Clovis Dardentor
Capítulo II
EN EL QUE EL PRINCIPAL
PERSONAJE DE ESTA HISTORIA
ES DECIDIDAMENTE PRESENTADO
AL LECTOR.
–Ya estamos en camino- dijo Marcel Lornans.– En camino para…
–Lo desconocido- respondió Juan Taconnat-, lo desconocido, que es preciso investigar para hallar lo nuevo, como ha dicho Baudelaire.
–¿Lo desconocido, Juan? ¿Es que esperas encontrarlo en una simple travesía de Francia a África, en un viaje de Cette a Orán?
–No niego que se trata de una navegación de treinta a cuarenta horas, de un simple viaje del que Orán debe ser la primera, y tal vez la única etapa. Pero cuando se parte, ¿sabe uno dónde va?
–Seguramente, Juan, cuando un paquebote te lleva adonde debes ir…; y a menos de algún accidente…
–¡Bah!… ¿Quién te habla de eso, Marcel?– respondió Juan desdeñosamente- ¡Los accidentes del mar, una colisión, un naufragio, una explosión de la máquina, hacer el Robinsón quince días en una isla desierta!
¡Linda cosa!
No…, lo desconocido, de lo que, por otra parte, no me preocupo, es la X de la existencia, el secreto del destino, que, en la antigüedad, los hombres
grababan sobre la piel de la cabra Amaltea, es lo que está escrito en el Gran Libro de allá arriba, y que es imposible leer, es la urna en que están depositados los lotes de la vida que la mano del azar saca…
–Pon un dique a ese torrente de metáforas, o me vas a marear.
–Es la misteriosa decoración que el telón va a descubrir…
–¡Basta! ¡Basta! No caracolees sobre tus quimeras… No cabalgues con la brida suelta…
–¡Ah! Me parece, que tú también te vuelves metafórico.
–Tienes razón, Juan. Razonemos fríamente, y veamos las cosas como son.
Lo que pretendemos hacer es muy sencillo.
Hemos tomado en Cette pasaje para Orán con mil pesetas en el bolsillo cada uno, y vamos a unirnos al 5º de cazadores de África. No hay nada más sabio, ni más sencillo, y en todo esto lo desconocido no aparecerá con sus fantásticas perspectivas.
–¿Quién sabe?– respondió Juan Taconnat, trazando con su dedo índice un mayúsculo punto interrogativo.
Esta conversación, que marca con algunos rasgos distintivos el carácter de ambos jóvenes, se efectuaba en la popa de la toldilla. Desde el banco en que estaban sentados, su mirada, dirigida a proa, no era detenida más que por el puentecillo que dominaba el puente, entre el palo mayor y el palo de mesana del paquebote.
Unos veinte pasajeros ocupaban los bancos laterales y las sillas de tijera que el pabellón, suspendido de su driza, abrigaba contra los rayos del sol.
En el número de estos pasajeros figuraban el señor Desirandelle y su hijo.
El primero recorría febrilmente el puente con las manos tan pronto a la espalda como levantadas hacia el cielo. Después poníase de codos en la
barandilla y contemplaba la estela del Argelés, como si el señor Dardentor, transformado en marsuino, estuviera a punto de aparecer entre la blanca espuma.
Agatocles seguía demostrando la más absoluta indiferencia por el desengaño que tanto disgusto y sorpresa causaba a sus padres.
De los demás viajeros, los unos, los más insensibles al balanceo, que era débil, se paseaban, hablando, fumando, pasándose unos a otros el anteojo marino a fin de observar la costa que huía, accidentada en la parte Oeste por la soberbia cima de las montañas pirenaicas. Otros, menos seguros de soportar las oscilaciones del Argelés, estaban sentados en sillones de mimbre en el rincón que había obtenido su preferencia para mientras durase la travesía. Algunas viajeras, envueltas en chales, con aire de resignación y la cara triste, habían buscado abrigo en el sitio en que el movimiento es menos perceptible, o sea cerca del centro.
Formaban grupos de madres con sus hijos, seguramente muy simpáticos, pero que lamentaban no tener treinta y seis horas más.
En torno de los pasajeros circulaban las camareras del paquebote; en torno de los pasajeros los grumetes, espiando un gesto, una señal para acudir a prestar sus servicios indispensables y fructuosos.
