Ciudades de papel
Capítulo 8
8
A la mañana siguiente mi madre entró en mi habitación.
—Ayer noche ni siquiera cerraste la puerta, dormilón —me dijo.
Abrí los ojos.
—Creo que tengo gastroenteritis —le contesté.
Y me acerqué a la papelera, que contenía vómitos.
—¡Quentin! Vaya por Dios. ¿Cuándo ha sido?
—Hacia las seis —le contesté, y era verdad.
—¿Por qué no nos has avisado?
—Estaba agotado —le dije, y también era verdad.
—¿Te has despertado porque te encontrabas mal? —me preguntó.
—Sí —le contesté, y esa vez no era verdad.
Me había despertado porque la alarma había sonado a las seis, luego entré
sigilosamente en la cocina, me comí una barrita de cereales y me bebí un vaso de
zumo de naranja. A los diez minutos me metí dos dedos en la garganta. No lo había
hecho antes de meterme en la cama porque no quería que la habitación apestara toda
la noche. Echar la papa era una mierda, pero fue un momento.
Mi madre se llevó la papelera y la oí limpiándola en la cocina. Volvió con la
papelera limpia. Frunció los labios preocupada.
—Bueno, creo que tendré que tomarme el día… —empezó a decir, pero la corté.
—Estoy bien, de verdad —le dije—. Solo tengo el estómago revuelto. Algo me
habrá sentado mal.
—¿Estás seguro?
—Te llamaré si me encuentro peor —le dije.
Me dio un beso en la frente. Sentí en la piel el pintalabios pegajoso. Aunque en
realidad no estaba enfermo, por alguna razón hizo que me sintiera mejor.
—¿Quieres que cierre la puerta? —me preguntó alargando la mano hacia ella.
La puerta se mantuvo en las bisagras, pero por poco.
—No no no —le dije, quizá demasiado nervioso.
—Vale —me contestó—. Llamaré al instituto de camino al trabajo. Si necesitas
algo, llámame. Lo que sea. O si quieres que vuelva a casa. Y siempre puedes llamar a
papá. Y vendré a echarte un vistazo esta tarde, ¿vale?
Asentí y tiré de las mantas hasta la barbilla. Aunque la papelera estaba limpia,
seguía llegándome el olor a vómito bajo el detergente, y ese olor me recordaba al acto
de vomitar, que por alguna razón me dio ganas de volver a vomitar, pero respiré
despacio por la boca hasta que oí el Chrysler retrocediendo por el camino. Eran las
7:32. Pensé que por una vez no me retrasaría. No para ir al instituto, lo admito. Pero
aun así.
Me duché, me lavé los dientes y me puse unos vaqueros oscuros y una camiseta
negra. Me metí el trozo de papel de periódico en el bolsillo. Coloqué los clavos en las
bisagras y preparé la mochila. La verdad es que no sabía qué meter, pero incluí el
destornillador para abrir puertas, una copia del plano, indicaciones para llegar, una
botella de agua y el libro de Whitman, por si estaba allí. Quería hacerle algunas
preguntas.
Ben y Radar aparecieron a las ocho en punto. Me senté en el asiento de atrás. Iban
cantando a gritos una canción de los Mountain Goats.
Ben se giró y me tendió el puño. Le di un puñetazo suave, aunque odiaba esa
forma de saludar.
—¡Q! —gritó por encima de la música—. ¿Qué te parece?
Supe exactamente lo que quería decir. Se refería a escuchar a los Mountain Goats
con tus amigos en un coche, la mañana de un miércoles de mayo, en busca de Margo
y del margotástico premio que supusiera encontrarla.
—Nada que ver con cálculo —le contesté.
La música estaba demasiado alta para hablar. En cuanto salimos de Jefferson
Park, bajamos la única ventanilla que funcionaba para que el mundo supiera que
teníamos buen gusto musical.
Avanzamos por la Colonial Drive y dejamos atrás los cines y las librerías por las
que había pasado toda mi vida. Pero esa vez era diferente y mejor, porque era a la
hora de cálculo, porque estaba con Ben y con Radar y porque íbamos de camino
hacia el lugar en el que creía que encontraría a Margo. Y al final, después de treinta
kilómetros, Orlando dio paso a los últimos campos de naranjos y a ranchos no
urbanizados: la interminable llanura toda cubierta de matorrales, el musgo negro
colgando de las ramas de los robles, inmóvil en la cálida mañana sin viento. Era la
Florida en la que había pasado noches acribillado por los mosquitos y cazando
armadillos cuando era boy scout. La carretera iba llena de furgonetas, y cada dos
kilómetros, más o menos, se veía una salida de la autopista: pequeñas calles que
serpenteaban caprichosamente alrededor de casas surgidas de la nada, como un
volcán cubierto de plástico.
Algo más adelante pasamos por una señal de madera roída que decía GROVEPOINT
ACRES. Una carretera con el asfalto agrietado de menos de cien metros iba a parar a
una gran extensión de tierra gris que señalaba que Grovepoint Acres era lo que mi
madre llamaba una pseudovisión, una urbanización abandonada antes de haberla
terminado. Mis padres me habían señalado pseudovisiones un par de veces yendo con
ellos en coche, pero nunca había visto ninguna tan desolada.
