De nadie más
Capítulo doce
Me sonaron las tripas y me di cuenta del hambre que tenía. Llevaba horas sin probar bocado. No me acordaba si había tomado almuerzo. ¿Y de cena?
No podía recordarlo. Me puse la mochila, tomé a Briana y comencé a buscar un lugar donde comer. Tenía que haber algún lugar por allí.
Caminé de nuevo a lo largo del sendero. Escuché ladrar a un perro y la puerta de un auto que se cerraba, pero no vi a nadie. ¿Este lugar se quedaba desierto al oscurecer? Busqué un Dairy Queen o algo parecido, pero todo lo que vi eran casas. ¿Qué clase de lugar era éste, donde no había un Dairy Queen o un lugar como Burger Barn donde comerse una hamburguesa?
Finalmente vi un lugar con un cartel que decía Fern, casi tan grande como el mismo edificio. No había ningún auto aparcado delante pero tenía un anuncio lumínico que decía “abierto.” Mi estómago protestó de nuevo.
No era Burger Barn, pero con hambre cualquier lugar daba igual. Me salí del sendero y atravesé la carretera.
El lugar olía a café y a hamburguesas. No estaba mal. Había un mostrador largo y banquetas lustrosas con asientos de vinilo rojo. A lo largo de las dos paredes había mesas con asientos que se unían en el respaldar, además de mesas y sillas en el medio del salón. Me senté junto a la pared y puse a Briana a mi lado. Los respaldares altos y de madera me recordaron los bancos de la iglesia. Desde allí podía ver la calle, y los baños estaban cerca, en caso de que tuviera que desaparecerme de pronto.
La señora que estaba detrás del mostrador dio la vuelta y se me acercó.
Llevaba pantalones vaqueros y un delantal verde.
—¡Hola! —me dijo—. ¿Qué deseas pedir?
Briana se había despertado y estaba protestando.
—¿Qué te pasa, bonita? —le dijo a Briana.
—¿Puede, por favor, traerme una hamburguesa con queso, papas fritas y leche?
—Con mucho gusto.
No escribió nada, pero no tenía mucho que recordar. Le sonrió a Briana.
—Si quieres, puedo calentarle el biberón.
—No gracias. Ya tengo lista su comida.
Esta vez me sonrió a mí.
—Me lo imaginé, pero si me quieres dar el biberón, será mejor que ponerlo bajo el agua caliente en el lavamanos —miró en dirección al baño
—. El agua no sale lo suficientemente caliente.
No me acordaba nada de lo que había leído sobre calentar biberones en aquel libraco de trescientas páginas que saqué de la biblioteca.
—A ella no le gusta la fórmula —dije—. No sé si le gustará caliente.
La camarera me miró extrañada. Luego miró a Briana y me miró de nuevo.
—No. No caliente. Solamente tibia. A los bebés les gusta la leche calentita— arrugó la frente—. ¿Es tuya?
—Soy su mamá —dije, poniendo el brazo sobre el asiento de Briana—.
¿Podría calentarle un poco el biberón, por favor, si no le es molestia?
—De ninguna manera —dijo, sonriendo.
Miré por la ventana. Pasaron un auto y una furgoneta. Ni trazas de la camioneta de Justin o la policía. Me dejé caer en el asiento. ¿Cómo era posible que Justin me hubiera hecho esto? Pensé que nos amábamos.
Estábamos enamorados. Éramos los padres de Briana.
Se me hizo un nudo en la garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas.
Los cerré por unos segundos. No podía pensar más en Justin. En cuanto comiera algo tenía que pensar en la mejor manera de llevar a Briana a Montreal.
Entonces me di cuenta. No podía ir a Montreal. Justin se lo había dicho a todo el mundo. De seguro me estaba esperando la policía en la estación de autobuses de Montreal. Me puse la mano sobre la boca. No me quedaba otro remedio que ir a otro lugar. Podría ir a Halifax y luego, en unos días o en una semana, cuando no me estuvieran buscando más, podría ir a Montreal.
Miré a Briana. Tenía un puño metido en la boca. El gorrito le tapaba las cejas. Se lo acomodé. Tenía el pelo pegado a la frente sudada y se lo arreglé.
—Hasta despeinada eres preciosa —le dije.
Otra vez tenía secreción en la nariz. Tuve que buscar en el fondo de la mochila para encontrar un Kleenex. La limpié mientras protestaba. Luego, estornudó.
—Salud —dijo la camarera mientras me daba el biberón—. Creo que así está bien. Lo comprobé. Tengo dos hijos.
—Gracias —le dije.
Briana no estaba muy contenta de ver el biberón. Apretó los labios como lo había hecho antes. Cuando bostezó, le puse el chupete en la boca.
