Clovis Dardentor
Capítulo XV
La señora de Elissane agradeció con una sonrisa el regalo que a su hija hacía Clovis, mientras la señora de Desirandelle se mordía los labios y su esposo se encogía de hombros.
Respecto a Luisa, su rostro se serenó, un rayo de alegría brilló en sus ojos, y dijo:
–Gracias, señor Dardentor. ¿Me permite usted que le dé un abrazo?
–¡Diablo! No las he comprado más que para eso. ¡Un abrazo por cada babucha!
Y la joven abrazó muy gustosa a Clovis Dardentor.
XV
EN EL QUE AL FIN SE CUMPLE
UNA DE LAS TRES CONDICIONES
IMPUESTAS POR EL ARTICULO
345 DEL CÓDIGO CIVIL.
Realmente, tal vez era tiempo de terminar el viaje tan convenientemente organizado por la Compañía de ferrocarriles de Argel. Si los comienzos fueron buenos, amenazaba concluir mal, sobre todo por lo que se refiere al grupo Desirandelle.
Al abandonar a Tlemcen, la caravana estaba reducida a la mitad. Varios turistas habían deseado prolongar algunos días la escala en una ciudad digna de retenerlos. El agente Derivas quedó con ellos, y el señor Dardentor y los suyos, conducidos por el guía Moktani, tomaron la dirección hacia
Sidi-bel-Abbes al amanecer del 21 de Mayo.
Conviene mencionar la presencia del señor Oriental, que sin duda tenía prisa por regresar a Orán. No dejaría de causar asombro al señor Dardentor y a los demás que la intención del sabio fuera redactar una relación científica, pues solamente se había servido de su anteojo para observar posiciones, y los demás instrumentos habían quedado en el fondo de su maleta.
La caravana no se componía, pues, más que de dos carros con bancos. El primero conducía a las señoras y al señor Desirandelle. En el segundo iban el señor Oriental, Agatocles, cansado de la poca comodidad del mulo, dos indígenas en calidad de criados, los equipajes y las provisiones de reserva.
No se trataba más que de un almuerzo entre Tlemcen y la aldea Lamoricière, donde se haría alto durante la noche, y al siguiente día, de un almuerzo entre Lamoricière y Sidi-bel-Abbes, donde el guía contaba llegar hacia las ocho de la noche. Aquí se acabaría el viaje en caravana, y el camino de hierro conduciría a Orán a los excursionistas.
Advertiremos que el señor Dardentor y Moktani no se habían separado de sus camellos, excelentes bestias de las que no había por qué quejarse, ni los dos parisienses de sus caballos.
Un camino nacional atraviesa la parte comprendida entre Tlemcen y Sidi-bel-Abbes, y se une al de Tlélat, el que pone en comunicación a Orán con Argel. La distancia de Tlemcen a Sidi-bel-Abbes es de noventa y dos kilómetros, que pueden fácilmente recorrerse en dos días.
La caravana, pues, marchaba al través de un país más variado que la región sudoranesa de Saida a Sebdou. Menos bosques, pero más vastas exploraciones agrícolas, terrenos de colonización y la caprichosa red de los afluentes del Chouly y del Isser. Es éste uno de los grandes ríos de la Argelia, la vivificante arteria, cuyo curso de doscientos kilómetros prosigue hasta él, mar, siguiendo un valle donde prosperan los algodoneros merced a la inclinación de los Hauts-Plateaux y del Tell.
¡Pero qué cambio en el ánimo de estos turistas, tan unidos al salir de Orán por el camino de hierro y a la partida de Saida en caravana! El hielo se había formado. Los Desirandelle y la señora Elissane hablaban aparte en su carro, y Luisa oía cosas que la disgustaban. Marcel Lornans y Juan Taconnat, abandonándose a sus tristes pensamientos, caminaban tras Clovis Dardentor, respondiéndole apenas cuando se detenía para esperarles.
