Conan el Aventurero
Introducción
Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.
–¿Qué estás cazando por la noche en el Zhaibar, Yar Afzal? –
preguntó Conan al corpulento jefe, que sonrió como un vampiro.
–¿Quién sabe lo que puede ocurrir en el desfiladero después del anochecer? Los wazulis somos halcones nocturnos. Pero ¿qué haces tú aquí, Conan?
–Tengo una prisionera -repuso el cimmerio.
Se apartó a un lado y dejó a la joven al descubierto. Luego extendió una mano y la empujó hacia adelante. La muchacha temblaba de pies a cabeza.
El imperioso porte de Yasmina había desaparecido. Miró tímidamente el círculo de rostros barbudos y sintió un profundo agradecimiento hacia el brazo que la sostenía posesivamente. La antorcha se acercó más a ella y surgió una exclamación de admiración de los labios de todos los hombres allí presentes.
–Es mi prisionera -advirtió Conan mirando significativamente al hombre que acababa de matar y cuyo cadáver era iluminado por la luz de la antorcha-. Me la llevaba a Afghulistán, pero ahora habéis matado a mi caballo, y los kshatriyas me están pisando los talones.
–Ven con nosotros a nuestra aldea -sugirió Yar Afzal-. Tenemos caballos escondidos en la garganta de la montaña. No podrán seguirnos en la oscuridad. ¿Dices que te siguen de cerca?
–Tanto que ya oigo el ruido de los cascos de sus caballos -repuso Conan con gesto lúgubre.
De inmediato, los hombres se pusieron en movimiento. Se apagó la antorcha y las andrajosas figuras se fundieron como fantasmas en la oscuridad. Conan tomó a la Devi en brazos. La joven no se resistió. El terreno rocoso le hacía daño en los pies, que iban calzados con finas zapatillas de seda. Se sentía pequeña y desamparada en aquella terrible oscuridad.
Al notar que la joven temblaba a causa del viento helado que soplaba en los desfiladeros, Conan arrancó la capa de un guerrero y cubrió a Yasmina con ella. También le ordenó en voz baja que no hiciera el menor ruido. Yasmina no oía el distante sonido de cascos que alertaba a los hombres de las montañas, pero se sentía demasiado atemorizada como para desobedecer.
No veía nada en absoluto, con excepción del pálido fulgor de las estrellas, pero se dio cuenta de que acababan de entrar en la profunda garganta montañosa cuando aumentó la oscuridad. Al cabo de un rato se oyó el inquieto movimiento de unos caballos. Murmuraron unas palabras y Conan montó en el corcel del hombre al que había matado.
Colocó a la joven sobre la silla de montar, delante de él. El grupo subió silenciosamente por la sombría garganta. Sólo se oía el ruido de cascos de caballos. Dejaron al animal y al hombre muertos en medio del camino, que media hora después fueron hallados por los jinetes de la fortaleza. Reconocieron que se trataba de un wazuli y llegaron a sus propias conclusiones.
Yasmina, acurrucada en brazos de su raptor, se estaba durmiendo a pesar suyo. El movimiento del caballo, aunque era irregular, tenía un cierto ritmo que, combinado con la lasitud y el agotamiento emocional, la impulsaron al sueño. Había perdido todo sentido del tiempo y de la orientación.
Percibió vagamente que habían cesado todos los ruidos y que luego la levantaron y se la llevaron. Después sintió que su cuerpo descansaba sobre unas suaves hojas susurrantes. Colocaron una prenda doblada bajo su cabeza, tal vez una túnica, y tendieron la capa que la había envuelto durante el viaje sobre su cuerpo. Luego oyó reír a Yar Afzal.
–Magnífico premio, Conan. Digno de un jefe de los afghulis
–No es para mí -musitó Conan-. Con esta mujer compraremos la vida de mis siete hombres, ¡maldita sea su alma!
Fueron las últimas palabras que oyó la joven antes de sumirse en un profundo sueño.
Mientras Yasmina dormía, hombres armados cabalgaban por las oscuras montañas y se decidía el destino de los reinos. Las estrellas lanzaban destellos sobre sus cascos y espadas.
Una de estas bandas se hallaba en la negra boca de un desfiladero cuando los veloces cascos se perdieron a lo lejos. Su jefe, un hombre corpulento que llevaba un casco sobre la cabeza y una capa bordada en oro sobre los hombros, levantó una mano y permaneció así hasta que los jinetes desaparecieron. Luego se echó a reír suavemente.
–¡Han debido perderse! O de lo contrario se han dado cuenta de que Conan llegó a las aldeas de los afghulis. Serán necesarios muchos
jinetes para desalojar esa colmena. Al amanecer habrá escuadrones enteros cabalgando por el Zhaibar.
–Si hay lucha en las montañas, seguramente habrá botín -susurró una voz detrás de él en el dialecto de los irakzai.
–Habrá botín -repuso el hombre del casco-. Pero antes tendremos que alcanzar el valle de Gurashah y esperar a los jinetes que galoparán hacia el sur, desde Secunderam, antes del amanecer.
El individuo tomó las riendas de su caballo y salió del desfiladero.
Sus hombres lo siguieron de cerca. Eran treinta fantasmas harapientos bajo la luz de las estrellas.
5. El caballo negro
El sol estaba ya muy alto cuando Yasmina se despertó. No se sobresaltó; ni siquiera preguntó dónde estaba. Se despertó con pleno conocimiento de todo lo que había ocurrido. Sus esbeltos brazos y piernas estaban entumecidos por el largo viaje, y su firme carne todavía parecía sentir el contacto del musculoso brazo que la había llevado tan lejos.
Estaba tendida sobre una piel de cabra que había encima de un jergón de hojas secas en el suelo de tierra apisonada. Una chaqueta de piel de cordero le servía de almohada y una andrajosa capa hacía las veces de manta. La habitación era grande. Tenía una enorme puerta de bronce, que seguramente había sido robada en alguna ciudad de la frontera vendhia. Frente a ella había una abertura hecha en el muro y cerrada con varios barrotes de madera. Al otro lado del enrejado, Yasmina vio un magnífico corcel negro masticando sobre una pila de heno seco. El edificio era fuerte, y tenía la vivienda y el establo en una misma pieza.
En el otro extremo de la habitación, una muchacha ataviada con la túnica y los anchos pantalones de las mujeres de las montañas estaba agachada junto a un pequeño fuego, asando trozos de carne sobre una parrilla de hierro sostenida por unos bloques de piedra. La salida de humo se encontraba a poca distancia del suelo y parte de él ascendía hacia allí. El resto flotaba por toda la habitación.
