Conan el Aventurero
Introducción
Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.
Robert E. Howard
Introducción
Robert Ervin Howard (1906-1936) nació en Peaster, Texas, y vivió la mayor parte de su vida en la ciudad de Cross Plains, situada en la zona central de Texas. A lo largo de su breve vida escribió y publicó una gran cantidad de relatos de ficción menores de diversos géneros: deportivo, de detectives, del Oeste, historias de aventuras orientales, así como una serie de cuentos fantásticos. De todas las obras de fantasía heroica de Howard, las que han gozado de mayor popularidad han sido las historias de Conan. Éstas transcurren en una imaginaria Edad Hiboria inventada por Howard y situada hace unos doce mil años, entre el hundimiento de Atlantis y los albores de la historia escrita conocida por todos. Howard fue un narrador nato cuyos relatos no han sido superados en cuanto a interés, intensidad, emoción y dinamismo de la acción. Las historias de Conan son el summum de los cuentos de aventuras, con una fuerte dosis de elementos siniestros y sobrenaturales.
Howard escribió unos treinta relatos de Conan, cuya extensión oscila entre 3.000 y 60.000 palabras. De éstos, dieciocho fueron publicados en vida del autor. En los años siguientes a su muerte, aparecieron entre los papeles de Howard una gran cantidad de manuscritos completos, así como bosquejos y fragmentos de cuentos.
He tenido el gusto de preparar para su publicación la mayor parte de estos relatos, completando los que estaban inacabados y rescribiendo algunos otros cuentos de Howard, a fin de incluirlos entre las aventuras legendarias de Conan.
Uno de los cuentos que aparecen en este libro, «Los tambores de Tombalku», fue descubierto por Glenn Lord, el agente literario de las obras de Howard. Se trataba de un esquema general de la historia y de un borrador de la primera mitad del relato. He completado el cuento siguiendo este esquema. Los otros tres relatos aparecen tal como fueron publicados en Weird Tales a comienzos de la década del treinta, con excepción de algunos cambios mínimos con carácter de corrección.
En la medida en que se puede calcular este tipo de datos, se supone que Conan vivió hace unos doce mil años. En esa época, según Howard,
la parte oeste del continente principal estaba ocupada por los reinos hiborios. Éstos eran una constelación de pequeños estados fundados por invasores del norte (es decir, los hiborios) tres mil años antes, sobre las ruinas del imperio maligno de Aquerón. Al sur de los reinos hiborios se encontraban las belicosas ciudades-estado de Shem. Más allá de Shem dormitaba el antiguo y siniestro reino de Estigia. Más al sur, allende los desiertos y las sabanas, se hallaban los salvajes reinos negros.
Al norte de los hiborios estaban las tierras bárbaras de Cimmeria, Hiperbórea, Vanaheim y Asgard. Al oeste, a lo largo del océano, vivían los crueles y violentos pictos. Hacia el este florecían los reinos hirkanios, entre los que destacaba Turan, el más poderoso de todos.
Conan, un gigantesco aventurero de la bárbara Cimmeria, llegó de joven al reino de Zamora, que se hallaba entre las tierras hiborias y Turan. Durante dos o tres años se ganó la vida como ladrón en Zamora, Corintia y Nemedia. Cansado de su existencia precaria, se alistó como mercenario en el ejército de Turan. Durante los años siguientes viajó mucho y perfeccionó sus conocimientos como arquero y jinete.
Algún tiempo después, Conan tuvo que abandonar Turan como consecuencia de una pelea con un oficial superior. Después de un intento frustrado de hacerse con un tesoro en Zamora y de una breve visita a su Cimmeria natal, se embarca en la carrera de soldado mercenario en los reinos hiborios. Las circunstancias (violentas, como de costumbre) lo convierten en pirata de las costas de Kush, donde los nativos lo llaman Amra el León. Cuando su compañera, la pirata shemita Belit, es asesinada, él se convierte en jefe de una de las tribus negras. Después sirvió como mercenario en Shem y en los reinos hiborios del sur.
Más tarde, Conan aparece como jefe de los kozakos, una horda de proscritos que asola las estepas que se encuentran entre las tierras hiborias y Turan. Se convierte en jefe pirata de un grupo de corsarios en el gran mar interior de Vilayet y en jefe de los nómadas zuagires de los desiertos del sureste. Después de una temporada como capitán de mercenarios en el ejército del rey de Iranistán, llega a los alrededores de los montes Himelios, una vasta extensión de tierras inhóspitas que se
encuentran entre Iranistán, Turan y el reino tropical de Vendhia. Aquí es donde comienza este libro.
L. sprague de camp
OceanofPDF.com
El pueblo del Círculo Negro
Después de rechazar la oferta de Arshak, el sucesor de Kobad Sha,
para volver al servicio de Iranistán y defender el reino contra las
incursiones del rey Yezdigerd de Turan, Conan cabalga hacia el este, en
dirección a los montes Himelios, situados en la frontera noroeste de
Vendhia. Allí se convierte en jefe de los salvajes afghulis. El cimmerio
tiene ahora unos treinta y tres años, está en la cima de su potencia física y
es conocido en todas partes, tanto en el mundo civilizado como en el
bárbaro, desde la tierra de los pictos hasta Khitai.
1. La muerte de un rey
El rey de Vendhia se estaba muriendo. La noche era cálida y sentía que la cabeza estaba a punto de estallarle. El terrible latido de sus sienes creaba un débil eco en la habitación de cúpula dorada. El rey Bhunda Chand luchaba contra la muerte en una tarima recubierta de terciopelo. Su piel estaba perlada de brillantes gotas de sudor. Sus dedos se crispaban sobre la tela bordada con hilos de oro en la que descansaba su cuerpo. Era joven. Nadie le había lanzado una flecha, ni había vertido veneno en su vino. Pero sus venas azuladas resaltaban como cuerdas en sus sienes y sus ojos estaban desorbitados ante la proximidad de la muerte. Al pie de la tarima había varias temblorosas esclavas arrodilladas, y a su lado se hallaba su hermana, la Devi Yasmina, inclinada sobre él, contemplándolo con apasionada intensidad. La acompañaba el wazam, un noble que había envejecido en la corte del rey.
La joven levantó la cabeza con un gesto de ira y desesperación, mientras oía el distante redoble de los tambores.
–¡Esos sacerdotes y su algarabía! – exclamó-. ¡No valen más que las sanguijuelas! Mi hermano se está muriendo y nadie sabe por qué. Sí, se muere, y aquí estoy yo, que tampoco sirvo para nada… yo, que sería capaz de incendiar toda la ciudad y de derramar la sangre de miles de hombres para salvarlo.
–Nadie en Ayodhya puede hacer nada por él, Devi -dijo el wazam-.