¡Infortunado Dardentor!… ¡Ahora parece recriminarle todo el mundo! Los Desirandelle, porque no suplicaba a Luisa que agradase a Agatocles; la señora de Elissane, porque no decidía a su hija a aquel matrimonio, desde antiguo concertado; Marcel Lornans, porque hubiera debido intervenir en favor del que había salvado; Juan Taconnat, porque lo había salvado, en vez de haberle dado a él ocasión para que lo salvase… En fin, sólo le quedaba el fiel Patricio, que parecía decirle:
–Sí… ¡Mire usted lo que son las cosas! ¡Su criado no se engañaba!
Pero no formulaba, este pensamiento, temeroso de obtener una contestación dardentoriana que le hubiese herido en lo más hondo de su ser.
Y bien… ¡Clovis Dardentor acabaría por enviarlos a todos al demonio!
–¡Veamos, Clovis- se decía.– ¿Es que debes algo a esta gente? ¿Es que es culpa tuya que las cosas no vayan a gusto de todos? ¿Tienes tú la culpa de que Agatocles no sea más que un canario, aunque sus padres le miren como un fénix, y que Luisa haya acabado por estimar a este pájaro en su justo valor, pues al cabo es preciso rendirse a la evidencia?
Comienzo a sospechar que Marcel quiero a la joven; pero…
¡voto a las dos gibas de mi camello, yo no puedo gritarles a ambos: venid, hijos míos, que yo os bendigo! ¡Y por si algo faltaba, ahí está ese alegre Juan, que ha dejado todo su buen humor en las aguas del Sar!… ¡Se diría que me recrimina por haberle sacado de allí! ¡Palabra de honor que todos ellos son a gimotear!… Pues bien…
Patricio acababa de apearse del carro con la intención de hablar a su amo, y le dijo:
–Temo que llueva, señor, y tal vez convendría…
–Más vale un mal tiempo que un “nada”.
–¿Qué nada?– respondió Patricio preocupado por aquellas palabras.– Si el señor…
–¡Quita de ahí!…
Patricio volvió al carro más velozmente que había bajado.
Durante la mañana, entre una cálida lluvia que vertían las tormentosas nubes, se anduvo la docena de kilómetros que separa a Tlemcen de Ain-Fezza. Cuando cesó la lluvia se almorzó junto a una garganta llena de árboles, refrescada por las numerosas cascadas próximas, almuerzo sin intimidad, durante el que reinó visible disgusto. Se hubiera dicho que eran todos comensales a la mesa de una fonda, que no se habían visto antes de sentarse ante su plato, y que no habían de volverse a ver después de la comida.
Bajo las fulgurantes miradas de los Desirandelle, Marcel Lornans procuraba no mirar a Luisa. En cuanto a Juan Taconnat, como no podía contar para la realización de sus planes con los accidentes del camino- carretera con sus piedras miliarias, su grava amontonada en los lados y sus canteros trabajando-, maldecía de la administración que había civilizado aquel país.
Dardentor, no obstante, intentó reanudar los lazos rotos, y lanzó algunos fuegos de artificio con la palabra, pero no resultaron.
–¡Decididamente me embrutecen!– murmuró.
A las once volvieron a ponerse en camino; franquearon por un puente el Chouly, rápido afluente del Isser, rodearon un bosquecillo con piedras, las
ruinas de Hadjar-Roum, y sin incidente alguno, a las seis de la tarde llegaron al anexo de Lamoricière.
Después de una estancia tan breve en Tlemcen no había que hablar de detenerse mucho tiempo en este Ouled-Mimoun de doscientos habitantes, que lleva el nombre del ilustre general. Es notable, sobre todo por su fresco y fértil valle, pero no se encuentra comodidad de ningún género en la única posada de este sitio. Sirviéronse huevos pasados por agua… ¡Por fortuna, el agente Derivas no estaba allí, lo que evitó justas reclamaciones! En desquite, los turistas fueron obsequiados con una serenata indígena. Tal vez con gusto hubieran renunciado al concierto; pero las instancias del señor Dardentor, cuyo mal humor hubiera sido imprudente sobrexcitar, les hizo resignarse.