La muchacha de las montañas miró a Yasmina por encima del hombro. Tenía un rostro agradable de rasgos muy marcados. Luego siguió cocinando. Se oyeron unas voces en el exterior. La puerta se
abrió violentamente, de un puntapié, y por ella entró Conan. Parecía más grande que nunca con el sol de la mañana a sus espaldas, y Yasmina notó algunos detalles que había pasado por alto la noche anterior. Las ropas que llevaba Conan estaban limpias y sin rasgar. El ancho cinto bakhariota que sostenía la daga de vaina ornamentada era digna de un príncipe, y bajo su camisa se veía una fina cota de malla turania.
–Tu prisionera está despierta, Conan -dijo la muchacha wazuli.
El cimmerio gruñó algo ininteligible, se acercó al fuego con dos largas zancadas y dejó caer los trozos de carne en un plato de piedra.
La joven lo miró y rió con picardía, y Conan sonrió con gesto lobuno. Introdujo un pie debajo del vestido de la muchacha y la tiró al suelo. La joven pareció divertirse enormemente con aquella broma ruda, pero Conan no le prestó más atención. Tomó un trozo de pan y una jarra de vino de un rincón de la habitación y se los llevó a Yasmina, que acababa de ponerse en pie sobre el jergón y lo miraba con expresión dubitativa.
–Un poco ordinario para una Devi, muchacha -dijo Conan-, pero es lo mejor que tenemos. Al menos, llenará tu estómago.
Dejó el plato en el suelo, y en ese momento Yasmina se dio cuenta de que tenía hambre. Se sentó sobre el jergón sin hacer el menor comentario, cruzó las piernas y luego colocó el plato sobre su regazo.
Empezó a comer con los dedos, ya que no disponía de ningún utensilio.
Después de todo, la adaptabilidad es una de las características de la verdadera aristocracia. Conan se quedó mirándola durante un rato. Él nunca se sentaba con las piernas cruzadas al estilo oriental.
–¿Dónde estoy? – preguntó Yasmina abruptamente.
–En la cabaña de Yar Afeal, el jefe de los wazulis de Khurum -
contestó Conan-. Afghulistán está a muchas leguas de distancia hacia el oeste. Nos quedaremos aquí algún tiempo. Los kshatriyas baten las colinas buscándote, y varios grupos de ellos ya han sido aniquilados por las tribus.
–¿Qué piensas hacer? – volvió a preguntar la muchacha.
–Tenerte conmigo hasta que Chunder Shan esté dispuesto a negociar la libertad de mis siete hombres -repuso Conan con un
gruñido-. Las mujeres de los wazulis están haciendo tinta con hojas de shoki, y dentro de un rato podrás escribir una carta al gobernador.
Yasmina se sintió invadida por la cólera al pensar en el desastroso resultado de sus planes, entre los que contaba con dominar al hombre que la había hecho prisionera. Dejó violentamente el plato en el suelo y se puso en pie de un salto, presa de la ira.
–¡No escribiré ninguna carta! Si no me devuelves, colgarán a tus siete hombres y a mil más.
La muchacha wazuli se echó a reír irónicamente. Conan dijo algo que la hizo callar, y en ese preciso instante se abrió la puerta y por ella entró Yar Afeal. El jefe wazuli era tan alto como Conan y tal vez más corpulento, pero estaba gordo y fofo en comparación con la compacta dureza del cimmerio.
Miró a la muchacha wazuli al tiempo que se acariciaba la barba. La joven se puso en pie y desapareció inmediatamente de la habitación.
Entonces Yar Afeal se volvió hacia su invitado.
–Esta condenada gente murmura, Conan -dijo-. Quieren que te mate y me quede con la joven como rehén. Dicen que cualquiera puede adivinar por sus ropas que se trata de una dama noble. Se preguntan por qué los perros afghulis han de aprovecharse de ella cuando es esta aldea la que corre el riesgo de tenerla.
–Préstame tu caballo -replicó Conan-. Me la llevaré de aquí. Yar Afzal soltó una sonora carcajada y luego dijo:
–¿Crees que no soy capaz de manejar a mi gente? Puedo hacerlos bailar en la punta de sus lanzas durante una noche entera si se me antoja. No te quieren… ni a ti ni a ningún otro forastero… pero me salvaste la vida una vez y no lo olvido. Sal un momento, Conan. Acaba de regresar uno de mis exploradores.
Conan se ajustó mecánicamente el ancho cinto y siguió al jefe hasta el exterior. Cerraron la puerta a sus espaldas y Yasmina atisbo a través de una agujero. Vio una gran extensión de terreno llano delante de la cabaña. En el extremo más alejado había un grupo de cabañas de barro y piedra, junto a las cuales vio a unos niños desnudos que jugaban entre las rocas y a las bien formadas mujeres de las montañas dedicadas a sus tareas.
Frente a la misma puerta de la cabaña, había un grupo de hombres con largas melenas, barbudos y harapientos, formando un círculo.
Estaban todos sentados en el suelo. Conan y Yar Afeal se hallaban de pie ante la puerta, y entre ellos y el grupo de guerreros había otro hombre sentado con las piernas cruzadas. Este último hablaba con su jefe con el duro acento wazuli que Yasmina apenas entendía, aunque como parte de su educación real le habían enseñado las lenguas de Iranistán y los dialectos afines y tribales del Ghulistán.
–Hablé con un dagozai que vio a los jinetes anoche -dijo el explorador-. Se hallaba oculto en las cercanías cuando ellos llegaron al lugar en el que le tendimos la emboscada a Conan. Escuchó lo que decían. Chunder Shan estaba con ellos. Encontraron el caballo muerto, y uno de los hombres reconoció que era el de Conan. También hallaron al hombre que mató Conan y se dieron cuenta de que se trataba de un wazuli. Pensaron que Conan había muerto y que los wazulis se habían llevado a la mujer, y por eso abandonaron su propósito de llegar hasta el Afghulistán. Pero no sabían de qué aldea era el hombre muerto, y no dejamos ninguna huella que los kshatriyas pudiesen seguir.
»Por ello cabalgaron hasta el poblado wazuli más cercano, el de Jugra, lo incendiaron y mataron a mucha gente. Pero los hombres de Khojur los atacaron en la oscuridad, mataron a algunos de ellos e hirieron al gobernador. Los sobrevivientes se retiraron al Zhaibar en plena oscuridad, antes del amanecer, pero regresaron con refuerzos antes de que saliera el sol y hubo escaramuzas y peleas en las colinas durante toda la mañana. Se asegura que llegará un gran ejército para barrer las montañas que rodean al Zhaibar. Las tribus afilan sus cuchillos y tienden emboscadas en todos los desfiladeros que hay desde aquí hasta el valle de Gurashah. Además, Kerim Sha ha regresado a las montañas.
Del círculo de hombres partió un gruñido y Yasmina se acercó más al agujero al oír ese nombre, del que empezaba a desconfiar.
–¿Adonde fue? – preguntó Yar Afzal.
–El dagozai no lo sabía. Con él había treinta irakzais de las aldeas más bajas. Se perdieron a caballo entre las montañas.
