Conan el Aventurero

Robert E Howard · Capítulo 1 de 4 · parte 4/7

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Conan el Aventurero

Introducción

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

La deforme mano volvió a moverse en el aire, y otro irakzai avanzó rígidamente hacia su muerte.

Cuando el tercer irakzai pasó junto a Conan en su camino hacia la muerte, el cimmerio, con las venas de las sienes a punto de estallar por el esfuerzo de romper la invisible barrera que lo retenía, advirtió de repente la presencia de invisibles fuerzas aliadas, que cobraban vida en su interior. Era una revelación inesperada, pero tan poderosa que Conan no dudó de su instinto. Su mano izquierda se deslizó involuntariamente bajo su cinto bakhariota y aferró el cinturón estigio.

Al hacerlo, sintió que una nueva fuerza invadía todo su cuerpo. El ansia de vivir latía intensamente en él, acompañada de una cólera sin precedentes.

El tercer irakzai ya se había convertido en un cadáver decapitado, y el dedo del hombre vestido de negro se levantaba una vez más cuando Conan sintió que se rompía la barrera invisible. Un grito involuntario y feroz surgió de sus labios al saltar hacia adelante con furia. Su mano izquierda asió el cinturón del brujo de la misma manera que un hombre se aferra a un madero para no ahogarse. En su mano derecha brilló la hoja de acero del largo cuchillo. Los hombres que estaban en los escalones no se movieron. Contemplaban el espectáculo con una expresión cínica. Si sentían alguna sorpresa, no la exteriorizaban en absoluto. En ese momento, Conan no se permitió el lujo de pensar en lo que podría suceder si se pusiera al alcance de sus cuchillos. La sangre latía en sus sienes y una nube de color carmesí le oscurecía la vista.

Sentía unas ansias terribles de matar, de hundir su cuchillo en la carne y en los huesos de sus enemigos.

Unos pasos más, y llegaría a los escalones en los que se hallaban de pie aquellos demonios. Respiró profundamente y su furia aumentó, al igual que la velocidad de su ataque. Ya estaba a punto de pasar junto al altar de las serpientes doradas cuando súbitamente cobraron vida en su cerebro las palabras pronunciadas por Khemsa: «¡Rompe la bola de cristal!».

Su reacción fue casi involuntaria. La ejecución siguió al impulso de modo tan espontáneo que el mago más grande de la época no habría tenido tiempo de leer sus pensamientos o de evitar su acción. Giró sobre sus talones como un felino y dejó caer su cuchillo sobre el cristal.

De inmediato, el aire vibró con un espantoso clamor, aunque Conan no alcanzó a darse cuenta si procedía de las escaleras, del cristal o del altar. Unos terribles siseos llenaron sus oídos cuando las serpientes doradas cobraron vida, se retorcieron y atacaron. Pero Conan actuó con la rapidez y la cólera de un tigre enfurecido. Un formidable remolino de acero cayó sobre los abominables animales que se movían a su alrededor, y golpeó el globo de cristal una y otra vez; la esfera estalló con un ruido tremendo, esparciendo por el suelo de mármol miles de trozos diminutos de vidrio. Al mismo tiempo las granadas doradas, como liberadas de su cautiverio, se elevaron hacia el cielorraso y desaparecieron.

En el enorme salón se oyeron alaridos bestiales. Sobre los escalones se retorcían cuatro figuras vestidas de negro, sacudidas por espantosas convulsiones, y una asquerosa espuma colgaba de sus pálidas bocas.

Entonces, con un formidable crescendo de aullidos humanos, las figuras se fueron inmovilizando hasta exhalar un último estertor.

Estaban muertos. Conan miró hacia el altar y vio trozos de cristal.

Cuatro serpientes doradas sin cabeza se hallaban junto a aquél, pero en el brillante metal ya no había vida.

Kerim Sha se incorporó lentamente. Una fuerza invisible lo había arrojado al suelo. Movió la cabeza para aclarar sus ideas.

–¿Has oído ese ruido cuando se rompió el cristal? – preguntó-. Fue como si hubieran estallado mil paneles de vidrio en todo el castillo.

¿Serían las almas de los brujos las que estaban aprisionadas dentro de esas bolas doradas? ¡Cuidado!

Conan se dio la vuelta rápidamente y Kerim Sha desenvainó su espada.

Otra figura se hallaba de pie en la parte alta de la escalera. Su túnica también era negra, pero de terciopelo lujosamente bordado, y llevaba un gorro del mismo material. Su rostro expresaba una gran calma, y no era del todo desagradable.

–¿Quién diablos eres? – preguntó Conan, mirándolo, con el cuchillo en la mano.

–¡Soy el Maestro de Yimsha!

La voz del hombre sonaba como la campana de un templo, aun cuando en ella se percibía cierto tono de crueldad.

–¿Dónde está Yasmina? – quiso saber Kerim Sha.

El Maestro se echó a reír mirándolo fijamente a la cara.

–¿Y a ti qué te importa, cadáver? ¿Acaso has olvidado ya mi fuerza, la que una vez te enseñé, que vienes a mí armado, pobre estúpido?

¡Creo que te arrancaré el corazón, Kerim Sha!

Extendió su mano como para recibir algo, y el turanio profirió un grito agudo, como el de un hombre agonizando. Retrocedió tambaleándose como un borracho y su corazón, rasgando su pecho, fue a parar a la mano extendida del Maestro, como si fuera un trozo de hierro deslizándose hacia un imán. El turanio cayó al suelo, donde

permaneció inmóvil, y el Maestro se echó a reír, arrojando el corazón a los pies del cimmerio.

Conan soltó un rugido y una maldición y avanzó en dirección a la escalera. El cinturón de Khemsa le daba fuerza y se sentía invadido por un odio mortal hacia aquella terrible emanación de poder que se enfrentaba a él. El aire se llenó de una bruma acerada a la que Conan se arrojó de cabeza, con el brazo izquierdo protegiéndole el rostro y empuñando el formidable cuchillo en la mano derecha. Sus ojos medio ciegos miraron por encima de su codo, y vio la odiada figura del Adivino. La silueta de aquella negra figura se movía delante de él como si se tratara de un reflejo sobre aguas agitadas.

Se sentía vapuleado y torturado por fuerzas que escapaban a su comprensión, pero a pesar del poder del brujo y de su propio dolor se sentía impulsado hacia adelante por una fuerza inexorable.

Ya había alcanzado la parte superior de las escaleras, y el rostro del Maestro seguía flotando entre la oscura bruma que había delante de sus ojos. Sin embargo, en aquellos ojos inescrutables se reflejaba un extraño temor. Conan atravesó la bruma y su cuchillo se levantó velozmente, como si tuviera vida. La afilada punta rasgó la túnica del Maestro en el momento en que éste saltaba hacia atrás con un grito.

Luego, el mago desapareció ante los ojos de Conan… simplemente se esfumó como una voluta de humo, y una cosa larga y ondulante ascendió rápidamente por las escaleras más pequeñas que partían a derecha e izquierda desde el rellano.

