Clovis Dardentor
Capítulo V
–¡Si nos hiciéramos adoptar por ese buen hombre!
–¿Nosotros?
–¡Tú y yo… o bien, tú y yo!
–¡Tú estás loco, Juan!
–La noche es buena consejera, Marcel, y yo te diré mañana el consejo que me haya dado.
V
EN EL QUE PATRICIO SIGUE
ENCONTRANDO QUE ALGUNAS
VECES SU AMO ES POCO
DISTINGUIDO.
Al día siguiente a las ocho, no había aun nadie sobre cubierta.
El estado de la mar no era, sin embargo, tan malo que obligase a los pasajeros a permanecer en sus camarotes.
Apenas si el suave oleaje del Mediterráneo imprimía un débil balanceo al Argelés a la apacible noche iba a suceder un espléndido día. Si, pues, los pasajeros no habían abandonado el lecho al amanecer, era porque la pereza les retenía en él; los unos bajo el imperio del sueño; los otros, ya despiertos, abandonándose al vaivén, como un niño en su cuna.
Claro es que nos referimos a esos seres privilegiados que jamás están
enfermos en la mar, ni aun en mal tiempo, y no a los desventurados que lo están siempre, aun con tiempo apacible. Entre los últimos hay que colocar a los Desirandelle y a gran número de otros que no recobrarán su aplomo moral y físico hasta que el paquebote ancle en el puerto.
La atmósfera muy clara y muy pura, y templada por los rayos solares que reverberaban en la superficie de las aguas.
El Argelés caminaba, con una velocidad de diez millas por hora, por el cabo SSE., en dirección al Archipiélago de las Baleares. Algunos barcos pasaban al largo y a contrabordo, lanzando al viento el humo de sus chimeneas, o extendiendo su blanco velamen sobre el fondo algo brumoso del horizonte.
El capitán Bugarach iba y venía de un extremo del puente a otro por las necesidades del servicio.
En este momento Marcel Lornans y Juan Taconnat aparecieron a la entrada de la toldilla. El capitán se acercó a ellos y les estrechó las manos.
–¿Han pasado ustedes bien la noche, señores?
–Admirablemente, capitán- respondió Marcel Lornans-, y sería difícil imaginar otra mejor. No conozco cuarto de fonda que valga lo que un camarote del Argelés.
–Soy de la opinión de usted, señor Lornans- respondió el capitán Bugarach-, y no comprendo que se pueda vivir más que a bordo de un navío.
–Vaya usted a decir eso al señor Desirandelle- indicó el joven-, y a ver si participa del placer de usted.
–Ni ese señor ni los que se le parecen son capaces de apreciar el encanto de una travesía- exclamó el capitán.– Son como baúles en la cala. Esos pasajeros constituyen la vergüenza de los paquebotes. En fin… como pagan su pasaje…
–¡Claro!– respondió Marcel Lornans.
Juan Taconnat, tan locuaz por costumbre, tan expansivo, se había contentado con estrechar la mano del capitán, y no había tomado parte en la conversación. Parecía preocupado.
Marcel Lornans preguntó al capitán:
–¿Cuándo estaremos a la vista de Mallorca?
–A eso de la una de la tarde. No tardaremos en ver las primeras alturas de las Baleares.
–¿Haremos escala en Palma?
–Hasta las ocho de la noche; el tiempo preciso para embarcar las mercancías con destino a Orán.
–¿Podremos visitar la isla?
–La isla, no; pero sí la ciudad de Palma, que vale la pena según se dice.
–¿Cómo según dice? ¿Es que usted no ha estado en Mallorca?
–Treinta o cuarenta veces.
–¿Y no la ha explorado usted?
–¿Y el tiempo, señor Lornans, y el tiempo? ¿Acaso le he tenido?
–Ni tiempo… ni gusto tal vez.
–Efectivamente, ni gusto… Me mareo en tierra.
Y el capitán Bugarach abandonó a su interlocutor para subir al puente.
Marcel Lornans se volvió a su primo y le dijo:
–Vamos, Juan; esta mañana estás mudo como un Harpócrates.
–Es que reflexiono, Marcel.
–¿En qué?
–En lo que te dije ayer.
–¿Qué me has dicho?
–Que teníamos una ocasión única para hacernos adoptar por ese ciudadano de Perpignan.
