Cuando pase tu ira
Jueves
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Entonces llega Schörner. Ha tomado prestado el Auto-Union Wanderer del jefe del almacén. Los chiquillos que bordean la pista de baile y los que
están subidos a los abedules como tordos, se acumulan alrededor del llamativo coche deportivo. Incluso funciona con gasolina.
Schörner, que con apenas un vistazo identifica al líder del grupo de chavales, le da una moneda de cinco coronas para que le eche un ojo al coche. No quiere ni un rasguño. Ni que ningún gracioso meta un terrón de azúcar en el tanque de combustible.
Después entra a la pista. Va vestido de uniforme. Irradia una rigidez furtiva.
Se compra un refresco, pero apenas lo toca. Entonces se acerca a Kerttu y le pregunta si quiere bailar.
—No, gracias —responde ella en voz alta—. No bailo con alemanes.
Schörner se queda blanco y tenso. Después hace chocar los tacones, vuelve a su coche y se marcha de allí.
Kerttu dirige la mirada a Axel Viebke. Lo mira, sigue mirando, directo a los ojos. Después baja la mirada. Y luego la vuelve a clavar en los ojos del muchacho.
Él se libera de su grupo de compañeros y se le acerca.
—¿Y bailas con chicos de Vuoleerim? —pregunta.
Ella se ríe enseñando sus dientes blancos y le dice que sí, que con ésos sí.
Mientras bailan, ella le explica que se ha ido a vivir con su prima de Luleå para buscar trabajo. Y parece que la prima se ha olvidado de que iban a encontrarse en la pista de baile, porque no aparece. Pero no importa, porque Axel Viebke y Kerttu bailan toda la noche.
Cuando termina el baile, él quiere acompañarla a casa. Ella le dice que sólo un trozo. Bajan hasta el río, pronto los abedules se pondrán amarillos, en breve se acabará el verano. Es melancólico y romántico.
Axel le dice que le ha impresionado su forma de rechazar al militar alemán que quería sacarla a bailar. ¡Quién se había creído que era, apareciendo así con su coche de lujo!
—Odio a los alemanes —afirma Kerttu.
Después se queda callada mirando al río.
Axel Viebke le pregunta en qué está pensando. Y ella le dice que si ha oído hablar de los tres prisioneros de guerra daneses que se han escapado de un buque en el puerto.
—Espero que se salven —dice—. ¿Dónde se van a meter?
Él la mira. Kerttu se siente como en una película. Como Ingrid Bergman.
—Lo harán —dice él y le acaricia la mejilla.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta ella con una sonrisa.
Y aquella sonrisa contiene una pizca de arrogancia, como si ella no considerara a Axel más que un muchacho de pueblo que no sabe nada, aunque ella sea mucho más joven que él.
—Lo sé —dice—. Porque soy yo el que los ha escondido.
Entonces ella suelta una carcajada.
—Realmente, dices cualquier cosa para poder besar a una chica.
—Piensa lo que quieras —dice Axel—. La verdad es ésa.
—Entonces quiero conocerlos —dice Kerttu.
Dos días más tarde está sentada en el Auto-Union Wanderer de Walther Zindel junto con el jefe de seguridad Schörner. En el asiento de atrás van dos soldados alemanes. Han dejado las armas en el suelo del vehículo.
Es un día delicioso de finales de verano. En los prados se ven balas de paja en fila y se puede percibir el cálido olor que emanan al calentarse con el sol. En los campos que ya han sido cosechados hay vacas pastando las últimas briznas de hierba de la estación. Tienen que aminorar la marcha constantemente porque los campesinos van por los caminos con caballos y carros. Los serbales están cargados de racimos rojos y relucientes. Un padre y sus hijas vuelven a casa cargados de bayas del bosque. Por la forma de caminar del hombre se deduce que el canasto que lleva a la espalda va cargado. Las chicas llevan cubos esmaltados llenos de arándanos.
El último tramo lo hacen a pie. El sendero serpentea por el bosque y bordea varios campos con turbera. Al final llegan al henil de la abuela de Axel Viebke. Es pequeño y está sin pintar. Pero con aquel sol todo es bonito. Allí en el claro, la cabaña brilla como la plata.
William Schörner ordena guardar silencio y desenfunda su arma cuando se acerca a la casita.
Entonces, por primera vez, Kerttu toma ligera conciencia de que Axel Viebke va a sentir que ella lo ha traicionado. No lo había pensado hasta ahora. Se lo había tomado todo más bien como una aventura.
Schörner y los otros soldados se acercan a la cabaña. Al final entran. Al cabo de unos segundos vuelven a estar fuera.
—Aquí no hay nadie —dice Schörner decepcionado.
Mira acusador a Kerttu.
Ella abre la boca para defenderse. Ayer estuvo aquí con Axel y conoció a los daneses. Simpáticos los tres.
Pero en ese momento se oyen voces en el bosque. Una risotada. Se están acercando. Schörner y los demás se esconden rápidamente entre los árboles.
Schörner se lleva a Kerttu y le susurra al oído que se tumbe y no haga el menor ruido.
Luego aparecen todos. Axel y los daneses. Es tan guapo, con su pelo rizado y su risa alegre. Han estado pescando. Axel lleva un lucio y tres percas. Les ha pasado una horquilla de mimbre por las branquias. En la otra mano tiene una pipa. Los daneses llevan cañas de pescar hechas con ramas de abedul.
Kerttu se pone contenta cuando ve a Axel. Después se le encoge el estómago.
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Sonja, de la centralita, pasa una llamada al teléfono móvil de Rebecka.
