Cuando pase tu ira

Asa Larsson · Capítulo 10 de 11 · parte 2/4

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Cuando pase tu ira

Jueves

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

—A mí que me esparzan con el viento —dice al final.

Ella asiente con la cabeza.

—¿Tú saludas a los que has matado? —pregunta después.

Él lo sabe. Lo ha leído en los periódicos. Y la gente habla.

—No —responde Rebecka—. Vengo a visitar a mi abuela. Bueno, y a mi abuelo.

Señala la tumba que está desenterrando bajo la nieve.

Después le resuena la pregunta que él le ha hecho. Había un «también»

que se ha quedado sin pronunciar. Pero estaba. ¿Tú también saludas a los que has matado?

Gira la cabeza y señala más lejos. Añade con voz tranquila:

—Los que maté están allí y allí. Pero Thomas Söderberg no está enterrado aquí.

—Te declararon inocente —dice él.

—Sí —responde—. Dijeron que fue en defensa propia.

—¿Tú cómo te sentiste?

Remarca el «tú». No levanta la vista, la clava en la nieve como si estuviera en la iglesia, delante del altar, haciendo una reverencia.

«¿Qué quiere?», se preguntó Rebecka.

—No lo sé —tantea—. Al principio no sentía gran cosa. Tampoco recordaba demasiado. Pero después fue peor. No podía trabajar. Intentaba espabilarme, pero al final cometí un error que le costó una fortuna al bufete de abogados, aparte de la reputación. Tenían un buen seguro, pero igualmente. Me dieron la baja por depresión. Y estuve dando vueltas y vueltas en casa. No quería salir. Dormía mal. Comía mal. El piso era un caos.

—Sí —dice él.

Se quedan un momento callados porque otra visitante pasa por su lado.

Rebecka la saluda con la cabeza. Hjalmar no parece verla.

Rebecka piensa que a lo mejor confiesa. ¿Qué coño haría entonces?

Pedirle que la acompañara a comisaría, claro. Pero ¿y si se niega? ¿Y si confiesa y luego se arrepiente y la mata?

Pero Rebecka lo mira fijamente a los ojos durante un momento y se acuerda de uno de los clientes de Meijer & Ditzinger, una prostituta dueña de un considerable número de inmuebles. La mujer no ocultaba su profesión, pero había contratado al bufete por un asunto fiscal. En alguna ocasión en la que habían salido a tomar algo con ella, Måns había bebido más de la cuenta y sin ningún recato le había preguntado si nunca había tenido miedo de alguno de sus clientes. Coqueto, adulador, fascinado.

Rebecka sintió vergüenza y prefirió clavar la mirada en la mesa. La mujer era amable, pero también había mostrado una gran integridad. Se le notaba que estaba acostumbrada a esa clase de curiosidad. Le contestó que no, que no tenía miedo. Solía mirar a sus clientes a los ojos largo y tendido. «Así te das cuenta —había dicho— de si tienes que tener miedo o no.»

Rebecka mira a Hjalmar a los ojos. Y no, no debe tenerle miedo.

—Estuviste en un psiquiátrico —dice él.

—Sí, al final sí. Me volví loca. Fue cuando Lars-Gunnar Vinsa mató a su hijo y luego se pegó un tiro. No pude soportar otra muerte. Fue como si se abrieran todas las puertas que había intentado mantener cerradas.

Hjalmar siente que apenas puede respirar. «Es exactamente así», le gustaría decir. Primero Wilma y Simon. Aquello ya había sido duro, pero lo superó. Sin embargo después, con Hjörleifur Arnarson…

—¿Te hundiste del todo? —pregunta—. ¿Tocaste fondo?

—Supongo que sí. Aunque no me acuerdo de lo peor. Estaba muy mal.

«Me dieron electroshock —piensa—. Y me vigilaban. No quiero hablar de eso.»

Allí están los dos, de pie, Rebecka Martinsson y Hjalmar Krekula. Para él es difícil preguntar. Para ella es difícil contestar. Ambos luchan por avanzar en la conversación como dos excursionistas en una tormenta de nieve. Pelean contra el viento con la cabeza gacha.

—No me acuerdo —continúa Rebecka—. Pienso que si recuerdas una vez en la que estabas muy triste y te concentras en la tristeza, puedes sentir cómo te vuelve a llenar por dentro. Y si recuerdas alguna vez en la que estabas muy contento, la alegría también vuelve. Pero si recuerdas una situación de angustia, no revives la sensación. Es como si el cerebro dijera basta. No quiere retroceder. Recuerdas la escena, pero no puedes recuperar el sentimiento.

«¿Triste? —piensa Hjalmar—. ¿Tristeza? ¿Alegría?»

Se quedan en silencio.

—Y ¿tú? —pregunta al final Rebecka—. ¿A quién vienes a ver?

—A ella.

Rebecka entiende que se refiere a Wilma.

—¿La conocías? —le pregunta.

Sí, su boca se mueve, aunque no emita ningún sonido, pero Hjalmar también asiente con la cabeza.

—¿Cómo era?

—Era simpática —dice y luego añade con una sonrisa—: tenía problemas con las mates.

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Wilma está sentada en la cocina de Anni tirándose del pelo desesperada delante del libro de matemáticas. Tiene que estudiar mates y sueco para poder hacer el examen de acceso al instituto el año siguiente. Anni está fregando los platos y mira por la ventana. Fuera Hjalmar va y viene por el patio con el tractor quitando nieve. Un favor de sobrino.

Wilma maldice hasta que sale humo del libro. A los ángeles se les pone la piel de gallina con su forma de hablar.

—Hostia puta, joder, coño —dice enfadada.

