Conan el Aventurero
Introducción
Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.
La nebulosa se disipó del cerebro de Conan, al igual que la bruma se desvanece ante un fuerte viento. Saltó a la silla del caballo profiriendo una terrible maldición, y el animal retrocedió relinchando.
Miró hacia la ladera de la montaña, dudó durante un momento y luego avanzó en la misma dirección que seguía antes de ser detenido por Khemsa. Pero ahora ya no avanzaba cautelosamente. Aflojó las riendas, y el corcel saltó hacia adelante como una flecha, como si tratara de aliviar su tensión mediante un violento ejercicio físico. Al otro lado del rellano de piedra, el hombre y el caballo se lanzaron con furia en una carrera desenfrenada por el estrecho sendero. El camino seguía un pliegue de la roca, serpenteando interminablemente hacia abajo, y hubo un momento en el que Conan pudo ver lo que quedaba del trozo de rellano desprendido de la montaña: un enorme montón de rocas situado al pie del gigantesco risco.
Todavía había que descender bastante para llegar hasta el fondo del valle cuando Conan encontró un barranco que parecía una salida natural. Siguió cabalgando entre dos precipicios. Distinguía perfectamente el sendero que debía seguir, que más adelante trazaba una curva cerrada y retrocedía hasta el lecho del río, que estaba a la izquierda. Conan maldijo la necesidad de tener que recorrer tantas leguas, pero era el único camino. Intentar descender hacia el borde que había mas abajo del sendero sería imposible. Sólo un pájaro podría llegar hasta el lecho del río sin romperse el cuello.
Espoleó a su animal hasta que llegó a sus oídos el ruido de los cascos de otro caballo que venía desde mucho más abajo. Conan frenó a su corcel y se acercó hasta el borde del risco para observar el seco lecho del río que corría al pie de la montaña. En la garganta se veía una larga columna de jinetes… unos hombres barbudos sobre caballos semisalvajes. Eran aproximadamente unos quinientos hombres armados. Conan lanzó un grito y se inclinó sobre el abismo, a cien metros de altura.
Los jinetes se detuvieron y quinientos rostros barbudos lo miraron.
Un repentino clamor llenó el cañón. Conan no malgastó palabras.
–¡Cabalgaba hacia Ghor! – bramó desde las alturas-. No esperaba encontraros en mi camino, perros. ¡Seguidme tan rápidamente como puedan hacerlo vuestros viejos caballos! Voy a Yimsha y…
–¡Traidor!
El unánime bramido fue como un jarro de agua fría arrojado a su rostro.
–¡Cómo!
Conan miró en dirección a la columna de hombres, incapaz de pronunciar una sola palabra más. Vio una cantidad de ojos que lo observaban con furia, rostros congestionados por la ira y manos empuñando armas.
–¡Traidor! – dijeron los jinetes con odio-. ¿Dónde están los siete jefes cautivos de Peshkhauri?
–Supongo que en la prisión del gobernador.
Un alarido sanguinario surgió de cientos de gargantas. El clamor y el ruido de las armas fue tan fuerte que Conan no pudo comprender lo que decían.
Entonces el cimmerio gritó con todas sus fuerzas:
–¿Qué diablos significa todo esto? ¡Que hable uno solo y así en tenderé lo que queréis decir!
Un viejo jefe enjuto, cuya enorme barba le llegaba hasta la cintura, agitó su espada curva en dirección a Conan, como preámbulo, y gritó:
–¡No nos dejaste ir a Peshkhauri para rescatar a nuestros hermanos!
–¡No, estúpidos! – repuso Conan exasperado-. Aun cuando hubierais salvado el muro, lo que es poco probable, los habrían colgado a todos ellos antes de que llegarais allí.
–¡Y tú te fuiste solo para negociar con el gobernador! – gritó el afghuli furioso.
–¿Y bien?
–¿Dónde están los siete jefes? – bramó el anciano agitando su espada curva-. ¿Dónde están? ¡Muertos!
–¡Cómo! ¿Qué dices? – preguntó Conan estupefacto.
–¡Sí, todos muertos! – gritaron a coro quinientas voces sedientas de sangre. Y el anciano jefe vociferó:
–¡No fueron ahorcados! ¡Un wazuli que estaba en otra celda los vio morir! El gobernador envió a un brujo para matarlos con sus artes mágicas.
–Eso no puede ser verdad -exclamó Conan-. El gobernador no se hubiera atrevido a hacer eso. Anoche hablé con él…
Lo que acababa de decir había sido muy poco acertado. Un alarido de odio y de acusaciones se elevó al cielo.
–¡Sí! ¡Fuiste a verlo completamente solo! ¡Para traicionarnos! Es verdad. El wazuli escapó por la puerta que el brujo abrió para entrar y se lo contó todo a nuestros exploradores, con los que se encontró en Zhaibar. Fueron a buscarte al ver que no regresabas. Cuando oyeron el relato del wazuli volvieron apresuradamente a Ghor, y nosotros ensillamos nuestros caballos y cogimos nuestras espadas.
–¿Y qué deseáis hacer, estúpidos?
–¡Vengar a nuestros hermanos! – gritaron los hombres, al unísono-.
¡Muerte a los kshatriyas! ¡Matadlo, hermanos, es un traidor!
Las flechas comenzaron a caer a su alrededor. Conan se puso de pie sobre los estribos, luchando por hacerse oír por encima del tumulto, y
entonces, con una exclamación de cólera, desafío y asco, comenzó a galopar sendero arriba. Detrás y debajo de él galopaban los afghulis con furor, demasiado encolerizados como para advertir que para alcanzar al cimmerio era preciso atravesar el lecho del río en dirección opuesta, tomar luego el sendero en forma de herradura y subir después por el serpenteante camino del risco. Cuando recordaron esto y retrocedieron, su repudiado jefe ya casi había alcanzado el punto en el que el rellano se unía al risco.
Una vez arriba, Conan no tomó el camino por el que había descendido, sino que giró en otra dirección, hacia un sendero sin marcar, por el cual el caballo apenas podía pasar. Aun así, al mirar hacia arriba, comprobó que debía recorrer un trayecto bastante largo para alcanzar el lugar desde donde se habían despeñado Gitara y el hombre del turbante verde.
No había avanzado mucho cuando el caballo relinchó y retrocedió ante algo que se interponía en su camino. Conan vio los restos de un hombre; era un montón de carne y huesos, algo que se parecía ya muy poco a un cuerpo humano, pero que aún conservaba la vida.
Sólo los oscuros dioses que gobiernan los siniestros destinos de los brujos sabían cómo Khemsa había podido arrastrar su destrozado cuerpo desde aquel caos de rocas hasta el sendero.
Impulsado por una misteriosa fuerza, Conan desmontó y contempló durante un momento el horrible cuerpo desfigurado, consciente de que estaba siendo testigo de algo milagroso, contrario a las leyes de la naturaleza. El rakhsha levantó su destrozada cabeza, y sus extraños ojos, que brillaban de dolor ante la cercana muerte, se posaron en Conan y lo reconocieron.