La fiscal ha salido a dar un paseo con las perras. El sol de la tarde calienta. Tintin y Vera merodean por allí y se familiarizan con el patio. Vera remueve frenética el suelo junto al montón de leña. La tierra húmeda y el musgo salpican a su alrededor. Seguro que debajo de las raíces hay una musaraña asustada, con el corazón palpitando a mil por hora y pensando que le ha llegado la hora. Tintin se dirige al cercado donde el vecino tiene los caballos. Están acostumbrados a los perros, así que ni siquiera se molestan en mirarla. La perra encuentra una fantástica montaña de bostas, engulle la mitad y luego se revuelca en los restos. Rebecka decide no decirle nada. Después ya las duchará a las dos y hará que se tumben delante del fuego para que se sequen. Por un momento piensa en llamar a Krister Eriksson y contarle lo que su educada señorita hace en cuanto le da la espalda, hacerle la broma de que, sin duda, necesita unas vacaciones para poder comportarse como la perra que es.
Justo cuando termina de pensarlo le suena el teléfono. Primero cree que quizá Krister le haya leído el pensamiento, pero enseguida ve que es la centralita de la policía. Sonja le dice que tiene una llamada y después oye a un hombre aclarándose la garganta.
—Sí, hola. Soy Hjalmar Krekula. Quería reconocer —dice.
Se corrige:
—Confesar.
—Sí —dice Rebecka.
«Mierda, mierda —piensa—. Sin grabadora ni nada.»
—Yo los maté. A Wilma Persson. Y a Simon Kyrö.
Hay algo que no está bien, Rebecka lo presiente en todo el cuerpo. Oye que va en coche. ¿Adónde se dirige?
Le vienen recuerdos. Veloces como culebras escurridizas. Lisa Stöckel, que se empotró en un camión. El padre de Nalle, que se pegó un tiro.
—Vale —dice guardando la calma—. Me gustaría grabarlo. ¿Podríamos vernos en comisaría?
Aparta el teléfono y traga saliva. No puede dejar que la oiga nerviosa ni asustada.
—No.
—Podemos ir nosotros a tu casa. ¿Estás allí?
—No. Basta con esto. Ya lo he dicho. Ahora ya lo sabes.
No, no. No puede colgar. Rebecka se imagina a un niño con rastros de lágrimas en la cara.
—No, no es suficiente —intenta—. ¿Cómo sé que dices la verdad?
Siempre hay gente que llama confesando…
Pero para entonces él ya ha colgado.
—¡Mierda! —grita, y las perras levantan la cabeza para mirarla.
Pero en cuanto comprenden que no está enfadada con ellas siguen con lo suyo. Vera ha encontrado una piña y la deja delante de las patas de Tintin.
Retrocede unos pasos y baja la parte delantera del cuerpo. Vamos, le está diciendo. Vamos a jugar un poco. A ver si la puedes coger antes que yo.
Tintin bosteza demostrativa.
Rebecka intenta hablar con Anna-Maria Mella, pero no le coge el teléfono.
—Llámame ya, en cuanto puedas —deja grabado en el buzón de voz.
Mira a las dos perras. Vera tiene tierra y barro en las patas y en la barriga. Tintin se ha perfumado el cuello y las orejas con excremento de caballo.
—Cerdas —les dice—. Delincuentes. ¿Qué coño hago ahora?
Y en cuanto termina la frase, lo sabe. Tiene que ir a casa de Hjalmar.
Para que no… Para que no… Las perras. Tendrá que llevárselas, enmerdadas y embarradas como están.
—Os venís conmigo.
Pero en casa de Hjalmar Krekula nadie abre la puerta. Rebecka rodea la casa, caminando con dificultad por la nieve apelmazada y mira a través de todas las ventanas. Incluso llama a los cristales. La conclusión que saca es que Hjalmar no está. De hecho, su coche tampoco está en el patio.
Anni Autio. Puede que ella lo sepa.
En casa de Anni tampoco le abre la puerta nadie.
Una bandada de cuervos vuela en círculos y más círculos por encima de la casa.
«¿Qué les pasa?», piensa Rebecka.
La puerta no está cerrada con llave, así que decide entrar.
Anni está tumbada en el sofá de la cocina con los ojos cerrados.
—Perdone y discúlpeme —dice Rebecka.
Anni abre un ojo.
—He… no estaba cerrado con llave, así que he… Estoy buscando a Hjalmar Krekula. Anni, usted es su tía, ¿verdad? ¿Sabe dónde está?
—No.
Cierra el ojo.
«Si fuera yo —piensa Rebecka—, me iría a la cabaña.»
—¿Tiene alguna cabaña en alguna parte?
—Si te explico dónde está y te dibujo un mapa, ¿me dejarás tranquila?
No quiero oír su nombre. No quiero hablar con nadie. Ayúdame a levantarme. Tienes papel y lápiz al lado de la báscula, en la encimera.
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«Y si llego tarde —piensa Rebecka mientras conduce a toda velocidad por la E10 y gira a la izquierda por la carretera de Kuosanen hacia el río Kalix
—. Y si se ha pegado un tiro. Y si está tirado en un charco de sangre. Y si se ha volado el cráneo. Y si se ha volado la cara. Puede que lo haya hecho.
Puede ser. Puede pasar.»
Intenta llamar a Anna-Maria otra vez. Le salta el buzón de voz.
—Voy camino de la cabaña de Hjalmar Krekula —dice—. Ha confesado los asesinatos de Hjörleifur, Wilma y Simon. Y tengo un mal presentimiento. Estate tranquila, no hay peligro. Pero llámame. Si puedo, contestaré.
Después llama a Krister Eriksson.
—Hola —la saluda antes de que ella pueda decir nada.
Es un hola tan suave. Suena íntimo y lleno de alegría de que lo llame.