La serenata se efectuó en el salón de la posada, y valía la pena ser oída. Era una nouba, reducida a tres instrumentos árabes: el tebeul, gran tambor que hacen resonar en su doble cara con dos palillos de madera; la rheita, flauta, en parte de metal y el nouara, compuesto de dos medias calabazas, con una piel seca extendida. Aunque la nouba va acompañada generalmente de danzas graciosas, aquella noche no figuraron en el programa.
Al terminar la fiesta, Dardentor exclamó con voz agria:
–¡Encantado! ¡Estoy encantado!
Y como nadie se atreviera a emitir opinión contraria, hizo que Moktani cumplimentase a los músicos indígenas, gratificándolos convenientemente.
¿Había quedado nuestro héroe tan satisfecho como aseguraba?
Esta era la cuestión. En todo caso hubo uno de los oyentes cuya satisfacción se puede afirmar que fue completa.
¡Sí!
Durante el concierto, uno de los dos primos- se adivina quién- pudo
colocarse junto a la señorita Elissane. ¿Y quién sabe si no la dirigió entonces esas palabras que salen del corazón, y si hallaron eco en el de la joven?
Al siguiente día, muy de mañana, partida de los turistas, impacientes por llegar al término del viaje. Desde Lamoricière hasta Ain-Tellout, se siguió en una extensión de diez kilómetros el trazado del camino de hierro en proyecto. En este punto el camino le abandona y sube directamente hacia el NE., donde corta, a algunos kilómetros de Sidi-bel- Abbes, el camino de hierro en construcción, que desciende al Sud-Oranais.
Necesario fue, primeramente, atravesar extensas explotaciones de alfa y vastos campos de cultivo que se desarrollaban hasta el horizonte. Gran número de pozos se encontraban a lo largo del camino, bien que las primeras aguas del Mouzen y Zelienna fuesen ya abundantes. Los carros y caballos iban tan de prisa como era posible, a fin de terminar aquella jornada de cuarenta y cinco kilómetros en un solo día. No era cosa de detenerse en alegres conversaciones; aquellos sitios no ofrecen nada curioso, ni aun las ruinas romanas o berberiscas.
La temperatura era alta. Felizmente las nubes moderaban los ardores del sol, que de otro modo hubieran sido intolerables en aquella región sin árboles. Por todas partes campos y planicies sin sombra. Este camino siguióse hasta que la caravana se detuvo para almorzar. Fue esto a las once.
Avanzando algunos kilómetros hacia la derecha, la orilla del bosque de los Ouled-Mimoun les hubiera ofrecido un sitio más a propósito. Pero no convenía dar este rodeo. Las provisiones fueron sacadas de las cestas. Los turistas se sentaron al borde del camino, formando diversos grupos.
Uno le formaron los Desirandelle y los Elissane; otro Juan y Marcel; éste, no acercándose a la joven, mostró una discreción que ella debió de agradecerle. Es probable que desde Lamoricière ambos caminaran más que la caravana, hacia un punto que no era precisamente Sidi-bel-Abbes.
En fin; Dardentor hubiera quedado solo de no aceptar la compañía del señor
Oriental. Encontráronse juntos… Hablaron.
¿De qué? De todo. Del viaje que iba a terminarse, y en realidad sin grandes obstáculos… Ningún retraso, accidentes sin gravedad, desde la partida.
Perfecta salud de los turistas…, tal vez algo de cansancio, en las señoras sobre todo. Cinco o seis horas de camino aún hasta Sidi-bel- Abbes, y no quedaría más que encajonarse en un vagón de primera clase e destino a Orán.
–¿Y usted está satisfecho, señor Oriental?– preguntó Clovis.
–Muy satisfecho, señor Dardentor. El viaje estaba admirablemente organizado, y la cuestión de alimentación ha sido resuelta de modo muy aceptable, hasta los pueblos más insignificantes.
–Me parece que para usted esa cuestión es de la mayor importancia.
–Sí, señor… y he conseguido procurarme diversas muestras de productos comestibles cuya existencia ignoraba.
–Pues en lo que a mí se refiere, esas preocupaciones de manducatoria…
–¡Hum!– dijo Patricio.
