Ciudades de papel
Primera Parte. Los hilos
PRIMERA PARTE
Los hilos
1
El día más largo de mi vida empezó con retraso. Me desperté tarde, me entretuve
demasiado en la ducha y al final tuve que disfrutar del desayuno en el asiento del
copiloto del monovolumen de mi madre, a las 7:17 de la mañana de un miércoles.
Solía ir al instituto en el coche de mi mejor amigo, Ben Starling, pero Ben había
salido puntual, así que no pude contar con él. Para nosotros, «puntual» significaba
media hora antes de que empezaran las clases, porque aquellos treinta minutos antes
de que sonara el primer timbre eran el plato fuerte de nuestra agenda social. Nos
quedábamos delante de la puerta lateral que daba a la sala de ensayo de la banda de
música del instituto y charlábamos. Como la mayoría de mis amigos tocaban en la
banda, yo pasaba casi todas las horas libres del instituto a menos de cinco metros de
la sala de ensayo. Pero yo no tocaba, porque tengo menos oído para la música que un
sordo. Aquel día iba a llegar veinte minutos tarde, lo que técnicamente significaba
que aun así llegaría diez minutos antes de que empezaran las clases.
Mientras conducía, mi madre me preguntaba por las clases, los exámenes y el
baile de graduación.
—No creo en los bailes de graduación —le recordé mientras giraba en una
esquina.
Incliné hábilmente mis cereales para ajustarlos a la fuerza de gravedad. No era la
primera vez que lo hacía.
—Bueno, no hay nada malo en ir con una amiga. Seguro que podrías pedírselo a
Cassie Hiney.
Sí, podría habérselo pedido a Cassie Hiney, que era muy maja, simpática y guapa,
pese a su tremendamente desafortunado apellido, que en inglés significa «culo».
—No es que no me gusten los bailes de graduación. Es que tampoco me gustan
las personas a las que les gustan los bailes de graduación —le expliqué a mi madre.
Aunque en realidad no era cierto. Ben se había emperrado en ir.
Mi madre giró hacia el instituto, y sujeté con las dos manos el tazón casi vacío al
pasar por un badén. Eché un vistazo al aparcamiento de los alumnos de último curso.
El Honda plateado de Margo Roth Spiegelman estaba aparcado en su plaza habitual.
Mi madre metió el coche en un callejón situado frente a la sala de ensayo y me dio un
beso en la mejilla. Al bajar vi a Ben y a mis otros amigos, agrupados en semicírculo.
Me dirigí a ellos, y el semicírculo no tardó en abrirse para incluirme. Estaban
hablando de mi exnovia, Suzie Chung, que tocaba el violonchelo y al parecer había
creado un gran revuelo porque estaba saliendo con un jugador de béisbol llamado
Taddy Mac. No sabía si era su nombre real. En cualquier caso, Suzie había decidido
ir al baile de graduación con Taddy Mac. Otra víctima.
—Colega —me dijo Ben, que estaba delante de mí.
Movió la cabeza, se dio media vuelta, se alejó del círculo y entró. Lo seguí. Ben,
un chico bajito y de piel aceitunada que a duras penas parecía haber llegado a la
pubertad, era mi mejor amigo desde quinto, cuando al final ambos admitimos la
evidencia de que seguramente ninguno de los dos iba a encontrar otro mejor amigo.
Además, le puso mucho empeño, y eso me gustaba… la mayoría de las veces.
—¿Qué tal? —le pregunté.
Estábamos dentro, en un lugar seguro. Las demás conversaciones impedían que se
oyera la nuestra.
—Radar va a ir al baile de graduación —me dijo malhumorado.
Radar era nuestro otro mejor amigo. Lo llamábamos Radar porque se parecía a un
tipo bajito y con gafas de la vieja serie de televisión M*A*S*H al que llamaban así,
salvo que: 1) El Radar de la tele no era negro, y 2) En algún momento después de
haberle puesto el apodo, nuestro Radar creció unos quince centímetros y se puso
lentillas, así que supongo que, 3) En realidad, no se parecía en nada al tipo de
M*A*S*H, pero, 4) Como quedaban tres semanas y media para que se acabara el
curso, no estábamos demasiado preocupados por la labor de buscarle otro apodo.
