Clovis Dardentor
Capítulo VI
recadero del hotel en Cette.
–Di en tres palabras lo que sepas.
–Presidente de la Sociedad Astronómica de Montelimar respondió Patricio secamente.
El señor Eustache Oriental era, pues, un astrónomo.
Esto explicaba el anteojo de larga vista que llevaba en banderola, y del que se servía para interrogar los diversos puntos de vista del horizonte o cuando se decidía a aparecer sobre cubierta. Parecía poco dispuesto a intimar con nadie.
–¡Su astronomía le absorbe!– se contentó con responder Clovis Dardentor.
A la una, Mallorca mostró las variadas ondulaciones de su litoral y las pintorescas alturas que la dominan.
El Argelés modificó su dirección a fin de rodear la isla, y con el abrigo de la tierra encontró la mar más en calma, lo que hizo que gran número de pasajeros abandonaran sus camarotes.
–El paquebote dobló en seguida el peligroso arrecife de la Dragonera, sobre que se yergue un faro, y entró en el estrecho paso de Friou, entre rocas abruptas. Después, dejando a babor el cabo Calanguera, el Argelés evolucionó a la entrada de la bahía de Palma, y fue a amarrar al muelle, donde se agolpaba una multitud de curiosos.
VI
EN EL QUE LOS MÚLTIPLES
INCIDENTES DE ESTA HISTORIA
CONTINÚAN EN LA CIUDAD DE
PALMA.
Si hay un sitio que se pueda conocer a fondo sin haberle visitado jamás, es el magnífico archipiélago de las Baleares.
Seguramente merece atraer a los turistas, que no sentirán haber pasado de una isla a la otra, aunque las azules olas del Mediterráneo estuvieran blancas de furor. Después de Mallorca, Menorca; después de Menorca, el salvaje islote de Cabrera, el islote de las Cabras. Y después de las Baleares, que forman el grupo principal, Ibiza, Formentera, Conejera, con sus espesos bosques de pinos.
¡Sí! Si lo que se ha hecho para este oasis del Mediterráneo se hubiera hecho con cualquiera otro país de los dos continentes, sería inútil que uno abandonara su casa y se pusiera en viaje para ir a admirar con los propios ojos las maravillas naturales recomendadas a los viajeros. Bastaría encerrarse en una biblioteca, a condición de que esta biblioteca poseyera la obra de Su Alteza el Archiduque Luis Salvador de Austria sobre las Baleares, y leer un texto tan completo y tan preciso, mirando los grabados en colores, las vistas, los dibujos, los croquis, los planos, los mapas, que hacen de esta publicación una obra sin rival.
Es, en efecto, un trabajo incomparable por la belleza de la ejecución, por su valor geográfico, étnico, estadístico, artístico… Por desgracia esa obra maestra de librería no está en el comercio.
Así es que Clovis Dardentor no la conocía, ni Marcel Lornans, ni Juan Taconnat. Sin embargo, puesto que, gracias a la escala del Argelés, habían desembarcado en la principal isla del archipiélago, por lo menos iban a presentarse en su capital, penetrando en el corazón de aquella ciudad encantador, y fijar sus recuerdos en sus notas. Y probablemente después de
saludar en el fondo del puerto el yate Nixe del Archiduque Luis Salvador, sentirían el deseo de fijar su residencia en la admirable isla.
Así que el paquebote amarró en el puerto artificial de Palma, gran número de pasajeros desembarcó. Los unos, aún conmovidos por la agitación de aquella travesía, tan tranquila no obstante- principalmente las señoras-, no veían allí más que la satisfacción de sentir bajo sus pies la tierra firme durante algunas horas. Los otros contaban aprovechar la escala visitando la capital de la isla y sus alrededores, si el tiempo lo permitía, desde las dos hasta las ocho de la noche, pues, el Argelés debía hacerse a la mar al caer la noche, y para comodidad de los excursionistas la comida se había retrasado hasta después de la marcha.
Entre los últimos no extrañará que se contasen el señor Clovis Dardentor, Marcel Lornans y Juan Taconnat. Desembarcaron igualmente el señor Eustache Oriental con su anteojo, los señores Desirandelle, padre e hijo, dejando a la señora de Desirandelle en su camarote, donde dormía un sueño reparador.
–¡Buena idea, mi excelente amigo! dijo Clovis Dardentor al señor Desirandelle.– ¡Algunas horas en Palma sentarán bien a su máquina, algo estropeada! ¡Qué ocasión para desentumecernos, vagando por la ciudad pedibus cumjambis!…
¿Es usted de los nuestros?
