De nadie más
Lista de contenido
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce
Capítulo quince
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Capítulo uno
Atravesé corriendo el jardín. ¿Quién ha visto que en una casa donde vivan niños no haya ni hierba en el jardín? Metí el asiento de bebé en la parte de delante de la camioneta y entré de un salto.
—¡Dale! —le grité a Justin.
Me miró con la boca abierta.
—Por Dios, Evie —dijo—. ¿Qué diablos has hecho?
—¿Puedes arrancar ya? Vamos, mueve la maldita camioneta. ¡Vamos!
—Vamos, ¿a dónde?
Me incliné sobre el asiento de bebé y le di un manotazo a Justin en el brazo.
—No me importa a dónde. Sácanos de aquí ya.
Finalmente, Justin puso la camioneta en marcha y se alejó. Luché con el cinturón de seguridad para tratar de pasarlo por la parte de atrás del asiento de bebé. La bebita todavía dormía.
Logré ponerle el cinturón, me recosté en el respaldar del asiento y me puse el mío. Llegamos a un señal de “pare” donde la calle atravesaba la autopista.
—Hacia allá —dije, señalando hacia la derecha.
Justin me miró y luego miró a la bebita, pero giró y tomó la carretera Old River.
—Dijiste que sólo querías verla —me reprochó.
—Bueno, mentí.
—Evie, tú no puedes llevarte el bebé de otra persona.
Extendí el brazo y le acaricié la carita a la bebita con un dedo. Era la cosa más suave que había tocado en mi vida. Un rizo de pelo oscuro, del mismo color del mío, le salía por debajo del gorrito rosado.
—Yo no me robé el bebé de nadie, Justin —le dije—. Ella es mía y de nadie más. Me voy a quedar con ella.
Justin se pasó una mano por el pelo.
—Maldición —dijo bajito entre dientes.
Está bien, él estaba enojado, ¿y qué? Ya cambiaría de idea. Se daría cuenta de que esto es lo que debíamos hacer. Además, yo sabía como convencer a Justin.
Miré la bebé otra vez. Mi niña. No la niña de los Hansen. Ellos no eran ni buenos padres. Lo sé porque he estado observando la casa por casi dos semanas. Dejan la niña todo el día con una niñera. Está bien, es la madre del señor Hansen, pero de todas maneras. Dijeron que se morían por tener un niño. Eso fue lo que dijeron en los papeles oficiales, y ahora ni pasan tiempo con ella. Y no hay ningún otro niño a su alrededor para jugar cuando ella crezca, sólo un solar yermo a un lado y una casa abandonada, a medio construir, al otro.
Esa casa medio construida resultó ser muy útil, porque me permitió observar a mi bebé desde allí sin que nadie me viera. En realidad, no me estaba tratando de esconder. Ya yo tenía pensado lo que iba a hacer y no quería que nadie me molestara.
Al principio, sólo quería ver a mi bebita. Quería estar segura de que estaba bien. Después de que nació sólo me dejaron verla una vez porque mi papá dijo que eso haría las cosas más fáciles para mí. Cuando llegamos a casa del hospital me dijo: Ya saliste del apuro. Ahora, olvídalo como si nunca hubiera ocurrido. Era como si no se diera cuenta de que yo acababa de entregar un pedazo de mí. Mi propia sangre. Fui derecho a mi cuarto y cerré la puerta. Me dolían las entrañas. Pensé que era por el parto, el esfuerzo y todo eso, pero el dolor nunca me ha dejado. Nunca pude
“olvidarlo como si no hubiera ocurrido”. Finalmente, supe que yo tenía que ver con mis propios ojos que mi niña estaba bien.
Mi papá había puesto todos los papeles de la adopción en una caja de metal que tenía en el fondo del clóset. Y yo sabía dónde él escondía la llave: en el cajón de las medias. Una vez que supe el nombre de los Hansen, fue fácil buscar en Internet y encontrar su dirección. A la mañana siguiente me escapé de la escuela e hice autoestop hasta la casa. Llevaba una carpeta y un bolígrafo para aparentar que estaba haciendo una encuesta, pero cuando vi la casa vacía de al lado, me di cuenta de que podía observarlo todo desde allí.
A mi mamá le gustaba observar a los pájaros. Tenía un libro grandísimo con todo sobre los pájaros y siempre me dejaba verlo. Después que murió, mi papá puso todas las cosas de ella en cajas y las guardó en el sótano.
Tuve que registrar cerca de cinco cajas para encontrar sus binoculares.
Pensé que a ella no le importaría que yo los usara para mirar a su nieta.
Y eso era todo lo que yo tenía en mente: mirar a mi niñita. Pero mientras más la miraba, más me daba cuenta de lo mucho que me necesitaba. Al final, me di cuenta de que tenía que hacer algo, porque todo bebé debe estar con su madre. Resultó muy fácil hacerlo, lo que prueba que ellos no eran buenos padres, porque en vez de yo, pudo habérsela llevado algún perverso.
Cada vez que la mamá del señor Hansen llegaba a la casa, ponía el asiento de bebé en el portal, mientras llevaba las compras o la ropa de la tintorería adentro de la casa. ¿Qué clase de abuela deja a un bebé afuera de esa manera? Mi mamá nunca hubiera hecho semejante cosa a su nieta.
Todo lo que hice fue esperar en la esquina de la casa. Le mentí a Justin.
Le dije que quería mirarla por la ventana. Fue mucho más fácil así que darle toda una larga explicación con anticipación. Yo sabía que una vez que él estuviera con su bebita por un rato, se daría cuenta de que los tres debíamos estar juntos como la familia que somos.
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