación de que si mantenía la mirada inmóvil y sin parpadear el tiempo suficiente, la niebla descubriría sus secretos.

No sabía cuánto tiempo había permanecido sentada así cuando una ráfaga de viento, con mucha más fuerza que la anterior, sacudió la niebla como golpeándola con un mazo enorme. Y creyó oír de nuevo sus garras rasgar la ladera cuando la masa perdió agarre y con un grito desesperado rodó por el precipicio.

A unos diez, quince metros de ella apareció un jeep, como un barco fantasma en medio del mar, con una ametralladora montada en la plataforma de carga a modo de mástil. Zuhal dio un paso al frente saliendo de detrás de la piedra, consciente del efecto que produciría en el chófer y los dos soldados a cargo de la ametralladora. A cara tapada, con capucha y una venda cubriéndole la boca, como la misma muerte emergiendo de los infiernos, abrió fuego con una larga ráfaga de disparos y sintió el cosquilleo de los retrocesos de culata en el bajo vientre. El mecanismo despedía casquillos vacíos. Rectificó el punto de mira apuntando al rastro que, arrancando franjas naranjas, dejaban los proyectiles en el aire y vio que las balas habían pinchado la rueda derecha delantera y reventado la reja de protección del radiador y la luna del parabrisas, que rebotó contra el grueso cuerpo de la ametralladora. Podía haberlos matado a los tres, lo sabía, pero las balas no les dieron. Corrió hacia el coche. El siguiente movimiento decidiría quién iba a morir y quién conservaría la vida.

Los tres soldados estaban ya a cierta distancia. A un par de kilómetros ante ellos había una columna de camiones. Zuhal vació el resto del cargador y los vio tirarse al suelo. No necesariamente tenían por qué ser cobardes, solo eran jóvenes que todavía no estaban curtidos para la guerra. Quizá la próxima vez lograran ya controlar la angustia y el pánico y podrían mantenerse firmes sin soltar sus fusiles. Zuhal cambió el cargador, agarró el arma y saltó al vehículo. En el suelo había una caja con cartucheras de ametralladora y una caja con granadas de mano. Tenía poco tiempo y debía llevarse lo máximo posible. La ametralladora no se movía, no sabía cómo desmontarla, la zarandeó y, con irritación creciente, la emprendió a patadas con ella.

—Déjame a mí. Formé parte de los efectivos de ametralladoras del ejército —dijo Hamit.

Ese hombre tenía una capacidad única para sonreír ante cualquier situación. Era su rasgo característico, una cálida sonrisa que inspiraba confianza. Hamit desmontó la ametralladora con manos habituadas al trabajo y, junto con dos hombres más, se la llevaron, y también las municiones mientras Zuhal los cubría. El fuego de mortero empezó cuando llegaron a los primeros árboles. Desde la altura a la que estaban podían ver cómo las granadas, a cada nuevo intento, caían más cerca del vehículo y hacían estallar masas de tierra que rebotaban en el aire excavando pequeños cráteres. Cuando llegó la granada certera, el coche se alzó, quedó suspendido de las ruedas traseras un instante sobre el precipicio y después se lanzó ladera abajo en medio de la niebla.