Conan el Aventurero

Robert E Howard · Capítulo 1 de 4 · parte 7/7

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Conan el Aventurero

Introducción

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

¡por Macha!, me encontré entre esos demonios casi sin darme cuenta.

Tenía la espada en la mano y empecé a atacar a diestra y siniestra…

¡Por Crom, sus ojos brillaban como el fuego del infierno! Sé que mi espada los hirió, pero luego la luna se volvió a ocultar y desaparecieron como una ráfaga de viento. ¿Eran hombres o diablos?

–Demonios enviados por el infierno -repuso Amalric con un estremecimiento-. No me preguntes, hay cosas de las que no se debe hablar.

Conan no hizo más preguntas. No parecía incrédulo. Entre sus creencias se incluían diablos, fantasmas, gnomos y toda clase de brujerías.

–Veo que has encontrado una mujer, incluso en pleno desierto -dijo el cimmerio mirando a Lissa.

La joven se había acercado apresuradamente a Amalric y se apretujó temerosa contra él.

–¡Vino! – bramó Conan-. ¡Traed vino!

Tomó uno de los pellejos de cuero que acababan de arrojarle y se lo entregó a Amalric.

–Dale un trago a la muchacha y bebe tú también -aconsejó-. Luego os colocaremos sobre los caballos y os llevaremos al campamento. Es evidente que necesitáis comer, descansar y dormir.

Trajeron un caballo lujosamente enjaezado. Varias manos levantaron a Amalric sobre la silla e hicieron lo mismo con la joven.

Luego avanzaron hacia el sur rodeados por los peludos y oscuros jinetes ataviados de manera pintoresca. Muchos de ellos llevaban pañuelos en la cabeza, con los que cubrían sus rostros hasta la altura de los ojos

–¿Quién es ese hombre? – preguntó Lissa rodeando con sus brazos el cuello de su amante, que la sostenía en la silla delante de él.

–Conan el cimmerio -musitó Amalric-. El hombre con el cual erré por el desierto después de la derrota de los mercenarios. Los que lo acompañan son los que lo abatieron. Lo dejé medio muerto por las flechas y ahora lo encontramos al mando de estas gentes, que al parecer lo respetan mucho.

–Es un hombre terrible -murmuró la joven. Amalric sonrió.

–Supongo que jamás has visto a un bárbaro blanco. Es vagabundo y guerrero por naturaleza. Además, es un hombre que se ciñe a un particularísimo código moral. No creo que tengamos nada que temer de él.

Sin embargo, en su interior, Amalric no estaba demasiado seguro de esto último. En cierto sentido se podía decir que él había traicionado a Conan al irse, dejando al cimmerio sin sentido sobre la arena. Pero entonces ignoraba que Conan aún vivía. La duda asaltó a Amalric.

Salvajemente leal a sus compañeros, el primitivo cimmerio no veía ninguna razón por la cual el resto del mundo no debiera ser saqueado.

Vivía según la ley de la espada. Amalric sintió un escalofrío al pensar en lo que podía suceder si Conan deseaba a Lissa.

Más tarde, después de comer y beber en el campamento de los jinetes, Amalric tomó asiento junto al fuego delante de la tienda de Conan. Lissa, cubierta con una capa de seda, apoyaba su cabeza sobre las rodillas de su amante. Frente a éste, la luz del fuego arrojaba sombras sobre el rostro del gigantesco cimmerio.

–¿Quiénes son esos hombres? – preguntó el joven aquilonio.

–Los jinetes de Tombalku -contestó el cimmerio.

–¡Tombalku! – exclamó Amalric-. ¡Entonces no es ningún mito!

–¡No! – dijo Conan-. Cuando cayó mi maldito caballo, perdí el conocimiento, y al recobrar el sentido vi que estos diablos me habían atado de pies y manos. Me puse furioso y rompí varias de las sogas con las que me habían atado, pero estos hombres volvían a atarme con la misma rapidez con la que yo me liberaba, hasta el punto de que en ningún momento tuve una mano libre. Sin embargo, mi fuerza física les pareció realmente extraordinaria…

Amalric miró a Conan sin pronunciar una sola palabra. El cimmerio era tan alto y fuerte como Tilutan, pero no gordo, como éste.

No cabía ninguna duda de que Conan podría haberle partido el cuello al ghanata con las manos.

–Decidieron llevarme a su ciudad en lugar de matarme en el acto -

dijo Conan-. Creyeron que un hombre como yo debía morir torturado lentamente, para que se divirtieran. Entonces me ataron a un caballo sin silla y nos dirigimos a Tombalku.

–Hay dos reyes en Tombalku -prosiguió el cimmerio-. Me llevaron ante ellos…, un tipo delgado y negro como la piel del diablo llamado Zehbeh y otro negro gordo que dormitaba en su trono de marfil.

Zehbeh le preguntó a un sacerdote negro llamado Daura qué hacer conmigo, y éste lanzó unos dados hechos con huesos de cordero y dijo que debían despellejarme vivo ante el altar de Jhil Entonces todos gritaron de alegría, y el rey negro se despertó.

"Escupí y maldije a Daura y a los reyes -agregó-. Les dije que si pensaban despellejarme vivo, ¡por Crom!, antes quería beberme un trago de vino, y que los maldecía por ladrones, cobardes e hijos de perra.

Entonces se incorporó el rey negro y me miró. «¡Amra!», gritó. Lo reconocí de inmediato. Era Sakumbe, un suba de la Costa Negra, un

gordo aventurero al que conocí en mis épocas de pirata por esas costas.

El bribón traficaba con marfil, polvo de oro y esclavos, y era muy capaz de engañar al mismísimo diablo si se lo proponía. Cuando se dio cuenta de quién era yo, el viejo diablo descendió del trono, me abrazó con alegría y después él mismo me quitó las ligaduras. A continuación anunció pomposamente que yo era Amra el León, amigo suyo y que, por lo tanto, nadie me podía hacer daño.

"Después hubo tremendas discusiones, porque Zehbeh y Daura querían mi pellejo -continuó Conan-. Pero Sakumbe llamó a gritos a su brujo, Askia, que se presentó rápidamente lleno de plumas, campanillas y pieles de serpiente. Se trataba de un brujo de la Costa Negra y un hijo del diablo como había pocos.

»Askia inició sus danzas y encantamientos y anunció que Sakumbe era el elegido de Ajujo el Oscuro y que lo que él decía era la única verdad -prosiguió el cimmerio-. Todos los negros de Tombalku lo vitorearon y Zehbeh se desdijo.

«Los negros de Tombalku representan allí el auténtico poder -dijo Conan-. Hace varios siglos los aphakis, un pueblo shemita, avanzaron hasta el desierto del sur y establecieron el reino de Tombalku. Se mezclaron con los negros y el resultado fue una raza morena de cabellos lisos, más blanca que negra, que domina en Tombalku. Pero son minoría, y siempre hay un rey de pura sangre ocupando el trono junto al gobernante aphaki.

