Confusa

Judit Tarazaga · Capítulo 6 de 21

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Confusa

Capítulo 6

Cuando el despertador suena en la mañana siguiente, Sara se siente de mucho mejor humor que el día anterior. Parece que gran parte del enfado y agobio se ha desvanecido en sus sueños, y también con el placer de los orgasmos. Cuando se gira, encuentra a Rebeca todavía dormida a su lado.

—¡Buenos días, dormilona! —Le grita al oído—. En cuarenta minutos tienes que irte, que tengo entrenamiento.

—¿Pero no tuviste ayer por la tarde? —Dice la chica con los ojos medio cerrados y arrastrando las palabras.

—Sí, pero los viernes toca por la mañana. Así que vete espabilando —le planta un beso sonoro en la frente y se levanta de un salto.

Ayer con la noticia fresca y de sorpresa no tuvo tiempo de procesar toda la información, pero durante la noche se ha podido hacer a la idea. Su hermano va a venir y, aunque eso implica algunos cambios en su vida, también son buenas noticias por mucho agobio que le entre. Tiene que pensar así o estará amargada toda la semana que su hermano esté por aquí.

O dos semanas. La verdad es que no tiene ni idea de cuánto tiempo tiene pensado quedarse y eso la perturba un poco.

Abre el armario y rebusca hasta encontrar un chándal. Se viste apresuradamente y va al baño para arreglarse. Eso siempre le lleva bastante tiempo. Se limpia la cara, se pone crema de sol, crema hidratante y tres cosas más que ya se ha olvidado de para qué sirven, pero que le dejan la piel suave y tersa. Después procede a hacerse su coleta alta de siempre y suspira dándose por satisfecha con el resultado.

Tiene un poco de resaca del día anterior, así que antes de hacerse el vendaje compresivo en el tobillo decide tomarse un Ibuprofeno. Cada vez parece que le duelen más cosas. Ya no es la Sara de veinte años que podía con todo.

Se prepara un bol de yogur con avena que se come con prisa y justo cuando está a punto de ir a llamar a Rebeca, la ve aparecer por la puerta.

Todavía tiene cara de sueño, pero ya está vestida y lista para marcharse.

—¿Nos vemos algún día la semana que viene? —Pregunta frotándose los ojos.

—No sé si podré —responde Sara sin mirarla mientras recoge las cosas

—, pero te digo cosas. ¿Estás lista? —. Rebeca simplemente asiente.

Las dos salen juntas por la puerta y bajan en silencio. Al despedirse, es ella la que se inclina para depositar un pequeño beso en sus labios.

—Te diré algo si puedo quedar —dice sonriendo y haciendo una mueca traviesa que le sale sin querer.

Rebeca asiente divertida y responde esa mueca con otro beso antes de darle una palmada en el trasero y marcharse.

Cuando Sara, por fin sola y decidida a enderezar un poco su vida, entra en el coche, escucha que le llega un mensaje.

“¿Te acuerdas de mí, enana?”

Por desgracia sí, piensa agobiada al leer el aviso de su hermano.

Contesta y deja el móvil en la guantera. No piensa sacarlo de allí en toda la mañana para evitar que su buen humor se vuelva a desvanecer. Sube la música al máximo y se va directamente a buscar a Vanesa y Marta. Las chicas ya la esperan en la puerta de su casa.

—¡Buenos días, preciosas! —saluda jovial.

—Buenos días —contestan al unísono con una sonrisa.

Vanesa la mira de reojo cuando se sienta y siente un gran alivio al ver que está animada.

—¿Qué tal el tobillo? ¿Te duele menos? —Se interesa Marta mientras se abrocha el cinturón de seguridad.

—Muy poco, es más como si me hubiera dado un golpe que una torcedura. Hoy os doy permiso para que os riais de cómo corro —bromea quitando hierro al asunto.

—Tu tranquila, que, si ayer ya me reí, hoy lo haré más —contesta Vanesa cambiando la música a su gusto.

El entrenamiento pasa sin nada especial a destacar. Vanesa, sin fiarse mucho de la palabra de su prima, se ha asegurado de hacer ejercicios suaves y a ella la ha utilizado de ayudante la mayoría del tiempo con la excusa de colocar conos y quitarlos de manera constante, por lo que Sara no está forzando el pie demasiado.