—Oye, señorita —le advierte Anni.

—No quiero —gimotea Wilma—. Soy tonta del culo, no entiendo nada.

Puta álgebra de las narices. «La regla de conjugación simplifica los binomios entre términos del mismo tipo.» Paso de esta mierda. Voy a llamar a Simon, a ver si nos vamos con la moto por la nieve.

—Vale.

—¡Ayyy! ¡Es que tengo que aprenderme esto!

—Pues no lo llames.

Anni ve que Hjalmar está a punto de acabar. Pone a hervir café. Cinco minutos más tarde Hjalmar asoma la cabeza por la puerta y dice que ya ha terminado. Anni no deja que se escape. Acaba de poner el café. Ella y Wilma no pueden tomárselo todo. Además, ha descongelado unos bollos.

Hjalmar se deja convencer y se sienta a la mesa de la cocina. No se quita la chaqueta, se baja la cremallera sólo hasta la mitad, dando a entender que no piensa quedarse mucho rato.

No dice nada. Es habitual en él, la gente está acostumbrada. Anni y Wilma se encargan de la conversación y saben que no vale la pena

avasallarlo a preguntas para hacerlo participar.

—Ya basta, voy a llamar a Simon —dice Wilma al final y sale al recibidor. El teléfono está sobre una mesita de teca con un taburete al lado y un espejo detrás.

Anni se levanta para sacar un billete de cincuenta coronas de un tarrito de cacao en polvo que hay en el borde de la campana extractora. El ritual incluye intentar que Hjalmar acepte el dinero por la ayuda. Él siempre se niega pero suele llevarse por lo menos una bolsa de bollos, o un poco de estofado en una fiambrera. O algo. Mientras Anni hurga en el tarro de cacao, Hjalmar le echa un vistazo al libro de mates de Wilma. Lee rápidamente el texto y después resuelve en poco más de un minuto nueve operaciones de álgebra seguidas.

—Vaya —dice Anni mirando el libro—. Casi se me había olvidado que se te daban muy bien las matemáticas cuando ibas a la escuela. A lo mejor podrías ayudar a Wilma. Está desesperada.

Pero Hjalmar se levanta para marcharse. Se sube la cremallera, suelta una especie de gruñido a modo de gracias por el café y coge el billete de cincuenta para no tener que discutir.

Por la noche, Wilma se presenta en casa de Hjalmar. Lleva el libro de mates en la mano.

—¡Tú sabes de esto! —dice sin rodeos mientras se mete en su cocina y toma asiento—. Eres un genio.

—Qué va, no sé… —empieza Hjalmar, pero ella lo interrumpe.

—Tienes que enseñarme. No me entra.

—No, yo no puedo —intenta él quedándose sin aliento, pero Wilma ya se ha quitado el abrigo.

—¡Sí! —insiste—. ¡Sí puedes!

—Vale —acepta él—. Pero yo no soy como la señorita del colegio.

Ella lo mira rogándole, casi suplicándole. Así que no le queda otra que sentarse a su lado.

Después, se pasan más de una hora sudando los dos. Ella grita y suelta tacos, como hace siempre que algo se le resiste. Y para su sorpresa, él

también grita. Da un puñetazo en la mesa y le dice que haga el puto favor de no mirar más por la ventana y que se concentre en el libro. ¿Está meditando o qué coño está haciendo? Y cuando Wilma se pone a llorar por el cansancio que le provocan las ecuaciones de segundo grado, Hjalmar le da unas palmaditas en la cabeza y le pregunta si le apetece un refresco. Y se toman una Coca-Cola.

Y al final Wilma entiende lo que tiene que hacer con «la puta raíz cuadrada».

Están agotados. La cabeza no les da más de sí. Hjalmar calienta un par de empanadas Gorby’s y de postre comen helado de nata.

—Joder, qué listo eres —dice Wilma—. ¿Por qué estás conduciendo camiones? Deberías ser profesor.

Él se ríe con el comentario.

—Profesor de mates de noveno curso.

Ella no podría entenderlo. Desde que resolvió los libros de mates que le robó al profesor Fernström de su coche, no ha parado con las mates. Ha pedido libros a las librerías universitarias y de ocasión. En álgebra está con el teorema de Lagrange y grupos de permutaciones. Tiempo atrás hizo los cursos por correo de Hermods, no sólo de matemáticas. Bajaba a Estocolmo para hacer los exámenes. Se inventaba que iba a Finlandia a comprar. O a Luleå para recoger un motor. A los veinticinco se sacó el título de bachillerato en Hermods. Y el fin de semana siguiente compró un botella de vino y se fue a la cabaña del bosque. Normalmente no bebía, y mucho menos vino. Pero aquella vez se la pasó con un vaso de Duralex lleno hasta el borde de vino tinto. Le supo a mierda. Hjalmar sonríe al recordarlo.

Siguen trabajando un rato más, pero llega el momento de irse a casa.

Wilma se pone el abrigo.

—No digas nada —le dice antes de que salga por la puerta—. Ya sabes, a Tore… ni a nadie. Que sé de mates y eso.

—No, tranquilo —dice Wilma con alegría.

Ya tiene la cabeza en otra parte. Probablemente en Simon Kyrö. Le da las gracias por la ayuda y desaparece.

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Rebecka Martinsson y Hjalmar Krekula en el cementerio. Rebecka tiene la sensación de estar en un barco y que Hjalmar cae al agua. Se aferra a la borda pero ella no consigue subirlo. Dentro de poco se le helará todo el cuerpo. Se quedará sin fuerzas y se soltará. Se hundirá en el mar. Ella no puede hacer nada.

