Cielo negro, mar negro
Mayo de 1980
—Tú eres el hombre de la casa —dijo mi madre.
—Tonterías, madre. Tú eres el hombre de la casa. Siempre lo has sido.
—Bien, veo que estás decidido. La testarudez nunca ha sido un bien escaso en esta familia.
Se sentía herida. En su mundo, los hijos abandonan el nido cuando están preparados para emprender el vuelo por sí mismos, es decir, por lo general cuando se casan. No como yo, que seguía necesitando de la mano materna que lo acolchara, hiciera la comida y lavara la ropa.
—Semra me ayudará a establecerme. Me las arreglaré bien, ya verás. No te preocupes.
—¿A esto la reduces ahora? ¿A sirvienta?
—Sabes que no, madre. Solo me enseñará lo más elemental que debe saber un hombre soltero para manejarse. Además, la profesora nos ayudará a recuperar las horas de clase perdidas.
—Ah, sí, la profesora.
Era quizá aquí donde le apretaba el zapato. A Semra la había aceptado, pero la profesora era una oponente nueva y superior. Ella, sentada en su torre de marfil, rodeada de sus polvorientos libros, engañaba a sus jóvenes estudiantes para que abandonaran sus cálidos hogares. Era tan cercano a la realidad que solo pude reírme y felicitarla por su afinada puntería. Mi madre no dejaba nunca de sorprenderme con el diamante en bruto que tenía por cerebro. Era una pena que ya la hubiera catalogado de enemiga tomando posiciones en la trinchera. No dudaba de que en otras circunstancias las dos mujeres habrían congeniado. Pero la desconfianza de mi madre ahora me iba bien. No quería tenerla allí cuando me lanzara de cabeza sin saber qué encontraría bajo la superficie.
La profesora estaba sentada en su torre de marfil como una reina solitaria sin súbditos. Si ella la hubiera conocido, habría odiado esta descripción, auténtica republicana como era. Pero yo siempre vi en ella algo de los sultanes del pasado: aislada, hábil para la supervivencia y poderosa, suficientemente poderosa como para hacer rodar cabezas de hombres indeseados, en este mundo de hombres. No había venido a visitarme al hospital, esperaba que yo acudiera a ella por mi propio pie, porque les tocaba a los jóvenes visitar a los mayores en nuestra sociedad, y no al revés, bromeaba. Pero ahora que estaba con ella, no ocultó que no pudo con la idea de verme yacer desvalido en una cama de hospital. Nunca creyó tampoco que fuera a sucumbir víctima de una cobarde bala fascista. Palabras inusuales en ella que quizá mostraran lo preocupada que se había sentido.
En este momento estaba preparada para escuchar. Los ojos de una mujer anciana quizá no lo soportaran todo, pero los oídos no eran tan sensibles. No tenía sentido descartar a Zuhal de la historia. ¿Qué me quedaba por contar si no me atrevía a reconocer lo que me hacía vivir? Pude ver que ese sorprendente giro en mi historia, que de entrada estaba destinado a bombardear todos sus sentidos, hizo mella en ella desde el primer momento.
—Oh, esto es algo digno de mi amado. Él habría adorado esta historia — suspiró.
Aparte de este comentario, me escuchó sin más interrupciones. Sentados entre estanterías de libros polvorientos, muebles polvorientos y un pasado polvoriento. Una tarde en la que los rayos de sol atravesaban las cortinas de tul que formaban una pared de regueros de luz entre nosotros, hasta que la oscuridad ocultó los detalles y nos dejó a solas con nuestras siluetas. Solo cuando hube terminado, se levantó y encendió la luz.
—Lo que necesitas en principio es una base —dijo la profesora—. Una base desde la que actuar. Entiende que, cuando se quiere explorar lo desconocido, no se puede arrastrar toda la casa. La cuestión es si estás preparado para abandonar la casa de tu madre.
Había pensado en ello desde el momento en que decidí que quería encontrar a Zuhal. Mi madre se preocupaba y, mientras viviera yo en casa, me vigilaría, protegería y nos haría la vida imposible a todos. Necesitaba tener las manos libres. Un espacio en el que entrar y salir a mi antojo. Aun así, no dejaría de preocuparse, pero cuando se hubiera hecho a la idea, seguiría adelante con su vida, y de esta manera le evitaría preocupaciones innecesarias que de otra manera se presentarían en la convivencia diaria.
Pero no tenía medios para sufragar esas banalidades del alquiler y el mantenimiento.
—Tengo una solución, si es eso en lo que estás pensando —dijo la profesora.