Suena como el hola del segundo antes de deslizar la mano por debajo del pelo y alrededor de la nuca de su amada. Krister ha visto que era ella y se ha expresado así. Es un hola para un amor.
Rebecka se queda en blanco. Una corriente caliente fluye desde un punto entre las costillas hasta la pelvis.
—¿Cómo le va a mi chica? —pregunta Krister y Rebecka tarda un segundo en comprender que está hablando de Tintin.
Le dice que va todo bien y luego le suelta eso de que necesitaba salirse del rol de policía por un rato y sólo ser perra y que se ha estado revolcando en caca de caballo.
—Ésa es mi niña —se ríe Krister Eriksson con orgullo.
Después Rebecka le explica adónde se dirige y por qué.
—Hicimos un registro en su casa el martes —dice—. No sé cómo explicarlo.
Krister Eriksson se pone serio y presta atención. Pero no le dice que no debería ir sola.
—Cuando lo miré, vi a otra persona —continúa—. Era como si pudiera… no ayudarlo, exactamente… Pero conectamos de algún modo.
Algo pasó. Tengo un dilema.
Hace todo lo que puede para transmitir la emoción con las palabras, pero de repente se siente estúpida.
—Entiendo —apunta Krister.
—Pero yo no creo en esas cosas —dice Rebecka.
—Tampoco hace falta. Tú haz lo que sientas que es lo correcto. Ocúpate también de Tintin.
—Nunca dejaría que le pasara nada.
—Lo sé.
Se hace un breve silencio. Hay muchas palabras que quieren ser pronunciadas, pero al final Krister suelta un adiós ameno que pone punto y final a la conversación.
La cabaña de Hjalmar Krekula junto a Saarisuanto está construida con maderas utilizadas y barnizadas. Los postigos de las ventanas y las puertas son azules, y los dos escalones que suben hasta la puerta es una obra sencilla de carpintería. El tejado es de metal corrugado y la chimenea de ladrillos. En la cuesta que baja hasta la playa del río crecen hermosos abetos. Bajo la nieve se ve un cobertizo rojo para barcos que se inclina de forma inquietante. Puede que sobreviva un verano más, pero nadie podría asegurarlo. No muy lejos del cobertizo, tocando el agua, está la sauna. Una chimenea redonda de hierro asoma por el techo. En tierra hay un pantalán de madera que sólo se ha deshelado hasta la mitad.
La barrera está levantada y han quitado la nieve del camino, pero no hasta la cabaña. El coche de Hjalmar está aparcado justo donde termina el camino. Rebecka tiene que hacer a pie el último trozo siguiendo las marcas de la motonieve. Alguien ha pasado por allí antes que ella. Supone que ha
sido él. Las huellas avanzan con dificultad, se hunden cada tres o cuatro pasos.
Vera y Tintin se mueven felices sin despegar los hocicos del suelo. Hay huellas de renos que también han aprovechado el paso de las motos para ahorrar energías. Las perdices han correteado entre los abedules dejando un rastro enloquecedor. En un sitio se pueden ver pisadas de alce. Rebecka tarda alrededor de un cuarto de hora en cruzar el bosque hasta la cabaña.
Llama a la puerta. Cuando ve que nadie responde, decide abrir.
La cabaña se compone de una sola habitación. Junto a la puerta está la parte de la cocina. Siguiendo la pared de la izquierda hay unos fogones y una encimera, y por encima cuelgan viejos armaritos con puertecillas correderas. En la encimera hay una palangana de color naranja bocabajo con el cepillo de fregar cuidadosamente puesto a su lado.
Directamente a la izquierda hay una mesita de comedor con tres sillas de madera diferentes, pintadas con varias capas de pintura demasiado espesa, la última de azul intenso. Un poco más al fondo de la habitación hay un sofá. Los cojines de color hueso con franjas beis, verdes y marrones están de pie en el suelo, apoyados contra los apoyabrazos para evitar que se humedezcan demasiado y les salga moho por debajo.
Hay fuego en la chimenea, pero las brasas aún no han podido con el olor a cabaña húmeda.
Hjalmar Krekula está sentado en el sofá. No ha puesto ningún cojín, sino que está sentado sobre la estructura. Todavía lleva puesta la chaqueta y el gorro con visera de piel sintética de castor.
—¿Qué haces aquí? —pregunta él.
—No lo sé —dice Rebecka sin moverse del sitio—. Oye, tengo dos perras ahí fuera que se están cargando tu puerta. ¿Pueden entrar? Van llenas de estiércol.
—Déjalas pasar.
Rebecka les abre. Con el frenesí por llegar la primera hasta Hjalmar para saludarlo, Vera casi vuelca la mesita de centro. Tintin hace caso omiso, da unas vueltas olfateando el lugar, ignora a Hjalmar y se tumba delante del fuego.
Hjalmar no puede evitar acariciar a Vera y ella interpreta esa benevolencia como una señal de que puede subirse al sofá.
Rebecka dice « Vera» con voz estricta y quiere hacerla bajar, pero Hjalmar le hace un gesto con la mano indicándole que no se moleste.
Entonces Vera considera que ha llegado el momento de llevar la relación a un nivel superior y se le sube encima. Le resulta un poco difícil hacerse sitio, su barriga es demasiado grande, pero al final lo consigue y le da unos cariñosos lametones en la boca.
—Oye, tú —dice Hjalmar intentando parecer severo.
Pero enseguida se pone a quitarle pegotes de nieve del pelo. A Vera le gusta. Se apoya sobre Hjalmar con todo su peso y le vuelve a lamer las comisuras.
—Se acaba de comer una musaraña —dice Rebecka—. Por si te interesa saberlo.
