Conan el Aventurero

Robert E Howard · Capítulo 1 de 4 · parte 6/7

Páginas del PDF

Conan el Aventurero

Introducción

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

–Conan -murmuró Natala finalmente-, cuando regresaste por el pasillo después de luchar con el monstruo… ¿viste a Thalis? Conan negó con la cabeza y dijo:

–El pasillo estaba muy oscuro, pero también vacío. Natala se estremeció.

–Me torturó…, pero la compadezco.

–Fue una calurosa bienvenida la que nos dieron en esa maldita ciudad -gruñó Conan, recuperando su buen humor natural-. Bueno, recordarán nuestra visita durante mucho tiempo. Hay sangre para

limpiar durante días, y si su dios no ha muerto, seguramente tendrá más heridas que yo. Después de todo, hemos salido bien librados.

Tenemos vino y agua, y también buenas posibilidades de llegar a un país habitable, aunque yo parezca haber pasado por la piedra de un molino y tú también…

–Todo fue culpa tuya -interrumpió Natala-. Si no hubieras mirado tanto y con tanta admiración a esa gata estigia…

–¡Por Crom y todos sus diablos! – exclamó Conan-. Aun cuando los océanos inunden la tierra, las mujeres encontrarán tiempo para ponerse celosas. ¿Acaso yo le pedí a esa estigia que se enamorara de mí? ¡Después de todo, era humana!

OceanofPDF.com

Los tambores de Tombalku

Con el tiempo, Conan regresa a las tierras hiborias. Busca otro

empleo y termina por unirse a un ejército mercenario que un zingario, el

príncipe Zapayo de Kova, está formando para Argos. Argos y Koth están

en guerra con Estigia. El plan consiste en que Koth invada Estigia por el

norte mientras que el ejército de Argos entra en ese reino por el sur y por

el mar. Sin embargo, Koth firma una paz por separado con el enemigo, y

el ejército mercenario es atrapado en el sur de Estigia entre dos fuerzas

hostiles. Una vez más, Conan se encuentra entre los pocos sobrevivientes.

Mientras huye a través del desierto en compañía de un joven soldado

aquilonio llamado Amalric, es capturado por los nómadas del desierto. Su

compañero Amalric logra escapar.

Había tres hombres sentados junto al pozo de agua bajo el sol del atardecer, que teñía el desierto de color oro viejo y carmesí. Uno de ellos era blanco y se llamaba Amalric. Los otros dos eran ghanatas. Sus túnicas harapientas apenas cubrían sus cuerpos negros y enjutos. Se llamaban Gobir y Saidu, y tenían aspecto de buitres.

Cerca de allí, dos cansados caballos rumiaban ruidosamente y olisqueaban en vano la desnuda arena. Los hombres comían dátiles secos. Los negros sólo estaban atentos al trabajo de sus mandíbulas, mientras que el blanco miraba de vez en cuando hacia el cielo roji zo o hacia el monótono desierto en el que se profundizaban las sombras. Fue el primero en ver al jinete, que llegó a su lado galopando velozmente y frenó con tanta fuerza a su caballo que éste se alzó sobre dos patas.

El jinete era un gigante cuya piel, más negra que la de los otros dos, así como sus gruesos labios y su ancha nariz, indicaban el predominio de la sangre negra. Sus anchos pantalones de seda, atados a los desnudos tobillos, estaban sujetos a la cintura por una ancha faja que daba varias vueltas sobre su enorme vientre. La faja también sostenía una cimitarra que muy pocos hombres hubieran podido manejar con una sola mano. Con aquella cimitarra, el hombre había adquirido fama entre los hijos del desierto. Era Tilutan, el orgullo de Ghanata.

Atravesado sobre la silla vacía, o más bien colgando, un cuerpo inerte. Los ghanatas silbaron al ver su piel blanca. Se trataba de una muchacha que iba acostada boca abajo sobre la silla de Tilutan. Sus cabellos caían en negra cascada sobre uno de los estribos.

El gigantesco negro sonrió enseñando su blanquísima dentadura mientras depositaba a su prisionera sobre la arena con gesto indiferente. Gobir y Saidu se volvieron instintivamente hacia Amalric, mientras Tilutan lo miraba fijamente desde su caballo. Tres negros contra un blanco. La presencia de la mujer había producido un cambio sutil en el ambiente.

Aparentemente, Amalric era el único que no se daba cuenta de la tensión que reinaba en la atmósfera. Echó hacia atrás sus rubios rizos con gesto mecánico, y miró con absoluta indiferencia la inerte figura de la mujer. Si hubo en sus ojos grises un brillo momentáneo, los demás no se dieron cuenta.

Tilutan bajó del caballo y tendió las riendas con desdén a Amalric.

–Cuida mi caballo -dijo-. ¡Por Jhil que no encontré un antílope en el desierto, pero sí a esta potranca! Caminaba por la arena y se cayó cuando yo llegaba a su lado. Creo que perdió el conocimiento a causa del cansancio y la sed. Largaos de aquí, chacales, y dejadme que le dé de beber.

El enorme negro acostó a la joven junto al pozo de agua, comenzó a lavarse el rostro y las muñecas, y luego dejó caer unas cuantas gotas de agua entre sus labios resecos. Al cabo de un rato la muchacha soltó un gemido y se movió. Gobir y Saidu, en cuclillas, con las manos apoyadas sobre las rodillas, miraban a la joven por encima de los fornidos hombros de Tilutan. Amalric estaba un poco apartado del grupo y su actitud denotaba una absoluta displicencia.

–Está recobrando el conocimiento -anunció Gobir.

Saidu no dijo nada, pero humedeció sus gruesos labios con la punta de la lengua.

Los ojos de Amalric se posaron con indiferencia en la postrada figura y la recorrieron de arriba abajo, desde las destrozadas sandalias hasta la magnífica mata de negros cabellos. La joven llevaba por toda vestimenta una breve túnica de seda sujeta a la cintura. Dejaba sus brazos, cuello y parte de sus senos al desnudo, y la falda terminaba varios centímetros por encima de las rodillas.

Amalric se encogió de hombros.

–Después de Tilutan, ¿quién? – preguntó con tono indiferente.

Ante esta pregunta, dos delgadas cabezas se volvieron y unos ojos inyectados en sangre se posaron sobre él. Luego los negros se miraron.

De repente, estalló una eléctrica rivalidad entre ellos.

–No os peleéis -dijo Amalric-. Que decidan los dados.

Introdujo una mano entre los pliegues de su rasgada túnica y extrajo un par de dados que arrojó delante de los hombres. Una mano en forma de garra se apoderó de ellos.

–¡De acuerdo! – dijo Gobir-. ¡Los dados dirán… a quién le toca después de Tilutan!

Amalric lanzó una mirada hacia el negro gigante que todavía estaba inclinado sobre su prisionera, ayudándola a reanimarse. En ese momento se levantaron las largas pestañas de la joven. Unos ojos profundos de color violeta miraron con espanto el cercano rostro del hombre negro. De los gruesos labios de Tilutan escapó una exclamación de placer. Extrajo un frasco de su faja y lo llevó a los labios de la muchacha. Ésta bebió el vino con gesto mecánico. Amalric evitó su mirada. Era un hombre blanco contra tres negros… todos tan fuertes como él.

