Confusa

Judit Tarazaga · Capítulo 8 de 21

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Confusa

Capítulo 8

A las siete y treinta y cinco, Sara sigue delante de su espejo intentando cuadrar el maquillaje con la ropa escogida. Ha empezado a prepararse con tiempo, pero ha tenido que hacer tres cambios de vestuario imprevistos. Las primeras veces las cosas no le quedaban igual de bien en la realidad que como las había imaginado en su mente. Marcos está empezando a andar de punta a punta del pasillo, estresado, al pobre se le había olvidado lo presumida que es su hermana. Sara intenta ignorarlo porque las prisas solo harán que el maquillaje le quede peor y tarde más tiempo. Diez minutos después, termina de arreglarse completamente, solo queda un pequeño detalle.

—¿Las plataformas o las botas de tacón? —Pregunta a su hermano enseñándole una opción en cada pie.

—¿Pero tú crees que a mí me importa eso? Son menos cuarto, Sara, vamos a llegar tarde —su hermano se toma la puntualidad muy en serio, y Sara lo está desesperando.

—No voy a salir hasta decidir cuál me queda mejor, así que tú sabrás a qué hora quieres llegar —su hermana no va a dar su brazo a torcer.

—Las plataformas, me gustan más.

—Perfecto —dice mientras va a cambiarse el zapato descartado.

Sara aplaude la decisión de su hermano con alivio, no es el calzado más adecuado para su tobillo, pero sin duda es mucho mejor que los zapatos de tacón, al menos la bota se lo dejará sujeto. Satisfecha con el resultado que le devuelve el espejo, coge su bolso y sus llaves, se echa un último vistazo y decide que está lista—. Ya nos podemos ir.

—Por fin —gruñe Marcos esperándola ya en el ascensor.

—¿Vamos en bus o taxi? —Pregunta rebuscando su tarjeta de transporte en el bolso.

—Andando —responde su hermano, ella lo mira con incredulidad—.

Está solo a veinte minutos.

—Eso se avisa antes, Marcos. Yo no puedo andar veinte minutos con estas botas —dice con cara de susto.

—Claro que puedes —responde empezando a andar con las manos metidas en los bolsillos—. Venga, que ya vamos muy tarde.

—¡Marcos! ¡Que no voy a llegar! —Su hermano la ignora por completo a pesar de sus gritos.

Sara sabe que no la va a esperar, así que solo le queda tragarse el orgullo y seguirle. Definitivamente, su hermano la pone de los nervios.

Andan más de los veinte minutos que había dicho Marcos en un principio, pero él parece estar de un sorprendente buen humor. Va hablando y contando cosas de las personas que van a ver. Son amigos que hace tiempo que no ve y está impaciente por encontrarse con ellos. Sara lo entiende, pero no es capaz de compartir su misma alegría, ya que sus pies llevan ardiendo desde el principio de la caminata. Andar con plataformas no le resulta nada cómodo, por no hablar de que su tobillo comienza a resentirse un poco, por suerte, al menos ha sido previsora y se ha hecho un vendaje compresivo.

Siendo viernes, las calles del centro empiezan a estar llenas de gente que sale a cenar, universitarios que van a beber y adolescentes que se juntan en grupos en los bancos o parques. Sara ve que pasan por delante de los bares donde de normal suele salir ella, pero no se detienen en ninguno.

—¿Dónde vamos? —Pregunta cuándo ve que dejan atrás las calles principales y se meten en callejones donde el volumen de gente es mucho menor.

—A un bar barato al que solíamos ir cuando todavía estaba viviendo por aquí.

—Creo que nunca he venido por esta zona —dice la futbolista mirando a un lado y a otro con cara de susto.

—Eso es porque a ti te gustan los cócteles y los sitios pijos —Sara tiene intención de protestar, pero es verdad, así que se mantiene callada.

Con poco más de veinte años, dejó atrás los antros de cerveza barata y ahora prefiere los sitios con mesas bonitas y cócteles bien elaborados donde te tienes que arreglar para salir. Por lo que ve, su hermano, a pesar de estar casi en la cuarentena, no ha pasado por ese cambio de mentalidad.

Siguen pasando por callejón tras callejón mal iluminados y llenos de bares pequeños con gente arremolinada en la entrada bebiendo cerveza y fumando. Algunos tienen música lo suficientemente alta para que se oiga

desde la calle, mientras que otros son más tirando a pubs o bares. Sara solo tiene dos cosas claras, en su vida había salido por allí y va demasiado bien arreglada para el sitio. Sus pitillos, el top rosa de seda y las plataformas, destacan por encima de la gente vestida con sudaderas y vaqueros rotos.

Incluso ve horrorizada que algunos van en chándal. Nunca le ha gustado destacar de esa manera y se odia por no haber preguntado antes de vestirse dónde iban.

Finalmente, giran por una esquina y se encuentran con un callejón bastante estrecho iluminado por una sola farola. A mitad del callejón, un grupo de más de diez personas con botellines de cerveza en la mano hablan en círculo delante de una pequeña puerta de la que se escapa una luz roja.