—¿Angela? —le pregunté.
Radar nunca nos contaba nada de su vida amorosa, lo que no nos disuadía de
especular cada dos por tres.
Ben asintió.
—¿Recuerdas que había pensado invitar al baile a una novata, porque son las
únicas que no conocen la historia de Ben el Sangriento?
Asentí.
—Bueno —siguió diciendo Ben—, pues esta mañana una novatilla muy mona se
me ha acercado y me ha preguntado si era Ben el Sangriento. He empezado a
explicarle que fue una infección de riñón, pero se ha reído y se ha largado. Así que se
acabó.
Dos años atrás habían tenido que ingresar a Ben en el hospital por una infección
renal, pero Becca Arrington, la mejor amiga de Margo, se dedicó a extender el rumor
de que la verdadera razón de que orinara sangre era que se pasaba el día
masturbándose. Pese a que era clínicamente inverosímil, desde entonces Ben cargaba
con esa historia.
—Vaya mierda —le dije.
Ben empezó a contarme sus planes para encontrar a una chica, pero solo lo
escuchaba a medias, porque entre la cada vez más densa masa de personas que
llenaban el vestíbulo vi a Margo Roth Spiegelman. Estaba junto a su taquilla, al lado
de su novio, Jase. Llevaba una falda blanca hasta las rodillas y un top estampado
azul. Le veía la clavícula. Se reía como una histérica. Tenía los hombros inclinados
hacia delante, las comisuras de sus grandes ojos arrugadas y la boca abierta. Pero no parecía reírse por algo que hubiera dicho Jase, ya que miraba hacia otra parte, hacia
las taquillas del otro lado del vestíbulo. Seguí sus ojos y vi a Becca Arrington encima
de un jugador de béisbol, como si el tipo fuese un árbol de Navidad y ella un adorno.
Sonreí a Margo, aunque sabía que no podía verme.
—Deberías lanzarte, colega. Olvídate de Jase. Dios, la pava está para mojar pan.
Mientras avanzábamos, seguí lanzándole miradas entre la multitud, rápidas
instantáneas, una serie fotográfica titulada La perfección se queda inmóvil mientras
los mortales pasan de largo. A medida que me acercaba, pensé que tal vez no estaba
riéndose. Quizá le habían dado una sorpresa, un regalo o algo así. Parecía que no
pudiera cerrar la boca.
—Sí —le dije a Ben.
Seguía sin prestarle atención, seguía intentando no perder a Margo de vista sin
que se me notara demasiado. No es que fuera una belleza. Era sencillamente
impresionante, y en sentido literal. Y entonces la dejamos atrás, entre ella y yo pasaba
demasiada gente y en ningún momento me había acercado lo suficiente para escuchar
lo que decía o entender cuál había sido la desternillante sorpresa. Ben movió la
cabeza. Me había visto mirándola mil veces y estaba acostumbrado.
—La verdad es que está buena, pero no tanto. ¿Sabes quién está buena de verdad?
—¿Quién? —le pregunté.
—Lacey —me contestó, que era la otra mejor amiga de Margo—. Y tu madre,
colega. Esta mañana he visto a tu madre dándote un beso y, perdóname, pero te juro
por Dios que he pensado: «Joder, ojalá fuera Q. Y ojalá tuviera pollas en las
mejillas».
Le pegué un codazo en las costillas, aunque seguía pensando en Margo, porque
era el único mito que vivía al lado de mi casa. Margo Roth Spiegelman, cuyo nombre
de seis sílabas solíamos decir completo con una especie de silenciosa reverencia.
Margo Roth Spiegelman, cuyas épicas aventuras circulaban por el colegio como una
tormenta de verano. Un viejo que vivía en una casa destartalada de Hot Coffee,
Mississippi, había enseñado a Margo a tocar la guitarra. Margo Roth Spiegelman, que
había viajado tres días con un circo, donde pensaban que tenía potencial para el
trapecio. Margo Roth Spiegelman, que se había tomado un té de hierbas detrás del
escenario de los Mallionaires después de un concierto en Saint Louis, mientras ellos
bebían whisky. Margo Roth Spiegelman, que se había colado en aquel concierto
diciéndole al segurata que era la novia del bajista, ¿no la reconocían?, vamos, chicos,
en serio, soy Margo Roth Spiegelman, y si vais a pedirle al bajista que venga a ver
quién soy, os dirá o que soy su novia, o que ojalá lo fuera, y entonces el segurata fue
a preguntárselo, y el bajista dijo: «Sí, es mi novia, déjala entrar», y luego el bajista
quiso enrollarse con ella, pero ella ¡rechazó al bajista de los Mallionaires!