Gobir y Saidu se inclinaron sobre los dados. Saidu los colocó en su mano derecha, sopló sobre ésta conjurando a la suerte, los agitó y los lanzó. Dos cabezas de buitre se inclinaron sobre los pequeños dados, que rodaron bajo la tenue luz del atardecer. Con un rápido movimiento, Amalric desenvainó su espada y atacó. La hoja de acero atravesó el delgado cuello y le cortó la yugular. Gobir, con la cabeza colgando de un tendón, cayó encima de los dados en medio de un charco de sangre.

Simultáneamente, Saidu, con la desesperada rapidez de un hombre del desierto, se puso en pie, desenvainó su sable y atacó con ferocidad al hombre blanco. Amalric apenas tuvo tiempo de parar el golpe con la espada levantada. La cimitarra chocó con la espada del blanco y le hizo tambalearse, al tiempo que el arma saltaba fuera de su alcance.

Amalric se recuperó y extendió los brazos en di rección a Saidu para luchar con él a brazo partido. El delgado cuerpo del hombre del desierto era duro como el acero.

Tilutan comprendió inmediatamente lo que ocurría. Dejó a la muchacha y se incorporó con un rugido. Corrió hacia los dos hombres

como un toro enfurecido, empuñando su enorme cimitarra. Amalric lo vio llegar y la sangre se le heló en las venas. Saidu se retorcía y trataba de girar, pero la cimitarra que en vano intentaba volver hacia su enemigo entorpecía sus movimientos. Los pies de ambos luchadores estaban firmemente apoyados en la arena mientras trataban de derribarse mutuamente. Amalric aplastó violentamente el empeine del pie del ghanata con el talón de su sandalia, y sintió que los huesos del hombre crujían. Saidu soltó un grito de dolor y redobló la violencia de su ataque. En ese preciso momento atacó también Tilutan, haciendo girar la cimitarra con un impulso de sus poderosos hombros. Amalric sintió que el acero se deslizaba por la parte baja de su brazo y luego se hundía en el cuerpo de Saidu. Éste lanzó un grito de agonía y soltó el brazo de Amalric.

Tilutan profirió un juramento y tiró del sable para liberarlo del cuerpo inerte. Pero antes que pudiese atacar de nuevo, Amalric, aterrado al ver la enorme hoja de acero, saltó sobre él.

La desesperación hizo presa de Amalric cuando sintió la fuerza del negro. Tilutan era mucho más prudente que Saidu. Dejó caer la cimitarra y cogió a Amalric por la garganta con ambas manos, al tiempo que lanzaba un grito. Los enormes dedos del negro se cerraron como tenazas de hierro. Amalric, que luchaba en vano por librarse de él, cayó al suelo, inmovilizado por el peso del ghanata. El hombre más pequeño fue sacudido como una rata entre las mandíbulas de un perro.

Su cabeza fue golpeada con una violencia terrible sobre la arena. Sus ojos, cubiertos por una nube roja, vieron el rostro feroz del negro y los gruesos labios que esbozaban una sonrisa de odio.

–¡La quieres para ti, perro blanco! – gruñó el ghanata enloquecido por la ira y la lujuria-. ¡Te romperé el cuello! ¡Te voy a abrir la garganta! ¡Te cortaré la cabeza y haré que esa potra te la bese!

Después de golpear la cabeza de Amalric contra la arena, Tilutan, obedeciendo a su pasión asesina, levantó a medias a su contrincante y luego lo dejó caer una vez más sobre la arena con una fuerza terrible.

El negro corrió hacia donde estaba su cimitarra. El arma parecía una brillante media luna de acero sobre la arena. Con un furioso alarido, el negro se volvió y atacó nuevamente empuñando el arma. Amalric,

aunque todavía aturdido y extenuado por el castigo que acababa de recibir, tuvo fuerzas para levantarse y hacerle frente.

La faja de Tilutan se había soltado durante la pelea y uno de sus extremos, que arrastraba por la arena, se lió con sus pies. Tropezó, se tambaleó y cayó de bruces con los brazos extendidos. La cimitarra voló de sus manos.

Amalric tomó la cimitarra con ambas manos y dio un paso hacia atrás. Veía muy mal, pero aun así distinguió delante de él el rostro de Tilutan, descompuesto por la premonición de la muerte. Abrió la boca para gritar. El negro se quedó inmóvil, apoyado sobre una rodilla y una mano, como si fuera incapaz de realizar ningún movimiento. Entonces la cimitarra cayó sobre él. Amalric vio vagamente un rostro negro dividido por una ancha línea roja que luego se desvanecía en las sombras. Después lo invadió una oscuridad total.

Algo frío y suave acariciaba el rostro de Amalric con delicadeza.

Tanteó a ciegas y sintió una cosa firme, cálida y suave. Cuando su vista se aclaró, vio un rostro de rasgos delicados, enmarcados por una brillante cabellera negra. Miró sin pronunciar una sola palabra, como hechizado, devorando cada detalle de los labios llenos y rojos, de los ojos color violeta y del cuello de alabastro. Se sobresaltó al advertir que la visión hablaba con una voz suave y armoniosa. Las palabras eran extrañas, pero aun así raramente familiares. Una mano pequeña y blanca que sostenía un húmedo trozo de seda acariciaba suavemente su rostro y su dolorida cabeza. Todavía aturdido, Amalric se incorporó y se sentó sobre la arena.

Había caído la noche y el cielo estaba sembrado de estrellas. El camello rumiaba pacientemente. Un caballo relinchaba inquieto. Cerca de allí se veía un enorme cuerpo con la cabeza abierta en medio de un charco de sangre.

Amalric miró a la joven que estaba arrodillada junto a él y le hablaba con acento suave en una lengua desconocida. Poco a poco comenzó a entenderla. Al recordar lenguas semiolvidadas que había aprendido en otras épocas, Amalric se dio cuenta que ésa era la lengua empleada por la clase culta en una provincia del sur de Koth.

–¿Quién eres, muchacha? – preguntó lentamente, con dificultad, al tiempo que tomaba entre sus dedos una mano de la joven.

–Me llamo Lissa -respondió la muchacha con un tono armonioso que a Amalric le sonó como el canto de un arroyo cristalino-. Me alegra que hayas recuperado el conocimiento. Temía que estuvieras muerto.

–Me salvé por poco -musitó Amalric mirando el siniestro bulto de carne y huesos que había sido Tilutan.

La joven se estremeció y se resistió a seguir la mirada de Amalric.

Su mano tembló, y el hombre creyó oír los latidos de su corazón.

–Fue horrible -murmuró la joven-. Como una terrible pesadilla.

Cólera…, golpes…, sangre.

–Pudo haber sido peor.

La joven parecía sensible a cualquier cambio en la inflexión de la voz o en la actitud del hombre. Su mano libre tomó tímidamente la de Amalric.