—¿Cómo estás? —pregunta Rebecka.

En cuanto termina de decirlo se arrepiente. No quiere saber cómo está.

No es responsabilidad suya.

—Tengo como una irritación en la garganta o algo —responde él dándose unos golpes en el pecho con el puño.

—Vaya —dice ella.

—Tengo que irme —dice Hjalmar, pero no hace ningún ademán de marcharse.

—Ya —dice Rebecka. Tiene a la perra en el coche. También ella debería irse.

—¿Qué se puede hacer? —pregunta él y se le tensa la cara.

Ella gira la cabeza, no quiere cruzarse con su mirada.

—Cuando se me hacía insoportable solía perderme en la naturaleza —

dice ella—. A veces me iba bien.

Entonces Hjalmar empieza a alejarse.

Rebecka siente que la impotencia le tira de los brazos hacia el suelo.

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La fiscal Martinsson se presentó en la comisaría de policía a las dos y cuarto del mediodía. En la puerta de la calle se cruzó con Anna-Maria Mella. Vera se le echó encima muy contenta y le dejó marcadas las patitas mojadas en los vaqueros.

Los ojos de Anna-Maria estaban relucientes y llenos de vida. Tenía las mejillas encendidas. El pelo parecía ansioso por estar suelto y libre, algunos mechones se salían de la trenza y parecían estar a punto de salir volando.

—¿Te has enterado? —preguntó—. Nos han llegado los resultados del laboratorio. En la chaqueta de Tore Krekula había sangre de Hjörleifur Arnarson.

—¡Uau! —exclamó Rebecka y sintió como si algo brusco la acabara de sacar del sueño. Había estado completamente sumida en el encuentro que acababa de tener con Hjalmar Krekula en el cementerio—. ¿Qué vais a…?

—Vamos a detener a Tore Krekula, evidentemente. Ahora mismo íbamos a su casa.

Anna-Maria se detuvo. Parecía sentirse culpable.

—Sé que debería haberte llamado. Pero has tenido vistas toda la mañana, ¿no? ¿Quieres venir con nosotros a detenerlo?

Rebecka negó con la cabeza.

—Antes de que te vayas —dijo poniendo una mano sobre el brazo de Anna-Maria para retenerla—. He estado en el cementerio.

Anna-Maria intentó ocultar su impaciencia.

—Ya —dijo con fingido interés.

—Hjalmar Krekula también estaba allí. Visitando la tumba de Wilma.

Creo que está al borde de… no sé de qué. No está bien. Me ha dado la

sensación de que quería contarme algo.

Anna-Maria prestó un poco más de atención.

—¿Qué te ha dicho?

—No lo sé, ha sido más bien una sensación que he tenido.

—No te enfades —dijo Anna-Maria—. Pero ¿podría ser que estés proyectando un poco? A lo mejor todo esto está desenterrando tu propia historia. Cuando te encontrabas mal, cuando… ya sabes.

A Rebecka se le hizo un nudo por dentro.

—Puede ser eso, claro —dijo con rigidez.

—Podemos seguir hablando cuando vuelva —concluyó Anna-Maria—.

Pero aléjate de Hjalmar Krekula, ¿vale? Es un cabrón peligroso, no lo olvides.

Rebecka negó pensativa con la cabeza.

—Nunca me haría daño —dijo.

— Famous last words —dijo Anna-Maria con media sonrisa—. Lo digo en serio, Rebecka. Suicidio y homicidio pueden estar muy, muy cerca lo uno de lo otro. El año pasado tuvimos el caso de un tipo que cometió suicidio múltiple, estaba en su cabaña en Laxforsen y liberó a su mujer y luego a sus hijos de siete y once años del sufrimiento de este mundo.

Después consiguió matarse a sí mismo con sobredosis de pastillas de hierro normales y corrientes. Los riñones y el hígado dejaron de funcionar pero tardó dos meses en morir. Estuvo ingresado en Umeå, con tubos por todas partes, detenido por asesinato.

Se quedaron en silencio. Anna-Maria se mordía la lengua. Recordó cuando Rebecka mató a aquellos hombres en Jiekajärvi. Aunque eso fue totalmente distinto. Y cuando se volvió loca y trató de suicidarse. Pero también era diferente. ¿Por qué siempre se complicaban las cosas? El suelo de alrededor de Rebecka Martinsson estaba minado. ¿Por qué demonios se la tenía que encontrar en la puerta justo ahora?

Tommy Rantakyrö y Fred Olsson aparecieron por el pasillo. Saludaron rápidamente a Rebecka y miraron dudosos a Anna-Maria.

—Vamos a detener a Tore Krekula —dijo Anna-Maria dirigiéndose a la fiscal—. ¿Quieres estar en el interrogatorio?

Rebecka asintió con la cabeza y la batida salió por la puerta ladrando y gimiendo, con los hocicos pegados al suelo.

Rebecka se quedó donde estaba, sintiéndose fuera de todo aquello.

«Vaya, vaya —se dijo a sí misma—. Ahora sí que te has hecho pequeña.»

De repente Vera soltó unos ladridos. Krister Eriksson acababa de aparcar fuera y había soltado a Tintin y a Roy. Se le iluminó la cara en cuanto vio a Rebecka y se le acercó.

—Te estaba buscando —dijo sonriendo tanto que se le estiró la piel rosada de la cara—. ¿Crees que podrías quedarte a Tintin un rato? Tengo que entrenar a Roy y Tintin se muere de pena si tiene que esperar en el coche.

Vera estaba quieta meneando la cola mientras Tintin y Roy le olisqueaban el culo y debajo de la barriga.