Tiene la impresión de que es allí donde van, cosa que se confirma cuando algunas personas del grupo se dan cuenta de su presencia.

—¡Marcos! —Grita uno de los chicos del grupo avanzando a grandes zancadas hacia ellos—. ¡Cuánto tiempo sin verte, tío!

Marcos recibe a su amigo con un abrazo efusivo, cuando más personas del grupo se van acercando a saludarle con una sonrisa en la cara. Es un grupo de amigos muy peculiar, pero cuando se fija en cada uno de ellos, se sorprende de ver varias caras conocidas que ya había olvidado por completo. El chico que se ha acercado primero ahora se gira para saludarla a ella. La mira unos segundos antes de reconocerla.

—Sara. No te había reconocido —dice sonriendo por debajo de una espesa y negra barba—. Me alegro de verte —le da un abrazo que ella corresponde contenta de al menos saber que hay alguien a quien puede considerar amigo.

—Y yo a ti, Miguel.

Miguel ya no es el chico de dieciséis años escuálido que recordaba.

Ahora su pelo rizado, igual de negro que la barba, le llega a la altura de los hombros. También ha aumentado unos kilos, pero su cara redonda y gafas de pasta siguen igual que hace años. Sara se da cuenta de que es de los que va vestido en chándal y sudadera, con unas botas militares negras. Ha cambiado poco de estilo desde la adolescencia. De todas formas, sigue siendo el chico cariñoso y simpático de siempre.

Algunas personas más se acercan a saludar, vistiendo un estilo similar al de Miguel. Ella reparte besos a todos los que conoce y se presenta a los que no. En algún momento alguien le pone un botellín de cerveza en la mano y cuando se quiere dar cuenta, ya está traspasando la puerta del bar. Es una

entrada estrecha que da a una escalera, la cual baja por debajo del nivel del suelo, dando a un pub bullicioso y oscuro donde un grupo de música está tocando en una tarima en el fondo. Nota como los pies se le pegan al suelo y el olor a tabaco y alcohol le inunda las fosas nasales. El local, de una sola estancia, no es muy grande y está a rebosar de gente. La música está extremadamente alta y rebota contra las paredes haciendo que hablar por encima de ella sea complicado. Se siente un poco cohibida tan fuera de su ambiente.

—¿Dónde está Claudia? —Escucha que su hermano pregunta a alguien.

—En el fondo —contesta chillando un chico de pelo castaño que se encuentra a sus espaldas.

Marcos la coge del brazo y la arrastra abriéndose paso entre la gente, acercándose cada vez más al grupo de música. En primera fila, hay un grupo de cinco chicas bailando en círculo, se nota que conocen las canciones del grupo. Cuando se fija, reconoce a Claudia de inmediato, pero no como la amiga de su hermano, sino como la fisioterapeuta a la que acudió hace unos días. Sara se queda boquiabierta con el corazón acelerado y el botellín en la mano, incrédula.

Claudia no se parece en nada a esa profesional entre seria y misteriosa de la otra tarde, ahora sonríe sin parar y está bailando energéticamente de una forma que la cautiva de inmediato. Su pelo castaño liso, que le debe llegar por la cintura, se mueve libremente con cada movimiento que hace y le cae por encima de unos hombros puntiagudos en los que se marcan los huesos. Lleva una camiseta apretada y transparente que deja ver el top de encaje que lleva debajo. Eso, combinado con unos pantalones anchos negros que se le aguantan a nivel de la cintura. Por la expresión de su rostro, se ve que ya va bastante contenta, pero desprende una alegría y felicidad que atraen a Sara de una forma curiosa. Sus movimientos se sincronizan a la perfección con el ritmo de la música de forma casi natural, lo que hace que, aunque se esté divirtiendo con sus amigas y no se fije en lo que hace, atraiga las miradas de varias personas. Cuando se gira hacia ellos y ve a su amigo, la cara se le ilumina y se lanza a los brazos de Marcos.

Sara ve cómo empiezan a hablar, uno a la oreja del otro, ya que es la única forma de oírse por encima de la música. Mientras tanto, ella se queda parada sin saber qué hacer, no conoce a nadie y la música no es su estilo, siente que ha aterrizado en un mundo paralelo.

—¿Te acuerdas de mi hermana? —escucha que dice su hermano mientras tira de su brazo para acercarla.

Ella sonríe a Claudia, turbada y sin saber cómo debe comportarse.

¿Finge que la recuerda de los años universitarios de su hermano o es sincera y confiesa que la vio el otro día y no fue capaz de reconocerla? Sara no tiene tiempo de decidirlo, porque Claudia la mira y esboza la sonrisa más auténtica que ha visto en mucho tiempo, y eso la deja sin habla.

—¿Te acuerdas o no? —insiste Marcos.