–No quería ofenderte. Has sido muy valiente al arriesgar tu vida por una desconocida. Eres noble como los caballeros del norte, sobre quienes he leído tantas cosas.

Amalric la miró. Los claros ojos de la muchacha miraban fijamente los suyos, y en ellos se reflejaba un sentimiento de admiración.

Comenzó a hablar, pero luego cambió de idea y dijo otra cosa:

–¿Qué haces en el desierto?

–Vengo de Gazal -repuso la muchacha-. Yo… huía. Ya no soportaba más. Pero hacía mucho calor, estaba sola y lo único que veía era arena y más arena… y un cielo abrasador. La arena quemaba mis pies y mis sandalias estaban casi destrozadas. Tenía mucha sed. Mi cantimplora se vació en seguida. Entonces quise regresar a Gazal, pero no sabía qué camino tomar porque todos me parecían iguales. Estaba terriblemente asustada y comencé a caminar hacia donde suponía que se hallaba Gazal. Después no me acuerdo de casi nada. Sólo que corrí hasta que no pude más.

»Debí de permanecer acostada en la arena durante algún tiempo -

prosiguió-, porque no recuerdo haberme levantado y haber seguido caminando. Finalmente creí escuchar un grito y vi un caballo que galopaba hacia mí. Entonces ya no supe nada más, hasta que desperté con la cabeza apoyada sobre las rodillas de ese hombre que me dio de beber. Luego hubo una pelea y gritos… y cuando todo terminó, me

arrastré hasta donde te encontrabas tú como muerto, e intenté que recobraras el sentido.

–¿Por qué? – preguntó Amalric.

La joven vaciló, como si no supiera qué contestar.

–¿Por qué? – murmuró-. ¿Por qué…? Porque estabas herido y creo… que es lo que hubiera hecho cualquier otra persona. Además, me di cuenta de que peleaste para protegerme de esos negros. La gente de Gazal siempre ha dicho que los negros son malvados y que hacen daño a las personas indefensas.

–Ésa no es una característica exclusiva de los negros -musitó Amalric-. ¿Dónde está Gazal?

–No puede estar lejos. Caminé durante un día entero… y luego no sé qué distancia me hizo recorrer el negro desde que me encontró. Pero debió de encontrarme al atardecer; por eso digo que Gazal no puede estar muy lejos.

–¿En qué dirección?

–No lo sé. Cuando abandoné la ciudad, caminé hacia el este.

–¿Ciudad? – susurró Amalric-. ¿A un día de viaje de aquí? Creí que sólo había arena en mil leguas a la redonda.

–Gazal está en el desierto -dijo la muchacha-. Está construida entre las palmeras de un oasis.

Amalric apartó a la joven y se puso en pie maldiciendo entre dientes, al tiempo que se tocaba la garganta, cuya piel estaba lacerada y herida en varios lugares. Examinó a los negros uno por uno y comprobó que estaban muertos. Luego los arrastró uno a uno más lejos. En algún lugar aullaban los chacales. Regresó al pozo de agua en el que se encontraba la muchacha, y maldijo nuevamente al comprobar que no disponía mas que del negro caballo de Tilutan y del camello. Los otros caballos habían roto sus ataduras y habían huido durante la pelea.

Regresó junto a la joven y le entregó un puñado de dátiles secos.

Ella comió con avidez, mientras Amalric la contemplaba impaciente.

–¿Por qué te escapaste? – preguntó súbitamente-. ¿Acaso eres una esclava?

–En Gazal no hay esclavos. ¡Oh, estaba muy aburrida! Mi vida era una eterna monotonía. Quería conocer el mundo exterior. Dime, ¿de

dónde vienes tú?

–Nací en las montañas occidentales de Aquilonia. La joven aplaudió como una niña contenta.

–¡Sé dónde está eso! Lo he visto en los mapas. Es el país hiborio que se encuentra más al oeste, y su rey es Epeus el Espadachín.

Amalric dio un respingo. Levantó la cabeza y miró a la muchacha.

–¿Epeus? – preguntó-. ¡Pero si Epeus murió hace novecientos años!

El nombre del actual rey es Vilerus.

–¡Oh, desde luego! – repuso la joven turbada-. Soy una tonta. Por supuesto que Epeus fue rey hace novecientos años, como dices. Pero cuéntame…, cuéntame cosas acerca del mundo.

–¡Vaya! Eso no es fácil -respondió Amalric sonriendo-. ¿No has viajado nunca?

–Ésta es la primera vez que me alejo de las murallas de Gazal.

En ese momento la mirada de Amalric se posó sobre la suave curva de sus senos. No le interesaban en absoluto sus aventuras. Y Gazal le importaba menos aún.

Amalric comenzó a hablar y luego tomó a la joven en brazos, rudamente, con todos los músculos de su cuerpo en tensión, preparado para contrarrestar la resistencia que ella seguramente ofre cería. Pero no encontró la menor resistencia. El suave cuerpo de la muchacha estaba tendido sobre sus rodillas y ella lo miró con sorpresa, pero sin temor. En ese momento era como una niña que se entregaba a una nueva clase de juego. Su mirada directa y franca desconcertó a Amalric. Si la muchacha hubiera llorado, gritado, luchado o sonreído, habría sabido cómo tratarla.

–Pero, ¡en nombre de Mitra! ¿Quién diablos eres, muchacha? –

preguntó bruscamente-. No estás loca, ni juegas conmigo. Tu forma de hablar demuestra que no eres una simple campesina inocente e ignorante. Y sin embargo, no sabes nada acerca del mundo y de sus costumbres.

–Soy de Gazal -repuso la joven con tono de desamparo-. Si conocieras Gazal, quizá lo comprenderías.

Amalric levantó a la muchacha en brazos y la sentó sobre la arena.

Luego fue en busca de una manta que había en la silla de montar y la extendió para que ella se acostara encima.

–Duerme un poco, Lissa -dijo con un tono áspero a causa de los sentimientos contradictorios que lo embargaban-. Mañana pienso conocer Gazal.

Al amanecer partieron hacia el oeste. Amalric había colocado a Lissa en el camello y le había enseñado a mantener el equilibrio. La joven se aferraba al asiento con ambas manos, dando la sensación de que jamás había visto un camello. Esto sorprendió al joven aquilonio.

Era increíble que una joven criada en el desierto jamás hubiera visto uno de esos animales, y que hasta la noche anterior tampoco hubiera montado a caballo.

Amalric había hecho una especie de capa para ella. La joven se la puso sin hacer ninguna pregunta y sin averiguar de dónde procedía…

Amalric no le dijo que la seda que la protegía en esos momentos del sol había cubierto el negro pellejo de su raptor.

Mientras cabalgaban, la muchacha le rogó una vez más que le contara algo acerca del mundo, como si fuera una niña pidiendo que le contaran un cuento.

–Sé que Aquilonia está lejos de este desierto -dijo-. Estigia, las tierras de Shem y otros países están en el centro. ¿Por qué estás aquí, tan lejos de tu patria?