»Los aphakis conquistaron a los nómadas del desierto suroeste y a las tribus negras de las estepas que habitan más al sur -prosiguió el bárbaro-. La mayor parte de estos jinetes, por ejemplo, son tibus, gente de sangre mezclada de estigios y negros. Otros son bigharmas, mindangas y bornis.

»Sakumbe, a través de Askia, es el verdadero gobernante de Tombalku -continuó diciendo el cimmerio-. Los aphakis adoran a Jhil, pero los negros veneran a Ajujo el Oscuro. Askia llegó a Tombalku con Sakumbe y reivindicó la adoración de Ajujo, que estaba desapareciendo por culpa de los sacerdotes aphakis. Sakumbe también tiene un culto privado, y adora a quién sabe qué dioses abominables.

Askia se dedicaba a la magia negra y por medio de ellas derrotó a los aphakis. Los negros lo aclamaron como profeta enviado por los dioses

de piel oscura. Sakumbe y Askia están prosperando y ganando la estima de todos, mientras que Zehbeh y Daura pierden poder.

«Como soy amigo de Sakumbe y Askia habló en mi favor, los negros me recibieron con grandes aplausos -agregó-. Sakumbe hizo envenenar a Kordofo, el general de la caballería, y me concedió su puesto, lo que agradó a los negros y exasperó a los aphakis.

»¡Te gustará Tombalku! – concluyó el cimmerio-. Es una ciudad hecha para hombres como tú y yo. Hay una media docena de grupos poderosos que intrigan unos contra otros. Se producen constantes peleas en las tabernas y en las calles, asesinatos secretos, mutilaciones y ejecuciones. Y hay mujeres, oro, vino… ¡y todo cuanto un mercenario puede desear! ¡Además, yo disfruto de favores y de poder! ¡Por Crom, Amalric, no podías haber llegado en mejor momento! Pero, ¡cómo!,

¿qué te pasa? No pareces tan entusiasmado con estas cosas como antes.

–Perdón, Conan -dijo Amalric-. No es que no tenga interés, pero el cansancio y la falta de sueño me vencen.

Sin embargo, no era en el oro, las mujeres y la intriga en lo que estaba pensando el aquilonio, sino en la muchacha que dormitaba sobre sus rodillas. No era nada agradable la idea de meterla en semejante red de intrigas y sangre como la que describía Conan. Amalric había cambiado sutilmente, hasta el punto de que ni él mismo se daba cuenta de ello. Agregó con sumo cuidado:

–Acabas de salvarnos la vida, por lo que te estoy muy agradecido.

Pero no tengo ningún derecho a tu generosidad, puesto que huí a caballo y dejé que te capturaran los aphakis. En realidad, creí que habías muerto y…

Conan echó atrás la cabeza y soltó una sonora carcajada. Luego le dio una palmada en la espalda al joven, con tanta fuerza que casi lo hizo rodar por el suelo.

–¡Olvida eso! Por supuesto que en esos momentos tenía que estar más que muerto, y ten en cuenta que los aphakis te habrían atravesado como una rana si hubieras intentado rescatarme. Ven a Tombalku con nosotros. Allí serás útil. Mandaste una tropa de jinetes zapayos,

¿verdad?

–Sí.

–Bien, yo necesito un ayudante que instruya a mis muchachos.

Luchan como fieras si llega la ocasión, pero lo hacen cada uno por su cuenta. Entre nosotros, Amalric, creo que podremos convertirlos en buenos soldados. ¡Más vino!

Transcurrieron tres días desde que encontraron a Amalric hasta que los jinetes de Tombalku se acercaron a la capital. El joven aquilonio cabalgaba delante de la columna junto a Conan, y Lissa viajaba sobre una yegua, detrás de Amalric. Tras ellos trotaba la compañía formada en doble fila. La mayor parte de los jinetes eran tibus, pero también había contingentes de otras tribus del desierto. Las blancas túnicas de los jinetes flotaban al viento, mientras el sol del atardecer arrojaba destellos rojizos sobre las puntas de sus lanzas.

Todos hablaban, además de sus dialectos locales, el simplificado dialecto shemita que servía de lengua común a los pueblos de piel oscura desde Kush hasta Zimbabwe y desde Estigia hasta el reino casi mítico de los atlaianos, situado bastante más al sur. Muchos siglos antes, los comerciantes shemitas habían unido aquella vasta zona mediante sus rutas comerciales y también habían difundido su lengua y sus productos. Amalric conocía lo suficiente bien el shemita como para poder comunicarse con los fieros guerreros de aquellas tierras.

Cuando el sol se ocultó en el horizonte como una enorme gota de sangre, aparecieron ante los ojos de los jinetes unos puntos luminosos.

El terreno se inclinaba suavemente delante de ellos y luego se volvía a nivelar. Sobre la llanura se alzaba una gran ciudad con casas bajas.

Estaban construidas con ladrillos de color ocre, por lo que la primera impresión que recibió Amalric fue que el enorme conjunto de viviendas era una formación natural de tierra y de rocas…, un conjunto de cañadas y desfiladeros… y no una ciudad.

Al pie de la suave colina se alzaba una gruesa muralla de ladrillo sobre la que asomaban algunas casas. Las luces brillaban en un espacio abierto en el centro de la ciudad, desde la que llegaba un extraño clamor debilitado por la distancia.

–Tombalku -dijo Conan inclinando la cabeza a un lado para escuchar con atención-. ¡Por Crom! Algo ocurre. Será mejor que nos demos prisa.

El cimmerio espoleó a su caballo, La columna emprendió inmediatamente el galope detrás de él.

Tombalku estaba situada sobre un risco en forma de cuña, entre huertos de palmeras y mimosas. El risco daba a la curva de un río de poco caudal, donde se reflejaba el oscuro azul del cielo del atardecer.

Más allá del río, la tierra se extendía como un verde manto de hierba.

–¿Qué río es ése? – preguntó Amalric.

–El Jeluba -repuso Conan-. Desde aquí fluye hacia el este. Algunos dicen que atraviesa Darfar y Keshan para unirse al río Styx, y otros aseguran que gira hacia el sur y desemboca en el Zarkheba. Tal vez algún día siga su curso para saber la verdad.

Las enormes puertas de madera permanecieron abiertas mientras la columna entró en la ciudad. En el interior, algunos hombres vestidos de blanco se movían por las estrechas calles. Detrás de los hombres blancos, los demás jinetes saludaban en voz alta a conocidos y amigos, y se jactaban de sus hazañas.

Conan se volvió sobre" su silla y dio una orden a un guerrero de piel oscura, que inmediatamente condujo la columna hacia sus cuarteles. El cimmerio, seguido de Amalric y de Lissa, se dirigió al trote a la plaza central.

Tombalku despertaba de su siesta. Por todas partes se veían hombres de piel oscura vestidos de blanco, caminando sobre la arena que cubría las calles. Amalric se sorprendió del tamaño de aquella metrópoli del desierto, así como por la incongruente mezcla de civilización y barbarie que se observaba por todas partes. En los espaciosos patios de los templos danzaban y sacudían sus sagrados huesos unos brujos pintados y adornados con plumas, mientras que unos lúgubres sacerdotes entonaban los cantos de su raza, y en otros lugares oscuros filósofos discutían acerca de la naturaleza del hombre y de los dioses.