–Estos irakzais son como chacales que siguen a un león para recoger sus migajas -dijo Yar Afzal con un gruñido-. Están lamiendo
las monedas que Kerim Sha reparte entre las tribus fronterizas para comprar hombres como si fuesen caballos. Ese individuo no me gusta aunque sea un pariente nuestro de Iranistán.
–Ni siquiera es eso -repuso Conan-. Lo conozco desde hace tiempo.
Es hirkanio y espía de Yezdigerd. Si le pongo las manos encima, colgaré su pellejo de un tamarisco.
–Pero ¿y los kshatriyas? – clamaron los hombres del semicírculo-.
¿Vamos a estar aquí sentados hasta que nos maten a todos? Acabarán sabiendo en qué aldea wazuli está la mujer. Los zhaibar no nos quieren.
Ayudarán a los kshatriyas a darnos caza.
–Que vengan -repuso Yar Afzal-. Podemos defender los desfiladeros en honor de un invitado.
Uno de los hombres se puso en pie de un salto y levantó un puño en dirección a Conan.
–¿Hemos de correr todos los riesgos mientras él cosecha recompensas? – bramó-. ¿Acaso debemos pelear por él?
En un par de largas zancadas, Conan se acercó al lugar que ocupaba el hombre y se inclinó para mirar de cerca su barbudo rostro.
El cimmerio no sacó su cuchillo, pero tomó la vaina que lo guardaba y la adelantó diciendo:
–Nunca le he pedido a nadie que pelee por mí. ¡Desenvaina tu cuchillo si te atreves, perro asqueroso!
El wazuli retrocedió gruñendo como un felino.
–¡Atrévete a tocarme -dijo- y aquí hay cincuenta hombres que te harán pedazos!
–¡Cómo! – exclamó Yar Afzal enrojeciendo de ira-. ¿Eres tú el jefe de Khurum? ¿Los wazulis reciben órdenes de Yar Afzal o de un perro de baja estofa?
El hombre se encogió ante su invencible jefe, y Yar Afzal se acercó a él, lo cogió por la garganta y lo sacudió violentamente hasta que su rostro adquirió un tono ceniciento. Luego arrojó al hombre con todas sus fuerzas al suelo y lo miró, al tiempo que se veía brillar en su mano la hoja curva de su largo cuchillo. Entonces preguntó:
–¿Hay alguien más que ponga en duda mi autoridad?
Los guerreros agacharon la cabeza, cuando la belicosa mirada de Yar Afzal barrió el semicírculo. Yar Afzal gruñó despreciativamente y
envainó el arma con ademán insultante. Luego le dio varios puntapiés al hombre caído hasta que le arrancó gritos de dolor.
–Ve hasta el valle y habla con los vigías -le ordenó-. Luego regresa y dime si han visto algo.
El hombre se alejó temblando de miedo y apretando los dientes con furia.
Yar Afzal tomó asiento pomposamente sobre una roca y se acarició la barba. Conan se quedó de pie cerca de él, con las piernas separadas y los pulgares apoyados en el ancho cinto, observando detenidamente a los demás guerreros. Éstos lo miraron hoscamente, sin atreverse a despertar otra vez la cólera de Yar Afzal, pero odiando al forastero como sólo sabían odiar los hombres de las montañas.
–Y ahora escuchadme, hijos de perros bastardos. Conan y yo hemos planeado engañar a los kshatriyas…
La voz tronante de Yar Afzal llegó incluso a oídos del guerrero que se alejaba. El hombre pasó junto al grupo de cabañas, donde las mujeres que habían contemplado su derrota se rieron de él haciendo jocosos comentarios, y luego se apresuró a tomar el camino que serpenteaba en dirección a la entrada del valle entre enormes formaciones rocosas.
Cuando tomó la primera curva y perdió de vista la aldea, se detuvo asombrado. Nunca había creído que un extranjero pudiese entrar en el valle de Khurum sin ser localizado de inmediato por los vigías de las alturas, esos hombres con ojos de halcón. Aun así, había un hombre sentado con las piernas cruzadas sobre un pequeño rellano de piedra, junto al camino. Estaba vestido con un túnica de pelo de camello y llevaba un turbante verde.
El wazuli abrió la boca para lanzar un grito de alarma, al tiempo que su mano derecha aferraba la empuñadura de su cuchillo, pero en ese preciso momento sus ojos se encontraron con los del forastero y el grito murió en su garganta, a la vez que su mano se paralizaba.
Permaneció inmóvil como una estatua, con los ojos brillantes y mirando al vacío.
Durante unos minutos la escena quedó congelada. Luego, el hombre sentado en el rellano rocoso trazó un símbolo críptico sobre la tierra con el dedo índice. El wazuli no le vio colocar nada dentro del círculo,
pero inmediatamente observó que algo brillaba allí… Era una bola redonda, negra, que parecía azabache pulido. El hombre del turbante verde la tomó con una mano y la arrojó hacia el wazuli, que la cogió con gesto mecánico.
–Lleva eso a Yar Afzal -dijo el hombre.
El wazuli se dio media vuelta como un autómata y retrocedió por el sendero, sosteniendo la negra bola en su mano extendida. Ni siquiera volvió la cabeza ante los comentarios jocosos de las mujeres cuando volvió a pasar al lado de las cabañas. No parecía oír nada.
El hombre del turbante lo vio alejarse y esbozó una sonrisa enigmática. Detrás del rellano surgió la cabeza de una joven, que lo miró con admiración, pero con un cierto temor que no había sentido la noche anterior.
–¿Por qué has hecho eso? – preguntó.
El hombre acarició los negros rizos de la muchacha y contestó:
–¿Acaso todavía estás mareada por tu viaje en el caballo volador que pones en duda mi sabiduría?
Después de decir esto se echó a reír y agregó:
–Mientras Yar Afzal viva, Conan estará a salvo entre los guerreros wazulis. Sus cuchillos están muy afilados y son muchos. Lo que planeo será más seguro, incluso para mí, que matarlo y arrebatar a la Devi de sus manos. Porque no hay que ser adivino para predecir lo que harán los wazulis y Conan cuando mi víctima entregue el globo de Yezud al jefe de Khurum.
Yar Afzal, que estaba delante de la cabaña, se detuvo en medio de una frase, sorprendido y disgustado al ver que el hombre que había enviado al valle estaba de regreso.
–¡Te ordené que fueras a ver a los vigías! – bramó el jefe-. Ni siquiera has tenido tiempo de ir hasta allí.