Este veneno…
–¡Te digo que no se trata de veneno! – gritó la joven-. Mi hermano estuvo tan celosamente protegido desde que nació que no pudieron llegar hasta él ni los más hábiles envenenadores de Oriente. Los cinco
cráneos de la Torre de los Cautivos constituyen una clara prueba de los intentos que ha habido en ese sentido. Todos fracasaron. Como sabes muy bien, hay diez hombres y diez mujeres cuya única obligación consiste en probar su comida y su bebida, y cincuenta guerreros armados custodian sus aposentos. No, no se trata de veneno. Es brujería…, es espantoso…, es magia negra.
La joven guardó silencio y el rey habló. Sus pálidos labios apenas se movieron y sus ojos vidriosos no reconocían a nadie. Pero su voz se alzó en una pavorosa llamada, confusa y distante, como si la llamara desde allende los abismos barridos por el viento.
–¡Yasmina! ¡Yasmina! Hermana, ¿dónde estás? No te encuentro.
Todo es oscuridad y sólo oigo el rugido de vientos terribles.
–¡Hermano! – gritó Yasmina, sosteniendo su mano inerte convulsivamente-. Estoy aquí. ¿No me reconoces…?
No hubo respuesta. El rostro del rey reflejaba el vacío más absoluto.
De sus labios surgió un murmullo confuso e ininteligible. Las esclavas que estaban arrodilladas a los pies de la tarima sollozaron gimiendo de miedo y Yasmina, arrebatada por la angustia, se golpeó el pecho con los puños.
En otro lugar de la ciudad, había un hombre asomado a un balcón enrejado que daba a una larga calle. En ésta brillaban numerosas antorchas que daban relieve a los rostros de piel oscura y blancos ojos que miraban hacia arriba. De la multitud partía ocasionalmente un lamento que parecía un canto fúnebre.
El hombre se encogió de hombros y se volvió hacia una habitación llena de arabescos. Se trataba de un individuo alto y corpulento, lujosamente ataviado.
–El rey aún no ha muerto, pero ya suenan los cantos fúnebres -le dijo a otro hombre que estaba sentado sobre una esterilla, en un rincón.
Este último llevaba una túnica de pelo de camello de color marrón, calzaba sandalias y tenía un turbante verde en la cabeza. Su expresión era tranquila y su mirada impersonal.
–El pueblo sabe que el rey no verá otro amanecer -repuso. El primero le dirigió una mirada prolongada e interrogante.
–Lo que no entiendo -dijo- es por qué he tenido que esperar tanto tiempo hasta que tus maestros atacaran. Si ahora han podido asesinar
al rey, ¿por qué no lo hicieron hace meses?
–También las artes de lo que se llama magia negra están gobernadas por leyes cósmicas -respondió el hombre del turbante verde-. Al igual que en otros asuntos, las estrellas rigen estos actos. Ni siquiera mis maestros pueden alterarlo. No podían llevar a cabo esta nigromancia hasta que el cielo y las estrellas fueran propicios.
El hombre se detuvo y trazó un diagrama de las constelaciones sobre el suelo de mármol con una larga uña manchada de negro. Luego dijo:
–La inclinación de la luna presagiaba males para el rey de Vendhia.
Las estrellas están en desorden, y la Serpiente se encuentra en la Casa del Elefante. Durante esa yuxtaposición desaparecen los guardianes invisibles en el espíritu de Bhunda Chand. Se abre un sendero en los reinos ocultos y una vez que se establece un punto de contacto, se ponen en funcionamiento terribles poderes.
–¿Punto de contacto? – preguntó el otro hombre-. ¿Te refieres a ese bucle de cabellos de Bhunda Chand?
–Sí. Todas las partes desechadas del cuerpo humano siguen perteneciendo a él, unidas por lazos intangibles. Los sacerdotes de Asura tienen vagas nociones acerca de esto. Por ello los recortes de uñas, cabellos y algunas partes del cuerpo de la familia real se reducen cuidadosamente a cenizas, que luego se esconden. Pero ante los insistentes ruegos de la princesa de Kosala, que amó en vano a Bhunda Chand, éste le regaló un bucle de sus largos cabellos negros como recuerdo. Cuando mis maestros decidieron condenarlo a muerte, el bucle, guardado en un estuche dorado incrustado de piedras preciosas, fue robado de debajo de su almohada mientras ella dormía y sustituido por otro tan parecido al primero que jamás notó la diferencia. Luego, el auténtico bucle viajó en una caravana de camellos por la larga ruta que conduce a Peshkhauri y después hasta el desfiladero de Zhaibar, hasta llegar a manos de los interesados.
–¡Tan sólo un bucle de cabellos! – murmuró el noble.
–Por medio del cual un alma se aparta de su cuerpo para atravesar enormes abismos siderales -repuso el hombre de la esterilla. El noble lo miró con curiosidad.
–No sé si eres un demonio o un hombre, Khemsa -dijo finalmente-.
Muy pocos de nosotros somos lo que parecemos. Yo mismo, a quien los kshatriyas conocen como Kerim Sha, príncipe de Iranistán, soy tan falso como la mayor parte de los hombres. Todos son traidores de una u otra forma, y la mitad de ellos no saben a quién sirven. En ese sentido, al menos, yo no tengo dudas porque sirvo al rey Yezdigerd de Turan.
–Y yo a los Adivinos Negros de Yimsha -dijo Khemsa-, y mis amos son más poderosos que los tuyos, ya que han logrado con sus artes lo que Yezdigerd no pudo hacer con cien mil espadas.
Afuera, el lamento de miles de personas parecía ascender hacia las estrellas que tachonaban la calurosa noche vendhia.
Todos los guerreros nobles de Ayodhya se hallaban reunidos en el gran palacio o en sus alrededores, y en todas las puertas de entrada había cincuenta centinelas armados con arcos. Pero la muerte entró en el palacio real y nadie pudo impedirle el paso.
El rey volvió a gritar desde la tarima, sacudido por un terrible espasmo. Se oyó una vez más su voz débil y lejana, y una vez más, la Devi se inclinó sobre él, temblando a causa de un miedo más oscuro que la muerte.
–¡Yasmina! ¡Ayúdame! ¡Estoy lejos de mi casa mortal! Los brujos se han llevado mi alma a través de la oscuridad azotada por los vientos.
Están intentando cortar el cordón de plata que me une a mi cuerpo moribundo. Me rodean. Sus manos se ciernen sobre mí y sus ojos son rojos como llamas en la oscuridad. ¡Sálvame, hermana! ¡Sus dedos de fuego me están tocando! ¡Destrozarán mi cuerpo y condenarán mi alma! ¿Qué es esto que se cierne sobre mí? ¡Ay!
Al oír aquel desesperado grito de terror, Yasmina se arrojó sollozando convulsivamente sobre el cuerpo de su hermano, impulsada por la angustia. Los espasmos se apoderaban del cuerpo del rey. De sus labios surgió una espuma blanca y los crispados dedos del hombre dejaron su huella en los hombros de la joven. Pero en ese preciso instante desapareció súbitamente el velo que cubría los ojos del rey y éste levantó la cabeza para mirar a su hermana, a quien reconoció.