–¿Dónde están? – preguntó.
Su voz no era humana. Era una especie de gruñido de ultratumba.
–Han regresado a su maldito castillo de Yimsha -respondió Conan en voz baja-. Se han llevado con ellos a la Devi.
–¡Iré hacia allí! – murmuró el hombre-. ¡Los seguiré! Mataron a Gitara. ¡Los mataré… a los acólitos, a los Cuatro del Círculo Negro y al mismo Maestro! ¡Los mataré a todos!
Khemsa intentó arrastrar su mutilado cuerpo un poco más, pero ni siquiera aquella indomable voluntad pudo mover ese amasijo de carne
y huesos que se mantenía con vida.
–¡Síguelos! – susurró Khemsa vomitando sangre-. ¡Síguelos!
–Eso pienso hacer. Fui a buscar a mis afghulis, pero se han vuelto contra mí. Iré a Yimsha solo. Recuperaré a la Devi aunque tenga que destruir toda esa montaña con mis manos. No pensé que el gobernador se atrevería a matar a mis hombres cuando me llevé a la Devi, pero parece que lo hizo. Eso le costará la cabeza. Ella ya no me sirve como rehén, pero…
–¡Que caiga sobre ellos la maldición de Yizil! – murmuró el rakhsha-. ¡Vete! Yo… Khemsa… me estoy muriendo. Espera… toma mi cinturón…
El moribundo intentó hurgar entre sus harapos con manos temblorosas, y Conan, comprendiendo lo que trataba de hacer, se agachó y le quitó un cinto de aspecto extraño.
–Sigue la veta dorada a través del abismo -musitó Khemsa, sin que Conan entendiera el significado de sus palabras-. Usa el cinturón. Me lo regaló un sacerdote estigio. Te ayudará, aunque a mí me falló al final.
Rompe el globo de cristal con las cuatro granadas doradas. Ten mucho cuidado con las transmutaciones del Maestro… Yo me voy con Gitara…, me está esperando en el infierno. ¡Ya Skelos yar!
Khemsa murió con un último grito.
Conan contempló el cinturón. El pelo negro con el que había sido tejido no era de caballo. El cimmerio estaba convencido de que eran cabellos de mujer. Entre el pelo había unas joyas diminutas que jamás había visto. La hebilla dorada tenía una forma extraña; parecía la cabeza afilada de una serpiente. Conan se estremeció y se volvió, dispuesto a arrojar el cinturón al precipicio, pero tuvo un momento de duda y por último lo ciñó a su talle bajo el cinto bakhariota que usaba normalmente. A continuación, montó en su caballo y reanudó la marcha.
El sol se había ocultado tras los riscos. Conan siguió subiendo por el sendero, bajo la enorme sombra que arrojaban las pendientes rocosas como un manto azul sobre los valles y barrancos. No faltaba mucho para llegar a la cima cuando, al aproximarse a la arista de un risco, oyó el ruido de cascos de caballos. No dio la vuelta. El camino era tan estrecho que el animal no hubiera podido hacerlo. Siguió cabalgando y,
al bordear la arista, desembocó en un sendero un poco más ancho. Un coro de alaridos amenazadores estalló en sus oídos, al tiempo que un brazo que sostenía una cimitarra se disponía a caer sobre su cabeza.
Conan detuvo el brazo levantado del jinete, mientras que su corcel hacía retroceder al caballo del otro.
–¡Kerim Sha! – exclamó Conan con los ojos centelleantes.
El turanio no luchó. Los dos individuos se encontraban sobre los caballos, casi hombro con hombro. Los dedos de Conan se crisparon sobre el brazo armado. Detrás de Kerim Sha había un grupo de enjutos irakzais a caballo. Tenían mirada de lobo, pero parecían inseguros a causa de lo estrecho del sendero y de la proximidad del precipicio que había a sus espaldas.
–¿Dónde está la Devi? – quiso saber Kerim Sha.
–¿Qué te importa a ti eso, espía hirkanio? – dijo Conan con un gruñido.
–Sé que tú la tienes -repuso Kerim Sha-. Me dirigía hacia el norte con algunos de mis hombres cuando unos enemigos nos tendieron una emboscada en el desfiladero de Shalizah. Muchos de los míos murieron, y los otros huimos como chacales por las montañas. Cuando logramos deshacernos de nuestros perseguidores, giramos hacia el oeste, hacia el desfiladero de Amir Jehun, y esta ma ñana nos tropezamos con un wazuli que erraba por las montañas Estaba loco, pero obtuve datos importantes de su cháchara incoherente antes de que muriera. Supe que era el único sobreviviente de un grupo que siguió a un jefe afghuli y a una mujer kshatriya cautiva hasta una garganta situada detrás de la aldea de Khurum. Habló mucho acerca de un hombre de turbante verde al que derribó el afghuli, pero cuando fue atacado por los demás wazulis que lo perseguían, los aplastó con su magia en forma tal que cayeron como si fueran nubes de langostas derribadas por la tormenta.
»No sé cómo escapó ese hombre -agregó-, y tampoco él lo sabía, pero por lo que dijo supe que Conan de Ghor había estado en Khurum con su real prisionera. Luego, cuando cabalgamos a través de las montañas, nos encontramos con una muchacha galzai que llevaba un pellejo de agua y nos contó que había sido desnudada y violada por un gigante extranjero vestido con ropas de jefe afghuli. Dijo además que
había entregado sus ropas a una mujer vendhia que lo acompañaba. Y
finalmente agregó que os dirigíais hacia el oeste.
Kerim Sha no consideró necesario explicar que se dirigía a su cita con las esperadas tropas de Secunderam cuando encontró el camino bloqueado por montañeses hostiles. La ruta del valle de Gurashah, a través del desfiladero de Shalizah, era más larga que la del desfiladero de Amir Jehun, pero esta última atravesaba parte del país afghuli, que Kerim Sha deseaba evitar hasta que contara con un ejército. Sin embargo, al encontrar bloqueado el camino de Shalizah, había seguido la ruta prohibida hasta que tuvo noticias de que Conan aún no había llegado a Afghulistán con su prisionera. Esto le obligó a girar hacia el sur y a avanzar apresuradamente, con la esperanza de tropezarse con el cimmerio en las montañas.
–De manera que será mejor que me digas dónde está la Devi -
sugirió Kerim Sha.
–Si uno de tus perros dispara una sola flecha, te arrojaré de cabeza por ese abismo -amenazó Conan-. De todos modos, matarme no te serviría de nada. Me siguen quinientos afghulis, y si se enteran de que los has engañado, te arrancarán el pellejo a tiras. Por otro lado, la Devi no está en mi poder. Está en manos de los Adivinos Negros de Yimsha.
