Confusa
Capítulo 7
La casa de sus padres se encuentra en una pequeña urbanización a las afueras de Valencia. Es una casa de dos pisos con patio y garaje, todo lo que se podía pedir para formar una familia. Sus sentimientos hacia esa casa son encontrados, recuerda una infancia muy feliz allí, pero a la vez lo infeliz que fue los últimos años antes de independizarse. Siempre la deja hecha un lío ir a ver a sus padres.
Antes de llamar, su hermano se esfuerza en poner una sonrisa en la cara.
Unos segundos después de que suene el timbre, la puerta se abre de un revuelo, y una figura regordeta de pelo rizado se lanza a los brazos de Marcos chillando. El chico devuelve el efusivo abrazo a su madre, llevaba tiempo esperándolo. Con todo el ruido, su padre aparece también en la puerta, intentando saber qué ha hecho que su mujer grite así. A diferencia de ella, este tiene la misma expresión seria de siempre y mira a su hijo con dureza. Sara traga saliva con dificultad, a lo mejor no debería haber insistido en venir a hacer una visita.
—Marcos. No sabía que venías —dice su madre medio sollozando y soltando por fin el cuello de su hijo.
—No se lo había dicho a nadie —dice depositando un beso en su mejilla. Después se gira hacia su padre y se tensa un poco. Le alarga la mano para que la estreche—. Hola, papá.
Sara puede ver cómo su padre se debate interiormente sobre lo que debe hacer. Siempre ha sido un hombre orgulloso y con unos principios muy rígidos, y está segura de que se acuerda de la última conversación que tuvo con Marcos. De todas formas, parece que el ver a su hijo después de tanto tiempo, lo ablanda un poco, ya que esboza una media sonrisa y acepta la mano de su hijo.
—Hola, hijo. Te echábamos de menos —dice tirando de él para darle un abrazo mecánico e incómodo, pero abrazo, al fin y al cabo.
—Pasad, voy a preparar café para todos —dice su madre todavía emocionada.
Pasan a la sala de estar y se sientan en el sofá. Nadie sabe muy bien qué decir, así que se quedan unos minutos en un silencio incómodo. Sara va a casa de sus padres a comer varios días por semana, pero en este momento se ha quedado en blanco. Por suerte para todos, su madre viene al rescate.
—Sara, cariño, te guardé el tupper que te dejaste el otro día. Te lo dejo en una bolsa en la entrada.
—Gracias, mamá.
—Bueno, de hecho, te meto un poco más de comida para Marcos. Puedo poneros caldo del que he hecho hoy, ha sobrado mucho —dice hablando más rápido de lo normal—. Porque se queda en tu piso, ¿no? ¿O te quieres quedar aquí? Te puedo preparar tu habitación en un minuto, es solo poner sábanas limpias —a su madre empieza a faltarle el aire y da la sensación de que el tono de la piel se le está poniendo azul pitufo.
—Mamá, tranquila —dice Marcos sonriéndole tiernamente—. Me quedaré con Sara, ya está decidido.
Su madre por fin se tranquiliza y trae unas tazas de café de la cocina.
Todos toman unos primeros sorbos en silencio. Sara se arrepiente de haber hecho venir a su hermano.
—¿Has venido a hacer algo especial, cariño? —Es su madre la que de nuevo rompe el silencio.
—No, solo he pensado que os podía hacer una visita —su madre parece feliz con esa noticia, pero su padre sigue un poco más reacio a aceptar la vuelta de su hijo así por las buenas—. Tenía ahora dos semanas sin ensayos entre una obra y otra, y pensé en aprovechar para venir y despejarme.
—Así que sigues con lo del teatro —su padre por fin abre la boca.
—Sí, y nos está yendo muy bien, somos de las mejores compañías de Berlín, lo que significa que tenemos mucho trabajo —explica emocionado.