Al acercarse a la plaza central, los tres jinetes se encontraron con muchas más personas que corrían en la misma dirección. Cuando la calle se llenó de gente, Conan comenzó a bramar órdenes para que cedieran paso a los caballos.

Desmontaron en la plaza, y Conan entregó las riendas de los caballos a un hombre que eligió entre la multitud. Luego el cimmerio se

abrió paso hacia los tronos que se alzaban en el extremo más alejado de la plaza. Lissa cogió a Amalric por el brazo y siguieron a Conan de cerca.

Alrededor de la plaza había regimientos de lanceros negros formando un cuadrado. El fuego iluminaba las esquinas de la plaza, y su dorada luz se reflejaba en los escudos ovalados hechos con piel de elefante, en las hojas de acero de las lanzas y en las plumas de avestruz de sus tocados. Los ojos de los hombres centelleaban y sus blancas dentaduras lanzaban destellos desde sus rostros oscuros.

En el centro del cuadrado formado por las tropas había un hombre atado a un poste. Estaba cubierto tan sólo por un taparrabos. Era corpulento y musculoso, tenía la piel oscura y una cabeza enorme.

Hacía terribles esfuerzos por deshacerse de sus ligaduras, mientras frente a él danzaba un individuo delgado de aspecto fan tástico. Éste era negro, pero la mayor parte de su piel estaba pintada. En su cabeza rapada había un cráneo dibujado. Sus múltiples adornos de plumas y de piel de mono se agitaban mientras el hombre bailaba frenéticamente frente a un pequeño trípode, bajo el que ardía un fuego del que ascendía al cielo una ligera nube en forma de espiral.

Más allá del poste, a un lado del cuadrilátero, se alzaban dos tronos de yeso y ladrillo pintado, adornados con vidrios de colores, cuyos brazos estaban hechos con colmillos de elefante enteros. Los tronos se hallaban encima de una tarima a la que se subía por unos cuantos escalones. En el que estaba a la derecha de Amalric había un enorme individuo negro. El hombre vestía una larga túnica blanca y en su cabeza llevaba un extraño y complicado tocado con varias plumas de avestruz y un cráneo de león.

El trono de al lado estaba vacío, pero el hombre que debía ocuparlo estaba de pie junto al otro. Se trataba de un individuo delgado, con rostro de halcón y piel oscura; también vestía una túnica blanca, pero en su cabeza llevaba un turbante lleno de piedras preciosas. El hombre delgado agitaba un puño ante las narices del gordo, al tiempo que gritaba, mientras que un grupo de guardias reales contemplaba contrariado la discusión de sus dos reyes.

Cuando Amalric, que seguía a Conan, se acercó más, oyó lo que decía el rey más delgado:

–¡Mientes! El mismo Askia envió ese regalo de serpientes, como tú lo llamas, con el fin de darle una excusa para asesinar a Daura. Si no detienes esta bufonada, habrá guerra. ¡Te asesinaremos poco a poco, negro salvaje!

Hubo un breve silencio y el hombre delgado agregó, levantando el tono de su voz:

–¡Haz lo que te digo! Detén a Askia o de lo contrario te juro por Jhill el Cruel…

El hombre se llevó una mano a la cimitarra. Los guardias del trono levantaron sus lanzas. Pero el rey negro se echó a reír ante el encolerizado rostro que se inclinaba sobre él.

Conan, después de haber apartado a los lanceros, subió los escalones de ladrillo de la tarima y se colocó entre los dos monarcas.

–Será mejor que apartes la mano de esa espada, Zehbeh -dijo con un gruñido, al tiempo que se volvía hacia el otro-. ¿Qué sucede, Sakumbe?

El rey negro sonrió irónicamente.

–Daura quiere deshacerse de mí y me envió unas serpientes de regalo. ¡Vaya! Había víboras en mi cama, entre mis ropas, y otras se dejaban caer de las vigas del techo. Tres de mis mujeres murieron a causa de las mordeduras, además de varios esclavos y ayudantes.

Askia se enteró por adivinación de que el culpable era Daura, y mis hombres lo sorprendieron en medio de sus rituales mágicos. Mira hacia allí, general Conan: Askia acaba de sacrificar la cabra. Sus demonios llegarán de un momento a otro.

Amalric siguió la mirada de Conan y volvió sus ojos en dirección a la víctima atada al poste, frente a la cual expiraba la cabra. Askia estaba muy cercano al clímax de su magia. Su voz adquirió un tono agudo cuando comenzó a dar saltos y a hacer sonar sus huesos. El humo del trípode creció y formó una retorcida columna, hasta que de pronto comenzó a brillar con un resplandor propio.

Ya era noche cerrada. Las estrellas que habían comenzado a brillar en el aire puro del desierto se tornaron opacas y rojizas; un velo de color carmesí parecía ocultar la faz de la luna. Los fuegos ardían débilmente. Desde arriba llegaba un rumor de palabras desconocidas para los humanos. Luego se oyó un sonido similar al batir de unas alas.

Askia permaneció rígido e inmóvil, con ambos brazos extendidos y la cabeza emplumada echada hacia atrás, mientras pronunciaba palabras mágicas y extraños nombres. A Amalric se le erizó el cabello, ya que entre aquel chorro de sílabas incoherentes oyó tres veces el nombre de Ollam-onga.

Entonces, Daura gritó con tanta fuerza que silenció las palabras de Askia. Debido a la oscilante luz del fuego, Amalric no podía ver con claridad. Algo parecía estarle sucediendo a Daura, que luchaba y gritaba desesperadamente.

Alrededor de la base del poste al que estaba atado el brujo, se vio de repente un charco de sangre que se agrandaba. En el cuerpo del hombre aparecieron unas tremendas heridas, aunque era imposible advertir qué era lo que las provocaba. Los gritos de Daura se convirtieron en un débil sollozo y por último cesaron del todo, pero el hombre seguía moviéndose en el poste como si alguna presencia invisible tirara de él con fuerza. Luego apareció un débil resplandor blanco en la negra masa que había sido Daura. Luego hubo otro, y otro más. Amalric se dio cuenta con horror de que aquellas pinceladas blancas eran huesos…

La luna recobró su habitual esplendor de plata. Las estrellas brillaron una vez más como piedras preciosas. Los fuegos encendidos en el centro del cuadrado formado por las tropas brillaron más intensamente. La luz iluminó el esqueleto atado al poste, en medio de un charco de sangre. El rey habló en voz alta, con tono armonioso.

–Ese bribón de Daura ya ha pagado. Y en cuanto a Zehbeh… ¡Por las narices de Ajujo! ¿Dónde se ha metido ese villano?

Zehbeh había desaparecido mientras todos contemplaban aquella dramática escena.

–Conan -dijo Sakumbe-, será mejor que llames a los regimientos, pues no creo que mi hermano rey desaproveche la oportunidad esta noche.