—Encantada —dijo Rebecka.

—¿Cómo estás? —le preguntó Krister, y Rebecka tuvo la sensación de que podía verla por dentro.

—Bien —mintió.

Le explicó lo de la chaqueta de Tore Krekula y que lo iban a detener.

Krister se quedó callado. Mirándola con lástima.

«Joder, con el tío, sin decir nada, como a la espera de algo más —pensó Rebecka—. Pues sigue esperando.»

No pensaba contarle nada sobre su encuentro con Hjalmar Krekula en el cementerio.

De pronto Krister sonrió y le acarició rápidamente el antebrazo, como si no pudiera estar sin tocarla.

—Hasta luego. Esta tarde la paso a buscar.

Le ordenó a Tintin que se quedara con Rebecka. Luego se fue con Roy al coche y se marcharon.

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Laura Krekula se tomó su tiempo para abrir la puerta y luego se quedó mirando a los policías que había al otro lado. Anna-Maria Mella no pudo abstenerse de desenfundar la placa.

Percibió el miedo en los ojos de la mujer. Tommy Rantakyrö y Fred Olsson también tenían un aspecto serio.

«No me da pena —pensó Anna-Maria Mella—. ¿Cómo demonios se puede haber casado con ese tipo?»

—¿Otra vez aquí? —dijo Laura Krekula con voz débil.

—Estamos buscando a Tore Krekula —dijo Anna-Maria Mella.

—Pues está trabajando. A estas horas ¿cómo va a estar en casa?

—¿El coche ese de ahí es suyo? —preguntó la inspectora.

—Sí, pero hoy ha llevado un transporte a Luleå y no volverá hasta la noche —respondió la mujer.

—¿Te importa si entramos a echar un vistazo? Uno de los camioneros del garaje nos ha dicho que estaba en casa.

La mujer se hizo a un lado y los dejó entrar.

Abrieron los armarios. Miraron en el garaje y en el lavadero. La mujer no se movió del recibidor. Al cabo de cinco minutos los policías le dieron las gracias y se despidieron.

Cuando se hubieron marchado, Laura Krekula subió a la planta de arriba. Sacó la gran llave hexagonal de la trampilla del desván. Giró, dejó caer la puertecilla y desplegó la escalera.

Tore Krekula bajó por ella.

Pasó al lado de su esposa y en pocos pasos bajó hasta la planta baja.

Laura le seguía detrás sin decir nada. Miraba a Tore mientras se ponía las botas y la chaqueta. Entró vestido en la cocina. Untó bastante mantequilla en una rebanada de pan seco y después cortó unas rodajas de salchicha de Falun para ponerlas encima.

—Ni se te ocurra decir ni media palabra de esto —dijo con la boca llena

—. No llames ni a tu madre ni a tu hermana. ¿Te queda claro?

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Hjalmar Krekula va esquiando por el bosque. El sol de mediodía le calienta el cuerpo. En los árboles hay bolas de nieve virgen, pero han empezado a derretirse y caen gotas. Lo observo sentada entre las perlas de agua de los abedules. Me muevo de árbol en árbol. La ingravidez me permite posarme en las ramas más delgadas. En invierno se vuelven negras y se congelan.

Ahora tienen reflejos violetas. El color de la primavera. Subo trepando como un lince por un tronco que huele a resina. La corteza es del dorado oscuro de las galletas de jengibre de Anni. Las ramas visten su rebeca verde de punto; me escondo en ella y acecho a Hjalmar.

Deben de haber pasado por lo menos veinte años desde la última vez que se puso unos esquís. Los que lleva son aún más viejos, igual que las botas. Listones de madera sin encerar con fijaciones Rottefella. Apenas se deslizan. De vez en cuando tiene que parar a quitar la nieve que se les ha pegado. Se hunden completamente a pesar de que va por el surco dejado por las motonieves. Las botas de cuero están agrietadas y se mojan enseguida. Los pantalones también.

Los palos atraviesan la nieve y cuesta sacarlos. El disco, más que anticuado, es un aro redondo sujeto al palo con cintas de cuero y se encalla abajo. Cuando saca los palos salen con un cilindro de nieve encima del disco.

Hjalmar se dice que le está costando horrores avanzar, pero sin los esquís habría sido imposible. Y si su padre y sus amigos podían ir con esos esquís, ¿por qué no iba a poder él? Por no hablar de los lapones, que antiguamente corrían de un lado a otro por los bosques con material muchísimo peor y con un solo palo.

De vez en cuando mira hacia arriba y ve las gotas de agua tiritando en las ramas.

El sudor le corre por la frente y le escuecen los ojos.

Acaba de llegar al refugio que construyeron él y su hermano hace veinte años al sur de Ripukkavaara.

Se sienta dentro y coge el termo del café y los sándwiches. El sol le calienta la cara.

Al sacar los bocadillos de la fiambrera le invade un fuerte cansancio.

Los deja a un lado.

El viento se mueve con un zumbido soñoliento entre las copas de los abetos, como una pala de madera en una cazuela. Las ramas se balancean de un lado a otro sin resistirse, se dejan mecer. Hace un momento, los sonidos de los pájaros le penetraban estridentes en los oídos, como cuchillos afilándose. Ahora suenan diferente. Canturrean y gorgoritean. Un pájaro carpintero taladra un tronco en la distancia.

Se tumba de lado. Del techo del refugio caen gotas.

Le viene una frase a la cabeza: «Ya se apaga el aliento en mí, mi corazón por dentro enmudece.» ¿De dónde es? ¿Lo ha leído en la Biblia que tiene en la cabaña en Saarisuanto?