Amalric siguió cabalgando en silencio, con una mano sobre las riendas del camello. Luego dijo abruptamente:

–Argos y Estigia están en guerra. Koth complicó las cosas. Los kothios convencieron a Argos para realizar una invasión simultánea de Estigia. Argos organizó un ejército de mercenarios que navegaron hacia el sur, a lo largo de la costa. Al mismo tiempo, un ejército kothio debía invadir Estigia por tierra. Yo era uno de los mercenarios del ejército de Argos. Nos encontramos con la flota estigia, a la que derrotamos e hicimos retroceder hasta Khemi. Teníamos que haber desembarcado, saqueado la ciudad y avanzado más tarde a lo largo del río Styx, pero nuestro almirante era un hombre cauteloso. Nuestro jefe era el príncipe Zapayo de Kova, un zingario.

»Seguimos avanzando hacia el sur hasta que alcanzamos las costas selváticas de Kush -prosiguió-. Allí desembarcamos y los buques anclaron mientras el ejército avanzaba hacia el este, por la frontera estigia, saqueando e incendiando todo lo que encontrábamos a nuestro

paso. Nuestra intención era girar hacia el norte en cierto lugar y atacar desde allí a Estigia, con el objeto de unirnos con los kothios que bajaban del norte.

»Entonces nos enteramos de que habíamos sido traicionados -siguió diciendo-. Koth había firmado un tratado de paz por separado con los estigios. Un ejército estigio avanzaba hacia el sur para cortarnos el camino, mientras que otro ya nos lo había bloqueado en la costa.

»E1 príncipe Zapayo, impulsado por la desesperación -continuó-, concibió la loca idea de marchar hacia el este y bordear la frontera estigia para llegar hasta las tierras orientales de Shem. Pero el ejército del norte nos atacó. Dimos media vuelta y peleamos.

»Luchamos durante todo el día y conseguimos hacerlos retroceder hasta su campamento -agregó-. Pero al día siguiente, el otro ejército que nos perseguía nos atacó desde el oeste. Cogido entre dos fuegos, nuestro ejército fue aniquilado. Pocos pudieron huir. Cuando cayó la noche, huí con un compañero, un cimmerio llamado Conan…, un hombre gigantesco con la fuerza de un toro.

»Cabalgamos hacia el sur y entramos en el desierto porque no podíamos seguir otra dirección -prosiguió Amalric-. Conan había estado antes en ese lugar y pensó que allí podríamos sobrevivir. Mucho más hacia el sur encontramos un oasis, pero los jinetes estigios nos atacaron. Volvimos a huir, de oasis en oasis, muertos de hambre y de sed, hasta que encontramos una tierra desconocida y deshabitada, con un sol abrasador e interminables dunas de arena. Seguimos cabalgando hasta que nuestros caballos se tambalearon y nosotros comenzamos a delirar.

»Una noche vimos unos fuegos y nos acercamos con la esperanza de encontrar amigos -dijo el hombre-. En cuanto estuvimos a tiro, cayó sobre nosotros una lluvia de flechas. Hirieron al caballo de Conan y el animal se encabritó furiosamente, arrojando a su dueño de la silla. Su cuello debió de quebrarse como una rama, porque se quedó inmóvil.

Huí como pude en la oscuridad, aunque mi caballo también murió. Vi vagamente a nuestros atacantes…, eran altos, delgados, con atuendos bárbaros.

"Vagué a pie a través del desierto y caí en medio de esos buitres que viste ayer -concluyó-. Eran chacales… ghanatas, miembros de una

tribu de ladrones con sangre mezclada: negra y sabe Mitra qué otras.

La única razón por la que no me asesinaron fue que no tenía nada que ellos desearan. Durante un mes estuve vagando de un lado a otro y robando junto con ellos, porque no podía hacer otra cosa.

–No sabía que la realidad fuera así -musitó la joven-. Decían que había guerras y crueldad en el mundo, y a mí todo eso me parecía como un sueño lejano. Pero ahora, al oírte hablar de traiciones y batallas, me parece que lo estoy viendo.

–¿Gazal no tiene enemigos? ¿Nunca habéis sido atacados? –

preguntó Amalric.

La joven movió la cabeza negativamente.

–Los hombres no se acercan a Gazal. Algunas veces he visto siluetas negras moviéndose en el horizonte, y los ancianos decían que eran ejércitos que iban a la guerra, pero jamás se acercaron a Gazal.

Amalric sintió que lo invadía una extraña inquietud. Por ese desierto sin vida merodeaban las tribus más feroces de la tierra: los ghanatas, que llegaban hasta muy lejos por el este; los enmascarados tibus, que habitaban más al sur, y, en algún lugar lejano al suroeste, el casi mítico imperio de Tombalku, gobernado por una raza salvaje y bárbara. Era extraño que una ciudad situada en medio de aquella tierra salvaje estuviera tan aislada, hasta el punto de que uno de sus habitantes ni siquiera conocía el significado de la guerra.

Mientras miraba en otra dirección, lo asaltaron ideas extrañas

¿Acaso aquella muchacha había enloquecido a causa del sol? ¿Sería un demonio en forma de mujer llegado al desierto para conducirlo a la muerte? Amalric la miró y la vio aferrada como una niña a la silla del camello. En seguida desechó tales pensamientos. Al cabo de un rato lo volvió a asaltar la duda. ¿Acaso estaría embrujado? ¿Lo habría hechizado aquella joven?

Siguieron avanzando hacia el oeste y sólo se detuvieron para comer dátiles y beber agua a mediodía. Amalric hizo una especie de tienda de campaña con su espada, la vaina y las mantas para proteger a la joven del intenso sol. La muchacha tenía el cuerpo entumecido por el movimiento del camello, por lo que Amalric tuvo que cogerla en brazos. Cuando sintió una vez más la voluptuosa dulzura de su cuerpo, lo invadió una ola de pasión. Permaneció inmóvil durante unos

segundos, como intoxicado por la proximidad de la joven, y luego la acostó a la sombra de la precaria tienda.

Amalric sintió que lo invadía la cólera cuando la mirada ingenua de la muchacha se encontró con la suya, y sintió la docilidad con que abandonaba su cuerpo joven entre sus brazos. Parecía ignorar todo aquello que pudiera dañarla. Se sentía terriblemente avergonzado por la inocencia de la mujer, que despertaba en su interior una ira incontenible.

Amalric no probó los dátiles. Sus ojos ardían al contemplar con avidez cada detalle del esbelto cuerpo de la joven. Sin embargo, ella era inocente e inconsciente como una niña. Cuando la volvió a levantar para sentarla sobre la silla del camello, los brazos de la muchacha rodearon instintivamente su cuello, y Amalric tembló de la cabeza a los pies. Haciendo un terrible esfuerzo por contenerse, Amalric la depositó en la silla y continuaron el viaje.

Poco antes de la puesta del sol, Lissa señaló con una mano y gritó:

–¡Mira! ¡Las torres de Gazal!

