Conan el Aventurero

Robert E Howard · Capítulo 1 de 4 · parte 5/7

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Conan el Aventurero

Introducción

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

Después de un momento de tensión, habló con tono soñador, lejano, en una lengua que Conan no entendía.

Conan dijo algo en estigio, y el desconocido le repuso en la misma lengua.

–¿Quién eres?

–Soy Conan de Cimmeria -contestó el bárbaro-. Ésta es Natala, de Brithunia. ¿Qué ciudad es ésta?

El hombre no respondió. Su mirada sensual y soñadora se fijó en Natala, y dijo:

–¡Ésta es la visión más extraña que he tenido jamás! ¡Oh, muchacha de dorados cabellos! ¿De qué tierra de ensueño vienes? ¿De Andana, Tothra o Koth?

–¿Qué locura es ésta? – preguntó Conan.

El desconocido no le prestó la menor atención.

–He soñado con bellezas más extraordinarias -musitó-, con hermosas mujeres de cabellos negros como la noche y ojos llenos de misterio. Pero tu piel es blanca como la leche y tus ojos claros como el alba. Tienes la frescura y la dulzura de la miel. ¡Ven a mi diván, muchacha de ensueño!

El hombre avanzó hacia la joven con una mano extendida, pero Conan la apartó con una fuerza que hubiese fracturado el brazo de cualquiera. El desconocido retrocedió con los ojos entornados, frotándose la mano dolorida.

–¿Qué rebelión de fantasmas es ésta? – musitó-. ¡Bárbaro, te ordeno que te vayas…! ¡Desvanécete! ¡Esfúmate! ¡Vete de aquí!

–¡Te haré desaparecer la cabeza! – exclamó Conan, furioso, empuñando su sable- ¿Es ésta la bienvenida que das a los forasteros?

¡Por Crom! ¡Empaparé todos estos tapices de sangre!

La ensoñación había desaparecido de los ojos del desconocido, dando paso a una mirada de asombro.

–¡Thog! – exclamó en voz alta-. ¡Eres real! ¿ De dónde vienes?

¿Quién eres? ¿Qué haces en Xuthal?

–Venimos del desierto -respondió Conan con un gruñido-. Entramos en la ciudad al atardecer, muertos de hambre. Encontramos una mesa servida para alguien y comimos. No tengo dinero para pagar la comida.

En mi país no le niegan alimentos a un hombre hambriento, pero vosotros, los civilizados, siempre deseáis cobrarlo todo, si eres como todos los que he conocido hasta ahora. No hemos hecho daño a nadie y ya nos íbamos de aquí. ¡Por Crom! ¡No me gusta nada este lugar donde los muertos resucitan y los dormidos se esfuman en las sombras!

El hombre se sobresaltó ante las últimas palabras de Conan y su rostro amarillento se puso lívido.

–¿Qué dices? ¿Sombras?

–Bueno -repuso el cimmerio cautelosamente-, sombras… o lo que sea eso que se lleva a un hombre dormido de su tarima y sólo deja en su lugar una gota de sangre.

–¿Lo has visto?

El hombre temblaba como una hoja. El tono de su voz se volvió más agudo. Entonces, Conan dijo:

–No vi más que a un hombre dormido sobre una tarima, y después una sombra que se lo llevó misteriosamente.

El efecto de estas últimas palabras fue terrorífico. El hombre se volvió con un alarido espantoso y salió corriendo de la habitación.

Conan lo miró sorprendido, con el ceño fruncido. La joven se aferró temblando a su brazo. No veían al hombre que huía, pero seguían oyendo sus terribles alaridos a lo lejos, cuyo eco repetían las habitaciones abovedadas. De repente se oyó un grito más fuerte que los demás, y a continuación reinó el silencio.

–¡Por Crom! – exclamó Conan, enjugándose el sudor que le perlaba la frente con una mano que le temblaba ligeramente-. ¡Ésta es una ciudad de locos! ¡Vámonos de aquí, antes que nos encontremos con otro demente!

–¡Es una pesadilla! – gimió Natala-. ¡Estamos muertos y condenados! Hemos muerto en el desierto y estamos en el infierno.

Somos espíritus incorpóreos… ¡Oh!

La joven se quejó por la fuerte palmada que Conan acababa de darle.

–No serás ningún espíritu, si chillas así -dijo sonriendo el cimmerio, que a menudo daba muestras de humor en los momentos más inoportunos. Luego agregó:

–Estamos vivos, aunque no por mucho tiempo si nos quedamos en esta casa de locos. ¡Vamos!

Atravesaron una habitación y se detuvieron. Algo o alguien se acercaba. Se volvieron hacia el umbral de donde provenían los ruidos, en espera de lo desconocido. Entonces apareció una silueta en la puerta.

Conan maldijo entre dientes, al tiempo que su fino olfato percibía el mismo perfume que había olido antes. Natala abrió la boca asombrada.

Allí había una mujer que los miraba sorprendida. Era alta, esbelta, tenía el cuerpo de una diosa y vestía una túnica bordada con piedras

preciosas. Una cascada de cabellos negros como la noche hacía destacar la blancura de su cuerpo marfileño. Los ojos oscuros, de largas pestañas, tenían un extraordinario misterio sensual. Conan contuvo la respiración ante semejante belleza, y Natala la miró con los ojos desorbitados. El cimmerio jamás había visto una mujer como ésa. Sus rasgos eran estigios, pero su tez no. Sus brazos y piernas parecían de alabastro.

Pero cuando habló, con un tono profundo, rico y musical, lo hizo en estigio:

–¿Quién eres? ¿Qué haces en Xuthal? ¿Quién es esta joven?

–¿Y tú quién eres? – preguntó a su vez Conan, a quien no le gustaba que le hicieran preguntas.

–Soy Thalis, la estigia -repuso ella-. Debes estar loco para atreverte a venir aquí.

–Creo que lo estoy -dijo el cimmerio con un gruñido-. ¡Por Crom, si estuviera cuerdo estaría fuera de lugar porque aquí están todos locos!

Llegamos del desierto hambrientos y sedientos, y nos encontramos con un hombre muerto que luego intentó apuñalarme por la espalda.

Entramos en un palacio rico y lujoso, aparentemente deshabitado.

Encontramos una mesa bien servida, pero sin comensales. Después vimos una sombra que devoró a un hombre dormido…

Conan notó que el rostro de la mujer cambiaba de color al oír sus últimas palabras. Luego agregó:

–¿Y bien…?

–Bien, ¿qué? – preguntó la mujer, dominándose perfectamente.

–Pues que esperaba que salieras corriendo y aullando como una salvaje. Eso hizo el hombre al que le conté lo de la sombra. La mujer se encogió de hombros.

–Entonces, ésos fueron los gritos que escuché. Cada hombre tiene su destino marcado y es inútil chillar como una rata. Cuando Thog me desee, vendrá a buscarme.