El guerrero no contestó. Permaneció inmóvil, mirando con gesto inexpresivo el rostro de Yar Afzal. En la mano extendida llevaba la bola negra. Conan, mirando por encima del hombro de su amigo, murmuró algo y extendió una mano para tocarle un brazo. Pero al hacerlo, Yar Afzal, impulsado por un ataque de cólera, le dio un golpe en la cara al guerrero con el puño cerrado y lo tiró al suelo. Cuando el hombre cayó, la negra esfera rodó hasta los pies de Yar Afzal y éste, que al parecer la
veía por primera vez, se inclinó y la recogió. Los demás hombres miraron perplejos a su camarada, que yacía sin sentido. Observaron que su jefe se inclinaba, pero no vieron lo que éste acababa de recoger del suelo.
Yar Afzal se incorporó, miró la esfera e hizo un movimiento como para guardársela en el cinto.
–Llevad a ese loco a su cabaña -dijo con un gruñido-. Tiene el aspecto de un comedor de loto. Ni siquiera me ha contestado. Yo…
Yar Afzal profirió un grito de dolor. Había sentido un súbito movimiento en su mano derecha. Su voz se apagó repentinamente y sus ojos se quedaron mirando al vacío. Dentro de su puño apretado sentía el pulso del cambio, del movimiento, de la vida. Ya no sostenía entre sus manos la brillante esfera negra. No se atrevía a mirar. La lengua se le pegaba al paladar y no podía abrir la mano. Los atónitos guerreros vieron que los ojos de su jefe se dilataban y su rostro se puso lívido.
Luego surgió de sus labios un grito de dolor. Se tambaleó y cayó al suelo boca abajo como derribado por un rayo, y de sus dedos extendidos salió una enorme araña negra, horrible y peluda, que brillaba como el azabache. Los hombres, con un grito, retrocedieron, y el espantoso animal se ocultó rápidamente entre unas rocas cercanas Entonces se produjo una violenta agitación entre los guerreros, y por encima del clamor se alzó una potente voz de mando que nadie supo de dónde provenía. Ninguno de los hombres que quedaron con vida pudo explicarlo, pero todos la habían oído:
–¡Yar Afzal ha muerto! ¡Matad al extranjero!
Aquel grito unió todas las mentes en una sola. La duda, el temor y el asombro desaparecieron en un segundo, y de todas las gargantas surgió al unísono un fantástico clamor que pedía sangre. El furioso grito ascendió al cielo como respuesta de los bárbaros de las montañas.
Atravesaron rápidamente la distancia que los separaba con las capas flotando al viento, los ojos centelleantes y los cuchillos levantados.
Conan actuó con más rapidez que ellos. Al escuchar aquel grito saltó en dirección a la puerta de la cabaña. Pero los hombres de las montañas estaban más cerca de ésta que el cimmerio. Cuando ya había pisado el umbral, se vio obligado a dar media vuelta para evitar la terrible hoja de acero. Esquivó un golpe mortal y, después de
deshacerse de un guerrero con el puño izquierdo, apuñaló a otro en el vientre. Luego se acercó a la puerta y apoyó su poderosa espalda sobre ella. A su alrededor, las afiladas hojas arrancaron astillas de la puerta, pero ésta cedió finalmente bajo el fuerte impacto de su cuerpo, abriéndose repentinamente. Conan entró en el interior de la cabaña, tambaleándose. Un barbudo guerrero también logró entrar en la habitación, pero Conan cerró rápidamente la puerta en las mismas narices de los hombres que trataban de entrar. Se oyó el crujido de los huesos bajo el impacto, y un segundo después Conan corría los cerrojos y daba media vuelta para enfrentarse con el hombre que se incorporaba del suelo y entraba en acción como un poseído.
Yasmina, encogida en un rincón, contemplaba horrorizada cómo luchaban los dos hombres, recorriendo la habitación de un lado a otro, hasta el punto de que en más de una ocasión estuvieron a punto de aplastarla.
El sonido metálico del acero llenaba el cuarto, y en el exterior la multitud aullaba como una manada de lobos, golpeando la puerta con sus largos cuchillos y arrojando piedras contra ella. Alguien encontró un tronco de árbol y la puerta comenzó a temblar bajo el fuerte impacto. Yasmina se tapó los oídos, mirando hacia adelante con los ojos desorbitados. En el establo un caballo relinchaba y luego comenzó a dar coces contra la pared. El animal se dio media vuelta y asomó las patas entre los barrotes cuando el guerrero, al retroceder bajo el ataque de Conan, se encontró con ellas. Su espina dorsal se fracturó por tres puntos como una rama seca. Las pezuñas del animal lo arrojaron contra el cimmerio y ambos cayeron al suelo.
Yasmina gritó horrorizada y corrió hacia adelante. La joven pensaba que ambos hombres habían muerto. Conan apartó el cadáver a un lado y se puso en pie. La muchacha lo aferró por un brazo, temblando de pies a cabeza.
–¡Oh, vives! Pensé que… ¡creí que estabas muerto! Conan la miró y vio el pálido rostro de la muchacha y sus grandes ojos desorbitados, que lo miraban llenos de terror.
–¿Por qué tiemblas? – preguntó Conan-. ¿A ti qué puede importarte que yo muera o viva?
La joven trató de recuperar su compostura y se retrajo, realizando un penoso esfuerzo por comportarse como la Devi.
–Eres preferible a esos lobos que aúllan ahí fuera -repuso señalando la puerta, cuyo dintel comenzaba a moverse de manera alarmante.
–No aguantará mucho tiempo -susurró Conan dirigiéndose al establo donde se encontraba el caballo.
Al ver que Conan apartaba a un lado los destrozados barrotes y entraba en el establo donde se hallaba la bestia enloquecida, Yasmina enlazó nerviosamente las manos y contuvo la respiración. El caballo se puso en dos patas, relinchando ferozmente, con los ojos brillantes y las orejas echadas hacia atrás. Pero Conan saltó a un lado, cogió al animal por la crin con un increíble derroche de fuerza y logró que el animal se arrodillara. El caballo resopló y tembló, pero permaneció inmóvil mientras el hombre lo ensillaba, echándole sobre el lomo la silla trabajada en oro con los anchos estribos de plata.
Conan obligó a la bestia a dar media vuelta en el establo y llamó rápidamente a Yasmina. La muchacha se acercó temerosa y eludió las patas traseras del animal. Conan tanteaba el muro con sus manos y hablaba apresuradamente.
–Aquí hay una puerta secreta que ni siquiera los wazulis conocen.
Yar Afzal me la enseñó una vez que estaba borracho. Da a la boca del barranco que hay detrás de la cabaña. ¡Aquí está!
Al hacer presión sobre un saliente, toda una sección de la pared giró sobre sus goznes engrasados. La joven miró a través de la abertura y vio un estrecho desfiladero que se abría en un risco cortado a pico, a poca distancia de la pared posterior de la cabaña. Entonces, Conan saltó sobre la silla del caballo y con un solo brazo colocó a la muchacha delante de él. Detrás de ellos, la puerta crujió como una cosa viva y se oyó un tremendo alarido simultáneo cuando aparecieron en el hueco de la puerta unos hombres de rostros barbudos con cuchillos en las manos.