–¡Hermano! – sollozó la muchacha-. Hermano…
–¡Rápido! – exclamó el rey jadeando, pero hablando con claridad-.
Ya sé qué es lo que me lleva a la pira. He hecho un largo viaje y ahora
lo comprendo. He sido embrujado por los hechiceros himelios. Me arrancaron el alma del cuerpo para llevársela muy lejos, a una habitación de piedra. Allí lucharon por romper el cordón plateado de la vida y meter mi alma en el cuerpo de un ave nocturna de mal agüero que su hechicería conjuró del infierno. ¡Ahora siento que tratan de levantarme! Tu llanto y la presión de tus manos me hicieron regresar, pero me voy rápidamente. Mi alma trata de aferrarse al cuerpo, pero muy débilmente. ¡Pronto…! ¡Mátame antes que atrapen mi alma para siempre!
–¡No puedo!-exclamó la muchacha golpeándose el pecho con los puños.
–¡Pronto, te lo ordeno! – gritó el moribundo con tono imperioso-.
Jamás me has desobedecido… ¡Obedece mi última orden! ¡Que mi alma parta limpia hacia Asura! ¡Date prisa! De lo contrario, me condenarás a una eternidad tenebrosa. ¡Pronto! ¡Obedece!
Sollozando sin cesar, Yasmina extrajo una enjoyada daga de su vaina y la hundió hasta la empuñadura en el pecho de su hermano. El rey se agitó y luego permaneció inmóvil, con una sonrisa en sus labios muertos. Yasmina profirió un grito de dolor y se arrojó al suelo, golpeando las alfombras con los puños. Afuera se oían las campanas…
2. El bárbaro de las colinas
Chunder Shan, gobernador de Peshkhauri, dejó a un lado su pluma de oro y leyó cuidadosamente lo que acababa de escribir sobre el pergamino que llevaba su sello oficial. Gobernaba en Peshkhauri desde hacía mucho tiempo, debido a que en todo momento había calculado cada una de sus palabras habladas o escritas. El peligro engendra precaución, y sólo un hombre sagaz logra vivir largo tiempo en un país salvaje en el que las ardientes mesetas vendhias se encuentran con los riscos de los himelios. A una hora de caballo de allí se encuentran las montañas en las que los hombres viven según la ley del cuchillo.
El gobernador se hallaba solo en su habitación, sentado ante la mesa de madera tallada, con incrustaciones de ébano. Por la ventana abierta se veía un pequeño cuadrado azul de noche himelia sembrado de grandes estrellas blancas. El parapeto cercano se había convertido en una línea borrosa, y las almenas y alféizares apenas se distinguían a lo lejos bajo la tenue luz de las estrellas. La fortaleza del gobernador
era muy sólida y se encontraba fuera de las murallas de la ciudad. La brisa movía los tapices que había en las paredes y traía los débiles sonidos de las calles de Peshkhauri.
El gobernador estaba leyendo detenidamente lo que había escrito, con una mano delante de los ojos para protegerlos de la luz de la lámpara de bronce que había en la habitación. Mientras leía, moviendo ligeramente los labios, oyó el golpe seco de los cascos de los caballos en el exterior de la barracana y luego escuchó la voz de los centinelas. El gobernador, profundamente inmerso en la lectura de su carta, apenas prestó atención. La misiva iba dirigida al wazam de Vendhia, de la corte de Ayodhya, y, después del encabezamiento de protocolo, decía:
«Tengo el honor de comunicar a Su Excelencia que he cumplido fielmente sus instrucciones. Los siete nativos están bien custodiados en prisión y envían constantemente mensajes a las montañas para que su jefe venga personalmente a negociar su libertad. Pero éste aún no se ha presentado, si bien ha enviado en respuesta otro mensaje en el que declara que a menos que se libere a los prisioneros, incendiará Peshkhauri y cubrirá la silla de su caballo con mi pellejo, si Su Excelencia me permite tal expresión. Estoy convencido de que es muy capaz de hacerlo, y por ello he triplicado el número de lanceros de la guardia. El hombre no es un nativo del Ghulistán. No puedo prever cuál será su próximo paso. Pero puesto que ése es el deseo de la Devi…»
Al cabo de un segundo el gobernador se levantó de su silla de marfil y se acercó a la puerta. Tomó rápidamente la espada curva que se encontraba sobre la mesa, y luego se detuvo en la entrada de la habitación.
Acababa de entrar una mujer sin anunciarse. Vestía una diáfana túnica de gasa que dejaba ver la belleza de su cuerpo alto y esbelto. Un transparente velo caía sobre su pecho desde un tocado sujeto a su cabeza por una triple trenza de oro, adornada con una media luna dorada. Sus ojos oscuros contemplaban al asombrado gobernador por encima del velo, y a continuación descubrió su rostro con un imperioso movimiento de su blanca mano.
–¡Devi!
El gobernador se arrodilló inmediatamente. Tanto su sorpresa como su confusión desmerecieron su digna obediencia. La Devi le ordenó que
se levantara con un gesto de la mano, y el gobernador se apresuró a conducirla hacia la silla de marfil, haciendo reverencias sin cesar. Pero sus primeras palabras fueron de reproche.
–¡Majestad, esto es muy poco prudente! Hay peligro en la frontera.
Los ataques desde las montañas son constantes. ¿Habéis venido con un gran séquito?
–Sí, me acompañaron varias personas hasta Peshkhauri. Alojé a mi gente allí y vine hasta el fuerte con mi doncella Citara. Chunder Shan palideció horrorizado.
–¡Devi! No acabáis de comprender el peligro que hay en todo esto.
A una hora de caballo de aquí, las colinas hierven de bárbaros profesionales del robo y del asesinato Muchas mujeres han sido raptadas y los hombres son acuchillados entre el fuerte y la ciudad.
Peshkhauri no es como vuestras provincias del sur…
–Pero me encuentro aquí sana y salva -interrumpió la muchacha con un dejo de impaciencia-. Enseñé mi sortija con el sello al centinela de la entrada y al que está en la puerta de vuestra habitación, y me dejaron entrar sin anunciarme y sin conocerme, pero suponiendo que se trataba de un correo secreto de Ayodhya. No perdamos el tiempo.
¿No habéis recibido ningún mensaje del jefe de los bárbaros?
–Ninguno, a no ser maldiciones y amenazas, Devi. Es un hombre astuto y desconfiado. Considera que puede ser una trampa, y quizá ello sea comprensible. Los kshatriyas no siempre han cumplido sus promesas con los montañeses.
–¡Debe negociar! – exclamó Yasmina con los puños crispados.
–No lo entiendo -repuso el gobernador moviendo la cabeza-.
Cuando capturé a esos siete hombres informé al wazam, como es costumbre, y luego, antes que yo pudiese ahorcarlos, llegó la orden de que los retuviera para que se comunicaran con su jefe. Eso hice, pero el hombre no ha venido. Estos bárbaros pertenecen a la tribu de los afghulis, pero su jefe es un extranjero de Occidente y se llama Conan.