–¿Quién es Thog? – preguntó Conan con recelo. La mujer lo miró, estudiándolo de arriba abajo en forma tal que hizo ruborizar a Natala.

–Toma asiento en ese diván y te lo diré. Pero primero decidme vuestros nombres.

–Yo soy Conan el cimmerio y ésta es Natala, de Brithunia. Somos refugiados de un ejército derrotado en las fronteras de Kush. Y no deseo sentarme de espaldas a las sombras.

La mujer tomó asiento en el diván con una risa musical, y extendió sus gráciles mientras con un felino abandono.

–Tranquilo -murmuró-. Si Thog te desea, te llevará consigo, estés donde estés. El hombre que mencionaste, el que salió corriendo y gritando… ¿No le oíste soltar un tremendo alarido y luego callar repentinamente? En su frenesí debió de encontrar su propia muerte, una muerte de la que deseaba huir. Ningún hombre puede escapar a su destino.

Conan gruñó y tomó asiento en el borde del diván, con el sable cruzado sobre las rodillas y mirando a su alrededor con desconfianza.

Natala se sentó a su lado y se acurrucó en sus brazos. Miraba a la extraña mujer con recelo y resentimiento. Se sentía pequeña e insignificante ante aquella extraordinaria belleza. No se equivocó al valorar las ávidas miradas que los enormes ojos negros de ella lanzaban al gigantesco cimmerio.

–¿Qué es este lugar y quiénes son estas gentes? – preguntó Conan.

–Esta ciudad se llama Xuthal. Es muy antigua. Se construyó en un oasis que hallaron los fundadores de Xuthal en su constante vagar por estas tierras. Llegaron del este hace tanto tiempo que ni siquiera sus descendientes recuerdan cuándo fue.

–Seguramente no habrá muchos. Estos palacios parecen vacíos.

–No. Hay mucha más gente de lo que supones. La ciudad es en realidad un enorme palacio. Todos los edificios están dentro de una muralla y se comunican unos con otros. Podrías caminar a través de estas habitaciones durante horas sin ver a nadie. Pero hay momentos en los que podrías encontrar a cientos de personas.

–¿Cómo se entiende esto? – inquirió Conan.

–Esta gente duerme durante la mayor parte del tiempo. El sueño es para ellos tan importante y tan real como su vida de vigilia. ¿Has oído hablar alguna vez del loto negro? Crece en algunos lugares de la ciudad. Lo han cultivado durante muchos años y lograron que su jugo, en lugar de producir la muerte, proporcione sueños agradables y fantásticos. La gente se pasa la mayor parte del tiempo soñando. Sus

vidas son vagas, impredecibles y carecen de objeto. Sueñan, despiertan, beben, aman, comen y vuelven a soñar. Rara vez terminan lo que comienzan porque inmediatamente vuelven a sumirse en el sueño del loto negro. La comida que encontrasteis… seguramente era de algún hombre que la preparó cuando estaba despierto porque tenía hambre.

Luego la olvidó y se volvió a dormir.

–¿Dónde consiguen su comida? – preguntó Conan-. No he visto campos ni viñedos fuera de la ciudad. ¿Acaso hay huertos y establos dentro de estos muros?

La mujer negó con un movimiento de la cabeza.

–Se manufacturan sus propios alimentos con materias primas.

Cuando no están drogados, son todos grandes científicos. Sus antepasados fueron verdaderos genios, y aunque la raza cayó esclava de sus propias pasiones, todavía prevalecen algunos de sus extraordinarios conocimientos. ¿No te has preguntado aún cómo se consiguen estas luces? Pues son joyas fundidas con radio. Se frotan con el pulgar para hacerlas brillar y se vuelven a frotar, pero en sentido contrario, para apagarlas. Éste es sólo un ejemplo de su sabiduría. Sin embargo, han olvidado muchas cosas. Tienen muy poco interés en permanecer despiertos.

–Entonces el hombre muerto que estaba en la puerta…

–Seguramente, dormía profundamente. Los soñadores del loto están como muertos. Carecen de todo movimiento. Es imposible detectar en ellos la menor señal de vida. El espíritu ha abandonado el cuerpo y vaga a placer por otros mundos exóticos. El hombre de la entrada era un buen ejemplo de la irresponsabilidad de esta gente. Estaba de guardia en la puerta, ya que la costumbre exige la presencia de un centinela aun cuando jamás haya venido ningún enemigo del desierto.

En otros lugares de la ciudad encontraras otros guardianes durmiendo tan profundamente como el que has visto en la entrada.

Conan guardó silencio un rato. Luego preguntó:

–¿Dónde están todos ahora?

–Dispersos en diferentes lugares de la ciudad. Tendidos en divanes, sobre lechos, en alcobas con cojines, sobre tarimas tapizadas con pieles, pero todos ellos están sumidos en el profundo sueño del loto negro.

Conan sintió un escalofrío. En ese momento recordó algo más.

–¿Y esa cosa… esa sombra que atravesó las habitaciones y se llevó al hombre de la tarima?

Un ligero temblor agitó los gráciles miembros de la mujer antes de responder:

–Se trata de Thog, el Anciano, el dios de Xuthal, que habita en la cúpula hundida del centro de la ciudad. Siempre ha vivido en Xuthal.

Nadie sabe si llegó con los antiguos fundadores o si ya estaba aquí cuando se construyó la ciudad. Pero la gente de Xuthal lo adora. Casi siempre duerme bajo la ciudad, pero a veces, a intervalos, siente hambre, y entonces vaga por los corredores secretos y por las habitaciones mal iluminadas buscando una presa. Por lo tanto, nadie está seguro.

Natala gimió de horror y rodeó el cuello de Conan con los brazos, como si tratara de impedir que la apartaran de su protector.

–¡Por Crom! – exclamó el cimmerio asombrado-. ¿Quieres decir que toda esta gente duerme tranquilamente pese a la amenaza que constituye ese demonio?

–Sólo en algunas ocasiones siente hambre -repuso la mujer-. Un dios debe recibir sacrificios. En Estigia, cuando yo era niña, el pueblo vivía bajo la sombra de un sacerdote. Nadie sabía cuándo sería arrastrado hacia el altar. Entonces, ¿qué diferencia hay entre ser víctima de los dioses por intermedio de un sacerdote o que el mismo dios acuda en busca de su presa?

–En mi pueblo no existe esa costumbre -dijo Conan-, y tampoco en el de Natala. Los hiborios no sacrifican seres humanos a su dios Mitra, y en cuanto a mi pueblo, ¡por Crom!, me gustaría ver a un sacerdote arrastrando a un cimmerio al altar. Se derramaría mucha sangre, pero no según los deseos del sacerdote.

–Tú eres un bárbaro -dijo Thalis riendo-. Thog es muy viejo y muy terrible.

–Estos individuos deben de ser tontos o héroes -murmuró Conan-para echarse a soñar sus imbéciles sueños sabiendo que pueden despertar en el vientre de ese dios.

La mujer volvió a reír.