Comenzó a beber. No podia olvidarme de ahora en adelante de calentarle la fórmula un poquito antes de dársela.
—¿Quieres cebolla en la hamburguesa? —me preguntó la camarera desde detrás del mostrador.
—Sí. Por favor.
—¿Y salsa en las papas fritas?
La boca se me hacía agua.
—Sí. Mucha, por favor.
Briana tenía hambre. Se había tomado casi la cuarta parte del biberón cuando la camarera me trajo la comida. Yo me moría de hambre. Tomé las dos manos de Briana y las puse alrededor del biberón para que lo aguantara mientras yo comía, pero cuando la dejaba sola, se le caía. Briana protestó.
Otra vez le puse el biberón en la boca, lo aguanté con una mano y con la otra traté de usar el tenedor. Pero como era la mano izquierda, no podía ni
pinchar una papa frita. Traté otra vez de que Briana aguantara el biberón, pero ella no se daba cuenta de lo que yo quería que ella hiciera.
La camarera estaba cerca, llenando los servilleteros.
—Creo que está muy pequeñita para sostener el biberón —me dijo—.
¿Me dejas que se lo dé? —miró para el salón vacío—. Ahora tengo tiempo.
Yo tenía un hambre horrible.
—Muchas gracias —y le acerqué el asiento un poco.
La camarera se sentó a mi lado y tomó el biberón.
—Mi nombre es Leslie —me dijo.
¿Y qué nombre le habia dicho yo a las chicas antes?
—Yo soy Eden y ella es Briana.
La hamburguesa tenía queso de verdad, no ése que viene envuelto en plástico, y las papas fritas estaban acabadas de hacer. Comí por unos minutos sin hablar. Un poquito de fórmula le chorreó por la barbilla a Briana. Leslie se la limpió con una servilleta de papel.
—¿Cuánto tiempo tiene? —preguntó.
—Cinco meses —contesté.
Leslie observó la carita de Briana y luego me miró. El corazón se me salía del pecho.
¿Sabrá algo?
—Tiene tus mismos ojos —dijo finalmente.
Las piernas me temblaban. Menos mal que estaba sentada. Seguí comiendo como si nada.
—¿Qué edad tienen sus niños? —pregunté.
—Kyra tiene ocho y Sam tiene seis —movió la cabeza de un lado para otro—. Parece que fue ayer que estaban así de pequeños.
Pasó sus dedos por las manos de Briana.
—Creo que va a ser pianista —dijo.
—Mi mamá tocaba el piano —le dije.
—Y tú, ¿sabes tocar? —me preguntó.
Me reí.
—No. Ni puedo tocar ni puedo cantar. Pero puedo dibujar bien. Mi maestra de arte dice que soy muy creativa. Pienso ser una diseñadora de modas —casi dije “en Montreal,” pero me di cuenta a tiempo.
—Ah, entonces ¿te coses tu propia ropa?
Negué con la cabeza.
—No. No sé coser, pero soy realmente buena combinando piezas de vestir, qué pantalón y qué blusa van con qué zapatos, y ésas cosas. Siempre le digo a mis amigas qué deben ponerse y las ayudo a comprarse la ropa.
—A lo mejor puedes trabajar en una tienda de ropa —dijo Leslie—.
Cuando voy de compras nunca puedo encontrar una persona que me ayude a decidir lo que combina.
—Los diseñadores de moda ganan mucho dinero —le dije.
Leslie tomó un Kleenex del bolsillo del delantal y le limpió la nariz a Briana. Eso me recordó que tenía que comprar más Kleenex y otras cosas antes de tomar el autobús.
—Cuando yo tenía tu edad, quería ser cantante —dijo Leslie.
La miré. Tenía el pelo rubio recogido en una trenza y no tenía arrugas.
—Todavía puede serlo. No es muy mayor.
Leslie se rió.
—Gracias, pero no puedo llevar esa vida con dos hijos y sin esposo, trabajando hasta tarde en la noche y constantemente de gira.
—Puede dejar los niños en las guarderías.
—Eso cuesta mucho dinero. Y no es fácil encontrar una que esté abierta hasta las dos de la mañana.
—Es cierto —dije, comiéndome el último pedazo de la hamburguesa—.
Pero no es justo que tenga que trabajar aquí cuando en realidad quiere ser cantante.
—Este trabajo no es malo —me dijo—. Tengo que cocinar, cosa que me gusta, y la dueña del lugar es una persona muy buena y me permite cambiar el horario si algún niño se me enferma o tengo algún problema personal.
Briana terminó de tomarse la fórmula y Leslie puso el biberón en la mesa.
—Mientras mis hijos estén bien, yo estoy feliz.
Asentí. Lo comprendía. Por la felicidad de Briana era que había hecho esto. Sólo me hubiera gustado que Justin lo entendiera.
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