–¡Por Tarim! – maldijo Kerim Sha en voz baja, perdiendo por un momento su aplomo y su porte elegante-. Khemsa…
–Khemsa ha muerto -dijo Conan con un gruñido-. Sus maestros lo han enviado al infierno. Y ahora, apártate de mi camino. Me gustaría matarte si tuviera tiempo, pero tengo prisa por llegar a Yimsha.
–Iré contigo -dijo el turanio súbitamente.
Conan se echó a reír.
–¿Acaso crees que confío en ti, perro hirkanio?
–No te pido que lo hagas -repuso Kerim Sha-. Los dos queremos a la Devi. Conoces mis razones. El rey Yezdigerd desea anexionar el reino de la Devi a su imperio, y tenerla a ella misma en su harén. Yo te conocí cuando eras atamán en las estepas kozakas, por lo que conozco tus ambiciones. Quieres saquear Vendhia y obtener un buen rescate por Yasmina. Bien, dejemos de lado de momento nuestro problema personal, unamos nuestras fuerzas y tratemos de rescatar a la Devi de
manos de los Adivinos. Si tenemos éxito y vivimos, pelearemos para ver quién se queda con ella.
Conan asintió con la cabeza, al tiempo que soltaba el brazo del turanio.
–De acuerdo -dijo-. ¿Y tus hombres?
Kerim Sha se volvió hacia los silenciosos irakzais y les habló brevemente:
–Este jefe y yo vamos a Yimsha a luchar contra los brujos. ¿Venís con nosotros u os quedáis aquí para ser exterminados por los afghulis que persiguen a este hombre?
Los guerreros lo miraron y en sus ojos se reflejó un tremendo fatalismo. Estaban condenados, y lo sabían. Lo sabían desde que las flechas de sus atacantes dagozai los habían expulsado del desfiladero de Shalizah. El grupo era demasiado pequeño como para abrirse paso desde las montañas hasta las aldeas de la frontera sin la ayuda del hábil turanio. Puesto que ya se consideraban perdidos, respondieron de la única manera en que puede hacerlo un moribundo:
–Iremos contigo y moriremos en Yimsha.
–Entonces partamos ya, en nombre de Crom -gruñó Conan, impaciente, contemplando la débil luz del crepúsculo-. Hemos perdido un tiempo precioso.
Kerim Sha hizo retroceder su caballo saliendo de donde se encontraba, entre el muro rocoso y el caballo de Conan, envainó su espada e hizo dar la vuelta cuidadosamente a su corcel. El grupo de hombres comenzó a avanzar lo más rápido que pudieron por el estrecho sendero. Llegaron a la cima situada a un kilómetro al este del lugar en el que Khemsa había detenido al cimmerio y a la Devi. El camino que habían recorrido era peligroso, incluso para los hombres de las montañas, y por esta razón Conan lo había evitado cuando iba con Yasmina, aunque Kerim Sha, que lo seguía, lo tomó, suponiendo que el bárbaro también lo había hecho. Incluso Conan suspiró aliviado cuando los caballos se alejaron del borde
del precipicio. Los hombres avanzaron como fantasmas a través del reino de las sombras.
8. Yasmina conoce el terror sin límites
Yasmina no tuvo tiempo más que para soltar un grito cuando se sintió envuelta por el remolino de color carmesí y separada de su protector con una fuerza sorprendente. Gritó una vez y después ya no tuvo fuerzas para volver a hacerlo. Tenía la impresión de estar ciega, sorda y muda, y de carecer de cualquier otro sentido a causa de la terrible corriente de aire que la rodeaba. Tenía la terrible sensación de hallarse a una altura impresionante, ascendiendo a una enorme velocidad, y que todos sus sentidos habían enloquecido Luego vino el vértigo y el olvido.
Al recuperar el conocimiento todavía experimentaba un vestigio de tales sensaciones. Gritó desesperadamente, sintiendo que su cuerpo estaba realizando un vuelo involuntario al infinito. Sus dedos tocaron una suave tela y al cabo de un rato tuvo la agradable sensación de estabilidad. Entonces, lanzó una mirada a su alrededor.
Estaba tendida sobre una tarima cubierta de terciopelo negro. La tarima se encontraba al fondo de una enorme habitación llena de tapices con dibujos de dragones de un realismo repelente.
Aparentemente, allí no había ventanas ni puertas, aunque podían estar ocultas bajo los tapices. Yasmina no pudo distinguir de dónde procedía la tenue luz que alumbraba el salón. Allí parecía reinar el misterio, las sombras y extrañas formas en las que la muchacha no percibió el menor movimiento, aunque le produjeron un terror infinito.
Sus ojos se posaron en algo tangible. Se trataba de un hombre sentado en otra tarima más pequeña, situada a pocos metros de distancia, que la miraba fijamente. Su larga túnica de terciopelo negro bordada en oro lo envolvía, enmascarando todo su cuerpo. Tenía las manos ocultas en las anchas mangas. Llevaba un gorro de terciopelo en la cabeza. Su rostro reflejaba calma y placidez, y sus ojos brillantes eran ligeramente oblicuos. No movió ni un solo músculo mientras contemplaba a la joven, y su expresión no se alteró al ver que Yasmina recobraba el conocimiento.
Yasmina sintió que el terror le helaba la sangre. Se incorporó apoyándose en ambos codos y miró con aprensión al desconocido.
–¿Quién eres? – preguntó, sintiendo que el tono de su voz sonaba metálico y extraño.
–Soy el Maestro de Yimsha.
La voz del hombre era pictórica y estridente como el sonido de la campana de un templo.
–¿Para qué me has traído aquí? – preguntó Yasmina.
–¿No me buscabas?
–Si eres uno de los Adivinos Negros… ¡sí! – repuso rápidamente ja joven, convencida de que el hombre podía leer sus pensamientos.
–¡Querías que los salvajes hijos de las montañas se volvieran contra los Adivinos de Yimsha! – dijo el Maestro con una sonrisa-. Lo he leído en tu mente, princesa. En tu mente humana llena de mezquinos sueños de odio y venganza.
–¡Mataste a mi hermano! – gritó Yasmina con una mezcla de cólera y horror-. ¿Por qué lo perseguiste? Nunca te ha hecho daño. Los sacerdotes dicen que los Adivinos están muy por encima de los asuntos humanos. ¿Por qué has destruido al rey de Vendhia?
–¿Cómo puede entender un ser humano corriente los motivos de un Adivino? – repuso con calma el Maestro-. Mis acólitos de los templos de Turan, que son los sacerdotes en segundo grado después de los de Tarim, me pidieron que actuara en favor de Yezdigerd. Por motivos personales, me presté a ello.
«¿Cómo podría explicar mis razones místicas para que las comprendiera tu pobre intelecto? Jamás lo entenderías.
–Sólo entiendo esto: ¡que mi hermano ha muerto! Por las mejillas de la joven se deslizaron lágrimas de rabia y de dolor. Se puso de rodillas y miró al Maestro con ojos centelleantes.