Cuando comentábamos sus historias, siempre acabábamos diciendo: «Vaya, ¿te lo imaginas?». En general, no podíamos imaginárnoslas, pero siempre resultaban ser
ciertas.
Y llegamos a nuestras taquillas. Radar estaba apoyado en la de Ben, tecleando en
su ordenador de bolsillo.
—Así que vas a ir al baile —le dije.
Levantó la mirada y volvió a bajarla.
—Estoy des-destrozando el artículo del Omnictionary sobre un exprimer ministro
francés. Anoche alguien borró toda la entrada y escribió «Jacques Chirac es un gay»,
que resulta que es incorrecto tanto semántica como gramaticalmente.
Radar es un activo editor del Omnictionary, una enciclopedia online que crean los
usuarios. Dedica su vida entera a mantener y cuidar el Omnictionary. Y esa era una
de las diversas razones por las que nos sorprendía que hubiera invitado a una chica al
baile de graduación.
—Así que vas a ir al baile —repetí.
—Perdona —me contestó sin levantar la mirada.
Todo el mundo sabía que yo me negaba a ir al baile. No me llamaba lo más
mínimo la atención: ni bailar lentos, ni bailar rápidos, ni los trajes, y todavía menos el
esmoquin alquilado. Alquilar un esmoquin me parecía una excelente manera de pillar
cualquier espantosa enfermedad del anterior arrendatario, y no era mi intención
convertirme en el único virgen del mundo con ladillas.
—Colega —dijo Ben a Radar—, las novatas se han enterado de la historia de Ben
el Sangriento. —Radar se guardó por fin el ordenador y cabeceó con expresión
compasiva—. Así que las dos únicas estrategias que me quedan son buscar a una
pareja para el baile en internet o volar a Missouri y raptar a alguna pava alimentada a
base de maíz.
Yo había intentado explicarle a Ben que «pava» sonaba bastante más sexista y
patético que «retroguay», pero se negaba a dejar de decirlo. Llamaba pava a su propia
madre. No tenía arreglo.
—Le preguntaré a Angela si sabe de alguien —dijo Radar—. Aunque conseguirte
pareja para el baile será más duro que convertir el plomo en oro.
—Conseguirte pareja para el baile es tan duro que solo de imaginarlo se pueden
cortar diamantes —añadí.
Radar dio un par de puñetazos a una taquilla para expresar que estaba de acuerdo
y después soltó otra frase:
—Ben, conseguirte pareja para el baile es tan duro que el gobierno de Estados
Unidos cree que el problema no puede resolverse por la vía diplomática, sino que
exigirá el uso de la fuerza.
Estaba pensando en otra ocurrencia cuando los tres a la vez vimos al bote de
esteroides anabólicos con forma humana conocido como Chuck Parson acercándose a nosotros con algún propósito. Chuck Parson no participaba en deportes de grupo
porque eso lo distraería de su principal objetivo en la vida: que algún día lo
condenaran por homicidio.
—Hola, maricas —dijo.
—Chuck —le contesté lo más amigablemente que pude.
Chuck no nos había causado ningún problema grave en los dos últimos años,
porque alguien del bando de los guays había dado la orden de que nos dejaran en paz,
así que Chuck ni siquiera nos dirigía la palabra.
Quizá porque fui yo el que le había contestado, o quizá no, apoyó las dos manos
en la taquilla, conmigo en medio, y se acercó lo suficiente para que considerara qué
marca de dentífrico utilizaba.
—¿Qué sabes de Margo y Jase?
—Uf —le contesté.