–No conocen otra cosa. Desde hace muchas generaciones, Thog se ha alimentado de ellos. Ésta es una de las razones por las que su

número se ha reducido de varios miles a unos pocos cientos. Se extinguirán dentro de unas pocas generaciones y Thog tendrá que ir por el mundo en busca de nuevas presas o regresar a las tinieblas de las que vino hace siglos.

»Se dan cuenta de que están condenados -agregó-, pero su fatalismo les impide oponer resistencia o huir. Ni una sola persona de esta generación ha salido de estas murallas. Hay un oasis a un día de marcha hacia el sur… Lo he visto en los antiguos mapas que sus antepasados dibujaron sobre pergaminos…, pero desde hace tres generaciones, ningún hombre de Xuthal lo ha visitado ni tampoco se han hecho esfuerzos por explorar los fértiles campos que muestran los mapas a otra día de camino desde el oasis. Se trata de una raza en vías de extinción, ahogada por sueños provocados por el loto, mientras que sus horas de vigilia son estimuladas por el vino dorado que cura heridas, prolonga la existencia y da fuerzas a los libertinos.

»Sin embargo -prosiguió-, todos ellos procuran aferrarse a la vida y temen al dios al que adoran. Si ahora mismo estuvieran despiertos y se enterasen de que Thog anda por aquí, saldrían corriendo desesperados.

–¡Oh, Conan! – exclamó Natala-. ¡Vayámonos de aquí en seguida!

–Todo a su tiempo, muchacha -musitó Conan, clavando los ojos en las esbeltas piernas de la mujer-. ¿Y qué hace una estigia aquí?

–Vine cuando era muy joven -repuso Thalis con calma mientras se tendía sobre el diván de terciopelo y cruzaba las manos debajo de la nuca-. Soy la hija de un rey y no una mujer corriente, como habrás podido observar por el color de mi piel, que es tan blanca como la de esa joven que está contigo. Fui raptada por un príncipe rebelde que fue hacia el sur con un ejército de arqueros para conquistar nuevas tierras.

Él y sus guerreros perecieron en el desierto, pero antes de morir uno de ellos me colocó sobre un camello y caminó a mi lado hasta que no pudo más y cayó muerto. El animal vagó de un lado a otro y finalmente perdí el conocimiento a causa de la sed y el hambre, hasta que desperté algún tiempo después en esta ciudad. Me dijeron -agregó la joven- que me habían visto al amanecer desde las murallas, sin sentido, junto al camello muerto. Me ayudaron a recuperar fuerzas con el vino dorado.

Sólo el hecho de tratarse de una mujer los impulsó a aventurarse tan lejos de las murallas. Por supuesto que se interesaban por las mujeres,

especialmente los hombres. Puesto que yo no sabía hablar su idioma, aprendieron el mío. Tienen una enorme capacidad intelectual y entendieron mi lengua mucho antes que yo la suya. Pero se sentían mucho más atraídos por mí que por mi idioma. He sido y soy la única cosa por la que alguno de estos hombres olvida sus sueños de loto durante algún espacio de tiempo.

La mujer se echó a reír, fijando su mirada provocativa en Conan.

–Naturalmente, las demás mujeres tienen celos de mí -continuó diciendo con tranquilidad-. A su manera, y con su piel amarillenta, son bastante atractivas, pero tan soñadoras e inseguras como los hombres, y a éstos les gusto no por mi belleza sino por mi realidad. ¡Yo no soy un sueño! Aunque algunas veces he estado bajo los efectos del loto, soy una mujer normal, con emociones y deseos terrenales.

«Creo que sería mejor que le cortaras el cuello a esta joven con tu espada, antes que los hombres de Xuthal despierten y la rapten. De lo contrario, la harán pasar por cosas con las que jamás ha soñado. Es una muchacha demasiado débil para soportar todo lo que yo he aguantado. Soy hija de Luxur, y antes de cumplir quince años me condujeron a los templos de Derketo, la oscura diosa, para ser iniciada en los misterios. ¡Y no es que mis primeros años aquí hayan estado exentos de nuevos placeres! Los hombres y las mujeres de Xuthal poseen, en ese terreno, conocimientos que ignoran las sacerdotisas de Derketo. Sólo viven para sus placeres sensuales. Soñando o despiertos, sus vidas están llenas de éxtasis exóticos, muy superiores a los del resto de los hombres.

–¡Malditos degenerados! – exclamó Conan.

–Es cuestión de opiniones -repuso Thalis con ironía.

–Bueno -murmuró el cimmerio-, creo que estamos perdiendo el tiempo. Veo que éste no es un lugar adecuado para simples mortales.

Nos iremos antes que tus degenerados despierten o Thog nos devore.

Sospecho que el desierto es un lugar mucho más acogedor.

Natala, cuya sangre hervía en las venas ante las últimas palabras de Thalis, asintió con un movimiento de la cabeza. Hablaba mal el estigio, pero lo entendía a la perfección. Conan se puso en pie y ayudó a la joven a hacer lo mismo.

–Si nos enseñas el camino más corto para salir de esta ciudad -dijo-, nos iremos ahora mismo.

Sin embargo, sus ojos no se apartaban de los esbeltos miembros marfileños de la estigia.

La mujer lo notó y sonrió enigmáticamente al ponerse en pie como una gata perezosa.

–Sígueme -murmuró, segura de que la mirada del gigantesco cimmerio seguía clavada en su cuerpo.

No tomó el camino por el que habían llegado, pero antes de que Conan sospechara algo, la mujer se detuvo en una amplia habitación en cuyo centro había una pequeña fuente, sobre un suelo de marfil.

–¿No quieres lavarte la cara, niña? – le preguntó a Natala-. Está llena de polvo, al igual que tus cabellos.

Natala enrojeció de odio y resentimiento ante la malicia de las palabras de la estigia, pero aun así aceptó la sugerencia preguntándose si el sol y el polvo del desierto le habrían estropeado la piel, que todas las mujeres de su raza cuidaban especialmente. Se arrodilló junto a la fuente, echó hacia atrás sus cabellos, se bajó la túnica hasta la cintura y comenzó a lavar no sólo su rostro sino también sus blancos brazos y hombros.

–¡Por Crom! – exclamó Conan-. Las mujeres se detienen a pensar en su belleza aunque el mismísimo diablo les esté pisando los talones.

Date prisa, muchacha. Estarás otra vez llena de polvo antes de que salgamos de esta ciudad. Thalis, te agradecería mucho que nos proporcionaras un poco de comida y bebida.

Como respuesta, Thalis se apretujó contra su cuerpo y pasó su blanco brazo por los bronceados hombros. Conan percibió inmediatamente el perfume de los cabellos de la mujer.

–¿Por qué partir hacia el desierto? – murmuró Thalis en voz baja-.

