Clovis Dardentor

Julio Verne · Capítulo 4 de 16

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Clovis Dardentor

Capítulo IV

sonrisa. Mirada y sonrisa cuyo significado debió de comprender el jefe del comedor, puesto que en su rostro se reflejaron como en fidelísimo espejo.

Juan Taconnat dio a su primo con el codo y dijo:

–Este es un golpe preparado.

–Me es igual, Juan.

–Y a mí- respondió éste, sirviéndose un sabroso trozo de salmón, del que el señor Oriental no había podido aprovecharse.

La cosa consiste en lo siguiente: hay capitanes, no todos, que con un objeto bien comprensible modifican un poco la dirección del paquebote precisamente al comenzar la comida. Un ligero cambio del timón, nada más. ¿Pudiera dirigírseles por esto algún reproche? ¿Está prohibido durante una media hora escasa ponerse de acuerdo con el balanceo para realizar una economía en los platos de la comida?

Seguramente que no.

Por lo demás, aquello no se prolongó; verdad que los pasajeros no sintieron la tentación de volver a ocupar sus sitios en la mesa, aunque el paquebote tomase una marcha más calmosa.

La comida, servida sólo para algunos comensales, iba pues a continuar en excelentes condiciones, sin que nadie se inquietase por los desdichados arrojados del comedor, y agrupados en el puente en actitudes tan variadas como lamentables.

IV

EN QUE CLOVIS DARDENTOR DICE

COSAS DE LAS QUE JUAN

TACONNAT PIENSA

APROVECHARSE.

–¡Cuántos sitios vacíos en la mesa, mi querido capitán!– exclamó Clovis Dardentor, mientras el jefe del comedor vigilaba el servicio sin perder su dignidad de costumbre.

–Y tal vez es de temer que haya más sitios vacíos si la mar se pone mala-observó Marcel Lornans.

–¿Mala? ¡Si es una balsa de aceite!– respondió el capitán Bugarach.– El Argelés ha caído en una contracorriente en que el oleaje es más duro.

Algunas veces sucede esto.

–Y muy frecuentemente a las horas del almuerzo y de la comida- respondió Juan Taconnat lo más serio del mundo.

Efectivamente- añadió Clovis Dardentor con negligencia.– Lo he notado. Y

si esas satánicas compañías marítimas se aprovechan de ello…

–¿Puede usted creer?…- exclamó el doctor -No creo más que una cosa, y es que, en lo que a mí se refiere, jamás he perdido un bocado, y si no queda más que un pasajero en la mesa…

–¡Lo será usted!– dijo Taconnat.

–Usted lo ha dicho, señor Taconnat.

Dardentor le llamaba ya por su nombre, como si le conociera de dos días antes.

–Sin embargo- dijo entonces Marcel Lornans.– Es posible que algunos de nuestros compañeros vuelvan a la mesa.

El balanceo ha disminuido.

–Lo repito- afirmó el capitán…- Esto era momentáneo.

Ha bastado una distracción del timonel. Y dirigiéndose al jefe del comedor, añadió: Vea usted, pues, si entre los pasajeros…

–Entre otros tu pobre padre, Agatocles- recomendó Clovis.

Pero el joven Desirandelle movió la cabeza, pues tenía la seguridad de que el autor de sus días no se decidiría a volver al comedor, y no se movió.

En cuanto al jefe del comedor, se dirigió a la puerta convencido de lo inútil del paso que daba. Cuando un pasajero ha abandonado la mesa, aunque las circunstancias se modifiquen, es raro que consienta en volver. Los asientos vacíos no se ocuparon, por lo que el digno capitán y el excelente doctor aparentaron gran disgusto.

Un ligero golpe de timón había rectificado la dirección del paquebote; la ola no le cogía por la proa, y la tranquilidad estaba asegurada para los diez comensales que quedaron en sus puestos.

Por lo demás, vale más no ser muchos a la mesa, como decía Clovis Dardentor. El servicio gana con ello, la intimidad también, y la conversación puede generalizarse.

