Clovis Dardentor

Julio Verne · Capítulo 3 de 16

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Clovis Dardentor

Capítulo III

En seguida una escala de cuerda con travesaños de madera cayó contra el flanco del paquebote.

El pasajero se ocupaba en pagar al patrón de la chalupa, y es de presumir que lo hizo a lo príncipe, pues, fue saludado con uno de esos “Gracias, Excelencia”, del que los lazarones parecen poseer únicamente el secreto.

Algunos instantes después, el dicho personaje, seguido de su criado, que llevaba una maleta, trepaba por la escala, saltaba sobre el puente, y con el rostro alegre, sonriendo e inclinándose con gracia, saludaba a todos.

Después, viendo al señor Desirandelle que se acercaba para dirigirle reproches:

–¡Eh!… ¡Sí!… ¡Aquí estoy!– exclamó dándole un golpe en el vientre.

III

EN EL QUE EL SIMPÁTICO HÉROE

DE ESTA HISTORIA EMPIEZA A

COLOCARSE EN PRIMER LUGAR.

El señor Dardentor, Clovis de nombre, había nacido cuarenta y cinco años antes del comienzo de esta historia en la plaza de la Loge, número 4, en la antigua Ruscino, convertida en capital del Rosellón, hoy capital de los Pirineos Orientales, la célebre y patriótica Perpignan.

El tipo de Clovis Dardentor no era raro en aquella excelente capital de provincia.

Era hombre de estatura más que mediana, anchos hombros, el sistema muscular dominando al nervioso, en perfecta eustenia, es decir, para aquellos que han olvidado el griego, en completo equilibrio de sus fuerzas; la cabeza redonda, el pelo cortado al rape, la barba negra en forma de abanico, la mirada viva, la boca grande, la dentadura soberbia, el pie seguro, la mano diestra, bien templado física y moralmente, buen muchacho, aunque de naturaleza imperiosa, de buen humor, de inagotable facundia, muy francote, en fin, todo lo más meridional que puede serlo quien no es originario de esa Provenza, en la que se absorbe y resume todo el Mediodía francés.

Clovis Dardentor era soltero, y realmente no se le concebía sujeto a los lazos conyugales, y ni que jamás luna de miel alguna se hubiera levantado en su horizonte.

No quiere esto decir que fuera misógino, al contrario: la sociedad de las mujeres le agradaba; pero era misógamo en alto grado. Este enemigo del matrimonio no concebía que un hombre sano de alma y de cuerpo, lanzado en los negocios, tuviera tiempo de pensar en aquel.

¡El matrimonio! Dardentor no le admitía de inclinación, ni de conveniencia, ni de interés, ni de razón, ni bajo el régimen de la comunidad, ni bajo el régimen de la separación de bienes, ni en ninguna de las maneras usadas en este bajo mundo.

Por lo demás, de que este hombre permanezca soltero no se deduce que haya permanecido en la ociosidad. Esto no se podía decir de Clovis Dardentor.

Poseía una fortuna de dos millones, que no había adquirido ni de sus padres, ni por otra herencia. ¡No! La había ganado con su trabajo. Interesado en numerosas sociedades comerciales o industriales, en las tonelerías, fábricas de mármol, vinos de Rivesaltes, siempre había realizado beneficios considerables. Pero particularmente había consagrado la mayor parte de su inteligencia y de su tiempo a la industria tonelera, tan importante en aquella región. Retirado de los negocios a los cuarenta años, una vez hecha su

fortuna, que le producía pingües rendimientos, no quiso ser uno de esos avaros cuidadosos de economizar sus rentas.

Desde que se retiró vivía bien, no desdeñando hacer viajes, a París principalmente, donde iba con frecuencia. Dotado de una salud a prueba de todo, poseía uno de esos estómagos que le hubiera envidiado el volátil tan renombrado por esta cualidad, colocado entre los corredores del África meridional.

