Ciudades de papel

John Green · Capítulo 34 de 50

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Ciudades de papel

Hora cuatro

 

—¿Ya llegamos? —pregunta Lacey por primera vez.

Nos reímos. Pero estamos en Georgia, un estado que amo y adoro única y

exclusivamente por la siguiente razón: el límite de velocidad es de ciento diez, lo que

significa que puedo subir a ciento veinticinco. Por lo demás, Georgia me recuerda a

Florida.

Pasamos la cuarta hora preparando nuestra primera parada. Es una parada

importante, porque tengo mucha mucha mucha mucha hambre y estoy deshidratado.

Por alguna razón, hablar de la comida que vamos a comprar en la gasolinera alivia las

punzadas. Lacey prepara una lista de la compra para cada uno de nosotros, que

escribe con letra pequeña en la parte de atrás de los tíquets que había encontrado en

su bolso. Le pide a Ben que se asome por la ventanilla del copiloto para ver en qué

lado está la tapa del depósito de gasolina. Nos obliga a memorizar la lista y luego nos

la pregunta. Repasamos la incursión en la gasolinera varias veces. Tiene que ser tan

eficaz como una parada en boxes.

—Otra vez —dice Lacey.

—Soy el hombre de la gasolina —dice Radar—. En cuanto empiece a llenarse el

depósito, entro corriendo mientras el surtidor bombea gasolina, aunque se supone que

no puedo moverme del surtidor en ningún momento, y te doy la tarjeta. Luego vuelvo

al surtidor.

—Yo le doy la tarjeta al tipo que esté en el mostrador —dice Lacey.

—O chica —añado.

—No es importante —me contesta Lacey.

—Solo digo que… no seas tan sexista.

—Da igual, Q. Le doy la tarjeta a la persona que esté en el mostrador. Le digo que

pase todo lo que llevamos. Y me voy a hacer pis.

—Entretanto, yo estoy cogiendo todo lo de mi lista y lo llevo al mostrador —

añado.

—Y yo estoy meando —dice Ben—. Cuando acabo de mear, cojo las cosas de mi

lista.

—Lo más importante son las camisetas —dice Radar—. La gente no deja de

mirarme y de sonreír.

—Yo firmo el tíquet cuando salgo del baño —dice Lacey.

—Y en cuanto el depósito esté lleno, me meto en el coche y arranco, así que más

os vale estar todos dentro. Si no, os juro que os dejo tirados. Tenéis seis minutos —

dice Radar.

—Seis minutos —digo asintiendo.

—Seis minutos —repiten también Lacey y Ben.

A las 5:35 de la tarde, con mil cuatrocientos kilómetros por delante, Radar nos

informa de que, según su ordenador, en la siguiente salida hay una gasolinera BP.

 

Mientras entro en la gasolinera, Lacey y Radar se agachan detrás de la puerta

corredera de la parte de atrás. Ben, con el cinturón de seguridad desabrochado, tiene

una mano en el tirador de la puerta del copiloto y la otra en el salpicadero. Mantengo

la máxima velocidad que puedo durante el máximo tiempo que puedo, y luego freno

en seco delante del dispensador de gasolina. El monovolumen pega una sacudida y

salimos a toda velocidad. Radar y yo nos cruzamos delante del coche. Le tiro las

llaves y corro hacia la sección de comida. Lacey y Ben me empujan contra las

puertas, pero no es grave. Mientras Ben corre al baño, Lacey le explica a la mujer de

pelo canoso (es efectivamente una mujer) que vamos a comprar un montón de cosas,

que tenemos muchísima prisa y que vaya pasando los artículos a medida que los

vayamos dejando, que lo cargue todo a su tarjeta BP. La mujer parece algo

desconcertada, pero acepta. Radar entra corriendo, con la toga volando, y le da la

tarjeta a Lacey.