Así sucedió. El peso de ella llevóle, con gran gusto, el héroe de nuestra historia.

Por parlanchín que el doctor Bruno fuera, apenas si de tarde en tarde podía colocar alguna palabra. Lo mismo le sucedía a Juan Taconnat, al que la verbosidad de Dardentor divertía mucho. Marcel Lornans se contentaba con

sonreír.

Agatocles comía sin oír nada. Eustache Oriental saboreaba los mejores trozos, regándoles con una botella de pommard que el jefe del comedor le había llevado en una canastilla de una horizontalidad aseguradora. De los demás comensales no hay para que ocuparse.

La superioridad del Mediodía sobre el Norte; los indiscutibles méritos de la ciudad de Perpignan; el puesto que en ella ocupaba uno de sus hijos, Clovis Dardentor en persona; la consideración que le valía su fortuna, honradamente adquirida:

los viajes que ya había hecho; los que pensaba hacer; su deseo de visitar a Orán, del que sin cesar le hablaban los Desirandelle; el proyecto que había formado de recorrer aquella hermosa provincia argelina… En fin, él había partido y no se preocupaba de la vuelta.

Sería error suponer que este flujo de palabras escapadas de los labios de Clovis Dardentor le impedía comer. No; la entrada del alimento y la salida de las palabras se ejecutaba simultáneamente con maravillosa facilidad.

Aquel asombroso tipo hablaba y comía a la vez, sin olvidarse de vaciar su copa a fin de facilitar la doble operación.

–¡Qué máquina humana!– pensaba Juan Taconnat.– ¡Cómo funciona!

Dardentor es uno de los mejores ejemplares del Mediodía que he encontrado.

No le admiraba menos el doctor Bruno. ¡Qué admirable objeto de disección, y qué provecho sacaría la Fisiología escudriñando los misterios de tal organismo! Pero como la proposición de que se dejara abrir el vientre hubiera sido inoportuna, el doctor se limitó a preguntar a Clovis Dardentor si siempre había gozado de buena salud…

–¿La salud, mi querido doctor? ¿Qué entiende usted por esto?

–Entiendo lo que todo el mundo- respondió el doctor-, o sea, siguiendo la definición admitida, el ejercicio permanente, y fácil de todas las funciones de la economía.

–Y aceptando esa definición- hizo observar Marcel Lornans-, deseamos saber si en usted ese ejercicio es fácil.

–Y permanente- añadió Juan Taconnat.

–Permanente, puesto que jamás he estado enfermo- declaró Dardentor, golpeándose el pecho; – y fácil, puesto que se efectúa sin que yo lo note.

–Pues bien, querido amigo- preguntó el capitán Bugarach-, fijado ya lo que se entiende por la palabra salud, ¿permitirá usted que bebamos por la suya?

–En efecto, me parece llegada la hora de embocar el champagne, y sin esperar a los postres.

En el Mediodía, la expresión “embocar el champagne” es de uso corriente, y pronunciada por Clovis tomaba una magnífica redundancia.

Trajeron el champagne, llenaron las copas, coronándose de blanca espuma, y la conversación no se ahogó… Al contrario.

El doctor Bruno fue el primero que habló.

–¡Eh! ¡Señor Dardentor!– dijo- Le suplico a usted me responda a esta pregunta: para conservar ese estado de imperturbable salud, ¿se ha abstenido usted de todo exceso?

–¿Qué entiende usted por la palabra exceso?

–¡Ah!– preguntó Marcel Lornans sonriendo.– ¿Es desconocido en los Pirineos orientales el significado de la palabra “exceso”, como el de la palabra “salud”?

–Desconocido… no, señor Lornans; pero, para hablar con propiedad, no sé muy bien lo que significa.

–Señor Dardentor- respondió el doctor-, cometer excesos es abusar de uno mismo; es usar el cuerpo y el alma de modo inconsiderado, intemperante e incontinente…; abandonándose, sobre todo a los placeres de la mesa; deplorable pasión que no tarda en destruir el estómago.