–¿Aun piensas en eso?
–Sí… y después de haber pensado toda la noche.
–¿Hablas en serio?
–Muy en serio… Él desea hijos adoptivos… Que nos tome…
¡No encontrará otros mejores!
–¡Eres tan modesto como fantaseador, Juan!
–Mira, Marcel; ser soldado es muy hermoso. Alistarse en los cazadores de África es muy honroso. Sin embargo, temo que el oficio de las armas no sea lo que era en otra época.
Antes había una guerra cada tres o cuatro años. Significaba esto el ascenso seguro, grados, cruces… Pero la guerra, una guerra europea se entiende, se ha hecho casi imposible con el enorme contingente que representan millones de hombres a quienes armar, conducir, alimentar, etc. Nuestros
oficiales no tienen más porvenir que retirarse capitanes, la mayor parte al menos. La carrera militar, aun con suerte, no dará ya lo que daba hace treinta años. Las grandes guerras han sido reemplazadas con las grandes maniobras. Desde el punto de vista social esto es un progreso, pero…
–Juan- dijo Marcel Lornans.– Era preciso haber pensado así antes de ponerse en camino para Argel.
–Entendámonos, Marcel. Yo estoy siempre dispuesto, como tú, a alistarme.
Sin embargo, si la fortuna se decidiese a abrir sus manos a nuestro paso…
–¡Estás loco!
–¡Diablo!
–Tú ves ya en el señor Dardentor…
–¡Un padre!
–Olvidas, pues, que para adoptarte sería preciso que te hubiera prestado sus cuidados durante seis años de tu menor edad. ¿Lo ha hecho?
–No, que yo sepa, o, en todo caso-, yo no le he notado.
–Veo que recobras el juicio, querido Juan, puesto que te lamentas de ello.
–Me lamento y no me lamento.
–¿Acaso habrás salvado a ese hombre de las olas, de las llamas o en un combate?
–No…, pero le salvaré, o, mejor dicho, le salvaremos.
–¿Cómo?
–No lo sospecho.
–¿Será en la tierra, en la mar o en el espacio?
–Según como se presente la ocasión, y no es imposible que se presente.
–¿Cuando tú quieras hacerla nacer?
–¿Por qué no? Estamos a bordo del Argelés, y suponiendo que el señor Dardentor caiga al mar…
–No tendrás la intención de arrojarle…
–En fin…, admitamos que cae. Tú o yo nos precipitamos en su auxilio, como un heroico terranova; éste le salva, y el dicho terranova se convierte en un perro…, digo, en un hijo adoptivo.
–Habla por ti, que sabes nadar, Juan. Yo no sé; y si no tengo más que esa ocasión de hacerme adoptar por ese digno señor…
–Comprendido, Marcel… Yo opero en la mar y tú en la tierra… Pero convengamos en ello; si tú llegas a ser Marcel Dardentor, no sentiré envidia; y si soy yo quien obtiene ese nombre magnífico…, al menos que ambos…
–No quiero responderte, mi pobre Juan.
–Y yo te dispenso a condición que me dejes realizar mis planes…
–Lo que me inquieta es que tú hagas desfilar ese montón de locuras con una gravedad que no está en tus costumbres.
–Porque la cosa es muy grave. Por lo demás, tranquilízate; tomará el negocio por su lado alegre, y si no obtengo resultados, no me saltaré la tapa de los sesos.
–Pero ¿los tienes aun?
–Aun quedan algunos gramos.
–Te repito que estás loco.
–¡Diablo!…
Continuaron en esta conversación, a la que Marcel Lornans no quería dar importancia alguna, y mientras fumaban, recorrieron la toldilla de proa a popa.
Al aproximarse a la baranda del barco vieron al criado de Clovis Dardentor inmóvil junto a la chupeta de la máquina y vestido con su librea de viaje, de irreprochable corrección.
¿Qué hacía allí y qué esperaba, sin demostrar impaciencia alguna? Esperaba que su amo despertase. El criado del señor Dardentor era tan original como su amo. Pero entre ambos, ¡qué diferencia de temperamento y de carácter!