Amalric vio algunas torres y minaretes en el horizonte que se alzaban creando un conjunto de color verde jade contra el azul del cielo. A no ser por la muchacha, hubiera pensado que se trataba de un espejismo. Miró a Lissa con curiosidad. Ésta no demostraba la alegría natural del retorno. Sólo suspiró hondo y sus esbeltos hombros se inclinaron levemente.

A medida que se acercaban, veían la ciudad con más nitidez. Desde la misma arena del desierto se alzaba la muralla que rodeaba las torres.

Amalric vio que aquélla estaba semiderruida, al igual que las torres.

Los tejados estaban rotos, las troneras de las defensas demasiado abiertas por la erosión y las agujas de las torres inclinadas. Lo invadió el pánico. ¿Se trataría de una ciudad de muertos hacia la cual cabalgaba conducido por un vampiro?

Miró a la muchacha y se tranquilizó. No podía haber ningún demonio en ese cuerpo divinamente moldeado. Ella también lo miró, pero en sus ojos profundos había una expresión interrogante. Luego fijó la vista en el desierto y a continuación exhaló un profundo suspiro y echó una mirada a la ciudad, como si se sintiera atrapada por la fatalidad y la desesperación.

A través de las brechas abiertas en las murallas, Amalric vio unas figuras que se movían dentro de la ciudad. Nadie los detuvo ni los saludó cuando entraron por una abertura de la derruida muralla y siguieron su camino por una calle ancha. Desde más cerca, bajo el sol poniente, la decadencia era más evidente. La hierba crecía en las calles abriéndose paso entre las grietas del pavimento. También crecía libremente en las pequeñas plazas. Las calles y los patios estaban llenos de escombros. En algunos lugares se habían limpiado los restos de las casas derruidas y el lugar había sido convertido en un huerto o un jardín. Las cúpulas de la ciudad estaban descoloridas y agrietadas. Los portales no tenían puertas. Por todas partes se veían ruinas.

Amalric vio una torre en perfecto estado que brillaba entre las ruinas. Era cilíndrica y se alzaba en el extremo sureste de la ciudad. El hombre señaló en esa dirección y preguntó:

–¿Por qué esa torre está en mejores condiciones que las demás?

Lissa palideció, tembló y aferró una de sus manos convulsivamente.

–¡No hables de ella! – musitó-. No la mires… ¡Ni siquiera pienses en ella!

Amalric frunció el ceño. Las palabras de la muchacha y lo que ellas implicaban habían cambiado de alguna manera el aspecto de la misteriosa torre. Ahora parecía la cabeza de una serpiente que se alzaba entre las ruinas y la desolación. Un conjunto de diminutas motas negras, como murciélagos alados, salió de una de sus oscuras aberturas.

El joven aquilonio miró a su alrededor con recelo. Después de todo, no tenía ninguna seguridad de que el pueblo de Gazal lo recibiera amistosamente. Vio gente que avanzaba por las calles con una •extraña calma. Cuando se detenían a mirarlo, a Amalric se le erizaba el cabello.

Eran hombres y mujeres con rostro amable y sus miradas eran suaves.

Pero su interés parecía tan ligero, tan vago e impersonal… No hicieron el menor movimiento por acercarse a él o hablarle. Parecía la cosa más normal del mundo que un jinete armado entrara en la ciudad procedente del desierto. Sin embargo, Amalric sabía que éste no era el caso, y la indiferencia con la que lo recibía la gente de Gazal le producía un extraño desasosiego.

Lissa habló con algunas personas señalando a Amalric y tomando su mano, como una niña afectuosa.

–Éste es Amalric de Aquilonia, que me rescató de los negros y me ha traído a casa.

Un cortés murmullo de bienvenida partió de los labios de la gente, y varias personas se acercaron para darle la mano. Amalric pensó que jamás había visto rostros tan amables, pero tan indiferentes, casi carentes de expresión. Parecían los ojos de gentes envueltas en sueños.

La mirada de esos individuos le transmitía una sensación de irrealidad. Apenas prestaba atención a lo que decían. Su mente estaba ocupada en pensamientos extraños. ¿Estarían moviéndose en el ilusorio paraíso del loto? Esa siniestra torre roja era perturbadora.

Uno de los hombres de rostro suave y cabellos plateados preguntó:

–¿Aquilonia? El rey Bragorus de Nemedia había atacado ese país.

¿Cómo terminó la guerra?

–Fue derrotado -repuso Amalric con un escalofrío.

Eso había ocurrido hacía novecientos años.

El hombre no preguntó más y se alejó. Lissa le cogió la mano.

Amalric se dio media vuelta y la miró con deleite. En ese mundo de ilusión y de ensueño, su cuerpo suave y firme era como un ancla. Ella no era un sueño; era real; su cuerpo era tangible, y dulce como la miel.

–Ven -dijo la muchacha-. Vamos a comer y a descansar.-¿Y esta gente? ¿No piensas contarles tus experiencias?

–Sólo prestarían atención durante un minuto. Escucharían un rato y después pensarían en otra cosa. Casi no se han enterado de que me he ido de aquí. ¡Ven!

Amalric condujo el camello y el caballo hasta un patio cercano donde crecía la hierba, y el agua manaba de una fuente rota y caía en un cuenco de mármol. Allí ató a los animales. Luego siguió a Lissa. La joven lo tomó de una mano y lo llevó a través del patio hasta una puerta en forma de arco. Había caído la noche y las estrellas titilaban a lo lejos.

Lissa atravesó una serie de oscuras habitaciones, moviéndose con seguridad. Amalric caminaba detrás de ella, tomado de su pequeña mano. La ventura no le resultaba placentera. En aquella espesa oscuridad había olor a polvo y a decadencia. Sus pies pisaban quebradas losas y desgastadas alfombras. Su mano libre tocó unos

puros desconchados. A través de un techo roto brillaban las estrellas y pudo ver un salón, en el que colgaban unos tapices podridos que se agitaban bajo la suave brisa.

A continuación entraron en una habitación tenuemente iluminada por la luz de las estrellas que se filtraba por las ventanas abiertas, y Lissa le soltó la mano. La muchacha tanteó en la semioscuridad y luego encendió una luz muy débil. Era una especie de globo de cristal que brillaba con un resplandor dorado. Lo dejó sobre una mesa de mármol y le hizo una señal a Amalric para que se reclinara sobre un diván cubierto de seda. Lissa, después de buscar en oscuros rincones, apareció con una jarra de vino y con una bandeja que contenía comidas extrañas. Había dátiles, pero los demás frutos, pálidos e insípidos, le resultaban desconocidos. El vino tenía un sabor agradable, pero no era más fuerte que el agua.

Sentada sobre un taburete de mármol, frente a él, Lissa comenzó a comer delicadamente.

–¿Qué clase de lugar es éste? – preguntó Amalric-. Tú eres como ellos, y al mismo tiempo diferente.