–¿Qué es el estómago?– preguntó Clovis Dardentor en tono serio.

–¿Qué es?– exclamó el doctor Bruno.– ¡Diablo! Una máquina que sirve para fabricar las gastralgias, las gastritis, las gastroenteritis, las endogastritis, las exogastritis.

Y al pronunciar este montón de palabras que tienen la raíz gaster por radical, parecía muy satisfecho de que el estómago hubiera hecho nacer tantas afecciones especiales.

Puesto que Clovis Dardentor persistía en sostener que todo lo que indicaba un deterioro en la salud le era desconocido; puesto que rehusaba admitir que aquellas palabras tuvieran una significación, Juan Taconnat, muy divertido, empleando la única locución que resume la intemperancia humana, dijo:

–En fin… y de otra manera…, ¿no se ha divertido usted?…

–No, puesto que no me he casado.

Y lanzó una carcajada tal, que los vasos titilaron en la mesa como si ésta fuera sacudida por un vaivén violento.

Se comprendió que sería imposible saber si aquel inverosímil Dardentor había o no sido el prototipo de la sobriedad, y si debía a su temperancia habitual la excelente salud de que gozaba, o si era esto efecto de una constitución de hierro, que ningún abuso había podido estropear.

–¡Vamos!… ¡Vamos!– dijo el capitán Bugarach.– Veo, señor Dardentor, que la Naturaleza le ha hecho a usted para ser uno de nuestros futuros centenarios…

–¿Por qué no, querido capitán?

–Sí…, ¿por qué no?– repitió Marcel Lornans.

–Cuando una máquina está sólidamente construida- añadió Clovis Dardentor,– bien engrasada, bien alimentada, no hay motivo para que no dure siempre.

–En efecto- concluyó Juan Taconnat;- y desde el momento en que no falte combustible.

–¡No es combustible lo que faltará- exclamó Clovis Dardentor, dando golpes en su chaleco, que devolvió un sonido metálico.– Y ahora, queridos señores- añadió riendo-, ¿han terminado ustedes de hacerme preguntas?

–No respondió el doctor Bruno.

Y empeñándose en poner a Clovis entre la espada y la pared, dijo:

–¡Error, caballero, error! No hay máquina tan buena que no se desgaste; no hay tan buen mecanismo que no se estropee algún día.

–Eso depende del maquinista- respondió Clovis Dardentor llenando su copa hasta los bordes.

–Pero, en fin- exclamó el doctor-, supongo que usted morirá.

–Y ¿por qué quiere usted que yo muera si jamás consulto a un médico?– ¡A la salud de ustedes, señores!

Y en medio de la general hilaridad levantó su copa, y después de chocarla alegremente con la de sus compañeros, la vació de un trago.

Hasta los postres continuó la conversación, cada vez más animada, ensordecedora realmente. Júzguese del efecto que aquel tumulto causaría en los desdichados pasajeros, extendidos en el lecho del dolor, y cuyo mareo crecía forzosamente con la vecindad de tan alegre conversación.

El señor Desirandelle había al fin aparecido en el umbral del comedor.

Puesto que su comida y la de su mujer estaban comprendidas en el precio del billete, ¡qué disgusto no poder consumir su parte! Pero apenas abrió la puerta sintióse invadido por vértigos, y apresuradamente volvió al puente.

Su único consuelo consistía en decir:

–Por fortuna, Agatocles está en disposición de comer por tres, y realmente el joven trabajaba a conciencia, a fin de indemnizarse de los desembolsos paternales.

Entretanto, después de la última respuesta de Clovis Dardentor, la conversación se dirigió a otro punto. ¿No se podría encontrar el flaco de aquel vividor, buen bebedor y comedor? Indiscutible era que su constitución- fuese excelente, inalterable su salud, y su organismo de hierro.

Mas ¿no acabaría por abandonar este bajo mundo como todos los mortales?