De aquellos diversos viajeros, ¿cuántos irían a sentarse a la mesa cuando sonara la campana transcurridas unas dos horas? Esta era la invariable pregunta que se hacía el médico del Argelés, y no se engañaba al calcular en un cincuenta o sesenta por ciento los que ordinariamente faltan a aquella primera comida.
Era el doctor un hombre pequeño y grueso, locuaz, de un buen humor inalterable; de una actividad sorprendente a despecho de sus cincuenta años; gran comedor, gran bebedor, y que poseía una inverosímil colección de fórmulas contra el mareo, a la eficacia de las cuales no prestaba fe alguna. Pero era tan pródigo en palabras consoladoras, persuadía tan delicadamente a su clientela de a bordo que las infortunadas víctimas de
Neptuno le sonreían entre dos náuseas.
–Eso no será nada- repetía él.– Tenga usted cuidado de respirar cuando se sienta usted subir y de aspirar cuando se sienta usted bajar. En cuanto ponga usted el pie en tierra firme esto desaparecerá… Esto significa la salud para el porvenir, pues le evitará a usted enfermedades futuras. ¡Una travesía vale tanto como una temporada en Vichy o Uriage!
Los dos jóvenes se habían fijado en aquel hombre pequeño y vivo, que se llamaba el doctor Bruno, y Marcel Lornans había dicho a Juan Taconnat:
–¡He aquí un alegre médico, que no debe merecer el calificativo de mortífero!
–No- respondió Juan,– pero solamente porque cura de una enfermedad de la que nadie se muere.
¿Qué era del señor Eustache Oriental, que no había aparecido por el puente?
¿Acaso su estómago experimentaba rebeliones mortificantes, o, para emplear una frase del argot de los marinos, se ocupaba en “contar sus camisas”?
Hay desventurados que llevan docenas de ellas en su maleta.
¡No! El portador de aquel poético nombre no estaba enfermo. No lo había estado nunca en la mar, y jamás lo estaría. Penetrando en el comedor por el vestíbulo de la toldilla, se le hubiera visto al extremo de la mesa, sitio que había elegido y que no abandonaría antes de comer. ¿Cómo disputarle aquel sitio?
Por lo demás, la presencia del doctor Bruno hubiera bastado para dar animación a la toldilla. Entablar relaciones con todos los pasajeros era a la vez su placer y su deber.
Ávido de saber de dónde venían, dónde iban, curioso como una hija de Eva,
hablador como una pareja de urracas o mirlos, verdadero hurón introducido en una madriguera, iba del uno al otro, les felicitaba de haber tomado pasaje en el Argelés, el mejor paquebote de las líneas argelinas, el mejor dispuesto, el más cómodo, un vapor mandado por el capitán Bugarach, y que poseía-él no lo decía, pero se adivinaba un médico como el doctor Bruno, etc., etc.
Después, dirigiéndose a los viajeros, les daba toda clase de seguridades sobre los incidentes de la travesía. El Argelés no sabía aún lo que era una tempestad. Y ofrecía pastillas a los niños… que tomasen cuantas quisieran los querubines… La cala estaba llena, etc., etc.
Observando aquello, Marcel Lornans y Juan Taconnat sonreían; conocían aquel tipo de médico, que no es raro en el personal de los transportes por mar. Una verdadera gaceta marítima y colonial.
–Ea, caballeros- les dijo después de sentarse a su lado.– El médico de a bordo tiene obligación de entablar relaciones con los pasajeros… Ustedes, pues, me permitirán…
–Con mucho gusto- respondió Juan Taconnat- Puesto que estamos expuestos a pasar por manos de usted- a pasar y no a traspasar-, justo es que nos las estrechemos.
Y cambiaron un caluroso apretón de manos.
–Si no me engaño- dijo el doctor, tengo el gusto de hablar con parisienses.
–Sí, señor- respondió Marcel Lornans-, parisienses… de París…- De París… muy bien- exclamó el doctor; del mismo París, no de un distrito…
¿Tal vez del centro?
–Del barrio de la Banca- respondió Juan Taconnat; – y si quiere usted que precise mas, de la calle Montmartre, número 13, piso cuarto izquierda.
–Caballero- dijo el doctor.– Posible es que mis preguntas sean indiscretas, pero nacen de mi calidad de médico. Un médico tiene necesidad de saberlo
todo, hasta lo que no le interesa… Ustedes, pues, me dispensarán.
–Está usted dispensado- respondió Marcel Lornans.
Entonces el doctor Bruno desató su lengua como una taravilla. ¡Qué gestos!