—Oh, joder —dice Hjalmar con risa en la voz.
—Soy inocente —dice Rebecka—. No la he educado yo.
—Ah, vale —dice Hjalmar—. Bueno, chica, ya está, ¿me oyes? ¿Y
quién te ha educado?
Rebecka se queda callada.
«Sin mentiras», piensa luego.
—Es la perra de Hjörleifur Arnarson —dice.
Hjalmar asiente pensativo con la cabeza mientras le acaricia las orejas a Vera.
—Nunca me di cuenta de que tenía perro —dice—. ¿Quieres un café?
—Sí, gracias.
—Quizá podrías prepararlo tú misma. Yo estoy un poco ocupado, como ves. El café está en el armario.
Rebecka se pone con ello. La cafetera es italiana. Echa el agua y luego el café. Al lado de los fogones hay una biblia abierta. Lee en voz alta los versos subrayados.
—«Ya se apaga el aliento en mí, mi corazón por dentro enmudece.» ¿Te gusta el Libro de los Salmos?
—No, pero a veces lo leo. Es que es el único libro que hay aquí.
Rebecka coge la biblia y la hojea. Es pequeña y negra con las hojas finas y doradas en los bordes. La letra es tan diminuta que apenas se puede leer.
—Lo sé —dice Hjalmar como si le hubiese leído el pensamiento—.
Utilizo una lupa.
A Rebecka se le hace agradable sostenerla en la mano. Le asombra la calidad del papel. Impresa en 1928 y ni siquiera amarillea. Olisquea las páginas. Huele bien. A iglesia, a su abuela, a otros tiempos.
—¿Tú la lees? —pregunta él.
—A veces —reconoce—. No tengo nada en contra de la biblia. Es la Iglesia lo que…
—¿Qué lees?
—Bueno, diferentes cosas. Me gustan los profetas. Son tan perspicaces.
Me gusta el idioma. Y también son tan humanos. Jonás, por ejemplo. Es tan exageradamente quejica. Y de poco fiar. Dios le dice: «Parte hacia Nínive y predica.» Y Jonás lo hace pero en dirección totalmente opuesta. Y al final, cuando ha estado tres días en el vientre de un pez, predica la destrucción de Nínive. Pero cuando los habitantes de la ciudad prometen enmendarse y mejorar y Dios se arrepiente y decide no aniquilarlos, Jonás se cabrea porque ha predicado la decadencia y considera que queda mal ante la población cuando la devastación que ha profetizado no se cumple.
—El vientre de la ballena.
—Sí, lo interesante es que tenga que morir antes de cambiar. Y después tampoco es un hombre ilustrado, bueno, no ha cambiado del todo ni para siempre. No deja de ser un viaje recién empezado. ¿Tú qué lees?
Abre la biblia por donde la corta el cordel que va atado al lomo.
—Job —dice Rebecka entornando los ojos para leer los versos subrayados—. «¡Ojalá en el šeol me escondieras, me ocultaras mientras pasa tu ira…»
—Sí. —Hjalmar asiente también con la cabeza como un laestadiano en el reclinatorio.
«Un hombre atormentado lee sobre otro hombre atormentado», se dice Rebecka.
—A veces pienso que Dios es igual que mi padre: cogen los mismos cabreos —dice Hjalmar rascando a Vera en la barriga.
Sonríe como para dejar claro que está bromeando, pero Rebecka permanece seria.
Vera suelta un largo suspiro y Tintin responde con otro junto al fuego.
Así es como debería ser la vida de un perro.
Rebecka continúa leyendo en silencio. «Como monte que acaba derrumbándose, como rocas desplazadas de su sitio, como agua que erosiona las piedras, como aluvión que arrastra el barro, así acabas tú con la esperanza del hombre. Lo aplastas para siempre.»
Mira a su alrededor. En las paredes de madera amarillenta hay varias objetos decorativos puestos de cualquier manera. Un óleo sin firma que representa un molino de viento en una cala en la que se pone el sol, una navaja sami y una vaquita de madera, bastante mal tallada, una ardilla paliducha disecada sobre una rama de árbol, un reloj hecho con una sartén de cobre con las agujas fijadas en la base, y en el alféizar hay un ramo de flores hechas a mano en un jarro de cerámica. Al lado hay unas pocas fotografías.
—Te voy a enseñar mi secreto —dice Hjalmar levantándose de repente.
Vera baja resignada al suelo de un salto.
Hjalmar aparta la alfombra y levanta un trozo cuadrado del linóleo.
Debajo hay una madera que esconde un paquete. Dentro hay tres libros de matemáticas envueltos en hule de cuadros blancos y rojos. También hay una carpeta de plástico. Abre el paquete y lo pone todo sobre la pequeña encimera delante de Rebecka.
Ella lee los títulos en voz alta: Análisis multidimensional, Discrete Mathematics, Mathematics Handbook.
—Los mismos que se estudian en la universidad —dice Hjalmar no sin orgullo en la voz.
Después añade con rabia:
—No soy idiota, si es lo que pensabas. Mira en la carpeta y lo verás.
—No pensaba nada en concreto. ¿Por qué los tienes escondidos en el suelo?
Hjalmar hojea los libros.
—Mi padre y mi hermano —dice con tristeza—. Mi madre también. Se armaría una buena.
Rebecka abre la carpeta. Dentro hay unas notas de la escuela a distancia Hermods.