Amenacé con ahorcarlos mañana al amanecer si no se presenta aquí.
–¡Muy bien! – exclamó la Devi-. Has hecho bien. Y ahora te diré por qué he dado esas órdenes. Mi hermano…
Yasmina se detuvo, ahogada por la emoción, y el gobernador inclinó la cabeza con el acostumbrado gesto de respeto hacia un soberano
fallecido.
–El rey de Vendhia fue destruido por la magia -dijo finalmente Yasmina-. Desde ese momento he decidido dedicar mi vida a destruir a sus asesinos. Al morir me proporcionó una pista y la he seguido. He leído el Libro de Skelos y he hablado con un sinfín de ermitaños de las cuevas que hay debajo de Jhelai. Ahora sé cómo y quién lo ha asesinado. Sus enemigos eran los Adivinos Negros del monte Yimsha.
–¡Por Asura! – exclamó Chunder Shan palideciendo. Los ojos de Yasmina parecieron atravesarlo, y a continuación preguntó:
–¿Les temes?
–¿Quién no les teme, Majestad? – repuso el gobernador-. Hay diablos negros vagando por las desiertas colinas de más allá del Zhaibar. Pero la leyenda dice que muy rara vez intervienen en las vidas de los mortales.
–No sé por qué asesinaron a mi hermano -dijo Yasmina-. ¡Pero he jurado ante el altar de Asura que los destruiría a todos! Y necesito la ayuda de un hombre de allende la frontera. Un ejército kshatriya, sin ayuda, jamás llegaría a Yimsha.
–Sí -musitó Chunder Shan-. Es cierto. Sería preciso luchar a cada paso del camino contra miles de bárbaros, que se descolgarían de cada roca para hacernos frente con sus largos cuchillos. En una ocasión los turanios se abrieron paso entre los montes Himelios, pero ¿cuántos regresaron de Khorusún? Muy pocos hombres, que escaparon de las espadas de los kshatriyas después de que el rey, vuestro hermano, derrotara a sus huestes en el río Jhumda, volvieron a ver Secunderam.
–Por eso debo conducir a esos hombres a través de la frontera -dijo Yasmina-. Tienen que ser individuos que conozcan bien el camino hacia el monte Yimsha…
–Pero las tribus temen a los Adivinos Negros y evitan la montaña infernal -repuso el gobernador.
–Y ese jefe Conan, ¿también les teme?
–Dudo que ese diablo sienta temor por nada -musitó el gobernador.
–Eso me han dicho. Por lo tanto, es el hombre con el que necesito tratar. Él desea liberar a sus siete guerreros. Muy bien, pues su rescate será… ¡la cabeza de los Adivinos Negros!
La voz de Yasmina rezumaba odio al pronunciar estas palabras. Sus manos se crisparon con fuerza sobre sus caderas. Parecía la imagen de la ira mientras mantenía la cabeza erguida y jadeaba intensamente.
El gobernador se arrodilló una vez más. Sabía que una mujer en ese estado emocional era más peligrosa que una cobra ciega.
–Se cumplirán vuestros deseos, Majestad -dijo el gobernador.
Luego, cuando la mujer pareció calmarse, agregó:
–No puedo prever cómo reaccionará Conan. Las tribus siempre están en pie de guerra, y tengo razones para creer que los emisarios de los turanios las están incitando para que ataquen nuestras fronteras.
Como Vuestra Majestad sabe, los turanios se han establecido en Secunderam y en otras ciudades del norte, aun cuando las tribus de las montañas no hayan sido reducidas todavía. El rey Yezdigerd hace tiempo que mira hacia el sur con codicia y es posible que busque, mediante la traición, lo que no pudo conseguir por la fuerza de las armas. Incluso he pensado que Conan podría ser uno de sus espías.
–Lo veremos -repuso Yasmina-. Si siente algún afecto por sus hombres, sin duda alguna al amanecer estará ante las puertas de la ciudad para negociar. Pasaré la noche en la fortaleza. Llegué disfrazada hasta Peshkhauri y alojé a mi séquito en una posada en lugar de hacerlo en el palacio. Además de mi gente, sólo tú sabes que estoy aquí.
–Majestad, os escoltaré hasta vuestros aposentos -dijo el gobernador.
Cuando atravesaron el umbral de la habitación, el gobernador hizo una señal al guerrero que estaba allí de guardia, que saludó rápidamente, sosteniendo entre sus manos una larga lanza.
La doncella esperaba cubierta con un velo, al igual que su señora, en el exterior de la habitación. El grupo recorrió un ancho y tortuoso pasillo iluminado por humeantes antorchas y finalmente llegó a los aposentos reservados para las visitas importantes, generales y virreyes, en su mayor parte. Nunca un miembro de la familia real había honrado aquellas habitaciones de la fortaleza. Chunder Shan tenía la molesta sensación de que aquel lugar no era el más idóneo para un personaje como la Devi, y aun cuando hizo un verdadero esfuerzo por sentirse cómodo en su presencia, sintió un gran alivio cuando la Devi lo
despidió. Todos los sirvientes del fuerte recibieron la orden de servir a su invitada real -aunque no se divulgó su identidad- y el gobernador colocó un pelotón de lanceros ante sus puertas, entre ellos el guerrero que siempre vigilaba la suya. Pero, en su preocupación, olvidó reemplazar a su centinela particular.
Hacía poco que el gobernador se había retirado cuando Yasmina recordó súbitamente que deseaba discutir otro asunto con él. Se refería al pasado de un tal Kerim Sha, un noble de Iranistán que había residido durante cierto tiempo en Peshkhauri antes de establecerse en la corte de Ayodhya. En Yasmina se había despertado una vaga sospecha respecto a ese hombre al verlo en Peshkhauri aquella misma noche. Se preguntó si la habría seguido desde Ayodhya. Como era una Devi de carácter poco corriente, Yasmina no llamó al gobernador a sus aposentos, sino que fue a su habitación.
Al entrar en su cuarto, Chunder Shan cerró la puerta y se dirigió hacia la mesa. Tomó la carta que había escrito y la rompió en pedazos.
En ese preciso instante oyó un suave ruido en el parapeto cercano y vio una silueta recortada contra la luz de las estrellas. El hombre que había allí se dejó caer en el interior de la habitación. La luz se reflejó en una larga hoja de acero que sostenía en la mano.
–¡Silencio! – advirtió-. ¡Si haces un solo ruido te enviaré a hacerle compañía al diablo!
El gobernador interrumpió el movimiento que acababa de iniciar para coger la espada que estaba apoyada sobre la mesa. Pero comprendió inmediatamente que se hallaba al alcance del largo cuchillo zhaibar que brillaba en la mano del intruso. En seguida se dio cuenta de que se trataba de un habitante de las montañas.