(digamos casi todos para no desanimar a nadie).

Y ¿a quién iría su gran fortuna cuando sonara la hora fatal? ¿Quién tomaría posesión de las casas, de los valores mobiliarios del antiguo tonelero de Perpignan, no habiéndole a éste dado la Naturaleza heredero directo ni indirecto, ni un solo colateral con derecho a heredarle?

Se le hizo la pregunta, añadiendo Marcel Lornans:

–¿Cómo no ha pensado usted en hacerse herederos?

–Y ¿cómo?

–¡Diablo! Como se hacen estas cosas exclamó Juan Taconnat:- casándose

con una mujer joven, bonita, digna de usted.

–¿Yo casarme?

–Sin duda.

–Es idea que nunca he tenido.

–Pues debiera usted haberla tenido, señor Dardentor dijo el capitán, y aun es tiempo…

–¿Es usted casado, mi querido capitán?

–No.

–¿Y usted, doctor?

–Tampoco.

–¿Y ustedes, señores?

–No- respondió Marcel Lornans-, y a nuestra edad nada tiene de extraño.

–Y bien, si ustedes no se han casado, ¿por qué quieren que yo lo haga?

–Por tener una familia- respondió Juan Taconnat.

–¡Y los cuidados que la familia trae consigo!

–Para tener hijos…

–¡Y con los hijos, los tormentos que causan!

–En fin, para tener descendientes naturales que se aflijan cuando usted muera…

–¡O que se alegren de ello!

–¿Supone usted- dijo Marcel Lornans- que el Estado no se alegrará si le hereda a usted?

–¡El Estado… heredero de mi fortuna, y que se la comerá como un disipador que es!

–Eso no es responder, señor Dardentor- dijo Marcel Lornans-, y el destino del hombre es formar una familia y perpetuarse en sus hijos.

–Conformes; pero el hombre puede tenerlos sin casarse…

–¿Cómo entiende usted esto?– preguntó el doctor.

–En el buen sentido…, y en lo que a mí atañe, preferiría los que uno busca…

–¿Hijos adoptivos?– preguntó Juan.

–Seguramente. ¿No es cien veces mejor?… ¿No es lo más sabio? ¡Se les elige!… Se les puede buscar sanos de alma y cuerpo, cuando ya han pasado de la edad del sarampión y de la escarlatina. Se les elige rubios o morenos, bestias o inteligentes; mujer o varón, según el sexo que se desee.

¡Se puede tener uno, dos, tres, cuatro y hasta una docena, según que está más o menos desarrollado el instinto de la paternidad adoptiva! ¡En fin, se tiene libertad para fabricarse una familia de herederos en condiciones excelentes de garantía física y moral, sin esperar que Dios se digne bendecir vuestra unión! ¡Se bendice uno mismo cuando quiere-, y a su gusto!

–¡Bravo, señor Dardentor, bravo!– exclamó Juan Taconnat.– ¡A la salud de sus hijos adoptivos!

Y una vez más chocaron los vasos.

¡Imposible formarse idea de lo que los comensales sentados a la mesa del Argelés hubieran perdido de no oír al expansivo Dardentor lanzar la última frase de su discurso!

¡Había estado magnífico!

–Sin embargo- añadió el capitán-, aunque el método de usted es excelente, si todo el mundo se conformara con él, si no hubiera más que padres adoptivos, bien pronto no habría niños que adoptar…

–¡No tanto, capitán, no tanto! Nunca faltará brava gente que se case…

¡Millares de millones!

–Lo que es una fortuna- concluyó el doctor-, pues sin eso el mundo no tardaría en acabarse.

Por este camino siguió la conversación, que no logró distraer al señor Eustache Oriental, que saboreaba su café en el otro extremo de la mesa; ni a Agatocles Desirandelle, que se servía de los distintos postres.

En el curso de ella, Marcel Lornans, recordando el título VII del Código civil, llevó la cuestión al terreno jurídico.