–Gracias, Dardentor- respondió el señor Desirandelle, cuyo semblante comenzaba a recobrar el color.– Me sería imposible seguir a ustedes, y prefiero instalarme en un café, donde les esperaré.
Y esto fue lo que hizo, mientras Agatocles iba a gandulear por la izquierda y el señor Oriental por la derecha. No parecía que ni uno ni otro estuvieron poseídos de la manía del turismo.
Patricio, que había abandonado el paquebote siguiendo a su amo, se acercó a pedirle órdenes con voz grave:
–¿Acompaño al señor?
–Por de contado. ¡Es posible que encuentre algún objeto de mi gusto, un bibelot del país, y no tengo la intención de llevarle a cuestas!
Efectivamente; no hay turista que, vagando por las calles de Palma, no encuentre algún bibelot de origen mallorquín, uno de esos cacharros que sostienen la comparación con la porcelana de China, una de esas mayólicas, llamadas así por el nombre de la isla muy afamada por esta fabricación.
–Si usted lo permite- dijo Juan Taconnat- pasearemos juntos.
–¡Cómo, señor Taconnat! Precisamente iba yo a suplicar a ustedes que aceptasen mi compañía durante este breve tiempo.
Patricio encontró la respuesta conveniente, y la aprobó con un ligero movimiento de cabeza. No dudaba que su amo ganaría mucho con el trato de los dos parisienses, que, en su opinión, debían de pertenecer a la más distinguida sociedad.
Mientras Clovis Dardentor y Juan Taconnat cambiaban aquellas palabras de cortesía, Marcel Lornans sonreía, adivinando el objeto que tenían por parte de su amigo.
–Pues bien… ¡sí!– le decía éste aparte.– ¿Por qué no ha de presentarse la ocasión que deseo?
–¡Sí… Sí! ¡La ocasión, Juan!… La famosa ocasión exigida por el Código…, el combate…, el fuego…, las olas…
–¿Quién sabe?
No había que temer que durante el paseo por las calles de la ciudad el señor Dardentor fuese arrastrado por las olas, ni envuelto por las llamas, ni atacado por nadie; por desgracia para Juan Taconnat, no había ni animales
feroces, ni malhechores de ninguna especie en las afortunadas islas Baleares.
Y como no había tiempo que perder, preciso era aprovechar las horas de escala del paquebote.
Al entrar el Argelés en la bahía de Palma, los pasajeros pudieron notar tres edificios que dominan pintorescamente las casas del puerto. Eran la catedral, un palacio que está al lado, y a la izquierda, cerca del muelle, una construcción de soberbio aspecto, cuyas torrecillas se reflejan en el agua.
Destacábanse sobre el muro los campanarios de las iglesias y grandes aspas de molinos movidas por la brisa.
Lo mejor cuando no se conoce un país es consultar la Guía de los viajeros, y si no se tiene este librito, tomar un guía.
Esto último fue lo que hicieron el señor Dardentor y sus compañeros. Era el tal guía mozo de unos treinta años, de elevada estatura y rostro dulce. Una especie de capa obscura sujeta a la espalda, un pantalón bombacho y un sencillo pañuelo rojo a la cabeza constituían su traje.
Por algunos duros se convino entre Dardentor y el mallorquín en que recorrerían a pie la ciudad, y visitarían los principales edificios, completando la exploración con un paseo en Carruaje por los alrededores.
Lo que sedujo principalmente a Dardentor fue que el guía hablaba el francés de un modo inteligible, con el acento propio del Mediodía de Francia, que distingue a los naturales de los alrededores de Montpellier. Y
como se sabe, entre Montpellier y Perpignan la distancia no es grande.
Tenemos, pues, a nuestros tres turistas en camino, escuchando las indicaciones de un guía- cicerone, que empleaba frases tan pomposas como descriptivas.
El archipiélago de las Baleares vale que se conozca su historia, tan
magistralmente contada por la voz de sus monumentos y de sus leyendas.
Lo que se ve ahora, no indica nada de lo que fue en otra época. Muy floreciente hasta el siglo XVI, si no desde el punto de vista industrial, a lo menos desde el punto de vista comercial, su admirable situación, la facilidad de las comunicaciones marítimas con los tres grandes países de Europa, Francia, Italia y España, y su vecindad al litoral africano, le valieron ser un punto de escala para toda la marina mercante.