–Tal como lo quiso Yezdigerd -repuso el Maestro con la misma calma-. Durante un tiempo fue mi deseo satisfacer sus ambiciones.
–¿Acaso Yezdigerd es tu vasallo?
Yasmina trataba de mantener inalterable el tono de su voz.
Acababa de sentir que una de sus rodillas tocaba algo duro y simétrico bajo un pliegue de terciopelo. Cambió cuidadosamente de posición moviendo una mano bajo el pliegue.
–¿Acaso el perro que lame un hueso podrido en el patio del templo es vasallo de los dioses? – preguntó a su vez el Maestro.
El hombre no parecía darse cuenta de lo que estaba haciendo Yasmina. Ocultos por el terciopelo, los dedos de la joven aferraron lo que estaba segura que era la empuñadura de una daga. Luego inclinó
la cabeza para que no se viera la expresión de triunfo que brillaba en sus ojos.
–Estoy cansado de Yezdigerd -dijo el Maestro-. Ahora me dedico a otros entretenimientos… ¡Ah!
Yasmina saltó como un gato de la selva mientras profería un grito feroz, y atacó salvajemente al hombre, con la daga en la mano.
Luego se tambaleó y se deslizó al suelo, desde donde miró al hombre de la tarima. Éste no se había movido. La sonrisa enigmática no se había borrado de su rostro. Yasmina, temblando, levantó una mano y lo miró asombrada. La muchacha vio que sus dedos no sujetaban una daga, sino un ramo de lotos dorados, cuyos aplastados capullos colgaban marchitos del tallo.
Yasmina dejó caer el ramo al suelo como si se tratara de una serpiente y se alejó inmediatamente de donde se encontraba su verdugo. Regresó a su propia tarima porque consideró que era más digno de una reina colocarse en aquel lugar que arrastrarse por el suelo ante los pies de un hechicero. Lo miró con aprensión desde la tarima, esperando la reacción del Maestro. Pero éste no se movió.
–Toda la sustancia es una para quién posee la llave del cosmos -dijo el Maestro enigmáticamente-. Para un adepto nada es inmutable. Los capullos de acero florecen en jardines innominados y las espadas-flores brillan a la luz de la luna a voluntad.
–Eres un demonio -dijo la muchacha sollozando.
–¡Yo no! – repuso el Maestro sonriendo diabólicamente-. Nací en este planeta hace mucho tiempo. Alguna vez fui un hombre normal, pero no he perdido todos mis atributos humanos en mis infinitos siglos de existencia. Un ser humano iniciado en la magia negra es superior a un diablo. Soy de origen humano, pero gobierno sobre los demonios.
Has visto a los Señores del Círculo Negro y te asombraría enormemente saber desde qué reino remoto han acudido a mi llamada y de qué condena los protejo con un cristal mágico y con serpientes doradas.
Hizo una pausa y luego agregó, sin abandonar su diabólica sonrisa:
–Pero sólo yo gobierno sobre ellos. Ese estúpido de Khemsa se creyó poderoso…, ¡pobre imbécil…!, rompiendo puertas materiales y atravesando el aire con su amante, de colina en colina. Sin embargo, de
no haber sido destruido su poder, tal vez hubiera llegado a igualar el mío.
El Maestro volvió a reír y continuó:
–¡Y tú, pobrecilla! ¡Planeando enviar a un peludo jefe de las colinas a invadir Yimsha! Pero desde que caíste en sus manos las cosas ocurrieron como si yo mismo las hubiera pensado. Y leí en tu mente infantil la intención de seducirlo con tus encantos femeninos y lograr así tus propósitos. No obstante, y aun teniendo en cuenta tu estupidez, eres una mujer hermosa. Deseo conservarte como esclava.
La hija de mil orgullosos emperadores abrió la boca, asombrada y furiosa por la declaración del Maestro.
¡No te atreverás!
La carcajada burlona del hombre le produjo el mismo efecto que un latigazo sobre sus desnudos hombros.
–¿Acaso no se atreve el rey a pisar a un gusano en el camino?
Pequeña estúpida. ¿No comprendes que para mí tu orgullo real no es más que una paja arrastrada por el viento? ¡Yo, que he conocido los besos de las reinas del infierno! ¡Ya has visto cómo trato a los rebeldes!
Asustada y aturdida, la muchacha se acurrucó en la tarima cubierta de terciopelo. La luz se debilitó y el ambiente adquirió un aspecto más fantasmagórico. El rostro del Maestro se volvió sombrío.
–¡Jamás me someteré a ti! – exclamó la joven con voz temblorosa, pero resuelta.
–Lo harás -respondió el Maestro, con terrible convicción-. El miedo y el dolor te enseñarán. Te castigaré con una crueldad que hará temblar cada partícula de tu cuerpo hasta que te conviertas en cera moldeable en mis manos. Conocerás una disciplina que no ha conocido jamás mujer alguna, hasta que la más trivial de mis órdenes sea para ti como la inalterable voluntad de los dioses. Y en primer lugar, para castigar tu orgullo, viajarás a través del tiempo y serás testigo de todas aquellas formas por las que has pasado. ¡Yil la khosa!
Después de que el Maestro pronunciara estas palabras, la habitación comenzó a girar ante los ojos aterrados de Yasmina. Se le pusieron los pelos de punta y sintió la lengua pegada al paladar. En algún lugar sonó un terrible gong. Los dragones de los tapices brillaron con un fuego azulado y después se esfumaron. El Maestro en su tarima
no era más que una sombra informe. La tenue luz dio paso a una profunda oscuridad, espesa, casi tangible, que latía con extrañas radiaciones. Yasmina ya no veía al Maestro. No veía nada. Tenía la extraña sensación de que las paredes y el techo se habían alejado de ella.
En algún lugar algo comenzó a brillar como una luciérnaga que cobraba movimiento rítmicamente. Pronto se convirtió en una bola dorada y, al agrandarse, su luz se volvió más intensa y ardió como una llama blanca. De repente estalló, llenando la oscuridad con blancas chispas que no iluminaban las sombras. Pero había una débil luminosidad, como si hubiera quedado una impresión en la habitación, que reveló un esbelto tallo que nacía del suelo en sombras. Bajo la horrorizada mirada de la muchacha, el tallo se extendió y cobró forma.
Aparecieron brotes, hojas anchas y grandes flores negras y venenosas que colgaban sobre su cabeza. Yasmina se encogió más sobre la tarima aterciopelada. En el ambiente había un perfume sutil. Era el loto negro que crecía en las selvas prohibidas de Khitai.
Las anchas hojas estaban llenas de vida maligna. Las flores se inclinaron hacia ella, como cosas vivas. Parecían cabezas de serpiente recortadas contra la espesa oscuridad, que se cernían sobre ella, en forma dantesca. Yasmina trató de retroceder al percibir el aroma embriagador y realizó un esfuerzo por alejarse de la tarima. Luego se aferró a ésta como si fuese su único medio de salvación. Gritó aterrada y asió el terciopelo, pero sintió que éste se rasgaba entre sus dedos.