La familia de nuestro héroe se reducía a él solo. La larga línea de sus antepasados se extinguía en él. Ni un ascendiente, ni un descendiente, ni un colateral, a no ser en el grado veintiséis o veintisiete, puesto que, según los estadistas, en tal grado son colaterales todos los franceses, con sólo remontarse a la época de Francisco I. Pero, como se comprende, estos colaterales no dan graves motivos de preocupación. Y además, todo hombre, remontándose al principio de la era cristiana, ¿no posee treinta y nueve cuatrillones de abuelos, ni uno más ni uno menos?

Clovis Dardentor no estaba orgulloso por esto. Encontrábase sin familia, en lo que no veía inconveniente alguno, puesto que no había pensado en creársela por los procedimientos que están al alcance de todo el mundo.

Hele aquí embarcado para Orán, y tal vez desembarcaría sano y salvo en la capital de la gran provincia argelina.

Una de las razones por las que convenía que el Argelés fuese favorecido por una navegación soberbia, era por llevar a bordo a Dardentor. Hasta aquel día, cuando iba a Argel- un país que le gustaba mucho- partía de Marsella, y era aquella la primera vez que otorgaba su preferencia a la línea de Cette.

Habiendo hecho a uno de sus paquebotes el honor de confiarle el transporte de su persona, era importante que hiciera el viaje a gusto, o, en otros términos, que fuera conducido a buen puerto después de una travesía tan corta como feliz.

Al poner el pie en el puente, Clovis Dardentor se volvió a su criado.

–Patricio… Ve a asegurarte de que el camarote número 13 está dispuesto- le

dijo.

Patricio respondió:

–El señor sabe que ha sido pedido por telegrama, y no debe tener inquietud alguna en este punto.

–Pues bien, baja mi maleta y elígeme un lugar en la mesa, el mejor posible…, cerca del capitán… Ya tengo el estómago en las patas.

Esta frase pareció sin duda a Patricio poco distinguida, y tal vez hubiera preferido que su amo dijera “en los talones”, pues en sus labios dibujóse una mueca despreciativa. Fuera lo que fuera, se dirigió hacia la toldilla.

En este momento Clovis Dardentor notó la presencia del capitán, que acababa de abandonar el puentecillo, y le abordó en estos términos:

–¡Eh!… ¡Eh!… ¡Capitán! ¿Cómo no ha tenido usted paciencia para esperar a sus pasajeros? ¿Le picaba el cuerpo a la máquina del paquebote y le tardaba dar gusto a la hélice?

Esta metáfora no tenía nada de marítima; pero Clovis Dardentor no era marino, y en su figurado lenguaje decía las cosas tal como se le ocurrían, en frases ya abominablemente pomposas, ya terriblemente vulgares.

–Caballero- respondió el capitán Bugarach-, nuestras partidas se efectúan a hora fija, y los reglamentos de la Compañía no nos permiten esperar…

–¡Oh…, no le reprocho a usted por eso!– respondió Clovis Dardentor tendiendo la mano al capitán.

–Ni yo a usted- dijo éste, aunque me haya visto en la necesidad de mandar parar.

–Muy bien- exclamó Clovis.

Y sacudió la mano del capitán Bugarach con el vigor de un antiguo tonelero que ha manejado el apretador y la doladera.

–Sepa usted- añadió- que si mi chalupa no hubiera podido atrapar al paquebote, hubiese seguido hasta Argel…; que de no haber encontrado la chalupa me hubiera arrojado al agua desde el muelle, siguiendo a ustedes a nado… Así soy yo, bravo capitán Bugarach.

Sí… Así era Clovis Dardentor, y los dos jóvenes, que escuchaban con gusto a aquel ente original, fueron honrados con un saludo, al que respondieron sonriendo.

–¡Buen tipo!– murmuró Juan Taconnat.

En aquel momento, el Argelés se puso en dirección del cabo Agde.

–A propósito, capitán, una pregunta de la mayor importancia- dijo el señor Dardentor.

–Hable usted.

–¿A qué hora se come?

–A las cinco.