¿Por qué le da tantas vueltas a lo que pertenece al pasado? Como cuando su padre le metió la cabeza en el hoyo del hielo. Hace más de medio siglo. Si nunca suele pensar en ello, ¿por qué ahora?

Se le cierran los ojos. La nieve suspira cansada en el bosque. El sol quema. Hjalmar se queda dormido en el calor del refugio.

Lo despierta una presencia. Abre los ojos y primero solamente ve una sombra delante del sol. Peluda y negra.

De pronto cae en la cuenta. Es un oso.

Se yergue sobre las patas traseras ante su mirada. Ahora no le ve sólo la silueta. El hocico, el pelaje, las garras. Se queda inmóvil durante tres segundos, mirándolo directamente a los ojos.

«Se acabó», piensa Hjalmar.

Tres segundos más. Y durante ese breve lapso de tiempo, siente una perfecta quietud interior.

Dios está mirando a Hjalmar a través de los ojos del oso.

Después el animal da media vuelta, cae sobre las cuatro patas y se marcha tranquilamente.

El corazón del hombre late con energía. Son latidos de vida. Son las puntas de los dedos del chamán percutiendo la piel del tambor. Es la lluvia repicando contra el techo de chapa de su cabaña en Saarisuanto, una noche de otoño mientras está en la cama y el fuego crepita en la chimenea.

La sangre le corre por las venas. Es agua de primavera que se desprende del hielo, que fluye bajo la nieve, que sube por los árboles, que baja y se precipita por las rocas.

El alma le entra y le sale de los pulmones. Es el viento que levanta al cuervo cuando juega, que arremolina la nieve en la montaña, que con cuidado encrespa el lago por las tardes y luego se calma y deja que todo se quede inmóvil.

«Dios mío —pide Hjalmar a falta de alguien más, de otra cosa a la que dirigirse por esa sensación de indulto que le ha caído encima—. Quédate, quédate.»

Pero sabe que esa emoción no se puede experimentar por mucho tiempo. Permanece quieto hasta que se desvanece.

Luego descubre que los sándwiches han desaparecido. Era lo que había atraído al oso.

Vuelve a casa alegre.

«Que pase lo que tenga que pasar —piensa—. Soy libre. El oso podría haberme matado. Se podría haber acabado todo.»

Quiere coger la Biblia de la cabaña e intentar encontrar aquellos versos:

«Mi corazón por dentro enmudece.»

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Anni parece completamente transparente. Se ha quedado dormida en el sofá de la cocina. Yo estoy sentada al lado, mirando su pecho. Los músculos que hay dentro están cansados, sin fuerzas. Las respiraciones de Anni son poco profundas y rápidas. El sol de primavera entra abrasador por la ventana y le calienta las piernas. De repente abre los ojos y tengo la sensación de que me está mirando.

—¿Hago café? —pregunta.

Y me doy cuenta de que está hablando conmigo, aunque no me vea. Sin embargo, está lejos de imaginar que estoy aquí.

Se incorpora lentamente, con la mano izquierda busca apoyo detrás de la espalda y con la derecha se agarra al respaldo de madera blanca del sofá.

Después tiene que emplear las dos manos para levantar las piernas y acercarlas al borde del sofá, hasta que quedan por fuera y las puede bajar al suelo. Mete los pies en las zapatillas, la mano se apoya en la mesa. Un suave gemido de esfuerzo y dolor, un eh-eh-eh sale de su boca cuando se levanta.

Pone agua en la cafetera, abre el tarro del café y echa unas cucharadas.

—Estaba pensando que podríamos llenar el termo y tomárnoslo fuera, en la escalera. Con el sol que hace…

Después tarda una eternidad en sacar el termo, llenarlo, ponerse el abrigo y salir al porche. Por no hablar de lo que le cuesta sentarse en las escaleras. Anni se ríe.

—Tengo el teléfono en el bolsillo. Así puedo llamar a alguien si me caigo y no consigo levantarme. Como tú no estás…

Se sirve café en una taza. Humea. Lo toma a sorbitos y disfruta del sol, que le calienta las mejillas y la nariz. Por primera vez desde que morí piensa con alegría que a lo mejor puede vivir un verano más. Sólo tiene que ir con cuidado de no caerse para no acabar en el hospital.

Los cuervos aterrizan en el patio. Primero dan unos rodeos como si fueran los amos del lugar. Con el sol, sus plumas y picos brillan y titilan.

Giran la cabeza de un lado a otro sin decir gran cosa. Me da la impresión de que están haciendo teatro, de que están jugando a ser personajes importantes. Arrastran sus colas con forma de cuña por el suelo como si fueran pavos reales. Si estuviera aquí sentada de verdad haría unas bromas con Anni sobre los pájaros. Nos quedaríamos sentadas aquí en el porche tratando de descubrir de dónde vienen esos señores tan importantes. Anni no tardaría en decir que son tres predicadores laestadianos que han venido para convertirnos. Yo soltaría que son el de asuntos sociales, un director y un juez. «Se me acabó la fiesta», diría yo.

Anni se sirve más café. Aguanta la taza entre las manos.

Yo también quiero tener una taza de café humeante entre las manos.

Quiero sentarme de verdad aquí en las escaleras junto a Anni. Quiero que Simon llegue con el coche. Oh, su sonrisa cuando me veía. Como si alguien le hubiese hecho un precioso regalo. La añoranza me duele. Mis manos no pueden tocar nada.

Casi me parece que es él cuando un coche entra en el patio. Pero es Hjalmar. Los cuervos se suben a los árboles.

Apaga el motor y se baja con pesadez del coche.