Ella era dueña de todo el edificio donde vivía, de tres plantas y seis viviendas. En la primera y la segunda planta había inquilinos que con el transcurso de los años habían pasado a formar parte del inventario, una parte de su gran familia. Su madre, en su época, había unido dos pisos en uno y la profesora vivía ahora en el piso con vistas a su querido Bósforo. En la primera planta, a la izquierda, justo al lado de la escalera, había un apartamento más pequeño que los demás, con una cocina de juguete, un salón diminuto y un dormitorio. Estaba vacío esperando que volviera su último inquilino. El griego Yorgo había sido un competente cámara de cine, experto en sonido, asistente de director y de montaje y hombre para todo en Yesilçam antes de que fuera expulsado del país a principios de los años sesenta. Él nunca había pensado en convertirse en ciudadano de la república turca. Parecía una elección natural debido a que podría remontarse orgulloso hasta sus antepasados de Bizancio, y así resultaría ser un justo y auténtico ciudadano de Constantinopla-Estambul, y no de toda la república. Su padre Theo había sido un patriota, igual de ofendido que todos los demás con los franceses e ingleses que ocuparon Estambul después de la Primera Guerra Mundial. Convirtió su estudio fotográfico en una imprenta ilegal y distribuía panfletos contra los ocupantes. Este argumento no le ayudó a Yorgo en nada y cuando la crisis de Kipros se agudizó, fue escogido como víctima al azar junto a otros tantos miles. La profesora y Yorgo, juntos, derramaron lágrimas antes de su partida, y la impotencia ante la tremenda injusticia permaneció en su conciencia como uno de sus pocos rasguños. Intercambiaba correspondencia con él, que era ya un hombre entrado en años, y entre líneas ella adivinaba lo infeliz que se sentía él en Atenas y lo mucho que añoraba su país. Después de algunos años, empezaron a devolverle las cartas a la vez que Yorgo dejó de escribirle. Al principio quiso creer que debía de haber otras razones, pero poco a poco tuvo que aceptar que Yorgo ya no estaba entre los vivos. Para otros, esta historia hubiera acabado aquí, pero para la profesora los actos simbólicos eran importantes. Por ello conservó el piso de Yorgo intacto desde el día que partió, amueblado con sus pertenencias, pero con ausencia de su alma y de su ser físico. La profesora era una persona que podía perdonar muchas cosas, pero no a los descendientes de nómadas que una legendaria vez cabalgando en sus fuertes caballos desde las estepas de Asia Central llegaron en un viaje casual hasta este país. No les podía perdonar haber aniquilado lo que quedaba de un mundo multicolor.
Ella por supuesto que no creía en el destino, pero tampoco quería negar el pequeño o gran papel que las casualidades ejercen en la vida. En este sentido, la espera de Yorgo no había sido en vano. Él y yo teníamos mucho en común: la añoranza de lo que se había perdido y la esperanza de recuperarlo. Y por eso podía yo tomar el relevo de su piso por tiempo ilimitado y bajo las mismas condiciones: sin pagar nada. Todo el mobiliario que había allí había pasado a ser antiguo, pero todavía estaba en buen uso. La profesora se cuidaba de que una mujer de la limpieza lo aseara una vez al mes. No tenía nada en contra de la ocasional presencia de Semra, al contrario, una mujer joven traía consigo luz y alegría por regla general. Tampoco había hecho preguntas sobre el papel de Semra en mi historia. En parte porque yo había eludido mucho de lo concerniente a ello, en parte porque ella misma era una gran partidaria de la amistad entre hombre y mujer. Lo único que esperaba de nosotros era que llenáramos el vacío y diéramos sentido y honráramos, en cierto modo, la memoria de Yorgo. Me sentía más que feliz. Esto representaba mucho más de lo que había podido soñar.
Pero todavía no había terminado; experimentaba, según sus propias palabras, uno de sus momentos de explosión de ideas que propiciaban solo eventos únicos. Lo que quedaba ahora era encontrarme una fuente de ingresos que no limitara mi movilidad con horarios de trabajo y a la vez me permitiera vivir en el lado correcto de la frontera del hambre. ¿Qué me parecería ayudarla en una traducción de Shakespeare o si no, realizar encargos para una editorial basura que publicaba traducciones de revistas basura estadounidenses? Algo que podría hacer durmiendo. Prefería esto último, por respeto a Shakespeare. Era la respuesta correcta. El autor lo exigía todo de un traductor, incluso el alma; además, el pago era lamentable. Pero el trabajo basura, que no exigía casi nada, estaba bien pagado y siempre se podía hacer decentemente.
El día que me mudé, transportamos mis cosas con mi hermano al volante de un coche alquilado, orgulloso de poder sacarle provecho a su reciente carné de conducir. Mi madre no vino con nosotros. No se trataba de ningún tipo de protesta, dijo, y estaba bien porque ya había colaborado generosamente consiguiéndome lo imprescindible en utensilios de cocina, ropa de cama y vestimenta. Lanzó agua al coche según la tradición para desear al que se va una pronta vuelta a casa. Volví el rostro desde el asiento de atrás para retener una última imagen fugaz de ella. Por supuesto quería verla lo más a menudo posible. Tanto aquí como en mi casa. Pero los dos sabíamos que la época en que habíamos sido ramas de un mismo árbol era ya historia. Mi hermano hablaba por los codos, de todo y de nada, aparentemente insensible a la fuerte emoción que flotaba en el aire. No tenía nada en contra de dar un rodeo para recoger a Semra. Por supuesto, cuanto más condujéramos, más divertido sería. Semra también estaba de buen humor y bromeaba con mi hermano, apretujada en ese pequeño espacio del asiento trasero. Se hizo eco de los comentarios de mi hermano sobre mis posibilidades de atraer a pequeños y deliciosos corderos a mi nueva pequeña madriguera y acusó recibo señalando los peligros que comportaba demasiada carne de cordero para los viejos y avariciosos lobos. Sonreí ante sus gracias por obligación. Por dentro me sentía triste y nervioso.