–Señor Dardentor- dijo-, cuando se quiere adoptar a alguno es indispensable tener ciertas condiciones.

–No lo ignoro, señor Lornans, y me parece que ya lleno algunas.

–Efectivamente- respondió Marcel Lornans; – en primer lugar, usted es francés y de uno u otro sexo.

–Más particularmente del sexo masculino si quieren ustedes creerlo…

–Le creemos a usted bajo su palabra afirmó Juan Taconnat-, y no nos sorprende.

–Además- añadió Marcel Lornans-, la ley obliga a la persona que quiera adoptar a no tener hijos ni descendientes legítimos.

–Que es precisamente mi caso, señor abogado- respondió Clovis Dardentor-, y añado que ni aun ascendientes tengo.

–El ascendiente no está interdicto por la ley.

–En fin, yo no los tengo.

–Pero hay algo que usted no tiene, señor Dardentor.

–¿El qué?

–¡Cincuenta años de edad! Es preciso haberlos cumplido- para que la ley permita adoptar.

–Los cumpliré dentro de cinco años si Dios me da vida…

Y ¿por qué no ha de dármela?

–Haría mal en lo contrario- dijo Juan Taconnat-, pues no encontraría sitio mejor donde colocarla.

–Esa es mi opinión, señor Taconnat. Así es que esperaré a cumplir mis cincuenta años para hacer el acto de adopción, caso que se presente una ocasión, una buena ocasión, como se dice hablando de negocios.

–Con la condición- añadió Marcel Lornans- de que el adoptado no tenga más de treinta y cinco años; pues la ley exige que el adoptante tenga por lo menos quince años más que el adoptado.

–¡Eh!… ¿Cree usted- exclamó el señor Dardentor- que pienso en regalarme con un hijo viejo o una hija anciana?

¡No! Y no le elegiré de treinta y cinco, ni de treinta, sino al comenzar su

mayor edad, puesto que el Código establece que sean mayores…

–Todo eso está muy bien, señor Dardentor- respondió Marcel Lornans- Es indudable que usted llena esas condiciones.

Pero, y lo siento por sus proyectos de paternidad adoptiva, hay una que le falta a usted.

–¿Acaso es que no gozo de buena reputación? ¿Quién se permitirá sospechar del honor de Clovis Dardentor, de Perpignan, Pirineos Orientales, en su vida pública o en su vida privada?

–¡Oh! ¡Nadie!…- exclamó el capitán Bugarach.

–Nadie- añadió el doctor.

–No… – Nadie- proclamó Juan Taconnat.

–Nadie, ciertamente- dijo Marcel Lornans-, y no era de esto de lo que quería hablar…

–¿De qué entonces- preguntó Clovis Dardentor.

–De cierta condición impuesta por el Código, condición que usted, sin duda, ha descuidado.

–¿Y cuál es?

–La que exige que el adoptante haya prestado al adoptado, en la menor edad de éste, cuidados no interrumpidos durante un período de seis años.

–¿La ley dice eso?

–Formalmente.

–¿Y quién es el animal que ha puesto eso en la ley?

–¡Poco importa el animal!…

–Y bien, señor Dardentor- preguntó el doctor Bruno insistiendo-, ¿ha prestado usted esos cuidados a algún menor?

–¡No, que yo sepa!

–Entonces- declaró Juan Taconnat no le queda a usted otro recurso que el de emplear su fortuna en un establecimiento benéfico, que llevará el nombre de usted- -¿La ley lo quiere así?– preguntó Clovis Dardentor.

–Lo quiere- afirmó Marcel Lornans.

Clovis Dardentor no ocultó el descorazonamiento que esta exigencia del Código le causaba. ¡Le hubiera sido tan fácil proveer a las necesidades de la educación de un menor durante seis años! ¡No haber pensado en esto!

Verdad que ¿cómo tener la seguridad de haber hecho una elección acertada, tratándose de adolescentes que no ofrecen la menor garantía para el porvenir? Pero ¿era la cosa indispensable?