Ahora está delante de Anni y no tiene ni la menor idea de cómo va a sacar de dentro lo que tiene que decir. Al principio no importa. Anni habla un rato.

—Aquí, hablando con los muertos —dice—. Creo que me he vuelto un poco loca. Pero ¿qué le voy a hacer? Dentro de poco no conoceré a ningún vivo.

Se queda callada. Le viene a la memoria una tía segunda que siempre se quejaba de lo sola que estaba. Recuerda lo fastidioso que era ir a visitarla.

«Yo estoy siendo igual —piensa—. No se puede evitar.»

—¿Te vas a la cabaña? —le pregunta a Hjalmar por cambiar de tema.

Él asiente con la cabeza.

—Anni —consigue decir.

Hasta ese momento no se había dado cuenta de la cara que trae Hjalmar.

—¿Qué pasa? —pregunta—. ¿Es Isak?

Hjalmar niega con la cabeza.

—Pero ¿qué tienes, niño? ¿ Poika, mikä sinulla on?

Él no puede evitar una media sonrisa al oír que ella lo sigue llamando

«niño».

Anni se aferra con su garra a la barandilla de hierro y se pone en pie.

Entonces Hjalmar lo suelta.

—Perdón.

Apenas le sale la voz, tan extraña. Y lo poco acostumbrado que Hjalmar está a esa palabra. Se abre paso por su boca, áspera, como si estuviera escrita en un papel que ha tenido en la boca tanto tiempo que se ha ido arrugando hasta hacerse una pelota.

La última vez que lo dijo debió de ser hace mucho tiempo, con alguna paliza de Isak. Y en aquella época significaba «piedad».

—¿Por qué? —pregunta Anni.

Aunque lo sabe.

Lo mira y lo sabe. Lo sabe, lo sabe.

Él entiende que lo sabe.

—¡No! —grita Anni con tanta fuerza que los cuervos baten las alas en los árboles.

Pero no levantan el vuelo.

Anni golpea a Hjalmar con su garra. No, no lo perdona.

—¡Por qué! —grita.

Su cuerpo flacucho arriba en el porche. Pero el aire que la rodea está vibrando de energía. Es una sacerdotisa con el puño cargado de maldición.

Hjalmar alarga una mano y se apoya en el coche. La otra la tiene en el corazón.

—Iban a buscar un avión hundido —dice—. Pero cuando papá se enteró… Fue entonces cuando le dio el infarto. No hay que hurgar en el

pasado.

Oye su tono de voz. Parece que se esté defendiendo. No es lo que pretendía, pero tampoco sabe qué decir.

—¿Tú? —grita Anni—. ¿Solo?

Hjalmar niega con la cabeza.

—No es verdad —dice Anni.

Su voz ha perdido toda la fuerza. Se coge a la barandilla para no caerse.

—No puede ser verdad.

Después emite un sonido como si tuviera un animal en la garganta. Y

cuando el animal ha soltado su lamento se gira hacia Hjalmar. Tiene fuego en la mirada. Las palabras brotan en un torrente de ira.

—¡Márchate! No te atrevas a presentarte aquí otra vez. ¿Me oyes?

Hjalmar se sube al coche. Forma un cuenco con las dos manos y esconde la cara en él. Enseguida se irá. Sólo tiene que recomponerse un poco.

Después sale del patio de Anni y pone rumbo al norte. En cuanto le haya desaparecido el nudo en la garganta llamará a la centralita de la policía. Pedirá que lo pongan con la fiscal, Rebecka Martinsson.

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Isak Krekula yace bocarriba en la habitación. Tiene los pies helados, tiene frío. En la cocina suena el pesado tictac del reloj de pared. Es como una máquina de la muerte. Primero lo colgó en una pared de la casa de sus padres. Cuando ellos fallecieron, entró en la casa que compartía con Kerttu.

Cuando él muera, Laura se llevará el reloj a casa de Tore y escucharán el tictac mientras esperan que les llegue su turno.

LlamaaKerttu. «¿Dóndecoñosehametidoestamujer?»

—Oye. ¡ Tule tänne!

Por fin viene. Isak resopla y se queja descontento mientras Kerttu le echa una manta por encima de los pies.

Lleva horas llamándola. ¿Por qué no se entera? Mujer, sorda y vieja.

—Voy a preparar café —dice Kerttu y se vuelve a meter en la cocina.

Él continúa moliendo su resentimiento como un molinillo. Si la llama, tiene que ir. ¿Le cuesta entenderlo? Él está postrado sin poder moverse.

—¿Me oyes? ¿Me escuchas? Maldita zorra.

Lo último lo añade en voz más baja. Siempre ha podido soltar cosas así libremente. Ha pagado la comida que se servía en la mesa y ha sido dueño y señor de su propia casa. Pero ¿qué puede hacer ahora ahí tumbado? Se ha vuelto dependiente.

Cierra los ojos, pero no se puede dormir. Tiene frío. Le grita a Kerttu que le lleve una manta, pero nadie aparece.

Su cabeza regresa a 1943. A un día caluroso de finales del verano. Él y Kerttu están en Luleå. Conversan con William Schörner, jefe de seguridad de las SS, delante del almacén militar alemán que hay junto a la catedral.

Varios camiones están siendo cargados con sacos con el sello de un águila y con cajas de madera que hay que manipular con cuidado.

Como siempre, William Schörner va bien afeitado, con la ropa planchada y se muestra correcto. El jefe de almacén asentado en Luleå, el Oberleutnant Walther Zindel, se mete dos dedos en el cuello del traje para aliviar un poco el calor que tiene. Isak sólo lo ha visto estirar el brazo y hacer el saludo hitleriano cuando Schörner estaba cerca.