Pensé en todo lo que sabía de ellos: Jase era el primer y único novio serio de
Margo Roth Spiegelman. Habían empezado a salir a finales del año anterior. Los dos
iban a ir a la Universidad de Florida al año siguiente. A Jase le habían dado una beca
para jugar en el equipo de béisbol. Nunca había entrado en casa de Margo, solo
pasaba a buscarla. A Margo no parecía gustarle tanto, pero la verdad es que nunca
parecía que le gustase nadie tanto.
—Nada —le contesté por fin.
—No me jodas —gruñó.
—Apenas la conozco —le dije, y puede decirse que en los últimos tiempos era
cierto.
Consideró un minuto mi respuesta, y yo intenté con todas mis fuerzas no desviar
la mirada de sus ojos bizcos. Movió muy suavemente la cabeza, se apartó de la
taquilla y se marchó a su primera clase de la mañana: Mantenimiento de los
Músculos Pectorales. Sonó el segundo timbre. Faltaba un minuto para que empezaran
las clases. Radar y yo teníamos cálculo, y Ben tenía matemáticas finitas. Nuestras
clases estaban una al lado de la otra. Nos dirigimos juntos a ellas, los tres en fila,
confiando en que la marea humana se abriera lo suficiente para dejarnos pasar, y así
fue.
—Conseguirte una pareja para el baile es tan duro que mil monos tecleando en
mil máquinas de escribir durante mil años no escribirían «Iré al baile de graduación
con Ben» ni una sola vez —dije.
Ben no pudo resistirse a machacarse a sí mismo:
—Tengo tan pocas posibilidades que hasta la abuela de Q me ha rechazado. Me
ha dicho que estaba esperando a que se lo pidiera Radar.
Radar asintió despacio.
—Es verdad, Q. A tu abuela le encantan tus colegas.
Era patéticamente fácil olvidarse de Chuck y hablar del baile de graduación,
aunque me importaba una mierda. Así era la vida aquella mañana: nada importaba
demasiado, ni las cosas buenas ni las malas. Nos dedicábamos a divertirnos, y nos iba
razonablemente bien.
Pasé las tres horas siguientes en clase, intentando no mirar los relojes de encima de
las diversas pizarras, y luego mirándolos y sorprendiéndome de que solo hubieran
pasado unos minutos desde la última vez que había mirado. Aunque contaba con casi
cuatro años de experiencia mirando aquellos relojes, su lentitud nunca dejaba de
sorprenderme. Si alguna vez me dicen que me queda un día de vida, me iré directo a
las sagradas aulas de la Winter Park High School, donde se sabe que un día dura mil
años.
Pero, por más que pareciera que la física de la tercera hora no iba a acabar nunca,
acabó y de repente estaba en la cafetería con Ben. Radar comía más tarde con los
demás amigos, así que Ben y yo solíamos sentarnos solos, con un par de asientos
entre nosotros y un grupo de tipos de teatro. Aquel día los dos comíamos minipizzas
de pepperoni.
—La pizza está buena —dije.
Ben asintió distraído.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Nazza —dijo con la boca llena de pizza. Tragó—. Ya sé que crees que es una
gilipollez, pero quiero ir al baile.
—Uno: sí, creo que es una gilipollez; dos: si te apetece ir, ve, y tres: si no me
equivoco, ni siquiera se lo has pedido a nadie.
—Se lo he pedido a Cassie Hiney en la clase de mates. Le he escrito una nota.
Alcé las cejas en un gesto interrogante. Ben metió una mano en un bolsillo del
pantalón corto y me deslizó un trozo de papel muy doblado. Lo aplané:
Ben:
Me encantaría ir al baile contigo, pero ya he quedado con Frank. Lo siento. C.
Lo doblé de nuevo y volví a deslizarlo por la mesa. Recordé haber jugado al
fútbol de papel en aquellas mesas.
—Vaya mierda —le dije.
—Sí, ya ves.
El sonido ambiental parecía echársenos encima. Nos quedamos callados un
momento, y luego Ben me miró muy serio y me dijo:
—Voy a dar mucho juego en la facultad. Saldré en el Libro Guinness de los
Récords, en la categoría «Ha dejado a más pavas satisfechas».
Me reí. Estaba pensando que los padres de Radar aparecían realmente en el Libro
Guinness cuando vi por encima de nosotros a una guapa afroamericana con pequeñas
rastas de punta. Tardé unos segundos en darme cuenta de que era Angela, la novia de
Radar, supongo.