Conan corrió tras esa cosa, en dirección a la escalera de la izquierda, sin estar muy seguro de qué se trataba.

Entró en un ancho pasillo cuyo suelo y paredes desnudas eran de jade pulido. La cosa alargada se deslizó rápidamente delante de él por el corredor y entró por una puerta cubierta por una cortina. Del interior de aquella habitación surgió un grito espantoso de terror. El grito prestó alas a los pies de Conan, que en un par de formidables saltos entró en la sala.

Entonces sus ojos contemplaron una escena terrible. Yasmina, encogida en el extremo más alejado de una tarima cubierta de terciopelo negro, gritaba aterrada, protegiéndose el rostro con el antebrazo, mientras que delante de ella se balanceaba la cabeza de una

gigantesca serpiente con el brillante cuello arqueado. Conan, con una maldición, arrojó su cuchillo.

El animal se dio media vuelta instantáneamente y se abalanzó sobre él como un vendaval. El largo cuchillo aún vibraba en el cuello de la bestia. La empuñadura sobresalía por uno de sus lados, mientras que por el otro se veía la hoja acerada. Pero eso no hizo más que enfurecer al reptil. La enorme cabeza de la gigantesca serpiente se balanceó por encima de Conan y luego descendió en un rápido ataque, abriendo las mandíbulas y mostrando los terribles colmillos llenos de veneno. Pero Conan ya había extraído una daga de su cinto y golpeó de abajo arriba cuando la cabeza de la serpiente descendió. La punta de la daga atravesó su mandíbula inferior y se clavó en la superior, uniendo a ambas. Un segundo después, el enorme tronco del animal estaba enrollado en el cuerpo de Conan; al no poder usar los colmillos, empleaba otra forma de ataque.

El brazo izquierdo de Conan estaba sujeto entre los potentes anillos del animal, pero le quedaba libre el derecho. Separando los pies para conservar mejor el equilibrio, extendió la mano, que aferró la empuñadura del largo cuchillo, y con un fuerte tirón lo sacó del cuello de la serpiente, empapándose el brazo de sangre. Como si adivinara sus intenciones con algo más que una inteligencia animal, la serpiente se retorció, tratando de atrapar entre sus anillos el brazo derecho de Conan. Pero el largo cuchillo subió y bajó con la velocidad de la luz y cortó en dos el tronco del repugnante animal

Antes que pudiera atacar de nuevo, los grandes anillos se aflojaron sobre el brazo de Conan y el monstruo se arrastró por el suelo dejando un reguero de sangre. Conan saltó hacia adelante con el cuchillo levantado, pero su golpe cortó el aire cuando la serpiente se alejó de él y su cabeza chocó contra un panel de madera de sándalo. El panel giró hacia adentro y el semidestrozado cuerpo del animal desapareció por la abertura

Conan atacó instantáneamente el panel y lo deshizo con unos cuantos golpes. Luego miró hacia la alcoba tenuemente iluminada que había más allá. No se veía ninguna serpiente. Había sangre en el suelo de mármol y las huellas llegaban hasta una puerta en forma de arco.

Pero las huellas de sangre pertenecían a unos pies humanos descalzos…

–¡Conan!

El cimmerio corrió hacia la habitación para recibir en sus brazos a la Devi de Vendhia. La muchacha cruzó corriendo la sala y rodeó el cuello de Conan con sus brazos, medio histérica de terror, gratitud y alivio.

A Conan le hervía la sangre por todo lo sucedido. Apretó a la muchacha contra su cuerpo en un abrazo que la hubiera hecho gemir de dolor en otras circunstancias, y apretó sus labios contra los de la joven. Yasmina no opuso la menor resistencia. Cerró los ojos y bebió sus besos fieros y ardientes con todo el abandono de su pasión.

–Sabía que vendrías a buscarme -susurró ella-. Estaba segura de que no me abandonarías en esta guarida de diablos.

Ante las palabras de la muchacha, Conan pareció recordar súbitamente todo lo que los rodeaba. Levantó la cabeza y escuchó con atención. Un silencio amenazador reinaba en el castillo de Yimsha Se sentía un peligro invisible agazapado en todos los rincones.

–Será mejor que nos vayamos de aquí mientras podamos hacerlo -

dijo Conan-. Esas heridas habrían sido más que suficientes para matar a una bestia corriente… o a un hombre…, pero los brujos tienen una docena de vidas. Hieres a uno de ellos e inmediatamente se aleja como una serpiente para obtener veneno fresco de alguna fuente mágica.

Cogió a la joven en brazos como si fuera una niña, salió al corredor de jade brillante y bajó las escaleras con todos los nervios en tensión, alerta ante cualquier sonido o señal.

–Me encontré con el Maestro -murmuró la joven, temblando y apretando más el cuello del cimmerio con sus brazos-. Trató de doblegar mi voluntad empleando su magia. Pero lo más terrible fue un cuerpo monstruoso que me tomó entre sus brazos…; entonces me desmayé y estuve mucho tiempo como muerta. Poco después recobré el sentido y oí ruidos de pelea que llegaban desde abajo, después gritos, y luego esa serpiente se deslizó bajo los tapices. Sabía que no se trataba de una ilusión, sino que era de verdad una serpiente que intentaba matarme.

–Al menos no era una sombra -repuso Conan enigmáticamente-.

Sabía que estaba derrotado y pensó en matarte antes que alguien te rescatara.

–¿A quién te refieres? – preguntó la muchacha, inquieta.

Luego se acurrucó contra Conan sollozando y olvidando su pregunta. Había visto los cadáveres al pie de las escaleras. No resultaba nada agradable ver los cuerpos muertos de los Adivinos. Retorcidos, con los pies y manos al descubierto, constituían un espectáculo verdaderamente repugnante. Yasmina se puso lívida y ocultó su rostro en el poderoso hombro de Conan.

10. Yasmina y Conan

Conan atravesó rápidamente el vestíbulo y la habitación exterior y se acercó a la puerta que daba a la galería. Entonces vio el suelo sembrado de diminutos trozos de vidrio. El panel de cristal que cubría el umbral se había hecho pedazos, y recordó el fuerte ruido que había acompañado al estallido del globo de cristal. Conan pensó que todas las piezas de vidrio que había en el castillo se habrían roto, y el instinto le sugirió la verdad de la monstruosa relación existente entre los Señores del Círculo Negro y las granadas doradas. Sintió que se le erizaba el cabello y trató de no pensar más en el asunto.

Respiró profundamente aliviado cuando salió a la galería de jade verde. Todavía tenía que cruzar la garganta del desfiladero, pero al menos veía brillar los picos de la montaña bajo el sol y las laderas de la colina que se perdían a lo lejos entre las azuladas brumas.

Los irakzais yacían en el suelo en el mismo lugar en el que habían caído, formando un desagradable montón de cadáveres sobre la pulida superficie. Mientras descendía por el serpenteante camino, Conan se sorprendió al ver que el sol aún no había rebasado el cenit. El cimmerio tenía la sensación de que habían transcurrido muchas horas desde que entrara en el castillo de los Adivinos Negros.