Claudia le dedica una mueca traviesa y Sara, ruborizada, comprende que la chica está dispuesta a dejar que decida contestar lo que quiera.

—Claro, sí —responde turbada ante la risa socarrona de Claudia—.

¿Cómo estás?

Titubeando, Sara se acerca a abrazarla y le deposita un beso en la mejilla. Claudia, divertida por la reacción de Sara, se lo devuelve demorándose sobre su mejilla más tiempo del habitual.

—Muy bien —responde Claudia mirándola de arriba abajo de manera descarada.

Sara nota que le cuesta respirar, no sabe si es por el agobio que le produce que haya tanta gente o porque la presencia de Claudia la pone muy nerviosa.

—Dice mi hermano que es tu cumpleaños, felicidades —dice tratando de calmarse.

—Gracias. Venga, os invito a un chupito —grita mientras los coge a los dos de la mano y los lleva hacia la barra abriéndose paso a codazos.

Una vez en la barra, apoya todo su torso sobre ella para que el camarero pueda escucharla bien. Sara no puede apartar los ojos de esa mujer, se siente como si estuviera embrujada y a su lado no hubiera nadie más, a pesar de que Marcos está pegado a ella consultando algo en su teléfono. El camarero rápidamente coloca tres vasos de chupito encima de la barra y coge la botella de tequila.

—Yo no debería —dice Sara sabiendo que el tequila nunca ha sido su amigo—. Mañana entreno.

—Venga, es mi cumpleaños y te invito, no me puedes decir que no —

insiste Claudia pasándole uno de los vasos mientras la mira fijamente a los ojos.

Se ha maquillado con una larga raya y sombra negra, lo que dan mucha más profundidad a sus ojos castaño claro. Los tiene tan expresivos que Sara

siente que se puede perder en ellos. Se queda sin palabras y lo único que hace es coger el chupito y tomárselo sin pensar después de brindar con ella y con su hermano. De repente la recuerda y comprende por qué le ha costado asociar tanto a la Claudia de ahora con la de antes. ¿En qué momento aquella joven insegura que venía por su casa se ha convertido en la mujer decidida que tiene delante?

Marcos gesticula que se va a fumar fuera y se gira en dirección a la puerta dejándolas a solas. Sara se queda un poco perdida sin saber muy bien qué hacer, pero Claudia la coge del codo y se le acerca a la oreja.

—No creo yo que esas botas sean el calzado más adecuado para tu pie

—suelta con una caída de ojos que deja a Sara paralizada.

—Ya —titubea—, pero lo tengo mejor, y me he puesto el vendaje.

Además, no me duele ni un poco, en serio, he hecho mucho reposo —

miente como una bellaca.

Claudia se ríe.

—Espero que sea verdad, otro chupito y nos vamos a bailar.

Sara sabe que no debería, pero es incapaz de decirle que no. Se toman el segundo chupito y piden una copa cada una. Con sus bebidas pagadas, nota que la mano de Claudia coge con fuerza la suya mientras le sonríe.

—Vamos —dice sin que se la pueda oír, y empieza a tirar de ella hacia la multitud.

Vuelven al sitio del principio con el grupo de chicas de antes. Claudia la presenta, pero Sara es incapaz de retener ningún nombre porque solo se puede centrar en ella.

No sabe muy bien qué hacer y nota que destaca demasiado. La música no es su estilo, la ropa que lleva es lo opuesto a la que llevan las otras chicas y no tiene ni idea de cómo se baila ese tipo de música. Pero una de las chicas, la coge de la mano para que empiece a bailar con ella. Eso aumenta su seguridad, y si suma los chupitos que empiezan a hacerle efecto, el resultado es que se olvida completamente de la vergüenza.

Empieza a bailar siguiendo el ritmo que marcan el grupo de amigas y las luces que van cambiando de color. La incluyen por completo en el grupo, y a pesar de no saberse ninguna canción, Sara baila como si no hubiera un mañana. Copia los movimientos de las chicas mientras se ríen y se despeinan. No sabe cuánto tiempo pasa hasta que ve que Miguel se les acerca.

—Hemos dicho de cambiar de bar e ir a uno que se pueda cenar —grita para que lo oigan todas.

Sara está desconcertada, sin duda, ese no es para nada el ambiente al que ella está acostumbrada. Para la jugadora, lo normal es cenar y después salir a tomar una copa, no bailar antes de las diez para más tarde cenar y volver a la fiesta.

Todas las miradas se dirigen a Claudia, como cumpleañera, ella es la que debe decidir. Asiente vigorosamente, y empieza la ruta hacia la salida de ese antro, que está cada vez más lleno. Fuera se ha reunido un grupo de unas quince personas, que supone que son las invitadas al cumpleaños como tal. Marcos está hablando con varios chicos que ella no conoce y no le presta atención, así que se gira para buscar alguien con quien relacionarse. Empiezan a andar dirección al bar donde se supone que van a cenar, todos hablando y chillando entre ellos. Sara no habla, pero la alegría del ambiente la contagia.

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