Tuvo la sensación de que la estabilidad y la cordura la abandonaban por completo. Era como un átomo sensible arrastrado hacia un vacío helado por un fuerte viento que amenazaba extinguir la poca vida que le quedaba, como si se tratara de una vela apagada bajo la tormenta.
Entonces se mezcló con una miríada de átomos de vida por medio de impulsos y movimientos ciegos, y luego volvió a emerger como individuo consciente, girando en una espiral infinita de diferentes vidas.
En medio de una bruma de terror, revivió todas sus vidas anteriores y volvió a encarnarse en todos los cuerpos que habían transportado a su ego a través del tiempo. Se volvió a lastimar los pies en el largo camino de la vida que la llevaba al doloroso pasado inmemorial. Más
allá de los albores del tiempo Yasmina se encogió, temblando, en selvas primordiales, perseguida por terribles animales de presa. Se hundió desnuda en arrozales y pantanos y luchó contra enormes aves acuáticas por capturar el precioso grano. Trabajó junto a los bueyes arando la tierra y vivió en cabañas primitivas terriblemente incómodas.
Vio estallar en llamas ciudades amuralladas y huyó gritando de los verdugos. Caminó desnuda, desangrándose sobre las arenas ardientes, impulsada por el látigo del mercader de esclavos, y conoció el contacto de manos brutales sobre su carne atormentada. Gritó bajo el restallido del látigo y trató de resistirse, loca de horror, a las manos que la forzaban inexorablemente a apoyar su cabeza sobre el cepo del cadalso.
Conoció el dolor del nacimiento y la amargura del amor traicionado. Sufrió todas las humillaciones e injusticias que el hombre infligió a la mujer a través de los siglos, y soportó el desprecio y la maldad de otras mujeres. Pero en ese viaje a través del tiempo Yasmina era consciente de que era la Devi. Era todas las mujeres que había sido y al mismo tiempo seguía siendo Yasmina.
Su vida se mezclaba con otras vidas en un caos espantoso, cada una de ellas con su carga de vergüenza y de dolor, hasta que oyó débilmente su propia voz gritando, como un doloroso lamento que resonaba con mil ecos diferentes a través de los tiempos.
Entonces despertó. Se hallaba sobre la tarima cubierta de terciopelo que había en la misteriosa habitación.
Bajo la grisácea luz fantasmagórica volvió a ver la tarima y la enigmática figura sentada sobre ella. La cabeza encapuchada estaba inclinada y los hombros apenas se distinguían en la oscuridad. Yasmina no percibía claramente todos los detalles, pero la capucha, que había sustituido al gorro de terciopelo, despertó en ella una extraña inquietud. Al mirar al Maestro se quedó helada de horror. Tenía la sensación de que no era el Maestro quien ocupaba la tarima en esos momentos.
La figura se puso en pie. Se inclinó sobre ella y extendió los largos brazos cubiertos por las amplias mangas. Yasmina luchó contra esos brazos, incapaz de pronunciar una sola palabra, sorprendida por la dura delgadez de aquellos miembros. La cabeza encapuchada también se inclinó sobre ella y Yasmina soltó un grito de horror. Unos brazos
huesudos rodearon su hermoso cuerpo. Desde la capucha se asomaba un rostro muerto y desintegrado que la miraba…, un rostro que parecía un pergamino podrido adherido a un cráneo destrozado.
Yasmina volvió a gritar, y entonces las enormes y espantosas mandíbulas se acercaron a sus labios y ella perdió el conocimiento…
9. El castillo de los brujos
El sol se levantaba ya sobre los blancos picos de los montes Himelios. Un grupo de jinetes se detuvo al pie de una enorme pendiente y miró hacia arriba. Allí, encima de ellos, se veía una torre en la ladera de la montaña. Más arriba brillaban los muros de un edificio más grande, cerca de la línea donde la nieve comenzaba a cubrir la cima del Yimsha. El paisaje parecía irreal… las laderas de color púrpura subían hacia el fantástico castillo y la blanca cima resplandeciente se recortaba contra el cielo azul.
–Dejaremos los caballos aquí -dijo Conan con un gruñido- Es más seguro subir esa traicionera ladera a pie. Además, estos animales están agotados.
El cimmerio bajó del caballo de un salto. El negro corcel se mantenía en pie con las patas delanteras separadas y la cabeza gacha.
Habían cabalgado durante toda la noche, y comieron lo poco que les quedaba en las alforjas. Sólo se habían detenido para dar de comer a los animales los pocos restos de comida que les quedaban.
–Esa primera torre es la de los acólitos de los Adivinos Negros -dijo Conan-. Al menos, eso dice la gente. Perros de presa de sus amos…
brujos menores. No dejarán de vigilarnos mientras escalamos esa colina.
Kerim Sha miró hacia la montaña y luego en dirección al camino por el que habían venido. El turanio buscó en vano algún indicio o movimiento que denunciara la presencia de seres humanos en aquellos laberintos rocosos. Evidentemente, los afghulis habían perdido el rastro de su jefe durante la noche.
–En marcha.
Ataron los caballos e iniciaron el ascenso sin más comentarios. No había lugares donde ponerse a cubierto. La pendiente estaba sembrada de rocas que no eran suficientemente grandes como para ocultar a un hombre. Pero, aun así, servían en cierto modo de protección.
El grupo aún no había dado cincuenta pasos cuando una silueta que gruñía furiosa saltó desde una roca. Era uno de los delgados perros salvajes que infestaban las aldeas de las montañas. El animal tenía los ojos rojos y las mandíbulas llenas de espuma. Conan avanzaba delante del grupo, pero el animal no lo atacó. Pasó a su lado velozmente y se abalanzó sobre Kerim Sha. El turanio lo esquivó y el perro cayó sobre el irakzai que venía detrás de él. El hombre gritó y levantó un brazo, que de inmediato fue destrozado por los colmillos de la fiera. En una décima de segundo, una docena de espadas curvas mataron a la bestia.
Sin embargo, hasta que no estuvo completamente destrozado, el espantoso animal no dejó de morder y desgarrar a los hombres.
Kerim Sha vendó la herida del guerrero, lo miró fijamente durante un momento y luego se dio media vuelta sin pronunciar una sola palabra. Luego se acercó a Conan y ambos hombres reanudaron el ascenso en silencio.
Al cabo de un rato, Kerim Sha dijo:
–Resulta extraño encontrar a un perro de aldea en este lugar.
–Por aquí no hay desperdicios de ninguna clase -dijo Conan con un gruñido.
Ambos volvieron la cabeza para mirar hacia el guerrero herido que avanzaba tras ellos junto con sus camaradas. El sudor le perlaba el oscuro rostro, en el que se dibujaba una mueca de dolor. Luego, los dos hombres miraron en dirección a la torre de piedra que se alzaba por encima de ellos.