En cualquier caso, lo mejor es que hoy se siente bien, y tiene ganas de hacer el tonto, por lo que saca tiempo para correr cojeando cada vez que pasa por delante de Vanesa, solo con la intención de sacarla un poco de

quicio. Su prima al principio se preocupa pensando que realmente sigue lesionada, pero una vez descubre la trampa, se dedica a tirarle conos a la cabeza cada vez que pasa por delante haciendo el tonto. Al final todo el equipo hace un buen trabajo y se van a la ducha con la seguridad de que el domingo tienen posibilidades de ganar.

Sara llega al aeropuerto bastante justa de tiempo y se encuentra a su hermano esperándola a la salida. No le cuesta demasiado distinguirlo gracias a su metro noventa, que hace que sobresalga por encima del resto de personas. Lleva una pequeña maleta como equipaje y el cojín del avión alrededor del cuello. Sara intenta llamar su atención desde el coche, pero sin éxito. El capullo de su hermano está demasiado ocupado mirando a unas chicas que se han fijado en él. Marcos es muy guapo y lo sabe aprovechar.

No es solo la altura, su pelo negro siempre despeinado y sus ojos grises, levantan pasiones por allí por donde pasa.

Su hermana saca una mano del coche y la mueve mientras chilla su nombre sin ningún resultado. Marcos sigue con la vista fija en las dos chicas que estaban coloradas y riendo entre ellas. Viendo el nulo resultado y negándose a salir del coche, toma la vía rápida. Aprieta la bocina de manera repetida haciendo que suene escandalosamente durante un tiempo que parece eterno. No piensa parar hasta que él se gire. La gente empieza a darse la vuelta para ver quien está haciendo tanto ruido, pero ella, sin la más mínima vergüenza, sigue con la mano en el volante mientras mira a su hermano, que esta vez se ha dado cuenta de su presencia y se dirige con prisas hacia el coche.

—Pero ¿qué haces? —Las dos chicas que antes flirteaban con él, ahora se están riendo a carcajadas de la escena.

—Es que estabas demasiado entretenido intentando llamar la atención de esas chicas, así que he pensado que podría echarte una mano —dice con una sonrisa traviesa.

La parte buena de tener a su hermano allí, es poder torturarlo.

—Qué simpática —comenta Marcos mientras entra en el coche—, pero me las estaba arreglando bien yo solito.

—Normal, vistiendo en manga corta a diecisiete grados, cualquiera llama la atención —la verdad es que Marcos debe haber estado yendo al gimnasio este último año, pues los músculos se le marcan más que de

costumbre—. ¿Has comido o vamos a comer? —Pregunta después de que los dos se fundan en un abrazo.

—Nada desde el desayuno. Quiero una pizza. ¿Tienes entrenamiento esta tarde?

—No, lo he tenido esta mañana —Sara sigue conduciendo unos minutos en silencio—. ¿Le decimos a papá y mamá si vienen a comer? ¿O pasarás a saludarlos después?

—Pues la verdad es que es un tema delicado —Sara lo mira levantando una ceja esperando a ver qué sorpresa tiene para ella—. No les he dicho que venía.

Su hermana tiene que esforzarse para no frenar el coche en mitad de la calle. Marcos siempre ha sido de hacer las cosas a su manera y sin dar explicaciones, pero eso a ella la saca de quicio.

—¡Por Dios, Marcos! ¿En serio no has sido capaz de coger el teléfono y decir que venías?

—Es que entonces la situación se hubiera empezado a poner tensa desde mucho antes y no me apetecía nada llamarlos —Sara suspira, sabe que su hermano tiene razón—. Además, la última vez que vine, papá me dijo que mejor si no me volvía a ver en mucho tiempo. Por una vez, intento hacerle caso —dice encogiéndose de hombros.

—Entiendo y sé que es complicado, pero les tienes que decir algo —

Marcos se hunde un poco en su asiento—, primero vamos a ir a comer y después pasaremos por casa a saludarlos.

Sara siente una bola de ansiedad en la boca del estómago solo de pensarlo, pero sabe que deben hacerlo, si no las consecuencias pueden ser mucho peor.

—Empiezas a hablar como mamá —como toda respuesta, su hermana alarga la mano y le da un puñetazo con todas sus fuerzas en el brazo.

Sabe que la visita con sus padres no será fácil, pero tener a su hermano otra vez a su lado, hace que una cierta alegría la invada. Le echaba más de menos de lo que pensaba.