—Me sentaba aquí en mi tiempo libre —dice Hjalmar—. En esta misma mesa. Leyendo y luchando. Con las otras asignaturas. Las mates siempre han sido fáciles, se me dan bien. Con esas notas podría haber entrado en la universidad, pero…
Su mente vuelve al verano de 1972. Tiene veinticinco años. Todo ese verano se lo pasa planteándose seriamente si contarle a su padre y a Tore que quiere dejar la empresa de transportes. Pedir la beca de estudios y matricularse en la universidad. Se pasa las noches despierto imaginándose que se lo está explicando. A veces les asegura que es temporal y que empezará en la empresa otra vez cuando haya terminado de estudiar. Otras veces les dice que se pueden ir a la mierda y que prefiere dormir bajo un puente antes que volver. Pero la cosa acaba en que no les dice nada.
— Simplemente, no ocurrió —le dice a Rebecka Martinsson.
Ella lo mira. Puede ver el dolor que tiene acumulado. Hay algo que lo está destrozando por dentro. Hjalmar necesita sentarse. La silla de madera junto a la mesa de cocina es lo que está más cerca.
Al instante siguiente las perras están con él, las dos. Le lamen las manos.
Hjalmar llora. La tristeza brota caliente de su cuerpo.
—Joder —dice—. Mi vida. Joder. Siempre he sido un gordo y siempre trabajando. Ésa ha sido mi única… —Señala los libros de matemáticas.
Se tapa la boca con la mano, pero no puede parar, el llanto le sale a golpes, con ruido.
—¿Traes grabadora? —pregunta como puede—. ¿Por eso has venido?
—No —responde Rebecka.
Y ella lo mira, lo mira, lo mira. Una testigo de su penuria cuando ésta lo desborda. No lo toca. Vera le pone la patita en la rodilla. Tintin se tumba
sobre sus pies.
Después Rebecka aparta la mirada. Hjalmar se levanta y vuelve a meter los libros debajo de la madera del suelo. Mientras tanto, ella contempla una foto en blanco y negro de un hombre y una mujer en un porche. En el primer escalón hay dos niños sentados. Deben de ser Hjalmar y Tore y sus padres. Isak y, cómo se llamaba la madre, Kerttu. La mujer le resulta familiar. Intenta recordar si ha visto esa foto en casa de Anni Autio. O en casa de Johannes Svarvare. No.
Después la reconoce. Esa mujer aparecía en el álbum de Karl-Åke Pantzare. Es la chica que estaba entre Karl-Åke y su compañero Axel Viebke. Sí, seguro que es ella.
«Kerttu», se dice.
Y después observa que Hjalmar y Tore tienen el pelo blanco como sólo se les pone a las personas pelirrojas. Se les nota que eran pelirrojos y con la piel muy clara.
«El Zorro —piensa Rebecka—. ¿No dijo Karl-Åke Pantzare que los ingleses llamaban el Zorro al informador de los alemanes? Kettu significa zorro en finlandés. Kettu. Kerttu.»
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Planeo por encima de la cabeza de Anni mientras avanza con ayuda del trineo en dirección a casa de su hermana. Pasan por lo menos cinco minutos antes de que Kerttu abra la puerta. Apenas deja una ranura.
—¿Qué quieres? —pregunta contrariada cuando ve a Anni fuera.
—¿Fuiste tú? —pregunta Anni.
—¿De qué hablas?
—No vayas por ahí —dice y la voz le tiembla de rabia—. Hjalmar ha venido a verme. Iba de camino a la cabaña. Me ha contado que… Fuiste tú quien los convenció para que lo hicieran, ¿verdad?
—¿Te has vuelto loca? Vete a casa y acuéstate.
—¡Y Tore! A ése hace tiempo que alguien tendría que haberle dado una buena paliza.
Kerttu intenta cerrar la puerta, pero Anni está colérica.
—Tú, malvada… —dice y mete sus flacuchos brazos por la ranura de la puerta y agarra a Kerttu por el vestido y la saca de un tirón al porche.
—Vas a contármelo —dice zarandeándola.
Yo estoy sentada en la baranda del porche riéndome. La escena no tiene ninguna gracia, válgame Dios, es como ver dos pollos desplumados en plena riña. Kerttu aúlla «suéltame», pero luego sus fuerzas ya no dan para hablar y pegarse. Jadean y se pegan lo poco que pueden.
«¡Venga, Anni! —grito—. ¡Dale!»
Sólo me oyen los cuervos que arman barullo en el tejado del establo.
Anni tiene a Kerttu cogida por el vestido con todas sus fuerzas. La empuja contra la barandilla. Kerttu le da una bofetada y Anni empieza a
llorar. No por el dolor en la mejilla, sino por el dolor que siente dentro.
Odia a Kerttu y le duele.
—Traidora —le sale de las entrañas—. Maldita, maldita…
No le da tiempo de más porque Kerttu le da un cabezazo. Anni suelta el vestido y cae por la escalera.
Con serias dificultades consigue ponerse a cuatro patas. Llora desconsolada de impotencia y rabia.
—Lárgate —suelta Kerttu sin aliento—. Lárgate antes de que te eche al perro.
Y Anni se arrastra hasta el trineo, logra ponerse en pie. Lo empuja y lo sigue como puede. Con un arduo esfuerzo consigue salir del patio hasta el camino.
Cuando ha desaparecido, Kerttu vuelve a entrar. En la cocina está Tore.
—¿La has oído? —le pregunta Kerttu.
Él asiente con la cabeza.
—Hjalmar se ha vuelto loco. ¡Y Anni! Creo que todos se han vuelto locos. Puede acabar con nosotros. No piensa en nada. No piensa en ti, ni en tu familia. En tu vida.
Hace una pequeña pausa y se masajea la parte dolorida de la espalda que se ha golpeado con la baranda del porche.
—Nunca se ha preocupado por tu vida. Eso lo sabemos.
—¿Estará en la cabaña?
Kerttu asiente.
—Cojo vuestra moto y me voy para allá —dice Tore.