Entretanto, corro por los pasillos cogiendo todo lo de mi lista. Lacey está en las

bebidas, Ben en los artículos no perecederos, y yo en la comida. Hago un barrido

como si fuera un guepardo y las patatas fritas, gacelas heridas. Llevo al mostrador un

puñado de bolsas de patatas, cecina y cacahuetes, y luego corro al pasillo de las

golosinas. Un puñado de Mentos, un puñado de Snickers y… Oh, no está en la lista,

pero lo cojo, me encantan los caramelos Nerds, así que añado tres cajas. Vuelvo atrás

y me dirijo al expositor de la charcutería, formado básicamente por sándwiches

rancios de pavo en los que el pavo parece jamón. Cojo dos. De vuelta a la caja me

detengo para coger un par de paquetes de caramelos Starbursts, un paquete de

pastelitos Twinkies y una indeterminada cantidad de barritas GoFast. Vuelvo a la

caja. Ben, con su toga de graduación, le tiende a la mujer camisetas y gafas de sol de

cuatro dólares. Lacey corre con litros de refrescos, bebidas energéticas y agua.

Botellas grandes, de las que ni siquiera Ben puede llenar de una meada.

—¡UN MINUTO! —grita Lacey.

Casi me da un ataque. Doy vueltas buscando por la tienda, intentando recordar

qué he olvidado. Echo un vistazo a mi lista. Parece que está todo, pero me da la

impresión de que estoy olvidando algo importante. Algo. «Vamos, Jacobsen». Patatas

fritas, golosinas, sándwiches de pavo que parece jamón… ¿y qué más? ¿Qué más

tipos de comida hay? Carne, patatas fritas, golosinas y, y, y, ¡y queso! ¡CRACKERS!,

exclamo en voz alta. Corro hacia las galletas saladas, cojo varios paquetes con queso

y con mantequilla de cacahuete, y unas galletas de la abuela por si acaso, vuelvo

corriendo a la caja y lo dejo todo en el mostrador. La mujer ya ha llenado cuatro bolsas de plástico. Casi cien dólares en total, sin contar la gasolina. Tendré que

pasarme el verano devolviendo dinero a los padres de Lacey.

El único momento de pausa es después de que la cajera haya pasado la tarjeta de

Lacey. Miro el reloj. Se supone que tenemos que salir en veinte segundos. Oigo por

fin el tíquet imprimiéndose. La mujer lo arranca de la máquina, Lacey garabatea su

firma, y Ben y yo cogemos las bolsas y corremos al coche. Radar revoluciona el

motor, como diciéndonos que nos demos prisa, y corremos por el aparcamiento.

Como la toga de Ben vuela al viento, tiene un ligero parecido con un brujo, salvo en

que se le ven las piernas blancas y en que lleva bolsas de plástico en las manos. Veo

la parte de atrás de las piernas de Lacey bajo su vestido, avanzando con las

pantorrillas prietas. No sé qué aspecto tengo, pero sé cómo me siento: joven. Torpe.

Infinito. Observo a Lacey y Ben entrando por la puerta corredera. Luego entro yo,

que aterrizo encima de bolsas de plástico y en el torso de Lacey. Radar arranca

mientras cierro la puerta y sale a toda pastilla del aparcamiento, lo cual señala la

primera vez en la larga y notoria historia de los monovolúmenes que una persona los

utiliza para quemar caucho. Radar gira a la izquierda en la autopista a velocidad poco

segura y volvemos a meternos en la interestatal. Vamos cuatro segundos por delante

de lo previsto. Y como en los boxes de NASCAR, nos chocamos las manos y nos

damos palmaditas en la espalda. Estamos bien abastecidos. Ben tiene un montón de

envases para mear. Yo tengo bastantes raciones de cecina. Lacey tiene sus Mentos.

Radar y Ben tienen camisetas para ponérselas encima de la toga. El monovolumen se

ha convertido en una biosfera. Con gasolina, podremos seguir avanzando

eternamente.