Sintió que debía darse prisa, no sólo por el pánico que sentía, sino por la sensación de que acechaba el peligro. No le dijo nada a Yasmina.

La muchacha parecía contenta y segura en sus brazos de hierro, con su morena cabeza apoyada en el amplio pecho del cimmerio. Conan se detuvo un instante al borde del precipicio con el ceño fruncido. La bruma que había antes en la estrecha garganta del desfiladero ya no tenía aquel tono rosáceo y brillante. Ahora era más bien gris, sutil, fantasmagórica. Conan pensó que en cierta forma la magia de los brujos debía de haber cambiado el paisaje.

Pero allí abajo el suelo brillaba como la plata y la veta de oro seguía resplandeciendo. Conan cargó a Yasmina sobre un hombro. La joven se dejó llevar dócilmente. El cimmerio descendió deprisa por la rampa, y a continuación atravesó el fondo a toda velocidad. Tenía la convicción de que estaban luchando contra el tiempo, de que sus posibilidades de salvación dependían de cruzar pronto aquella garganta de horrores, antes de que el herido Maestro del castillo recuperase fuerzas para lanzar sobre ellos alguna nueva maldición.

Cuando por fin Conan ascendió la rampa y llegó a la cima, respiró hondo y dejó a Yasmina de pie sobre el suelo.

–Hay que caminar desde aquí -dijo Conan- colina abajo sin parar.

La muchacha lanzó una mirada hacia la brillante pirámide que se alzaba al otro lado del precipicio. El extraño castillo se recortaba contra la nevada ladera de la montaña como una ciudadela de silencio y de mal eterno.

–¿Acaso eres un mago? ¿Cómo has vencido a los Adivinos Negros de Yimsha? – preguntó la joven al descender por el sendero, mientras Conan rodeaba la frágil cintura con su musculoso brazo.

–Fue el cinto que me entregó Khemsa antes de morir -repuso Conan-. Sí, lo encontré en el sendero. Se trata de un cinto muy extraño que te enseñaré cuando tenga tiempo. Era ineficaz contra algunas prácticas de brujería, pero poderoso contra otras, y un buen cuchillo es un arma que sirve siempre bien a quien lo sabe emplear.

–Pero si el cinto te ayudó a vencer al Maestro, ¿por qué no ayudó a Khemsa? – preguntó la muchacha.

Conan movió la cabeza y respondió:

–¿Quién sabe? Khemsa había sido esclavo del Maestro. Tal vez eso

debilitó su magia. El Maestro no tenía el mismo dominio sobre mí que sobre Khemsa. Sin embargo, no puedo decir que lo derroté. Él se retiró.

Pero tengo la sensación de que lo volveremos a ver. Quiero poner la mayor cantidad de leguas de distancia entre nosotros y su guarida.

Conan se sintió más aliviado aún al comprobar que los caballos estaban atados entre los tamariscos, tal como los había dejado. Los soltó rápidamente. Montó sobre el negro corcel y colocó a Yasmina delante de él. Los demás animales los siguieron con renovadas fuerzas gracias al descanso que habían tenido.

–¿Y ahora qué? – preguntó la muchacha-. ¿A Afghulistán?

–¡Todavía no! – replicó Conan con una extraña sonrisa-. Alguien, quizá el gobernador, mató a mis siete hombres. Esos estúpidos que me siguen creen que yo he tenido algo que ver con ello, y a menos que pueda convencerlos de lo contrario, me darán caza como a un chacal herido.

–¿Y qué será de mí? Si los jefes han muerto ya no te sirvo como rehén. ¿Me matarás para vengarte?

Conan miró a la Devi con ojos brillantes y se echó a reír.

–Entonces cabalguemos hacia la frontera -dijo ella-. Allí estarás a salvo de los afghulis.

–Sí, para caer en una trampa vendhia.

–Soy la reina de Vendhia -le recordó la joven con su antiguo orgullo-. Me has salvado la vida y recibirás una recompensa por ello.

La muchacha no había tenido intención de darle ese tono a sus palabras, pero Conan gruñó algo ininteligible, un poco indignado.

–¡Guarda tus tesoros para tus perros, princesa! ¡Si tú eres la reina de los llanos, yo soy el jefe de las montañas, y no daré ni un solo paso más para llevarte a la frontera!

–Pero estarías a salvo… -comenzó a decir Yasmina, perpleja.

–Y tú serías de nuevo la Devi -la interrumpió Conan-. No, muchacha, te prefiero como eres ahora: una mujer de carne y hueso cabalgando junto a mí sobre este caballo.

–¡Pero no me puedes retener! – exclamó la Devi-. No puedes…

–¡Espera y lo verás!

–Te daré una buena recompensa…

–¡Que el diablo se lleve tu recompensa! – repuso Conan bruscamente.

Luego la apretó con más fuerza contra su cuerpo y agregó:

–El reino de Vendhia no podría darme nada que desee tanto como a ti. Arriesgué mi vida por salvarte. Si tus cortesanos quieren recuperarte, que vengan a Zhaibar y que peleen por ti.

–¡Pero ahora no tienes partidarios! – protestó la joven-. ¡Te persiguen! ¿Cómo puedes defender tu vida, y mucho menos la mía?

–Todavía tengo amigos en las montañas -repuso-. Hay un jefe khurakzai que te cuidará mientras yo discuto con los afghulis. Si no

quieren saber nada de mí, ¡por Crom!, cabalgaré hacia el norte contigo, hasta las estepas de los kozakos. Fui jefe de los Compañeros Libres antes de venir al sur. ¡Te haré reina del río Zaporoska!

–¡Pero no puedo! – protestó la muchacha-. No debes retenerme…

–Si la idea te resulta tan repulsiva -dijo Conan-, ¿por qué me has besado con tanta pasión?

–Una reina también es un ser humano -repuso Yasmina ruborizándose-. Pero mi obligación es pensar en mi reino, ¡ Ven a Vendhia conmigo!

–¿Me harías tu rey? – preguntó Conan irónicamente.

–Bueno, hay costumbres… -tartamudeó la muchacha. Conan soltó una sonora carcajada.

–Sí, costumbres civilizadas que no te permitirían hacer lo que deseas. Te casarás con algún rey decrépito de las llanuras, y yo tendría que seguir mi camino con el recuerdo de algunos besos robados a tus labios.

–¡No!

–¡Debo regresar a mi reino! – repitió la joven.

–¿Para qué? – preguntó Conan furioso-. ¿Para apoyar las nalgas sobre tronos de oro y escuchar los aplausos de unos estúpidos vestidos de terciopelo? ¿Para qué? Escucha: Yo nací en las montañas cimmerias, donde todos son bárbaros. He sido soldado mercenario, corsario, kozako y otras cien cosas más. ¿Qué rey ha viajado por tantos países, peleado en tantas batallas, amado a tantas mujeres y conquistado la fama que yo tengo?