–Dicen que soy como nuestros antepasados -repuso Lissa-. Llegaron hace mucho tiempo al desierto y construyeron esta ciudad en medio de un enorme oasis en el que había varios manantiales. Utilizaron las piedras de unas ruinas de otra ciudad mucho más antigua… sólo la Torre Roja…

Al decir estas últimas palabras, la joven bajó la voz y miró inquieta hacia la ventana. Luego agregó:

–Era lo único que había quedado en pie. Estaba vacía…

Nuestros antepasados, los ghazalis -continuó-, vivieron en otra época al sur de Koth. Eran conocidos por su sabiduría. Pero intentaron reavivar el culto a Mitra que los kothios habían abandonado hacía mucho tiempo, y el rey los expulsó de sus dominios. Entonces vinieron al sur en compañía de sus esclavos shemitas. Muchos de ellos eran sacerdotes, eruditos, profesores y científicos.

»Construyeron Gazal -prosiguió la joven-, pero los esclavos se rebelaron en cuanto estuvo construida la ciudad, y huyeron para mezclarse más tarde con las tribus del desierto. No los trataban mal,

pero oyeron una vez en la noche… una palabra que los impulsó a abandonar la ciudad apresuradamente.

»Mi pueblo vivió aquí y aprendió a producir su comida y su bebida con los pocos recursos de que disponían -agregó-. Su sabiduría era extraordinaria. Cuando huyeron los esclavos se llevaron todos los camellos, asnos y caballos que había en la ciudad. Desde ese momento se suprimió toda comunicación con el mundo exterior. En Gazal hay muchas habitaciones llenas de mapas, libros y escritos, pero todos tienen por lo menos novecientos años de antigüedad, que es el tiempo que transcurrió desde que mi gente huyó de Koth. Desde entonces ningún hombre de fuera ha pisado Gazal. El pueblo está destinado a extinguirse. Se han convertido en seres tan soñadores que incluso han perdido sus pasiones y apetitos humanos. La ciudad se desmorona y se convierte en una ruina y nadie hace nada por repararla. Horror…

cuando el horror llegó a ellos no pudieron huir ni luchar.

–¿Qué quieres decir? – preguntó Amalric en voz baja, sintiendo un escalofrío.

El siniestro murmullo que producían los tapices al moverse despertaba en su alma oscuros terrores.

La joven movió la cabeza y se puso en pie. Se acercó a Amalric y apoyó sus manos sobre los hombros del aquilonio. Los ojos de la muchacha estaban húmedos y brillaban de espanto, al tiempo que ahogaba un grito en su garganta. Amalric le rodeó instintivamente la cintura con un brazo y sintió que Lissa temblaba.

–¡Abrázame! – exclamó la joven-, ¡Tengo miedo! ¡Oh, he soñado tanto con un hombre como tú! No soy como mi pueblo. Son muertos que caminan por calles olvidadas, pero yo estoy viva. Soy cálida y tengo sentimientos. Tengo hambre y sed y amo la vida. No puedo vivir entre calles silenciosas, habitaciones en ruinas y gentes como las de Gazal, aunque nunca haya conocido otra cosa. Es por eso que escapé. Deseo vivir…

Lissa sollozaba incontroladamente entre sus brazos. Los negros cabellos caían en suave cascada sobre su rostro y su perfume lo mareaba. El firme cuerpo de la joven estrechaba el suyo. Estaba sentada sobre sus rodillas, rodeándole el cuello con sus brazos. Amalric la apretó más contra su pecho y la besó apasionadamente en la boca,

ojos, labios, mejillas, cabellos, garganta… El joven aquilonio llenó todo su cuerpo con besos ardientes, hasta que los sollozos de la joven cesaron. En la pasión de Amalric no había violencia. La pasión que latía en la joven estalló súbitamente como una ola. El globo dorado que los alumbraba, empujado por los dedos temblorosos de Amalric, cayó al suelo y se apagó. Sólo la luz de las estrellas se filtraba a través de las ventanas.

Tendida sobre el diván cubierto de seda en brazos de Amalric, Lissa abrió su corazón y le contó susurrando sus sueños, esperanzas y aspiraciones… infantiles, patéticas, terribles.

–Te llevaré lejos de aquí -murmuró Amalric en su oído-. Mañana.

Tienes razón. Gazal es una ciudad de muertos. Buscaremos la vida en el mundo exterior. Es violento, duro, brutal, pero es mejor que esta muerte en vida.

Un espantoso grito de dolor, horror y desesperación rompió el silencio de la noche. La piel de Amalric se cubrió de un sudor frío.

Comenzó a incorporarse en el diván, pero Lissa se apretó a él con desesperación.

–¡No, no! – suplicó-. ¡No vayas! ¡Quédate!

–¡Están asesinando a alguien! – exclamó Amalric buscando su espada.

Los gritos parecían llegar desde un patio exterior. Mezclado con éstos se oyó un ruido indescriptible y desgarrador. Los gritos crecieron hasta hacerse intolerables y luego se convirtieron en un largo sollozo convulsivo.

–He oído gritar así a hombres que morían en el patíbulo -dijo Amalric estremeciéndose-. ¿Qué diablos significa esto?

Lissa temblaba violentamente, en un ataque de terror. Amalric podía oír los fuertes latidos de su pecho.

–¡Es el horror del que te hablé! El horror que habita en la Torre Roja. Vino hace mucho tiempo. Algunos dicen que vivió allí durante los años perdidos y que regresó después de la construcción de Gazal.

Devora seres humanos. Nadie sabe qué es, puesto que nadie lo ha visto, y si lo vio, no vivió para contarlo. Es un dios o un demonio. Ésa fue la razón por la cual huyeron los esclavos y la gente del desierto abandonó Gazal. Muchos de nosotros han ido a parar a su vientre. Con el tiempo

todos terminaremos allí, y luego el monstruo gobernará sobre una ciudad desierta, como dicen que gobernó en otros tiempos sobre las ruinas de la ciudad anterior a ésta.

–¿Por qué la gente se quedó aquí sabiendo que sería devorada?

–No lo sé. Sueñan…

–Hipnosis -dijo Amalric-, hipnosis y decadencia. Lo vi en sus ojos.

Este demonio los ha hipnotizado. ¡Por Mitra, qué secreto más terrible!

Lissa apoyó la cabeza sobre su pecho y lo abrazó con fuerza.

–Pero, ¿qué vamos a hacer nosotros? – preguntó Amalric.

–No hay nada que hacer. Tu espada no serviría de nada. Quizá no nos haga daño. Esta noche ya se ha llevado una víctima. Debemos esperar como corderos en el matadero.

–¡Que el diablo me condene si lo hago! – exclamó Amalric indignado-. No esperaremos hasta mañana. Nos iremos esta noche.

Prepara un paquete con comida y bebida. Iré a buscar el camello y el caballo y los traeré hasta el patio que hay ahí fuera. ¡Te esperaré allí!

Puesto que el monstruo desconocido ya había atacado, Amalric pensó que no sería peligroso dejar a la muchacha sola durante unos minutos. Sin embargo, al atravesar el oscuro pasillo y las derruidas habitaciones en las que colgaban los viejos y susurrantes tapices, sintió un escalofrío de terror. Encontró a los dos animales moviéndose nerviosamente en el patio en el que los había dejado. El caballo relinchó al oler su llegada, como si presintiera algún peligro en la quietud de la noche.

