Confusa

Judit Tarazaga · Capítulo 3 de 21

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Confusa

Capítulo 3

Sara sale del centro de fisioterapia contrariada, está feliz porque el vendaje que Claudia le ha dejado puesto hace que no sienta dolor en el pie y le da tranquilidad para saber que podrá jugar el partido, pero agobiada por la llegada de su hermano. El regreso de Marcos será como dar un paso atrás en su familia, volverán los dramas, las discusiones y las peleas con su padre.

Solo de recordar las situaciones le sube una incomodidad por el centro del pecho que le corta el aire. Sara no está pasando por su mejor momento, ni siquiera ella es capaz de definir el motivo por el que se pone tan nerviosa o se siente tan agobiada en determinadas situaciones, y lo último que necesita ahora es añadir tensión a su vida. Pero Marcos es su hermano y, aunque ha decidido visitarlos en el peor momento, ella debe estar de su lado como siempre ha hecho.

Llega a su casa hecha una bola de nervios, todavía falta un buen rato para el entrenamiento y de repente siente que las paredes se cierran a su alrededor y no puede respirar. Deja la bolsa con las vendas y la pomada que Claudia le ha recomendado comprar en la farmacia y se queda mirando la pared. Necesita matar el tiempo o se asfixiará, así que se viste con ropa vieja y de nuevo coge una brocha y se entretiene esparciendo pintura como si la vida le fuera en ello. No entiende por qué algo tan absurdo como eso logra frenar el ritmo de sus pulsaciones, lo lógico sería hacer yoga o meditación como hace alguna de sus compañeras de equipo, pero Sara lo ha probado y la pone más nerviosa todavía.

Cuando se siente más serena, se da una ducha, come algo rápido y sale a la puerta justo cuando su prima llega a recogerla con el coche.

—¿Qué tal ese tobillo, Sara? —Pregunta Vanesa justo cuando abre la puerta. Obviamente, no piensa decirle que le sigue molestando un poco, y mucho menos que ha ido a una especialista por su cuenta.

—Muy bien—. Las respuestas tan secas no son propias de ella, por lo que su prima se huele que ha pasado algo.

—¿Estás bien? —Vanesa se ha medio girado para mirarla sin perder de vista la calle.

Sara se da cuenta en ese momento de que Marta no está en el coche, pero se ha puesto tan nerviosa que ni siquiera le pregunta, lo que alerta todavía más a su prima.

—No me hagas insistir, Sara —la voz de Vanesa es imponente, casi tanto como cuando se enfada en el entrenamiento—, te conozco, ¿qué te pasa?

—Marcos viene mañana y se va a quedar en mi piso —responde sin apartar la vista del asfalto.

Ya lo ha dicho, y no es hasta que lo ha pronunciado en voz alta cuando se da cuenta de cuánto le afecta la situación.

—¿Cómo? —Las cejas de Vanesa se arquean en un gesto de sorpresa—.

No me habías dicho nada. ¿Cuándo te lo ha dicho?

—Porque no lo sabía ni yo. Me ha llamado esta mañana para avisarme, porque, como siempre, el muy capullo espera que todo el mundo esté a su entera disposición.

Sara cruza los brazos sobre el pecho y suelta un bufido que le levanta el flequillo de la cara.

—¿Y no puede quedarse con tus padres? Buff, no, olvida eso.

Vanesa es perfectamente conocedora de lo mal que se lleva su primo con sus tíos y de lo desastrosa que puede resultar esa convivencia, aunque solo dure unos pocos días.

—Claro que no puede. Se fue a Alemania solo para alejarse de ellos —

dice como si su prima no conociese ya la historia—. Te aseguro que si pasan dos días en la misma casa se terminan matando. Mi padre no ha cambiado de opinión, sigue pensando que mi hermano está tirando la vida a la basura.

—Quiero mucho a mi tío, pero a veces me dan ganas de abofetearlo. Si mi padre estuviera en sus cabales lo pondría en su sitio. Todavía me acuerdo de la pelea de las Navidades de hace cinco años —resopla Vanesa rememorando ese incómodo momento y reza para que la situación sea mejor esta vez.