Conan empujó a Amalric delante de sí y dijo:

–Rey Sakumbe, éste es Amalric, el aquilonio, que en otra época fue mi compañero de armas. Lo necesito como ayudante. Amalric, será mejor que tú y tu mujer os quedéis con el rey, ya que no conocéis la

ciudad y probablemente os matarían si tratarais de mezclaros en la lucha que va a estallar.

–Me alegra mucho conocer a un amigo del poderoso Amra -dijo Sakumbe-. Que figure en la nómina, Conan, y que entrene a los guerreros… ¡por Derketo, ese bribón no ha perdido el tiempo! ¡Mira!

En ese momento se oyó un clamor en el extremo más alejado de la plaza. Conan saltó al suelo desde la tarima y comenzó a dar órdenes a los jefes de los regimientos negros. A lo lejos se oía el redoble de los tambores. Por una esquina de la plaza apareció un grupo de jinetes vestidos de blanco que atacaron con lanzas y cimitarras a los negros que había delante de ellos. Ante el repentino ataque, las líneas de lanceros rompieron filas y se convirtieron en grupos desorganizados.

Uno tras otro fueron cayendo bajo el acero. La guardia real de Sakumbe rodeó la tarima de los tronos, uno vacío y el otro ocupado por el enorme cuerpo del rey negro.

Lissa, temblando, estrujó el brazo de Amalric.

–¿Quién pelea contra quién? – preguntó atemorizada.

–Ésos son los aphakis de Zehbeh -repuso Amalric-, que tratan de asesinar a este rey negro para que Zehbeh sea el único gobernante.

–¿Podrán llegar hasta el trono? – volvió a preguntar la joven señalando con una mano la masa de figuras negras que luchaban al otro lado de la plaza.

Amalric se encogió de hombros y miró a Sakumbe. El rey negro seguía sentado en su trono, sin preocuparse demasiado por lo que ocurría. Se llevó una copa de oro a los labios y bebió un sorbo de vino.

Luego entregó a Amalric una copa parecida a la suya.

–Debes de tener sed, hombre blanco, después de hacer un viaje tan largo, sin tiempo para lavarte o descansar. ¡Bebe un trago!

Amalric compartió la bebida con Lissa. Desde el lugar más lejano de la plaza llegaba hasta ellos el clamor de la lucha feroz. Levantando la voz para que lo oyeran bien, Amalric dijo:

–Su Majestad debe de ser muy valiente para estar tan poco preocupado, o de lo contrario muy…

Amalric se interrumpió sin poder terminar la frase.

–O muy estúpido, quieres decir, ¿verdad? El rey se echó a reír y agregó:

–No, soy simplemente realista. Estoy demasiado gordo para correr.

Además, si corro, mi gente creerá que todo está perdido y huirá, dejando que me capturen mis perseguidores. Mientras que si me quedo aquí, hay una buena oportunidad de… ¡Ah, ahí llegan!

En ese momento llegaban más guerreros negros, que se incorporaban a la batalla. La fuerza montada aphaki comenzó a ceder.

Los caballos se encabritaban y derribaban a sus jinetes, y éstos eran arrancados de sus sillas por fuertes brazos negros o derribados de sus caballos por el certero impacto de las jabalinas. De repente sonó una trompeta. Los restantes aphakis hicieron dar vuelta a sus caballos y salieron de la plaza a todo galope. La lucha fue calmándose.

Entonces reinó el silencio, sólo alterado por los lamentos de los heridos, cuyos cuerpos cubrían casi todo el suelo de la plaza. Muchas mujeres negras comenzaron a salir de las calles laterales para buscar a sus hombres entre los caídos, atenderlos si aún vivían, y llorar por ellos si habían muerto.

Sakumbe siguió sentado plácidamente en su trono, bebiendo, hasta que Conan, con la espada ensangrentada en la mano y seguido por un grupo de oficiales negros, cruzó la plaza.

–Zehbeh y la mayor parte de sus aphakis han huido -dijo-. Tuve que matar a algunos de tus muchachos para evitar que asesinaran a niños y mujeres aphakis. Los podremos necesitar como rehenes.

–Está bien -musitó Sakumbe-. Bebe un trago.

–Buena idea -repuso Conan respirando hondo. Luego miró hacia el trono vacío. El rey negro siguió su mirada y sonrió.

–Bien -dijo Conan-. ¿Qué te parece? ¿Lo ocupo? Sakumbe rió entre dientes y contestó:

–Siempre lo mismo, Conan. ¡Golpeas mientras el hierro está caliente! No has cambiado nada.

Entonces el rey habló en una lengua que Amalric no entendió.

Conan gruñó una respuesta y luego hubo un intercambio de palabras.

Askia subió los escalones que conducían a la tarima e intervino en la conversación. Hablaba con vehemencia, dirigiendo miradas de desconfianza a Conan y a Amalric.

Por último Sakumbe silenció al brujo con una palabra y se puso en pie con gran esfuerzo.

–¡Pueblo de Tombalku! – gritó.

Todos los que se encontraban en la plaza volvieron sus ojos hacia la tarima real. Sakumbe continuó:

–Puesto que el falso traidor de Zehbeh huyó de la ciudad, uno de los dos tronos de Tombalku está vacante. Habéis podido comprobar que Conan es un poderoso guerrero. ¿Lo aceptáis como rey?

Tras un momento de silencio, se oyeron unos cuantos gritos de aprobación. Amalric notó que los hombres que gritaban parecían ser los jinetes tibus a los cuales había conducido Conan personalmente.

Luego los gritos se convirtieron en un clamor general de aprobación.

Sakumbe empujó a Conan hacia el trono vacío. Un fuerte alarido de alegría resonó en todo el lugar. En la plaza, que estaba siendo desalojada de cadáveres y heridos, se encendieron nuevamente las hogueras. Se volvió a oír el redoble de los tambores, pero ya no en son de guerra, sino para celebrar la coronación del nuevo rey durante toda la noche.

Horas más tarde, aturdido por la bebida y el cansancio, Amalric caminaba junto a Lissa por las calles de Tombalku. Conan los guiaba hacia la modesta casa que les habían destinado. Antes de separarse, Amalric le preguntó a Conan:

–¿Qué dijo Sakumbe, en esa lengua desconocida, antes de entregarte el trono?

Conan rió de buena gana y respondió:

–Hablamos en un dialecto de la costa que estas gentes no entienden.

Sakumbe me estaba diciendo que todo irá bien siempre y cuando yo no olvide el color de mi piel.

–¿Qué quiso decir con eso?

–Que no sería nada beneficioso para mí intentar arrebatarle el poder porque aquí la mayoría está compuesta de negros y jamás obedecerían a un rey blanco.

–¿Por qué no?

–Porque han sido asesinados y perseguidos por los hombres blancos de Estigia y de Shem demasiadas veces.

–¿Y el brujo Askia? ¿Qué le decía a Sakumbe?