—Hola —me dijo.
—Hola —le contesté.
Conocía de vista a Angela porque había ido a alguna clase con ella, pero no nos
saludábamos en los pasillos ni cuando nos encontrábamos por ahí. Le indiqué con un
gesto que se sentara y acercó una silla a la mesa.
—Chicos, supongo que conocéis a Marcus mejor que nadie —dijo empleando el
nombre real de Radar, con los codos en la mesa.
—Es un trabajo de mierda, pero alguien tiene que hacerlo —le contestó Ben
sonriendo.
—¿Creéis que se avergüenza de mí o algo así?
Ben se rió.
—¿Qué? No —le contestó.
—Técnicamente —añadí—, deberías ser tú la que se avergonzara de él.
Miró hacia arriba y sonrió. Una chica acostumbrada a los piropos.
—Pues nunca me ha invitado a salir con vosotros.
—Ahhh —dije; por fin lo pillaba—. Eso es porque se avergüenza de nosotros.
Se rió.
—Parecéis bastante normales.
—Nunca has visto a Ben esnifando Sprite por la nariz y sacándolo por la boca —
le dije.
—Soy como una enloquecida fuente carbonatada —añadió Ben, impávido.
—De verdad, chicos, ¿vosotros no os preocuparíais? No sé, llevamos cinco
semanas saliendo y ni siquiera me ha llevado a su casa. —Ben y yo intercambiamos
una mirada cómplice, y yo me estrujé la cara para no soltar una carcajada—. ¿Qué
pasa? —preguntó Angela.
—Nada —le contesté—. Sinceramente, Angela, si te obligara a salir con nosotros
y te llevara a su casa cada dos por tres…
—Sin la menor duda significaría que no le gustas —terminó Ben.
—¿Sus padres son raros?
Pensé en cómo responder sinceramente a su pregunta.
—No, no. Son guays. Solo algo sobreprotectores, supongo.
—Sí, sobreprotectores —convino Ben un poco demasiado deprisa.
Angela sonrió y se levantó diciendo que tenía que ir a saludar a alguien antes de
que acabara la hora de comer. Ben esperó a que se hubiera marchado para abrir la
boca.
—Esta chica es impresionante —me dijo.
—Lo sé —le contesté—. Me pregunto si podríamos sustituir a Radar por ella.
—Aunque seguramente no es muy buena con los ordenadores. Necesitamos a
alguien bueno. Además, apuesto a que no tiene ni idea del Resurrection, nuestro
videojuego favorito. Por cierto, una buena salida decir que los viejos de Radar son
sobreprotectores.
—Bueno, no es cosa mía decírselo —le respondí.
—A ver cuánto tarda en ver la Residencia Museo del Equipo de Radar —dijo Ben
sonriendo.
La pausa casi había terminado, así que Ben y yo nos levantamos y dejamos las
bandejas en la cinta transportadora, la misma a la que Chuck Parson me había
lanzado el primer año de instituto, lo que me envió al inframundo de la plantilla de
lavaplatos de Winter Park. Nos dirigimos a la taquilla de Radar, y allí estábamos
cuando llegó corriendo, justo después del primer timbre.
—En la clase de política he decidido que sería capaz de chuparle los huevos a un
burro, literalmente, si con eso pudiera librarme de esa clase hasta el final del trimestre
—dijo.
—Puedes aprender mucho sobre política de los huevos de un burro —le contesté
—. Oye, hablando de las razones por las que deberías hacer la pausa del mediodía
una hora antes, acabamos de comer con Angela.
—Sí —dijo Ben sonriéndole con suficiencia—, quiere saber por qué nunca la has
llevado a tu casa.
Radar lanzó un largo soplido mientras giraba la cerradura de combinación para
abrir la taquilla. Soltó tanto aire que pensé que iba a desmayarse.
—Mierda —dijo por fin.
—¿Te avergüenzas de algo? —le pregunté sonriendo.
—Cállate —me contestó pegándome un codazo en la barriga.
—Vives en una casa preciosa —le dije.
—En serio, colega —añadió Ben—. Es una chica muy maja. No entiendo por qué
no se la presentas a tus padres y le enseñas la Finca Radar.