¡Quédate aquí! Te enseñaré cómo se vive en Xuthal. Te protegeré. ¡Te amaré! Eres un hombre de verdad. Estoy harta de esos idiotas que sueñan y despiertan, y luego vuelven a dormirse una vez más. Deseo la pasión limpia y recia de un hombre de la tierra. El fuego de tus ojos me hace latir aceleradamente el corazón y el contacto de tu brazo de hierro me enloquece. ¡Quédate aquí! ¡Te haré rey de Xuthal! ¡Te enseñaré todos los antiguos misterios y los más exóticos caminos del placer! Yo…

La mujer le había rodeado el cuello con ambos brazos y se había puesto de puntillas para apretujar su cuerpo vibrante contra el de Conan. Al mirar por encima del hombro de la mujer, el cimmerio vio a Natala y notó que la muchacha, al echar atrás sus mojados cabellos, se detenía a mirarlo, y abrió la boca y los ojos con un gesto de profundo asombro. Conan murmuró algo ininteligible y se deshizo de Thalis, apartándola con una mano. La joven miró a la muchacha brithunia y sonrió enigmáticamente, mientras parecía estar asintiendo de manera misteriosa con un movimiento de su espléndida cabeza.

Natala se incorporó y se ajustó la túnica. Sus ojos brillaban de indignación y en su rostro se reflejaba una mueca de dolor. Conan maldijo entre dientes. No era más monógamo que cualquier aventurero, pero en él había una decencia innata que constituía la mejor protección para Natala.

Thalis no insistió más. Les hizo una seña con la mano para que la siguieran, luego se volvió y atravesó la habitación. Se detuvo cerca de la pared cubierta de tapices. Mientras la miraba, Conan se preguntó si no estaría oyendo los sonidos producidos por el monstruo que se paseaba furtivamente por el palacio. El cimmerio sintió un escalofrío ante esa posibilidad.

–¿Qué estás escuchando? – quiso saber Conan.

–Estoy mirando esa puerta -respondió Thalis, señalando con una mano hacia otro lado.

Conan se dio media vuelta con la espada en la mano, pero no vio nada. De inmediato oyó un ruido a sus espaldas y giró sobre sus talones. Thalis y Natala habían desaparecido. En ese preciso momento, el tapiz caía de nuevo sobre la pared como si alguien lo hubiera levantado un segundo antes. Mientras el cimmerio contemplaba la pared, asombrado, desde el otro lado del muro se oyó el grito ahogado de la muchacha brithunia.

Cuando Conan se volvió para mirar hacia la puerta que le señalaba Thalis, Natala se hallaba exactamente detrás de él y a un lado de la estigia. En el mismo momento en que el cimmerio les volvió la espalda, Thalis cubrió con una mano la boca de Natala con la rapidez de una pantera, ahogando el grito de la muchacha. Simultáneamente, el otro brazo de la estigia rodeó la estrecha cintura de la joven y la empujó

contra la pared, que cedió cuando un hombro de Thalis presionó sobre ella. Una sección del muro giró hacia adentro, y Thalis se deslizó con la prisionera a través de una abertura del tapiz, en el momento en que Conan se volvía.

Al cerrarse la puerta secreta, reinó la mas absoluta oscuridad.

Thalis se detuvo por un instante para palpar el panel y correr un cerrojo, y cuando apartó la mano de la boca de Natala, la brithunia comenzó a gritar con todas sus fuerzas. La carcajada de Thalis fue como miel envenenada en la oscuridad.

–Grita todo lo que quieras, pequeña estúpida. Lo único que conseguirás será acortar tu vida.

Natala guardó silencio. Todo su cuerpo temblaba.

–¿Por qué has hecho esto? – preguntó-. ¿Qué te propones?

–Recorreremos una corta distancia a través de este corredor y te dejaré allí para alguien que vendrá a buscarte tarde o temprano.

–¡Ooooh! – sollozó Natala aterrada-. ¿Por qué quieres hacerme daño? ¡Yo no te he hecho nada!

–Quiero a tu guerrero. Y tú te interpones en mi camino. Él me desea; lo leí en sus ojos. De no ser por ti, hubiera aceptado quedarse y ser mi rey. Cuando tú desaparezcas, él me seguirá.

–Te cortará el cuello -aseguró Natala con convicción, ya que conocía a Conan mejor que Thalis.

–Lo veremos -agregó la estigia con la confianza que le proporcionaba su poder sobre los hombres-. De todos modos, tú nunca sabrás si me está cortando el cuello o me está besando, porque serás la esposa del habitante de las tinieblas. ¡Ven!

Natala, aterrada, luchó como una salvaje, pero de nada le valió.

Con una fuerza que ella jamás hubiera imaginado en una mujer, Thalis la transportó por el oscuro pasillo como si se tratara de una niña.

Natala no volvió a gritar, porque recordaba las siniestras palabras de la estigia. Los únicos sonidos que se oían eran su desesperado jadeo y la suave risa lasciva de Thalis. Entonces la mano de la brithunia aferró algo en la oscuridad… Era la empuñadura de una daga que sobresalía del cinturón de Thalis, lleno de piedras preciosas incrustadas. Natala desenvainó el arma y atacó ciegamente, con todas las fuerzas de que era capaz en esos momentos.

De la garganta de Thalis surgió un grito de dolor y furia.

Retrocedió unos pasos y Natala se liberó de sus brazos y cayó sobre el pulido suelo de piedra. Se puso en pie, corrió hacia la pared más cercana y se quedó allí, temblando. No veía a Thalis, pero la oía.

Evidentemente la estigia no estaba muerta. Maldecía sin cesar, y su furia era tan terrible que Natala sintió que se le helaba la sangre en las venas.

–¿Dónde estás, pequeño diablo? – preguntó Thalis jadeando-. Deja que ponga mis manos sobre ti de nuevo y te…

La brithunia se estremeció de espanto ante la descripción del daño que pensaba hacerle su rival. El lenguaje de la estigia hubiera avergonzado al ciudadano más ordinario de Aquilonia.

Natala oyó que la estigia andaba a tientas en la oscuridad, y a continuación se encendió una luz. Evidentemente, el miedo que Thalis pudiera sentir en aquel oscuro pasillo quedaba ahogado por la cólera.

La luz procedía de una de las gemas con radio que adornaban los muros de Xuthal. Thalis había frotado una de ellas y en ese momento la estigia estaba iluminada por su resplandor rojizo, diferente a la luz que tenían las demás. Se apretaba un costado con una mano y la sangre se deslizaba entre sus dedos. Pero a pesar de ello no parecía debilitada.

Era evidente que no estaba herida de gravedad. Sus ojos relampagueaban con furia. El poco valor que le quedaba a Natala se esfumó cuando vio a la estigia de pie bajo aquel extraño resplandor, con su bello rostro deformado por un odio verdaderamente infernal. Thalis avanzó con paso de pantera, sacudiendo con impaciencia la sangre de sus dedos. Natala vio que no había herido de gravedad a su rival. La hoja de acero había resbalado por el enjoyado cinturón de Thalis, y luego arañó superficialmente su piel, lo suficiente como para aumentar todavía más la cólera de la estigia.