Conan hizo una pausa y luego agregó:

–He venido a Ghulistán para conseguir hombres y conquistar los reinos del sur… entre ellos el tuyo. Ser jefe de los afghulis era sólo un comienzo. Si puedo convencerlos, dentro de un año contaré con una docena de tribus. De lo contrario, regresaré a las estepas y saquearé las fronteras turanias con los kozakos. Y tú me acompañarás. ¡Al diablo con tu reino! Sus habitantes se las arreglaban perfectamente bien antes de que tú nacieras.

La muchacha estaba en sus brazos, mirándolo. En su interior, sentía algo que la impulsaba hacia ese hombre. Pero mil generaciones de soberanía pesaban sobre ella.

–¡No puedo! – exclamó-. ¡No puedo!

–No te queda otra alternativa -afirmó Conan-. Tú… ¿Pero qué diablos?

Habían dejado Yimsha muy atrás y avanzaban a lo largo de un elevado risco que separaba dos profundos valles. Se encontraban en una cima desde la que podían divisar perfectamente el valle que había a la derecha. Allí abajo se libraba una batalla. Soplaba un fuerte viento que les impedía oír bien, pese a lo cual percibían el sonido del metal y de los cascos de los caballos.

Vieron el reflejo del sol sobre la punta de las lanzas y de los cascos en espiral. Tres mil guerreros protegidos por cotas de malla empujaban delante de ellos a un grupo de harapientos jinetes que huían defendiéndose como lobos.

–¡Turanios! – exclamó Conan-. Escuadrones de Secunderam. ¿Qué diablos están haciendo aquí?

–¿Quiénes son los hombres a los que persiguen? – preguntó Yasmina-. ¿Y por qué retroceden? No pueden enfrentarse a una caballería tan organizada.

–Quinientos de mis estúpidos afghulis -gruñó Conan mirando hacia el valle-. Están en una trampa y lo saben.

El valle, evidentemente, era un callejón sin salida. Se estrechaba formando una garganta de altos muros y se abría después en un redondo cuenco sin salida, flanqueado por paredes imposibles de escalar.

Los harapientos jinetes tocados con turbantes eran empujados hacia la garganta porque no había otro lugar adonde ir, y en consecuencia retrocedían, contraatacando fieramente entre una verdadera lluvia de flechas y un torbellino de espadas. Los jinetes con cascos los atacaban, pero sin demasiada fuerza. Conocían la furia desesperada de las tribus de las montañas, y sabían también que tenían a su presa cogida en una trampa de la que era imposible escapar. Se habían dado cuenta de que los montañeses eran afghulis y deseaban capturarlos vivos, hacer que se rindieran, pues necesitaban rehenes para conseguir sus objetivos.

Su emir era un hombre de decisión e iniciativa. Cuando llegó al valle de Gurashah y vio que no lo esperaban guías ni emisarios, siguió

avanzando, confiado en sus propios conocimientos del terreno. Durante el camino desde Secunderam se habían entablado luchas, y algunas tribus se lamían sus heridas en las aldeas de las montañas. Sabía que existía la posibilidad de que ni él ni sus hombres volvieran jamás a Secunderam, ya que en ese momento las tribus de las montañas los perseguirían, pero estaba firmemente decidido a cumplir las órdenes que había recibido. Éstas consistían en arrebatar a la Devi Yasmina de manos de los afghulis y llevarla prisionera a Secunderam o, si esto era absolutamente imposible, cortarle la cabeza antes que él mismo, jefe de todas aquellas tropas, muriese.

Por supuesto, los que contemplaban el espectáculo desde la cima del risco no sabían nada de esto. Pero Conan jugueteó con las riendas de su caballo con cierto nerviosismo.

–¿Por qué diablos se habrán dejado atrapar de esa manera? –

preguntó en voz alta-. Sé lo que estaban haciendo aquí. ¡Esos perros intentaban atraparme! Se metieron en todos los valles hasta que los han encerrado en éste. ¡Estúpidos! Por el momento aguantan en esa garganta, pero no podrán hacerlo por mucho tiempo. Cuando los turanios los hagan entrar en ese callejón sin salida, no quedará un solo afghuli vivo.

El fragor de la batalla aumentó de intensidad. En la boca de la estrecha garganta los afghulis resistían desesperadamente contra los armados y protegidos turanios que no se decidían a lanzarse contra ellos con todas sus fuerzas.

Conan frunció el ceño, se movió inquieto acariciando la empuñadura de su cuchillo y dijo:

–Devi, tengo que bajar junto a esos hombres. Encontraré un lugar para que te escondas hasta que regrese. Hablaste de tu reino… bien, no pretendo cuidar de esos diablos peludos corno si fueran mis hijos, pero después de todo son mis hombres. Un jefe jamás debe abandonar a sus seguidores, aun cuando ellos hayan desertado primero. Creen que tuvieron razón al expulsarme… ¡Diablos, no lo permitiré! Todavía soy el jefe de los afghulis y lo demostraré. Puedo bajar a pie hasta la garganta.

–¿Y qué será de mí? – se quejó la joven-. Me apartaste a la fuerza de mi pueblo. Y ahora me dejas morir sola en las montañas mientras tú

bajas ahí para sacrificarte inútilmente.

Las venas de Conan estaban a punto de estallar por el conflicto de sus emociones.

–Es cierto -murmuró el cimmerio-. Crom sabe lo que yo puedo hacer.

La muchacha volvió la cabeza ligeramente, con una extraña expresión en su bello rostro, y luego dijo:

–¡Escucha! ¡Escucha!

Hasta los oídos de ambos llegó un fuerte sonido de trompetas.

Miraron hacia el profundo valle de la izquierda y en su extremo más alejado distinguieron el brillo del acero. Una larga línea de lanzas y de pulidos cascos avanzaba por el valle, brillando bajo la luz del sol.

–¡Los jinetes de Vendhia! – exclamó la joven, contenta.

–¡Son miles! – dijo Conan-. Hace mucho, mucho tiempo que un kshatriya no ha entrado en estas montañas.

–¡Me están buscando! ¡Dame tu caballo! ¡Me uniré a mis guerreros!

Este risco no es tan abrupto en la ladera izquierda y puedo llegar con facilidad al fondo del valle. Tú puedes ir con tus hombres y hacer que resistan un poco más, y yo conduciré a mis jinetes hasta el valle por el otro extremo, para atacar a los turanios. Los aplastaremos en un abrir y cerrar de ojos. ¡Rápido, Conan! ¿Serías capaz de sacrificar a tus hombres en aras de tus deseos?

La ardiente pasión de las estepas y de los densos bosques brilló en los ojos del hombre, pero negó violentamente con la cabeza al tiempo que desmontaba y entregaba las riendas del caballo a la joven.

–¡Tú ganas! ¡Corre como el mismísimo diablo!

Yasmina descendió por la ladera izquierda y Conan corrió a lo largo del risco hasta que llegó a la entrada de la garganta en cuyo extremo se libraba la batalla. Bajó por la pared como un mono, aferrándose a grietas y salientes, para caer al fin de pie en medio del combate, cuyos ecos llenaban cada resquicio de las montañas.

