Confusa
Capítulo 2
Cuando Sara se despierta al día siguiente está un poco desubicada y le cuesta centrarse. Coge el móvil y comprueba la hora, no es muy tarde, aunque tampoco tan temprano como le gustaría. Ve que tiene un mensaje de su prima y pulsa para leerlo.
—Buenos días, ¿qué tal el tobillo?
Sara, que no había movido más que el brazo en ese momento, mueve ambos pies al mismo tiempo y se da cuenta con disgusto de que todavía le duele. Se lamenta porque no se le ocurrió tomarse un antiinflamatorio antes de irse a dormir. Se destapa y se incorpora para mirarse el pie, lo sigue teniendo un poco hinchado y ahora también hay un ligero moretón dando color a la zona dolorida.
—Joder —dice suspirando.
A su prima le miente y le dice que ya no le duele en absoluto, sabe que si dice que tiene un poco de molestia, mañana la sentará en el banquillo, y Sara quiere jugar al menos la mitad del partido. Se levanta y se dirige hacia la cocina para hacerse un café mientras decide lo que hace. Cuando pasa por el comedor, no quiere ni mirar las paredes, lo mismo que la ayuda a desestresarse cuando está nerviosa, la exaspera cuando ve todo el trabajo que tiene pendiente si quiere volver a dejar las paredes en condiciones.
Se prepara unas tostadas y mientras come recuerda que su amiga Rebeca, o tal vez debería llamarla amante, le habló una vez de un fisio al que suele acudir cuando se lesiona en el gimnasio. Decide que eso es justo lo que necesita, uno que le ponga un buen vendaje o tal vez una infiltración.
La doctora del equipo queda descartada, acudir a ella es peor que acudir a su prima, como poco la deja sentada en el banquillo dos semanas y eso no puede permitírselo.
De nuevo coge el móvil y le escribe un mensaje a Rebeca preguntando si le puede pasar el número de aquel fisio del que le habló. La chica responde al cabo de un rato y le pregunta si le pasa algo. Sara le explica por
encima y en cuanto Rebeca le da el número del centro de un tal Jorge Almendro, llama para pedir hora.
—Tendrá que ser el miércoles de la semana que viene como muy pronto
—dice la mujer que le ha contestado al teléfono.
—¿El miércoles? —Sara se alarma y se pone las manos en la cabeza—.
No puedo esperar tanto, necesito que me vean el pie hoy.
—Con Jorge lo tenemos todo lleno, pero si quiere que la atienda otro de los fisioterapeutas del centro, esta misma mañana nos han cancelado una cita y Claudia Utiel podría atenderla, sería a las doce, ¿le va bien?
Sara mira el reloj, tiene tiempo de sobra.
—Sí, vale, a las doce es perfecto, gracias.
La futbolista todavía no ha dejado el teléfono sobre la mesa cuando este empieza a sonar de manera repentina. Sus ojos se abren con sorpresa al ver el nombre de su hermano Marcos, hace semanas que no hablan.
—Qué—. Responde en tono seco y borde cuando descuelga el teléfono.
—¡Buenos días, enana! —Saluda con voz alegre su hermano.
A Sara le repatea que la llame así siendo ella mayor que él, pero se contiene y no protesta.
—Marcos. ¿Qué ha pasado? —No está de humor para soportar sus tonterías y tiene prisa, si no se viste y se prepara, llegará tarde a la cita con la fisio, y eso no se lo puede permitir.
—Nada, solo quería saber cómo estabas.
—Tú nunca llamas por nada —dice extrañada—. ¿Qué quieres?
—Tan simpática como siempre —se mofa burlón.
Sara suspira con desespero esperando a que continúe. Su hermano y ella han sido siempre polos opuestos a pesar de que en el fondo se entienden muy bien.
—Llego a la ciudad mañana y me preguntaba si me querrías ahorrar la habitación de hotel.
