De nadie más

Darlene Ryan · Capítulo 12 de 16

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De nadie más

Capítulo once

Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Las lágrimas me corrían por la cara. Me las sequé con la mano. No tenía tiempo que perder. “Todo nos va a salir bien,” le susurré a Briana.

Lo metí todo en la mochila: la botella de agua, el resto del jugo de manzana, mi cartera, todo. Desabroché el cinturón que mantenía el asiento de Briana en su lugar. Miré al edificio. Justin estaba todavía en el teléfono.

Tenía el corazón en la garganta, pero estaba segura de lo que hacía.

Apagué la luz de dentro de la camioneta, en caso de que Justin mirara en nuestra dirección. Abrí el maletero, puse allí por un momento el asiento de bebé y me puse la mochila. Agarré de nuevo el asiento, caminé a gatas por el aparcamiento, me alejé y dejé que nos tragara la noche.

No había tráfico, pero me mantuve alejada de la orilla de la carretera, por si acaso. Con el asiento de Briana, tenía que caminar despacio. Con cada paso me golpeaba a la pierna. Después de unos minutos miré la cuneta cerca de la carretera. Me pareció ver un camino de gravilla que se desaparecía entre los arbustos. Pensé “si me meto por ahí, Justin no podrá encontrarme.” El camino no era tan empinado como parecía, aunque estaba lleno de rocas y hierba. “No te preocupes, Briana, creo que podremos.”

Agarré el asiento de Briana con los dos brazos y comencé a bajar a tientas con los pies, porque no podía ver nada en la oscuridad. Resbalé, perdí el balance y descendí con el trasero, abrazando a Briana fuertemente para protegerla. Abajo, me acerqué a ella para asegurarme de que estaba bien.

Me miró como diciendo: “¿Qué rayos fue eso?” Le dije que no se preocupara. Otra vez tenía la nariz sucia. Encontré un Kleneex en el bolsillo y se la limpié una vez más. Deseé que supiera soplarse la nariz.

Me levanté y me sacudí la tierra de los pantalones. Estábamos a la orilla de un sendero. Seguí adelante aunque no sabía a dónde se dirigía, pero no había duda de que estábamos más seguras por allí que en plena carretera.

Me acomodé la mochila a un lado y cargué el asiento de Briana. De pronto me acordé de algo que mi mamá decía siempre que íbamos a algún lugar, incluso al supermercado. Me miraba con una sonrisa pícara como si estuviéramos a punto de correr una gran aventura y luego decía: “Vamos a ver al mago.” Nunca supe qué quería decir con eso. Le sonreí a Briana y le dije: “Vamos a ver al mago.”

Tomé el sendero porque en realidad no tenía idea de qué otra cosa hacer.

Necesitaba encontrar una parada de autobús para poder llegar a Montreal…

o a cualquier lugar. Por fin aprendí a caminar con el asiento para que no me golpeara a la pierna, pero era muy pesado y tenía que cambiarlo de brazo constantemente.

Cuando llegamos junto a unos árboles, pude ver otra carretera a lo largo del sendero, pero había muchos arbustos y estábamos lo suficientemente lejos para que nadie nos viera. Poco a poco nos íbamos acercando a algo así como el centro de un pueblo. Si podía encontrar un teléfono, podría averiguar dónde estaba la estación de autobús.

Me dolían los pies y los brazos, pero cada vez que pensaba en descansar me acordaba de Justin en el teléfono, delatándome. Sentía que alguien me estaba desgarrando el estómago. Caminaba cada vez más rápido, sabía que tenía que huir de Justin, de ese lugar, de todo el mundo, porque yo no iba a dejar que me quitaran a mi bebé.

Finalmente llegamos a un parque con un edificio que se parecía al ymca.

Había un par de bancos en frente y me senté a descansar. Me ardían las plantas de los pies.

Coloqué a Briana a mi lado. Otra vez dormía. Le miré la carita, tratando de pensar a quién se parecía, a Justin o a mí. Tenía mi pelo, eso era seguro.

Y chillaba como yo cuando estaba enojada. Por lo demás, no sabía a quién se parecía. Se parecía a ella misma.

Todo el mundo decía que yo era igualita en todo a mi mamá, con la excepción del carácter. Yo no me veía ningún parecido con ella. Sólo teníamos el mismo color de pelo, un castaño rojizo. En realidad, no me hubiera molestado parecerme a ella, porque era preciosa. Tenía ojos pardos como el chocolate y una piel perfecta. No necesitaba usar cosméticos.

Comía todo lo que quería y jamás engordaba.

Pero lo mejor de mi mamá era su risa. Te hacía reír de felicidad y ni sabías de qué te estabas riendo. Deseé oírla otra vez. Después de su muerte, ya nadie más se rió en mi casa. Mi papá dejó para siempre de sonreír.

Vi a tres chicas que caminaban en mi dirección. Conversaban y no se dieron cuenta de mi presencia hasta que estuvieron al lado del banco donde yo estaba. Una de ellas vio a Briana.

—¡Ay, mira, una bebita! —dijo, agachándose al lado del asiento—. ¡Qué linda!

—Gracias —le dije.

Las otras dos se acercaron para verla. —¡Qué chiquitita! —dijo una de ellas. —¿Es tuya? —me preguntó la que habló primero.

Asentí.

—Es una monada. ¿Cuántos meses tiene?

—Cinco meses —le dije, arreglándole a Briana el gorrito para que le pudieran ver la carita.

—¡Mira que cachetes más gordos tiene!

—Hola, soy Stephanie —se presentó la primera chica. Llevaba una blusa morada con lentejuelas y unos pantalones vaqueros. Tenía el pelo rubio y lo llevaba en una cola y con algunos mechones sueltos delante—. No creo que te haya visto antes. Seguro que vas a Cumberland.

—Sí, me llamo E… —pensé que no debía decir mi verdadero nombre—.

Me llamo Eden.

—¿Cómo se llama tu bebé? —preguntó Stephanie.

—Briana —le contesté.

Una de las amigas de Stephanie dijo:

—Me gusta ese nombre. Tiene clase.

—¿Vas a la fiesta? —preguntó la otra chica. El pelo negro le caía en rizos de la forma que me gustaría que me quedara el mío. Pero ni la permanente lo lograba.

—No. Eh, yo…. Estoy esperando a mi novio.

Stephanie miró su reloj y dijo:

—Oye, tenemos que irnos —se despidió con la mano—. Adiós, Eden.

—Adiós —le dije. Vi como atravesaban la hierba y entraban en el edificio. Pude oír la música por un instante cuando abrieron la puerta.

Pensé en qué estarían haciendo Jade y mis otras amigas. Seguro habían ido a nadar y se habían encontrado con algunos chicos. Estarían en una fiesta o algo por el estilo.

Miré a Briana. No me importaban ya las fiestas y los bailes. Ahora era una mamá y tenía cosas más importantes que hacer.

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