Ciudades de papel
Tercera Parte. El recipiente
TERCERA PARTE
El recipiente
HORA UNO
Se necesita un rato para que cada uno explique a sus padres que 1) ninguno vamos a
ir a la graduación, que 2) nos vamos en coche a Nueva York, a 3) una ciudad que
técnicamente puede existir o puede no existir, con la esperanza de 4) localizar a la
persona que ha colgado un comentario en el Omnictionary, que, por lo que Indica el
uso Aleatorio de las mayúsculas, es 5) Margo Roth Spiegelman.
Radar es el último en colgar el teléfono, y cuando por fin lo hace, dice:
—Me gustaría comunicaros algo: mis padres están muy enfadados porque no esté
en la graduación. Mi novia también está muy enfadada, porque habíamos organizado
algo muy especial dentro de ocho horas. No quiero entrar en detalles, pero más vale
que el viaje sea divertido.
—Tu habilidad para no perder la virginidad es una inspiración para todos nosotros
—le dice Ben, que está sentado a mi lado.
Miro a Radar por el espejo retrovisor.
—¡UN VIAJE EN COCHE, YUJU! —le digo.
A su pesar, se le dibuja una sonrisa en la cara. El placer de marcharse.
Estamos en la I-4, y el tráfico es fluido, lo que en sí mismo roza lo milagroso.
Vamos por el carril de la izquierda a diez kilómetros por hora por encima del límite
de velocidad, que es de noventa, porque una vez me dijeron que solo te pillan si te
pasas más de quince kilómetros.
No tardamos en repartir los papeles.
Lacey, en la parte de atrás del todo, se ocupa del abastecimiento. Enumera en voz
alta las provisiones de que disponemos para el viaje: la mitad de un Snickers que Ben
estaba comiéndose cuando he llamado para contarles lo de Margo; las doscientas
doce cervezas del maletero; las rutas que he imprimido y los siguientes artículos de
su bolso: ocho chicles de menta, un lápiz, pañuelos de papel, tres tampones, unas
gafas de sol, una barra de protector labial, las llaves de su casa, un carnet de la
Asociación de Jóvenes Cristianos, un carnet de la biblioteca, varios tíquets de
compra, treinta y cinco dólares y una tarjeta de las gasolineras BP.
—¡Qué emocionante! —dice Lacey desde la parte trasera del monovolumen—.
¡Somos como pioneros sin provisiones! Aunque ojalá tuviéramos más dinero.
—Al menos tenemos la tarjeta BP —le digo—. Podemos comprar gasolina y
comida.
Miro por el retrovisor y veo a Radar, con su toga de graduación, mirando en el
bolso de Lacey. Como la toga tiene el cuello bastante bajo, le veo varios pelillos
rizados del pecho.
—¿No llevarás algún calzoncillo aquí dentro? —le pregunta.
—En serio, mejor hacemos una parada en una tienda de ropa —añade Ben.
Radar saca su ordenador de bolsillo y empieza con su labor: documentación y
cálculos. Está sentado solo detrás de mí, con las rutas y el manual del monovolumen
extendidos a su lado. Está calculando a qué velocidad tenemos que viajar para llegar
antes de las doce del mediodía de mañana, cuántas veces tendremos que parar para
que el coche no se quede sin gasolina, las gasolineras BP que hay en nuestro camino,
cuánto durará cada parada y cuánto tiempo perderemos reduciendo la velocidad del
coche en las salidas de la autopista.
—Pararemos cuatro veces para poner gasolina. Las paradas tendrán que ser muy
muy cortas. Seis minutos como máximo fuera de la carretera. Pasaremos por tres
grandes zonas en obras, más el tráfico en Jacksonville, Washington y Filadelfia,
aunque estaría bien que cruzáramos Washington hacia las tres de la madrugada.
Según mis cálculos, nuestra velocidad de crucero debería ser ciento quince
kilómetros por hora. ¿A qué velocidad vas?
—A cien —le contesto—. El límite es noventa.
—Ponlo a ciento quince —me dice.
—No puedo. Es peligroso y me pondrán una multa.
—Ponlo a ciento quince —me repite.
Piso a fondo el acelerador. La dificultad radica en parte en que no me decido a ir a
ciento quince, y en parte también que el monovolumen no se decide a ir a ciento
quince. Empieza a temblar y parece que vaya a descuajaringarse. Sigo en el carril de
la izquierda, aunque no soy el coche más rápido de la carretera y me sabe mal que
tengan que adelantarme por la derecha, pero necesito tener la carretera despejada,
porque, a diferencia de los demás, no puedo reducir la velocidad. Y este es mi papel.
Mi papel consiste en conducir y en ponerme nervioso. Se me ocurre que ya he hecho
este papel alguna vez.
¿Y Ben? El papel de Ben es tener que mear. Al principio parece que su papel
principal vaya a ser quejarse de que no tenemos CD y de que todas las emisoras de
radio de Orlando son una mierda menos la de la universidad, que ya no pillamos.
Pero enseguida deja de lado ese papel en favor de su verdadera y fiel vocación: tener
que mear.
—Estoy meándome —dice a las 3:06.
Llevamos cuarenta y tres minutos en la carretera. Nos queda aproximadamente un
día de camino.
—Bueno —dice Radar—, la buena noticia es que pararemos. La mala noticia es
que no será antes de cuatro horas y media.
—Creo que aguantaré —le contesta Ben.
Pero a las 3:10 nos comunica:
—De verdad que tengo que mear. De verdad.
—Te aguantas —le contestamos a coro.
—Pero… —dice.
—Te aguantas —volvemos a contestarle a coro.
De momento tiene gracia que Ben tenga que mear y que nosotros tengamos que
decirle que se aguante. Se ríe y se queja de que si se ríe todavía le entran más ganas
de mear. Lacey se adelanta de un salto, se coloca detrás de él y empieza a hacerle
cosquillas en la cintura. Ben se ríe y se queja, y yo me río también sin dejar que el
indicador de velocidad baje de los ciento quince kilómetros por hora. Me pregunto si
Margo ha provocado este viaje conjunto a propósito o por accidente, pero en
cualquier caso es lo más divertido que he hecho desde la última vez que me pasé
horas al volante de un monovolumen.