Van a la pizzería que solían ir de críos y en la que ambos son capaces de pedir sin mirar la carta. Llevan comiendo lo mismo desde que tenían diez y ocho años y en el restaurante ya los conocen. Después de la conversación del coche, la situación se ha relajado y la comida transcurre de forma amena mientras charlan sobre su vida. Sara le explica cómo le va en el equipo, como es el piso nuevo que ha alquilado y que a su prima le va muy bien con

Marta. Por su parte, Marcos ha estado trabajando sin parar en la compañía de teatro, haciendo dos obras diferentes que han llevado a varias ciudades de Europa a la vez que trabajaba algunas tardes de camarero para ganar un extra de dinero. Sara se tranquiliza un poco al ver que es feliz y no le falta de nada, sabe que, aunque estuviera en aprietos, no llamaría a sus padres por ayuda y eso la pone nerviosa.

—Bueno, ¿y tú qué? —pregunta Marcos con media sonrisa que pone a Sara en alerta.

—¿Yo qué?

—Has hablado de la novia de Vane, pero ¿y tú? ¿No tienes a nadie por ahí?

De nuevo, la imagen de Claudia le atraviesa el pensamiento como una flecha dejándola clavada en la silla. Sara siente una inquietud extraña y frunce el ceño preocupada por la cantidad de veces que ha pensado en esa chica a la que apenas conoce y solo ha visto en una ocasión.

—¿Qué? —insiste Marcos.

—Nada, yo no tengo a nadie. Me va muy bien sola —responde seca y bastante borde.

Su hermano arquea las cejas y sonríe divertido.

—Así que eres una ligona.

—Yo no he dicho eso, solo que no estoy con nadie en estos momentos.

—Haces bien, las mujeres solo traen problemas.

—Yo no he dicho que quiera estar con una mujer.

Sara está comenzando a agobiarse con la conversación.

—¿Ah, no? —su hermano se sorprende, ella se sorprende todavía más por su comentario, sobre todo porque la única relación que ha tenido aunque haga mil años, fue con un chico.

—No, soy bisexual, ¿recuerdas?

—Vale, no te pongas así, hermanita —Marcos se ríe divertido por la expresión agobiada de su hermana.

Siempre le resultó muy fácil hacerla rabiar, y parece que las cosas no han cambiado.

—Por cierto —dice cambiando el tema—, esta noche salimos.

Sara se da cuenta por su tono de que eso es más una afirmación que una pregunta.

—Una de las razones por las que también he venido es porque una de mis amigas cumple años, Claudia. ¿Te acuerdas de ella?

Sara tuerce el gesto. Ese nombre le trae recuerdos lejanos y tiene que esforzarse bastante para volver a la época universitaria de su hermano, donde hizo una buena pandilla a la que Sara conocía de vista.

—¿Te acuerdas o no?

Su corazón comienza a acelerarse y siente un escalofrío recorrerle la columna, no puede ser. Por un momento se le pasa por la cabeza de que la amiga de su hermano y la fisioterapeuta sean la misma persona, pero lo descarta rápidamente. De la universitaria apenas recuerda su simpatía desbordante, pero es incapaz de ponerle rostro, en cambio, la mujer que la ha enseñado a hacer vendajes compresivos, no le pareció simpática, ¿o sí?

—Muy poco —dice turbada.

—Bueno, eso da igual, ya la verás esta noche.

—No es amiga mía, Marcos, no veo que pinto yo ahí.

—Eres mi hermana y conoces a muchos de mis amigos, no veo por qué no puedes venir, además, hace mucho que tú y yo no salimos de fiesta por ahí. Lo pasaremos genial. Salimos de bares y después ha comprado entradas para un local del centro.

—No creo que vaya. Estoy cansada y no tengo ganas de salir.

—Claro que vas a salir. No acepto un no como respuesta —Marcos cambia su expresión a la que usaba cuando eran pequeños y quería un turno extra a la consola—. Venga, estaré aquí por poco tiempo, no me puedes decir que no.

—Bueno, me lo pensaré —claudica su hermana. Marcos sonríe sabiendo que se ha salido con la suya. Siempre lo hace.

El resto de la comida acontece sin nada demasiado interesante. Marcos intenta alargar la conversación todo lo que puede para retrasar la visita a sus padres, pero llega un punto en el que ya no quedan temas para sacar. De repente se queda muy callado, paga y se dirige hacia el coche de su hermana. Sara se siente mal por él, quiere ayudarle, decirle que solo va a ver a las personas que lo criaron y que lo siguen queriendo, pero sabe que no es tan fácil como eso. Decide quedarse callada gran parte del camino.

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