–Le advertía que tuviera cuidado con nosotros. Aseguraba que sus dioses particulares le habían dicho que nosotros seremos la causa del

infortunio y de la destrucción de esta ciudad. Pero Sakumbe lo hizo callar diciéndole que me conocía mucho mejor que él y que confiaba más en mí que en cualquier hechicero.

Conan bostezó como un león somnoliento.

–Llévate a tu pequeña a la cama antes que caiga dormida a tus pies.

–¿Y tú?

–¿Yo? Regreso a mi puesto. ¡Apenas han comenzado las fiestas!

Un mes más tarde, Amalric, cubierto de sudor y de polvo, contemplaba atentamente desde la silla de su caballo cómo sus escuadrones pasaban delante de él a todo galope, desplegados para un gran ataque. Todos los días, por la mañana, instruía a los jinetes en las tácticas empleadas por la caballería civilizada: «¡Al paso! ¡Al trote!»

«¡Alto!» «¡A la carga!» «¡Retirada!», y así sucesivamente.

Aunque todavía eran algo inexpertos, los oscuros halcones del desierto comenzaban a hacer progresos. Al principio habían protestado y dirigían miradas de odio hacia aquel extranjero que pretendía enseñarles a luchar. Pero Amalric, apoyado por Conan, había doblegado su resistencia mediante una combinación de absoluta justicia y dura disciplina. El joven aquilonio estaba logrando formar una extraordinaria fuerza de combate.

–Toca formación en columna de a cuatro -ordenó al trompeta que se hallaba a su lado.

Cuando sonó el instrumento, los jinetes se detuvieron y formaron correctamente en columna, entre maldiciones y juramentos. Trotaron hacia las murallas de Tombalku, pasando junto a los campos donde las negras campesinas desnudas interrumpían su labor para contemplar a los guerreros.

De regreso en Tombalku, Amalric llevó su caballo a los establos y se dirigió a su casa. Al acercarse a ella se sorprendió de ver a Askia, el brujo, de pie frente a la casa y hablando con Lissa. La sirvienta de ésta, una mujer suba, estaba en la puerta, escuchando.

–¿Qué ocurre, Askia? – preguntó Amalric acercándose, con tono poco amistoso-. ¿Qué haces aquí?

–Me preocupo por el bienestar de Tombalku. Y para lograrlo, tengo que hacer preguntas.

–No me gusta que hombres extraños interroguen a mi esposa en mi ausencia.

Askia sonrió con una mueca siniestra.

–El destino de la ciudad es mucho más importante que lo que pueda agradarte a ti o no, hombre blanco. ¡Hasta la vista!

El brujo se alejó y Amalric, frunciendo el ceño, entró con Lissa en la casa.

–¿Qué te estaba preguntando?

–¡Oh!, acerca de mi vida en Gazal y cómo te había conocido.

–¿Qué le dijiste?

–Le dije que eras un héroe y le conté cómo habías matado al dios de la Torre Roja.

Amalric reflexionó durante un momento.

–Hubiera preferido que no le revelaras eso. No sé por qué, pero estoy seguro de que trata de hacernos daño de alguna manera. Debo ir a ver a Conan ahora mismo… ¡Lissa, estás llorando!

–¡Yo… soy tan feliz!

–Bueno, pero ¿a qué se debe esto?

–¡Me has reconocido como tu esposa!

Al pronunciar estas últimas palabras, la joven rodeó el cuello de Amalric con sus brazos y luego susurró a su oído palabras cariñosas.

–Bueno, está bien -dijo el aquilonio-, tenía que haber pensado antes en ese detalle.

–¡Esta noche tenemos que celebrar una fiesta de bodas!

–¡Desde luego! Pero ahora tengo que ir a ver a Conan…

–¡Oh, eso puede esperar! Además, estás sucio y cansado. Come, bebe y descansa antes de enfrentarte con esos hombres terribles.

El buen criterio de Amalric le aconsejaba ir a ver a Conan de inmediato. Pero sentía cierto rechazo ante aquella reunión. Aun cuando estaba seguro de que Askia planeaba algo sucio, en realidad no tenía un motivo justificado para acusarlo. Finalmente se dejó convencer por Lissa. Comieron, bebieron, hicieron el amor y luego descansaron. El sol ya estaba muy bajo cuando Amalric partió en dirección al palacio.

El palacio del rey Sakumbe era un gran complejo construido con ladrillos de color ocre, al igual que toda la ciudad de Tombalku, y estaba ubicado cerca de la plaza central. Los guardias reales, que

conocían a Amalric, lo dejaron entrar. En el interior había finas láminas de oro que cubrían las paredes y reflejaban la rojiza luz del sol poniente. Amalric cruzó un amplio patio abarrotado de gente en el que se encontraban las esposas del rey y sus numerosos hijos, y después entró en las habitaciones privadas del soberano.

Encontró a los dos reyes de Tombalku, el blanco y el negro, tendidos sobre montañas de cojines dispuestos encima de una gran alfombra bakhariota que cubría un suelo de mosaicos. Frente a cada uno de los reyes había una gran pila de monedas de oro de diferentes países y a su lado una gran copa de vino. Un esclavo se encargaba de llenar las copas cada vez que éstas se vaciaban.

Los dos hombres tenían los ojos inyectados en sangre a causa del alcohol. Era evidente que llevaban muchas horas bebiendo. Sobre la alfombra, entre ambos, había un par de dados.

Amalric se inclinó solemnemente.

–Señores…

Conan lo miró, aturdido por el alcohol. Llevaba un turbante cubierto de piedras preciosas, que había pertenecido a Zehbeh.

–¡Amalric! Recuéstate sobre estos cojines y juega con nosotros. Tu suerte no podrá ser peor que la mía esta noche.

–Señor, realmente no puedo permitirme…

–¡Oh, al diablo con esos modales! Te hago una apuesta.

Conan tomó un puñado de monedas de su pila y las depositó sobre la alfombra. Mientras Amalric se inclinaba para tomar asiento, Conan, como si acabara de ocurrírsele repentinamente una idea, miró fijamente a Sakumbe.

–Te diré una cosa, hermano rey. Tiraremos los dados una vez cada uno. Si gano, ordenarás que el ejército marche contra el rey de Kush.

–¿Y si gano yo? – preguntó Sakumbe.

–Entonces se hará lo que tú quieras.

Sakumbe movió la cabeza negativamente, al tiempo que reía socarronamente.

–No, hermano rey, a mí no se me pilla con tanta facilidad.

Partiremos sólo cuando estemos preparados, no antes. Conan golpeó sobre la alfombra con un puño.

–¿Qué diablos te pasa, Sakumbe? Ya no eres el hombre de otros tiempos. Antes estabas siempre dispuesto a cualquier aventura. Ahora lo único que te importa es la comida, el vino y las mujeres. ¿Qué es lo que te ha cambiado?

Sakumbe hipó y dijo:

–En aquellos tiempos, hermano, yo quería ser rey, con muchos hombres a mis órdenes, abundante vino, mujeres y comida. Ahora tengo todas esas cosas. ¿Por qué he de arriesgarlas en aventuras innecesarias?

