Confusa
Capítulo 1
Sara vuelve a pararse en mitad del campo. Se nota más cansada que de costumbre, como si ese entrenamiento, a pesar de ser como el de todos los días, fuese mucho más duro que cualquiera. No está muy centrada y tiene la sensación de que la forma física de una de esas abuelas que a veces pasean alrededor del estadio, es mucho mejor que la de ella.
—¡Sara! ¿Se puede saber qué haces? —la aludida se gira para ver a su prima Vanesa gritándole desde la banda—. No te quedes parada, que el partido continúa.
Sara mira a sus compañeras como si de repente reparase en que están jugando y no llevasen ya quince minutos de partido entre ellas. Respira profundamente y apretando los dientes, corre hacia la portería donde están todas las jugadoras disputándose un posible gol. Levanta la mano indicando que está libre y, para su sorpresa, Marta se la pasa y la pelota termina en sus pies. Sara se centra y siente ese cosquilleo que le entra cada vez que tiene oportunidad de marcar. Clava la mirada en los pies de las jugadoras que vienen hacia ella, tratando de adivinar de esa manera casi mecánica con la que siempre lo hace, los movimientos que harán para adelantarse y escapar con el balón. Decidida, se detiene en seco y pisa el balón para cambiar de dirección, pero lo hace con tanto ímpetu y poco control, que nota como el tobillo se le tuerce y un calambre de dolor la atraviesa dejándola clavada en el sitio.
A sus rivales no les cuesta robarle el balón y escucha las protestas de Marta desde la otra banda. Una cosa es que la jugadora se esfuerce —por complacer a su novia— en hacer juego de equipo, y otra que le haga gracia que Sara pierda la pelota.
—¿Te quieres mover? —Pregunta Marta cuando pasa por su lado.
Sara coge aire y mueve el pie tratando de valorar la lesión, sabe que no es grave, pero debería abandonar el campo y ponerse hielo. Aun así, no lo hace y sale corriendo detrás de Marta con la intención de subsanar su error.
Otra compañera recupera la pelota y Sara, a pesar de que el tobillo le pincha
cada vez que pisa el suelo, alza la mano para indicar que está sola y vuelve a recibir el balón. Se desmarca de dos compañeras en dos movimientos que hasta a ella la sorprenden teniendo en cuenta el dolor que siente y cuando Marta se adelanta por la izquierda, Sara chuta el balón con todas sus fuerzas para pasárselo. La jugada se traduce en un golazo que Marta celebra como si jugasen un partido oficial, pero Sara se ha quedado quieta en el sitio, porque el pase no ha hecho más que aumentar el dolor en su tobillo.
El silbato que hace sonar su prima indicando un descanso la hace suspirar de alivio, no solo le duele, está cansada y tiene sed como si viniera del desierto.
—¿Estás bien? —Vanesa está a su lado, y la mira con cara de preocupación.
La actitud ha cambiado de entrenadora enfadada a prima preocupada en cuestión de segundos.
—Sí, solo me he torcido un poco el pie, pero no es nada —le quita importancia Sara.
—¿Puedes caminar? —Pregunta Vanesa con expresión desconfiada.
—Sí, claro, necesito sentarme un rato, nada más.
Sara sonríe y apoyándose en el hombro de su prima, caminan las dos fuera del campo para que se siente en un banco.
—A ver, déjame ver ese tobillo —exige Vanesa.
Sara se saca la bota y el calcetín para dejar al descubierto el pie. Tiene un poco de inflamación justo por debajo del hueso, nada que no le haya pasado otras veces, pero a Vanesa no le gusta lo que ve y pide con un grito seco que le traigan hielo.
—No me lo digas, te lo has torcido cuando te han robado el balón —
Sara nota la mirada de desaprobación de Vanesa, pero asiente porque se le da muy mal mentir—. Joder, Sara, ¿por qué no has parado entonces?
—Yo qué sé, quería que ganásemos.
—¿Un entrenamiento? No me jodas.