El hombre era alto, fuerte y ágil. Estaba vestido como un bárbaro de las montañas, pero su rostro oscuro y sus ojos azules no conjugaban con el resto. Chunder Shan jamás había visto un hombre como ése. No se trataba de un oriental, sino más bien de un bárbaro de Occidente.
Pero su aspecto era indomable y feroz como el de los miembros de las tribus que habitaban en las montañas de Ghulistán.
–Vienes como un ladrón nocturno -dijo con serenidad el gobernador recuperando su compostura, aun cuando en ese preciso momento
recordó que en el exterior no había ningún guardia. Pero el intruso no podía estar al tanto de ese detalle.
–Subí por un bastión -gruñó el hombre de las montañas-. Un centinela asomó la cabeza por una almena, justo a tiempo para que pudiera golpearlo con la empuñadura de mi daga.
–¿Eres Conan?
–¿Qué otro podría ser? Enviaste mensajes a las montañas en los que decías que viniese a negociar contigo. ¡Pues ya estoy aquí, por Crom!
Apártate de esa mesa si no quieres que te abra las entrañas.
–Simplemente deseo tomar asiento -repuso el gobernador dejándose caer con todo cuidado sobre su silla de marfil, que inmediatamente apartó de la mesa. Conan se movía delante de él, inquieto, mirando con recelo hacia la puerta y tocando con la yema de un dedo el filo de su cuchillo de un metro de largo. No caminaba como un afghuli y actuaba abiertamente, mientras que cualquier oriental lo hubiera hecho con más sutileza.
–Tienes a siete de mis hombres -dijo de repente-. Rechazaste el rescate que te ofrecí. ¿Qué diablos quieres?
–Discutamos las condiciones -repuso Chunder Shan con calma.
–¿Condiciones? – preguntó Conan con un tono de peligrosa indignación-. ¿Qué quieres decir? ¿No te he ofrecido oro? Chunder Shan se echó a reír.
–¿Oro? Hay más oro en Peshkhauri del que puedas haber visto en toda tu vida.
–"-Eres un embustero -repuso Conan-. He visto el mercado de orfebres de Khorusún.
–Bien, pues entonces más que el que haya podido ver en su vida un afghuli -rectificó Chunder Shan-. Y ésa es solamente una parte del tesoro de Vendhia. ¿Para qué querríamos oro? Para nosotros sería mucho más ventajoso colgar a esos siete ladrones.
Conan profirió un terrible juramento y la larga hoja de su sable tembló durante un segundo en su mano, al tiempo que todos los músculos de sus brazos se ponían en tensión.
–¡Te voy a abrir la cabeza como si fuera un melón maduro! En los ojos de Conan brillaba la indignación, pero Chunder Shan se encogió de hombros sin dejar de mirar la hoja de acero.
–Puedes matarme fácilmente y luego escapar por ese muro. Pero eso no salvaría la vida de tus siete hombres. Los míos seguramente los ahorcarían. Y esos hombres son jefes de los afghulis.
–Lo sé -repuso Conan-. La tribu no hace más que vociferar a mis espaldas porque aún no he conseguido su libertad. Dime claramente lo que deseas, porque, ¡por Crom que si no hay más remedio, conduciré a toda una horda de salvajes hasta las mismas puertas de Peshkhauri!
Chunder Shan miró al hombre que se hallaba de pie ante él, sosteniendo el largo cuchillo en una mano, al tiempo que lo miraba con expresión salvaje, y no dudó de que sería capaz de cumplir su amenaza.
El gobernador no creía que ninguna horda de las montañas pudiese conquistar Peshkhauri, pero tampoco deseaba que aquellos bárbaros arrasaran la campiña.
–Hay una misión que debes llevar a cabo -repuso midiendo escrupulosamente sus palabras-. Hay que…
Conan saltó hacia atrás y se dio media vuelta para mirar hacia la puerta, enseñando los dientes como un animal salvaje. Su fino oído había captado un leve ruido de pisadas al otro lado de la puerta. En ese preciso instante ésta se abrió y entró apresuradamente en la habitación una mujer con túnica de seda, que cerró la puerta a sus espaldas… Al ver al bárbaro de las montañas, se detuvo.
Chunder Shan se puso en pie de un salto. Su corazón latía aceleradamente.
–¡Devi! – exclamó involuntariamente, perdiendo la calma por un momento.
–¡Devi! – exclamó Conan como si fuera un eco de las palabras del gobernador.
Shan comprendió que Conan se había dado cuenta de todo, y que en sus fogosos ojos azules brillaba una chispa maliciosa.
El gobernador gritó con desesperación y cogió su espada, pero Conan se movió con la velocidad de un huracán. Dio un salto y derribó a Shan con un golpe salvaje aplicado con la empuñadura de su cuchillo, asió con violencia a la Devi por un brazo y luego se encaramó a la ventana. Chunder Shan luchó por ponerse en pie apresuradamente y vio que en el alféizar de la ventana se agitaban los blancos brazos y las
faldas de seda de la Devi. Luego oyó el grito fiero y desafiante de Conan:
–¡Y ahora atrévete a ahorcar a mis hombres!
Entonces Conan saltó el muro, sin soltar a su presa, y desapareció.
Hasta los oídos de Shan llegó el grito salvaje del bárbaro de las montañas.
–¡Guardias! ¡Guardias! – gritó el gobernador, que se dirigió hacia la puerta tambaleándose. La abrió y salió al amplio vestíbulo. Sus gritos resonaron con mil ecos por los corredores, y varios guerreros acudieron corriendo. Quedaron perplejos al ver la sangre que manaba de la cabeza del gobernador.
–¡Que salgan inmediatamente los lanceros! – bramó-. ¡Acaba de producirse un secuestro!
Aun en medio de su agitación, de su dolor físico y de su desesperación, el gobernador tuvo suficiente sentido común como para ocultar la verdad. De repente, oyó en el exterior el súbito galope de un caballo, un grito femenino y un alarido bárbaro de triunfo.
El gobernador corrió hacia la escalera, seguido por los asustados guardianes. En el patio del fuerte siempre había un pelotón de lanceros junto a sus caballos, dispuestos a salir galopando al primer aviso.
Chunder Shan condujo a su escuadrón de lanceros a galope tras el fugitivo, aun cuando tenía que asirse con ambas manos a la silla a causa del terrible dolor que sentía en la cabeza. No divulgó la identidad de la víctima. Sólo dijo que la mujer noble que mostraba el sello real había sido raptada por el jefe de los afghulis. El secuestrador se había perdido de vista, pero no cabían dudas acerca del camino que seguiría: el que conducía directamente a la boca del Zhaibar. No había luna.
Bajo la luz de las estrellas apenas se distinguían las cabañas de los campesinos. Pronto quedaron tras ellos el tétrico bastión del fuerte y las torres de Peshkhauri. Delante de ellos se alzaban los negros muros de los montes Himelios.