–¡Dame esa daga, estúpida! – masculló, avanzando hacia la asustada joven.

Natala sabía que era preciso luchar mientras pudiera hacerlo, pero se sentía absolutamente incapaz de reunir las fuerzas y el valor necesarios. Su falta de espíritu combativo, la oscuridad, la violencia y el horror de su aventura la habían dejado inerme física y mentalmente.

Thalis arrancó la daga de sus manos y la arrojó a un lado con ademán despreciativo.

–¡Pequeña zorra! – murmuró entre dientes, abofeteando furiosamente a la joven-, ¡Antes de arrastrarte por el pasillo para arrojarte a las fauces de Thog, te haré sangrar un poco! ¡Has osado herirme! ¡Pagarás cara tu audacia!

Thalis cogió a la joven por los pelos y la arrastró a través del corredor, hasta el borde del círculo de luz. En la pared había un grueso anillo de metal situado a la altura de la cabeza. De él colgaba una soga de seda. Como en una pesadilla, Natala sintió que le arrancaban la túnica y un segundo después Thalis ataba sus muñecas al anillo de la pared, del que quedó colgada, completamente desnuda. Sus pies apenas tocaban el suelo. Natala volvió la cabeza y vio que Thalis descolgaba de la pared un látigo con el mango enjoyado. Estaba formado por siete sogas de seda, redondas y mucho más duras que el cuero.

Thalis lanzó un grito de venganza al tiempo que levantaba el brazo, y Natala soltó un alarido cuando el látigo golpeó sus caderas. La joven se retorció desesperadamente, con la impresión de que en pocos segundos su cuerpo iba a quedar completamente destrozado. Cada golpe de látigo arrancaba de sus labios alaridos de angustia.

Cuando Natala giró su cabeza para suplicar a Thalis que se apiadara de ella, algo congeló sus gritos en la garganta. El dolor dio paso a un tremendo horror que se reflejó en sus bellos ojos.

Sorprendida por la expresión de su rostro, Thalis detuvo su mano levantada y se dio media vuelta con la agilidad de un felino.

¡Demasiado tarde! Un terrible grito surgió de sus labios cuando se tambaleó hacia atrás, levantando los brazos. Natala la vio durante un segundo; era una blanca silueta presa de pánico, recortada contra una enorme masa negra que se abalanzaba sobre ella. Luego la figura blanca dejó de tocar el suelo con los pies, la sombra retrocedió con ella y Natala quedó sola en el círculo de tenue luz, medio desmayada de horror.

Desde las negras sombras llegaron hasta ella unos sonidos incomprensibles que le helaron la sangre. Oyó la voz de Thalis suplicando desesperadamente, pero nadie respondió. No se oía otro sonido que el de la voz aterrada de la estigia, que de repente estalló en

alaridos de dolor y después en carcajadas histéricas mezcladas con sollozos. Al cabo de unos segundos, Natala oyó un jadeo convulsivo.

Luego cesaron los ruidos y reinó un terrible silencio en el pasillo secreto.

Natala sintió náuseas a causa del horror e hizo un esfuerzo por volverse a mirar hacia el lugar por el que había desaparecido la negra sombra de Thalis. No vio nada, pero tuvo la sensación de un peligro latente, de una amenaza que no acababa de comprender. Luchó contra la histeria que empezaba a apoderarse de ella. El dolor de sus muñecas heridas y de su cuerpo torturado quedó relegado ante la proximidad de aquella amenaza que no sólo ponía en peligro su cuerpo, sino también su alma.

Aguzó la vista para intentar ver más allá del círculo de luz, con todos los nervios en tensión por temor a lo que pudiera ocurrir. Ahogó un grito. La oscuridad estaba tomando forma. Algo enorme y abultado surgía del negro vacío. Vio una cabeza deforme y gigantesca que entraba en el círculo luminoso. Al menos eso le pareció a Natala, aunque no era la cabeza de un ser normal. Vio un enorme rostro parecido al de un sapo, cuyos rasgos eran tan borrosos como los de un espectro visto en un espejo de pesadilla. Vio unos grandes haces luminosos que podían ser unos ojos que parpadeaban y la miraban, y entonces la joven tembló ante la lujuria cósmica que se reflejaba en ellos. No podía ver el cuerpo de la criatura. Su silueta parecía alterarse y difuminarse sutilmente cada vez que lo miraba. Sin embargo, la sustancia de que estaba hecho parecía ser bastante sólida. No había nada de nebuloso ni fantasmagórico en él.

Cuando se acercó más a ella, Natala no pudo ver si se arrastraba, caminaba o flotaba en el aire. Su forma de locomoción era incomprensible para ella. Y cuando salió por completo de las sombras, Natala todavía no estaba completamente segura de qué se trataba. La luz de la gema no lo iluminaba como podría haberlo hecho con una criatura normal, porque por imposible que pareciera aquel ser era inmune a la luz. Sus rasgos seguían siendo oscuros e imprecisos, a pesar de haberse detenido tan cerca de ella que casi podía tocarlo. Sólo el enorme rostro de sapo parecía tener cierta claridad. Lo demás era un borrón, una negra sombra que la luz normal no iluminaría ni disiparía.

Natala pensó que se había vuelto loca porque no podía decir si aquella cosa la miraba desde arriba o desde abajo. Era incapaz de distinguir si el repugnante rostro la contemplaba desde las sombras que había a sus pies, o la observaba desde una enorme altura. Pero si su vista la había convencido de que, fueran cuales fuesen sus cualidades, estaba hecho de sustancia sólida, su sentido del tacto confirmó ese hecho. Un miembro que parecía un oscuro tentáculo se deslizó alrededor de su cuerpo y Natala gritó cuando sintió ese contacto en su carne desnuda. No era frío ni caliente, ni áspero ni suave. Jamás la había tocado una cosa semejante. Y en ese instante supo que, fuera cual fuese la forma de vida que representaba aquello, no se trataba de un animal.

Comenzó a gritar sin control mientras el monstruo tiraba de ella como si quisiera arrancarla brutalmente de sus ligaduras. Y entonces algo sonó sobre sus cabezas, y una forma humana cruzó el aire y cayó sobre el suelo de piedra.

Cuando Conan se dio media vuelta, alcanzó a ver que el tapiz volvía a su lugar y oyó el ahogado grito de Natala. Entonces se arro jó contra la pared, rugiendo como un león. Al retroceder por el potente impacto, que hubiera fracturado los huesos de un hombre normal, arrancó el tapiz dejando al descubierto lo que parecía ser una pared lisa.

Dominado por una furia terrible levantó el pesado sable para golpear el mármol, pero entonces otro ruido lo hizo girar sobre sus talones.

Delante de él había un grupo de individuos amarillentos, con túnicas azules y espadas cortas en la mano. Al volverse, los hombres se abalanzaron sobre él profiriendo gritos hostiles. Enloquecido por la desaparición de la muchacha, el bárbaro contraatacó.