Habíamos recorrido poco más de cinco kilómetros desde Grovepoint Acres cuando Radar apagó la música.
—Debe de estar a un kilómetro —dijo.
Respiré hondo. La emoción de no estar en el instituto había empezado a
disminuir. No parecía un sitio en el que Margo se escondería, ni siquiera al que
querría ir. Nada que ver con Nueva York. Era la Florida que ves desde un avión y te
preguntas por qué a alguien se le ocurrió un día poblar esta península. Miré el asfalto
vacío. El calor me distorsionaba la visión. Frente a nosotros vi un pequeño centro
comercial temblando en la distancia.
—¿Es aquello? —pregunté inclinándome hacia delante y señalándolo.
—Debe de serlo —me contestó Radar.
Ben pulsó el botón del equipo de música y nos quedamos los tres callados
mientras se metía en un aparcamiento invadido desde hacía tiempo por la arena gris.
En su momento había habido un cartel que anunciaba la presencia de cuatro tiendas,
porque a un lado de la carretera había un poste raído de más de dos metros, pero el
cartel había desaparecido hacía tiempo. Lo habría arrancado un huracán o se habría
podrido de viejo. A las tiendas no les había ido mucho mejor. Era un edificio de una
sola planta con techo plano, y por algunos sitios se veían los bloques de hormigón al
descubierto. Las capas de pintura se desprendían de las paredes como insectos
pegados a un nido. Las manchas de humedad formaban dibujos abstractos de color
marrón entre los escaparates de las tiendas. Los escaparates estaban sellados con
láminas torcidas de aglomerado. De pronto se me pasó por la cabeza una idea
horrible, una de esas ideas de las que no puedes librarte en cuanto han cruzado el
umbral de la conciencia: me parecía que no era un lugar al que va uno a vivir. Era un
lugar al que se va a morir.
En cuanto el coche se detuvo, el olor a rancio de la muerte me invadió la nariz y
la boca. Tuve que tragarme la bocanada de vómito que me subió dolorosamente por
la garganta. Solo entonces, tras haber perdido tanto tiempo, entendí lo mal que había
interpretado tanto el juego de Margo como el premio por ganarlo.
Salgo del coche. Ben se coloca a mi lado y Radar al lado de Ben. Y de repente sé que
esto no tiene gracia, que no se trata de demostrarle que merezco salir con ella. Puedo
oír las palabras de Margo la noche en que recorrimos Orlando. La oigo diciéndome:
«No quiero que unos críos me encuentren cubierta de moscas un sábado por la
mañana en Jefferson Park». No querer que unos críos te encuentren en Jefferson Park
no es lo mismo que no querer morir.
No parece que haya pasado nadie por aquí desde hace tiempo, excepto por el olor,
ese tufo rancio y dulzón que diferencia a los muertos de los vivos. Me digo a mí
mismo que Margo no puede oler así, pero claro que puede. Todos podemos. Me llevo
el brazo a la nariz para oler el sudor, la piel y cualquier cosa menos la muerte.
—¿MARGO? —grita Radar.
Un pájaro posado en el oxidado canalón del edificio suelta dos sílabas a modo de
respuesta.
—¡MARGO! —vuelve a gritar Radar.
Nada. Pega una patada en la arena y suspira.
—Mierda.
Aquí, frente a este edificio, aprendo algo sobre el miedo. Aprendo que no son las
banales fantasías de alguien que quizá quiere que le pase algo importante, aunque lo
importante sea terrible. No es el asco de ver a un extraño muerto, ni la falta de aliento
cuando oyes cargarse una escopeta delante de la casa de Becca Arrington. Este miedo
no se soluciona con ejercicios de respiración. Este no es comparable con ningún
miedo que haya sentido antes. Es la más baja de todas las emociones posibles, sientes
que estaba con nosotros antes de que existieras, antes de que existiera este edificio,
antes de que existiera la Tierra. Es el miedo que hizo que los peces salieran del agua y
desarrollaran pulmones, el miedo que nos enseña a correr, el miedo que hace que
enterremos a nuestros muertos.
El olor hace que un desesperado pánico se apodere de mí. No como cuando mis
pulmones se quedan sin aire, sino como cuando lo que se queda sin aire es la propia
atmósfera. Creo que la razón por la que he pasado la mayor parte de mi vida asustado
es quizá porque intentaba prepararme y entrenar mi cuerpo para cuando llegara el
miedo de verdad. Pero no estoy preparado.
—Colega, deberíamos marcharnos —dice Ben—. Deberíamos llamar a la poli o a
quien sea.
Todavía no nos hemos mirado. Los tres seguimos mirando el edificio, un edificio
abandonado desde hace mucho tiempo que solo puede albergar cadáveres.
—No —dice Radar—. No no no no no. Los llamaremos si hay razones para
llamarlos. Dejó la dirección a Q, no a la poli. Tenemos que buscar la manera de
entrar.
—¿Entrar? —pregunta Ben dubitativo.
Le doy una palmada en la espalda a Ben, y por primera vez en todo el día no
miramos al frente, sino que nos miramos entre nosotros. Lo hace más llevadero. Al
mirarlos, algo me hace sentir que Margo no está muerta si no la hemos encontrado.
—Sí, entrar —digo.
Ya no sé quién es Margo, o quién era, pero tengo que encontrarla.