Radar lanzó sus libros a la taquilla y la cerró. El ruido de conversaciones que nos
rodeaba se silenció un poco mientras levantaba los ojos al cielo y gritaba:
—NO ES CULPA MÍA QUE MIS PADRES TENGAN LA COLECCIÓN MÁS GRANDE DEL MUNDO
DE SANTA CLAUS NEGROS.
Aunque había oído decir a Radar «la colección más grande del mundo de Santa
Claus negros» unas mil veces en la vida, nunca dejaba de parecerme divertido. Pero
no lo decía en broma. Recordé la primera vez que había ido a su casa. Tenía yo unos trece años. Era primavera, varios meses después de las Navidades, pero los Santa
Claus seguían en las repisas de las ventanas. Santa Claus negros de papel colgaban de
la barandilla de la escalera. Velas con Santa Claus negros adornaban la mesa del
comedor. Un cuadro de Santa Claus negro estaba colgado encima de la chimenea, en
cuya repisa se alineaban también figuritas de Santa Claus negros. Tenían un
dispensador de caramelos PEZ con cabeza de Santa Claus negro comprado en
Namibia. El Santa Claus negro de plástico y con luz que colocaban en el diminuto
patio desde el día de Acción de Gracias hasta Año Nuevo pasaba el resto del año
vigilando con orgullo en una esquina del cuarto de baño de invitados, un cuarto de
baño empapelado con un papel casero con Santa Claus negros pintados y una esponja
en forma de Santa Claus. Todas las habitaciones de la casa, menos la de Radar,
estaban llenas de Santa Claus negros de yeso, plástico, mármol, barro, madera, resina
y tela. En total, los padres de Radar tenían más de mil doscientos Santa Claus negros
de todo tipo. Como constaba en una placa por encima de la puerta de la calle, la casa
de Radar era un Monumento a Santa Claus oficial, según la Sociedad Navideña.
—Solo tienes que contárselo, tío —le dije—. Solo tienes que decirle: «Angela,
me gustas, de verdad, pero hay algo que tienes que saber: cuando vayamos a mi casa
y nos enrollemos, dos mil cuatrocientos ojos de mil doscientos Santa Claus negros
nos observarán».
—Sí —convino Radar pasándose una mano por el pelo rapado y moviendo la
cabeza—. No creo que se lo diga exactamente así, pero ya se me ocurrirá algo.
Me dirigí a la clase de política, y Ben a una optativa sobre diseño de videojuegos.
Contemplé relojes durante dos clases más y, al final, cuando terminé, mi pecho
irradiaba alivio. El final de cada día era como un anticipo de nuestra graduación, para
la que faltaba poco más de un mes.
Volví a casa. Me comí dos sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada para
merendar. Vi póquer en la tele. Mis padres llegaron a las seis, se abrazaron y me
abrazaron a mí. Cenamos macarrones. Me preguntaron por el instituto. Luego me
preguntaron por el baile de graduación. Se maravillaron de lo bien que me habían
educado. Me contaron que en su época habían tenido que tratar con gente a la que no
habían educado tan bien. Fueron a ver la tele. Yo fui a mi habitación a revisar el
correo. Escribí un rato sobre El gran Gatsby para la clase de literatura. Leí otro rato
el Federalista para preparar con tiempo el examen final de política. Chateé con Ben y
luego Radar se conectó también. En nuestra conversación utilizó cuatro veces la frase
«la colección más grande del mundo de Santa Claus negros» y yo me reí cada vez. Le
dije que me alegraba de que tuviera novia. Me comentó que el verano sería genial.
Estuve de acuerdo. Era 5 de mayo, pero podría haber sido cualquier otro día. Mis días eran apaciblemente idénticos entre sí. Siempre me había gustado. Me gustaba la
rutina. Me gustaba aburrirme. No quería, pero me gustaba. Y por eso aquel 5 de mayo
habría podido ser cualquier otro día… hasta justo antes de las doce de la noche,
cuando Margo Roth Spiegelman abrió la ventana de mi habitación, sin mosquitera,
por primera vez desde aquella noche en que me había pedido que la cerrara, hacía
nueve años.