De inmediato, el enorme corcel dio un tremendo salto hacia adelante, como arrojado por una catapulta, y entró en el desfiladero galopando velozmente mientras la espuma de su boca era arrastrada por el viento.
Aquel movimiento fue una verdadera sorpresa para los wazulis. Y
también para quienes galopaban por el desfiladero. Todo sucedió tan rápidamente… Ese ataque del caballo, como si fuera un huracán… El
hombre del turbante verde que había allí no tuvo tiempo de apartarse del camino. Cayó bajo los cascos del frenético animal, y luego se oyó un grito de mujer. Conan sólo pudo verla por una décima de segundo, al pasar como un vendaval a su lado. Era una joven delgada, morena, con pantalones de seda y una tela bordada con piedras preciosas cubriéndole los senos. La muchacha se apretó rápidamente contra el muro. Los hombres que salieron por la puerta secreta del desfiladero, persiguiéndolos, se encontraron con aquella pareja, lo que convirtió sus aullidos de sed de sangre en penetrantes gritos de miedo y de muerte.
6. La montaña de los Adivinos Negros
–¿Adonde vamos ahora? – preguntó Yasmina, intentando mantenerse erguida en la silla y aferrándose desesperadamente a su secuestrador.
La muchacha advirtió avergonzada que no le resultaba desagradable sentir los poderosos músculos del hombre bajo sus dedos.
–A Afghulistán -contestó el cimmerio-. El camino es peligroso, pero el caballo nos conducirá sin problemas, a menos que tropecemos con algunos de tus amigos o con tribus enemigas mías. Ahora que Yar Afzal ha muerto, esos malditos wazulis nos perseguirán. Me sorprende que no estén ya detrás de nosotros.
–¿Quién era ese hombre que atropellaste? – preguntó la joven.
–No lo sé. Jamás lo había visto. No es ghuli, de eso estoy seguro. No sé qué diablos estaría haciendo allí. Había una muchacha con él.
–Sí -repuso la Devi con una expresión sombría en sus ojos-. No lo entiendo. Esa muchacha era mi doncella Gitara. ¿Crees que venía a ayudarme? ¿Ese hombre era un amigo? Si es así, los wazulis los deben de haber capturado a ambos.
–Bueno -repuso Conan-, no podemos hacer nada por ellos. Si regresamos, nos arrancarán el pellejo. No acabo de comprender cómo una muchacha como ésa pudo adentrarse tanto en estas montañas en compañía de un solo hombre… y además, de un erudito con túnica, ya que eso es lo que parecía. Lo cierto es que en todo esto hay algo diabólicamente extraño. Yar Afzal, muerto, y ese hombre que se movía como Un sonámbulo. He visto a los sacerdotes de Zamora llevando a cabo abominables ritos en sus templos prohibidos, y sus víctimas tenían la misma mirada de ese hombre. Los sacerdotes miraban fijamente a
sus ojos y murmuraban palabras mágicas, y entonces los hombres se comportaban como autómatas y hacían todo lo que se les ordenaba, con los ojos vidriosos.
»Y entonces vi lo que ese individuo tenía en la mano -siguió diciendo-; lo que Yar Afzal recogió del suelo. Era como una bola negra, muy brillante, parecida a la que usan las sacerdotisas del templo de Yezud cuando bailan ante su dios, es decir, la araña negra. Yar Afzal la sostuvo en la mano y no recogió nada más del suelo. Sin embargo, cuando cayó muerto, una araña similar al dios de Yezud, pero más pequeña, escapó de entre sus dedos. Y entonces, cuando los wazulis se mostraron temerosos e inseguros, una voz los incitó a que me mataran.
Y yo sé que esa voz no salió de la garganta de ningún guerrero, ni de las mujeres que miraban desde las cabañas. Parecía venir desde arriba.
Yasmina no dijo nada. Miró hacia el oscuro perfil de las montañas que los rodeaban y se estremeció. Todo su ser tembló ante la sobrecogedora naturaleza. Aquella era una tierra en la que todo podía suceder.
El sol estaba alto y calentaba ferozmente. Sin embargo, el viento que soplaba en ráfagas intermitentes parecía arrastrar consigo trozos de hielo. En un momento, la joven oyó un extraño sonido encima de ellos que no era causado por el viento y, a juzgar por la forma en que Conan levantó la cabeza, Yasmina pensó que se había nublado momentáneamente un trozo de cielo, como si algún objeto invisible se hubiera interpuesto entre ella y el firmamento, pero no estaba segura.
Tampoco hizo ningún comentario, pero Conan aflojó el cuchillo en la vaina.
En ese momento iban por un sendero débilmente marcado, que entraba en gargantas tan profundas que el sol jamás llegaba al fondo.
A trechos se extendía sobre abruptas pendientes cuyo suelo de pizarra suelta amenazaba desplomarse bajo sus pies, y otras veces seguían por el borde de terribles precipicios que se abrían a ambos lados.
El sol había sobrepasado el cenit cuando cruzaron un estrecho sendero que serpenteaba entre grandes formaciones rocosas. Conan dirigió su caballo hacia el sur, casi en ángulo recto con la dirección que habían seguido hasta ese momento.
–En un extremo de este camino hay una aldea galzai -explicó-. Sus mujeres caminan por este sendero cuando van al pozo en busca de agua. Necesitas ropas nuevas.
Yasmina miró su vestido y asintió con un movimiento de la cabeza.
Sus zapatillas de seda bordada en oro estaban deshechas y la ropa interior de seda no era más que un conjunto de harapos que apenas se mantenía en su sitio.
Al llegar a un amplio rincón abierto en la roca, Conan desmontó, ayudó a hacer lo mismo a Yasmina y luego se quedó en actitud de espera. El cimmerio hizo un movimiento con la cabeza, pero la muchacha no oía nada.
–Viene una mujer por el camino -dijo Conan. Yasmina, presa de pánico, se aferró a su brazo.
–¿No… no la matarás? – preguntó en voz baja.
–Normalmente nunca mato a mujeres -repuso Conan con un gruñido-, aunque algunas de las que viven en estas montañas y colinas son verdaderas lobas. No, nada de eso, ¡por Crom!, le pagaré sus ropas.
¿Qué te parece eso?
Conan le enseñó a la joven un puñado de monedas de oro, entre las cuales eligió la más grande. La muchacha asintió en silencio, profundamente aliviada. Tal vez era natural que los hombres pelearan y murieran. Pero Yasmina sintió un escalofrío ante la idea de ver cómo se mataba a una mujer.
Al cabo de un rato apareció una muchacha en una esquina de la garganta. Se trataba de una joven galzai, alta y delgada, muy erguida, que cargaba un enorme pellejo de agua vacío. Hizo un movimiento como si intentara echar a correr, pero luego se dio cuenta de que Conan se encontraba muy cerca de ella como para permitir que escapara, y entonces se quedó inmóvil, mirándolos con una mezcla de temor y de curiosidad.