Al poner pie en tierra gritó como un lobo, cogió un caballo por sus riendas bordadas en oro y, esquivando el terrible golpe de una cimitarra, atacó con su cuchillo hacia arriba, en dirección a las entrañas de un jinete. Un segundo después se encontraba sobre la silla del caballo impartiendo órdenes a los afghulis. Por un momento, todos

lo miraron estúpidamente. Después, al ver la brecha que su acero estaba abriendo entre el enemigo, se pusieron de nuevo a su lado, aceptándolo sin hacer un solo comentario. En aquel infierno de espadas y sangre no había tiempo para hacer preguntas ni para contestarlas.

Los jinetes, con sus cascos y sus cotas de malla bordadas en oro, se apiñaban en la entrada de la garganta. El desfiladero estaba abarrotado de caballos y de hombres, y los guerreros luchaban a brazo partido, atacando mortalmente cuando había tiempo suficiente para emplear las espadas. Cuando un hombre caía, ya no podía levantarse porque lo pisoteaban los cascos de los caballos. La importancia de la fuerza era decisiva, y el jefe de los afghulis realizaba la labor de diez.

En momentos como ése la costumbre une a los hombres, y los guerreros, que estaban habituados a ver a Conan en la vanguardia, redoblaron sus esfuerzos a pesar de seguir desconfiando de él.

Pero también contaba el número. La presión de los hombres de retaguardia hizo que los jinetes turanios penetraran más y más en la garganta. Poco a poco los afghulis fueron retrocediendo, dejando el suelo del desfiladero cubierto de cadáveres. Mientras su cuchillo hacía estragos, Conan no dejaba de pensar y de preguntarse si Yasmina cumpliría su promesa. Si se unía a sus guerreros y giraba hacia el sur, él y sus afghulis serían aniquilados.

Pero finalmente, cuando los minutos de batalla transcurridos parecían siglos, se escuchó otro clamor fuera del valle, que se alzó por encima del choque del acero y de los gritos de dolor. Y entonces, con un sonido de trompetas que hizo temblar los muros de piedra, cinco mil jinetes de Vendhia atacaron a las huestes de Secunderam.

El repentino ataque dividió a los turanios, y al cabo de un rato los hombres se dispersaban por el valle, destrozados, y se produjo un choque caótico en el que se mezclaron la sangre, los gritos y el relinchar de los caballos. El emir cayó con el pecho atravesado por una lanza, y los jinetes de casco en espiral espolearon furiosamente a sus caballos buscando la manera de salir del valle entre los vendhios. A medida que se dispersaban, los perseguidores seguían acosándolos, y ambos grupos llenaron el valle, las laderas de las montañas y las cimas de los riscos.

Los afghulis que aún quedaban a caballo salieron de la garganta y se

unieron a sus enemigos, aceptando la inesperada alianza, al igual que habían aceptado el regreso de su repudiado jefe.

El sol se ocultaba ya detrás de los lejanos picos cuando Conan, con sus ropas destrozadas y la cota de malla manchada de sangre, caminó cuchillo en mano sobre el suelo lleno de cadáveres hasta donde se encontraba Yasmina en su caballo, entre sus nobles, cerca de un profundo precipicio.

–¡Has cumplido tu promesa, Devi! – exclamó-. ¡Por Crom! Aunque pasé algunos malos momentos en esa garganta… ¡Cuidado!

En ese preciso instante un gigantesco buitre descendió del cielo batiendo sus alas y derribó a varios hombres de sus caballos.

El pico del ave, en forma de cimitarra, se dirigió hacia la garganta de la Devi, pero Conan fue más rápido… Echó una corta carrera, dio un salto de tigre y le clavó salvajemente el cuchillo. El buitre soltó un terrible aullido y acto seguido cayó rodando por la pendiente del risco en dirección al río que pasaba trescientos metros más abajo. Mientras caía, sus negras alas azotaron el aire, y al descender adoptó aspecto humano y extendió sus brazos y piernas.

Conan se volvió hacia Yasmina, con el cuchillo manchado de sangre en la mano. Sus fogosos ojos azules brillaban con un terrible fulgor, y de las heridas de sus musculosos brazos y piernas manaba abundante sangre.

–Eres otra vez la Devi -dijo.

Sonrió fieramente mientras contemplaba la túnica bordada en oro que la muchacha se había echado sobre el vestido de montañesa, sin mostrar el menor asombro por el brillante cortejo de nobles que la rodeaban. Luego agregó:

–Tengo que darte las gracias por haber salvado la vida a mis trescientos cincuenta hombres, que finalmente se han convencido de que no los había traicionado. Has puesto mis manos una vez más sobre las riendas de la conquista.

–Todavía te debo mi recompensa -dijo Yasmina mirándolo con los ojos brillantes por la emoción-. Te pagaré diez mil piezas de oro.

–Recibiré tu recompensa a mi manera, cuando llegue el momento.

La cobraré en tu palacio de Ayodhya e iré hasta allí con cincuenta mil hombres para asegurarme de que la balanza esté equilibrada.

La joven se echó a reír, cogió las riendas del caballo y replicó:

–¡Te recibiré a orillas del Jhumda con cien mil hombres!

Los ojos de Conan brillaron con admiración cuando retrocedió y levantó la mano en un gesto de aceptación, al tiempo que indicaba a la joven que tenía el camino libre.

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La sombra deslizante

Después del fracaso de sus planes para unir a las tribus de las

montañas en un solo ejército, Conan regresa a Hirkania y a Turan,

evitando las patrullas del rey Yezdigerd y compartiendo las tiendas de sus

antiguos compañeros kozakos. En Occidente se libran grandes batallas,

por lo que Conan regresa a los reinos hiborios en busca de pastos más

verdes y mejor botín. Almuric, príncipe de Koth, se ha rebelado contra el

rey Strabonus. Éste crea un formidable ejército y Conan se une a él. Los

vecinos de Strabonus también acuden en su ayuda. La causa rebelde

fracasa y el ejército de Almuric tiene que retirarse al sur. Pasan por las

tierras de Shem y cruzan la frontera de Estigia hasta llegar a las praderas

de Kush. Allí, el ejército es derrotado por las fuerzas negras y estigias

unidas, que los hacen retroceder al desierto que se encuentra al sur.

Conan es uno de los pocos sobrevivientes.

El desierto brillaba bajo las oleadas de calor. Conan el cimmerio miró a su alrededor y contempló el formidable yermo; luego se pasó involuntariamente el dorso de la mano por su labios ennegrecidos.

Estaba de pie sobre la arena, como una estatua de bronce, aparentemente inmune al sol abrasador aunque sólo llevaba un taparrabos de seda, sujeto por un ancho cinturón con hebilla de oro, del que colgaban un sable y una daga de hoja ancha. En sus músculos y piernas había huellas de heridas mal cicatrizadas.