3. Khemsa emplea su magia
En medio de la confusión reinante en el fuerte mientras la guardia recibía la alerta, nadie advirtió que la muchacha que había acompañado a la Devi se deslizaba a través de la enorme puerta abovedada y luego desaparecía en la oscuridad. Corrió directamente
hacia la ciudad, recogiéndose las faldas. No siguió la ruta normal, sino que atravesó los campos y las colinas, eludiendo vallas y saltando por encima de los canales de riego con la misma seguridad que si fuese pleno día y con la misma agilidad que un entrenado varón. El ruido de los cascos de los caballos de la guardia ya se había apagado en las montañas antes de que la muchacha alcanzara los muros de la ciudad.
No se acercó a la puerta de entrada, en la que siempre había lanceros de guardia. Siguió caminando a lo largo del muro hasta llegar a cierto lugar desde el que se divisaba la aguja de una torre por encima de las almenas. Luego se llevó ambas manos a la boca y lanzó un grito gutural que sonó extrañamente.
Inmediatamente se asomó una cabeza en el alféizar de la ventana y cayó una soga desde lo alto. La muchacha colocó un pie en el lazo que había en su extremo y luego levantó un brazo. En seguida unos fuertes brazos tiraron de la soga y la joven ascendió apresuradamente. Un momento después se hallaba de pie sobre las almenas y encima de un tejado plano que cubría una casa construida en el mismo muro. Allí había una trampilla abierta, y junto a ella se encontraba un hombre vestido con una túnica de pelo de camello, que comenzó a enrollar la larga soga en silencio, sin dar la menor muestra de cansancio después de haber jalado a la mujer desde una altura de diez metros.
–¿Dónde está Kerim Sha? – preguntó la muchacha, jadeando por el esfuerzo.
–Durmiendo aquí abajo, en la casa. ¿Hay novedades?
–Conan acaba de raptar a la Devi en la fortaleza y se la ha llevado a las montañas -contestó la joven apresuradamente.
El rostro de Khemsa no denotó la menor emoción. Se limitó a asentir con un movimiento de la cabeza y dijo con calma:
–A Kerim Sha le alegrará saber eso.
–¡Espera!
La muchacha le rodeó el cuello con sus brazos. Jadeaba intensamente, pero no sólo por el esfuerzo realizado. Sus ojos brillaban como azabaches a la luz de las estrellas. Su rostro estaba muy cerca del de Khemsa, pero éste, aunque se sometía a su abrazo, no le correspondió.
–¡No se lo digas al hirkanio! – dijo ella-. ¡Aprovechemos esto para nosotros! El gobernador se ha ido a las montañas con sus jinetes, pero es como si intentara cazar a un fantasma. No ha dicho a nadie que se trata de la Devi. Sólo nosotros lo sabemos.
–Pero ¿qué beneficio puede reportarnos? – preguntó el hombre-.
Mis amos me han ordenado que vaya a donde está Kerim Sha para ayudarlo en todo lo que pueda…
–¡Ayúdate a ti mismo! – exclamó la joven fogosamente-. ¡Sacúdete ese yugo de encima!
–¿Quieres decir que… desobedezca a mis maestros? – preguntó asombrado el hombre, al tiempo que su cuerpo se congelaba entre los brazos de la muchacha.
–¡Sí! – repuso la joven mientras le sacudía, impulsada por la emoción-. ¡Tú también eres un mago! ¿Por qué emplear tus poderes sólo para elevar a otros? ¡Emplea tus artes en tu propio beneficio!
–¡Eso está prohibido! – repuso Khemsa, jadeando y temblando-. No pertenezco al Círculo Negro. Solamente bajo las órdenes de mis amos me atrevería a usar los conocimientos que me han transmitido.
–¡Sí que puedes hacerlo! – replicó la muchacha apasionadamente-.
Te lo ruego. Conan se ha llevado a la Devi como rehén por los siete hombres que el gobernador tiene en prisión. Destrúyelos a fin de que Chunder Shan no pueda emplearlos para recuperar a la Devi. Luego iremos a las montañas y se la quitaremos a los afghulis. Nada podrán hacer con sus cuchillos frente a tu magia. El tesoro de los reyes vendhios será nuestro, como rescate… y luego, cuando lo tengamos en nuestras manos, podremos engañarlos y vender a la Devi al rey de Turan. Seremos más ricos de lo que jamás podríamos soñar. Entonces compraremos guerreros, tomaremos Khorbhul, expulsaremos a los turanios de las montañas y enviaremos nuestras huestes al sur.
¡Seremos reyes de todo un imperio!
Khemsa temblaba como la hoja de un árbol bajo el viento. Su rostro se había vuelto gris bajo la luz de las estrellas y por su frente se deslizaban unas gruesas gotas de sudor.
–¡Te amo! – exclamó la muchacha fieramente, apretando su cuerpo contra el del hombre, casi ahogándolo con sus brazos-. ¡Haré de ti un gran rey! ¡Por tu amor he traicionado a mi señora! ¡Tú debes
traicionar a tus maestros por amor a mí! ¿Por qué temer a los Adivinos Negros? ¡Ya has violado una de sus leyes amándome! ¡Eres tan fuerte como ellos!
Ni siquiera un hombre de hielo habría podido soportar el calor de la pasión de la joven. Khemsa emitió un grito inarticulado y la apretó contra sí, luego se inclinó hacia ella y cubrió con apasionados besos sus ojos, su rostro, sus labios.
–¡Lo haré! – murmuró con voz ronca, al tiempo que se tambaleaba como un borracho-. Utilizaré las artes que me han enseñado en mi propio beneficio y no en el de mis maestros. Seremos los dueños del mundo.
–¡Entonces, ven…!
La joven se apartó de él, lo cogió de la mano y lo condujo hacia la trampilla abierta, al tiempo que agregaba:
–Primero debemos asegurarnos de que el gobernador no cambiará a esos siete afghulis por la Devi.
Khemsa se movía como en un sueño. Luego descendieron por una escalera y la muchacha se detuvo delante de una habitación. Kerim Sha yacía sobre un diván, inmóvil. La joven le apretó el brazo a Khemsa y luego hizo un rápido gesto atravesando su propia garganta. Khemsa levantó una mano. Luego, su expresión cambió y dio un paso hacia atrás.
–He comido su pan y su sal -musitó-. Además, no será un obstáculo para nosotros.
A continuación, condujo a la muchacha a través de una puerta orientada hacia una escalera exterior. Cuando se apagó el sonido de sus pasos volvió a reinar el silencio y el hombre del diván se despertó.
Kerim Sha se enjugó el sudor que perlaba su frente. No le asustaba el cuchillo, pero temía a Khemsa igual que a un reptil venenoso.
–Las personas que conspiran sobre los tejados deberían cuidarse de bajar el tono de voz -murmuró el hombre-. Pero dado que Khemsa se ha rebelado contra sus maestros y puesto que él era mi único contacto con ellos, en lo sucesivo no podré contar con la ayuda de aquellos. De ahora en adelante jugaré la partida a mi manera.