–Me dejan casi indiferente- continuó Clovis Dardentor.
–En mi opinión, deben, al contrario ocupar el primer puesto en la existencia- dijo el señor Oriental.
–Pues bien, querido amigo, permita usted creer que, si hubiéramos esperado algunos servicios de usted, no hubieran sido servicios culinarios, sino astronómicos.
–¿Astronómicos?– repitió el señor Oriental.
–Sí; por ejemplo: si nuestro guía hubiera extraviado…, si hubiera sido
preciso recurrir a observaciones para encontrar el camino…, gracias a usted, que tomando la altura del sol…
–¡Tomar yo la altura del sol!
–Sin duda…, durante el día, o la de las estrellas durante la noche… Usted sabe bien las declinaciones.
–¿Qué declinación? Nominativo, la rosa; genitivo, de la rosa.
–¡Ah! ¡Encantador!– exclamó el señor Dardentor.
Y lanzó una carcajada que no repercutió en los demás grupos.
–En fin- añadió-, quiero decir que usted, por medio de sus instrumentos…, del sextante, como los marinos…, el sextante que debe usted tener en su maleta.
–¡Yo un sextante en mi maleta!
–Es probable, pues el anteojo es bueno para los paisajes…, pero cuando se trata del paso del sol por el meridiano…
–No le entiendo a usted.
–Pues ¿no es usted Presidente de Sociedad Astronómica de Montelimar?
–¡Gastronómica, caballero! ¡Sociedad gastronómica!– respondió orgullosamente el señor Oriental. Y esta respuesta, que explicaba perfectamente cosas inexplicables hasta entonces, consiguió desarrugar el ceño de Juan Taconnat, cuando el señor Dardentor se la hubo repetido.
–¡Pero ese animal de Patricio, que nos ha dicho a bordo del Argelés!…-
exclamó .
–¿Cómo? ¿El señor no es astrónomo?– preguntó el digno criado.
–¡No!, ¡gastrónomo!…, ¿lo oyes?, ¡gastrónomo!
–Habré entendido mal al jefe del comedor- respondió Patricio.– Eso a cualquiera le pasa…
–¡Y yo he creído!…- exclamó Dardentor.– ¡Yo he tomado al señor Oriental por!…Vamos… ¡Esto es para acabar con la paciencia de cualquiera!…
Calla. Vete a paseo…
Patricio se alejó muy confundido por aquel desprecio, y más humillado aun por las palabras vulgares que su amo le había dirigido, y que no le volvería a dirigir, pues Patricio abandonaría su servicio y buscaría acomodo en casa de algún miembro de la Academia, en casa de Zola, por ejemplo, si alguna vez…
Juan Taconnat se acercó.
–Perdónele usted, señor Dardentor- dijo.
–Y ¿por qué?
–Porque la cosa no vale la pena. Después de todo, un gastrónomo es un astrónomo adornado con las plumas del g.
Clovis Dardentor, al oír el chiste, lanzó una carcajada tan fuerte, que estuvo a punto de comprometer su digestión.
–¡Ah!…, ¡estos parisienses!– exclamó.– ¡No!, jamás se le hubiera ocurrido tal cosa a uno de Perpignan, y, sin embargo, los de Perpignan no son unos zotes… ¡no!
–Conformes- pensó Taconnat-, pero no se dejan salvar fácilmente.
Carros y caballos se pusieron en camino. A las explotaciones de alfa habían sucedido terrenos de colonización. A las dos se llegó a la aldea de Lamtar,
precisamente en el punto donde hay un sendero que une el camino de gran comunicación de Ain-Temouchent y el camino nacional de Sidi-bel-Abbes.
A las tres se llegó al puerto de Mouzen, al sitio en que confluye el río de este nombre con uno de sus afluentes; a las cuatro a la encrucijada, donde se unen los dos caminos dichos un poco más allá de Sidi-Kraled, a algunos kilómetros de Sidi-Lhassen, después de seguir el curso del Mekerra, nombre que toma el Sig en esta región.