Bajo la dominación del rey Jaime I el Conquistador, de tan venerada memoria, llegó a su apogeo, merced al genio de sus audaces armadores, que contaban entre ellos los más distinguidos miembros de la nobleza mallorquina.
Hoy el comercio está reducido a la exportación de los productos del suelo: aceite, almendras, alcaparrones, limones, legumbres. Su industria se limita a la cría de puercos, que son expedidos a Barcelona. La cosecha de las naranjas, menos abundante de lo que se cree, no justifica el nombre de
“Jardín de las Hespérides” que aún se atribuye a las islas Baleares.
Pero lo que este archipiélago no ha perdido, lo que no puede perder Mallorca, la isla más extensa del grupo, de una superficie de tres mil cuatrocientos kilómetros cuadrados para una población que pasa de doscientos mil habitantes, es su clima encantador, de infinita dulzura; su atmósfera limpia, sana, vivificante; sus maravillas naturales; el esplendor de sus paisajes; el luminoso color de su cielo, que justifican otro de sus nombres mitológicos: el de la “Isla del buen genio” Rodeando el puerto para dirigirse al monumento que atrajo desde luego la atención de los viajeros, el guía cumplió a conciencia su oficio de cicerone, un verdadero fonógrafo de rotación continua, que repetía por centésima vez las frases de su repertorio. Refirió que la fundación de Palma, un siglo antes de la era cristiana, databa de la época en que los romanos ocupaban la isla, después de habérsela disputado por largo tiempo a los habitantes, ya célebres por su habilidad en manejar la honda.
Clovis Dardentor admitió que el nombre de Baleares fuese debido a ese
ejercicio en que tanta fama adquirió David, y hasta que el pan de cada día no se daba a los niños sino después de haber hecho blanco con su honda.
Pero cuando el guía afirmó que las balas lanzadas por aquel primitivo aparato de proyección se fundían al atravesar el aire tanta era su velocidad-, dirigió una mirada significativa a los dos jóvenes.
–¡Ah!… ¿Es que este insular se burla de nosotros?– murmuró.
–¡Oh! ¡En el Mediodía!… – añadió Marcel Lornans.
Sin embargo, aceptaron como auténtico este pasaje de historia: que el cartaginés Amílcar hizo escala en la isla de Mallorca, durante su travesía de África a Cataluña, y que allí vino al mundo su hijo, conocido generalmente con el nombre de Aníbal.
En cuanto a dar por cierto que la familia Bonaparte fue originaria de la isla de Mallorca, y que en ella residía desde el siglo XV, Clovis Dardentor lo rehusó obstinadamente.
¡Córcega, sí!… Las Baleares, jamás!
Palma fue el teatro de numerosos combates; primero, cuando se defendía contra los soldados del rey D. Jaime; después, cuando los campesinos propietarios se levantaron contra la nobleza, que les abrumaba con impuestos, y, en fin, cuando tuvo que resistir a los corsarios berberiscos.
Pero aquellos tiempos habían pasado. La ciudad gozaba al presente de una calma que debía de quitar a Juan Taconnat toda esperanza de intervenir en una agresión dirigida contra su futuro padre adoptante.
El guía, remontándose a principios del siglo XV, refirió que el torrente de la Reina, en una crecida extraordinaria, había causado la muerte de mil seiscientas treinta y ocho personas. De aquí esta pregunta de Juan Taconnat.
–¿Dónde está ese torrente?
–Atraviesa la ciudad.
–¿Le encontraremos?
–Sin duda.
–Y…, ¿tiene mucha agua?
–No más que para ahogar un ratón.
–¡Eso no me sirve!– dijo el pobre joven al oído de su primo.
Mientras hablaban, los tres turistas tomaban una idea de la ciudad baja siguiendo los muelles, o más bien las terrazas que soportan la muralla a lo largo de la mar.
Algunas casas presentaban las fantásticas disposiciones de la arquitectura morisca, lo que depende de que los árabes han habitado la isla durante un período de cuatrocientos años. Las entreabiertas puertas dejaban ver corredores centrales, patios rodeados de ligeras columnas, el pozo tradicional con su elegante armadura de hierro, la escalera de caprichoso giro, el peristilo adornado de plantas trepadoras en plena floración, las ventanas con bastidores de piedra de una esbeltez incomparable, algunas con miradores a la española.
Clovis Dardentor y sus compañeros llegaron ante un edificio flanqueado por tres torres octogonales, que aportaba la nota gótica en medio de los primeros ensayos del Renacimiento.
–¿Qué construcción es ésta?– preguntó el señor Dardentor.