—Tu padre no sobrevivirá —dice Kerttu sentándose trabajosamente a la mesa. Esconde la cabeza en el pliegue del codo.
Vuelve a agosto de 1943. A un cobertizo de siega de color plateado.
Está tumbada bocabajo en el bosque. Axel Viebke y los tres presos de guerra daneses se han metido en la casita. El jefe de seguridad Schörner le susurra al oído:
—Ve hasta el cobertizo y llámalos —dice.
Ella niega con la cabeza.
—Tú sólo ve hasta allí —dice— y todo se resolverá tranquilamente.
Entonces lo hace. Se pone delante del cobertizo y llama a Axel. Tiene que gritar su nombre dos veces.
Él sale a la escalera. Sorpresa y sonrisa en su cara. Los tres daneses también salen.
Entonces Schörner y los otros dos surgen de entre los árboles. No van de uniforme pero la pistola que Schörner empuña y los fusiles de los dos hombres hablan claro. En un sueco con fuerte acento Schörner ordena a Axel Viebke y a los daneses que pongan las manos detrás de la nuca y se arrodillen.
Kerttu clava la mirada en el musgo del suelo. Quiere que Axel crea que la han obligado a hacerlo. No quiere que piense mal de ella. Pero Schörner ve lo que está pensando y no permite ese tipo de fraude. Se le acerca, todavía con el arma en ristre apuntando a Axel Viebke, y le acaricia la mejilla.
Kerttu no ve el desprecio en la mirada de Axel, pero puede sentirlo.
Schörner apunta con la pistola a la cabeza de Axel. Le dice que quiere información sobre los que están en su grupo.
Axel responde que no sabe de qué está hablando, que él…
No le da tiempo a decir nada más porque Schörner aparta la pistola de su cabeza y efectúa un disparo.
Pasan dos segundos, después uno de los daneses se desploma hacia un lado.
A Axel le sale sangre del oído. La pistola estaba tan cerca. Los otros dos alemanes intercambian una mirada fugaz.
Kerttu suelta un grito, pero el bosque queda enseguida en silencio otra vez. Le tiemblan las piernas. Ella mira sus rodillas temblorosas. En el suelo crecen hepáticas blancas y yerbeta nana. Al cabo de un rato vuelven a oírse los cantos de los pájaros en los árboles y el zureo de las palomas.
Kerttu mira fijamente los romeros silvestres florecidos y los enebros mientras uno de los alemanes levanta a Axel y lo pone contra la pared.
Schörner coge la navaja de Axel y le atraviesa la mano dejándola clavada en la pared plateada.
—¡Habla! —grita Schörner.
Pero Axel no dice nada.
Kerttu observa su cara pálida. Puede ver cómo va perdiendo la consciencia. Después ve unos matojos de arándano rojo y azul, camarina negra y ráspano.
Y después… Después Schörner maldice por la frustración, intenta despertar a Axel quitándole el cuchillo y dándole bofetadas en la cara. Pero Axel no vuelve en sí.
Y Kerttu oye tres disparos más, piensa: «No está pasando, no está pasando.» Y uno de los alemanes se va al coche y vuelve con un bidón de gasolina, y cuando se marchan, el henil está siendo devorado por las llamas.
Schörner lleva a Kerttu con Isak y le dice que su prometida se ha portado muy bien. Después coge a Kerttu por la barbilla y le dice que sabe que puede confiar en ella y que obtendrá una buena recompensa. Tendrá que tener un poco de paciencia, pero Schörner se encargará personalmente del tema.
Isak ve la sangre salpicada en la cara de Schörner y le tiene que decir a Kerttu varias veces que suba al camión, hasta que al final uno de los alemanes la sube en volandas.
Unos días más tarde, el incendio sale comentado en el periódico Norrbottenskuriren, donde también se explica que los tres hombres que perecieron con Axel Viebke no han podido ser identificados. Kerttu advierte que es la única vez que el periódico no está sobre el escritorio de Isak, en su despacho del garaje. Pero no dice nada. Él nunca le llega a preguntar nada.
Y ella tampoco le cuenta nada. Hay que olvidar y seguir adelante.
La recompensa nunca llega. A Schörner no vuelven a verlo nunca más.
En septiembre, el jefe de almacén Zindel les hace saber que hay un envío para Kerttu en un avión de mercancías que sale de Narvik y que aterrizará en Kurravaara.
Pero Isak, Johannes Svarvare y tres chavales de Kurravaara que van a ayudar a descargar y cargar esperan en balde toda la tarde y media noche a que llegue el avión. Después no se habla más del asunto.
Isak se entera de que el avión de mercancías ha desaparecido y Kerttu se imagina que ha caído en algún lugar del bosque y que alguien lo encontrará
y que dentro hay un macuto. Un macuto parecido al macuto de cuero negro de Schörner. Y en su interior guardará todo lo que ella, el Zorro, ha hecho por los alemanes. Cuando llega la temporada de bayas siempre se pone enferma de preocupación.
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—¿Me lo quieres contar? —le dice Rebecka a Hjalmar—. ¿Me quieres contar cómo pasó?
Ha servido café para los dos. Hjalmar ha dejado la taza sobre la mesita de centro delante del sofá. Ahora es Vera la que está junto a sus pies. Tintin se ha quedado dormida delante del fuego. Rebecka se apoya en la pared. Le cuesta apartar la mirada de la foto de la familia Krekula. Le gustaría poder ir a buscar la foto de la chica y Axel Viebke que tiene Karl-Åke Pantzare para compararlas. Es ella. Es Kerttu.
—¿Por dónde empiezo? —dice Hjalmar—. Fuimos hasta allí. Hasta el lago.
—¿Quiénes?