Ni pensarlo, se dice a sí misma horrorizada ante la idea, Sara valora demasiado su tranquilidad.
—¿Y por qué no te quedas en casa de papá y mamá? Les sobran habitaciones.
—He venido a ver a la familia, pero ni loco me meto en esa casa, me sacan en una bolsa para cadáveres en menos de treinta minutos.
Sara resopla. No le puede negar que tiene razón. La relación de Marcos con su padre es muy tensa desde hace años, por eso se le ve poco por la
ciudad.
—Pues coge un hotel. Vivo en un piso pequeño y estoy liada con los entrenamientos, aquí no vas a estar cómodo.
—Claro que sí, ni notarás que estoy. Llego mañana a las dos de la tarde.
—Ni de broma, aquí no te quedas —no obtiene contestación y se separa el teléfono de la oreja para observarlo como si fuera un alienígena—.
¿Marcos? —Un pitido indica que la llamada ha terminado.
—Será capullo —suelta el exabrupto Sara tirando el móvil de malas maneras sobre la mesa.
Nota la ira invadiéndola por dentro. No soporta a su hermano cuando la ignora y da las cosas por hechas sin contar con su opinión. Tiene ganas de gritar y dar patadas a los botes de pintura que hay por el comedor, pero se contiene inhalando el aire lentamente. Lleva años copiando esos consejos que la psicóloga daba a su prima Vanesa para controlar su ira, y lo cierto es que las respiraciones le funcionan cuando se exaspera como lo está ahora.
Se da una ducha rápida, se viste con ropa cómoda y unas deportivas de bota que le sujeten el tobillo para intentar paliar el dolor.
Llega al centro de fisioterapia justo un par de minutos antes de su cita.
La mujer con la que ha hablado le dice que ya puede pasar y cuando le abre la puerta de la sala número dos, Sara se encuentra con una mujer de más o menos su edad que la mira sentada desde detrás de su mesa.
—Me vas a perdonar, Sara —dice la mujer mirando una hoja—, pero me han pasado tu cita ahora mismo y no pone lo que te pasa. ¿Habías venido por aquí antes?
—No —contesta Sara un poco atontada.
La tal Claudia no le resulta destacable por ningún aspecto físico, para ella no es guapa, ni tampoco fea; sin embargo, tiene algo que le llama la atención sin que Sara sepa definir exactamente lo que es.
—¿Y qué es lo que te trae por aquí?
—Tú sabes lo que haces, ¿no? —suelta Sara de repente.
Claudia la mira entre sorprendida y divertida. Es la primera vez en el poco tiempo que lleva allí haciendo suplencias que le hacen una pregunta como esa.
—Pues diría que sí —responde acompañando sus palabras con una caída de ojos que desconcierta a la jugadora.
Ahora la mira de otro modo diferente y concluye que, sin duda, Claudia está a la altura de ser una más en esa larga lista que no deja de crecer.
Vanesa no hace más que decirle que siente la cabeza de una vez, que no puede andar bajando bragas a unas y otras, pero a Sara le resulta más cómodo divertirse sin mezclar sentimientos, ya ha visto en otras jugadoras los problemas y la tristeza acarreada por rupturas y peleas y no quiere eso para ella, al menos es de eso de lo que siempre trata de convencerse.
—Perdona, no sé por qué lo he dicho —se disculpa Sara.
En realidad sí que lo sabe y lo tiene muy claro, no quiere que ninguna mano inexperta le toque el tobillo y se lo deje peor de lo que está, su carrera deportiva depende de ello, pero también sabe que si le menciona a esa mujer que es jugadora profesional, lo más probable es que le recomiende no jugar el siguiente partido, y Sara no quiere escuchar algo que ya sabe.
—Haré ver que no te he escuchado, venga, cuéntame, ¿qué te pasa?
—Ayer me torcí el tobillo y necesito que me lo arregles porque mañana he quedado con una amiga para ir a correr y no quiero darle plantón, será poco recorrido, te lo prometo —dice Sara sin respirar.