Patricio- aunque no fuese de origen irlandés, se llamaba así, y merecía el nombre que viene de los patricios, de la antigua Roma- era un hombre de unos cuarenta años. Sus maneras distinguidas contrastaban con las del de Perpignan, al que tenía a la vez la buena y mala suerte de servir. Las facciones de su rostro, siempre afeitado; su frente un poco inclinada hacia atrás; su mirada llena de cierto orgullo; su boca, cuyos labios medio cerrados dejaban ver hermosos dientes; su cabellera rubia, cuidadosamente peinada; su reposada voz, su noble aspecto, permitían colocarle en ese tipo, cuya cabeza, según los frenólogos, forma “un circuito alargado” Tenía el aire de un miembro de la Alta Cámara de Inglaterra. Desde hacía quince años ocupaba aquella plaza, que algunas veces tuvo deseos de dejar. A la inversa, Clovis Dardentor había tenido, no menos frecuentemente, la idea de ponerle en la calle; pero la verdad era que, no obstante la diferencia de su naturaleza, ninguno de ellos podía pasarse sin el otro. Lo que encadenaba a Patricio a su amo no eran los gajes, con ser éstos de importancia, sino la seguridad de que Dardentor tenía en él una confianza absoluta, y en realidad merecida. Pero ¡qué herido en su amor propio se sentía Patricio viendo la
familiaridad, la locuacidad, la exuberancia del meridional! A sus ojos, al señor Dardentor le faltaba distinción. No demostraba la dignidad que su situación social le imponía. El antiguo tonelero aparecía en su manera de saludar, de presentarse, de expresarse. Le faltaban buenas formas; y ¿cómo hubiera podido adquirirlas fabricando y rodando millares de toneles por sus almacenes? ¡No! No podía ser, y Patricio no se ocultaba para decirlo.
Algunas veces, Clovis Dardentor, que, como se habrá notado, tenía la manía de “hacer frases”, aceptaba de buen talante las observaciones de su criado.
Reíase de ellas y se burlaba de aquel “mentor con librea “, gozándose en excitarle con sus respuestas. Algunas veces también, en días de mal humor, se incomodaba; enviaba a paseo al maldito consejero, y le daba como tiempo para que se marchase la tradicional semana, cuyo fin no llegaba nunca.
En el fondo, si Patricio estaba disgustado por servir a un amo tan poco gentleman, Clovis Dardentor estaba orgulloso de tan distinguido criado.
El día de que se habla, Patricio no tenía grandes motivos de satisfacción.
Sabía por el jefe del comedor que durante la comida de la víspera, el señor Clovis Dardentor se había abandonado a censurables intemperancias de lenguaje, que había hablado sin juicio, produciendo en los convidados una pobre idea de un natural de los Pirineos orientales. No; Patricio no estaba contento, y no podía ocultarlo. Por esto desde muy temprano, antes de ser llamado, se había permitido golpear a la puerta del camarote núm. 13.
Al primer golpe, sin respuesta, sucedió un segundo más acentuado.
–¿ Quién es?– gruñó una voz somnolienta.
–Patricio.
–¡Voto al diablo!
Sin ir donde se le enviaba, Patricio se retiró en seguida, muy molestado por
aquella respuesta poco parlamentaria, a la que, no obstante, debía de estar acostumbrado.
–¡Nada haré nunca de semejante hombre!– murmuró, obedeciendo.
Y siempre digno, siempre noble, siempre “lord inglés”, volvió al puente, a fin de esperar pacientemente la aparición de su amo.
Duró la espera una hora larga, pues el señor Dardentor no sentía prisa por abandonar el lecho. Al fin oyóse el ruido de la puerta del camarote, y después se abrió la de la toldilla para dar paso al principal personaje de esta historia.
En aquel momento, Juan Taconnat y Marcel Lornans, que estaban apoyados en la barandilla, le vieron.
–¡Calle!… ¡Nuestro padre!– dijo el primero.
Al oír este prematuro calificativo, Marcel Lornans soltó la carcajada.
Entretanto, con paso mesurado, aspecto severo y rostro con expresión desaprobadora, Patricio, bastante mal dispuesto a recibir las órdenes de su amo, avanzó hacia éste.
–¡Ah!… ¿Eres tú, Patricio?… ¿Has sido tú el que ha venido a despertarme en lo mejor de mi sueño?
–El señor convendrá que mi deber…
–Tu deber era esperar a que yo llamase.