Amalric ensilló y preparó a los animales. Luego los condujo hasta la calle. Poco después se encontraba en el patio iluminado por la luz de las estrellas. Al entrar en él, se quedó helado por un grito terrible que cortó como un cuchillo el silencio de la noche. Procedía de la habitación en la que había dejado a Lissa.

Amalric respondió al alarido con un grito salvaje. Desenvainó la espada, atravesó rápidamente el patio y saltó por la ventana abierta al interior de la habitación. El globo dorado brillaba de nuevo, produciendo sombras negras en los misteriosos rincones. Había sedas desparramadas por el suelo. El taburete de mármol estaba volcado.

Pero la habitación estaba vacía.

Amalric sintió que se mareaba y se apoyó sobre la mesa de mármol.

Sus ojos distinguían vagamente la luz que había delante de él. Al cabo de unos segundos se sintió invadido por una furia incontenible. ¡La Torre Roja! ¡El monstruo llevaba a sus víctimas allí!

Volvió a cruzar corriendo el patio, atravesó las calles y se dirigió corriendo hacia la torre, que brillaba con una luz infernal bajo las estrellas. Las calles no eran rectas. En el camino se vio obligado a cruzar silenciosos edificios negros y patios cuyas plantas se mecían bajo la suave brisa nocturna.

Delante de él, apiñadas alrededor de la Torre Roja, se alzaba una montaña de ruinas donde la decadencia era más patética que en el resto de la ciudad. Aparentemente nadie vivía en ellas. Se trataba de una masa de escombros que se mantenía en pie milagrosamente, y en medio de ellas se alzaba la Torre Roja, como una flor venenosa que crece entre los desperdicios.

Para llegar hasta la torre se veía obligado a atravesar aquellas ruinas. Poseído por la cólera, Amalric buscó la puerta entre la masa negra. La encontró y entró en el interior con la espada desenvainada.

Entonces vio un espectáculo de pesadilla.

Delante de él había un largo corredor tenuemente iluminado. De sus negras paredes colgaban extraños tapices con dibujos fantásticos. Al fondo vio una figura que se alejaba… era una figura blanca y encorvada que arrastraba algo. Al verlo, Amalric quedó empapado en sudor. Entonces la aparición se esfumó y con ella la poca luz que había allí. El joven aquilonio permaneció inmóvil en la oscuridad, sin ver ni oír nada, pensando solamente en aquella figura blanca y encorvada que arrastraba un cuerpo humano por el largo y oscuro corredor.

Mientras avanzaba casi a tientas, un vago recuerdo acudió a su mente: el de una terrible leyenda que le había contado un brujo ne gro en la puerta de su cabaña, junto a una hoguera… Era la leyenda de un dios que habitaba en una casa de color carmesí de una ciudad en ruinas…, un dios adorado en las selvas y en las riberas de los ríos mediante cultos esotéricos. Y en ese momento recordó también la palabra mágica que el brujo había murmurado aquella noche a su oído, mientras él contenía la respiración, los leones dejaban de rugir a

lo largo del río y las hojas de los árboles se quedaban inmóviles en las ramas.

"Ollam-onga", susurró un oscuro viento en el oscuro pasillo

" Ollam-onga", murmuró también el polvo que hollaban sus pies El sudor le cubrió el cuerpo y la espada tembló en su mano. Acababa de entrar en la casa de un dios, y el miedo se había apoderado de él. La

casa del dios… se sintió abrumado por el terror. Lo invadieron todos los miedos ancestrales evocados por su memoria racial. Se sintió asqueado por un horror cósmico… inhumano. Estaba aterrado por la consciencia de su débil humanidad Siguió avanzando en la oscuridad, horrorizado, por la casa del dios.

A su alrededor brillaba una luz tan tenue que apenas se percibía.

Sabía que se estaba acercando a la torre. Al cabo de un rato atravesó una puerta en forma de arco y tropezó con unos anchos escalones irregulares. Los subió lentamente, y mientras iba ascendiendo, la terrible furia que constituye la última defensa de la humanidad contra lo diabólico y contra las fuerzas hostiles del universo volvió a surgir en él. Olvidó por completo su pánico. Subió ardiendo de impaciencia en la oscuridad, hasta que llegó a una habitación iluminada por un extraño resplandor dorado.

En el extremo más alejado de la habitación había un corto tramo de escaleras que conducía a una especie de tarima o plataforma sobre la cual había algunos objetos de piedra. Encima de la tarima se hallaban los restos de la víctima, uno de cuyos brazos colgaba sobre los escalones de mármol, manchados de sangre reseca y salpicados de gotas frescas, húmedas y brillantes.

Delante de Amalric, al pie de aquellos escalones, había una figura blanca y desnuda. El joven se detuvo con la lengua pegada al paladar.

Se trataba de un hombre blanco que lo miraba fijamente, con sus poderosos brazos cruzados sobre un pecho de alabastro. Sus ojos eran como bolas de fuego en los que Amalric vio sombras siniestras e infernales. Después, la forma comenzó a difuminarse y a perder su contorno. Haciendo un esfuerzo titánico, el aquilonio rompió las ligaduras del silencio y pronunció en voz alta la palabra mágica.

Cuando la temible palabra rompió el silencio, el gigante blanco se

detuvo… paralizado. Su contorno se volvió más visible y nítido contra el fondo de luz dorada.

–¡Ahora cae, maldito! – gritó Amalric histérico-. ¡Te ordeno que vuelvas a tu forma humana! ¡El brujo negro dijo la verdad! ¡Me dio la palabra clave! ¡Cae, Ollam-onga! ¡Hasta que se rompa tu envoltura diabólica! ¡Eres un hombre como yo!

Con un rugido que resonó como una ráfaga de viento, la extraña criatura atacó. Amalric saltó hacia un lado apartándose de la tenaza de aquellas manos, cuya fuerza era superior a la de un tifón. Sin embargo, una mano del monstruo logró rasgar su túnica, que se convirtió en un harapo. Pero Amalric, paradójicamente, redobló su rapidez, giró sobre sus talones y le clavó el sable en la espalda, que le atravesó el pecho.

Un alarido de dolor sacudió la torre. El monstruo se revolvió para atacar a Amalric, pero el joven volvió a saltar a un lado y subió velozmente las escaleras que conducían a la plataforma. Una vez allí cogió una silla de mármol, se volvió y la arrojó sobre la cosa que subía por las escaleras. La pesada silla golpeó al monstruo en la cara y lo tiró escaleras abajo. Luego se levantó. Su aspecto era más terrible aún que antes. Chorreando sangre por todas partes, trató de subir nuevamente las escaleras. Amalric levantó un banco de jade realizando un esfuerzo increíble y lo arrojó con las pocas fuerzas que le quedaban.

Ollam-onga cayó hacia atrás bajo el impacto y quedó tendido entre fragmentos de mármol empapados en sangre. Haciendo un último esfuerzo desesperado, logró ponerse de rodillas, con los ojos vidriosos y, echando hacia atrás la cabeza, lanzó un grito espantoso.