Al saltar hacia adelante sintió una terrible sed de sangre, y entonces el primer atacante, cuya espada saltó por los aires al chocar con su sable, cayó pesadamente al suelo. Conan detuvo un brazo que descendía sobre él, y la mano que sostenía la otra espada saltó lejos chorreando sangre. Pero el cimmerio no se detenía ni dudaba. Con otro movimiento de pantera acorralada eludió el ataque de dos hombres, y la espada de uno de ellos, al fallar su objetivo, se hundió en el pecho del otro.

De las otras gargantas surgió un clamor de sorpresa, y Conan se permitió entonces soltar una carcajada al derribar a otro de los hombres de Xuthal, que rodó por el suelo con las entrañas al aire.

Los guerreros de Xuthal aullaban como lobos enloquecidos. Poco habituados a la lucha, eran ridículamente lentos y torpes comparados con el bárbaro, cuyos movimientos eran de una rapidez sólo posible para alguien perfectamente entrenado para la batalla. Los hombres tropezaban entre sí y atacaban demasiado pronto o con excesiva lentitud, y de esta manera sus golpes se perdían en el aire.

Sin embargo, y a pesar de sus defectos evidentes, los hombres de Xuthal no carecían de valor. Lo rodeaban gritando y atacando, y surgían más y más individuos por las puertas cercanas, despertados por el clamor de la batalla.

Conan, sangrando por una herida que tenía en la frente, despejó el campo por un momento con un giro mortal de sable, y luego echó una rápida mirada a su alrededor, buscando una salida. En ese momento vio que el tapiz que había en una de las paredes había sido corrido y dejaba al descubierto una estrecha escalera. En esta última se hallaba un hombre lujosamente ataviado, parpadeando perezosamente, como si acabara de despertar. La visión y la acción de Conan fueron simultáneas.

Saltó como un tigre por encima del cerrado círculo de espadas sin que lo tocaran, y luego corrió hacia la escalera con los demás hombres detrás de él. Tres de ellos se enfrentaron con él en los primeros escalones de mármol y Conan los atacó con la furia de un león. Hubo un momento en que las hojas de acero relampaguearon como rayos en una tormenta de verano. Luego el grupo se deshizo y Conan subió a toda velocidad por la escalera. Los demás hombres lo persiguieron, saltando por encima de tres cuerpos que se retorcían en el suelo.

Cuando Conan subía por la escalera de mármol, el hombre que se hallaba en la parte superior de ésta pareció despertar por completo de su estupor y desenvainó una espada, que resplandeció con un brillo helado bajo la luz de radio. Extendió la hoja hacia abajo, pero Conan la esquivó con rapidez, y la punta le rozó la espalda. El cimmerio se incorporó de inmediato y golpeó con su sable hacia arriba, como un

carnicero, a la vez que se ayudaba con toda la poderosa fuerza de sus hombros.

El golpe fue tan terrible que el hecho de hundir el arma hasta la empuñadura en el vientre del enemigo no detuvo a Conan. Tropezó con la pared opuesta, al tiempo que el individuo de la escalera, con el cuerpo casi partido en dos, rodaba escaleras abajo arrastrando consigo a varios hombres.

Conan se apoyó aturdido contra la pared durante un momento y los miró. Luego, empuñando el ensangrentado sable, entró en una habitación vacía. Detrás de él, la horda gritaba con tanta furia y horror que Conan inmediatamente pensó que había matado a algún hombre importante, quizá al rey de aquella fantástica ciudad.

Corrió al azar, sin ninguna meta. Trataba desesperadamente de encontrar a Natala, ya que estaba seguro de que la muchacha necesitaba ayuda con urgencia. Pero en esos momentos, perseguido por los guerreros de Xuthal, lo único que podía hacer era correr, confiando a la suerte la posibilidad de eludirlos y de hallar a la joven. Entre aquellas estancias mal iluminadas pronto perdió todo sentido de la orientación, y no resultó extraño que entrara en una habitación en la que en ese preciso momento también entraban sus enemigos.

Al verlo, gritaron vengativamente y se abalanzaron sobre él. Conan soltó un gruñido y se dio media vuelta para huir en otra dirección, por el mismo camino que había recorrido antes. Al menos, eso era lo que él suponía. Pero cuando entró en una habitación ocupada, se dio cuenta de su equivocación. Todas las habitaciones que había atravesado después de subir las escaleras estaban vacías. En aquella última había alguien que al verlo entrar se puso en pie gritando.

Conan vio a una mujer de piel amarillenta, cubierta de joyas, que lo miraba con los ojos desorbitados. La mujer extendió una mano con rapidez y tiró de una soga de seda que colgaba de la pared. El suelo cedió bajo los pies de Conan y ni siquiera su formidable instinto pudo librarlo de caer en la negra boca que se abrió debajo de él.

Conan cayó como un gato sobre sus pies y sobre una mano, y apoyó instintivamente la otra en la empuñadura de su sable. Un grito familiar llegó hasta sus oídos cuando se dio media vuelta como un lince acorralado que enseña sus colmillos en actitud amenazadora. Conan,

mirando por debajo de su larga melena, vio el blanco cuerpo de Natala que se retorcía entre el abrazo lascivo de una forma negra de pesadilla que sólo podía haber nacido en las mismísimas fosas del infierno.

En otro momento, ver aquella monstruosidad le habría helado la sangre en las venas a Conan. Pero al ver a su amiga en aquella situación dramática, sintió que el furor lo cegaba y atacó al monstruo.

Éste soltó a la muchacha para ocuparse de su atacante. El enloquecido sable de Conan cortó el aire con la velocidad del rayo y atravesó el enorme bulto negro, esa masa extrañamente viscosa, para golpear después el suelo de piedra, del que arrancó una miríada de chispas.

Conan cayó de rodillas al suelo por el impacto del golpe. No había encontrado la resistencia que esperaba. Cuando se incorporó, el monstruo ya estaba encima de él.

Se cernía sobre su cabeza como una nube negra y viscosa. Parecía flotar a su alrededor en hilos casi líquidos, envolviéndolo y ahogándolo.

El sable golpeó una y otra vez, y Conan sintió el contacto de un líquido espeso semejante a la sangre. Aun así, no cejó en su furia.

Conan no podía asegurar si estaba cercenando los brazos del monstruo o si estaba hundiendo el arma en su cuerpo. El gigantesco cimmerio salió despedido a un lado y a otro por la violencia de la batalla, con la impresión de que no estaba luchando con un solo ser vivo, sino contra un ejército. Aquella cosa mordía, arañaba, aplastaba y golpeaba, todo al mismo tiempo. Sintió que unos colmillos y unas uñas largas se clavaban en su carne. Le pareció que unos tentáculos como cables de acero ceñían sus miembros y su torso y, lo que era peor aún, que una especie de látigo formado por escorpiones caía una y otra vez sobre sus hombros y su pecho, arrancándole la piel y llenando sus venas con un veneno que era como fuego líquido.