A Schörner y a Zindel se les ve presionados. A Alemania le ha cambiado la suerte en la guerra. Ahora todo es distinto. Suecia acoge cada vez a más judíos. La opinión pública contraria a los trenes con alemanes que circulan por el país, se ha acentuado durante la primavera y el verano.

El escritor Vilhelm Moberg ha publicado artículos en la prensa en los que habla del constante ir y venir de los alemanes y de que no sólo se transportan soldados de permiso y sin armas por toda Suecia, sino soldados con bayoneta y pistola. A finales de julio el Gobierno sueco ha cancelado el acuerdo de paso con Alemania, y SJ, la empresa estatal de ferrocarriles, pronto dejará de transportar a soldados alemanes. La gente empieza a odiar a Hitler. En Berlín, cuatro ciudadanos suecos han sido condenados a muerte por espionaje. El submarino sueco Ulven es hundido en abril y aparecen datos que apuntan a que otro submarino sueco, el Draken, ha sido atacado por el buque mercante Altkirch. En julio los alemanes hunden dos pesqueros suecos en la costa noroeste de Jylland y doce marineros suecos fallecen. La gente enloquece cuando Berlín responde a las protestas suecas diciendo que los pesqueros eran culpables de sabotear las boyas de luz alemanas.

Tanto el jefe de almacén Zindel como el jefe de seguridad Schörner notan que su acogida en Luleå se ha vuelto más fría. En la oficina de Correos, en los restaurantes, en todas partes el ambiente es distinto. La gente baja la mirada. Las invitaciones a cenar a casa de las buenas familias burguesas han disminuido. La esposa sueca de Zindel se pasa la mayor parte del tiempo encerrada en su casa.

Cuando Isak Krekula bajó a Luleå, iba con la idea de renegociar la tarifa de sus servicios. Ahora que SJ había anulado los transportes, los alemanes dependerían por completo de los servicios en camión para llevar

suministros a sus tropas en la Laponia finlandesa y el norte de Noruega.

Además, él mismo nota el rechazo de la gente por su relación con los alemanes y quiere ser compensado por ello.

Pero en cuanto se baja del coche delante del almacén sabe que no habrá renegociación. William Schörner está en Luleå. Isak prefiere no tener que tratar con él, pero cuando Schörner está en Luleå, lo cual es bastante frecuente, se hace cargo de toda la actividad. La última vez que tenía que pagarle retiró el sobre con el dinero justo cuando Isak lo iba a coger. Isak se quedó allí con el brazo estirado sintiéndose como un bobo.

—Isak —le dijo—. Un nombre muy judío, ¿ nicht war? ¿No será usted judío?

E Isak tuvo que asegurarle que no lo era.

—No puedo hacer negocios con judíos, ¿comprende?

E Isak le aseguró otra vez que no era de origen judío.

Schörner estuvo mucho rato en silencio mirándolo a los ojos.

—Está bien —dijo al final y le pasó el sobre con el dinero.

Pero no parecía convencido del todo.

Ahora William Schörner es como un polvorín con piernas. Tiene las contrariedades de la guerra y la indulgencia de los suecos para con los aliados todo dentro, como un campo de minas. Por ejemplo, la semana anterior había oído que tres submarinos polacos presionaban en el lago Mälaren delante de Mariefred, sin embargo nadie hacía nada, ni siquiera el Gobierno alemán. Schörner se muestra tranquilo y flirtea con Kerttu, como de costumbre, pero a su alrededor hay un campo energético que tiembla de la carga que lleva. Está a punto de explotar. Sí, se muere de ganas de explotar.

El ministro de Asuntos Exteriores sueco ha expresado sus temores en cuanto a la ruptura del acuerdo de tránsito con las palabras «los últimos golpes del predador herido pueden ser devastadores». William Schörner es el predador.

Pero Kerttu no se percata de nada de esto. Isak la mira conteniéndose mientras ella ronronea y se deja halagar con los cumplidos de Schörner. El pelo castaño le cuelga un poco por encima de un ojo, como a Rita

Hayworth. Lleva un vestido de verano de color azul con topos blancos, acampanado y de cintura alta. Schörner le dice que debe ir con cuidado: un buen día alguien se la comerá.

William Schörner tiene a Kerttu en buena consideración. Ella le ha hecho algunos favores durante los últimos años. Le ha contado cosas que ha ido oyendo por aquí y por allá. Hace más o menos un año, un avión mensajero con metralletas alemán hizo un aterrizaje de emergencia en alguna parte de los bosques del interior. Kerttu e Isak estaban en Luleå y Kerttu aprovechó para ir a la peluquería. Cuando salió de allí sabía dónde se había estrellado el avión. Se lo había contado la mujer del propietario de unas tierras. El hombre no había informado a la policía de su hallazgo. A lo mejor tenía pensado ganarse un dinerillo extra, el piloto y los pasajeros habían perecido en el accidente. Otra vez pudo facilitarle datos sobre un periodista que había sacado unas fotos a vagones de carga llenos de armas alemanas. Cosas así. Grandes y pequeñas. Kerttu tiene esa habilidad. La gente quiere hablar, quiere que ella los mire con esos ojos entre verdes y pardos. Que te mire una muchacha joven y hermosa te reaviva el alma.

Schörner acostumbra a anotar la información que le da en una libretita con unas tiras de cuero negro que siempre lleva consigo; escribe con bolígrafo.

Después se guarda la libreta en el macuto. Si los datos resultan ser ciertos y de provecho, Kerttu suele cobrar por la ayuda prestada. La vez que le contó lo del avión mensajero le dio mil coronas. Era más dinero de lo que su padre Matti veía en un año.