Sidi-Lhassen no es más que un anexo de unos seiscientos habitantes, en su mayor parte alemanes e indígenas, y no había por qué detenerse allí.
De repente, eran las cuatro y media, el guía que marchaba a la cabeza notó que su camello se detenía bruscamente.
En vano le excitó con la voz; el animal, en vez de avanzar, retrocedió.
Casi en seguida, los caballos que los dos jóvenes montaban se encabritaron, estremeciéndose de terror pesar de la espuela y la brida retrocedían hacia el carro, cuyo tiro daba iguales muestras de espanto.
–¿Qué hay?– preguntó Clovis Dardentor.
Su camello acababa de reunirse a los otros olfateando alguna lejana emanación.
A la pregunta de Clovis respondieron dos formidables rugidos, sobre cuya naturaleza no había duda posible, y que estallaron en el bosque de Pinos a un centenar de pasos.
–¡Leones!– exclamó el guía.
Se comprenderá el terror que invadió a los viajeros.
¡Fieras en la vecindad, en pleno día, fieras que sin duda se disponían a atacarles!…
La señora de Elissane, la de Desirandelle y Luisa, espantadas, saltaron del carro, cuyas mulas procuraban romper las bridas para huir.
La primera idea, puramente instintiva, que acometió a las señoras, a los Desirandelle, padre e hijo, y al señor Oriental, fue la de desandar el camino y refugiarse en la última aldea, a varios kilómetros de allí.
–¡Quietos todos!– exclamó Clovis Dardentor, con tan imperiosa voz que obtuvo una obediencia pasiva.
Además, la señora Desirandelle acababa de perder el conocimiento.
El guía, los indígenas y el conductor ataron los caballos a fin de que no pudiesen escapar al través del campo.
Marcel Lornans habíase precipitado hacia el segundo carro, y con ayuda de Patricio sacó las armas, carabinas y pistolas, que en seguida fueron cargadas.
El señor Dardentor y Marcel Lornans cogieron las carabinas.
Juan Taconnat y Moktani las pistolas. Todos estaban agrupados al pie de un macizo de terebintos, sobre el talud de la derecha del camino.
En aquel campo desierto no había auxilio que esperar.
Los rugidos estallaron de nuevo, y casi al instante, en la orilla del bosque, apareció una pareja de fieras.
Eran un león y una leona de talla colosal, cuya amarillenta piel destacábase vigorosamente sobre el verde sombrío de los pinos de Alepo.
¿Iban aquellos animales a arrojarse sobre la caravana, a la que miraban con resplandecientes ojos, o asustados del número retrocederían al bosque, dejando el paso libre?
Lo primero que hicieron fue dar algunos pasos, sin apresurarse y sin turbar el aire más que con sordos gruñidos.
–¡Que nadie se mueva!– repitió Dardentor- y que se nos deje hacer.
–Marcel Lornans arrojó una mirada a Luisa. La joven, pálido el rostro, las facciones contraídas, pero dueña de sí, procuraba tranquilizar a su madre.
Juan Taconnat y su primo se colocaron junto a Clovis Dardentor y Moktani, a unos doce metros del macizo de terebintos.
Un minuto después, y como las fieras se hubieran acercado, sonó un tiro.
Clovis había disparado sobre la leona; pero esta vez faltóle su habitual destreza, y la bestia, saltó, lanzando rabiosos rugidos, – ¡Soy un torpe!–
exclamó Dardentor después de su golpe infructuoso.
Marcel Lornans no mereció tal reproche, pues el león fue tocado en el hombro; pero su espesa crin amortiguó el balazo, que no le hirió mortalmente, y redoblando su rabia se precipitó sobre el camino, sin que los tres pistoletazos que le disparó Juan le detuvieran, Todo esto había pasado en algunos segundos, y las dos carabinas no habían podido ser cargadas de nuevo, cuando las fieras cayeron junto al macizo.
Marcel y Juan fueron derribados por la leona, cuyas garras se alzaban sobre ellos, cuando una bala de Moktani hizo volverse repentinamente al animal, que, tornando a la carga, se lanzó contra los dos jóvenes caídos en tierra.