–El señor se cree sin duda en Perpignan, en su casa de la plaza de la Loge.
–Yo me creo donde estoy- replicó el señor Dardentor-; y si hubiera tenido necesidad de ti, te hubiera mandado a buscar, especie de despertador mal montado…
El rostro de Patricio se contrajo ligeramente, y respondió con gravedad:
–Prefiero no oír al señor cuando el señor expresa su pensamiento en tales términos. Además, haré observar al señor que la gorra con que el señor se ha cubierto no me parece de lo más propio para un viajero de primera.
En efecto, la gorra que echada atrás llevaba Dardentor era poco elegante.
–¿De modo que no te gusta mi gorra?
–No más que la blusa que el señor se ha puesto, bajo pretexto de ser preciso tener el aire marino cuando, se navega.
–¡Verdaderamente!
–Si el señor me hubiera recibido, hubiera impedido al señor que se vistiera de ese modo.
–¿Lo hubieras impedido, Patricio?
–Tengo la costumbre de no ocultar mi opinión al señor, aun cuando esto le contraríe, y es lo que hago en Perpignan en casa del señor, y es natural que lo haga a bordo de este paquebote.
–¿Cuándo concluirá usted, señor Patricio?
–Aunque esta fórmula sea de una perfecta cortesía, debo confesar que no he dicho todo lo que tengo que decir, y lo primero es que el señor debió ayer, durante la comida, observarse más que lo hizo.
–¿Observarme… sobre la comida?
–Y sobre las libaciones, que fueron más allá de lo justo.
En fin, según lo que me ha referido el jefe del comedor, un hombre muy
correcto…
–¿Y qué le ha contado a usted ese hombre tan correcto?– preguntó Clovis Dardentor, que ya no tuteaba a su criado, indicio de que su mal humor llegaba a lo último.
–Que el señor había hablado…, hablado, y de cosas que vale más callar, en mi opinión, cuando no se conoce a las personas delante de las que se habla.
Esto es no solamente cuestión de prudencia, sino de dignidad…
–¡Señor Patricio!…
–¿Me llama el señor?…
–¿Ha ido usted donde le he enviado esta mañana cuando llamó a la puerta de mi camarote de manera tan intempestiva?
–No recuerdo.
–Yo le refrescaré la memoria. Le he enviado a usted al diablo, y con todos los miramientos debidos, me prometo enviarle a usted al diablo por segunda vez, y esté usted allí hasta que yo le llame.
Entornó Patricio los ojos y apretó los labios. Después se dirigió a proa en el momento en que el señor Desirandelle salía de la toldilla.
–¡Ah, excelente amigo!– exclamó Clovis Dardentor al verle.
El señor Desirandelle se había atrevido a salir al puente a fin de respirar un oxígeno más puro que el de los camarotes.
–Y bien- añadió Dardentor-, ¿cómo va desde ayer?
–Mal…
–¡Animo, amigo, ánimo! Tiene usted la cara más blanca que una sábana, los
ojos vidriosos, los labios pálidos…; pero esto no es nada, y esta travesía se acabará…
–¡Mal, Dardentor!
–¡Qué pesimista está usted! Vamos: sursum corda, como se canta en las fiestas en que repican gordo.
¡Realmente, la cita era oportuna tratándose de un hombre mareado!
–Por lo demás- añadió Dardentor-, dentro de una hora podrá usted poner el pie en tierra firme. El Argelés anclará en Palma.
–¡Donde no permanecerá más que medio día!– suspiró el señor Desirandelle-, y llegada la noche será preciso volver a embarcar en este abominable columpio ¡Ah! ¡Si no se tratase del porvenir de Agatocles!
–Claro es, Desirandelle, y eso merece esta ligera molestia.
¡Ah! Mi viejo amigo, me parece ver allá abajo aquella encantadora joven, con la lámpara en la mano, como Hero esperando a Leandro, a Agatocles quiero decir, en la ribera argelina. Y aun resulta mala la comparación, porque, según dice la leyenda, el desdichado Leandro se ahogó en el camino.
¿Almorzará usted hoy con nosotros?