Amalric se estremeció al oír ese alarido, que fue contestado. Desde algún punto del aire, por encima de la torre, descendió un clamor de gritos extraños que vibraron con mil ecos. Entonces la figura blanca cayó definitivamente entre los mármoles manchados de sangre, y Amalric supo que había desaparecido uno de los dioses de Kush. Al darse cuenta de ello, lo invadió un terror ciego e irracional.

Bajó los escalones de la tarima presa de pánico y se alejó de la cosa que yacía en el suelo y que parecía mirarlo con los ojos desorbitados.

Tuvo la sensación de que la noche gritaba contra él por el sacrilegio cometido, y sintió un horror cósmico. Cuando llegó al final de la escalera se detuvo repentinamente. Lissa corría hacia él desde la

oscuridad, con los brazos extendidos y una expresión de espanto en los ojos.

–¡Amalric! – gritó ella arrojándose en sus brazos-. ¡Lo vi! – musito-.

Lo vi arrastrando a un hombre muerto por el pasillo. Grité y huí.

Entonces, cuando regresé, te oí gritar y supe que habías ido a buscarme a la Torre Roja.

–Y ahora has venido a compartir mi destino -repuso Amalric con una voz apenas audible.

A continuación, cuando la joven trató de mirar, fascinada, lo que había detrás de él, Amalric le tapó los ojos con una mano y le hizo dar media vuelta. Era mejor que no contemplara lo que había en el suelo.

Cogió su rasgada túnica, pero no se atrevió a tocar su espada. Cuando conducía a Lissa por las oscuras escaleras, una mirada hacia atrás lo convenció de que entre los fragmentos de mármol ensangrentado ya no yacía la desnuda figura blanca. La palabra mágica había hecho que Ollam-onga adoptara su forma humana en vida, pero no había muerto!

Una momentánea ceguera ofuscó a Amalric, y luego, acuciado por una repentina prisa, obligó a la joven a bajar rápidamente por las escaleras que daban a las ruinas del exterior.

Amalric no redujo la velocidad de su marcha hasta que los dos alcanzaron la calle, donde los esperaban el camello y el caballo. Colocó rápidamente a la joven sobre el camello y saltó sobre la silla de su negro corcel. Tomó las riendas y se dirigió hacia la derruida muralla.

Después respiró hondo. El aire puro del desierto le refrescó la sangre, que se había librado del aroma de decadencia y de espantosa antigüedad que había entre las ruinas.

De su silla colgaba un pequeño pellejo de agua. No tenían comida, y su espada había quedado en la habitación de la Torre Roja. Se enfrentaban al desierto sin comida y sin armas, pero los peligros de éste les parecían menos terribles que el horror de la ciudad que dejaban.

Cabalgaron hacia el sur, sin pronunciar una sola palabra. En esa dirección, en algún punto ignorado, había un pozo de agua. Al amanecer, cuando remontaban una duna de arena, Amalric miró hacia atrás en dirección a Gazal, que tenía un aspecto irreal bajo la rosada luz del alba. El joven tensó todos los músculos de su cuerpo y Lissa lanzó un grito. Por una ancha abertura de las murallas salían siete

jinetes. Sus caballos eran negros y los hombres estaban vestidos de negro de la cabeza a los pies. En Gazal no había caballos. El horror se apoderó de Amalric. Se volvió y espoleó a los animales.

El sol se volvió rojo, más tarde se coloreó de oro viejo y finalmente se convirtió en una bola de fuego casi blanca. Los fugitivos continuaron avanzando, luchando contra el cansancio y el calor, cegados por el reflejo del sol sobre la arena. Y detrás de ellos, avanzando constantemente, cabalgaban las siete manchas negras.

Poco a poco fue cayendo la tarde. El sol volvió a enrojecer y comenzó a descender hacia el horizonte.

Amalric se sintió desasosegado. Los jinetes se aproximaban.

A medida que se acercaba la oscuridad, también se acercaban los perseguidores. Amalric miró a Lissa y ahogó una exclamación al ver que su caballo se tambaleaba y se caía de rodillas. El sol se había puesto y la luna quedó súbitamente oculta por una sombra con forma de murciélago. Las estrellas brillaban con tonos rojizos en la oscuridad, y Amalric oyó un fuerte susurro detrás de ellos, como de un viento terrible. Unas alas negras como la noche y un pico ganchudo sobre el que brillaban dos puntos fosforescentes se acercaron tanto que Amalric le gritó con desesperación a la muchacha:

–¡Sigue, Lissa! ¡Continúa! ¡Sálvate! ¡Es a mí a quien quieren capturar!

Como respuesta, la muchacha se deslizó a tierra desde el lomo del camello y lo rodeó con sus brazos.

–¡Moriré contigo!

Siete sombras se recortaron contra el cielo estrellado, cabalgando como el viento. Bajo sus capuchas centelleaban las chispas de un fuego infernal. Sus mandíbulas sin carne golpeaban siniestramente.

Entonces hubo una interrupción. Un caballo pasó como una exhalación junto a Amalric, como una forma sin sombra en aquella extraña oscuridad. Sonó un fuerte impacto cuando el animal atacó a las sombras que se acercaban. Un caballo relinchó frenéticamente y una voz que parecía un bramido de toro gritó en una lengua extraña. Desde algún lugar replicó un clamor de alaridos.

Algo estaba ocurriendo. Los cascos de los caballos sonaban estrepitosamente sobre la arena. Hubo un ruido de golpes salvajes, y la

misma voz de antes maldijo repetidas veces. Entonces, súbitamente salió la luna e iluminó una escena fantástica.

Un hombre montado encima de un gigantesco caballo luchaba frenéticamente, asestando terribles mandobles, aparentemente al aire.

Desde otra dirección llegó una salvaje horda de jinetes cuyas espadas curvas brillaban a la luz de la luna. Más lejos, sobre la cima de una duna, se desvanecían siete figuras negras con sus capas flotando al viento, como si fueran alas de murciélago.

Amalric fue rodeado de inmediato por unos hombres de aspecto salvaje que saltaron de sus caballos y se acercaron a él. Varios brazos lo pusieron en pie, sujetándolo firmemente. Unos rostros de halcón se acercaron al suyo. Lissa gritó.

Entonces, los atacantes se apartaron a derecha e izquierda para dar paso al hombre que montaba el enorme caballo. Éste se inclinó un poco desde la silla para mirar a Amalric.

–¡Diablos! – bramó-. ¡Amalric, el aquilonio!

–¡Conan! – exclamó a su vez Amalric, terriblemente asombrado-

¡Conan! ¡Vivo!

–Mas vivo que tú -repuso el cimmerio-. ¡Por Crom, amigo! Tienes el aspecto de haber sido perseguido durante toda la noche por los diablos de este desierto. ¿Quiénes eran esos tipos que te perseguían? Estaba cabalgando por los alrededores del campamento que montaron mis hombres para comprobar que no había enemigos por aquí, cuando de pronto salió la luna y oí los cascos de los caballos. Corrí hacia ellos, y

Seguir: parte 7 de 7