Claudia carraspea. A Sara, además de atractiva y demasiado inquieta, le parece un tanto peculiar.
—Vamos a echarle un vistazo a ese pie antes de que me arrepienta.
La fisioterapeuta le señala la camilla y Sara se levanta y se descalza antes de sentarse.
—Seguro que sabes lo que haces, ¿no?
Sara se pone roja cuando las palabras vuelven a brotar de su boca.
Claudia se queda clavada en el sitio, a punto de perder la poca paciencia que tiene.
—Te voy a hablar muy claro, Sara. Yo aquí solo vengo algunos días para hacer suplencias, no estoy fija en la plantilla porque profesionales como yo hay muchos y lamentablemente no tengo un trabajo fijo en esto y me lo tengo que combinar con otra cosa. Dicho esto, si no te fías y prefieres que te atienda alguien que trate con pacientes a diario, eres libre de marcharte ahora mismo, pero si decides quedarte, lo harás fiándote de mí y dejando de cuestionar mi trabajo de una vez.
La jugadora la mira boquiabierta. En cierto modo, Claudia le recuerda un poco a Vanesa cuando le echa bronca, aunque su prima a veces es más brusca y a estas alturas ya la habría expulsado del campo.
—Sí, vale, me quedo —acepta bajando la mirada como si fuera un perro arrepentido.
Sara sube la pierna a la camilla y le muestra su tobillo. Claudia se pone unos guantes y sentada sobre un taburete, va palpando y haciendo pequeños movimientos con el pie de Sara.
—¿Esto duele?
—Muy poco —contesta Sara.
—¿Y esto?
—No, eso no.
—¿Y si lo tienes en reposo notas molestia?
—No, si no lo muevo ni me acuerdo de que me duele.
—Es una simple inflamación, esto con Ibuprofeno y unos días de reposo, se curará solo —concluye Claudia.
—Ya, pero yo no puedo estar de reposo, tengo un trabajo —dice Sara nerviosa—, y tengo que estar de pie todo el día.
—¿No puedes coger la baja unos días?
Claudia le coge el pie y le hace un masaje en la planta para relajar la tensión que percibe en Sara. La jugadora se estremece sin saber muy bien el motivo, y aparta la mirada porque es incapaz de sostenerla teniendo a Claudia delante mirándola de esa manera penetrante.
—No puedo coger ninguna baja.
Sara está a punto de decirle que eso sería una catástrofe, pero no puede y de repente siente ganas de llorar. El cansancio que tenía ayer en el entrenamiento vuelve a invadir su cuerpo y siente la mente embotada y la sensación de que en la habitación hay muy poco oxígeno.
—Está bien. Te enseñaré como hacer un vendaje compresivo y antes de irte al trabajo te lo haces para que el tobillo esté bien sujeto mientras estás trabajando, pero en cuanto llegues a casa, te lo quitas y haces reposo para que el pie descanse.
—¿Con eso podré correr? —pregunta Sara emocionada.
—¿De qué trabajas?
—Quiero ir a correr con mi amiga, ya te lo he dicho —dice Sara evitando responder.
—Es tu pie —dice Claudia encogiendo los hombros—. Mi consejo es que lo fuerces solo lo justo y necesario y que descanses al menos un par de días, pero ya eres mayorcita para saber lo que tienes que hacer.
Claudia le enseña a hacer el vendaje y cuando acaba se encuentra a Sara mirándola con una sonrisa boba en la cara. Sin duda, nunca se ha encontrado a nadie como ella, pero tampoco trabaja muchas horas y piensa
que quizá es que simplemente no se ha dado el caso y como Sara los hay a patadas, y peores también.
—¿De qué te ríes? —pregunta Claudia con una extraña confianza que parece haber entre las dos.
—De que me acabas de salvar la vida, muchas gracias —. Responde Sara reprimiendo las ganas que le han entrado de repente de darle un abrazo.
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