–Dentro de cuarenta y cinco minutos entonces… No más pronto…, pero no más tarde.

Y Dardentor hizo una pirueta después de haber consultado su magnífico reloj de repetición, que una gruesa cadena de oro sujetaba al ojal de su chaleco de buena tela diagonal con tres gruesos botones de metal.

Ciertamente, para emplear una locución justificada por toda su persona, Dardentor tenía mucho chic con su sombrero inclinado sobre la oreja izquierda, su chaquetón a cuadros, su manta de viaje, cayendo de la espalda hasta la cintura, sus pantalones bombachos, sus polainas con hebillas de

cobre y sus botas de caza de doble suela.

De nuevo, con su fuerte voz, dijo:

–Si he faltado a la partida, no faltaré a la comida, querido capitán, y por poco que el cocinero haya pensado su menú, me verá usted masticar como es debido.

De repente, aquel flujo de palabras, cambiando de curso, se dirigió a otro interlocutor.

El señor Desirandelle, que había ido a advertir a su señora la llegada del compañero de viaje, acababa de aparecer.

–¡Eh!¡Querido amigo!– exclamó Clovis Dardentor.– ¿Y la señora de Desirandelle? ¿Dónde está esa excelente señora?

¿Y el más hermoso de los Agatocles?

–No tema usted, Dardentor- respondió el señor Desirandelle-; no nos hemos retrasado, y el Argelés no se ha visto en la necesidad de partir sin nosotros.

–¿Reproches, eh?…

–A fe mía que los merece usted. ¡Qué inquietud nos ha causado!… ¡Nos veíamos desembarcando en Orán, en casa de la señora Elissane sin usted!

–¡No ha sido mía la culpa, Desirandelle, sino del animal de Pegorin! ¡Me ha detenido con sus muestras de viejo Rivesaltes!…

Ha sido preciso probarlas todas, y cuando he aparecido en el extremo del muelle, el Argelés desembocaba el paso… Pero heme aquí, y las recriminaciones son inútiles…, ni hay que poner ojos de salmón a medio morir… Esto acabaría por aumentar el vaivén del barco… ¿Y su señora de usted?

–Está en su lecho… un poco…

–¿Ya?

–¡Ya!– suspiró Desirandelle, cuyos párpados temblaban.– Y yo mismo…

–¡Querido, un consejo de amigo! No abra usted la boca como lo hace…

Téngala usted cerrada cuanto pueda…

Otra cosa, es tentar al diablo.

–¡Caramba!– balbuceó el señor Desirandelle…- ¡Usted hable cuanto quiera!… ¡Ah! ¡Esta travesía hasta Orán!… Ni la señora de Desirandelle ni yo nos hubiéramos arriesgado a hacerla, a no tratarse del porvenir de Agatocles…

Tratábase, en efecto, del porvenir del único heredero de los Desirandelle.

Todas las noches, Clovis Dardentor, antiguo amigo de esta familia, iba a jugar una partida de bézigue o de piquet a la casa de la calle de la Popinière.

Había visto nacer a aquel niño, le había visto crecer, físicamente al menos, pues la inteligencia habíale estacionado en él. Agatocles hizo en el Liceo esos malos estudios que son lote ordinario de los perezosos y de los ineptos Vocación para algo, no la tenía. No hacer nada en la vida, le parecía el ideal de una criatura humana. Con lo que heredara de sus padres poseería un día unas diez mil pesetas de renta, lo que ya es algo; pero no hay que extrañar que los señores Desirandelle soñasen un porvenir mejor para su hijo.

Conocían a la familia Elissane, que antes de vivir en Argel vivía en Perpignan. La señora Elissane, viuda de un antiguo negociante, de cincuenta años de edad entonces, disfrutaba de bienestar gracias a la fortuna que le había dejado su marido, el que, después de retirarse de los negocios, fijó su residencia en Argel. La viuda no tenía más que una hija de veinte años… ¡Luisa Elissane era un buen partido!, se decía hasta en el Sud-Oranais, y también en los Pirineos occidentales, o por lo menos en la casa de la calle de la Popinière. ¿Qué cosa mejor se hubiera podido imaginar que un matrimonio entre Agatocles Desirandelle y Luisa Elissane?