—No me lo recuerdes —dice Sara agobiada.

—¿Y por qué no se va a un hotel?

—Porque dice que no tiene dinero, pero ya sabes cómo es Marcos, a ese lo que le pasa es que no le gusta estar solo.

Las dos sonríen con nostalgia.

—Pues me parece que no tienes escapatoria, Sara. ¿Puedo hacer algo para ayudar?

Vanesa se arrepiente de inmediato de lo que ha dicho, como a Sara le dé por decirle que acoja a su primo en su casa, le da un pasmo. No solo porque está segura de que Marta no estaría muy de acuerdo, sino porque ella misma no quiere, le gusta mucho disfrutar de su intimidad con su chica.

—No, la verdad es que no —ambas se miran sin decir nada, pero Vanesa disimula su alivio.

En un intento de mejorar el ambiente, su prima sube la música de su lista compartida, eso siempre la anima. Las dos cantan a pleno pulmón hasta que llegan al campo.

El calentamiento empieza muy bien, el vendaje hace su efecto y Sara hace ejercicios y corre por el campo como si nada, pero conforme se va acercando el final, la molestia reaparece y se da cuenta de que no puede pasarse. Claudia le ofreció ese recurso para estar de pie y caminar un poco en el trabajo, no para correr detrás de una pelota ni cargar todo el peso de su cuerpo sobre ese pie.

La jugadora afloja el ritmo y trata de disimular su leve cojera, no puede permitirse que Vanesa la siente en el banquillo durante el partido, la ansiedad se la comería viva. Además, para una vez que viene su hermano, quiere poder jugar. Sara da gracias a todos los dioses que conoce cuando hacen una pausa para beber, eso le vendrá bien a su pie para relajar el músculo, pero la gratitud se le termina cuando nota que alguien le toca el hombro.

—¿Estás mejor hoy? Marta me dijo que te hiciste daño en el tobillo —

Martina, una de sus compañeras, está de pie detrás de ella con las mejillas coloradas por el esfuerzo.

—Sí, solo fue una pequeña torcedura —miente intentando ser amable.

—Me alegro —dice Martina con una sonrisa inocente—. ¿Te apetece ir a tomar algo después del entrenamiento?

La pregunta pilla a Sara por sorpresa. Levanta la vista para clavarla en los grandes ojos de Martina que la miran con esperanza. Odia ver esa expresión, porque eso significa que probablemente le terminará haciendo daño y es lo último que quiere. Son amigas desde que empezó en este

equipo y solo desea que su relación no se estropee, pero cada vez ve menos factible un final feliz entre ambas.

En estos últimos meses han pasado cosas entre ellas. Sara siempre se ha visto cautivada por el extraño atractivo de Martina, pero se ha dado cuenta de que no quiere nada más lejos de lo que ya ha pasado. Martina es una chica increíble y de una belleza poco convencional. Su boca está extrañamente alargada y sus ojos y dientes delanteros destacan por su gran tamaño, pero estos detalles se integran a la perfección con sus mejillas pecadas, el rojo carmín de sus labios y el continuo aire de inocencia que desprenden sus ojos. El resultado final es una belleza única y muy atrayente, en la que Sara ha caído varias veces sin arrepentirse. Tenía la certeza de que para las dos, todo eran encuentros ocasionales, algo a lo que ella es muy aficionada y por lo que Vanesa la reprende, harta de los conflictos que ha tenido con algunas jugadoras, pero empieza a ver que probablemente para Martina, empieza a haber sentimientos de por medio, y eso es un problema. Lo último que quiere es hacerle daño a esa chica sensible y algo ingenua, sin embargo, Sara tiene claro que ella no está hecha para una relación en este momento. Ni en ese ni en ninguno, porque jamás se compromete con nadie a nada que vaya más allá de las sábanas.