Se puso en pie y se acercó rápidamente a una mesa, sacó de su cinto una pluma y un pergamino y garrapateó unas líneas:
«A Khosru, gobernador de Secunderam: Conan el cimmerio se ha llevado a la Devi Yasmina a la aldea de los afghulis. Es una buena oportunidad para que la Devi caiga en nuestras manos, tal como desea el rey desde hace tanto tiempo. Envía de inmediato tres mil jinetes. Me reuniré con ellos en el valle de Gurashah con guías nativos.»
Firmó la nota con un nombre que, evidentemente, no era Kerim Sha.
A continuación extrajo una paloma mensajera de una jaula dorada y sujetó la nota en forma de pequeño cilindro a una de sus patas, empleando un hilo de oro. Después se acercó a una almena y soltó la paloma en el aire de la noche. El animal revoloteó intentan do orientarse, hasta que finalmente se alejó como una sombra. Luego Kerim Sha tomó su casco, su espada y su capa, salió apresuradamente de la habitación y descendió por la escalera exterior.
La prisión de Peshkhauri estaba separada del resto de la ciudad por medio de un grueso muro en el que se destacaba una enorme puerta de hierro debajo de un arco. Sobre éste ardía una antorcha y junto a la puerta había un guerrero armado con escudo y lanza, sentado en cuclillas, de guardia.
El hombre, que estaba apoyado sobre su lanza y bostezaba, se puso en pie de un salto cuando advirtió a su lado la presencia de un hombre al que no había oído llegar. Éste vestía una túnica de pelo de camello y llevaba un turbante verde en la cabeza.
–¿Quién eres? – preguntó el centinela adelantando su lanza.
El extraño no pareció perturbarse en lo más mínimo, aun cuando la punta de la lanza estaba apoyada en su pecho. Su mirada sostuvo la del guerrero con una extraña y serena intensidad.
–¿Cuál es tu obligación? – preguntó a su vez el recién llegado.
–Vigilar la puerta -repuso el guerrero en forma mecánica, manteniéndose rígido como una estatua, con los ojos centelleantes.
–¡Mientes! ¡Tu obligación es obedecerme! Has mirado a mis ojos y tu alma ya no te pertenece. ¡Abre esa puerta!
Con movimientos mecánicos y el rostro petrificado, el centinela se dio media vuelta, extrajo una enorme llave de su cinto y abrió rápidamente la puerta. Luego se puso firme, mirando fijamente al vacío.
De las sombras surgió una mujer que tomó ansiosamente al hipnotizador por el brazo.
–Ordénale que vaya a buscar caballos, Khemsa -musitó.
–No es necesario -repuso el rakhsha.
Luego levantó ligeramente la voz y se dirigió al centinela.
–Ya no te necesito. ¡Mátate!
Como un hombre en trance, el guerrero apoyó el extremo inferior de su lanza contra la base del muro y la punta afilada debajo de sus costillas. Luego se dejó caer lenta e imperturbablemente sobre el arma, hasta que ésta le salió por la espalda.
La muchacha lo miró fascinada, con una expresión morbosa, hasta que Khemsa la tomó por un brazo y la condujo a través de la puerta.
Las antorchas iluminaban un estrecho espacio que había entre el muro exterior y uno interior más bajo, en el que se veían unas puertas en forma de arco situadas a intervalos. Un guerrero vigilaba el lugar, y al ver que la puerta se abría, se acercó despacio, absolutamente seguro de la inviolabilidad de la fortaleza, hasta que Khemsa y la muchacha entraron. El rakhsha no perdió tiempo en hipnotizar al hombre.
Mientras tanto, la muchacha observó toda la escena atónita, pensando que aquello era pura magia. El centinela bajó su lanza amenazadoramente y abrió la boca para dar la alarma que haría salir a numerosos guardias que se encontraban al final del pasillo. Khemsa apartó a un lado la lanza como si fuera una paja y movió su mano derecha como si estuviera acariciando el cuello del guerrero. Éste cayó hacia adelante sin emitir un solo sonido. Su cabeza se balanceaba de forma impresionante en el cuello fracturado.
Khemsa ni siquiera lo miró. Se dirigió directamente a una de las puertas en forma de arco y apoyó la mano sobre la enorme cerradura de bronce. La puerta se abrió con un chirrido siniestro. La muchacha, que iba detrás de Khemsa, vio que la puerta de madera se había hecho astillas, que las cerraduras de bronce estaban arrancadas y las enormes bisagras rotas y separadas de los marcos. Un ariete de mil kilos accionado por cuarenta hombres no hubiera podido destrozarla tan perfectamente. Khemsa estaba ebrio de libertad y de poder, y sembraba a su alrededor demostraciones de fuerza, al igual que un
joven gigante que derrochara un vigor innecesario impulsado por el orgullo de su poderío.
La destrozada puerta daba a un pequeño patio iluminado por otra antorcha. Frente a la puerta había una ancha reja de hierro. Una mano peluda se crispaba sobre los barrotes, y la oscuridad del fondo constituía un marco idóneo para el fulgor de unos ojos blancos.
Khemsa permaneció inmóvil y en silencio por un momento, mirando las sombras, desde donde unos ojos le devolvieron la mirada con ardiente intensidad. Entonces buscó algo debajo de su túnica. De su mano salió una suave nube de finísimo polvo que cubrió todo en un segundo. Un fuego de color verde iluminó el lugar. Bajo el suave fulgor se destacaron con nitidez las siluetas de siete hombres de pie, inmóviles tras los barrotes. Se trataba de individuos altos, peludos, vestidos con harapos. No hablaron, pero en sus ojos brilló el fuego de la muerte y sus peludos dedos se crisparon una vez más sobre las rejas.
El fuego se desvaneció, pero permaneció el fulgor verdoso. Era como una bola de color esmeralda que temblaba a los pies de Khemsa.
Los ojos de los guerreros estaban fijos en ella. La bola se movía y se alargaba. Luego se convirtió en una fina columna de humo verde, que ascendió suavemente en espiral. Se agitaba como una sombría serpiente que aumentaba de tamaño, adquiriendo constantemente nuevas formas. Luego adoptó la forma de una nube y se extendió por el suelo, avanzando lentamente hacia los barrotes. Los hombres la miraban con los ojos desorbitados. Las rejas temblaron bajo la presión de sus manos. Abrieron la boca, pero eran incapaces de emitir un solo sonido.
La nube verde llegó hasta los barrotes y por un segundo ocultó a los siete hombres. Entonces se extendió como si fuera una espesa niebla y formó un muro impenetrable. Desde el otro lado surgió un sonido ahogado, como el de un hombre que se arroja súbitamente al agua.
Khemsa tocó con suavidad el brazo de la muchacha, que se hallaba a su lado contemplando la escena con los ojos desorbitados y con la boca abierta por el asombro. Se alejó mecánicamente en compañía de Khemsa, mirando por encima de su hombro. La verde neblina se estaba desvaneciendo. Cerca de los barrotes vio unos pies calzados con sandalias, con los dedos hacia arriba, y luego las borrosas siluetas de otros hombres tendidos en la misma posición.