Según Patricio, pudo emplear una palabra más fina.
Era “la Fonda”, la antigua Bolsa; un magnífico monumento de soberbias ventanas almenadas, cuya cornisa artísticamente cortada y finas molduras hacían honor a los adornistas de aquel tiempo.
–Entremos- dijo Marcel Lornans, al que le interesaban las curiosidades arqueológicas.
Entraron franqueando una arcada que un sólido pilar partía por medio. En el interior había un espacioso salón, capaz para contener mil personas, la bóveda del cual estaba sostenida por columnas en espiral. No faltaba allí más que el movimiento del comercio, el tumulto de los mercaderes que llenaban aquel sitio en épocas más prósperas.
Esto es lo que hizo observar Clovis Dardentor. Hubiera querido transportar aquel edificio a su ciudad natal, y él sólo le hubiera vuelto su animación de otra época.
No hay que decir que Patricio admiraba aquellas hermosas cosas con la flema de un viajero inglés, produciendo en el guía la impresión de un gentleman discreto y reservado.
A Juan Taconnat, la charla del cicerone no producía más que mediano interés, no porque el joven fuera insensible a los encantos del gran arte de la arquitectura, sino porque estaba bajo la obsesión de una idea fija, y se lamentaba de “no tener nada que hacer en aquel edificio”.
Después de una breve visita, el guía les encaminó por la calle de la Reina.
Había bastante gente. Los hombres tenían hermoso tipo, aspecto elegante.
Vestían pantalón bombacho y chaqueta de piel de cabra sujeta a la cintura.
Las mujeres eran muy hermosas, de subido color, ojos negros y profundos y rostro expansivo. Su traje se componía de falda de vivos colores, talle corto, corsé escotado. Llevaban los brazos desnudos; algunas jóvenes iban graciosamente cubiertas con el “rebocillo”, el que, a pesar de lo que tiene de monacal, no roba nada al encanto del rostro ni a la vivacidad de la mirada.
No había tiempo para entretenerse en cambiar cumplimientos y saludos, por más que sea muy dulce y agradable hablar con las jóvenes mallorquinas.
Apresurando el paso, los turistas pasaron por la muralla del Palacio Real, vecina a la catedral, y que, vista desde cierta parte, desde la bahía, por ejemplo, parece confundirse con ella.
Es un vasto edificio con torres cuadradas, precedido de un pórtico, que tiene un ángulo de la época goda, por más que en su híbrida construcción muestre la mezcla del estilo romano y del morisco.
A algunos centenares de pasos, el grupo de los excursionistas llegó a una gran plaza de irregular dibujo, y en la que desembocan varias calles que conducen al interior de la ciudad.
–¿Qué plaza es ésta?– preguntó Marcel Lornans.
–La plaza de Isabel II- respondió el guía.
–¿Y esa ancha calle que tiene casas de tan hermosa apariencia?
–El paseo del Borne.
Era una calle de pintoresco aspecto, con casas de fachadas diversas, con ventanas llenas de verde, espaciosos balcones y miradores de vidrios coloreados, colocados junto a las murallas, y algunos árboles diseminados por todas partes.
El paseo del Borne conduce a la plaza oblonga de la Constitución, en la que se alza el edificio de la Hacienda pública.
–¿Subimos por el paseo del Borne?– preguntó Clovis Dardentor.
–Bajaremos por él a la vuelta- respondió el guía.– Es preferible ir a la catedral, que está cerca.
–¡Vaya por la catedral!– respondió Dardentor-, y no me disgustaría subir a una de sus torres, a fin de ver desde allí el conjunto de la ciudad.
–Mejor sería- dijo el guía- ir a visitar el castillo de Bellver, fuera de la ciudad, desde el cual se dominan los alrededores.
–¿Tendremos tiempo?– observó Marcel Lornans.– El Argelés parte a las ocho.
Juan Taconnat acababa de vislumbrar una esperanza.
¿Acaso una excursión por el campo ofrecería la ocasión que buscaba en vano en las calles de la ciudad?
–Tendrán ustedes tiempo, señores- respondió el guía.– El castillo de Bellver no está lejos, y ningún viajero se perdonaría abandonar a Palma sin verle.
–¿Y de qué modo iremos?
–Tomando un coche en la puerta de Jesús.
–Pues bien; a la catedral- dijo Marcel Lornans.– Volvió el guía a mano derecha, entró por una estrecha calle, la calle de la Seo, se dirigió hacia la plaza del mismo nombre, en la que se eleva la catedral, dominando con su fachada occidental la muralla por encima de la calle del Mirador.