—Yo…
Duda por un instante. Luego coge carrerilla y dice:
—Tore, mi madre y yo.
Nueve de octubre. Hjalmar va en el asiento de atrás del coche de Tore.
Kerttu, en el asiento del copiloto. Por la mañana ha pasado por casa de Anni. Le ha preguntado por Wilma. De pasada, como se suele hacer. Anni le ha dicho que Simon había ido a buscarla y que se iban de aventura. Que estarían fuera todo el día. Anni no sabía adónde iban pero Kerttu lo había comprendido. Se fue al garaje y habló con sus dos chicos.
—Seguro que están en Vittangijärvi. Allí es donde Svarvare les dijo que empezaran a buscar. Tenemos que ir.
Fue lo único que dijo Kerttu. Tore subió el quad al remolque. Ahora van por la carretera de Luonatti. La gravilla salpica contra los bajos del coche.
Tore conduce hábilmente por los baches.
Hjalmar piensa: «¿Qué coño vamos a hacer allí?»
Nadie dice nada.
Hjalmar mira a Rebecka, tantea en busca de las palabras.
—¿Cómo decirlo? —se pregunta—. No fue como uno se lo puede imaginar. Nadie dijo: vamos a matarlos. Salió así.
—Intenta explicármelo —dice ella—. Y tómate el café antes de que se enfríe.
Una melodía comienza a sonar en el bolsillo de Rebecka. Saca el teléfono. El número de Måns.
«Mierda», piensa.
—Cógelo —dice Hjalmar—. No me importa.
—No —dice Rebecka—. Perdón. Tendría que haberlo apagado.
Deja que suene hasta el final y después lo desconecta.
—Perdona —dice—. Continúa.
—No hay mucho que decir. Llegamos al lago, Kerttu cortó la cuerda y yo fui a buscar la puerta.
—¿Para ponerla sobre el agujero?
—Sí.
Cruzan el bosque con el quad. El lago está extraordinariamente hermoso.
Cuando apagan el motor el silencio es abrumador. El sol ilumina el hielo, que parece una joya de plata en medio del bosque.
Y allí está el agujero. Tiene una cruceta de madera encima.
Se quedan un rato de pie mirando las burbujas de aire que salen.
—Dame el cuchillo —le dice Kerttu a Tore y éste saca la navaja que tiene en el cinturón y se la pasa a su madre.
A Hjalmar le dice.
—Vete a buscar una puerta o algo allí arriba.
Señala la granja, que parece estar desierta. Hjalmar también mira hacia allí. Kerttu se impacienta.
—Seguro que hay una puerta de letrina o algo parecido. Date prisa.
Hjalmar va hasta la granja, saca la puerta de la leñera de las bisagras y la baja hasta el hielo. Cuando llega al agujero Kerttu ya ha cortado la cuerda y ha quitado la cruceta de madera.
—Pon la puerta ahí —le ordena señalando el agujero.
Y él hace lo que le mandan. Cuando Kerttu le dice que se ponga de pie sobre la puerta, él se pone encima.
La luz es realmente cegadora. Apenas se pueden mantener los ojos abiertos. Hjalmar los entorna y mira al cielo. Tore silba una melodía. Pasan unos minutos. Después, alguien asciende por debajo del hielo. Rasca la puerta. Sólo es alguien. Cualquiera. Hjalmar no piensa en Wilma ni en Simon.
Kerttu está en silencio. Mira en otra dirección. Hjalmar también mira hacia otro lado. Sólo Tore observa la puerta con interés. Parece como si la vida le corriera por su interior.
—¿Qué hizo Tore? —pregunta Rebecka—. Él también estaba allí.
—Nada —responde Hjalmar—. Fui yo. Fui yo quien…
La persona que está bajo el hielo nada alejándose de la puerta. Tore acecha como si observara una presa, deja de silbar.
—Es ella —dice en voz baja—. Es pequeña. Es ella.
Hjalmar no quiere oírlo. No es ella. Es alguien.
Ahora alguien empieza a hacer un agujero en el hielo, pica y escarba con el cuchillo de submarinista.
Tore parece divertirse.
—Joder con la gata —dice un poco impresionado—. Tiene fuerza de voluntad, eso hay que reconocerlo.
Está a unos metros de distancia observando el agujero, que se va haciendo más y más grande. Al final alguien saca una mano por él.
Entonces Tore se apresura hasta allí y la coge.
—¡Buenos días, buenos días! —dice riéndose y tirando de la mano para aquí y para allá.
Mira desafiante a Hjalmar. La misma mirada con la que lo miró durante toda su infancia. «Detenme si puedes —decía—. Dime algo si te atreves.»
Hjalmar no dice nada. Agacha la cara como ha hecho siempre. Deja hacer a Tore.
De repente Tore se queda con el guante de submarinismo en la mano.
Alguien ha conseguido liberarse de él.
—Joder —exclama regocijado.
Después ve a alguien alejándose por debajo del hielo. Persigue corriendo a la figura mientras agita el guante.
—Espera —grita entre risas—. ¡Te has dejado algo! ¡Oye!
Está todo el tiempo encima de la persona que nada bajo el hielo.
—¡Puta! —grita.
Ahora suena enfadado. Se le pone justo encima. Jadea un poco. No está acostumbrado a correr. El hielo brilla y está resbaladizo y ella nada bastante deprisa allí abajo.
—¡Guarra!
Enseguida vuelve a estar debajo de la puerta, arañando, golpeando.
Después se aleja de nuevo, Tore la sigue.
Luego termina todo. Ella se queda quieta. Tore también.
—Ahora —dice jadeando—. Ya.
Se pone de rodillas y pega la cara al hielo.