–¡Oh, Dardentor! En el estado en que me encuentro…
–¡Es lástima, mucha! La comida de ayer ha sido muy alegre, y el menú de primera. ¡Los manjares eran dignos de los comensales! ¡El doctor Bruno es una excelente persona!…
Y esos dos jóvenes, ¡qué simpáticos compañeros de viaje! ¡Y de qué manera se ha portado ese asombroso Agatocles! ¡Si no ha abierto la boca para hablar, por lo menos la ha abierto para comer!…¡Se ha llenado hasta la
barba!
–¡Ha hecho bien!
–Ciertamente. ¡Ah! ¿No veremos esta mañana a la señora de Desirandelle?
–No lo creo…; ni esta mañana… ni más tarde…
–¿Cómo? ¿Ni en Palma?
–La es imposible levantarse.
–¡Querida señora! ¡Cómo la compadezco! ¡Y cómo la admiro! ¡Todo lo sufre por Agatocles! ¡Tiene verdadera- mente entrañas de madre… y un corazón! Pero no hablemos ahora de su corazón… ¿Sube usted a la toldilla?
–No. No podría, señor Dardentor. ¡Prefiero permanecer en el salón! ¡Es más seguro! ¡Ah! ¡Cuándo se construirán barcos que no dancen, y por qué obstinarse en hacer navegar en tales máquinas!
–Es cierto, señor Desirandelle, que en tierra los barcos se burlarían del balanceo. Pero aun no estamos en esa época.
¡Ya llegaremos, ya llegaremos!
En espera de la realización de este progreso, el señor Desirandelle tuvo que resignarse a tenderse sobre uno de los canapés del salón, que no debía abandonar hasta la llegada a las Baleares.
Clovis Dardentor le estrechó la mano, y subió por la escalera de la toldilla con el aplomo de un viejo lobo de mar, la gorra echada atrás, el rostro alegre, y la blusa desplegada al viento como un pabellón.
Los dos primos se reunieron a él. Cambiáronse saludos de simpatía y preguntas sobre la salud recíproca. ¿Había Clovis Dardentor dormido bien después de las horas pasadas a la mesa? Perfectamente; con sueño no
interrumpido y reparador: ¡lo que se llama tapiar los dos ojos!
¡Oh!. ¡Si Patricio hubiera oído tales palabras en boca de su amo!
Y aquellos señores, ¿habían descansado -Como un par de leños- respondió Juan Taconnat, que deseaba mantenerse al diapasón de Clovis.
Por fortuna Patricio no estaba allí. Conversaba en elegante forma con su nuevo amigo, el jefe del comedor. Verdaderamente, no hubiera formado buena idea de aquel joven parisiense que se expresaba en tan vulgares términos.
Siguió la conversación en familiar abandono. El señor Clovis Dardentor se felicitaba por haber entablado relaciones con los dos jóvenes. Y para éstos,
¡qué fortuna haber conocido a un compañero de viaje tan simpático como Clovis Dardentor! ¿Se volverían a ver en Orán ¿Aquellos señores pensaban prolongar su estancia en aquel punto?
–Sin duda- respondió Marcel Lornans- pues nuestra intención es incorporarnos…
–¿Incorporarse al teatro?
–No, señor Dardentor, al 7º de cazadores de África.
–Hermoso regimiento, señores, y ustedes sabrán abrirse camino. De forma,
¿que es cosa resuelta?
–A menos- continuó Juan- que sobrevengan ciertas circunstancias.
–Señores- respondió Clovis Dardentor.– Tengo la seguridad de que honrarán ustedes la carrera a que se dediquen, cualquiera que esta sea.
¡Ah, si hubiera llegado esta frase a oídos de Patricio! Pero éste, en compañía del jefe del comedor, había bajado a la cocina, donde humeaba el café con leche en las vastas tazas de a bordo.
En fin, lo cierto era que los señores Clovis Dardentor, Juan Taconnat y Marcel Lornans habían tenido un gran placer al encontrarse, y esperaban que el desembarco en Orán no sería causa de una brusca separación, como frecuentemente sucede entre compañeros de viaje.
–Y- dijo Clovis Dardentor- si no tienen ustedes inconveniente, nos alojaremos en el mismo hotel.
–Ninguno- se apresuró a responder Juan Taconnat,– y eso presenta ventajas indiscutibles.
–Pues queda convenido.