–Debemos extender nuestras fronteras hacia el océano occidental para dominar las rutas comerciales que parten de la costa. Sabes tan bien como yo que la riqueza de Tombalku depende de eso.

–Y cuando hayamos conquistado el reino de Kush y llegado hasta el mar, ¿qué haremos?

–Entonces avanzaremos con nuestros ejércitos hacia el este para conquistar a todas las tribus ghanatas e impedir sus incursiones.

–Y después, sin duda, querrás atacar por el norte o por el sur y así constantemente. Dime, amigo, supongamos que hemos conquistado todas las naciones que se encuentran dentro de un radio de mil leguas de Tombalku y que poseemos riquezas mucho más grandes que las de los reyes de Estigia, ¿qué haríamos entonces?

Conan bostezó y se estiró perezosamente. Luego dijo:

–Pues gozar de la vida, supongo. Gozar de nuestro oro, cazar todos los días, beber y hacer el amor durante toda la noche. Y de vez en cuando nos podemos contar mutuamente mentiras sobre nuestras aventuras.

Sakumbe volvió a reír.

–Si eso es todo lo que deseas, estamos disfrutando de ello ahora mismo. Si quieres más oro o comida, vino o mujeres, pídemelo y lo tendrás al instante.

Conan sacudió la cabeza, gruñó algo inaudible y frunció el entrecejo, desorientado. Sakumbe se volvió hacia Amalric y agregó:

–Y tú, mi joven amigo, ¿has venido a decirnos algo?

–Señor, vine para rogar a Conan que visite mi casa y confirme mi matrimonio con mi esposa. Después me gustaría que me hiciera el honor de quedarse allí a comer algo con nosotros.

–¿Comer algo? – preguntó Sakumbe-. ¡Nada de eso, por las narices de Ajujo! Celebraremos una gran fiesta. Habrá bueyes asados enteros, ríos de vino, tambores y bailarinas. ¿Qué dices a eso, hermano rey?

Conan eructó y sonrió.

–Estoy de acuerdo contigo, hermano rey. Celebraremos tal fiesta de bodas en honor de Amalric que no podrá levantarse en tres días.

–Había otro asunto -dijo Amalric un poco atemorizado ante la perspectiva de otro festejo como los que solían hacer aquellos reyes bárbaros, pero sin saber cómo negarse. Acto seguido relató como Askia había interrogado a Lissa.

Cuando terminó, los dos reyes fruncieron el ceño y Sakumbe dijo:

–No temas a Askia, Amalric. Todos los brujos necesitan ser vigilados, pero éste es un valioso sirviente. Y en cuanto se refiere a su magia…

Sakumbe miró hacia la puerta y bajó el tono de voz:

–¿Qué pensáis?

Un guerrero que estaba de centinela en la puerta dijo:

–¡Oh, reyes! Un explorador de los jinetes tibus quiere hablar con vosotros.

–Que pase -dijo Conan.

Un negro enjuto vestido con una blanca túnica desgarrada entró en la habitación y se prosternó. Al tenderse en el suelo sobre su vientre, se levantó una nube de polvo de sus ropas.

–¡Mis señores! – exclamó jadeando-. ¡Zehbeh y los aphakis avanzan hacia aquí! Los vi ayer en el oasis de Kidessa y he cabalgado toda la noche para traeros la noticia.

Tanto Conan como Sakumbe, súbitamente sobrios, se pusieron en pie. Conan dijo:

–Hermano rey, esto significa que Zehbeh podría estar aquí mañana.

Ordena que los tambores toquen sones de guerra.

Mientras Sakumbe llamaba a un oficial y le daba órdenes, Conan se volvió hacia Amalric.

–¿Crees que podrías sorprender a los aphakis en su camino hacia aquí y aplastarlos con tus jinetes?

–Tal vez lo consiga -repuso Amalric con cautela-. Serán más numerosos que nosotros, pero en el norte hay algunas cañadas

profundas, excelentes para tender una emboscada…

Una hora más tarde, cuando el sol se ponía tras las murallas de Tombalku, Conan y Sakumbe subieron a los tronos que había en la tarima de la plaza. Cuando sonaron los tambores en son de guerra, todos los negros en edad militar acudieron a la plaza. Se encendieron hogueras. Oficiales emplumados dieron órdenes para que los guerreros formaran en línea, y pasaron revista a las puntas de sus lanzas para asegurarse de que todas estaban bien afiladas.

Amalric cruzó la plaza para informar a los reyes de que sus jinetes estarían preparados para salir a medianoche. Su mente hervía pensando en planes tácticos y estratagemas. En caso de que los aphakis resistieran el primer ataque, él suspendería el asalto y se retiraría, para volver a atacar cuando los aphakis se hubieran dispersado y desmontado de sus caballos a fin de atacar las murallas de Tombalku…

Subió los escalones y llegó hasta donde se encontraban los reyes, rodeados de oficiales negros, a quienes impartían órdenes.

–Señores… -comenzó a decir.

Una exclamación lo interrumpió. Askia apareció junto al trono señalado a Amalric y gritando a los reyes.

–¡Ahí está! – gritó-. ¡El hombre que mató a un dios! ¡El hombre que mató a uno de mis dioses!

Los negros que rodeaban los tronos volvieron sus rostros sorprendidos en dirección a Amalric. En sus caras se reflejaba el temor y el asombro. Evidentemente, les resultaba inconcebible que un hombre pudiera matar a un dios. El que lo hiciera debía de ser, por lo tanto, otro dios.

–¿Qué castigo sería suficiente para tal blasfemia? – siguió diciendo Asida-. ¡Exijo que el asesino de Ollamonga y su mujer me sean entregados para torturarlos! ¡Dioses, van a recibir el castigo más grande que haya sufrido jamás un ser humano…!

–¡Cállate! – bramó Conan-. Si Amalric mató al bribón de Gazal, el mundo ha ganado algo. Ahora vete de aquí y deja de molestarnos.

Estamos muy ocupados.

–Pero Conan… -murmuró Sakumbe.

–Estos diablos de piel blanca siempre se ayudan unos a otros -

agregó Askia-. ¿Acaso no sigues siendo el rey, Sakumbe? ¡Si aún lo

eres, ordena que los detengan y los aten! Si no sabes qué hacer con ellos…

–Bueno -dijo Sakumbe.

–¡Escucha! – exclamó Conan-. Si Gazal ya no está acosada por ese llamado dios, podremos conquistar la ciudad, poner a trabajar a sus habitantes y conseguir que nos enseñen su ciencia. Pero primero ordena a este brujo que se largue de aquí antes que pruebe el filo de mi espada en él.

–¡Pido…! – gritó Askia.

–¡Ordénale que se vaya! – bramó el cimmerio apoyando una mano en la empuñadura de su espada-. ¡Por Crom! ¿Crees que yo abandonaría a un viejo amigo como Amalric en manos de un hechicero adorador del diablo?

Finalmente Sakumbe se puso en pie y ordenó:

–¡Vete, Askia! Amalric es un buen guerrero y no le harás daño.