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—Pondremos a Tore Krekula en busca y captura —les dice Anna-Maria Mella a Sven-Erik Stålnacke, Tommy Rantakyrö y Fred Olsson.
Están reunidos en comisaría.
—Para empezar avisad a los oficiales de guardia en Gällivare, Boden, Luleå, Kalix y Haparanda. Enviad un fax con la lista de todos los vehículos propiedad de la empresa de transportes y de los miembros de la familia.
Su móvil suelta un pitido y Anna-Maria abre el mensaje. Tiene uno en el buzón de voz. Marca el número y lo escucha.
—Mierda —dice.
Los compañeros levantan las cejas con curiosidad.
—Rebecka se ha ido a Piilijärvi para hablar con Hjalmar Krekula. Por lo visto la ha llamado y le ha dicho que quiere confesar.
Marca el número de Rebecka. No contesta.
—¡Cómo puede ser tan insensata! —exclama.
Los compañeros no dicen nada. Anna-Maria mira a Sven-Erik. Puede ver que está pensando en Regla. Si hay alguien insensato, ésa es Anna-Maria.
De pronto la invade un profundo cansancio y desánimo. Intenta mantener intacta la coraza por si Sven-Erik le dice algo, pero se siente expuesta y vulnerable, no tiene fuerzas para cerrar los puños, arremangarse y ponerse en guardia.
«Voy a renunciar al puesto —piensa—. No puedo más. Tendré otro hijo.»
Apenas pasan unos segundos, pero son más que suficiente para remover toda una serie de cosas. Anna-Maria mira a Sven-Erik. Sven-Erik mira
Anna-Maria. Al final, él dice:
—Las cosas son como son y no hay más. Vámonos a Piilijärvi.
Y toda la culpa se desprende de Anna-Maria. Cae como la nieve, se desploma de los tejados en primavera.
«Las cosas son como son y no hay más.» Se refería a Regla.
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Hjalmar bebe café de su taza. La sostiene con las dos manos. Vera le rasca la pierna con insistencia. No puede dejar de acariciarla.
—No pensaba en que era Wilma —le dice a Rebecka—. Era como si no tuviera fuerzas para pensar en ello. Murió allí. Yo estaba allí.
—Pero ¿después has pensado en ella?
—Sí —susurra—. Mucho.
—¿Cómo acabó en el río?
—Mi madre nos dijo que la cambiáramos de sitio. No quería que la encontraran en el lago. Por el avión, ya sabes. No podía salir a la luz. La sacamos. A él lo estuvimos esperando, pero nunca subió a la superficie.
Cierra los ojos. Una vez más se le repiten las imágenes de cuando destrozaron la puerta y echaron los trozos de madera en el agujero.
«Y no caímos en las mochilas —se dice—. Te crees que mantienes la cabeza fría, pero no.»
Se frota la cara con las manos y continúa:
—Fuimos en el todoterreno por el camino del bosque. Yo la llevé encima. Fue entonces cuando se me empezó a hacer insoportable. Y la sensación no se me quitó con el tiempo. Si no la hubiese tenido en mi regazo, entonces a lo mejor habría podido… no sé, olvidar, quizá. La metimos en su coche, detrás. Yo lo conduje hasta Tervaskoski. Allí el agua todavía no se había helado. La gasolina dio justo para llegar. Tore dejó a madre en casa. Después volvió con nuestro coche. La llevamos hasta los rápidos y la tiramos dentro. Escondimos las llaves del coche encima de la rueda.
—Tu madre —le dice Rebecka a Hjalmar—. Creo que estuvo vendiendo información a los alemanes durante la guerra.
Hjalmar asiente.
«Ya puede ser», piensa. Recuerda un baile al que fueron él y Tore de adolescentes. Recuerda a un chaval de su edad haciendo el saludo hitleriano para burlarse. El padre de aquel chico era comunista. La cosa acabó en una pelea de narices que siguió hasta que alguien gritó que la policía estaba de camino.
Recuerda los gritos de Kerttu desde la habitación cuando Tore desapareció en el bosque: «Es el castigo.»
Recuerda a Isak en la sauna y de eso no hacía mucho tiempo. Después de que Johannes Svarvare les dijera que le había contado a Wilma lo del avión. Después del infarto de Isak. Después de haberlos matado.
El ambiente en casa estaba cargado y enturbiado por todo lo que no se podía decir ni insinuar. A Kerttu le daban dolores más fuertes que nunca. Se quejaba a viva voz de lo difícil que era encargarse de Isak. Aunque entonces ya estaba mejor, en invierno. A principios de marzo hubo una mañana que no pudo levantarse. Los médicos dijeron que probablemente habría sufrido pequeños infartos durante la noche. A partir de ahí se quedó en cama. Pero en invierno estaba mejor.
—Huele mal —le dice Kerttu a Hjalmar.
Está sentada a la mesa de la cocina con el abrigo bonito y los zapatos puestos y el bolso sobre las rodillas, esperando a que Laura, la esposa de Tore, pase a recogerla para llevarla a la ciudad. Kerttu tiene que ir al médico. Son las únicas ocasiones en las que sale del pueblo: cuando tiene que ir al dotor, como ella dice. Sin la c.
Quizá por eso es tan consciente de cómo huele Isak. Porque ahora ella está recién duchada y perfumada, el cuerpo limpio.
Isak está en el pueblo. Va andando a pesar del grave infarto que sufrió en otoño. Como habitante del pueblo es algo que tiene que hacer de vez en cuando: darse una vuelta. Vas a casa de la gente, te sientas en la cocina, tomas café e intercambias información sobre lo último que ha pasado. Sólo hay unos pocos a los que puede ir a ver. Johannes Svarvare y alguno más,