Una extraña quietud reinaba en las alturas. Ni la torre ni el extraño edificio en forma de pirámide que había más arriba mostraban señales de vida. Pero los hombres subían como si estuvieran caminando sobre el borde de un precipicio.
Se encontraban a un tiro de flecha de la torre cuando algo cayó repentinamente del cielo. Pasó tan cerca de Conan que éste sintió el viento que producían sus enormes alas, pero fue un irakzai quien se
tambaleó y cayó con la yugular rajada. Un halcón con alas que parecían barnizadas en acero pasó con el pico ganchudo lleno de sangre, al tiempo que Kerim Sha le lanzaba una flecha. El pájaro cayó en picado, pero nadie vio dónde.
Conan se inclinó sobre el guerrero herido por el pájaro, pero el hombre ya estaba muerto. Nadie dijo nada. Era inútil decir que jamás se había visto que un halcón matara a un hombre. La cólera comenzó a despertar en el alma salvaje de los fatalistas irakzais. Unos dedos peludos se crisparon sobre los arcos y los hombres miraron con ansias de venganza hacia la torre cuyo silencio les inquietaba.
Pero el siguiente ataque llegó muy rápidamente. Todos lo vieron…
Era una blanca nube de humo de forma redonda, que osciló sobre la torre y luego rodó pendiente abajo en dirección a ellos. Otras bolas de humo siguieron a la primera. Parecían simples e inofensivos globos de espuma, pero Conan se apartó a un lado para evitar el contacto con la primera. Detrás de él, un irakzai dio un salto hacia adelante y hundió su espada en la extraña bola. Inmediatamente una explosión sacudió la montaña. Se produjo una llama cegadora y la bola desapareció, pero del curioso guerrero sólo quedó un montón de huesos calcinados. Su crispada mano todavía aferraba la empuñadura de la espada, pero la hoja de acero había desaparecido, se había fundido, destruida por aquel terrible calor. Sin embargo, los hombres que estaban al lado de la víctima no habían sufrido ninguna herida, excepto la ceguera momentánea producida por el repentino brillo de la explosión.
–¡El acero las hace estallar! – gritó Conan-. ¡Cuidado… ahí vienen!
La pendiente que había encima de ellos estaba cubierta casi por completo de esferas rodantes. Kerim Sha tensó su arco y lanzó una flecha hacia la masa, que explotó en llamas. Los hombres siguieron su ejemplo, y durante los minutos siguientes fue como si uña tormenta inundara la ladera de la montaña, llenándola de rayos y de llamas.
Cuando todo cesó, quedaban pocas flechas en las aljabas de los guerreros.
Siguieron ascendiendo por el terreno calcinado y ennegrecido En algunos puntos, la roca se había convertido en lava a causa de la explosión de aquellas bombas diabólicas.
Se hallaban a un tiro de flecha de la silenciosa torre y se desplegaron en línea, con los nervios en tensión, preparados para hacer frente a cualquier horror que descendiera sobre ellos.
En la torre apareció una figura con un cuerno de bronce de tres metros de largo. Su estridente bramido resonó en las montañas con mil
ecos, como si se tratara de las trompetas del Juicio Final.
Inmediatamente rué contestado desde la misma tierra. El terreno tembló bajo los pies de los invasores y desde las profundidades subterráneas surgieron sonidos extraños.
Los irakzais gritaron retrocediendo como borrachos sobre la abrupta ladera y Conan, con los ojos centelleantes, corrió adelante, cuchillo en mano, y fue directamente hacia la puerta que había en el muro de la torre. Por encima de él, se oyó una vez más el enorme cuerno, que sonó como una burla cruel. Kerim Sha tensó el arco y lanzó una flecha.
Sólo un turanio era capaz de efectuar un disparo así. El rugido del cuerno cesó inmediatamente y en su lugar se oyó un prolongado grito de dolor. La figura vestida de verde que estaba en la torre se tambaleó aferrando el largo dardo que sobresalía de su pecho y acto seguido cayó del otro lado del parapeto. El enorme cuerno se quedó colgando del bordillo, y otra figura vestida de verde corrió para cogerlo, gritando con horror. El turanio lanzó otra flecha y se oyó un aullido de muerte.
Al caer el segundo acólito, empujó el cuerno con el codo y el largo instrumento se estrelló contra las rocas que había más abajo.
Conan había recorrido la distancia que lo separaba de la torre a tal velocidad que, mucho antes de que se apagaran los ecos de la caída del cuerno, ya estaba intentando derribar la puerta. Advertido por su instinto salvaje, retrocedió súbitamente en el preciso instante en que caía desde arriba una enorme cantidad de plomo derretido. Pero un segundo después volvió a atacar los paneles con renovada furia. Lo incitaba el hecho de que sus enemigos hubieran tenido que recurrir a armas terrenales. La brujería de los acólitos era limitada. Sus recursos mágicos tenían que agotarse en cualquier momento.
Kerim Sha subía apresuradamente por la ladera mientras sus hombres lo seguían con gran entusiasmo. A medida que avanzaban seguían tirando flechas.
La enorme puerta de teca cedió bajo el furioso ataque del cimmerio, que miró hacia el interior esperando lo peor. En ese momento, estaba contemplando una habitación circular en la que había una serpenteante escalera. Del otro lado de la sala había otra puerta desde
la que se veía la ladera de la montaña… y las espaldas de media docena de siluetas verdes que huían despavoridas.
Conan lanzó un grito y entró en la torre, pero una vez más su instinto lo hizo retroceder justo cuando caía al suelo un enorme bloque de piedra, en el mismo lugar en el que había estado él un segundo antes. Luego corrió alrededor de la torre, dando órdenes a su seguidores
Los acólitos habían evacuado su primera línea de defensa. Cuando Conan finalmente rodeó la torre, vio sus verdes túnicas flotando al viento en la montaña. Inició la caza, jadeando con sed de sangre, mientras Kerim Sha y los irakzais lo seguían.
La torre se alzaba en el borde inferior de una estrecha planicie cuya inclinación apenas era perceptible. A unos cientos de metros de distancia, la planicie terminaba abruptamente en un precipicio que no se veía desde la parte baja de la montaña. Los acólitos habían saltado al interior de aquel abismo sin reducir aparentemente la velocidad de su carrera. Sus perseguidores vieron flotar las verdes túnicas, que desaparecieron rápidamente en aquel lugar.
Pocos minutos después, Conan, Kerim Sha y los irakzais se hallaban sobre el borde del abismo que los separaba del castillo de los Adivinos Negros. Se trataba de un barranco cortado a pico que se extendía en todas direcciones, al parecer rodeando la montaña. Mediría aproximadamente unos cuatrocientos metros de ancho por ciento cincuenta metros de profundidad. Y de borde a borde flotaba una neblina extraña, translúcida y brillante.