Sin embargo, mi humor subió de tono en el mismo momento de hacer girar la llave en la cerradura y dar el primer paso dentro del apartamento de Yorgo. Todo, el sofá con los cojines bordados, la mesa con el mantel de ganchillo, las sillas de terciopelo tapizadas, esa vieja radio encima de la cómoda con flores grabadas, todo era como sacado de una película de los años sesenta. La ventana del salón daba a la calle principal y al Bósforo, el dormitorio estaba amueblado con sencillez: una cama para un hombre austero, un kilim Diyabakir medio roído por las polillas y un armario. Había una ventana que daba a un pequeño jardín trasero, con árboles frutales, un columpio, hierba que crecía salvaje, una vieja y pequeña mesa de jardín y dos sillas. El jardín estaba cercado por una valla desdentada que lo afeaba. No sabía cómo me repartiría entre el Bósforo y este jardín con el que había soñado desde mi niñez. La cocina estaba situada al lado del dormitorio y disponía de una puerta que daba al jardín. Era del tamaño de una cocina de juguete. Dudé de que pasara mucho tiempo en ella. Me sorprendió hallar un baño con el espacio suficiente para asearse. Podía hervir agua y… La imagen de Zuhal con el pelo y el cuerpo envueltos en toallas pasó como una película por delante de mis ojos.
Ardía en deseos de que Semra y mi hermano se fueran para quedarme a solas en el piso. Pero ellos no tenían ni la más mínima intención de irse. Semra traía consigo comida hecha en casa y mi hermano nos sorprendió sacando una botella de raki. Me contagiaron su entusiasmo. Ante todo, nos hacía falta un poco de comida y fiesta, y enseguida nos pusimos a arreglar el jardín para una pequeña celebración. Yo corrí a invitar a la profesora, pero no estaba en casa. Quizá había preferido mantenerse a distancia para no dar la impresión de inspeccionar el traslado con mirada de halcón. Comimos, bebimos y encendimos la lámpara de parafina cuando la oscuridad se extendió sobre nosotros como una manta. Me pidieron que sacara la guitarra que mi madre me había comprado —un deseo de infancia— una vez que guardé cama. Mi forma de tocar no era nada virtuosa, pero mi cabeza estaba repleta de melodías. Ya le había puesto música a tres poemas de Semra y los toqué. Después cantamos canciones de Estambul. En una de ellas, una muchacha iba a Üsküdur, hacía mucho tiempo, a principios del siglo X, para encontrarse con su amado Katip. Era muy osado para una muchacha. La sorprendió un chubasco, pero como era de prever llevaba consigo un elegante paraguas y un vestido y abrigo largos, y su hermoso rostro, probablemente, estaba cubierto con un velo de tul. Cuando al fin descubrió a su Katip, él todavía llevaba el sueño en los ojos, camisa almidonada y abrigo largo, un poco sucio en los bajos. Allí y entonces no le preocupaba la lluvia ni las habladurías o cualquier otra cosa de este mundo que no fuera su Katip.
Le prohibí a mi hermano que se sirviera el tercer vaso de raki. Aquella seductora bebida de anís no era peligrosa si estaba dentro de la botella. Él me reprochó que impusiera nuevas reglas en el viejo pueblo. En este país el examen del permiso de conducir consistía en llegar a casa sano y salvo conduciendo en estado de embriaguez. Mi hermano se había convertido en un joven guapo, robusto y fuerte, además de en un recio trabajador. Había crecido en una sociedad con injusticias y anomalías, no le importaba en absoluto su seguridad vial ni la de los demás, pero estaba educado en la obediencia a su hermano mayor, aunque a veces no pudiera contener sus ataques de rebeldía. «Conduce con precaución», le dije al dejarlos en el coche. Por toda respuesta apretó el gas a fondo, los neumáticos rechinaron dejando un olor a goma chamuscada. Y antes de que el auto saliera disparado escuché la risa de Semra sentada a su lado. Sonreí cabeceando, pero no me preocupé. Sabía que enseguida disminuiría la velocidad y, como siempre, no pasaría nada malo. Cuando volví al jardín, este se hallaba silencioso y tranquilo, tal y como había soñado. Croaba una que otra rana y algún grillo cantaba, la luna y las estrellas decoraban el cielo y las luciérnagas danzaban en la oscuridad. Me quedé sentado rodeado de soledad y la disfruté. La paz en aquel jardín era un instante robado; construida, escenificada, no existía.