Conan le enseñó la moneda de oro.
–Te daré este dinero si le das tus ropas a esta mujer -dijo.
La respuesta fue inmediata. La muchacha sonrió con sorpresa y delicia y, con el desdén típico en una mujer de la montaña por las pudorosas convenciones, se quitó rápidamente su túnica bordada, los anchos pantalones y luego la camisa de mangas anchas, al tiempo que
se deshacía de sus sandalias. Hizo un bulto con la ropa y se lo entregó a Conan que, a su vez, se lo alcanzó a la atónita Devi.
–Vete detrás de aquella roca y ponte todo esto -dijo, demostrando con su actitud que no era ningún salvaje-. Haz un paquete con tus ropas y dámelo cuando salgas de allí.
–¡El dinero! – exclamó la otra joven extendiendo ansiosamente la mano-. ¡El oro que me prometiste!
Conan le arrojó la moneda. La muchacha la cogió en el aire, la mordió y la ocultó rápidamente entre sus cabellos. Luego se agachó, tomó el pellejo de agua y reanudó su marcha sin darle la menor importancia a su desnudez. Conan esperó con cierta impaciencia mientras la Devi, por primera vez en su vida, se vestía sola. Cuando salió de detrás de la roca, Conan lanzó una exclamación de sorpresa.
La muchacha sintió que en su interior ardía un conjunto de emociones mezcladas al ver la fiera admiración que brillaba en los ojos azules del cimmerio. Éste apoyó una mano en el hombro de la muchacha, al tiempo que la contemplaba ávidamente desde todos los ángulos.
–¡Por Crom! – exclamó-. Con las otras ropas tan místicas parecías fría, lejana… sí, remota como una estrella. ¡Ahora eres una mujer de carne y hueso! Cuando te fuiste detrás de esa roca eras la Devi de Vendhia, y ahora has salido de allí como una muchacha de las montañas… ¡aunque mil veces más hermosa que cualquier otra mujer de Zhaibar…! Eras una diosa…, ¡ahora eres una mujer real!
Conan le dio una fuerte palmada a la joven en las nalgas, como expresión de su admiración, y la muchacha lo entendió así, sin sentirse ultrajada en lo más mínimo por esa actitud. Era como si el cambio de ropa hubiera dado lugar a una transformación de su personalidad.
Pero Conan, a pesar de todo, no olvidó que el peligro seguía rondando. Cuanto más se alejaran de Zhaibar, había menos posibilidades de que se encontraran con soldados kshatriyas. Por otro lado, durante todo el camino había oído ruidos que le advertían, sin ninguna duda, de que los vengativos wazulis de Khurum le pisaban los talones.
El bárbaro subió a la Devi a la silla, luego montó él y dirigió el caballo hacia el oeste. Después, arrojó el paquete de ropa de la Devi a un precipicio que seguramente medía miles de metros de profundidad.
–¿Por qué has hecho eso? – preguntó ella-. ¿Por qué no le diste esa ropa a la muchacha?
–Los jinetes de Peshkhauri están peinando estas montañas y colinas
-replicó Conan-. Seguramente les tenderán emboscadas y los atacarán en todas las curvas del camino, pero en represalia ellos destruirán todas las aldeas que encuentren a su paso. Puede que en cualquier momento giren hacia el oeste. Si encuentran a una muchacha con tus ropas, la torturarán hasta hacerla hablar, y en ese caso tendrían una buena pista.
_¿Y qué hará esa joven?
–Regresará a su aldea y le dirá a su gente que la atacó un desconocido. Los hombres nos perseguirán. Pero antes tendrá que ir a buscar agua, porque si se atreve a presentarse sin ella le darán latigazos hasta arrancarle el pellejo. Eso nos dará bastante tiempo. Jamás nos cogerán. Hacia la noche cruzaremos la frontera afghuli.
–En este lugar no hay el menor rastro de viviendas humanas -dijo la Devi-. Esta región parece especialmente desierta, incluso tratándose de los montes Himelios. No hemos visto un solo camino desde que dejamos aquel por el que venía la joven.
Como respuesta, Conan señaló hacia el noroeste, donde Yasmina distinguió un pico que sobresalía por encima de los enormes riscos.
–Yimsha -dijo Conan con un gruñido-. Todas las tribus construyen sus aldeas lo más lejos posible de esa montaña. La muchacha se fijó con más atención.
–¡Yimsha! – exclamó-. ¡La montaña de los Adivinos Negros!
–Eso dicen. Jamás he estado tan cerca de ella. Siempre he girado hacia el norte para evitar a los grupos de soldados kshatriyas que vigilaban las montañas. El camino habitual de Khurum a Afghulistán está más al sur. Éste es muy antiguo y está muy poco transitado.
La joven miró fijamente el remoto pico y se clavó las uñas en sus rosadas palmas.
–¿Cuánto tiempo se tardaría en llegar a Yimsha desde aquí?
–El resto del día y toda la noche -repuso Conan, haciendo una mueca-. ¿Quieres ir hasta allí? ¡Por Crom! No es un lugar para seres humanos, según dice la gente de las montañas.
–¿Por qué no se reúnen y matan a los diablos que la habitan?
–preguntó la muchacha.
–¿Matar a hechiceros con espadas? De todos modos, nunca molestan a nadie, a menos que la gente los moleste a ellos. Jamás he visto a uno, aunque he hablado con unos hombres que aseguraban haberlos visto. Cuentan que vieron a unos individuos muy silenciosos, vestidos con túnicas negras, al salir el sol y al atardecer.
–¿Tendrías miedo de atacarlos?
–¿Yo?
Ésa era una idea nueva para Conan. Guardó silencio durante unos segundos y luego dijo:
–Si intentaran atacarme, estarían en juego mi vida y la suya, pero no tengo ningún interés en atacarles yo. He venido a estas montañas para reunir a un grupo de hombres y no a luchar contra brujos.
Yasmina no aceptó de inmediato la respuesta. Miró hacia el pico como si se tratara de un enemigo, sintiendo una extraña sensación de cólera en el pecho. En su interior comenzaba a nacer un nuevo sentimiento. Había pensado enfrentar al hombre que en ese momento la llevaba en brazos con los maestros de Yimsha. Tal vez hubiera otro camino, además del método que había planeado, para lograr su propósito No se equivocaba al calibrar la mirada que le dirigía aquel salvaje cada vez que sus ojos se posaban en ella. Cuando las blancas manos de una mujer tiran de las cuerdas del destino, se derrumban reinos. Súbitamente, Yasmina se puso en tensión y dijo señalando a lo lejos:
–¡Mira!