—¿Mucho trabajo? Supongo que con lo que te pagan solo te da para vivir en una ratonera. He visto cómo están los precios por allí, tendrías que ganar mucho para vivir bien —se puede ver, que, aunque se lo esperaba, eso le cae como un cubo de agua fría a Marcos.
—¡Jose! Deja al niño explicar las cosas —le reprime su mujer.
—Pues la verdad es que me da para pagar bastante más que eso. Tengo un piso muy bonito en el centro de Berlín —dice con dureza, ofendido, mirando fijamente a su progenitor.
—Explícanos cosas de por allí, quiero saber qué estás haciendo —su madre intenta relajar la situación, Sara no sabe qué decir y cada vez está
más incómoda sentada en el sofá.
—Pues ahora hemos terminado Romeo y Julieta de Shakespeare en la que yo hacía de Romeo. Cuando vuelva empezaremos una original que hemos escrito un amigo y yo. Es la primera obra que escribimos, así que estoy muy nervioso.
—¡Qué buena noticia! —Su madre parece realmente feliz por él.
—Miles de euros invertidos en tu educación como para que te ganes la vida haciendo papeluchos en un teatro —su padre está empezando a alzar la voz.
—¡Nunca pedí que me pagarais una educación! Os dije que la universidad no era lo mío, pero nadie me escuchó.
—¡Porque pensaba que acabarías entrando en razón en algún momento!
—¡Ya basta! —Ahora es Sara la que ha alzado la voz—. Hemos venido a saludar y a pasar un buen rato en familia, no a que iniciéis otra discusión
—eso parece tranquilizarlos a todos a excepción de su padre que, enfadado, se levanta y se va hacia el jardín.
—Le tenéis que perdonar. Ha pasado mala noche con la artritis y está de mal humor —lo excusa su mujer—. ¿Por qué no venís el domingo a comer?
Él estará más tranquilo y podremos hablar de forma más relajada.
Ambos aceptan esa comida mientras se levantan para irse. Su madre hace cara de estar al punto del llanto debido al comportamiento de su marido. Los dos se despiden con un abrazo efusivo antes de dirigirse hacia el coche.
Vuelven a casa con una sensación agridulce. No ha ido tan mal como era de esperar, pero sí que había cosas que hubiera sido mejor que no se dijeran.
—¿Estás bien? —Pregunta Sara cuando aparcan debajo de su piso.
—Sí —contesta Marcos mientras intenta sonreír—. Estaré mejor después de echarme una siesta. Llevo esperándola desde que me he comido mi peso en pizza.
Salen del coche y Marcos se estira todo lo grande que es para relajarse.
Sara avanza hasta el piso en el cual compartirá unos días con su hermano.
—Qué bonito —dice Marcos mientras avanza hacia el comedor—. Se nota que está decorado por ti. Tan mal gusto como siempre —dice mirando la pared azul.
En otro momento Sara se reiría, pero no tiene ganas de contestar.
Simplemente sigue avanzando hacia la habitación de invitados.
—Esta es tu habitación —le dice mientras abre la puerta. Dentro hay una sencilla estancia pintada de blanco, con una cama doble recién hecha, un armario empotrado y una silla—. El armario está lleno de ropa vieja, pero si quieres colgar algo, tienes un perchero detrás de la puerta.
Sara vuelve a mirar las paredes blancas de la habitación y lamenta que su hermano esté en su casa, el mal rato pasado en casa de sus padres la tiene muy nerviosa y si estuviera sola, este sería un buen momento para coger la brocha y unos botes de pintura y descargar su frustración a brochazos.
—Te dejo para que te instales y descanses —dice Sara saliendo de la habitación.
—Gracias. Haz tú lo mismo. Esta noche nos espera una buena fiesta.
Marcos deja la maleta a un lado y deja caer su metro noventa sobre la cama con una sonrisa.
—Me alegro de verte, hermanita, gracias por dejar que me quede —dice amable.
—No hagas que me arrepienta —contesta ella sonriendo, después cierra la puerta y se va a su habitación.
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