¡Qué frases al contar lo que ya sabía de unos y de otros, riéndose de la familia Desirandelle; de aquel señor Dardentor que no había aparecido; alabando por adelantado la comida, que sería excelente; asegurando que el Argelés estaría al día siguiente a la vista de las Baleares, donde debía esperar algunas horas, escala encantadora para los turistas; dando, en fin, libre curso a su natural verbosidad, o, para emplear palabra que pinte mejor aquel flujo de frases, a su logodiarrea crónica!
–Y antes de embarcarse, ¿han tenido ustedes tiempo de ver a Cette?–
preguntó mientras se levantaba.
–No, doctor- respondió Marcel Lornans.
–¡Es lástima! ¡La ciudad vale la pena! ¿Y han visitado ustedes ya a Orán?
–¡Ni por soñación!– respondió Juan Taconnat.
En aquel instante un grumete se acercó a prevenir al doctor que el capitán Bugarach le aguardaba. El doctor Bruno abandonó a los dos amigos, no sin nuevas protestas de amistad y prometiéndose reanudar una conversación en la que tanto quedaba por saber.
Lo que él no había sabido respecto al pasado y presente de los dos jóvenes conviene resumirlo en algunas líneas.
Marcel Lornans y Juan Taconnat eran primos hermanos por parte de madre, dos hermanas nacidas en París. Desde su más tierna edad, faltos de padre, habían sido educados en condiciones de fortuna algo difíciles. Externos en el mismo liceo, al terminar sus clases siguieron, Juan Taconnat los cursos de los estudios superiores de comercio, y Marcel Lornans los de la Escuela de Derecho. Pertenecían a la burguesía del París comerciante, y su ambición
era modesta.
Tan unidos como dos hermanos en la casa común, sentían el uno por el otro el más profundo afecto; una amistad cuyos lazos no se romperían por nada, por más que entre los dos hubiera gran diferencia de carácter.
Marcel Lornans, reflexivo, atento, disciplinado, había tomado la vida por su lado serio, mientras Juan Taconnat, de una jovialidad continua, y tal vez algo más amante de los placeres que del trabajo, era el movimiento, el ruido de la casa. Si sus vivacidades intempestivas le atraían algunas veces reproches, tenía gran habilidad para hacerse perdonar.
Por lo demás, lo mismo que su primo, mostraba cualidades que obscurecían sus defectos. Ambos poseían un corazón bueno, abierto, franco, honrado.
Ambos sentían verdadera adoración por sus madres, y no es de extrañar que ellas les amasen hasta la debilidad, puesto que ellos no abusaban de este cariño.
Cuando tuvieron veinte años llamóles el servicio militar en calidad de exentos, no teniendo que pasar más que un año en el servicio, tiempo que cumplieron en el regimiento de cazadores de una guarnición cercana a París. La buena suerte hizo que no tuvieran que separarse allí tampoco, ni de escuadrón ni en el cuarto. La vida del cuartel no les disgustó.
Cumplieron su oficio con celo y buen humor. Eran excelentes sujetos, considerados por sus jefes, queridos por sus compañeros, y a los que el oficio militar no les hubiera disgustado si desde su infancia se hubieran dirigido sus ideas por tal senda. Aunque sufrieran algunos arrestos- está mal visto en una compañía no sufrirlos-, salieron del regimiento con buena nota.
De regreso a la casa materna, Marcel Lornans y Juan Taconnat, de veintiún años de edad, comprendieron que había llegado la hora de ponerse al trabajo. De acuerdo con sus madres, decidióse que ambos entraran en una casa de comercio de toda confianza. Allí se iniciarían en la práctica de los negocios y tendrían más tarde una participación en aquella casa.
Las señoras de Lornans y de Taconnat les animaban a que buscasen la fortuna por este camino. Era el porvenir asegurado para sus dos hijos, a los que amaban entrañablemente.
Alegrábales el pensamiento de que dentro de algunos años estarían establecidos; que se casarían convenientemente, y de simples empleados se convertirían en socios primero, en amos después, siendo aun jóvenes; de que el comercio prosperaría; de que el honrado nombre de los abuelos continuaría en los nietos, etc., etc. En fin, esos sueños que se forjan todas las madres y que les salen del corazón.
Sueños que, por desgracia, no habían de realizarse.
Algunos meses antes de la vuelta del regimiento, antes que ellos entrasen en la casa donde habían de comenzar su carrera, una doble desgracia hirió a los dos primos en su más profundo afecto.