¿No se engañaba Marcel Lornans?

–¿Usted me asegura que el Código civil?…- preguntó por segunda vez.

–Se lo aseguro- respondió Marcel Lornans.– Consulte usted el Código, título “De la adopción”, artículo 345. Hace de esto una condición esencial…, a menos que…

–A menos que…-repitió Clovis Dardentor, y al decirlo serenóse su rostro.–

Vamos… acabe usted- exclamó. – Me desespera usted con sus excepciones y sus “a menos que”…

A no ser- continuó- Marcel Lornans-, que el adoptado haya salvado la vida al adoptante, ya en un combate, ya arrojándose para salvarle al agua o al fuego, conforme a la ley.

–¡Pero yo ni he caído, ni caeré jamás al agua!– respondió Clovis Dardentor.

–Eso le puede a usted suceder como a cualquiera- dijo Juan Taconnat.

–Espero que no se me quemará mi casa…

–Su casa de usted corre el riesgo de quemarse como cualquiera otra; y si no en su casa, puede usted estar en un teatro…, en este mismo paquebote… Si se declarase un incendio a bordo…

–Sea, señores, el fuego o el agua. En cuanto a un combate, mucho me asombraría tener necesidad de que me socorriesen.

¡Poseo dos buenos brazos y dos excelentes piernas que no reclaman ayuda de nadie!

–¿Quién sabe?– respondió Juan Taconnat.

Llagase lo que llegase, Marcel Lornans, en el curso de la conversación, había establecido las disposiciones de la ley, tales como las presenta el título VIII del Código civil. De otras prescripciones no había hablado por ser inútil la cita.

Por ejemplo: nada había dicho de la obligación de que el cónyuge del adoptante consienta en la adopción, puesto que Clovis Dardentor era soltero; ni nada tampoco del consentimiento de los padres del adoptado si éste no había cumplido su mayor edad.

Por lo demás, parecía difícil que Clovis Dardentor llegase a realizar su sueño y se crease una familia de hijos adoptivos.

Sin duda podía elegir un adolescente y prodigarle sus cuidados durante seis años consecutivos, y darle con su nombre todos los derechos de un heredero legítimo. ¡Pero qué albur!… Y si no se decidía por esto, veríase comprendido en el tercer caso prescrito por el Código. Era menester que

fuera salvado de un combate, de las olas o del fuego.

¿Había probabilidades de que ocurriese tal cosa tratándose de un hombre como Clovis Dardentor? El no lo creía ni nadie lo sospecharía.

Los comensales cambiaron algunas otras palabras, rociadas abundantemente con champagne. Dirigiéronse a nuestro héroe algunas bromas, que él reía el primero. Si no quería morir sin herederos, si renunciaba a dar al Estado el derecho de tal, fuerza era seguir la opinión de Juan Taconnat, consagrando su fortuna a alguna fundación de caridad.

Después de todo, libre era de dar su herencia al primero que se presentase.

¡Pero no… él tenía sus ideas!… Terminada aquella memorable comida, los comensales subieron a la toldilla.

Eran cerca de las siete, pues la comida había durado mucho. Hermosa tarde, que anunciaba una hermosa noche.

Respirábase el aire puro del mar. La tierra, hundida por el crepúsculo, no aparecía más que como confusa masa en el horizonte de la parte Oeste.

Mientras hablaban, Clovis Dardentor y sus compañeros se paseaban por la cubierta entre el humo de exquisitos tabacos, de los que Dardentor había hecho buena provisión y ofrecía con encantadora liberalidad.

A las nueve se separaron, despidiéndose hasta el día siguiente.

Clovis Dardentor, después de acompañar al señor Desirandelle al camarote de su señora, se dirigió al suyo, en el que ni el ruido ni la agitación propia de un barco debían turbar su sueño.

Entonces Juan Taconnat dijo a su primo:

–Tengo una idea…

–¿Cuál?