En medio del torbellino de la batalla, los dos rodaron de un lado a otro del pasillo, cada vez más lejos. El cerebro de Conan se nubló por el castigo que estaba recibiendo, y su respiración se hizo dificultosa. De repente, por encima de su cabeza, vio un rostro parecido al de un sapo, iluminado por una tenue luz que parecía emanar de él mismo.

Lanzando un alarido que en realidad era una maldición, Conan saltó y atacó con todas sus fuerzas. El sable se hundió hasta la empuñadura en algún lugar debajo de aquel rostro espantoso, tal vez en el cuello, e

inmediatamente un temblor convulsivo agitó la masa negra que envolvía al cimmerio. Con un estallido volcánico de contracciones y expansiones, la cosa se tambaleó, retrocedió y rodó con fantástica velocidad por el pasillo. Conan lo persiguió, sin dejar de atacar, invencible, apretándose contra el monstruo como un perro de presa, sin soltar la empuñadura del sable, que no lograba arrancar de la masa viscosa.

En ese momento, la cosa brilló con un resplandor fosforescente que cegó a Conan, a la vez que sentía que la enorme masa negra se separaba de él dejando su sable en libertad. El arma y la mano que la sostenía golpearon en el vacío por última vez. El brillante cuerpo del monstruo cayó como un meteoro y Conan, completamente aturdido, notó que se hallaba al borde de un pozo de boca muy ancha, de una superficie resbaladiza. El cimmerio se quedó apoyado sobre éste durante un momento, contemplando cómo la cosa brillante desaparecía en el fondo hasta tocar una superficie resplandeciente, que durante un segundo pareció ascender casi hasta el mismo borde del pozo. El fantástico brillo duró unos segundos, hasta que desapareció totalmente.

Conan miró por última vez hacia el negro abismo en el que reinaba el más absoluto silencio.

Luchando en vano por librarse de sus ligaduras de seda, Natala trató de taladrar la oscuridad con sus ojos, mucho más allá del círculo de luz que la rodeaba. Su lengua parecía estar pegada al paladar. Había visto que Conan desaparecía en las sombras, en un combate mortal con el demonio desconocido, y los únicos sonidos que llegaron a sus oídos habían sido los terribles jadeos del bárbaro, el impacto de los cuerpos que luchaban y los salvajes golpes que se daban en la oscuridad. De repente todo cesó; Natala se balanceaba en sus ligaduras casi sin conocimiento.

El ruido de unos pasos la sustrajo de su apatía y vio a Conan, que surgía de las penumbras. La joven reconoció su propia voz en un grito que se repitió en cien ecos a lo largo del túnel. Resultaba penoso contemplar el castigo físico que había recibido el cimmerio.

–¡Oh, Conan! – sollozó la joven-. ¿Qué ha sucedido?

El cimmerio no tenía fuerzas ni para hablar, pero sus labios lacerados esbozaron una leve sonrisa al acercarse a la muchacha. Su

pecho peludo, brillante por el sudor y la sangre, jadeaba intensamente.

Levantó los brazos con gran esfuerzo y cortó las ligaduras que mantenían atada a la joven en la pared. Luego cayó de espaldas contra ésta, con las temblorosas piernas separadas, que ya no lo sostenían por más tiempo. La joven se incorporó de donde había caído y lo abrazó sollozando histéricamente.

–¡Oh, Conan, estás gravemente herido! ¡Oh! ¿Qué haremos?

–No se puede luchar contra un demonio de los infiernos y salir bien librado de la lucha -dijo el cimmerio jadeando.

–¿Dónde está? – musitó Natala-. ¿Lo mataste?

–No lo sé. Cayó en un pozo. Estaba hecho pedazos sanguinolentos, pero no puedo asegurar que el acero lo haya matado.

–¡Oh, tu pobre espalda!

–Me dio una infinidad de latigazos con uno de sus tentáculos -dijo Conan, maldiciendo entre dientes al moverse-. Cortaba como si fuera un alambre y quemaba como el veneno. Pero lo que más daño me hizo fue la fuerza con la que me aplastó. Era peor que una serpiente pitón.

Me parece que tengo la mitad de las tripas fuera de su sitio.

–¿Qué haremos?

Conan la miró. La trampilla del techo estaba cerrada. Hasta ellos no llegaba ningún ruido.

–No podemos retroceder por la puerta secreta -murmuró el cimmerio-. Esa habitación está llena de hombres muertos y seguramente habrá guerreros vigilando allí. Deben de haber creído que mi destino estaba sellado cuando caí por esa trampilla, porque de lo contrario me hubieran seguido hasta aquí. Ahora coge esa gema con radio de la pared… Cuando venía hacia aquí, vi algunas arcadas que daban paso a otros túneles. Entraremos por el primero que veamos.

Quizá conduzca a alguna fosa exterior o al aire libre. Tenemos que guiarnos por el azar. No podemos pudrirnos aquí dentro.

Natala obedeció y Conan, sosteniendo el pequeño punto de luz en la mano izquierda y el sable ensangrentado en la derecha, comenzó a caminar por el pasillo. Lo hizo lenta y rígidamente, puesto que lo único que lo sostenía en pie era su vitalidad animal. En sus ojos inyectados en sangre había una expresión vacía. Natala vio que el cimmerio se pasaba la lengua de vez en cuando por los labios heridos. Sabía que sus

sufrimientos eran terribles. Pero Conan, con el estoicismo propio de los bárbaros, no profirió ni una sola queja.

Al cabo de un rato la tenue luz iluminó una negra arcada, y Conan penetró en un nuevo túnel. Natala se estremeció ante la idea de lo que podría esperarles allí, pero la luz puso de relieve la presencia de un túnel casi igual al que habían dejado.

La joven no tenía la menor idea del camino que había recorrido hasta llegar a una puerta de piedra con un cerrojo dorado.

Miró a Conan dubitativa. El bárbaro se tambaleaba y la luz, inestable en sus manos, producía sombras fantásticas en las paredes y en el suelo.

–Abre esa puerta, muchacha -murmuró con voz cansada-. Nos estarán esperando los hombres de Xuthal y no los decepcionaré. ¡Por Crom, que esta ciudad jamás ha visto un sacrificio como el que verán ahora!

Natala se dio cuenta de que el cimmerio empezaba a delirar. Del otro lado de la puerta no se oía ningún ruido. La joven tomó la gema de radio de manos de Conan, corrió el cerrojo y abrió la puerta. Vio la parte posterior de un tapiz y lo apartó para mirar hacia el interior de la habitación, conteniendo la respiración. La estancia estaba desierta y en el centro se veía una fuente.

La mano de Conan cayó pesadamente sobre uno de sus hombros.

–Apártate, muchacha -musitó-. Ahora viene la fiesta de las espadas.

–No hay nadie en la habitación. Pero hay agua…

–Sí, oigo el ruido -repuso el cimmerio humedeciendo sus labios resecos con la lengua-. Beberemos antes de morir.