Una enfermedad epidémica que azotó los barrios del centro de París, se llevó a las señoras de Lornans y de Taconnat con algunas semanas de intervalo.
¡Qué dolor para los jóvenes fue el encontrarse solos!
Quedaron aterrados, sin poder convencerse de la realidad de tan inmensa desventura.
Sin embargo, era preciso pensar en el porvenir. La herencia de cada uno consistía en unas cien mil pesetas, que con la baja de la plata representaba una renta líquida de tres mil a tres mil quinientas pesetas, mediano ingreso que no permite permanecer ocioso, cosa que ellos tampoco hubieran hecho.
Pero, ¿era conveniente aventurar su pequeña fortuna en negocios tan difíciles en aquella época, entregarla al azar de la industria o del comercio?
En una palabra: ¿debían continuar los proyectos formados por sus madres faltando éstas?
Un amigo de la familia, un oficial retirado, antiguo jefe del escuadrón de
cazadores de África, intervino en el asunto. El comandante Beauregard les expuso claramente su manera de ver las cosas; no debían exponer su herencia, sino colocarla en acciones de los caminos de hierro franceses, y alistarse, puesto que no conservaban malos recuerdos de su vida militar.
Pronto alcanzarían el grado de suboficiales.
Mediante un examen entrarían en la Escuela de Saumur.
De ella saldrían con el grado de subtenientes. Una noble, hermosa e interesante carrera se abría ante ellos. Un oficial que sin contar su sueldo poseía tres mil libras de renta, estaba, en opinión del comandante Beauregard, en la situación más envidiable del mundo. Y además, los grados, la cruz, la gloria… En fin, todo lo que puede decir un viejo soldado del África.
¿Quedaron Marcel Lornans y Juan Taconnat muy convencidos de que la carrera militar basta para satisfacer todas las aspiraciones del corazón y del cerebro? ¿ Le respondieron con tanta franqueza como el anciano había hablado?
¿Cuándo trataron de ello se persuadieron de que era el único camino que debían seguir, y que marchando por él hallarían la felicidad?
–¿Qué arriesgamos con probar, Marcel?– dijo Taconnat.– Tal vez tiene razón. Nos ofrece recomendarnos al coronel del 5º de cazadores en Orán.
Partamos para Orán. Tenemos tiempo de reflexionar durante el viaje. Y una vez en tierra argelina, nos alistaremos o no, según se presenten las cosas.
–Con lo que habremos hecho una travesía y un gasto inútil- dijo el juicioso Marcel Lornans.
–Conformes; pero por algunos centenares de pesetas habremos pisado el suelo de la otra Francia… Esta bella frase vale el gasto Además, ¿quién sabe?
–¿Qué quieren decir esas palabras?
–Lo que dicen de ordinario, y nada más.
Rindióse Marcel no sin trabajo. Convínose que los dos primos partirían para Orán, llevando las recomendaciones del antiguo jefe de escuadrón para su amigo el coronel del 5º de cazadores. Una vez en Orán se decidirían con conocimiento de causa, y el comandante no dudaba que de acuerdo con su opinión.
En resumen: si en el momento de hacer el enganche su resolución se modificaba, regresarían a París, donde buscarían otra carrera. También, aunque en este caso el viaje sería inútil, Juan Taconnat juzgó que el viaje debía ser circular. ¿ Qué entendía por esta palabra, cuya significación no comprendió al principio Marcel Lornans?
–Entiendo- dijo el otro- que debemos aprovechar esta ocasión de ver el país.
–¿Y cómo?
–Yendo por un camino y regresando por otro. Esto nos costará mucho más caro, pero será infinitamente más agradable.
Por ejemplo, si embarcamos en Cette para Orán, después iríamos a Argel para tomar el barco de Marsella.
–Es una idea…
–Excelente, Marcel. Por mi boca te hablan Tales, Pittacos, Bías, Cleóbulo, Periandro, Chilón y Solón.
Marcel Lornans no se permitió discutir una resolución tan indudablemente dictada por los siete sabios de Grecia, y he aquí por qué el 27 de Abril los dos primos se encontraban a bordo del Argelés.
Marcel Lornans tenía veintidós años, y Juan Taconnat algunos meses menos. El primero, de estatura más que regular, era más alto que el
segundo, diferencia de dos o tres centímetros solamente. Su aspecto era elegante, el rostro simpático, los ojos un poco velados, impregnados de profunda dulzura, la barba rubia; pero él estaba dispuesto a sacrificarla para conformarse con la Ordenanza.