Pero antes de casarse preciso es conocerse; y aunque Agatocles y Luisa se habían visto niños, no conservaban recuerdo el uno del otro. De forma que, puesto que Orán no venía a Perpignan, pues la señora Elissane no gustaba de viajes, Perpignan iba a Orán. De aquí este viaje, por más que la señora Desirandelle sentía los síntomas del mareo con sólo ver las olas extenderse en la playa, y por más que el señor Desirandelle, a pesar de sus pretensiones, no tuviera el estómago más sólido. Entonces se pensó en Clovis Dardentor. Éste estaba acostumbrado a viajar. No rehusaría acompañar a sus amigos. Tal vez no se hacía ilusiones sobre el valor del mozo, al que se quería casar; pero, en su opinión, para maridos valen todos lo hombres.

Si Agatocles gustaba a la joven heredera, la cosa iría como una seda.

Verdad que Luisa Elissane era encantadora…

Cuando los Desirandelle desembarquen en Orán será oportuno momento para presentarla al lector, y éste quedará libre para ponerse sobre la pista y desbancar a Agatocles.

Ya se sabe, pues, la razón que había para que este grupo hubiera tomado pasaje en el Argelés y afrontase una travesía mediterránea.

Esperando la hora de la comida, Clovis Dardentor subió a la toldilla, donde se encontraban los viajeros de primera clase, los que el vaivén del barco no había aun enviado a sus camarotes. El señor Desirandelle, cada vez más pálido, le siguió y fue a echarse en un banco.

Agatocles se aproximó.

–¡Eh!… ¡Tú tienes mejor canilla que padre!– dijo Dardentor.– Esto arrulla,

¡eh!

Agatocles respondió que “aquello arrullaba” -Más vale así, y procura llegar al fin: ¡No vayas a mostrar allá abajo una cara de papel mascado o de calabaza en conserva!

No. ¡No había que temer esto! La mar no producía malestar alguno al mozo.

Clovis Dardentor no había juzgado oportuno bajar al camarote de la señora de Desirandelle. La buena señora sabía que estaba a bordo: con esto bastaba. Los consuelos de Dardentor no hubieran producido efecto alguno, y, además, el señor Dardentor pertenecía a esa categoría de gentes abominables, siempre inclinado a burlarse de las víctimas del mareo. Bajo pretexto de que ellos no le sienten, no quieren admitir que se pueda sentir.

¡Se debiera colgarles a la punta del palo mayor!

Encontrábase el Argelés a la altura del cabo de Agde cuando la campana llamó a comer. Hasta entonces el balanceo del paquebote no había sido muy fuerte. La ola, aunque corta, no producía más que un movimiento muy soportable a la mayor parte de los pasajeros; pues el Argelès por recibirla casi por la popa, se movía con ella; era, pues, de esperar que los viajeros no faltarían al comedor. Los pasajeros, y hasta cinco o seis pasajeras, bajaron por la doble escalera de la toldilla ocuparon en la mesa los sitios designados de antemano.

El señor Eustache Oriental ocupaba el suyo, manifestando ya una viva impaciencia. ¡Hacía dos horas que estaba allí! Era de presumir que, terminada la comida, aquel acaparador de buenos sitios subiría al puente, y que no quedaría pegado a su silla hasta la llegada al puerto.

El capitán Bugarach y el doctor Bruno estaban en el fondo del comedor.

Nunca faltaban al deber de hacer los honores a los pasajeros. Clovis Dardentor, y los señores de Desirandelle, padre e hijo, se dirigieron a la cabecera de la mesa. Marcel Lornans y Juan Taconnat, con el deseo de estudiar aquellos tipos, se colocaron junto a Dardentor. Los demás, que eran unos veinte, se instalaron a su gusto: algunos cerca del señor Oriental, próximos al sitio por donde venían los platos bajo las órdenes del jefe del comedor.