Conan miró hacia abajo y soltó un gruñido. A sus pies, moviéndose sobre el reluciente fondo que brillaba como la plata, vio las siluetas de los acólitos verdes. Éstas estaban un tanto difuminadas, como si estuvieran en el fondo del agua. Avanzaban en columna de a uno en dirección a la pared de enfrente.
Kerim Sha colocó una flecha en su arco y disparó. Pero cuando el dardo penetró en la extraña neblina que llenaba el abismo, pareció perder fuerza y dirección, y se desvió de su curso.
–¡Si ellos han bajado, también nosotros podremos hacerlo! – dijo Conan mientras Kerim Sha miraba su flecha con asombro-. Los vi hace un momento en este mismo lugar…
Aguzando la vista, distinguió a lo lejos algo brillante; era como una hebra dorada que cruzaba el cañón. Los acólitos parecían seguir aquella senda. Conan recordó inmediatamente las extrañas palabras de Khemsa: «¡Sigue la veta dorada!». Al agacharse descubrió una fina veta de oro brillante sobre el borde, que iba desde una for mación rocosa hasta el extremo y continuaba hasta el fondo platea do de la hondonada. Y descubrió algo más que antes no había podido ver a causa de la refracción de la luz. La veta dorada seguía una estrecha rampa que se hundía en el barranco, con peldaños para descender.
–Deben de haber bajado por aquí -le dijo Conan a Kerim Sha-. ¡No son pájaros! Los seguiremos…
En ese momento, el hombre que había sido mordido por el perro lanzó un grito terrible y saltó sobre Kerim Sha, enseñando los dientes como un animal rabioso. El turanio, rápido como un felino, saltó a un lado y el loco cayó de cabeza en la hondonada. Los demás corrieron hacia el borde y lo miraron atónitos. El loco no cayó normalmente.
Descendió con suavidad, como si flotara en aguas profundas. Sus miembros se movían como los de un hombre que intentara nadar y su rostro estaba completamente azul. Por último, su cuerpo tocó levemente el brillante fondo del precipicio.
–En este abismo reina la muerte -dijo Kerim Sha-. ¿Qué hacemos ahora, Conan?
–¡Oh! – repuso el cimmerio haciendo una mueca-. Esos acólitos son seres humanos. Si la bruma no los ha matado a ellos, tampoco me matará a mí.
Se ajustó el cinturón y sus manos tocaron el que le había dado Khemsa. Conan esbozó una sonrisa. Había olvidado ese cinto. Sin embargo, la muerte había pasado tres veces a su lado y tocado finalmente a otra persona.
Los acólitos ya habían alcanzado la pared opuesta y subían por ella como enormes moscas verdes. Conan comenzó a descender cautelosamente por la rampa, apoyando un pie en el primer escalón. La nube rosada tocó sus tobillos y fue ascendiendo a medida que él bajaba.
La bruma le llegó a las rodillas, muslos y cintura. Conan la sentía como si fuera la pesada niebla de una noche cargada de humedad. Al tocar su barbilla, dudó, y luego siguió descendiendo. Su respiración cesó
súbitamente. Sintió que una extraña presión gravitaba sobre sus costillas, ahogándolo. Con un esfuerzo frenético por conservar la vida volvió a subir. Asomó la cabeza a la superficie y tragó aire a grandes bocanadas.
Kerim Sha se inclinó hacia él y le habló, pero Conan no lo escuchó ni le hizo caso. Obstinadamente y recordando todo lo que le había dicho Khemsa al morir, el cimmerio buscó la veta dorada y descubrió que se había desviado de ella al descender. En la rampa había una serie de huecos para apoyar las manos. Colocándose directamente sobre la veta, comenzó a descender una vez más. La rosada bruma lo rodeó.
Ahora su cabeza se hallaba bajo la nube, pero podía respirar aire puro.
Por encima de él vio a sus compañeros, que lo miraban. Sus rostros aparecían borrosos a causa del halo que flotaba sobre su cabeza. Les hizo una seña para que lo siguieran y descendió rápidamente sin esperar a ver si le obedecían.
Kerim Sha envainó su espada sin hacer el menor comentario y lo siguió. Los irakzais, que tenían más miedo de quedarse solos que de los horrores que pudieran encontrar allí abajo, también fueron detrás de su jefe. Todos los hombres siguieron la veta dorada, tal como había hecho el cimmerio.
Una vez en el fondo del barranco, avanzaron sobre un terreno nivelado y brillante, siempre siguiendo la veta dorada. Era como si caminaran por un túnel invisible. Sentían que la muerte se cernía sobre ellos desde arriba y desde los lados, pero no los tocaba.
La veta dorada ascendía por una rampa similar que había en la pared por la que habían desaparecido los acólitos, y acto seguido Conan y su grupo los siguieron con todos los nervios en tensión, sin saber qué les esperaba entre los salientes rocosos que marcaban el borde del precipicio.
Allí los esperaban los acólitos vestidos de verde con cuchillos en las manos. Tal vez habían alcanzado los límites a los cuales podían retirarse. Quizá el cinto estigio que rodeaba la cintura de Conan fuera la causa de que la magia de aquellas gentes hubiera fracasado tan estrepitosamente. O tal vez fuera también el conocimiento de una muerte imposible lo que los había hecho saltar desde las rocas con los
ojos brillantes y los cuchillos en la mano, recurriendo, en su desesperación, a armas materiales.
Allí, entre los colmillos rocosos del borde del precipicio, no se libraba una lucha contra la magia. Era una batalla de acero, en la cual éste hería y se derramaba sangre de verdad.
Un irakzai murió desangrado entre las rocas, pero todos los acólitos cayeron, decapitados o con las entrañas al aire, al suelo plateado que brillaba a sus pies.
Entonces los conquistadores se sacudieron la sangre y el sudor que les cubría los ojos, y se miraron unos a otros. Conan y Kerim Sha se mantenían en pie, junto con cuatro irakzais.
Estaban entre las rocas que formaban el serrado borde del precipicio, y desde allí partía un sendero en suave declive hacia una ancha escalera formada por media docena de escalones, situada a treinta metros de distancia y fabricada con un extraño material de color verde jade. Los escalones, a su vez, conducían a una especie de galería sin techo construida con la misma piedra, y sobre esta galería se alzaba el castillo de los Adivinos Negros. Parecía estar tallado en la misma roca de la montaña. La arquitectura era impecable, pero carecía de adornos. Sus ventanas enrejadas estaban encubiertas por cortinas desde dentro. Allí no había la menor señal de vida.
Ascendieron cautelosamente por el sendero, como si estuvieran pisando la guarida de una serpiente. Los irakzais iban en silencio, convencidos de que se encaminaban a una muerte segura. Incluso Kerim Sha mantenía un absoluto mutismo. Sólo Conan no parecía advertir que aquella invasión significaba una monstruosa violación de todas las tradiciones de ese lugar sagrado. Él no era oriental y pertenecía a una estirpe que luchaba contra diablos y hechiceros con la misma furia que contra enemigos humanos.