El guía condujo primero a los turistas ante la portada de la Mar. Esta portada es de la admirable época de la arquitectura ojival, en la que la disposición resplandeciente de las ventanas y de los florones deja presentir la próxima fantasía del Renacimiento. Algunas estatuas pueblan sus urnas laterales, y su tímpano reproduce, entre las guirnaldas de piedra, escenas bíblicas finamente dibujadas, de inocente y sencilla composición.
Cuando se encuentra uno ante la puerta de un edificio, lo primero que se ocurre es que se penetra en el edificio por aquella puerta.
Clovis Dardentor se disponía, pues, a empujarla, cuando el guía le detuvo.
–Esa puerta está tapiada.
–¿Y por qué razón?
–Porque el viento de la mar entraba con tal violencia, que los fieles podían creerse ya en el valle de Josafat, bajo los golpes de la tempestad del juicio final.
Frase que el guía repetía invariablemente a todos los extranjeros, de la que estaba muy orgulloso, y que agradó a Patricio.
Rodeando el monumento, terminado en 1601, se puede admirar el exterior, sus dos flechas muy adornadas y sus múltiples pináculos. Esta catedral, en suma, rivaliza con las más renombradas de la Península ibérica.
Entraron por la puerta mayor, colocada en la fachada principal. Como todas las de España, esta iglesia es muy sombría. Ni una silla en la nave ni en los lados. Aquí y allá algunos bancos de madera. Nada más que las frías losas sobre las que los fieles se arrodillan, lo que da un carácter particular a las ceremonias religiosas.
Clovis Dardentor y los dos jóvenes subieron la nave entre su doble hilera de pilares, cuyas aristas prismáticas van a unirse a la caída de la bóveda.
Así llegaron hasta el extremo. Detuviéronse ante la capilla real para admirar un retablo magnífico; penetraron en el coro, colocado en mitad del edificio.
Les hubiere faltado el tiempo preciso para examinar detalladamente el rico tesoro de la catedral, sus maravillas artísticas, sus sagradas reliquias, veneradas con gran fe en Mallorca, particularmente el esqueleto del rey D.
Jaime de Aragón, encerrado desde tres siglos en un sarcófago de mármol negro.
Tal vez durante aquella corta visita no tuvieron tiempo de rezar una oración.
En todo caso es seguro que, de rezar Juan Taconnat por Clovis Dardentor, no hubiera sido sino a condición de salvarle en este mundo, esperando otro.
–¿Dónde vamos ahora?– preguntó Marcel Lornans.
–Al Ayuntamiento- respondió el guía.
–¿Por qué calle?
–Por la calle del Palacio.
Desanduvo el grupo lo andado subiendo por la calle dicha, de unos trescientos metros de longitud, o sea mil seiscientos palmos, para contar a la mallorquina. La calle lleva a una plaza menos espaciosa que la de Isabel II, y de no menos irregular dibujo. Nótese que en las Baleares no se encuentran ciudades tiradas a cordel como en América.
¿Valía la pena visitar el Ayuntamiento, o, por otro nombre, la Casa Consistorial? Seguramente, y ningún extranjero se va de Palma sin admirar este monumento de soberbia fachada, con dos puertas abiertas entre dos ventanas, que dan acceso (las puertas) al interior, donde está la tribuna. El primer piso consta de siete ventanas; caen sobre un balcón que ocupa todo el largo del edificio; el segundo piso está protegido por un tejado de chalet y, sus florones, que soportan cariátides de piedra. En una palabra, la Casa Consistorial es considerada como una obra maestra del Renacimiento italiano.
Allí está el salón adornado de pinturas que representan las notabilidades locales, sin hablar de un notable San Sebastián de Van Dyck; allí los maceros de rostro seco y larga hopalanda se pasean con aire grave y paso mesurado. Allí se toman las decisiones proclamadas en la ciudad por los soberbios tamborileros del Ayuntamiento, vestidos con trajes tradicionales, bordados de pasamanerías rojas, pues el oro está reservado a su jefe, el tamborilero mayor.
Clovis Dardentor hubiera sacrificado algunos duros por poder admirar en todo su esplendor a este personaje, del que hablaba el guía con vanidad realmente propia de las Baleares; pero dicho personaje no estaba visible.
Ya había transcurrido una hora de las seis que la escala había de durar, y era conveniente apresurarse si se quería visitar el castillo de Bellver. Así, pues, por un laberinto de calles y callejas, donde el mismo Dédalo hubiera