Vanesa mira a Marta, que bebe agua junto a otras compañeras junto a la banda.
—No te dejes contagiar por su competitividad, ¿quieres?
—No, eso ya lo haces tú —Sara le saca la lengua y las dos se ríen.
—En fin, vete al vestuario, has terminado por hoy.
—Pero si no es nada —protesta la jugadora.
De repente Sara nota un agobio que le atenaza el pecho. Está cansada, pero la idea de no hacer nada es mucho peor que correr agonizando por el campo. Últimamente, necesita estar ocupada todo el tiempo, de lo contrario le cuesta respirar y las horas se le hacen muy largas sin saber por qué se siente así.
—Venga, Sara, no me hagas repetirlo —insiste Vanesa con voz autoritaria.
Sara se calza y se levanta sin apenas mirar a sus compañeras. Se dirige al vestuario y sin ninguna prisa, entra en la ducha y deja que el agua caliente le caiga por encima. Ahí se desconecta, esos son los únicos momentos en los que consigue relajarse y no pensar en nada.
—Sara. ¿Estás bien? —Marta la mira con cara de preocupación cuando sale de la ducha. Sara se pregunta cuánto tiempo se ha tirado bajo el agua caliente, ni siquiera ha escuchado entrar a sus compañeras—. Vane me ha dicho que te has torcido el tobillo.
Marta la mira con expresión culpable y Sara tiene que esforzarse por aguantarse la risa, todavía le cuesta acostumbrarse al cambio radical que ha dado la relación entre ellas desde que Marta sale con Vanesa.
—Vanesa es muy dramática, solo me lo he torcido un poco, pero prefiero descansar para estar al cien por cien el sábado.
—¿Estás segura de que podrás jugar? —Pregunta mirándola fijamente.
—La duda ofende—. Responde poniéndose una mano en el pecho.
—Bien —Marta dibuja una sonrisa maliciosa, odia perder y sin Sara la delantera del equipo se queda bastante coja—. Pues mejórate, y si necesitas algo, nos llamas —le responde con una amplia sonrisa.
—Claro.
Marta se gira y comienza a desnudarse para meterse en la ducha. Sara se queda mirándola, incapaz de comprender que hace poco más de un año se odiasen a muerte, y ahora Marta no solo se ha convertido en alguien de su familia, sino que empieza a considerarla una buena amiga en la que puede confiar tanto como en su prima.
—Qué fuerte —dice incrédula, sonriendo en voz baja.
Se termina de vestir cuando las demás salen de la ducha y gritando un adiós general, sale del vestuario dándose cuenta de que cojea más de lo que le gustaría.
Sara llega a casa con la única idea de irse directamente a la cama. Ha tenido las piernas en tensión todo el entrenamiento y ahora nota los músculos cansados y temblorosos. Está segura de que si pone la pierna en alto apoyada sobre un mullido cojín, cuando se despierte esa inflamación habrá disminuido hasta quedarse en un mal recuerdo.
Mientras cocina el salmón en el horno, enciende la televisión poniéndola en un canal deportivo donde están repitiendo un partido de su jugadora de tenis favorita, pero ni siquiera eso logra captar su atención. Su mirada, absorta y nerviosa, se centra en las paredes a medio pintar del comedor.
Últimamente, para paliar ese nerviosismo que siente y el agobio que le entra cuando no tiene nada que hacer, le ha dado por pintar, y no es que lo haga especialmente bien, por no hablar de que ese buen gusto que tiene para combinar la ropa que se pone cada día, no se traslada a la hora de elegir colores y su comedor le parece un cuadro abstracto de esos que hay colgados en los museos y que ella no entiende.
Apaga el televisor y decide que mejor cena en la cocina, en silencio y sin ver ese desastre que ella solita ha montado. Tal vez sea buena idea que un día de estos les pida ayuda a Vanesa y Marta para que la ayuden a arreglarlo, pero por ahora, debe centrarse en que se le cure ese tobillo, porque no quiere perderse ni un partido.
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