El señor Clovis Dardentor entabló en seguida relaciones con el doctor Bruno, y se puede tener la seguridad de que con aquellos dos habladores sempiternos la conversación no languidecería en torno del capitán

Bugarach, – Doctor- dijo Dardentor; – tengo a gran dicha poder estrechar su mano aunque estuviere llena de microbios como las de sus colegas.

–No tema usted, señor Dardentor- respondió el doctor en el mismo tono de buen humor-, acabo de lavarme con agua boricada.

–¡Bah! Yo me río de los microbios- exclamó Dardentor.– Nunca he estado enfermo, ni un día, ni una hora, mi querido Esculapio. ¡Ni un mal constipado! Jamás he tomado ni una tisana, ni una píldora. Y usted me permitirá creer que no empezaré a medicinarme por orden de usted. ¡Oh!

¡La compañía de médicos me es muy agradable! ¡Son buenas personas, sin más que un defecto: el de echar a perder la salud nada más que con tomar el pulso o mirar la lengua!

Dicho esto, estoy encantado de estar a su lado en la mesa, y si la comida es buena, la haré honor.

No se dio por vencido el doctor Bruno aunque hubiere encontrado otro más hablador que él. Replicó sin procurar defender el cuerpo médico contra un adversario tan bien armado. Después, y como sirvieran la sopa, nadie pensó en otra cosa que en satisfacer un apetito aguijoneado por el aire vivo de la mar.

Al principio, las oscilaciones del paquebote no eran tan rudas que molestaran a los pasajeros, hecha excepción del señor Desirandelle, que se puso blanco como su servilleta.

No se sentían ni esos movimientos de columpio que comprometen la horizontalidad, ni esas elevaciones y depresiones que desarreglan la postura vertical. Si este estado de cosas no se modificaba durante la comida, los diversos platos seguirían sin contratiempo hasta los postres.

Pero de repente la vajilla empieza a crepitar. Las arañas del comedor se balancean sobre la cabeza de los pasajeros, con gran disgusto de éstos. Con el movimiento cada vez más acentuado, las sillas se tambalean. No hay más seguridad en el movimiento de los brazos y de las manos. Los vasos son

llevados a la boca con grandes dificultades, y con gran frecuencia los tenedores pinchan en las mejillas o en la barbilla.

La mayor parte de los comensales no pudo resistir aquello.

El señor Desirandelle fue el primero que abandonó la mesa con significativa precipitación, a fin de respirar el aire libre… Siguiéronle muchos: una verdadera desbandada a pesar de que el capitán Bugarach decía:

–Señores, esto no será nada… Esto durará poco.

Clovis Dardentor gritaba:

–¡Vea usted cómo huyen!…

–¡Siempre es así!– dijo el capitán guiñando el ojo.

–No comprendo- respondió Clovis que no se tenga más corazón en el estómago.

Admitiendo que esta expresión no sea contraria a las leyes del organismo humano, y si realmente el corazón puede cambiar de sitio como esta locución popular indica, el de aquellas pobres gentes tendía más bien a subir a los labios que a bajar. En el momento en que el jefe de comedor hizo circular el segundo plato, en la mesa no había más que unos diez intrépidos comensales. Entre estos figuraban, sin hablar del capitán Bugarach, ni del doctor Bruno, acostumbrados a estos casos, Clovis Dardentor, fiel en su puesto; Agatocles, al que la huída de su padre dejó indiferente; los dos primos Marcel Lornans y Juan Taconnat, sin experimentar la menor turbación en sus funciones digestivas; y, en fin, en el extremo opuesto el señor Eustache Oriental, preguntando a los mozos, sin pensar en quejarse por las sacudidas del Argelés, puesto que tenía la elección de los mejores pedazos.

Después de la huída de los pasajeros, el capitán Bugarach arrojó una singular mirada al doctor Bruno, a la que respondió éste con extraña