—No puedo, lo siento —los ojos de Martina brillan de decepción y Sara se apresura a añadir una excusa para que las calabazas que acaba de darle no pesen tanto—. Mañana viene mi hermano de visita y debo preparar su habitación —como lo que dice es cierto, al menos no se siente tan mal por rechazarla, pero parece que su compañera no acaba de pillarlo.

—¿Y mañana quieres quedar? Podemos vernos por la mañana —insiste esperanzada.

—No creo que pueda, quiero pasar tiempo con mi hermano —Sara tiene ganas de decirle que entre ellas no va a volver a pasar nada, pero Martina le cae bien y le sabe mal hacerle daño de esa manera tan gratuita, así que decide aferrarse a las mentiras piadosas por ahora.

—Sí, claro, no había pensado en eso. Pues ya nos decimos cosas —la sonrisa se le ha borrado un poco, aunque Martina intenta disimularlo.

—Claro.

Por suerte para ella, Vanesa hace sonar el silbato en ese momento para indicar que sigue el entrenamiento. Sara pone los ojos en blanco y se siente peor que un demonio cuando se da cuenta de que prefiere el dolor de pies, antes que seguir hablando con Martina. La siguiente hora pasa igual que la

primera, con molestia en el tobillo y una sonrisa tensa en la cara. Esta vez el tiempo pasa más rápido y antes de darse cuenta, ya han terminado. Deja que el resto de las chicas se adelanten un poco y se queda atrás recogiendo los conos.

—¿Cómo están las cosas con Martina? —Su prima se ha acercado para ayudarla—, os he visto hablando antes.

—Tensas. Pero no encuentro el valor para decirle que lo nuestro no va a ningún lado. Cada vez que lo intento me mira con esos ojos de cordero degollado y me destruye.

Vanesa tiene que aguantarse la risa, últimamente su prima está convertida en toda una rompecorazones, aunque le jode que rompa los de su propio equipo.

—A todas nos cuesta decir que no, Sara —dice en modo consejera—, pero no es justo para ella seguir pensando que va a pasar algo, deberías dejárselo claro para que siga con su vida.

—No sé por qué le cuesta tanto entenderlo —se frustra Sara—.

Tampoco es la primera del equipo con la que paso una noche.

Sara se da cuenta de lo mal que ha sonado lo que ha dicho, pero no deja de ser cierto.

—Lo tuyo también es para que lo mire un profesional —dice Vanesa medio riendo.

—No seas dramática, solo me lo paso bien.

—¿Con tres cuartas partes del equipo? —Las cejas de Vanesa se elevan.

—No te quejes, que a Marta no me he acercado.

—Y pobre de ti que lo hagas —Vanesa le da un sopapo y Sara se ríe—.

Ahora en serio, podrías centrarte un poco.

—No me gusta la monotonía —ambas sueltan una carcajada y siguen recogiendo en silencio unos minutos hasta que terminan.

—¿Quieres que te vaya a ayudar a preparar la habitación de tu hermano?

—¿No tienes planes con Marta?

—No, ella ha quedado con unas amigas a las que hace mucho tiempo que no ve, por eso hoy no ha venido. Puedo llevar una botella de vino, pedimos la cena y ordenamos la habitación.

—No te he preguntado antes por ella, perdona, últimamente estoy un poco despistada.

—Tranquila —Vanesa le sonríe, aunque ella también se ha dado cuenta de eso.

Sara la mira agradecida, la verdad es que la compañía de su prima le apetece y hace tiempo que no quedan ellas dos a solas.

—Me parece bien. Al menos no estaré amargada y sola, solo amargada.

—Y después dices que la dramática soy yo —dice Vanesa con los ojos en blanco.

De repente, la imagen fugaz de Claudia atraviesa la mente de Sara dejándola tiesa con un cono en la mano. La jugadora no sabe por qué ha pensado en ella, ni siquiera le duele el tobillo en ese momento como para que justifique la aparición de la chica en su mente. Se queda mirando a su prima y por un momento duda y valora hablarle de esa fisio que ha soportado su impertinencia como una campeona. Rápidamente lo descarta y vuelve a centrarse en terminar de recoger todo el material que han usado en el entrenamiento.

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