La carabina de Dardentor sonó una segunda vez. La bala agujereó el pecho de la leona sin atravesarle el corazón, y a no haberse puesto los dos primos fuera de su alcance, no hubieran salido sanos y salvos.
No obstante, aunque herida de gravedad, la leona era aun temible. El león que acababa de reunírsela, se precipitó con ella hacia el grupo, donde el espanto de los caballos y mulas, añadía el desorden al terror.
Moktani, cogido por el león, fue arrastrado diez pasos, todo cubierto de sangre. Juan Taconnat, con la pistola en la mano, y Marcel Lornans, que
había cargado su carabina, volvieron hacia el talud. Pero en aquel momento, dos tiros disparados casi a boca de jarro acabaron con la leona, que cayó inanimada después de un último salto.
El león, en el colmo del furor, dio un salto de veinte pies, y fue a caer sobre Clovis Dardentor, el que, no pudiendo servirse de su arma, rodó por tierra a riesgo de que la fiera le aplastara.
Juan corrió hacia él, a tres pasos del león (estad seguros que entonces no pensaba en las condiciones impuestas por el Código civil para la adopción), y apretó el gatillo de su pistola, cuyo último tiro falló.
En este momento, los caballos y mulos, en el paroxismo del espanto, rompiendo los lazos que les sujetaban, huyeron por el campo. Moktani, en la imposibilidad de servirse de su arma, se había arrastrado hasta el talud, y el señor Desirandelle, el señor Oriental y Agatocles permanecían delante de las señoras.
Clovis Dardentor no había podido levantarse, y la garra del león iba a bajarse sobre su pecho, cuando sonó un tiro.
La enorme fiera, con el cráneo perforado, echó atrás la cabeza y cayó muerta a los pies de Dardentor.
Quien había disparado contra el animal era Luisa Elissane, que arrebató la pistola a Moktani.
¡Salvado, salvado por ella!– exclamó el señor Dardentor.– ¡Y que estos leones no tenían piel de carnero, ni ruedas en las patas!
Y se levantó de un salto que no hubiera desdeñado el rey de los animales tendido en el suelo.
¡De forma que la joven había hecho lo que fue imposible para Juan Taconnat y Marcel Lornans! Verdad que, después de su hazaña, abandonáronla las fuerzas, y hubiera caído de no estar allí Marcel, que la
recibió en sus brazos y la condujo al lado de su madre.
Todo peligro había desaparecido. ¿Qué hubiera podido Dardentor añadir a las primeras palabras que le brotaron del corazón? Ayudado por los indígenas, nuestro héroe se ocupó con Patricio de recoger las mulas y caballos, cosa que se logró al poco tiempo, pues los animales, calmados después de la muerte de las fieras, volvieron por sí mismas al camino.
Moktani, gravemente herido en el costado y en el brazo, fue depositado en uno de los carros, y Patricio tuvo que montar entre las dos gibas del camello de aquel, mostrándose sportman no menos distinguido que si hubiera cabalgado sobre un potro de pura sangre.
Cuando Marcel Lornans y Juan Taconnat subieron a caballo, el segundo dijo al primero:
–Y bien: ese terranova nos ha salvado de nuevo… Decididamente, con ese hombre nada se puede hacer.
–¡Nada!– respondió Marcel.
La caravana se puso en marcha. Media hora después llegó a Sidi- Lhassen, y a las siete se apeaba en la mejor fonda de Sidi-bel-Abbes.
Ante todo, avisóse a un médico para que auxiliase a Moktani; el médico manifestó que las heridas del guía no traerían malas consecuencias.
A las ocho comieron juntos; comida silenciosa, durante la cual, como por tácito acuerdo, no se hizo alusión alguna al ataque de las fieras.
Pero a los postres, el señor Dardentor se levantó, y dirigiéndose a Luisa con una seriedad extraña en él, la dijo:
–Señorita… usted me ha salvado.
–¡Oh, señor Dardentor!– respondió la joven ruborizándose.