De nadie más
Capítulo seis
No había casi tráfico en la carretera. De vez en cuando un auto nos pasaba en dirección contraria. Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos por un segundo. No tenía intención de quedarme dormida, pero lo hice.
Soñé con mi madre. En el sueño, estaba muerta. Llegué a casa y ella estaba en la cocina haciendo mi pastel de chocolate preferido. Me paré en la puerta mirándola. Finalmente se dio la vuelta y me sonrió.
—¡Hola! —me dijo—. ¿Qué tal te fue en la escuela?
Tenía harina en los pantalones vaqueros.
—Tú estás muerta —le dije.
—No. Estoy aquí. ¿No me ves? —se rió.
Lucía igual que la última vez que la vi. Es decir, la última vez que la vi con vida.
Llevaba pantalones vaqueros, una blusa roja y el pelo recogido.
—¡No! Yo sé que estás muerta —dije—. Hubo un accidente. Un camión se salió de la carretera y chocó con tu auto… Yo estuve en el funeral. Te vi en la… Mi mamá levantó los hombros.
—No fui yo —señaló para la meseta de la cocina—. ¿Quieres lamer el resto del chocolate?
—No lo puedo creer —dije—. Te extrañé tanto. ¡Qué bueno que estás aquí!
Corrí a abrazarla pero se desvaneció como si fuera hecha de aire. Se volvió a nada.
Me desperté de un salto. No importaba cuántas veces soñara con mi mamá. Al despertar, nunca estaba alli…
Me incorporé y me estiré. Me dolía el cuello de tener la cabeza recostada al asiento de Briana y tenía la boca seca. Busqué la botella de agua y me tomé lo que quedaba. El agua estaba caliente.
—¿Dónde estamos? —le pregunté a Justin. Se me había deshecho la cola de caballo. Me quité el elástico del pelo y traté de peinarme con los dedos.
—Estamos muy cerca de Edmundston —me dijo.
—¿Cuánto falta para Montreal?
—Varias horas.
—Creo que podemos ir más rápido por la autopista —aseguré.
—Sí. El único problema es que la policía debe estar buscándote.
Tenemos que mantenernos fuera de las calles principales. Evie, deberías saber que raptaste un bebé.
—¡No digas eso! —le dije, volviéndome a hacer la cola—. Ella es mi hija. ¿Cómo se puede raptar a su propio hijo?
Justin había puesto el radio muy bajito mientras yo dormía.
—Escucha, ésa es nuestra canción —dije.
—¿Qué es eso de “nuestra canción”? —me preguntó.
Subí un poco el radio y comencé a cantar bajito para no despertar a Briana. “Cuando siento tus manos se detiene mi corazón, cuando siento tus manos encuentro una razón…” Miré a Justin.
—No puedo creer que no te acuerdes. Ésa fue la primera canción que bailamos juntos, la primera vez que hicimos el amor.
—Si tú lo dices —dijo, levantando los hombros.
—¡Justin! Ésa fue la noche que nos conocimos. ¿Cómo es posible que no te acuerdes?
—Me acuerdo cuando nos conocimos. Lo que no recuerdo es el baile, la canción y esas cosas.
¿Cómo era posible que se hubiera olvidado? Ese día le dije a mi papá que iba a dormir en casa de Jade. Ella ha sido mi mejor amiga desde segundo grado, aunque ahora su mamá no la deja andar más conmigo desde que supo que yo estaba embarazada. La mamá de Jade dice que yo no soy una buena influencia. Pero en aquel tiempo, estábamos siempre juntas. Dije que me iba a quedar en casa de Jade, y ella dijo que se iba a quedar en mi casa. De esa forma, saldríamos y nadie preguntaría adónde íbamos o a qué hora regresaríamos. Ese ardid siempre funcionaba, porque nadie nunca verificaba donde estábamos realmente y cuando decíamos que íbamos a dormir en casa de la otra, siempre era la verdad.
Esa noche fuimos a una fiesta que Evan Kelly daba en la casa de playa de sus padres. La mayoría de los chicos eran de onceno grado, pero a Jade la invitó un chico llamado Dylan que había conocido en el ymca. Ella dijo que llevaría una amiga. Esa fui yo.
