De nadie más
Capítulo quince
En cuanto salimos al aire frío, Briana empezó a toser de nuevo. La saqué del asiento y la cargué. Esta vez no estaba inquieta. Puso su cabecita en mi hombro y se quedó quietecita.
—En dos horas más, ya estaremos a salvo —le susurré al oído—. En cuanto lleguemos a Halifax vamos directo al médico.
Podía escuchar que respiraba con dificultad, y me hizo recordar a mi madre. No sé cuántos años yo tenía. Estaba enferma y mi madre me frotaba el pecho con una cosa que olía mal. Estuvo sentada en mi cama toda la noche y cada vez que me despertaba, la veía sentada a mi lado con un vaso de agua y unas compresas frías para ponerme en la frente.
Sentí un dolor que me atravesó el pecho. Pensar en mi mamá dolía tanto como pensar que tenía que renunciar a Briana.
Se me llenaron los ojos de lágrimas y tuve que pestañear para poder ver con claridad. No tenía tiempo para llorar. Me colgué el asiento en el brazo.
Fui hacia la izquierda, como dijo Leslie, y a la izquierda otra vez en la esquina. Todo el tiempo con el asiento golpeándome en la cadera.
Doblé en la esquina. Había dos autobuses enormes frente a la estación y también dos policías en la puerta. Retrocedí, di media vuelta y comencé a caminar lo más rápido posible. Maldito
Justin. Tuve que detenerme por un segundo para respirar. Apreté a Briana contra mi pecho.
—Nada nos va a pasar —le dije—. Nada nos va a pasar.
No necesitaba a Justin. Me las podía arreglar perfectamente sin él.
Cerca de la cafetería, había un pasaje estrecho y oscuro con un contenedor de basura grande junto a la pared, a mitad de camino. Apestaba, pero no tanto. En lugares peores había yo estado. Había dos pedazos de madera uno encima del otro junto al contenedor. Los empujé con el pie y ni se movieron. Prefería sentarme en ellos que en el suelo. Puse el asiento en el suelo y cambié a Briana de hombro. No tenía con qué limpiarle la nariz y usé la manga de mi suéter.
No podía creer que Justin me hubiera delatado, pero lo había hecho. No quería ni pensarlo, no tenía tiempo para enfurecerme ni llorar. Me corrieron las lágrimas por la cara, me las limpié con la mano y me tragué el pánico que me crecía por dentro.
No puedo tomar el autobús, pero podemos hacer autoestop. Caminaré de nuevo en dirección a la carretera y en algún lugar encontraré a alguien que nos lleve. En la distancia, pude oír la sirena de la policía. ¿Me estaban buscando? Me detuve a escuchar. El sonido se alejaba.
Briana no paraba de toser.
—Ya, mi amor. Pronto vas a estar bien —le dije, arropándola con la manta—. No tengas miedo. No voy a permitir que nadie te aleje de mí.
Estaba temblando, y no porque tuviera miedo sino porque había un frío horrible entre el contenedor de basura y el edificio.
Me paré y Briana vomitó. Todo se llenó de vómito, mi suéter, mi espalda, mi pelo. El estómago me dio un vuelco. Por un momento pensé que yo también iba a vomitar. Cerré los ojos y comencé a respirar por la boca. Briana estaba llorando y yo no pude evitarlo, comencé a llorar también.
La limpié con la manta y un montón de toallitas y la puse en el asiento.
Mi chaqueta estaba llena de vómito y sólo me quedaban dos toallitas. Me limpié solamente el pelo. No quedaba más remedio que seguir así adelante.
Caminaría rápidamente hacia la carretera.
Cargué a Briana y la mecí en los brazos hasta que dejó de llorar. Olía a vómito y respiraba fuerte. Teníamos las dos caras juntas y pude sentir que estaba muy caliente.
No podía evitar las lágrimas. Escuchaba las sirenas de la policía una y otra vez. Todo lo que yo necesitaba era a mi mamá. Ella sabría qué hacer.
Pero la única madre en este momento era yo.
Seguí meciendo a Briana hasta que se durmió. En el silencio de la noche, sólo escuchaba su respiración. Le besé la frente, la mejilla y la cabecita.
—Mi niña, nadie te puede querer como yo —le susurré. Las manos me temblaban. Todo el cuerpo me temblaba—. Yo soy tu verdadera mamá.
Me colgé la mochila al hombro y salí del pasaje. No había un alma y se podía escuchar en la distancia el ruido de los autos en la carretera.
No me detuve. Ahora la madre era yo. Crucé la calle, doblé a la derecha y caminé en dirección a las luces de la clínica.
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- Página de cubierta
- Página Titular
- Derechos de Autor Página
- Lista de contenido
- Capítulo uno
- Capítulo dos
- Capítulo tres
- Capítulo cuatro
- Capítulo cinco
- Capítulo seis
- Capítulo siete
- Capítulo ocho
- Capítulo nueve
- Capítulo diez
- Capítulo once
- Capítulo doce
- Capítulo trece
- Capítulo catorce
- Capítulo quince
Terminaste De nadie más
Darlene Ryan