A sus pies descansaba una muchacha abrazada a sus rodillas, sobre las que apoyaba su rubia cabellera. Su blanca piel contrastaba con las piernas bronceadas de Conan. La joven vestía una túnica de seda escotada y sin mangas y llevaba un cinturón que ponía aún más de relieve su hermoso cuerpo.

Conan movió la cabeza, parpadeando. El fuerte brillo del sol casi lo cegaba. Tomó una pequeña cantimplora de su cinto y la agitó para comprobar el agua que quedaba.

La muchacha se movió inquieta y dijo en tono de queja:

–¡Oh, Conan, moriremos aquí! ¡Tengo mucha sed!

El cimmerio gruñó algo ininteligible mirando con gesto lúgubre a su alrededor. Adelantó la mandíbula y sus ojos azules ardieron con un brillo salvaje bajo la rebelde melena negra, como si el desierto fuese un enemigo tangible.

Luego se inclinó y acercó la cantimplora a los labios de la joven.

–Bebe agua hasta que yo te diga, Natala -ordenó.

La muchacha bebió a grandes sorbos, pero Conan no la detuvo.

Sólo cuando la cantimplora estuvo vacía, ella se dio cuenta de que Conan le había permitido deliberadamente beber la poca agua que quedaba. Las lágrimas acudieron a sus ojos.

–¡Oh, Conan! – exclamó retorciéndose las manos-, ¿por qué me has dejado beber toda el agua? Yo no sabía…, ¡y ahora no queda nada para ti!

–¡Calla! – ordenó el cimmerio-. No malgastes tus fuerzas llorando. –

Se incorporó y arrojó la cantimplora lejos.

–¿Por qué has hecho eso! – preguntó la muchacha.

Conan no respondió. Permaneció inmóvil, con los dedos crispados sobre la empuñadura del sable. No miraba a la joven. Sus ojos fieros parecían taladrar la misteriosa bruma de color púrpura que se veía a lo lejos.

Dotado de un salvaje amor a la vida y del instinto de conservación de los bárbaros, Conan el cimmerio sabía, no obstante, que en ese momento había llegado al final de su camino. Todavía no había alcanzado el límite de su resistencia, pero tenía consciencia de que otro día en aquel desierto interminable, bajo ese sol terrible, acabaría con él.

En cuanto a la muchacha, ya había sufrido bastante. Sería mucho mejor un rápido sablazo que la espantosa agonía que le esperaba. Por el momento, la sed de la joven estaba saciada. Era falsa compasión dejarla sufrir hasta que el delirio y la muerte le brindaran el alivio deseado. Desenvainó lentamente el sable.

De repente se detuvo, y todos los músculos de su cuerpo se pusieron en tensión. A lo lejos, hacia el sur, algo resplandecía entre las terribles oleadas de calor.

Al principio pensó que se trataba de un espejismo que se burlaba de él en aquel maldito desierto. Haciéndose sombra sobre los ojos con una mano distinguió torres y minaretes rodeados de blancas murallas.

Natala había dejado de llorar. Se puso de rodillas con dificultad y luego siguió la mirada del cimmerio.

–¿Es una ciudad, Conan? – musitó, demasiado amedrentada como para tener esperanzas-. ¿O sólo un espejismo?

El bárbaro permaneció en silencio durante unos segundos. Luego, cerró y abrió los ojos varias veces. Después miró en otra dirección y volvió sus ojos hacia la ciudad.

Ésta continuaba en el mismo sitio.

–Sólo el diablo lo sabe -dijo con un gruñido-. Bueno, de todos modos vale la pena probar.

Envainó la espada. Se inclinó y levantó a Natala en brazos como si se tratara de una niña. La muchacha se resistió débilmente.

–No desperdicies tus fuerzas de esta manera, Conan -dijo-. Puedo caminar.

–El terreno es mucho más rocoso aquí -explicó el cimmerio-. Tus sandalias pronto quedarían destrozadas. Además, si hemos de llegar a la ciudad, debemos hacerlo rápidamente. Así puedo caminar más deprisa.

La posibilidad de seguir viviendo había inyectado nuevas fuerzas a los miembros de acero del cimmerio. Comenzó a caminar sobre la abrasadora arena como si acabara de comenzar la jornada. Conan, bárbaro entre los bárbaros, tenía una resistencia física a toda prueba, que le permitía sobrevivir en condiciones que hubieran acabado con cualquier hombre civilizado.

Él y la joven eran los únicos sobrevivientes del ejército del príncipe Almuric, aquella horda que, siguiendo al derrotado príncipe de Koth, barría las tierras de Shem como una terrible tormenta de arena y anegaba en sangre las fronteras de Estigia. Los estigios lo seguían de cerca, y al atravesar el reino negro de Kush se encontró con el camino bloqueado. Su única alternativa era entrar en el peligroso desierto.

Conan se dirigió entonces hacia el sur, hasta que de repente se encontró con el desierto. Los cuerpos de sus hombres -mercenarios, proscritos y todo tipo de delincuentes- yacían destrozados a lo largo de las tierras altas de Koth, hasta las dunas del desierto.

Después de aquella masacre final, cuando los estigios y los kushitas atacaron a los hombres acorralados que aún quedaban en pie, Conan logró huir con la muchacha montado en un camello. Detrás de ellos, la tierra estaba plagada de enemigos. El único camino posible era el

desierto al sur. Y así habían penetrado en aquella inmensa y abrasadora desolación.

La joven era una brithunia que Conan había encontrado en el mercado de esclavos de una arrasada ciudad shemita, de la cual se apropió. No cabía duda de que su nueva situación era mejor que la de cualquier mujer de un harén shemita, y en consecuencia lo aceptó agradecida. Después, había compartido las aventuras de las hordas de Almuric.

Avanzaron durante varios días por el desierto, perseguidos por los jinetes estigios. Luego, al cesar la persecución, Conan y la muchacha no se atrevieron a retroceder. Continuaron avanzando y buscando agua hasta que el camello murió. Después siguieron a pie. Los últimos días, sus sufrimientos habían sido atroces. Conan protegió a Natala en todo lo que pudo. La dura vida del campamento había desarrollado en la joven una fuerza superior a la que poseía una mujer corriente. Pero aun así, la muchacha no estaba muy lejos del agotamiento total.

El sol golpeaba con fuerza sobre la cabeza de Conan. Sentía conatos de mareo y náuseas, pero apretó los dientes y siguió caminando. Estaba convencido de que la ciudad era una realidad y no un espejismo. Sin embargo, no tenía la menor idea de lo que encontrarían allí. Los habitantes podían mostrarse hostiles. Pero al menos, allí había posibilidad de lucha, y eso era todo cuanto podía pedir Conan.

El sol estaba a punto de ocultarse cuando llegaron frente a la enorme puerta y se sintieron protegidos a su sombra. Conan dejó a Natala de pie sobre la arena y distendió los músculos de sus doloridos brazos. Por encima de ellos veían las torres de unos diez metros de altura, construidas con un material suave y verdoso casi como el cristal.