Conan subió rápidamente las brillantes escaleras, atravesó la galería y se dirigió directamente hacia la enorme puerta de teca con herrajes dorados que tenía delante. Echó una rápida mirada a la pirámide que se alzaba por encima de él. Luego extendió una mano, la apoyó sobre la manilla de bronce de la puerta y se detuvo sonriendo diabólicamente. La manilla tenía la forma de una serpiente con la cabeza levantada sobre un cuello arqueado. Conan sospechó que
aquella cabeza de metal podría cobrar vida en cuanto entrara en contacto con su mano.
La golpeó una sola vez, y el ruido metálico que produjo al caer al suelo brillante no hizo disminuir sus precauciones. La apartó a un lado con la punta de su largo cuchillo y se volvió nuevamente hacia la puerta. En la torre reinaba un silencio absoluto. Las laderas de la montaña se perdían en la bruma purpúrea, y a lo lejos se veía un buitre que parecía estar suspendido en el azul del cielo. Los hombres que había ante la puerta parecían pequeñas manchas negras sobre el fondo verde de la galería de jade.
El helado viento les azotaba el rostro. El cuchillo de Conan despertó ecos dormidos al golpear los paneles de teca. Golpeó una y otra vez, astillando la pulida madera y arrancando las bandas de metal. A través de la destrozada madera miró hacia el interior, alerta y cauteloso como un lobo. Vio una amplia habitación con pulidos muros de piedra sin tapices y un suelo de mosaico sin alfombras. El mobiliario consistía en unas sillas de ébano y una enorme tarima de piedra. No había nadie en la habitación. Al fondo de la sala se veía otra puerta.
–Deja a un centinela en el exterior -dijo Conan con un gruñido-. Yo voy a entrar.
Kerim Sha nombró a un guerrero para que ocupara el puesto, y los demás hombres retrocedieron hasta el centro de la galería con sus arcos preparados. Conan entró en el castillo, seguido del turanio y de los otros tres irakzais. El hombre que había quedado de centinela escupió al suelo y gruñó algo ininteligible. De repente sintió un sobresalto al escuchar una carcajada burlona que llegó a sus oídos.
Levantó la cabeza y vio una ventana encima de él, en la que había una silueta alta, vestida de negro, cuya cabeza descubierta asentía ligeramente al mirarlo. Todo en ese hombre sugería burla y malevolencia. Rápido como un rayo, el irakzai tensó su arco y disparó.
La flecha ascendió y se clavó en el pecho cubierto por la túnica negra.
La sonrisa burlona no se borró de su rostro. El Adivino se arrancó el dardo del pecho y lo arrojó en dirección al arquero, no como agresión sino con un gesto de desprecio. El irakzai se agachó instintivamente y levantó un brazo. Sus dedos se cerraron sobre la flecha.
Entonces soltó un alarido. El dardo se retorció en su mano. Se volvió flexible como si fundiera con ella. Trató de soltarlo, pero era demasiado tarde. Su mano sostenía una serpiente que ya se había enrollado en la muñeca. La terrible cabeza atacó el brazo musculoso del hombre. Éste volvió a gritar con los ojos desorbitados, como si estuviera contemplando una espantosa visión, y su rostro enrojeció.
Cayó de rodillas sacudido por terribles convulsiones y al cabo de unos segundos se quedó completamente inmóvil.
Los hombres que habían entrado en el castillo se dieron media vuelta al oír el grito. Conan se dirigió hacia la puerta y luego se detuvo en seco. Aunque no podía ver nada, sintió como si ante él hubiera un duro cristal colocado en el mismo umbral de la puerta. Entonces vio al irakzai tendido en el suelo con una flecha clavada en el brazo.
El cimmerio levantó su cuchillo y atacó. Los demás hombres se quedaron atónitos al ver que daba golpes en el aire, al tiempo que su hoja sonaba contra una sustancia dura. Conan no desperdició más esfuerzos. Sabía que ni siquiera la legendaria espada curva de Amir Khurum hubiera podido destrozar aquella cortina invisible. Le explicó en pocas palabras al turanio lo que sucedía, y Kerim Sha se encogió de hombros, diciendo:
–Bien, si tenemos la salida bloqueada, debemos encontrar otra.
Mientras tanto, nuestro objetivo está por delante, ¿no es así?
El cimmerio gruñó algo y cruzó la habitación dirigiéndose hacia la otra puerta, con la sensación de estar caminando hacia el umbral de la muerte. Al levantar su cuchillo para destrozar la puerta, ésta se abrió silenciosamente como si lo hiciera por sí sola. Entró en un enorme salón flanqueado por altas y brillantes columnas. A unos treinta metros de distancia de la puerta estaban los anchos escalo nes de color verde jade de una escalera que parecía el lado de una pirámide. Pero entre él y el comienzo de la escalera había un curioso altar brillante de color negro.
Cuatro enormes serpientes doradas enroscaban sus colas alrededor del altar, con las cabezas en el aire orientadas hacia los cuatro puntos cardinales como si fueran guardianes de un fabuloso tesoro. Pero en el altar, entre los curvados cuellos de los animales, solamente había un globo de cristal lleno de una extraña sustancia que parecía humo, en la que flotaban cuatro granadas doradas.
Al ver aquello, Conan recordó algo. Luego se detuvo, porque en los escalones inferiores vio cuatro figuras vestidas de negro. No los había visto venir. Eran altos y enjutos, y sus cabezas de buitre se movían al unísono.
Uno de ellos levantó su brazo derecho y la manga se deslizó dejando al descubierto la mano…, pero no era una mano. Conan se detuvo, pese a su deseo de seguir adelante. Acababa de tropezar contra una fuerza muy diferente de la magia de Khemsa y no podía dar un solo paso, aunque comprobó que, si lo deseaba, podía retroceder. Sus compañeros también se detuvieron y parecían aún más desamparados que él, incapaces de moverse en ninguna dirección. El Adivino que había levantado el brazo hizo una seña a uno de los irakzai, y el hombre avanzó hacia él como en trance, con los ojos fijos y sosteniendo débilmente la espada en la mano. Al pasar junto a Conan, éste extendió un brazo y le tocó el pecho para impedir que avanzara más. Conan era mucho más fuerte que el irakzai, hasta el punto de que en circunstancias normales le hubiera resultado muy sencillo partirle el espinazo como si fuese una rama. Pero en ese momento el musculoso brazo del cimmerio fue apartado a un lado con toda facilidad, y el irakzai siguió avanzando rígida y mecánicamente. Llegó hasta los escalones, se arrodilló y entregó su espada con una inclinación de la cabeza. El monje tomó el arma. La hoja brilló como un relámpago. Un segundo después, la cabeza del irakzai cayó al suelo de mármol en medio de un charco de sangre.