Así consigue unos ahorros. Y esos ahorros no se los gasta. Vive gratis en casa de sus padres y le ha prestado el dinero a Isak, que lo ha invertido en la empresa de transportes. Isak cobra bien del Ejército alemán. Pregunta poco y la mercancía llega a su destino.

Ahora Schörner se lleva a Isak y a Kerttu a un lado y le pregunta a Isak si consideraría la posibilidad de dejar que Kerttu hiciera una pequeña misión.

Kerttu se hace la ofendida y le dice al señor Schörner si no cree que antes debería preguntarle a ella si quiere hacerlo. No es propiedad de Isak Krekula.

Schörner se ríe y dice que Kerttu es una aventurera y que sabe lo que quiere.

Isak asegura que Kerttu decide por sí misma, pero le gustaría saber de qué se trata.

Sí, explica Schörner: la cuestión es que hay tres prisioneros de guerra daneses que se han escapado de un buque alemán que ha estado atracado en el puerto de Luleå.

—Quiero encontrarlos —dice Schörner, que sonríe y pestañea.

Los invita a un cigarrillo. Isak entiende que detrás de esa sonrisa Schörner está hecho una furia. Durante el verano, la resistencia en Dinamarca se ha organizado muy bien y los alemanes tienen serios problemas con el sabotaje y todo tipo de acciones antialemanas.

Hay que responder con mano dura, Schörner lo sabe, ojo por ojo. En Noruega, los alemanes han ido incrementando el terror de la población civil, lo cual es del todo necesario para mantener a la gente en jaque después de que la 25 División Panzer abandonara Noruega y se trasladara a Francia.

—Alguien los ha escondido —dice Schörner—. Aquí también hay grupos de resistencia. Y tengo una corazonada con un hombre joven que creo que sabe dónde se han metido esos daneses. Y ese caballero tiene una debilidad: le gustan las muchachas hermosas.

Y luego les explica lo que ha pensado. Promete una buena suma de dinero.

A Isak se le llena la cabeza de imágenes. Se imagina a Kerttu volviendo de su misión con briznas de paja en la espalda y el pelo revuelto. Pero al mismo tiempo es mucho dinero. Y Kerttu dice que sí sin ni siquiera mirarlo.

¿Y qué puede hacer Isak? Nada.

Isak tiene ochenta y cinco años. Está tumbado bocarriba en el cuartito diciéndose, como lleva diciéndose toda la vida: «No podía detenerla.»

Vuelve a llamarla. Dice que tiene sed. Que todavía tiene frío.

Kerttu aparece en la puerta con un vaso de agua en la mano. Cuando Isak la mira, ella se toma el agua de un trago.

—Siempre me has dado asco —le dice—. Lo sabes, ¿verdad?

Y justo cuando acaba de decirlo llaman a la puerta. Es la policía. Es esa inspectora jefa rubia, Anna-Maria Mella. Y hay dos hombres más en el patio. Anna-Maria pregunta por Tore.

Kerttu Krekula ve que la cosa va en serio. Los policías no mencionan nada sobre una orden de detención. Tampoco tienen por qué hacerlo. Kerttu se pone como una loca. Como una loca.

—¿Estás mal de la cabeza? —grita—. ¿Por qué nos perseguís? ¿Qué queréis de él?

Y empieza a chillar como si estuviera empalada de arriba abajo mientras los agentes entran en la casa a echar un vistazo.

—Mi niño —grita—. ¡Mi pobre niño!

Y cuando los policías se marchan se desploma sobre la mesa de la cocina con la frente sobre el brazo. Con el otro se tapa la cabeza.

Isak grita desde la habitación.

—¿Qué coño ha sido eso? —quiere saber—. ¿Quiénes eran ésos?

Kerttu no responde.

Aterrizo sobre la encimera y me quedo sentada como un gato. Esto quiero verlo. Puta Kerttu. En la cocina sólo estamos ella y yo. La acompaño hasta la pista de baile en el cabo de Gültzau, enfrente de Luleå. La acompaño hasta el 28 de mayo de 1943.

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Hay baile en el cabo de Gültzau, enfrente de Luleå. Tocan los Swingers.

Canciones como El sol también calienta cabañas pequeñas, Contigo en mis brazos, Ain’t Misbehavin’ y muchas otras. Los mosquitos se apuntan al vals de Sjösala y los cables telefónicos están repletos de golondrinas que contemplan la fiesta como desde unas gradas.

Los hombres jóvenes llevan trajes a los que se les ha dado la vuelta y se han vuelto a coser. Las mujeres llevan ropa recosida y miriñaques rellenos de celulosa en las faldas. Están todas delgadas como varillas de mimbre por los tiempos de racionamiento que corren.

Kerttu se siente un poco incómoda. No le gusta ir sola al baile y, además, Schörner no le ha dejado ponerse su mejor vestido.

—No puedes destacar demasiado —le había dicho—. Tienes que ser una chica normal, vienes de… de donde vengas.

—Piilijärvi —añadió ella.

—Pero no tienes novio y estás viviendo en casa de tu prima aquí en Luleå porque buscas trabajo.

Kerttu se compra un refresco y se queda pegada a la pista. Dos chicos se le acercan y la invitan a bailar, pero ella les dice que «quizá más tarde», que está esperando a su prima. Allí de pie se siente como gallina y princesa de hielo al mismo tiempo, y toma sorbitos pequeños del refresco para que no se acabe. Pero por el rabillo del ojo ve al hombre que Schörner tiene fichado. Le ha enseñado una foto a Kerttu. Axel Viebke.

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