Nuevo cambio de apretones de manos, en los que Juan Taconnat encontraba algo de paternal y filial.
–Si por feliz casualidad- pensaba- se declarase un incendio en el hotel, ¡qué ocasión para salvar de las llamas a este excelente hombre!
A las once fueron señalados los contornos lejanos del Archipiélago de las Baleares en el SE. Antes de las tres, el paquebote estaría a la vista de Mallorca. Sobre aquella mar favorable no sufriría retraso alguno, y llegaría a Palma con la exactitud de un expreso.
Los pasajeros que habían asistido a la comida de la víspera bajaron al comedor.
La primera persona a quien vieron fue al señor Eustache Oriental, siempre sentado a un extremo de la mesa.
¿Quién era aquel personaje tan obstinado, tan poco sociable, aquel cronómetro de carne y hueso, cuyas agujas no señalaban más hora que la de la comida?
–¿Es que ha pasado la noche en este sitio?– preguntó Marcel Lornans.
–Probablemente- respondió Juan Taconnat.
–Se le habrá olvidado destornillar su tuerca- añadió Clovis Dardentor.
El capitán Bugarach, que esperaba a sus pasajeros, les saludó afectuosamente, formulando la esperanza de que el almuerzo merecería todos sus elogios. Después el doctor Bruno saludó a todos. Tenía un hambre de lobo, de lobo marino, se entiende, tres veces al día. Se informó particularmente de la extravagante salud del señor Clovis Dardentor.
Clovis Dardentor gozaba de mejor salud que nunca, cosa que lamentaba por el doctor, del que sin duda no utilizaría los primeros preciosos servicios.
–Nada se puede asegurar en ese punto, señor Dardentor respondió el doctor Bruno.– Muchos hombres tan sólidos como usted, después de resistir una travesía, han caído a la vista del puerto.
–Vamos, doctor. Eso es lo mismo que si aconsejara usted a un marsuino que tuviera cuidado con el mareo.
–He visto marsuinos que le padecían- respondió el doctor- cuando se les sacaba del agua a la punta de un arpón.
Agatocles ocupó su sitio de la víspera. Tres o cuatro pasajeros nuevos se sentaron a la mesa. ¿Hizo tal vez un gesto de desagrado el capitán Bugarach? Aquellos estómagos a dieta desde el día anterior debían de tener un hambre horrible.
¡Qué brecha en el menú, del almuerzo!
Durante éste, y a despecho de las observaciones de Patricio, el gasto de la conversación le hizo Dardentor. Pero esta vez habló menos de su pasado y más de su porvenir, y por porvenir entendía su estancia en Orán. Contaba con visitar toda la provincia, tal vez toda la Argelia, tal vez aventurarse hasta el Desierto. ¿Por qué no? A este fin preguntó sí había árabes en Argel.
–Algunos- respondió Marcel Lornans.– Se les conserva por el color local.
–Más de media docena- añadió Juan Taconnat-; y aún conservan la piel de carnero y argollas en las piernas.
–No se fíen ustedes, señores- creyó deber afirmar el capitán Bugarach.
Se comió bien, se bebió mejor. Los nuevos pasajeros se atracaron. Parecían toneles de las Danaides. ¡Ah! ¡Si el señor Desirandelle hubiera estado allí!… Pero más valía que no, pues varias veces los vasos chocaron contra los cubiertos y los platos se agitaron sobre la mesa.
Ya era el mediodía cuando, después de consumido el café y los licores, los pasajeros se levantaron, abandonando el comedor para refugiarse bajo el toldo de la cubierta.
Sólo el señor Oriental permaneció en su sitio, lo que hizo que el señor Clovis Dardentor preguntase quién era aquel pasajero tan puntual a la hora de las comidas y tan deseoso de no intimar con nadie.
–Lo ignoro- respondió el capitán Bugarach-; y no sé más que se llama el señor Eustache Oriental.
–¿Dónde va? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su profesión?
–Creo que no lo sabe nadie.
Patricio se acercaba para ofrecer sus servicios si eran necesarios. Como oyera la serie de preguntas hechas por su amo, creyó poder permitirse decir:
–Si el señor me autoriza para ello, yo puedo darle algunas noticias.
–¿Le conoces?
–No; pero he sabido por el jefe del comedor lo que éste ha sabido por el