Si Juan Taconnat no poseía las cualidades externas de su primo; si no representaba como él, lo que en el mundo burgués se llama, “un buen mozo”, era en extremo agradable; un moreno gracioso, de bigote retorcido, fisonomía astuta, ojos de singular viveza, actitud graciosa… y el aire de un buen muchacho.
Ya se les conoce en lo físico y en lo moral. Están en camino para un viaje que tiene poco de extraordinario. No poseen otra calidad que la de pasajeros de primera clase en aquel paquebote destinado a Orán. ¿La cambiarían a su llegada por la de caballeros de segunda en el 5º de cazadores de África?
–¿Quién sabe?– había dicho Juan Taconnat como hombre convencido de que el azar juega un papel importantísimo en el destino humano.
El Argelés llevaba unos veinticinco minutos de marcha, y no iba aun a toda velocidad. El rompeolas quedaba atrás a distancia de una milla, y el barco se preparaba a evolucionar en dirección SO.
En este momento, el doctor Bruno, que se encontraba en la toldilla, tomó el anteojo y le colocó en dirección del puerto a un objeto moviente coronado por volutas de humo negro y vapores blancos.
Mirar fijamente aquel objeto durante algunos segundos, lanzar una exclamación de sorpresa, subir al puentecillo, en el que se encontraba el capitán Bugarach, preguntarle con voz apresurada, ponerle el anteojo entre las manos… Todo ello fue para el doctor Bruno cosa de medio minuto.
–Capitán mire usted- dijo indicándole el objeto que se aproximaba.
Después de haberle observado el capitán dijo:
–Me parece que es una chalupa de vapor.
–Y es chalupa viene a nuestro encuentro- añadió el doctor Bruno.
–No es dudoso, pues en la proa hacen señales con un pabellón.
–Y bien… ¿dará usted orden de parar?
–No sé si debo. ¿Qué puede querernos esa chalupa?
–Lo sabremos cuando esté junto al barco.
–¡Phs!– dijo el capitán Bugarach, que no parecía sentir deseos de inmovilizar su hélice.
El doctor Bruno no abandonó la partida.
–¡Si fuera el viajero retrasado que corre tras el Argelés!…
–¿Ese señor Dardentor, que no ha llegado a tiempo?
–Y que se habrá arrojado en esa chalupa para venir a bordo.
Explicación lógica, pues era evidente que la chalupa, forzando su velocidad, procuraba reunirse al paquebote antes de que éste llegase a alta mar. Y
realmente podía esto ser por cuenta del retrasado, cuya ausencia tan amargamente deploraba la familia Desirandelle.
No era el capitán Bugarach hombre para sacrificar el precio de un billete de primera al disgusto de detenerse durante algunos segundos. Lanzó tres o cuatro juramentos de una sonoridad meridional, pero envió al camarote de las máquinas la orden de detenerse.
La marcha disminuyó progresivamente; se detuvo. Sin embargo, como el oleaje le cogía de costado, su balanceo se acentuó, con gran disgusto de los viajeros y viajeras, víctimas ya del mareo.
Entretanto la chalupa se acercaba con velocidad tal, que el bajo de su branque salía del agua espumosa. Se comenzaba a distinguir a un hombre que desde la proa agitaba su sombrero.
En este momento el señor Desirandelle se atrevió a subir al puentecillo, y dirigiéndose al doctor Bruno, que no había abandonado al capitán, le dijo:
–¿Qué esperan ustedes?
–Esa chalupa- respondió el doctor.
–¿Y qué quiere?
–Dejarnos un pasajero más… Sin duda el que se ha retrasado.
–¡El señor Dardentor!
–El señor Dardentor, si es ése su nombre.
El señor Desirandelle cogió el anteojo que le presentaba el doctor, y después de gran numero de infructuosas tentativas, consiguió encuadrar la chalupa en el objetivo del movible aparato.
–¡Él!… ¡Es él!– exclamó.
Y apresuróse a ir a comunicar la buena noticia a la madre de Agatocles.
La chalupa no estaba más que a tres encabladuras del Argelés, al que balanceaba el oleaje, mientras que el vapor se escapaba de las válvulas con un ruido de ensordecedora carraca.
La chalupa llegó junto al paquebote en el momento en que el señor Desirandelle, un poco pálido por la visita hecha a su mujer, reaparecía en el puente.