En cuanto llegamos, Dylan acaparó a Jade. Alguien me dio una cerveza y me dediqué a recorrer el lugar. A mí realmente no me gusta la cerveza.
Ya había probado las de mi papá, por supuesto, a escondidas de él y sabían a rayo. Pero acepté la que me dieron para aparentar estar en la onda.
No conocía a nadie, y Jade ya estaba sentada en las piernas de Dylan, así que decidí salir a la terraza, porque había un ruido horrible. Justin estaba sentado en los escalones que daban a la playa, fumándose un cigarrillo.
A mí no me gustan los chicos que fuman, porque cuando te besan, y te pasan la lengua por la boca, tienen un sabor asqueroso.
Además, odio ese olor en mi pelo. Siempre me cuido el pelo y jamás compro champú o acondicionador baratos. ¿Quién quiere apestar a cigarro después de gastarse quince dólares en un frasco de acondicionador? Pero Justin estaba haciendo aros con el humo, círculos perfectos que flotaban en el aire.
No sabía quién era. Quiero decir, lo había visto en la piscina del ymca, en Burger Barn y en el centro comercial, porque ¿quién no iba a notarlo?
Pero no sabía su nombre. Era muy lindo, con brazos fuertes y pelo rubio y largo, que casi le tocaba los hombros.
Lo observé por un rato, pero no dije una palabra. Al rato, se volteó y me sonrió. Todo fue como en las películas. Me quedé sin aire.
Apagó el cigarrillo en la varanda y sacó un paquete de chicles del bolsillo y me ofreció uno.
—Gracias —le dije.
Me recosté en la varanda, le quité la envoltura al chicle, me lo metí en la boca (era de menta) y tuve cuidado de no parecer una vaca rumiando mientras masticaba.
Justin se me acercó.
—Siéntate —me dijo.
Me senté a su lado. La escalera era estrecha y nuestras rodillas se tocaban. Tuve la esperanza de que no notara que las mías temblaban.
—Me llamo Justin.
—Y yo soy Evie.
—¿Viniste con alguien?
Supe que se refería a un chico. Negué con la cabeza.
—Con mi amiga Jade. Está adentro.
—Yo te he visto antes. ¿En la piscina, no?
Asentí. “Ajá” pensé, se ha fijado en mí. Comenzamos a conversar sobre las nuevas reglas para nadar en la piscina del ymca y sobre el aparcamiento del Dairy Queen. ¡Ya ni se podía ir allí a pasar un rato!
Hablamos cerca de una hora. Estaba empezando a enfriar y Justin se quitó el suéter y me lo dio. Todo era tan romántico. Al rato, entramos para buscar algo de comer. Después, me preguntó si quería bailar. Fue entonces cuando tocaron la canción “Cuando siento tus manos.” Bailamos y es por eso que es nuestra canción.
Puse la cabeza sobre su hombro y pude oler su colonia. Pensé que si me moría en aquel momento, lo haría feliz. Más tarde salimos a caminar por la playa y encontramos un lugar junto a una roca grande, escondido entre los arbustos. Nos sentamos en una manta que Justin había traido y comenzamos a besarnos. Justin comenzó a acariciarme la espalda por debajo de la blusa. Me susurró al oído lo mucho que me deseaba y yo me derretía por dentro.
Yo nunca hubiera aceptado esa situación, y especialmente con alguien que acababa de conocer, pero Justin era diferente. Era amor a primera vista.
Por un momento, retrocedí.
—No tenemos… sabes… protección —le dije.
—Yo, como que tengo…
—¿Qué quieres decir con “como que tengo?” —dije sin entender.
—Mi amigo Cameron y su novia, ya sabes, ellos son novios y todo eso.
Yo creo que hasta se piensan casar algún día, pero sus padres son muy religiosos y estrictos. Él me pide que yo le cuide esas cosas, porque si sus padres se las encuentran les da un ataque.
Pasó sus dedos por mi mejilla y por mis labios.
—Yo nunca he hecho esto antes —dijo—, y si tú no quieres… Pensé que el corazón se me iba a salir del pecho.
—Sí, quiero —dije.
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