Sobre el distante pico colgaba una nube de aspecto extraño. Era de color carmesí, con algunas manchas doradas. La nube se movía, giraba y se contraía. De repente, pareció despegarse del pico cubierto de nieve, flotó como una pluma y luego se volvió invisible contra el cielo azul.
–¿Qué era eso? – preguntó la muchacha, preocupada cuando un gran saliente de roca ocultó por un momento la montaña; incluso ese fenómeno natural, a pesar de su belleza, era inquietante.
–Los hombres de las montañas lo llaman la Alfombra de Yimsha, aunque no sé qué puede significar eso -repuso Conan-. He visto a quinientos hombres corriendo como si los persiguiera el mismísimo
diablo para ocultarse en cuevas y grietas de las rocas, porque veían flotar esa nube sobre la montaña. ¿Qué diablos…?
En ese momento avanzaban a través de una estrecha garganta entre altos muros y salieron a un amplio rellano flanqueado por una serie de abruptas pendientes por un lado y un gigantesco precipicio por el otro.
El pequeño sendero seguía el rellano, giraba alrededor de una formación rocosa y reaparecía a intervalos mucho más abajo, siempre serpenteando. Pero al salir de la garganta que daba al rellano, el caballo se detuvo súbitamente, relinchando y resoplando. Conan le golpeó los flancos con ambos talones, y el animal volvió a relinchar y agitó la cabeza, vacilando y temblando como si se encontrara ante una barrera invisible.
Conan maldijo entre dientes y desmontó. Luego bajó a Yasmina de la silla. Acto seguido avanzó con una mano extendida, como si esperara hallar algún obstáculo o una resistencia imprevista, pero no hubo nada que lo detuviera, si bien cuando cogió al caballo por las riendas el animal se negó a dar un solo paso, relinchando y poniéndose sobre dos patas. Entonces Yasmina gritó y Conan dio media vuelta, llevándose una mano a la empuñadura del cuchillo.
Ninguno de los dos lo había visto llegar, pero allí estaba, con los brazos cruzados. Se trataba de un hombre con una túnica de pelo de camello y turbante verde. Conan gruñó sorprendido cuando reconoció al mismo individuo que había atropellado su caballo al salir disparado de la cabaña por la puerta secreta, en la aldea wazuli.
–¿Quién diablos eres? – preguntó el cimmerio.
El hombre no contestó. Conan vio que sus ojos estaban desorbitados, que tenía la mirada fija y que ésta mostraba una extraña luminosidad. Los ojos del desconocido le sostuvieron la mirada como si fuesen un imán.
La hechicería de Khemsa se basaba en el hipnotismo, como ocurría con casi toda la magia oriental. Muchas generaciones habían vivido firmemente convencidas de la realidad y el poder del hipnotismo. Su fuerza aumentó mediante la práctica y el pensamiento, hasta formar una atmósfera intangible contra la cual el individuo, abrumado por las tradiciones de esa tierra, se sentía absolutamente desamparado.
Pero Conan no era oriental. Esas tradiciones no significaban nada para él. El hipnotismo no existía ni siquiera como mito en Cimmeria Él no había recibido la herencia cultural que preparaba al oriental para someterse a los hipnotizadores.
Sabía perfectamente lo que intentaba hacer Khemsa con él, pero aun así, sentía el impacto de la fuerza de aquel hombre como un vago impulso, como un tira y afloja del cual él podía deshacerse de la misma manera que un hombre se sacude una tela de araña de la ropa.
Puesto que conocía la magia negra, Conan desenvainó el largo cuchillo y atacó con la velocidad de un león de las montañas.
Pero el hipnotismo no era la única ciencia que practicaba Khemsa.
Yasmina, que contemplaba la escena asombrada, no pudo ver mediante qué truco de movimientos o arte el hombre del turbante verde esquivó el terrible golpe dirigido a su vientre. Pero la ancha hoja del cuchillo pasó a un lado de su cuerpo. Yasmina tuvo la impresión de que Khemsa simplemente había acariciado la nuca de Conan con la palma de la mano. Lo cierto es que el cimmerio cayó al suelo como un buey apuntillado.
Sin embargo, Conan no estaba muerto. Amortiguó la fuerza de la caída con la mano izquierda y atacó en dirección a las piernas de Khemsa mientras caía al suelo. Pero el rakhsha esquivó el cuchillo dando un increíble salto hacia atrás. Gitara salió de entre las rocas y se acercó a Khemsa. Yasmina, al reconocerla, soltó un agudo grito. El saludo murió en la garganta de la Devi al ver la expresión maligna que se reflejaba en el rostro de la bella muchacha.
Conan se incorporó lentamente, aturdido por la cruel habilidad de aquel golpe que, aplicado con un arte olvidado mucho antes del hundimiento de Atlantis, hubiera quebrado como una rama seca el cuello de un hombre más débil que Conan. Khemsa lo miró con cautela, un tanto desconcertado. El rakhsha había hecho frente con éxito a los cuchillos de los enloquecidos wazulis en el desfiladero, detrás de la cabaña de Khurum. Pero la resistencia del cimmerio había minado un poco su confianza en sí mismo. La magia siempre se fortalece con los éxitos y no con los fracasos.
Dio un paso hacia adelante con una mano levantada… y luego se detuvo, como congelado, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos
desorbitados. A pesar de sí mismo, Conan siguió la dirección de su mirada y lo mismo hicieron las mujeres: la muchacha que se hallaba junto al tembloroso caballo y la que estaba al lado de Khemsa.
En ese momento se vio una nube de color carmesí descendiendo por la ladera de la montaña como un remolino de polvo brillante. El oscuro rostro de Khemsa se volvió de color ceniciento, su mano comenzó a temblar y la dejó caer a un lado de su cuerpo.
La nube se separó de la ladera de la montaña y descendió trazando un amplio arco en el aire. Tocó el borde del rellano que había entre Conan y Khemsa, y el rakhsha retrocedió con un grito ahogado. Dio unos pasos hacia atrás e hizo retroceder a Gitara, protegiéndola con ambas manos.
La nube de color carmesí se balanceó durante unos instantes, luego desapareció como una pompa de jabón y estalló en el aire. En el rellano había cuatro hombres de pie. Era milagroso, increíble, imposible, pero real. Allí no había espectros ni fantasmas. Eran cuatro hombres altos, con las cabezas rapadas, parecidas a la de un buitre. Llevaban túnicas negras que les cubrían los pies. Sus manos quedaban ocultas por las anchas mangas de las túnicas. Estaban en silencio y sus cabezas se movían al unísono, como asintiendo. Se encontraban frente a Khemsa, y Conan, situado detrás de ellos, sintió que se le helaba la sangre en las venas. Al levantarse del suelo, retrocedió tambaleándose hasta que sintió la temblorosa piel de su caballo contra la espalda; la Devi corrió hacia él y lo aferró por el brazo. Nadie dijo una sola palabra. Reinaba un silencio de muerte en el lugar.