Conan miró hacia los parapetos, temiendo lo peor, pero no vio a nadie.

Gritó y golpeó con impaciencia la puerta con la empuñadura de la espada, pero sólo le contestaron unos ecos burlones. Natala se acercó más a Conan, atemorizada por el silencio. La puerta se abrió sola y el cimmerio retrocedió, desenvainando la espada. Natala ahogó un grito.

–¡Oh, Conan, mira!

En el interior, cerca de la puerta, había un cuerpo humano tendido en el suelo. Conan lo contempló fijamente y luego miró en todas direcciones. Entonces vio una gran extensión de terreno, como si fuera

un patio, rodeado por las arcadas de las casas, que estaban construidas con el mismo material verdoso de las murallas. Estos edificios eran altos e impresionantes y estaban coronados por brillantes cúpulas y minaretes. Allí no había señales de vida. En el centro del patio había un pozo. Su presencia excitó a Conan, que tenía la boca pegada a causa del fino polvillo del desierto. Tomó a Natala por una muñeca y cerró la puerta.

–¿Está muerto? – preguntó la joven en voz baja, señalando al hombre que se hallaba tendido junto a la puerta. El cuerpo del individuo era grande y fuerte, de piel amarillenta y ojos ligeramente rasgados. Difería del tipo hiborio. Llevaba sandalias con correas atadas a las pantorrillas y vestía una túnica de seda roja. De su cinto colgaba una espada con una vaina de tela bordada en oro. Conan lo tocó y notó que estaba frío. El cuerpo no mostraba el menor indicio de vida.

–No tiene ni una sola herida -gruñó el cimmerio-. Pero está tan muerto como Almuric, atravesado por cuarenta flechas estigias. ¡En nombre de Crom! Veamos el pozo. Si hay agua en él, beberemos, con muertos o sin muertos.

En el pozo había agua, pero no podían beber. El nivel de agua se hallaba a unos quince metros de profundidad y no tenían con qué extraerla. Conan gruñó una maldición al ver el líquido que estaba fuera de su alcance, y comenzó a buscar algún medio de obtenerlo.

Entonces oyó el grito de Natala y se volvió.

En ese momento, el hombre que aparentemente estaba muerto se abalanzó sobre él. Sus ojos brillaban con auténtica vida y su corta espada centelleaba en su mano. Conan profirió otra maldición, pero no perdió tiempo en hacer conjeturas. Se enfrentó al peligroso atacante con un formidable golpe de su sable, que le atravesó la carne y los huesos. El cuerpo se tambaleó y después cayó al suelo pesadamente.

Conan lo contempló murmurando para sí. Luego dijo:

–Este individuo no está más muerto ahora que hace unos minutos.

¿En qué casa de locos nos hemos metido?

Natala, que se había tapado los ojos con las manos, pero que miraba por entre los dedos, exclamó:

–¡Oh, Conan! ¿No nos matará la gente de la ciudad a causa de esto?

–Bueno -gruñó Conan-, este individuo nos habría matado si no le arranco la cabeza.

El cimmerio miró hacia las arcadas que abrían sus bocas oscuras desde las verdes murallas que había encima de ellos. No vio ningún movimiento ni oyó ningún ruido.

–No creo que nadie nos haya visto -musitó-. Ocultaré esto…

Levantó el cadáver por el cinturón con una mano, con la otra cogió la cabeza por los pelos y llevó ambas partes del cuerpo hasta el pozo.

–Puesto que no podemos beber de esta agua -masculló vengativamente el cimmerio-, impediré que nadie mas disfrute de ella.

¡Maldito pozo!

Levantó el cuerpo hasta el brocal y lo dejó caer dentro del pozo, arrojando luego la cabeza. Desde el fondo llegó el ruido del cadáver al caer en el agua.

–Hay sangre en las piedras -murmuró Natala.

–Y habrá más, a menos que encuentre agua pronto -repuso el cimmerio, cuya paciencia estaba llegando al límite.

La muchacha casi se había olvidado de la sed y del hambre a causa del temor, pero Conan no.

–Entraremos por una de esas puertas -dijo-. Seguramente encontraremos a alguien.

–¡Oh, Conan! – exclamó la joven apretándose con fuerza contra él-.

¡Tengo miedo! ¡Ésta es una ciudad de fantasmas y de muertos!

¡Regresemos al desierto! ¡Será mejor morir allí que pasar por todos estos horrores!

–Iremos al desierto cuando nos echen de aquí -respondió el cimmerio con un gruñido-. En algún lugar de esta ciudad hay agua, y la encontraré aunque tenga que matar a todos los hombres que vivan en ella.-Pero… ¿y si resucitan?

–¡Entonces los volveré a matar hasta que no resuciten más!

Miró a su alrededor y agregó súbitamente:

–¡Vamos! Esa puerta que hay allí es tan propicia como cualquier otra. Camina detrás de mí, pero no corras a menos que yo te lo diga.

La joven asintió con la cabeza y lo siguió tan de cerca que tropezó con los talones del bárbaro, el cual se puso furioso. Acababa Me caer el crepúsculo, que colmó la extraña ciudad de numerosas sombras de

color púrpura. Atravesaron el umbral de la puerta y se encontraron en una amplia habitación, cuyas paredes estaban cubiertas de tapices bordados con extraños dibujos. El suelo, las paredes y el cielorraso estaban construidos con piedra de color verde brillante y los muros estaban decorados con frisos dorados. El suelo estaba cubierto de cojines de terciopelo y seda. Había varias puertas que conducían a otras estancias. Conan y la muchacha pasaron por otras habitaciones casi iguales a la primera. No vieron a nadie, pero el cimmerio gruñó, sospechando algo.

–Alguien ha estado aquí hace muy poco tiempo. Este diván todavía está tibio por el contacto con un cuerpo humano. Ese cojín de seda tiene huellas de caderas y hay un ligero perfume en el aire.

La atmósfera del lugar era fantástica y extraña…, parecía irreal.

Entrar en aquel palacio silencioso era como sumirse en un sueño provocado por el opio. Conan y la joven evitaron algunas habitaciones no iluminadas. Otras estaban alumbradas por una tenue luz que parecía proceder de las joyas incrustadas en las paredes, que formaban extraños diseños. De repente, cuando entraban en una de aquellas habitaciones, Natala soltó un grito y aferró a su acompañante por un brazo. Conan maldijo en voz alta y se dio media vuelta, buscando a un enemigo. Se asombró de no ver a nadie allí.

–¿Qué sucede? – preguntó-. Si vuelves a cogerme así por el brazo, te arrancaré el pellejo. ¿Por qué gritaste?

–Mira eso.

Conan gruñó. Sobre una mesa de ébano pulido había unos recipientes dorados que aparentemente contenían comida y bebida. La habitación estaba desierta.

–Bueno, fuera quien fuese la persona que iba a gozar de todo esto, ya puede buscar otro lugar para disfrutar esta noche.

–¿Podemos comer eso, Conan? – aventuró la joven nerviosamente-.