Debes emplear tu magia para derrotar a Zehbeh.

–Pero yo…

–¡Vete! – repitió Sakumbe.

Askia, furioso, murmuró entre dientes algo ininteligible y luego dijo:

–Muy bien, me voy, ¡pero vosotros dos tendréis pronto noticias mías!

Después de pronunciar su última amenaza, el hechicero se retiró apresuradamente.

Amalric presentó su informe sobre los jinetes tibus. Entre el constante ir y venir de mensajeros y de oficiales que informaban sobre las fuerzas a su mando, pasó algún tiempo antes de que Amalric pudiera explicar su plan al rey. Conan hizo unas cuantas sugerencias y a continuación dijo:

–A mí me parece bien; ¿tú que piensas, Sakumbe?

–Si a ti te gusta, hermano rey, debe de ser bueno. Vete, Amalric, y reúne a los jinetes… ¡Ohhhh!

Un grito terrible surgió de los labios de Sakumbe, cuyos ojos parecían saltársele de las órbitas. Se puso en pie y se tambaleó, aferrándose la garganta.

–¡Estoy ardiendo! ¡Estoy ardiendo! ¡Salvadme!

En el cuerpo de Sakumbe se estaba produciendo un terrible fenómeno. Aunque no se veía fuego por ningún lado, ni emanaba calor de él, era evidente que el hombre ardía como si lo hubieran atado a una pira encendida. Su piel se cuarteó, se abrió y luego se chamuscó, llenando el aire de olor a carne quemada.

–¡ Verted agua sobre él -gritó Amalric-. ¡O vino! ¡Lo que tengáis más a mano!

El rey negro gritaba desesperadamente. Alguien vertió sobre él un cubo lleno de líquido. Hubo un siseo y una nube de vapor, pero los gritos de dolor continuaron.

–¡Por Crom e Ishtar! – exclamó Conan, mirando con furia a su alrededor-. Debí haber matado a ese brujo cuando lo tuve a mi alcance.

Los gritos cesaron poco a poco. Los restos del rey…, una cosa negruzca, informe, sin ningún parecido con lo que había sido Sakumbe… yacían sobre la superficie de la tarima en medio de un oscuro charco de grasa humana. Algunos oficiales emplumados salieron corriendo presa del pánico; otros se prosternaron y tocaron el suelo con sus frentes, invocando a sus dioses.

Conan tomó a Amalric por una muñeca y le dijo en voz baja y con tono tenso:

–Tenemos que salir de aquí inmediatamente. ¡Vamos!

Amalric sabía que el cimmerio era consciente de los peligros que debían enfrentar. Siguió a Conan y bajó los escalones de la tarima. En la plaza todo era confusión. Los emplumados guerreros iban de un lado a otro gritando y gesticulando. Entre ellos acababan de estallar algunas peleas.

–¡Muere, asesino de Kordofo! – gritó una voz desde la tarima.

Justo enfrente de Conan, a muy poca distancia, un hombre alto levantó el brazo para arrojar una jabalina. Sólo su instinto salvaje pudo salvar al cimmerio. El bárbaro se dio media vuelta y se agachó.

La larga jabalina pasó a dos centímetros de la cabeza de Amalric y se hundió en el pecho de otro guerrero.

El agresor movió el brazo para lanzar otra jabalina, pero antes que pudiera arrojarla, Conan desenvainó su espada. Ésta reflejó un destello de color escarlata a la luz del fuego y dio en el blanco.

El hombre de Tombalku cayó al suelo con el sable clavado en el pecho.

–¡Corre! – gritó Conan.

Amalric obedeció, abriéndose paso entre la multitud que llenaba la plaza. Los hombres gritaron y lo señalaron. Algunos corrieron tras él.

Amalric corrió, haciendo un tremendo esfuerzo con las piernas y los pulmones, y entró por una callejuela detrás de Conan. A sus espaldas gritaban sus perseguidores. La calle se estrechaba y trazaba una curva.

Conan desapareció delante de Amalric.

–¡Aquí, rápido! – exclamó el cimmerio, que se había ocultado en el espacio estrecho que quedaba entre dos casas de adobe.

Amalric se introdujo en ese sitio que apenas mediría un metro y se quedó en silencio, tratando de respirar más cómodamente, mientras que los hombres que los perseguían pasaban de largo.

–Quizá sean parientes de Kordofo -dijo Conan en voz baja-. Han estado afilando sus cuchillos para matarme desde que Sakumbe se deshizo de Kordofo.

–¿Qué haremos ahora? – preguntó el aquilonio. Conan volvió la cabeza hacia la estrecha franja de cielo estrellado que se recortaba encima de ellos y respondió:

–Creo que podré trepar a esos tejados.

–¿Cómo?

–De la misma manera que solía ascender por una grieta en las rocas cuando era más joven, allá en Cimmeria. Verás. Quédate un momento con esto.

Conan le dio a Amalric una jabalina, y éste se dio cuenta de que pertenecía al hombre que había matado el cimmerio. El arma tenía una cabeza afilada de hierro que medía un metro de largo, con forma de sierra. Un poco más abajo del asa, un peso de hierro equilibraba el de la cabeza.

Conan soltó un gruñido, apoyó la espalda contra un muro y los pies contra el otro, y comenzó a subir en esa extraña posición. En seguida se convirtió en una negra silueta que se recortaba contra las estrellas, y luego desapareció. Al cabo de unos segundos dijo desde arriba:

–Alcánzame esa jabalina y sube.

Amalric le dio el arma y luego subió de la misma forma que Conan.

Los tejados estaban hechos con una espesa capa de hojas de palmera, y sobre ellas otra de dura arcilla. Algunas veces, la arcilla cedía bajo sus pies y oían el crujido de las hojas secas que había debajo.

Amalric siguió a Conan y cruzó varios tejados, saltando los espacios que había entre ellos. Por último llegaron a un edificio bastante grande situado casi en el mismo borde de la plaza.

–Tengo que sacar a Lissa de aquí -dijo Amalric con ansiedad.

–Cada cosa a su tiempo -repuso Conan-. Antes tenemos que saber lo que está ocurriendo.

La confusión en la plaza había disminuido. Los oficiales hacían formar filas a sus hombres. Sobre la tarima de los tronos, al otro lado del cuadrado, se hallaba Askia en pie con sus adornos de hechicero, hablando y gesticulando. Aunque Amalric no podía oír lo que decía, era evidente que el brujo trataba de convencer a los hombres de Tombalku de sus cualidades de sabio gobernante.

Un ruido a la izquierda del lugar en el que se encontraban llamó su atención. Al principio fue un murmullo parecido al sonido de la multitud, pero luego se convirtió en clamor. Un hombre llegó corriendo a la plaza y le dijo a Askia:

–¡Los aphakis atacan la muralla este!