Los cuatro hombres vestidos de negro miraban a Khemsa. Sus rostros de buitre denotaban la más absoluta impasibilidad y sus ojos miraban fijamente al vacío, en actitud contemplativa. Khemsa temblaba como un hombre atacado por la malaria. El sudor inundaba su oscuro rostro. Su mano derecha se cerraba sobre algo que había debajo de su túnica con tal desesperación que la sangre desapareció de sus dedos y éstos se volvieron completamente blancos. Su mano izquierda se apoyó sobre un hombro de Gitara y se crispó como en plena agonía, como la mano de un hombre que se ahoga. La joven no hizo el menor gesto de dolor aun cuando aquellos dedos se hundieron como garras en su carne.
Conan había visto cientos de batallas a lo largo de su vida, pero jamás había contemplado un enfrentamiento como aquél, en el cual cuatro voluntades diabólicas intentaban derrotar a otra más débil que la suya, pero igualmente demoníaca, que se les oponía. El cimmerio percibió lo monstruoso de aquella lucha. Con la espalda hacia la pared, cercado por sus antiguos maestros, Khemsa luchaba por su vida con todo su oscuro poder, con todos los terribles conocimientos que ellos le habían enseñado a través de largos años de sumisión y vasallaje.
Era mucho más fuerte de lo que él mismo había imaginado, y el libre ejercicio de sus poderes en su propio beneficio había desencadenado fuerzas insospechadas. La desesperación y el terror que sentía le proporcionaban en ese momento una energía increíble.
Retrocedió ante el impacto de aquellos ojos hipnóticos, pero aun así se mantuvo firme en su terreno. En su rostro se dibujó una mueca bestial de dolor. Era una lucha de espíritus, de poderosos cerebros que participaban de un conocimiento negado al resto de los hombres durante millones de años, una lucha de mentes que habían cruzado todos los abismos y explorado las oscuras estrellas donde reinan las sombras.
Yasmina lo comprendía mucho mejor que Conan. Y también entendía vagamente por qué Khemsa podía soportar la fuerza concentrada de esas cuatro voluntades infernales que podrían haber hecho pedazos la misma roca en la que se apoyaban los pies del hombre. Su salvación era la joven a la que se aferraba desesperadamente. Ella era como un ancla para su alma temblorosa, que comenzaba a derrumbarse bajo las olas de aquellas emanaciones psíquicas. Su debilidad era en ese momento su fuerza. Su amor por la joven, por muy violento y maligno que fuese, era todavía un lazo que lo mantenía unido al resto de la humanidad, una ligadura terrenal para su voluntad, una cadena que sus enemigos sobrehumanos no podrían romper, al menos no a través de Khemsa.
Los cuatro hombres vestidos de negro se dieron cuenta de ello antes que él. Entonces, uno de ellos dejó de mirar al rakhsha y posó sus ojos en Gitara. Allí no hubo batalla. La joven se encogió y se marchitó como una hoja. Empujada irresistiblemente hacia la nada, se separó del brazo de su amante antes de darse cuenta de lo que estaba sucediendo.
Entonces ocurrió algo espantoso. La muchacha comenzó a retroceder hacia el precipicio, mirando a sus verdugos con los ojos desorbitados, en los que parecía haber desaparecido toda luz de inteligencia, Khemsa soltó un gruñido y, al tratar de avanzar hacia la muchacha, cayó en la trampa preparada para él. Una mente dividida no podía librar una batalla tan desigual. Estaba derrotado. Era como una pluma en sus manos. La muchacha siguió retrocediendo igual que una autómata y Khemsa caminó hacia ella tambaleándose como un borracho, con las manos extendidas, sollozando, al tiempo que sus pies se movían como si estuvieran muertos.
La joven se detuvo en el mismo borde del precipicio, rígida, con los talones en el borde. Khemsa cayó de rodillas y se arrastró hacia ella, tratando de alcanzarla para evitar su destrucción. Poco antes de que sus temblorosos dedos la tocaran, uno de los brujos se echó a reír. La espantosa carcajada resonó como el repicar de una campana del infierno. La muchacha retrocedió aún más, y súbitamente la expresión de inteligencia volvió a sus ojos, que en aquella décima de segundo reflejaron el más espantoso de los horrores. Gritó y trató de coger las extendidas manos de su amante, y entonces, incapaz de salvarse, cayó al abismo con un terrible alarido de dolor.
Khemsa llegó hasta el borde y miró hacia abajo, moviendo los labios como si murmurara algo para sí. Desde allí se volvió y miró a sus verdugos durante un momento, con unos ojos que carecían de toda luz humana. Y entonces, súbitamente, estallando en un alarido que casi reventó las rocas, se lanzó sobre ellos con el cuchillo en la mano.
Uno de los rakhshas dio un paso hacia adelante y golpeó el suelo rocoso con el pie. Al hacerlo se oyó un repentino tronar que fue aumentando de intensidad. En el punto de la sólida roca en el que acababa de golpear con el pie, se abrió una enorme grieta y entonces cedió toda una sección del rellano con un crujido ensordecedor.
Durante una décima de segundo se vio a Khemsa alzando los brazos aterrorizado, desapareciendo después entre el terrible fragor de la avalancha de rocas que caían al abismo.
Los cuatro brujos contemplaron con calma el quebrado borde del sendero que formaba el nuevo límite del precipicio y luego se volvieron.
Conan, que se había caído al suelo a causa del temblor de la montaña,
se puso en pie junto con Yasmina. Sus movimientos eran tan lentos como sus pensamientos. Se sentía absolutamente aturdido y desorientado. Tenía plena consciencia de la necesidad de ponerse en pie, de subir a la Devi a la silla y de salir galopando con la velocidad del viento, pero una inexplicable torpeza mental y física le impedía todo movimiento.
En ese momento, los cuatro brujos se volvieron hacia él. Levantaron los brazos y Conan vio aterrorizado cómo sus cuerpos se esfumaban y se convertían en una nebulosa, al tiempo que una débil humareda de color carmesí les rodeaba los pies y los envolvía poco a poco. Al cabo de un segundo desaparecieron en una nube que giraba como un torbellino, y Conan advirtió que él también estaba envuelto en una bruma de color carmesí. Oyó los gritos de Yasmina y los gemidos del caballo, que parecían los de una mujer dolorida. La Devi le soltó el brazo, y cuando Conan atacó ciegamente con su cuchillo, una formidable ráfaga de viento tormentoso lo lanzó contra las rocas. Estaba aturdido y veía una nube de color carmesí que giraba, elevándose por la ladera de la montaña. Yasmina había desaparecido, al igual que los cuatro hombres vestidos de negro. Sobre el rellano rocoso de la montaña solamente quedaba su aterrado caballo junto a él.
7. A Yimsha