Podría llegar alguien y…

-¡Lir an mannanam mac lir! -bramó Conan, cogiendo a la joven por la nuca y obligándola a tomar asiento en una silla dorada situada en un extremo de la mesa-. ¡Estamos muertos de hambre y te atreves a hacer objeciones! ¡Come!

El cimmerio se sentó en el otro extremo de la mesa y tomó una jarra de jade verde, que vació de un trago. Contenía un líquido parecido al vino, de sabor extraño, pero agradable, desconocido para él, aunque para su reseco gaznate era como néctar. Una vez saciada su sed, atacó con fruición la comida que tenía delante. El sabor de ésta también le resultó extraño. Había frutas exóticas y carnes desconocidas. Los platos eran de una artesanía exquisita, y los cuchillos y tenedores eran de oro.

Conan ignoró los cubiertos, comió con las manos y trinchó la carne con los dientes. Los modales del cimmerio eran bastante rudos. Su civilizada acompañante comía con más elegancia, pero con la misma fruición. Conan pensó que la comida podía estar envenenada, pero esa idea no disminuyó su apetito. Prefería perecer envenenado que morirse de hambre.

Una vez satisfecho su apetito, Conan se echó hacia atrás en su silla exhalando un profundo suspiro de alivio. A juzgar por aquella comida fresca, era evidente que había seres humanos en la silenciosa ciudad, y quizá un enemigo agazapado en cada rincón. Pero Conan no sentía la menor aprensión ante tal idea, ya que tenía una enorme confianza en su habilidad para luchar. Comenzó a sentirse somnoliento y pensó en echarse a descansar un rato sobre un diván.

Natala ya no tenía hambre ni sed, pero no sentía deseos de dormir.

Sus maravillosos ojos miraban tímidamente en dirección a las puertas, fronteras de lo desconocido. El silencio y el misterio del extraño lugar la abrumaban. La habitación parecía más grande y la mesa mucho más larga que al principio, y tuvo la sensación de que estaba demasiado lejos de su protector. Se levantó rápidamente, se acercó a él y se sentó en sus rodillas. Luego volvió a mirar con inquietud hacia las puertas en forma de arco. Algunas de ellas estaban iluminadas y otras no, pero sus ojos se clavaron más intensamente en las que estaban a oscuras.

–Hemos comido, bebido y descansado -dijo la muchacha-.

Vayámonos de aquí, Conan. Tengo la sensación de que esto es el infierno.

–Bueno, pero hasta ahora nadie nos ha hecho daño -repuso el cimmerio.

En ese preciso momento un siniestro crujido hizo que se diera media vuelta. Apartó a la joven de sus rodillas y se puso en pie con la

rapidez de una pantera, desenvainando el sable y mirando hacia la puerta, de donde había provenido el ruido. Éste no se repitió. Conan avanzó sigilosamente, y Natala lo siguió atemorizada. Sabía que el cimmerio olía el peligro. Con la cabeza hundida entre sus gigantescos hombros, Conan caminó agachado, como un tigre al acecho. No hacía más ruido que el que hubiera hecho un felino avanzando hacia su presa.

Se detuvo en el umbral de la puerta. Natala iba detrás de él, mirando en todas direcciones. La habitación no estaba iluminada, pero la oscuridad no era absoluta debido a la luz que había a sus espaldas y que incluso alumbraba, aunque tenuemente, otra estancia más. Y en esta habitación había un hombre tendido sobre una tarima. La tenue luz les permitió ver que se trataba de un individuo muy parecido al que habían visto en la puerta exterior, con la diferencia de que sus ropas eran más lujosas y estaban adornadas con joyas que brillaban con un extraño fulgor. ¿Estaría muerto o simplemente dormido? Una vez más se oyó el mismo ruido siniestro de antes, como si una mano hubiera corrido alguna cortina. Conan retrocedió y pasó un brazo por encima de los hombros de Natala. Luego le tapó la boca con la mano, a tiempo de impedir que la joven lanzara un grito.

Desde donde se encontraban no veían la tarima, pero pudieron percibir una extraña sombra proyectada sobre la pared que había detrás. Luego vieron otra sombra recortada contra la pared. A Conan se le erizó el cabello. Aquella sombra fantástica era absolutamente deforme. No recordaba haber visto jamás semejante reflejo de ningún hombre o animal. Estaba consumido por la curiosidad y, sin embargo, el instinto le hizo permanecer inmóvil. Oyó el rápido jadeo de Natala, que miraba la escena con los ojos desorbitados. Ningún otro sonido interrumpía el tenso silencio. La enorme sombra cubrió la que proyectaba la tarima sobre la pared. Por un instante casi todo el muro quedó sumido en la oscuridad. Luego, la sombra se fue esfumando lentamente y una vez más la tarima se proyectó nítidamente contra el panel. Pero el hombre dormido ya no estaba allí.

Un histérico gorgoteo surgió de la garganta de Natala. Conan la sacudió enérgicamente. Sin embargo, el cimmerio sintió que la sangre se le helaba en las venas. No temía a los enemigos humanos, ni tenía

miedo a nada que pudiera entender, por espantoso que fuera. Pero aquello rebasaba todos los límites.

Al cabo de un rato, no obstante, la curiosidad prevaleció sobre su inquietud y volvió a entrar en la habitación iluminada, dispuesto a cualquier cosa. Miró en dirección a la otra habitación y vio que estaba vacía. La tarima estaba en el mismo sitio, pero allí no había ningún ser humano. Sólo una gota de sangre, que parecía una gema de color carmesí, sobre la cubierta de seda. Natala la vio y soltó un grito. Esta vez, Conan no la castigó. El cimmerio sintió la mano helada del horror.

Sobre aquella tarima, hacía unos momentos, había un hombre. Alguien había entrado en la habitación y se lo había llevado.

Conan no entendía lo que ocurría, pero un aura de horror sobrenatural se cernía sobre aquellas habitaciones mal iluminadas.

Estaba dispuesto a irse. Tomó a Natala de la mano y se dio media vuelta. De repente dudó. Desde algún lugar de las habitaciones que habían atravesado llegó un ruido de pasos. Un pie humano descalzo o con algún calzado ligero había producido aquel sonido, y Conan, con la cautela de un lobo, se volvió rápidamente a un lado. Pensaba que podría volver fácilmente al patio exterior e incluso evitar la habitación de la que había partido aquel sonido extraño.

Pero no habían cruzado la primera habitación, cuando de repente les llamó la atención el murmullo de un tapiz de seda. Delante de una alcoba cuya entrada estaba cubierta por una cortina, había un hombre de pie, mirándolos fijamente.

Era exactamente igual a los otros que había visto antes. Era alto y corpulento, vestía ropas de color azul y llevaba un cinto adornado con piedras preciosas. En sus ojos ambarinos no se reflejaba sorpresa ni hostilidad. Se trataba simplemente de la mirada onírica de un comedor de loto. Tampoco desenvainó la espada que le colgaba del cinto.

Seguir: parte 5 de 7