Mientras tanto, Khemsa decía:
–Y ahora, iremos en busca del caballo más rápido que haya habido jamás en un establo. Estaremos en Afghulistán antes del amanecer.
4. Encuentro en el desfiladero
Yasmina no recordaba claramente los detalles de su secuestro. Lo inesperado y violento de la acción la había aturdido. Sólo tenía la confusa sensación de haber experimentado un verdadero torbellino de acontecimientos… la fuerza de un poderoso brazo, los ojos brillantes de su raptor y su fogoso aliento, que parecía abrasarle la carne.
Recordaba el salto desde la ventana hasta el parapeto, la loca carrera a través de almenas y tejados, cuando sintió un temor espantoso de caer, y luego el rápido descenso por una soga hasta otra almena. El hombre había bajado por la cuerda con su prisionera tendida sobre uno de sus hombros. Luego la subió a un magnífico corcel que parecía volar. Todo esto formaba un caos de recuerdos en la mente de la Devi.
A medida que se fueron aclarando las ideas de la joven, sus primeras sensaciones fueron de rabia y vergüenza. Estaba atónita. Los gobernantes de los dorados reinos situados al sur de los montes Himelios eran considerados casi divinos, y ella era la Devi de Vendhia.
El miedo quedó ahogado por la ira. Gritó con furia y comenzó a luchar.
¡Ella, Yasmina, transportada sobre el caballo de un jefe de las montañas, como si fuera una ramera del mercado! El hombre simplemente apretó el brazo de la joven y ésta experimentó, por primera vez en su vida, el poder de una fuerza física superior. Los brazos del hombre eran como de hierro. Luego la miró y sonrió con picardía. Sus blancos dientes brillaron bajo la luz de las estrellas. Las riendas colgaban flojas sobre la crin del fogoso caballo, y todos los músculos del enorme animal se ponían en tensión cuando galopaba haciendo temblar el sendero. Pero Conan cabalgaba con total indiferencia, casi descuidadamente, como un centauro.
–¡Perro de las montañas! – dijo la muchacha jadeando y temblando de vergüenza, cólera y desamparo-. ¡Cómo te atreves! ¡Cómo te atreves a…! ¡Pagarás esto con tu vida! ¿Adonde me llevas?
–A las aldeas de Afghulistán -repuso Conan, mirándola por encima del hombro.
Detrás de ellos comenzaban a encenderse las antorchas en los muros de la fortaleza. De repente distinguió un fulgor mucho más intenso, lo que significaba que se había abierto la enorme puerta de entrada.
Conan lanzó una sonora carcajada y exclamó:
–El gobernador envía a sus jinetes tras nosotros. ¡Por Crom que le vamos a dar un poco de trabajo! ¿Qué opinas tú, Devi? ¿Crees que pagarán siete hombres por una princesa kshatriya?
–Enviarán a un ejército para ahorcarte a ti y a tu banda de diablos -
repuso la joven con absoluta convicción.
Conan se echó a reír y colocó a la muchacha más cómoda entre sus brazos. Pero la joven consideró aquello como una afrenta más y renovó su lucha inútil, hasta que comprendió que sus esfuerzos sólo lograban divertir al hombre, y procuró tranquilizarse.
Incluso sintió que su ira se desvanecía ante el espanto cuando entraron por la boca del desfiladero, situada en las oscuras murallas que se alzaban como un gigantesco bastión que impedía avanzar. Era como si un gigantesco cuchillo hubiera cortado el Zhaibar en la sólida roca. A ambos lados se alzaban las abruptas pendientes a miles de metros de altura, y la boca del desfiladero estaba completamente oscura. Conan no veía bien, pero conocía el camino a la perfección.
Sabiendo que bajo la luz de las estrellas cabalgaban tras él varios hombres armados, no refrenó al caballo. El fuerte animal aún no daba muestras de cansancio. Galopó desesperadamente por el sendero que había en el centro del valle, luego subió por la ladera de una montaña y, después de pasar con dificultad por el risco cuyos bordes estaban formados por pizarra resbaladiza, tomó un camino que pasaba por el lado izquierdo del muro.
Ni siquiera Conan pudo distinguir en aquella oscuridad la emboscada que le tendían los indígenas zhaibar. Cuando atravesaron la negra boca de una garganta que se abría al desfiladero, una jabalina pasó silbando a su lado y se hundió en los flancos del caballo. El animal relinchó de dolor y cayó hacia adelante, después de haber amainado el paso. Pero Conan había reconocido el silbido de la jabalina y actuó con fantástica rapidez.
Cuando el caballo se cayó, Conan saltó en el aire sosteniendo a la joven entre sus brazos para protegerla y evitar que se golpeara contra
las rocas. Se puso en pie con la agilidad de un felino, depositó a la muchacha en una grieta abierta en las rocas y se lanzó a la oscuridad desenvainando su daga.
Yasmina, aturdida por la rapidez de los acontecimientos, no entendía muy bien lo que había ocurrido. De repente vio una forma vaga que surgía de las sombras, unos pies descalzos que emitían un sonido ahogado sobre la piedra y unos harapos que flotaban bajo la brisa nocturna. Luego distinguió el brillo del acero contra el acero, y acto seguido el espantoso crujido de huesos cuando el largo cuchillo del cimmerio le partió el cráneo a uno de sus enemigos.
Conan saltó hacia atrás y se agachó debajo de unas rocas. Los hombres seguían moviéndose a oscuras, y en ese momento se oyó una voz tronante que decía:
–¿Qué sucede, perros? ¿Os acobardáis? ¡Adelante, malditos, cogedlos!
Conan se movió, miró en la oscuridad y gritó:
–¡Yar Afzal! ¿Eres tú?
Se oyó una maldición y la otra voz respondió:
–¿Conan? ¿Eres tú, Conan?
–¡Sí! – respondió el cimmerio echándose a reír-. ¡Adelante, viejo perro guerrero! He matado a uno de tus hombres.
Hubo un movimiento entre las rocas, una luz brilló tenuemente y luego Conan vio avanzar una llama en dirección a él. Bajo su fulgor se recortó un fiero rostro barbudo. El hombre levantó la antorcha y alargó el cuello para examinar las rocas. En la otra mano sostenía una enorme espada curva. Conan dio un paso adelante, envainando su cuchillo, y el otro hombre bramó un alegre saludo.
–¡Vaya, si es Conan! ¡Salid de vuestro escondite entre las rocas, perros! ¡Es Conan!
Los demás hombres se apiñaron alrededor del círculo de luz. Eran individuos barbudos, de aspecto salvaje, con los ojos de lobo y largos cuchillos en la mano. No vieron a Yasmina porque estaba oculta detrás del voluminoso cuerpo de Conan. Pero desde su escondite, por primera vez en esa noche, la joven sintió verdadero terror. Aquellos hombres parecían lobos más que seres humanos.