Parecía estar ciego. Natala lo tomó por una mano y lo condujo con cuidado, caminando de puntillas y esperando ver surgir de un momento a otro, bajo las arcadas, a muchos hombres de piel amarillenta.

–Bebe tú mientras yo vigilo -dijo Conan en voz baja.

–No, yo no tengo sed. Tiéndete junto a la fuente para lavarte las heridas.

–¿Dónde están las espadas de Xuthal?

Conan se pasaba constantemente el antebrazo por los ojos, como tratando de aclarar su visión.

–No oigo nada. Todo está en silencio.

Conan se puso de rodillas junto a la fuente, hundió el rostro en el amplio cuenco de cristal y bebió como jamás lo había hecho en toda su vida. Cuando levantó la cabeza, sus ojos tenían una expresión más normal. El cimmerio se tendió en el suelo tal como le había sugerido la joven, aunque sin soltar el sable que sostenía en la mano ni apartar sus ojos de las arcadas. Natala lavó la piel lacerada de Conan y luego vendó sus heridas más profundas empleando para ello una cortina de seda.

Al terminar su tarea, Natala se quedó helada por la sorpresa.

Debajo de unos tapices que cubrían parcialmente la entrada de una alcoba, acababa de ver una mano de piel amarillenta.

Sin decirle nada a Conan, la joven se incorporó y cruzó la habitación con calma, aferrando la empuñadura de la daga del cimmerio. El corazón le latía aceleradamente cuando apartó la cortina con sumo cuidado. Sobre la tarima dormía una joven desnuda de piel amarilla, aparentemente muerta. Junto a su mano había una jarra de jade casi llena de un extraño líquido del elixir descrito por Thalis, que proporcionaba vigor y vitalidad a la degenerada Xuthal. Se inclinó sobre el cuerpo de la joven y se apoderó de la jarra, al tiempo que apoyaba la punta de su daga sobre el pecho de la muchacha. Pero ésta no se despertó.

Natala dudó. Pensó que sería mucho mejor matar a aquella joven y eliminar así el peligro de que despertara y gritara. Pero no se decidía a hundir el puñal del cimmerio en aquel pecho inmóvil. Por último, corrió la cortina y regresó junto a Conan.

Se inclinó sobre él y apoyó el borde de la jarra en sus labios. El cimmerio bebió, al principio mecánicamente, y luego con avidez. Ante el asombro de Natala, Conan se sentó y tomó la jarra de sus manos.

Cuando levantó el rostro, el cimmerio tenía los ojos claros y una expresión normal. Gran parte del enorme cansancio físico había desaparecido de su cara, su voz era firme y ya no deliraba.

–¡Por Crom! ¿Dónde conseguiste esto?

La muchacha señaló con una mano y respondió:

–En esa alcoba en la que hay una joven amarilla durmiendo. Una vez más, Conan bebió el dorado líquido.

–¡Por Crom! – exclamó exhalando un profundo suspiro-. Siento que por mis venas corre nueva vida y una fuerza semejante al fuego. ¡Debe ser el elixir de la vida!

Se puso en pie y recogió su sable del suelo.

–Será mejor que volvamos al corredor -sugirió Natala nerviosamente-. Si nos quedamos aquí mucho tiempo, nos descubrirán.

Podemos escondernos allí hasta que curen tus heridas…

–¡Yo no! – gritó el cimmerio-. No somos ratas que se escondan en la oscuridad. Ahora mismo abandonaremos esta endiablada ciudad y no permitiremos que nadie nos detenga.

–¡Pero tus heridas…! – se quejó la joven.

–No las siento. Puede ser que este elixir me haya proporcionado una fuerza falsa, pero te juro que no siento dolor ni debilidad. Con súbita decisión, Conan cruzó la habitación y se dirigió a una ventana que la joven no había visto. Natala miró hacia el exterior por encima del hombro del cimmerio. Una fresca brisa agitó unos rizos que le caían sobre la frente. Más arriba se veía el firmamento, que parecía de terciopelo negro sembrado de estrellas. Debajo de ellos se extendía lo que parecía ser el desierto.

–Thalis dijo que la ciudad era un enorme palacio -musitó Conan-.

Evidentemente, algunas de las habitaciones están construidas como torres en las murallas. Ésta es una de ellas. La casualidad nos ha guiado bien.

–¿Qué quieres decir? – preguntó Natala mirando con aprensión por encima de su hombro.

–Hay una jarra de cristal sobre esa mesa de marfil. Llénala de agua y ata a su cuello una tira de seda para hacer un asa mientras yo rasgo este otro tapiz.

La joven obedeció sin hacer ningún comentario, y cuando terminó su tarea vio que Conan unía con rapidez largas tiras de seda para hacer una soga, uno de cuyos extremos sujetó a una pata de la enorme mesa de marfil.

–Probaremos de nuevo en el desierto -dijo Conan-. Thalis habló de un oasis que había a un día de marcha hacia el sur, y de verdes praderas. Si llegamos a ese oasis, podremos descansar hasta que se curen mis heridas. Este vino es magia pura. Hace poco estaba casi

muerto, y ahora estoy preparado para cualquier cosa. Aquí queda suficiente seda como para que te hagas un vestido.

Natala había olvidado su desnudez. El hecho en sí no la preocupaba en absoluto, pero su delicada piel necesitaba protección contra el sol del desierto. Mientras la joven sujetaba una pieza de seda a su cuerpo, Conan se dio media vuelta y con un gesto desdeñoso separó los frágiles barrotes de oro de la ventana. Luego rodeó la cintura de Natala con el extremo suelto de la soga y le dijo que se sujetara a ella con ambas manos. Entonces la subió hasta la ventana y le hizo descender los diez metros que los separaban del suelo. Una vez en tierra, Natala se liberó de la soga, que Conan recogió. Después tomó las jarras de agua y vino para enviárselos a la joven y descendió rápidamente.

Cuando el cimmerio llegó a su lado, Natala exhaló un suspiro de alivio. Permanecieron inmóviles al pie de la gran muralla durante unos instantes, con las pálidas estrellas sobre su cabeza y el desnudo desierto delante de ellos. Natala ignoraba los peligros que aún les esperaban, pero estaba contenta de hallarse fuera de aquella ciudad irreal y fantasmagórica.

–Puede que encuentren la soga -gruñó Conan cargándose las jarras sobre los hombros, que encogió ligeramente cuando éstas to caron sus heridas-. Incluso pueden perseguirnos, pero a juzgar por lo que dijo Thalis, lo dudo. Por aquí se va hacia el sur. Por lo tanto, en algún lugar en esa dirección está el oasis. ¡Vamos!

Tomando a la joven de la mano con una cortesía poco habitual en él, Conan comenzó a caminar sobre la arena, ajustando su ritmo al paso corto y breve de la muchacha. No se volvió a mirar la silenciosa ciudad que quedaba a sus espaldas sumida en el sueño.

Seguir: parte 6 de 7