Entonces estalló el caos. Sonaron los tambores de guerra. Askia dio órdenes a derecha e izquierda. Un regimiento de lanceros negros comenzó a desfilar en dirección al lugar de la batalla. Entonces Conan dijo:

–Será mejor que nos vayamos de Tombalku. Sea cual sea el bando que gane, querrán nuestro pellejo. Sakumbe tenía razón: estas gentes jamás obedecerán a un hombre blanco. Vete a tu casa y saca de allí a la muchacha. Procurad ensuciaros la cara y las manos con el hollín de la chimenea, y así pasaréis desapercibidos por las calles. Procura coger todo el dinero que puedas. Yo te esperaré allí con los caballos. Si nos damos prisa, podremos salir por la puerta oeste antes que la cierren o ataque Zéhbeh. Aunque antes de irme tengo algo que hacer.

Conan observó a Askia, que se hallaba más allá de las filas de guerreros negros. El brujo gritaba sus oraciones sobre la tarima.

Conan levantó la jabalina.

–Hay mucha distancia, pero creo que podré lograrlo -musitó.

El cimmerio retrocedió hasta el extremo opuesto del tejado y luego corrió hacia adelante, en dirección a la plaza. Poco antes de llegar al borde del tejado, alzó el arma con un fuerte impulso del brazo y de su enorme torso. Amalric perdió de vista la jabalina debido a la oscuridad que los rodeaba. Durante unos segundos se preguntó adonde habría ido a parar.

Súbitamente Askia gritó y se tambaleó, al tiempo que la jabalina, que sobresalía por su espalda, vibraba con fuerza. El brujo se agitó en violentas convulsiones y luego cayó sobre la tarima. Entonces, Conan gruñó:

–¡Vámonos!

Amalric saltó velozmente de tejado en tejado. Hacia el este aumentaba el ruido de la batalla, en el que se confundían gritos de guerra, el redoble de los tambores, llamadas de trompeta, alaridos y el inconfundible sonido metálico de las armas.

Aún no era medianoche cuando Amalric, Lissa y Conan frenaron sus caballos en una loma arenosa situada a una legua de distancia de Tombalku. Miraron hacia atrás y vieron a lo lejos el fragor de la batalla. Cuando los aphakis atacaron la muralla oriental y se enfrentaron con los lanceros negros en plena calle, estallaron incendios por todas partes. Aunque los negros eran más numerosos, la falta de jefes suponía una desventaja que su valor bárbaro no podía compensar.

Los aphakis fueron penetrando más y más en la ciudad, mientras los incendios parecían convertir la metrópoli del desierto en un auténtico holocausto.

El clamor de la batalla llegaba hasta los tres fugitivos como un murmullo. Entonces Conan dijo:

–¡Al diablo con Tombalku! Gane quien gane, tendremos que buscarnos la vida en otro lugar. Yo me iré a la costa de Kush, donde tengo amigos, y también enemigos, y donde puedo tomar un barco para Argos. Y vosotros, ¿qué haréis?

–Aún no lo he pensado -dijo Amalric.

–Tienes contigo a una hermosa potranca -exclamó Conan sonriendo.

Hubo un prolongado silencio y el cimmerio agregó:

–No puedes arrastrarla detrás de ti a través del mundo.

Amalric se sobresaltó por el tono de las palabras de Conan. Se acercó más a Lissa y pasó un brazo por su cintura, con gesto protector, al tiempo que apoyaba su mano libre en la empuñadura de la espada.

Conan sonrió.

–No temas -dijo-. Jamás me han gustado las mujeres de mis amigos.

Si venís conmigo, podréis regresar a Aquilonia.

–No puedo volver a Aquilonia -repuso Amalric.

–¿Por qué?

–Mi padre fue asesinado durante una disputa con el conde Terentius, favorito del rey Vilerus. Por esta razón, toda mi familia tuvo que huir de allí. De lo contrario, los agentes de Terentius nos hubieran matado.

–¿Pero no lo sabías? – preguntó Conan-. Vilerus murió hace seis meses. El actual rey es un sobrino. Dicen que todos los parásitos que rodeaban al viejo rey han sido destituidos, y que todos los exiliados han vuelto. Supe todo esto por un comerciante shemita. Yo, en tu lugar, me iría corriendo a casa. El nuevo rey encontrara un buen puesto para ti.

Llévate a tu pequeña Lissa y conviértela en condesa o algo por el estilo.

En cuanto a mí, ya lo sabes, me largo a Kush y al mar azul.

Amalric miró nuevamente en dirección al resplandor rojo que procedía de Tombalku.

–Conan -dijo-, ¿por qué Askia mató a Sakumbe si en realidad tenía más motivos para acabar con nosotros? Conan se encogió de hombros.

–Quizá tenía problemas más graves con Sakumbe y por ello empleó la magia contra él. Nunca he entendido la mentalidad de los brujos.

–¿Y por qué te molestaste en matar a Askia? Conan lo miró fijamente antes de responder:

–¿Es que quieres mofarte de mí, Amalric? ¿Yo, dejar sin vengar a un amigo? Sakumbe, ¡maldito sea su negro pellejo!, era amigo mío.

Aun cuando en estos últimos años engordó y se volvió perezoso, era mucho mejor que la mayoría de los hombres blancos que he conocido.

El cimmerio suspiró hondo y movió la cabeza como un león agitando la melena. Luego agregó:

–Bueno, él ha muerto y nosotros estamos vivos. Pero si queremos seguir viviendo, será mejor que nos larguemos de aquí antes que

Zehbeh envíe una patrulla en busca de nosotros. ¡Vámonos!

Los tres jinetes avanzaron por la ladera occidental de la loma arenosa y a continuación cabalgaron al trote hacia el oeste.

El estanque del negro

Conan atraviesa las praderas del sur de los reinos negros. Allí lo

conocen desde hace mucho tiempo, y por eso Amra el León no encuentra

dificultades para dirigirse a la costa que asoló junto con Belit en el

pasado. Pero ahora Belit es sólo un recuerdo en la Costa Negra. El barco

que se aleja de tierra, en el que viaja Conan afilando su espada, está

tripulado por piratas de las islas Barachas, que se encuentran cerca de la

costa de Zingara. Ellos también han oído hablar de Conan y le dan la

bienvenida porque aprecian su experiencia y su destreza con la espada. El

cimmerio tiene unos treinta y cinco años de edad cuando se une a los

piratas barachanos, a quienes acompaña durante bastante tiempo. Sin

embargo, a Conan, acostumbrado a los ejércitos perfectamente ordenados

de los reyes hiborios, la organización de los grupos barachanos le resulta

tan endeble que ve muy pocas posibilidades de alcanzar la jefatura y sus

beneficios. En Tortage logra escapar de una situación realmente difícil,

consecuencia de una contienda entre piratas, y entiende que para salvar

el pellejo lo mejor es cruzar a nado el Océano Occidental, lo que lleva a

cabo con absoluta confianza y perfecto aplomo.

Desde la creación del mundo

los barcos navegaron hacia el occidente

desconocido para el hombre.

Leed, si os atrevéis, lo que escribió Skelos

tocando su levita de seda con manos inertes,

y seguid a los barcos a través de la tormenta…

Seguid a los barcos que no regresarán jamás.

OceanofPDF.com